miércoles, 29 de diciembre de 2010

DEL AMOR, AL ALBUR DE LA LECTURA DEL LIBRO IV DE "EL CORTESANO", DE BALTASAR DE CASTIGLIONE

Ofrecemos en esta nueva entrada de nuestra (vuestra) bitácora, una suerte de singular reflexión, no sólo sobre otra relectura más de la muy estimada obra: El libro del cortesano, de Baltasar Castiglione, también como una meditación particular sobre el concepto del amor que, si bien ubicado en el tiempo y obra adscrita y referenciada, nos parece que muy bien pudiera trasladarse a nuestros días para la observancia de un pensamiento general sobre el concepto del amor influenciado por la filosofía renacentista (también de la Alta Edad Media), y desde luego siempre permeable al genio platónico (y neoplático); y todo ello sin menoscabo de la influencia sobre la literatura y la poesía española respecto de esta riquísima tradición literaria y de pensamiento. Como intérprete, exento de vanidad, deseo ofrecer en esta entrada el concepto del amor a todos los que quieran entender: sus triunfos, sus glorias, todas sus luces, aunque también acompañen el sufrimiento y la soledad en ocasiones, pero sobre todo para abrir los ojos de quien estime lo que está más allá de la distancia que físicamente perciben, y que con otras pupilas aladas sigan la dirección de los pensamientos y emociones más elevados, y vean inmediatamente el amor.






Del amor, al albur de la lectura del libro IV de "EL cortesano", de Baltasar de Castiglione, Francisco Acuyo


DEL AMOR, AL ALBUR DE LA LECTURA DEL LIBRO IV DE
 "EL CORTESANO", DE BALTASAR DE CASTIGLIONE



Del amor, al albur de la lectura del libro IV de "EL cortesano", de Baltasar de Castiglione, Francisco Acuyo



