viernes, 7 de enero de 2011

ELENA MARTÍN VIVALDI: DISTINTA NOCHE I

Elena Martín Vivaldi: Distinta noche 1, Francisco Acuyo
Como anunciábamos en el anterior post introductorio, iniciamos la andadura de esta sección nueva: El hemisferio Infinito, con la voz querida e inconfundible de la poeta Elena Martín Vivaldi. Lo haremos en dos entregas, en las que ofreceremos una panorámica singular de su poesía centrada, como ya advertíamos, en el libro Distinta noche, publicado póstumamente en el  año 1999. Primero mostraremos un muy breve semblanza biográfica, después unas reflexiones sobre su poesía que servirán de acercamiento a su poética. Posteriormente ilustraremos estas entradas con poemas varios que pertenecen a este título y que como adelantábamos se encontraban dispersos (también había algún poema inédito) en diferentes medios tales como revistas, invitaciones personales, catálogos de pintura…. En un esfuerzo de amistad y reconocimiento por parte de José Espada, Antonio Carvajal y el mío propio por tan excepcional poeta y entrañable amiga.


Nota biográfica.-





Elena Martín Vivaldi, nace en Granada en 1907. Cursa Estudios de Filosofía y Letras en la ciudad que la vio nacer. Al ganar la oposición al cuerpo de Bibliotecas, se traslada a la provincia de Sevilla, donde obtuvo plaza y residió varios años; posteriormente, retorna a Granada como bibliotecaria de la Universidad, en las Facultades de Farmacia y Medicina; plaza esta última que ocupó hasta su jubilación. Desde la publicación de su primer libro, Escalera de luna, en 1943, hasta Distinta noche, publicado póstumamente, en 1999, vieron la luz entre otros títulos especialmente significativos: Cumplida Soledad, en 1958, Arco en desenlace en 1963, Materia de esperanza, en 1968, Durante este tiempo en 1972, Tiempo a la orilla en 1985, o las Ventanas iluminadas en 1997. Se reúne su Poesía completa, en la Valladolid, por la fundación Jorge Guillén,  en 2007. Muere en la misma ciudad de Granada el 9 Marzo de 1998.



Del amor y el olvido. Reflexiones a modo de poética.- 



Acaso la poesía (y en verdad no en pocos casos) sea, para quien se apresta a recibir un tanto de su aliento enigmático, un tratado del amor y el olvido. Llega a su regazo musical con un tristísimo respeto, con el ansia ingenua del que quiere la atención y el amor del mundo, con la tímida inocencia que cree descubrir un universo cristalino y, en virtud de aquella límpida mirada, gobernar en pos de su ánimo infantil. Pero su extraña música, este niño que apremia por la pena desolado, observa que no tiene por objeto despertar la alegría, sino el de adormecer apenas la tristeza. Así se acaba caminando con un sigilo culpable o, en alguna ocasión, cuidadosamente, con aquella pantomima que le muestra expresiva la dualidad de su camino, pues si actúa con amor porque el poema le responda con luz a sus preguntas, le sorprende la penumbra, si en soledad se inscribe para el alma, cual ciencia del olvido. Y esto es muy razonable, aunque la poesía a menudo porte aquel cándido encanto para transformar el olvido en amor y provocar el amor al olvido.
Elena Martín Vivaldi: Distinta noche 1, Francisco Acuyo
               Recojo aquí , entreverado con mis palabras las suyas propias, tomadas de viva voz en su momento, el entendimiento singular que tenía del arte poética. «La inspiración del verso no es sino larga y dolorosa esper,[1] atenta a la palabra que el poeta inmerso, anhela, contem­plando en «el paisaje, la luz, el árbol, la vida más allá del senti­miento hedonista», «un compromiso vital» que se vincula a la poesía como extraordinaria faceta de la vida «pues alcanza plenitud en ella», y contempla y se contempla en el prodigio de la luz que en el verso sin dejar sombra nos traspasa, por la sensación o la con­vicción invadidos de que acaso «es desde fuera de nosotros donde se nos dicta el verso» para ser con el mundo.
¿Deberíamos contemplar acaso a nuestra poeta dentro de los círculos cimeros que vieron el panorama literario y poético con dosis notables de engolada suficiencia? Si «no se estima integrada en corriente alguna» tal vez sea porque se siente a gusto, «partícipe gozosa de la adicción hacia (sus) versos con la que muchos jóvenes poetas, la halagan contagiándo(la) entusiasmo». Y también a los amigos, «cuya entrega (le) ha supuesto un estímulo vital inestimable». La amistad es raro privilegio que «junto a la poesía dan sem­blanza primordial de lo que más estima) en la vida.»
Poesía, vida, amistad, naturaleza, soledad, tristeza… pueden ser algunos de los ejes que vertebran la temática martivivaldiana con una voz inconfundible, por eso decía[2]: La tristeza, quiere investirse de una realidad vegetal con ca­pacidades propias del alma humana, y para ello rodea su poesía del aura trascendente que ampara una visión neoplatónica del mundo; pampsiquismo que por otra parte desde Giordano Bruno había de impregnar en la mónada lebitziana, y fluir en la voluntad metafísica de Schopennauer y otras formas de idealismo o espiritualismo aplicadas a la naturaleza, y que brotan aquí con renovado ánimo.
Es esta la contemplación y búsqueda revelada, y por la que las palabras trastornan su acostumbrado sentido. Aquí, Elena Martín Vivaldi escoge, muy lejos de la vía de la mimesis, construir un universo que autoriza con clave de modernidad la voz propia.
  En fin, en pos de estos poemas y su universo poético: dejad ahora que libere aquel rumor puro con agradable vuelo, y arrulle nuestro fatigado espíritu su ligero murmullo musical. [3]



