viernes, 11 de enero de 2013

TRES FILÓSOFOS MISÓGINOS: SCHOPENHAUER, NIETZSCHE, WEININGER,

Ensayo de muy grande interés el llevado hasta nuestras páginas por el filósofo, profesor, colaborador y amigo Tomás Moreno para la sección de Microensayos del blog Ancile, cuyo título de por sí ya es harto sugerente: Tres filósofos misóginos: Shopenhauer, Nietzsche y Weininger; además de ofrecerse en el mismo una temática de candente actualidad. No deja de resultar cuando menos curioso que tres pensadores de tan elevada trayectoria intelectual conllevaran el lastre de su singular misoginia. Saquen ustedes mismos las oportunas conclusiones.


Tres filósofos misóginos: Schpoenhauer, Nietzsche, Weinger. Ancile, Tomás Moreno



TRES FILÓSOFOS MISÓGINOS: 
SCHOPENHAUER, NIETZSCHE, WEININGER




Tres filósofos misóginos: Schpoenhauer, Nietzsche, Weinger. Ancile, Tomás Moreno

La mayoría de los expertos coinciden en señalar que las raíces ideológicas sobre las que se ha construido el edificio de la misoginia filosófica, durante el último siglo y medio, podemos encontrarlas en tres conspicuos filósofos del siglo XIX: Schopenhauer, Nietzsche y Weininger. Nacidos en 1788, 1844 y 1880 respectivamente, presentan un evidente “aire de familia” en lo que se refiere a su negativa consideración y conceptualización de la mujer. Los tres célibes y, bien que por distintas circunstancias, poco afortunados en sus relaciones femeninas. Los tres pensadores escriben en lengua alemana y suscriben similares tesis acerca de una “supuesta” inferioridad femenina y dos de ellos -Schopenhauer y Weininger- participan de un explícito y radical  “pesimismo genital”, por usar la acertada expresión acuñada por Fernando Savater, de clara raigambre dualista[1].
Tres filósofos misóginos: Schpoenhauer, Nietzsche, Weinger. Ancile, Tomás Moreno
Arthur Schopenhauer
            Los tres, que se mostraron efectivamente beligerantes en desaprobar los movimientos de emancipación de la mujer emergentes en su tiempo, coinciden en considerar el movimiento sufragista finisecular[2] como promovido por individuos intersexuales, “mujeres viriles”, que con su iniciativa masculina, arrastran al activismo feminista a otras mujeres normales virilizándolas, y también en calificar su lucha por la igualdad de derechos como un síntoma “enfermizo” y perjudicial para la mujer[3].
            Los tres,  en distinta medida, caracterizan a la mujer como el mal, portadora del caos y esclava de la sexualidad, propugnando su sumisión incondicional al varón. Los tres, en fin, excluyen a la mujer de la esfera de la individualidad y del “pacto social”, incluyéndola en la esfera de la naturaleza “como mantenedoras de la trampa de la especie por medio de una sexualidad amenazante y perversa que aúna deseo y reproducción”[4].
Tres filósofos misóginos: Schpoenhauer, Nietzsche, Weinger. Ancile, Tomás Moreno
Friedrich Nietzsche
            Pertenecen, pues, junto con los idealistas alemanes Hegel y Fichte, el danés Kierkegaard y el discípulo de Schopenhauer, Eduard Von Hartmann, a la corriente denominada “misoginia romántica”. Todos ellos -salvo Fichte y Von Hartmann- en mayor o menor medida han sido objeto en nuestro panorama bibliográfico de penetrantes estudios por parte de nuestras filósofas feministas más destacadas: Celia Amorós centró su interés en la figura de Kierkegaard[5]Alicia H. Puleo lo hizo con Schopenhauer[6]; Amelia Valcárcel dedicó su investigación a analizar, de manera sumaria pero clarificadora, las conceptualizaciones de lo femenino en los más destacados representantes de la misoginia romántica: Hegel, Schopenhauer, Kierkegaard y Nietzsche[7]. María José Villaverde, finalmente se ocupó, con ocasión de su centenario, de Otto Weininger[8], epígono, sin duda, de esta tradición ideológica misógina.
            Para Amelia Valcárcel, el discurso misógino romántico -que comienza a finales del XVIII y se extiende hasta las postrimerías del XIX y con influencia inercial en buena parte del XX- se caracteriza por ser, como el propio movimiento cultural que lo vehicula, en gran parte un pensamiento reactivo. Busca tomar distancia del período cultural Ilustrado precedente, al que critica y rechaza por frío, abstracto, impersonal y uniformador. La racionalidad ilustrada no ha comprendido en profundidad, en opinión de los románticos, la verdadera naturaleza humana al “haber desdeñado la pasión, el sentimiento, lo religioso, incluso lo oscuro y turbio que se espesa y yace bajo la racionalidad”, [que se entiende como] “sólo una de las posibles expresiones de nuestra naturaleza”[9].
Tres filósofos misóginos: Schpoenhauer, Nietzsche, Weinger. Ancile, Tomás Moreno
Otto Weininger