Me parece del todo primordial en cualquier labor de investigación que se lleve a cabo (aplicada como es de rigor también en este libro IV de El cortesano), establecer el porqué de «las condiciones que se requieren en el cortesano», y por qué todas ellas se «determinan que había de ser enamorado». (Libro IV.Cap.49).(1) Para responder a esta y otras interrogantes similares al tema del amor, no deja de ser, cuando menos harto curioso,  sobre todo en el principio de la obra, pues actúa en forma de preámbulo a dicho Libro (y capítulo), que para el establecimiento de este intenso e interesante diálogo sobre el amor, se mantenga un ángulo, una óptica de observación acaso inaudito: me refiero a la perspectiva de la vejez en una tan  pasional temática.
         Dice: «viejo y enamorado» (Libro IV.Cap.49) para poco después añadir, en boca de otro de los personajes dialogantes: «el amor en los viejos sienta muy mal» (Libro IV.Cap.49)... Para esta cuestión, como para buena parte de todas las referentes al tema amoroso, la figura de Pietro Bembo es de particular importancia. En boca del propio Bembo pone Castiglione la exposición capital del tema y refiere el mismo hacia una revisión de los Asolanos(2) y su discurso conclusivo,(3) el cual supondría un punto de inflexión muy importante para una compresión integral del asunto en esta materia: pues la ideología de Bembo, digo, marcará la obra de Castiglione de forma particularmente característica.
Del amor, al albur de la lectura del libro IV de "EL cortesano", de Baltasar de Castiglione, Francisco Acuyo
         ¿Encuentra alguna definición de amor Castiglione en su «cortesano»? En boca de Pietro Bembo pone nuestro autor una, acaso bien explícita, que puede servirnos para introducir su concepto; lo define como: «la bienaventuranza que pueden alcanzar los enamorados», (Libro IV.Cap.51),(4) y presenta por vez primera de forma manifiesta la definición platónica del amor(5) coincidente con la del propio Pietro Bembo,(6) influjos de pensamiento que se van a presentar como una constante en la exposición y conceptualización del amor en «El cortesano» y que, acaso también es reconocible en la tradición de la «Cárcel de Amor», de Diego de Sampedro, y la relación implícita y siempre necesaria del amor con lo bello. Dice pues, que el amor: «no es otra cosa sino un deseo de gozar de lo que es hermoso». (Libro IV.Cap.51).(7) Ya, desde este instante, empezamos a inferir el origen divino del amor, el cual responde a su innata capacidad de conocer y reconocer lo hermoso.  También, a partir de este momento expositivo, podemos deducir la naturaleza de las tres «virtudes cognoscitivas» que reconocía Castiglione, quizá permeabilizado y acogido a través de los comentarios de Giovanni Pico de la Mirandola, a la «Canzona dell’Amor celeste e divino» de Girolamo Benivieni.(8)
            Mas, amor y razón son del todo inseparables en la conceptualización del ideal cortesano del amor, así, si queremos que aquél, el amor, digo, sea verdadero, ha de mantenerse dentro de este presupuesto ineludible; pues el que goza del cuerpo creyendo gozar de la hermosura se engaña totalmente: que este amor sensual es, ante todo, un  acérrimo enemigo de la razón, pues hallándose el alma «presa y aherrojada en la pasión de la carne»(9-10) (Libro IV.Cap.53), no será nunca libre, sino que estará sujeta para siempre a la ilusión de su engaño.(11) También veremos identificada la filosofía socrática y platónica(12) en la célebre relación establecida entre «bondad» y «belleza» y que también tiene ecos de Bembo: «la hermosura es cosa buena y por consiguiente el verdadero amor de ella ha de ser bueno».(Libro IV.Cap.53).(13) No obstante de tanta elevación, casi religiosa, encontraremos curiosamente, en el capítulo 54 una disculpa para la voluptuosidad: «a los que se dexan vencer del amor vicioso, al cual por nuestra flaqueza somos muy inclinados» (Libro IV.Cap.54),(14)  lo aleja de una visión pacata del amor y lo emparenta con la tradición bocacciana que transige con lo más humano, si esta debilidad es reflejo de su expresión y naturaleza corporal; ofreciendo su versión más terrena en la voz de Morelo de Ortona cuando dice: «que gozar de aquella hermosura... si juntamente con ella no se goza del cuerpo donde ella mora, no es otra cosa sino un sueño». (Libro IV.Cap.55).(15)
            El concepto del amor perfecto que vemos casi de continuo traslucir en «Il Cortegiano», proviene de la tradición medieval tardía y que, como ejemplo, en nuestra tradición, ya viene detectada en el «Cancionero General»(16) de Jorge Manrique. Pueden así mismo observarse otros múltiples elementos que lo emparentan a dicha tradición: así, a través del concepto de la «constancia», el cual también aparece en la posiblemente conocida por Castiglione obra de Diego de San Pedro, «Cárcel de Amor», y representada singularmente en personajes tales como Leridano.(17)