[1] Las cursivas forman parte del un fragmento entreverado con palabras de la propia autora, recogidos de los Diálogos del Conocimiento, en entrevista hecha por el que suscribe en la Revista Extramuros, nos. 5-6, Marzo de 1997.
[2] Acuyo, F.: Véase El tiempo en la palabra, en el prólogo de Distinta noche, Extramuros, 1999.
[3] Ibídem.




Poemas:


JARDÍN QUE FUE





                                            
La lluvia celebra cantos últimos


S.L.B.

Esperando la lluvia como un llanto.
Aguardaba la lluvia:
viento y dolor ceñido.

Por la tapia la yedra, su callado,
humilde resbalar.
Todo es infancia.

Larga distancia. Un patio.
Cristalera, dejándole a la lluvia,
único el gris sonido.
Mármoles, azulejos. El tiempo le ha prohibido
existir. Un día fue.
Sólo un rastro: aquel nombre.

Todo era flor y era pájaro.
Niñez. Jardín. La mañana.
Vencejos sombra y luz
en zigzag sueños. La tarde.
Y una mano (Tempo adagio)
lleva el compás
de una música requien trascendida
de una canción eterna,
sin notas.
Blanca página.
Nombrarte, no. Pero tienes un nombre.
Conduce hasta el final
del corredor. Sin aire,
sin ventanas.
Tienes un nombre. Siegas.
Y eres sola.





II

Es la sonrisa un silencio
S. L. B.

1

Todo era silencio. Estrellas.
Techo de constelaciones.
Leyenda. Pasó. Fantasma
escondido entre el cemento.


2

Alguien atiende en la noche.
¿Qué suceso lo desvela?
¿Un suspiro? Revivió
la sonrisa. Entre paredes,
aprisionados, despiertan.


3

Cuadricularon el cielo.
Tapiaron aroma y voces,
oculto está aquel vivir.
Rosal. Senderos. La acacia.


y 4

En tropel —¡qué largo río!
se desbordan:
son recuerdos.
Entre las ondas grabados
del aire.
¿Retornarán?
Que ya nunca,
jardín que fue...
Breve ensueño.







1 comentario:

  1. Magia, rememoración, encantamiento y un ritmo cuidado. Me encanta la poesía de esta gran artista de las letras. Mucho corazón en su hermosa obra. Gracias, amigo.

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