martes, 20 de julio de 2010

UN BREVÍSIMO APUNTE DE ARQUEOASTRONOMÍA

Quisiera inaugurar este blog aludiendo a una intervención llevada a cabo por quien les habla, con motivo de una intervención en unos actos llevados a término en La Biblioteca de Andalucía, en la que se recitaron poemas cuya temática estaba relacionada con el mundo de las estrellas (quiero decir con la astronomía), y en la que se introdujeron algunas aproximaciones al tema. Se intituló: Un brevísimo apunte de Arqueoastromía al estudio del cielo constelado, y que ofrezco, adjunto a alguno de los poemas que se leyeron para la ocasión.



Un brevísimo apunte de arqueoastronomía, Francisco Acuyo





UN BREVÍSIMO APUNTE DE ARQUEOASTRONOMÍA





Un brevísimo apunte de arqueoastronomía, Francisco Acuyo



Mirar al cielo es volver, regresar, restituir lo más enigmático de todo origen. Es otear la simiente, el hallazgo, el germen primigenio del tiempo y el espacio mismos. Desde aquellas primeras y sin duda fascinadas y fascinantes y perplejas observaciones estelares que subyugaron el espíritu y la imaginación de los hombres, turbados ante el espectáculo mirífico del sitial celeste, que se debatían en pos del entendimiento y descripción de los célicos parajes y entre la universalidad arquetípica del mito, así como de los iniciales balbuceos sistemáticos de reconocimiento, clasificación y taxonomía de la cúpula estelar que, en su insólito y espectacular despliegue, llenaron sin duda de insomne inquietud aquellas noches arcanas en las que se pierden la memoria de nuestra trajinada y siempre curiosa de toda suerte de novedad y trascendencia, estirpe humana. Desde, como digo, las primigenias e incipientes catalogaciones siderales mesopotámicas y egipcias, transmitidas por Grecia, pasadas por el tamiz de las minuciosas consideraciones árabes, siempre indiscutiblemente interesantes, hasta el rigor circunstante en la ciencia astronómica de nuestros días, veremos que, sin embargo, tanto para el lego como para el avisado, no cejarán en modo alguno de hacer audible la sublime cadencia de las vívidas magnitudes de los astros.
Podemos hoy, en fin, sustentados en tan gloriosa como proverbial iconografía, o en el complejo y austero desfile expuesto y deducido de la severidad de las leyes y principios que las gobiernan, disfrutar, no obstante, de la calidad excelente de su alada sugerencia, pues sustentada tanto en la opima tradición mítica
Un brevísimo apunte de arqueoastronomía, Francisco Acuyo
como en el rigorismo posterior manifiesto en la voluntad estricta de su ciencia, se ofrece, sin embargo, aun en su erudición, reserva y lograda mesura, de forma tal que, acaso, no encontraremos parangón con ninguna otra suerte de disciplina en el ámbito del saber humano o de la inspiración artística a lo largo de su diversa, compleja y extraordinaria historia.
En cualquier caso, no pensemos que sólo la ciencia y la atención occidental, presta y atenta en su lógica sistemática astronómica, ha de sustentar sola las descripciones estelares que se han mantenido vigentes durante siglos, los esbozos de no pocas constelaciones coinciden enigmáticamente con las originarias llevadas a cabo por griegos, árabes, egipcios y en mesopotamia, véase, por ejemplo, con las tradiciones indias americanas nada menos (así la designación de Ursae Majoris, la Osa Mayor) y que identificaba en las latitudes americanas igualmente un oso –en las estrellas alfa, beta, gamma y delta de dicha constelación-; o en la cultura astronómica de la india asiática donde las siete estrellas –de dicho grupo celeste- se las identifica con la raíz sánscrita rishi (oso); mas también con las de la China milenaria o en las intrigantes representaciones gráfico estelares babilónicas.
Mas las sugestivas cartografías estelares, en virtud de la aparición de los primeros calendarios (lunares), llevarían, en su escudriñar del cielo nocturno, a las configuraciones de las primitivas mansiones estelares, listas ya para su reconocimiento y clasificación taxonómica. Mansiones siderales reconocidas como al-manazil (en árabe), nakshatra (en sánscrito), mazzaloth (en hebreo) o hsiu (en China), y que conformaban grupos de estrellas o regiones estelares avisadas y plena y concisamente inspeccionadas.