            El proceso de sublimación sexual, empleando el término freudiano(18), es a veces perfectamente constatable (si barajamos el estudio empleando términos puramente psicoanalíticos), en capítulos como el 62, cuando dice: «despertando la razón y fortaleciendo con ella la fortaleza del alma y atajando de tal manera los pasos a la sensualidad y cerrando las puertas de los deseos», (Libro IV.Cap.62),(19) de cuyo análisis psicológico sería deducible una ingente cantidad de elementos afines al psicoanálisis, por ser ésta una herramienta de estudio nada desdeñable para extraer algunas claves del concepto amoroso cortesano. En esta dirección podemos matizar, deducido esto del fragmento anterior, que, efectivamente, se trata de un proceso típicamente sublimatorio, mas no tanto de carácter inhibitorio o represivo que pudiera pensarse proveniente del pensamiento platónico, el cual impregna de forma tan importante la obra. Sin embargo, en este mismo capítulo, detectamos momentos de sublimación de tal magnitud que lo elevan a una altitud rayana en lo religioso: «sino que la hermosura, por ser una cosa sin cuerpo, un rayo divino...», (Libro IV.Cap.62),(20) donde también es recurrente la ya genuina y natural idea platónica de belleza o hermosura,(21) pero, insistimos, es muy digno de destacar que Castiglione, al igual que Pietro Bembo, en Los Asolanos, vierte sobre la teoría platónica un valor esencial y permanente espiritual.(22)
            Este proceso de elevación espiritual, como decía, casi religioso, se muestra y se demuestra, a través del amor y se reitera una vez y otra a lo largo de estas páginas del libro IV de «El cortesano», convirtiéndose en una constante que habrá de situarle como una de las obras más características de la época en la descripción del fenómeno amoroso, siempre en conexión con el hombre ideal del Renacimiento, mas esto sin ninguna solapación o disimulo de las fuentes de inspiración clásicas de donde fundamentalmente provienen, así, a veces, aparecen con cita expresa a la figura y a la filosofía platónica: «Y así aquel gran Platón...» (Libro IV.Cap.64).(23)
            Hay otro aspecto muy digno también consideración y verificación en «Il cortegiano», y que conecta de forma perfectamente acorde también con la concepción de sus contemporáneos y con la idea que del mismo asunto mantenía la tradición medieval, esto es la referencia al significado del beso (donde también recurre al libro de los «Cánticos» de Salomón: «Béseme con el beso de su boca» (Libro IV.Cap.64),(24-25)  de lo que cabe colegirse una especie de singular metafísica del beso,(26) pues será por la boca por donde «salen las palabras», que diría en el capítulo 64 del libro IV, las cuales son «mensajeras del alma», y que al besar a la amada, de «aquel intrínseco aliento» no debe apercibirse deseo deshonesto, pues de ese ayuntamiento ambas almas quedarán resultas en una sola. De nuevo recurre a Platón quien recoge en un epigrama que, al estar enamorado, en el beso, «le vino el alma a los dientes para salirse ya del cuerpo.» .
Del amor, al albur de la lectura del libro IV de "EL cortesano", de Baltasar de Castiglione, Francisco Acuyo
            Habrán de sucederse todavía de forma continuada las referencias a la visión platónica del amor y otras tales en las que el mismo se identifica con el fuego purificador: «Esta es aquella gran hoguera, en la cual (según escriben los poetas) se echó Hércules», (Libro IV.Cap.69),(27-28)  y que lo siguen vinculando a la tradición clásica; o: «esta es aquella zarza de Moisés», (Libro IV.Cap.69)(29-30) en cuyo ardor amoroso hallaremos la beatitud y aún el mismo cielo: «ardiente virtud de contemplación, arrebataste del cuerpo y las juntastes con Dios», (Libro IV.Cap.70)(31) de cuyo himno al amor, tanto en su estructura como en sus fuentes,(33) recuerdan, entre otras a la inmortal  «De rerum natura»,(34). Se hace referencia finalmente, a aquellos hombres y mujeres destacados y destacables que, a juicio de Castiglione, alcanzan este don sublime e inefable del amor, donde hacen particular desfile nombres de filósofos y santos, encontrándose entre ellos a Platón y Plotino, San Francisco de Asís y al mismo apóstol San Pablo; a San Esteban, Diótima o María Magdalena.
        Bosquejamos apenas (bajo la sombra siempre de las exigencias de tiempo y espacio que demanda un apunte de esta naturaleza) algunas de las influencias más evidentes de «Il cortegiano», de Castiglione. Mas, ¿cuáles serían las proyecciones más significativas y reconocibles en la obra de autores varios y notables y que, así mismo, participen de esta singularísima concepción del amor? Sin duda estimo que serían numerosísimas las referencias. Daremos cuenta en estas notas, brevemente, sólo de algunas de las que considero más representativas. 
            Del tercer libro, en su capítulo sesenta y seis, leemos: «los espíritus de entrambos se topan y se encuentran y en este dulce encuentro el uno toma la calidad del otro» (Libro III. Cap.66),(34)  imagen que resultará de frecuente uso, pues el eco de su discurso poético resonará tan familiar, sobre todo en los sonetos de Garcilaso de la Vega y serán perfectamente identificables, pues deben su resonancia y no poco de su concepto a la lectura de « El cortesano», bien tenido en cuenta del original impreso en italiano, o bien de la elaborada y nunca suficientemente ponderada traducción de su buen amigo el poeta Juan Boscán.(35) También serán fácilmente detectados el influjo en el tratamiento de  muchos de los temas habituales en el autor de «La flor de Gnido», así, por ejemplo, el tema casi constante de la ausencia y presencia de la amada y que pueden ser perfectamente denotados en sonetos tales como el IX:  «Señora mía, si de vos ausente»;(36) o del soneto VIII: «De aquella vista pura y excelente»,(37) que se acompañan y acompasan tan concordemente de los ecos «cortegianos» que versan sobre dicha temática.
            Diría que, incluso: «aquella luz que es la verdadera imagen de la hermosura angélica comunicada a ella», (Libro IV.Cap.68),(38) nos trae a la memoria (y no es del todo desdeñable esta la posibilidad) al autor de aquella magnífica segunda estrofa de la más que excelente Oda a Salinas, de nuestro inconmensurable Fray Luis de León:

                                               «El alma que en olvido está sumida
                                               torna a cobrar el tino
                                               y memoria perdida
                                               de su origen primero esclarecida»(39)

            Y también, ¿por qué no? reconocer esas otras  resonancias únicas  de aquella «fuente perennal de contentamiento que siempre deleita y nunca harta», (Libro IV.Cap.70),(40) con aquella otra no menos subida e imponderable gloria y empíreo de todos los amantes de la más alta poesía universal, aquella, digo, divina, excelsa e irrepetible fuente imperecedera del mismo San Juan de la Cruz que, si bien pudiera ser que no obtuviera una influencia de primera mano, parece no obstante, detectarse influjos seguros a través del conocimiento de la obra poética del admirado Garcilaso de la Vega:

                                               «Aquella eterna fonte está escondida
                                               que bien sé yo do tiene su manida,
                                               aunque es de noche.
                                               Su origen no lo sé, pues no le tiene».(41)

            Pero donde lo veremos más excelsamente reflejado será en la obra poética de Garcilaso de la Vega. En ella se observa perfectamente expreso el ideal cortesano, ved sino en la Égloga segunda, cuando dice:

                                               «Miraba otra figura de un menoscabo,
                                               el cual venía con Phebo mano a mano
                                               al modo cortesano...»(42)

            Así las cosas, no debe resultarnos nada extraño que, tanto para Juan Boscán como para Garcilaso de la Vega, «Il cortegiano» represente el manifiesto ideológico de la nueva escuela.(43) Precisamente el mismo Boscán, por su labor de traducción y adaptación de esta obra, vendría posteriormente a ser considerado como uno de «los artífices innovadores de la prosa castellana en tiempos de Carlos V»,(44) al que aludiría nuestro insigne estudioso y filólogo Marcelino Menéndez Pelayo.
            Si el influjo de Castiglione en Garcilaso fue a todas luces indudable por evidente, también debiera ser reconocido a su vez el influjo de Garcilaso (y consecuentemente de Castiglione) en el ya citado Juan de Yepes, influencia ya estudiada con el rigor y amenidad con que acostumbraba Dámaso Alonso,(45) e indiscutible en Boscán. Y aunque sólo fuese por la admiración a Garcilaso, también  Camoens obtendría alguna onda de su potente influencia. Convencido, no en vano decía:
                                  
                                               «Fora conveniente
                                               ser en outre Petrarcha on Garcilaso»;(46)

            También Fernando de Herrera, quien estuvo sin duda  impregnado de la visión neoplatónica del amor y del mundo, y para quien Garcilaso de la Vega era además:

                                               «Príncipe de los poetas castellanos»;(47)

                        Lo ensalza Lope,(48) Góngora dedica unas estancias al sepulcro de Garcilaso;(49) y así, consecutivamente  hasta nuestros días. Garcilaso de la Vega es pues, el poeta que aspira al amor total cuando dice:

                                               «Escrito está en mi alma vuestro gesto»;(50)

                Así las cosas pueden observarse tantas influencias directas de «El cortesano» en la literatura española que no podrían  siquiera señalarse las más siginificativas en tan breve opúsculo, no obstante, podríamos señalar algunas, por enumerar  unas pocas influencias: en la «Araucana»,(51) de Alonso de Ercilla y Zúñiga, en Cervantes, en su «Galatea»,(52) quien remite aún a elementos neoplatónicos bastante comunes en este ámbito con referencia al amor y a la música; en «El Caballero Perfecto», de Alonso Jerónimo Salas Barbadillo,(53)  en Baltasar Gracián,(54)  en su «Cortesano»(55), o en Gabriel Bocángel, entre otros muchos. 
            Además el amor ofrecido como algo en verdad imperecedero se verá en otros poetas de otras lenguas cuando dicen:

                                                «Love is not Love 
                                               Which alters when it alteration finds»:(56)

            «El amor no es amor // si cambia cuando encuentra un cambio». El amor perfecto ha de ser pues, eterno, ha de estar y ser más allá de la muerte:

                                                «su cuerpo dejará, no su cuidado;
                                               serán ceniza, mas tendrán sentido
                                               polvo serán, mas polvo enamorado».(57)

