sábado, 7 de enero de 2012

EL ESPEJO POÉTICO: MITO, MÍSTICA Y POESÍA (II)

Segunda parte de El espejo poético: mito, mística y poesía, en la sección De juicios, paradojas y apotegmas, del blog Ancile. Trataremos de informar en posteriores entradas sobre la bibliografía  relacionada con el tema ante la demanda de algunos interesados, acaso en una extensión añadida a lo hasta ahora presentado.





El espejo poético, Mito, Mística y poesía, Francisco Acuyo


EL ESPEJO POÉTICO: 
MITO, MÍSTICA Y POESÍA (II)






Si la poesía es ante todo un ejercicio de libertad (como debiera ser cualquier forma de expresión creativa y artística), a fuer de ser fuente liberadora de cualquier índole de prejuicio,  condicionamiento, interés recelado e incluso de ideología condicionante, pues basa su idiosincrasia precisamente en el hallazgo, en la sorpresa, en el encuentro con lo nuevo creativo, tampoco deja de ser una forma de entrega, de devoción, de entusiasmo de ofrenda que, como el amor, solo aspira a ser en la belleza de lo ofrecido. Esta ética y estética son parte insoslayable de la verdad poética que, además, se nutre de manera inevitable de una inclinación, denominemos, transpersonal que conlleva a una necesaria superación de la dualidad inferida de manera  inmediata por nuestra percepción del mundo, donde el sujeto se manifiesta como el espejo de la realidad (o del objeto); el discurso poético genuino conlleva un impulso metafísico incuestionable (ostensible en los poemas de apariencia más sencilla y cotidiana) que acaba invitando a aquella no dualidad del origen de la que veníamos hablando al principio, por lo que se colige que el acto poético implica de alguna manera (tanto para el poeta que escribe el verso) como para el lector verdaderamente avisado, morir a lo conocido, a lo vivenciado  en virtud de nuestra fantasmal capacidad de conocer como sujetos la supuesta realidad exterior, objetiva; la muerte (iniciática) a la que invita la poesía, es la que nos pone en contacto (como poeta o como el lector) con la realidad que reconocemos (emotiva, intelectual o estéticamente) de manera unánime, donde el poeta y el lector son, a tenor de la poesía, la misma cosa, donde, como en la amistad sincera, el
afecto se refleja en el amigo que no es sino otro yo mismo.
Se dice que el impulso poético (cuando embarga al poeta en la creación de sus versos, o al que imbuye de su espíritu como lector atento)  no conoce ni se reconoce en la prisa (nos avisaba sabiamente al respecto Paul Valery), mas esto es así porque la razón poética y –o- creativa se manifiesta y vive en un eterno presente, de hecho, el mejor momento de la poesía no es (o sucede) cuando describe una posible experiencia, sino cuando nos culmina mediante la ficción de algo cuya experiencia es (potencialmente) imposible […] no se es un poeta completo si la totalidad de su imaginación no está sintonizada y no se funde toda su experiencia en una sinfonía única.[1] Así pues, no es exagerado que la poesía nos hace (en su peculiar ensimismamiento) trascender de nosotros mismos con el fin unívoco (mítico y místico) de acceder a la realidad misma para ser esa misma realidad.
Si podemos entender el mito subyaciendo, confundido en la fronda y espesura de su propia proyección arquetípica, ocultando el origen, regulando el caos de las sensaciones y la angustia producida por estas, como perfecto narcótico que pretende tranquilizar con la ilusión de su efecto, mientras, el lenguaje poético y su genuino dinamismo se ofrece como la paradoja (de atención cognoscitiva) que proyecta su capacidad expresiva sobre sí mismo: sucede como el efecto especular de dos espejos enfrentados con trasfondo al infinito. En esta reflexión, lo idéntico y lo distinto conforman el mismo ser, y aunque, como lenguaje es un sistema formalizado y complejo que no puede encontrar su validez lógica en sí mismo, sin embargo no invita a penetrar el sitio, sin tiempo ni espacio, más allá de cualquier rol establecido, donde no se va a ninguna parte, porque allí donde es  permanece y es inagotable.
John Dewey señalaba que la naturaleza es un artista que trabaja desde dentro, pues bien, la poesía como sendero de creación y expresión se muestra como uno de los mejores y más señeros catalizadores mediante el que hacer posible un intercambio fluyente e influyente de información con lo que nos rodea, una vez agotada la vía conceptual y lógica (convencionales) de entendimiento, además de un camino de transformación interior profundamente  interesante.




Francisco Acuyo




[1] Ibidem. (Ver George Santayana, en el anterior post)

1 comentario:

  1. Interesantísimas reflexiones. Me encantaría poder contrastar opiniones al respecto. Sí que creo que se debería hacer un escrito más extenso y meticuloso. El tema lo merece.

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