Pero será tras la observación de la (virtual o aparente) rotación diurna del cielo cuando encontramos los primeros textos de predicción históricamente catalogados: se trata de documentos asirio-babilónicos denominados Ea Anu Enlil (que datan de entre el año 1400 a 1000 a. C.), donde se infiere la triple división clasificatoria que contempla las siguientes subdivisiones: Enlil: que conforman las estrellas circumpolares; Anu, que se refiere a las estrellas del ecuador; y Ea, las que designan aquellas situadas al sur del mismo. Los griegos portarían cuidadosamente, como advertía con anterioridad, estas descripciones hasta nuestros días: así, este cielo –en pleno solsticio- de verano que está en estos días culminando sobre nuestras cabezas, en su constelado y mágico esbozo, marca la posición solar que, desde antaño, coincide con la difícilmente observable constelación del Cangrejo -Cacri- o Cáncer.
Un brevísimo apunte de arqueoastronomía, Francisco AcuyoDesde el siglo II a. C., con Hiparco, hasta el siglo II d. C., especialmente con Claudio Ptolomeo, no habría de encontrarse un catálogo tan numeroso de objetos celestes (más de mil estrellas y la agrupación de 48 constelaciones, incluidas las zodiacales) que ha mantenido asombrosa vigencia durante más de 1500 años. primum mobile de cantidad nada despreciable de poemas. Veréis aquí, esta noche, el discurrir del ritmo celeste con la abstracción y la emoción que posibilita el milagro de la intuición poética, participaréis del Somnium Scipionis ciceroniano de un espacio trascendido, pero sin duda también trascendente.
Pero, para nuestra perplejidad podemos encontrar singulares instrumentos de aplicación ¿tal vez astronómica? que datan de hace 4600 años como el monumento de Stonehenge; o en China, en el s.VIII a. C., a figuras tales como el emperador Huang Ti, que ya había adoptado el calendario lunar de 19 años, tres siglos antes que Metón, en Grecia; o si no, pasmémonos ante el observatorio de La torre de los espíritus, de Che Kong no muy distante en el tiempo del anteriormente citado emperador; o de la célebre escuela de Bagdad, destacando al gran Abu Abd Allah Muhammad al-Battani (en occidente conocido como Albatenius), allá por el año 900 de nuestra era; o el astrónomo hindú Aryabhata en el siglo V d. C., marcando época con su magna obra Varaha-Mihira, donde, por ejemplo, ya estudiaba el fenómeno de las manchas solares; pasando por Pitágoras de Samos y los números que describen la celeste armonía de las esferas; el Heliocentrismo de Aristarco (310 a. de C.); qué decir de Platón y su doctrina matemática que deduce el origen cósmico de la psique, y del que habría, Tomás de Aquino, de deducir el locus beatorum que es el cielo constelado, si morada de los bienaventurados, y que asumiría tan magistralmente nuestro Fray Luis de León en sus poemas; Eudoxo y Aristóteles, sin contar los cómputos matemáticos de los Mayas y las alineaciones Aztecas para la confección de sus enigmáticos calendarios; en fin, desde Alfonso X el sabio, Tycho Brahe, Copérnico, Galileo, Hevelius, Besser, Keppler, Messier, Cassini, Bradley, Schiaparelli, Herseschel, Argerlander, Hale, Eddington, Huggins, Baade, Hubble y tantos otros que nos han legado un fondo extraordinario de conocimiento astronómico para deleite e inspiración de quienes, como no pocos de nosotros, amamos el cielo de la noche.

Mas daremos noticia nosotros, aun en exigua muestra, en próxima entrada, a guisa de singular pregón poético astronómico o de mancuerna inaudita, de aquello que la tradición poética guarda en relación al mundo de la noche y su espectáculo sideral; verán en desigual pero fascinante y fastuoso desfile esta noche discurrir las más excelsas manifestaciones literarias de la más subida especie e inspiración artística, y todas ellas expresas en los versos que a continuación pasarán a leerse. La música de las esferas, en concorde sintonía será con la de estos poemas única e infinita y perenne armonía en aquella búsqueda del origen indescifrable del tiempo y el espacio, de la materia y el espíritu, de la ciencia e, inevitablemente, del insondable universo de la poesía.


Francisco Acuyo








Un brevísimo apunte de arqueoastronomía, Francisco Acuyo

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