            La enfermedad del amor, reconocida en las culturas clásicas, persa, árabe... se manifiesta como enajenación que no debe ser tenida por demencia, si rige la «razón de amor» garcilasiana (y posteriormente reconocida y reconocible en Pedro Salinas) en su platónica ecuación: Hermoso, Verdadero, Bueno. El amor pues, es hijo de la razón; en él por tanto deben aparecer «las cuatro facultades: Entendimiento, Razón, Memoria y Voluntad».(58)
            Cuestión harto prolija y no menos compleja sería mostrar si en la literatura cortesana hay elementos inequívocamente eróticos: expresos en elementos clave (palabras), o si acaso se vierten amparados en la tradición medieval del eufemismo y su compleja retórica: ambigüedad, metáfora, alegoría, figura y la supuesta carga ambivalente de sentidos, de cuya intrincada dinámica y, en muchos casos, enigmática estructura, parecería a todas luces inútil discutir su significado sexual.
Del amor, al albur de la lectura del libro IV de "EL cortesano", de Baltasar de Castiglione, Francisco Acuyo
            La cuestión del secreto como constante de la experiencia cortesana universal, lleva aparejada que el amor, en su manifestación misteriosa, puede verse afectado por lo exterior (lo de fuera, lo ajeno a él mismo), que hace de éste un matiz característico para la correcta comprensión del amor en el tiempo y obra de cualquier autor del renacimiento, impuesto acaso más por las convenciones y exigencias sociales que por una necesidad íntima, personal y psicológica, y es que el escritor, el poeta, cuando autor enamorado, se encontraba nadando muchas veces entre ideas y corrientes francamente contradictorias: Médicos y Vulgo hablaban de la locura y de la enfermedad en el amor, frente a la elevada concepción de los poetas enamorados; predicadores y moralistas que se debatían entre la misoginia más totalitaria o, a veces en el más confuso de los feminismos. De cualquier forma, el amor, al fin, encuentra su fundamento en las manifestaciones literarias de todo orden, pensamiento y concepción ideológica, así: en el cariño y el respeto, en la solicitud de ser correspondido y no en lo sórdido concupiscente. El amor se basará pues, para el cortesano ideal, en elementos concretos tales como la constancia, actuando ésta como piedra angular del concepto de amor puro cortesano.
            A estas alturas del apunte y de nuestro espacio y tiempo, no sería ninguna sorpresa decir que, no ya el concepto de amor cortesano, sino del amor en sí mismo como concepto general y desde luego intemporal, parece que trata tan sólo de supervivir en nuestros días, pues acaso se ha ido degradando, perdiendo buena parte de la profundidad anotada en épocas tales como la de nuestro «cortesano», y todo ello en pos de una materialidad que en bastantes momentos se mal expresa ofrecida groseramente: tal vez porque «hay muy pocos que penetren en el significado del amor».(59) De aquí podemos colegir que la noción más notable de la literatura de la época y, desde luego del  «cortesano» de Castiglione respecto al amor, es que éste, desde luego, camina más allá del simple hecho físico y sentimental».(60)
            Una de las características que se revelan como más singulares, a mi juicio, del concepto amoroso que se desprende de «Il cortegiano» y de la literatura y poesía de la época afín a dicha conceptualización neoplatónica, radica en la ignorancia de los procesos evolutivos y psicoanalíticos de los que hoy se encuentran plenamente impregnadas (por no decir ahogadas) las visiones del amor y de la sexualidad. La explicación unitaria y pretendidamente inequívoca de la sexualidad y el erotismo por sus presuntos fundamentos animales y, en última instancia biológicos, es la puesta general del énfasis en un reduccionismo que muy bien puede pretender el encuentro explicativo de lo que sea superior mediante el amparo de lo inmediato inferior o fisiológico, de lo consciente y supraconsciente mediante lo puramente orgánico e inconsciente. El ideal de amor del cortesano podía hacer suya la frase de P. Bourget cuando decía: «Todo amante que busque en el amor otra cosa que el amor, desde el interés hasta la estima, no es un amante».(61) La elección, conceptualización y entendimiento del amor cortesano participa de hecho de aquel singular idealismo que nos advierte de forma intuitiva y creadora que «en el amor el realismo no tiene más valor que en el arte».(62)