            Frente a esa racionalidad abstracta e impersonal, el romanticismo “exaltará las raíces ancestrales, la vuelta al pasado, los rasgos diferenciales, los nacionalismos, los elementos pasionales y pre-conscientes”[10]. El primer romanticismo, conservador y coetáneo de la Europa de las Restauraciones,  “avivará el sentido histórico comunitario centrándose en las ideas de pietas y tradición”. El romanticismo decadentista, por su parte, exaltará la individualidad anormal, incluso la locura y la transgresión de los límites. Pero en ambos estará presente una misma característica, determinante a la hora de legitimar las instituciones de la vida social y las diferencias de estatus y poder entre hombres y mujeres: el naturalismo, desde el que -atribuyendo, por naturaleza, rasgos divergentes tanto al colectivo de las mujeres como al de los varones- se construirá una definición esencialista del género femenino, que relegará a la mujer a posiciones de inferioridad y de sometimiento a los varones, dado que, así lo postula, son “genéricamente superiores a todas las mujeres”[11].
            La misoginia romántica hizo suyo sin ambages el lema de Napoleón -recordado por Schopenhauer en Sobre las mujeres- de que “las mujeres no tienen categoría”, sosteniendo, en consecuencia, que “todas las mujeres, juntas y por separado, debían carecer de jerarquía”[12]. Frente a la teórica defensa de la igualdad de sexos del pensamiento Ilustrado, que si bien había desmontado la legitimación religiosa del predominio masculino -desfundamentando al mismo tiempo la supuesta inferioridad de la mujer como un castigo divino por la falta originaria de Eva- y que, con voces reivindicativas como Mary Wollstonecraft, Olimpe de Gouges, Condorcet y otro/as, había producido una importante literatura a favor de los derechos de ciudadanía y de la igualdad entre hombres y mujeres[13],  los románticos convertirán en “natural”, “esencial y constitutiva” una desigualdad que para la Ilustración sólo era ética y política[14].
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Amelia Varcárcel
            Contra esas voces y contra las esperanzas, que habían despertado en determinados grupos de opinión ilustrados, se construirá el monumental edifico de la misoginia romántica: toda una manera de pensar cuyo único referente fue la degradante conceptualización rousseauniana de la mujer y que tuvo como fin reargumentar la exclusión de las mujeres. Así, sostiene Amelia Valcárcel, la filosofía tomó el relevo a la religión para validar el mundo que existía e incluso para darle aspectos más duros de los que existían. El mito judeocristiano de la vieja madre Eva, no podía servir ya de legitimación divina de la inferioridad femenina, “no podía resultar convincente para casi nadie en el mundo del progreso técnico, el telégrafo, el ferrocarril, la anestesia y el libre cambio. Había cumplido su función y se necesitaban explicaciones de mayor fuste: la filosofía las dio”[15].
            La conclusión a la que llega Valcárcel en su ensayo es plausible e incuestionable: “Los románticos, a la vez que construyen en la ficción a la mujer ideal, dejan a las mujeres reales sin derechos, sin estatus, sin canales para ejercer su autonomía, y todo ello en nombre de un pensamiento democrático patriarcal que construye la igualdad relativa entre los varones a costa del rebajamiento de las mujeres”[16]. Pues bien, para nuestra autora, al tipo de pensamiento abstracto y general que legitima estas prácticas discriminatorias de la mujer es a lo que se llama misoginia romántica. Un discurso que, desde el primer momento, trató de excluir a las mujeres de la ciudadanía, argumentando esa exclusión mediante la creación fantasmática de una esencialidad femenina precívica que “comenzó a ser definida como una esencia intemporal dentro de la secuencia de la Naturaleza, de tal modo que se pudiera llegar a suponer que lo femenino dentro de cualquier especie animal guardaba entre sí mayor homogeneidad que la que existía entre varones y mujeres en la propia especie humana”[17].
            Ello es, efectivamente, manifiesto en Schopenhauer, para quien tanto la mujer como la propia naturaleza se categorizan –así lo prueba A. Valcárcel-  como lo hembra; también en Nietzsche con su oposición hembra-natural frente a lo femenino-cultural y, por supuesto, en  Otto Weininger quien, en su reducción de la mujer a simple “naturaleza”, llegará incluso a preguntarse si la mujer es verdaderamente un ser humano y no más bien un animal o una planta, para terminar concluyendo: “Y, sin embargo, las mujeres, se hallan más próximas a la naturaleza que los hombres. Las flores son sus hermanas, y están más cerca de los animales que el hombre”[18].