            El amor presentado en «Il cortegiano» y que, posteriormente sería divisa, emblema, signo proyectado a no pocos autores contemporáneos de Castiglione y sin duda también postcontemporáneos, participa de aquel «fascinum» de la antigüedad, mas todo ello en una suerte de sortilegio(63) (que ya vimos en Platón, Lucrecio, Avicena, Marsilio Ficino y Della Porta) que se mueve, interviene e informa de la dinámica suprafísica e inmaterial del alma. La ley platónica de la complementariedad y del «Embolon» griego,(64) aparece de manera clara en todos sus presupuestos ideológicos del amor, donde la realidad de lo uno se basaba en la complementariedad con el otro. De nuevo la presencia platónica es patente y con ella también la presencia del mito de Andrógino, del cual se deduce la necesidad del amor, pues este es el que empuja a los seres humanos hacia aquella unidad anhelada y que sólo es posible en la consecución del mismo.
            Previene también el ideal de amor cortesano de la etimología propuesta como «fiel de amor» de la Edad Media y que en este momento histórico literario se manifiesta cargada de sentido: «a»= «sin», «mors»= «muerte», y que deducimos: «sin muerte».(65) En definitiva, ya hallábamos la inmutabilidad ansiada por Castiglione expresa en boca de Pietro Bembo en su ideal amoroso del «cortesano».
Del amor, al albur de la lectura del libro IV de "EL cortesano", de Baltasar de Castiglione, Francisco Acuyo            La «manía» platónica(66) que tiene como consecuencia el reconocido entusiasmo divino del amor, y que el «cortesano ideal» reconoce, aparece también de manera constante, y de él proviene esa genuina embriaguez que la emparenta en muchos aspectos con la que embarga en la poesía. Así pues, este noble parentesco se amplía y eleva en el concepto de belleza, pues esta no es cosa que sobrevenga aleatoria o azarosamente, y en este extremo de su complejidad no debiera tenerse este aspecto (como otros tantos del amor) por cuestión baladí, pues aquellas (la poesía y el amor) obtienen de lo que es hermoso su verdadero ser y fundamento, porque «los que aman la belleza en los cuerpos... aman lo que es eterno».(67)
            El carácter inevitable e indiscutiblemente trascendente del amor en «El libro del Cortegiano» es una constante que se infiere con facilidad de la lectura atenta de las páginas y del tema que se ocupan, pues en virtud de ese ideal amoroso, el cortesano espera nada menos que lo absoluto. Nos recuerda esta aspiración a aquel: «Deus fortior me, qui venieus dominatibur mihi»,(68) ese Dios más fuerte que uno mismo empuja con divino vigor hacia lo total y trascendente en un «raptus» extático que lo eleva hasta la divinidad misma, y que nos lleva a pensar en aquel D’Annunzio que, a través del amor, «creía convertirse en una criatura diáfana, fluida, impregnada de un elemento inmaterial purísimo».(69) 
            Permitan, en fin, los que, avisados verdaderamente en temática tan extraordinaria, tal vez conmigo, estimen este apunte tan apresurado insignificante ante  realidad tan vasta y perennemente palpitante.
            Me bastaría con transportar al lector atento hasta aquel hemisferio infinito desde donde poder contemplar más que una labor de crítica, la perplejidad ante lo que, como tema inmortal, luego de ofrecer excelsas manifestaciones literarias, conduce los pensamientos alados que sin duda guardan en lo más secreto de sí todos los hombres:  para ser con la verdad solemne y sincera del artista y de los amantes, la esencia misma del amor.
           

                                                                                                                      Francisco Acuyo

Notas.-

(1) Castiglione, B. de: Il libro del Cortegiano: Cátedra, Letras Universales, Madrid, 1994.
(2)  Bembo, P.: «Los asolanos»: Ed. Bosch, Barcelona, 1990.
(3)  Arbizoni, G.: L’ordine e la persuasine. Pietro Bembo personagio nel «Cortegiano», Quatro Venti, Urbino, 1983.
(4) Castiglione, B.: Ver nota 1.
(5)  Platón: Simposio, XXIII, Fedro, XIV: Obras Completas, Aguilar, 1979.
(6)  Bembo, P: Ver nota 2.
(7)  Castiglione, B..:  Ver nota 1.
(8)  Girolamo Benivieni: «Canzona dell’Amor celeste e divino»
(9) Castiglione, B.: Ver notas 1.
(10)  Platón: Fedón: Ver nota 5.
(11)  Ibidem.
(12) Platón: República: Ver nota 5.
 (13) Castiglione, B.: Ver notas 1.
 (14) Ibidem.
 (15) Ibidem.
 (16) Jorge Manrique: Cancionero General.
 (17) Diego de San Pedro: «Cárcel de Amor».
 (18) Freud, S.: «Los textos fundamentales del psicoanálisis», Selección: Ana Freud. Ed.Altaya,  Barcelona, 1993.
  (19) Castiglione, B.: Ver nota 1.
  (20) Ibidem.
  (21) Ibidem.
  (22) Stäuble, A. : L’inno all’Amore nel quarto libro del «Cortegiano»: Giornale storico della letteratura italiana, 1985.
  (23) Lucrecio: De Rerum Natura, Edt. Bosch, Barcelona, 1985.
  (24)  Castiglione, B.: Ver nota 1.
  (25)  Gallo, M.R.: La poesía de Garcilaso de la Vega. Análisis Filológico y texto crítico: Fondos del Boletín de la RAE.                             Madrid, 1990.
(26) Garcilaso de la Vega: Poesías Completas, Espasa Calpe, Clásicos Castellanos, Madrid, 1987.
(27)Ibidem.
(28) Castiglione, B.: Ver nota 1.
 (29) Fray Luis de León: Obras Completas, B.A.C, Madrid, 1947
 (30) Castiglione, B.:: Ver nota 1.
 (31) San Juan de la Cruz: Obras Completas, B.A.C, Madrid, 1957.
(32) Garcilaso de la Vega: Ver nota 26.
(33)  Mario Pozzi: Ver nota 1, 5, 17, 21, 27, 30 y 86.
(34)  Castiglione, B.: «El cortesano». Ed. de M. Menéndez Pelayo, Revista Filológica Española, Madrid, 1942.
(35) Dámaso Alonso: Poesía Española, Edt. Gredos, Madrid, 1987.
 (36)  Luis de Camoens:  Los luisiadas y otras obras menores, , Lib. Bergua, Madrid, 1934.
 (37) Herrera, F.:: Poesía castellana original completa. Ed. de Cristóbal Cuevas, Cátedra, Letras Hispánicas, Madrid,  1985.
(38)  Lope de Vega: Obras Completas, Aguilar, Madrid, 1991.
(39) Luis de Góngora: Obras Completas, Aguilar, Madrid, 1972.
(40)  Garcilaso de la Vega:Ver nota.26.
 (41) Alonso de Ercilla: La Araucana: Introducción de Ofelia Garza del Castillo, Edit. Porrúa, México, 1998
(42)  Cervantes, M.: La Galatea, Obras Completas, Aguilar, Madrid, 1975.
(43) Alonso Jerónimo Salas Barbadillo: «El Caballero Perfecto».
 (44)  Gracián, B.: Obras Completas, Espasa Calpe, Biblioteca de Literatura Universal, Madrid, 2001.
 (45) Bocángel, G.: «El cortesano»
 (46) Shakespeare, W.: Soneto CXVI, Obras Completas, Aguilar, Madrid. 1987.
 (47) Quevedo, F.: Poesía Completa, Castalia, Madrid, 1980.
(48) Wihnnom, K.: Diego de S.Pedro, Ver nota 17.
(49) Mauclair, C.: Essais sur l’amour. La magie de l’amour, París, 1918.
 (50) Evola, J.: Metafísica del sexo, Edizione Mediterranee, Roma, 1997.
 (51) Bourget, P.: Physiologie de l’amour moderne, Paris, 1891.
 (52)  J. Péladan: La sciencia de l’amour, París, 1918.
(53)  Ficinio, M.: Sopra lo amore. Della Porta: Magia Naturalis. Comentario de julius Evola.Ver nota 50
(54)  Platón: El Banquete: Ver nota 5.
 (55) Julius Evola: Ver nota 50.
 (56)  A. Ricolfi. Studi sui Fedeli d’Amore, Milano, 1933.
 (57)  Platón: El Banquete: Ver nota 5.
 (58)  Plotino: Enéadas, Aguilar Argentina, Buenos Aires, 1966.
 (59) Dante A.: «La vita nuova».
 (60)  D’Annunzio, G.:Il Piacere: El Placer: Cátedra, Letras Universales, Madrid, 19
(61) Shakespeare, W.: La vida del rey Enrique V. Ver nota 46.



Del amor, al albur de la lectura del libro IV de "EL cortesano", de Baltasar de Castiglione, Francisco Acuyo

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