                                                                                                                                 Tomás Moreno



[1] Fernando Savater, La filosofía se desabrocha, El País, 13 de septiembre de 1986, en donde escribe: “El gran metafísico de la sexualidad, Schopenhauer, expuso así de rotundamente este dualismo: ‘El hombre es a la vez impulso de la voluntad, oscuro y violento, y puro sujeto conocedor, dotado de eternidad, de libertad y de serenidad; a este doble título queda caracterizado a la vez por el polo de las partes genitales, consideradas como sede de la voluntad de vivir, y por el polo de la frente’. (…) Este dualismo desdichado, culpable, fue la obsesión no sólo de Schopenhauer, sino también de Otto Weininger y, en cierto modo, del propio Freud. La individualización objetiva y desapasionada del pensamiento contra el ímpetu atávico que nos hunde en la especie y sanciona nuestro ineluctable perecer. De aquí proviene lo que he llamado el pesimismo genital de los máximos pensadores del sexo”.
[2] En su novela Las bostonianas (The bostonians, 1886) Henry James lleva a cabo, desde una perspectiva naturalista y biologicista, un lúcido e irónico testimonio sobre los problemas del naciente feminismo finisecular y del sufragismo femenino en los EE.UU.
[3] Incluso Nietzsche debelador de los mitos y prejuicios de su época entendió que la lucha por “la emancipación de la mujer, en la medida en que es pedida por las mujeres mismas (…), resulta ser (…) un síntoma de la debilitación y el embotamiento crecientes de los más femeninos de todos los instintos” (Mas allá del bien y del mal, VII, § 232) y que “cuando una mujer tiene inclinaciones doctas hay de ordinario en su sexualidad algo que no marcha bien” (sic) (Más allá del bien y del mal, §144).
[4] Rosa María Rodríguez Magda, El placer del simulacro. Mujer, Razón y Erotismo, Icaria, Barcelona, 2003, p. 68.
[5] Celia Amorós, Sören Kierkegaard o la subjetividad del caballero. Un estudio a la luz de las paradojas del patriarcado, Ed. Anthropos, Barcelona, 1987.
[6] Alicia H. Puleo, Cómo leer a Schopenhauer, Jucar, Gijón, 1991.
[7] Amelia Valcárcel, Misoginia romántica. Hegel, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, en La filosofía contemporánea desde una perspectiva no androcéntrica, coord. Alicia H. Puleo, Secretaría de Estado de Educación, Ministerio de Educación y Ciencia, 1993, pp. 13-32. Sobre la misoginia romántica véanse también de la misma autora La memoria colectiva y los retos del feminismo, en Amelia Valcárcel, M. Dolors Renau, Rosalía Romero (eds.) Los retos del feminismo ante el siglo XXI, Instituto Andaluz de la Mujer, Sevilla, 2000, pp 30-33, y Amelia Valcárcel, La política de las mujeres, Cátedra, Madrid, 1977, pp.21-52.
[8] María José Villaverde, ‘Sexo y carácter’ (en el centenario de Weininger), “El País”, 4 de octubre de 2003.
[9] Amelia Valcárcel, Misoginia romántica. Hegel, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, op. cit. p. 14.
[10] Maria José Villaverde, Sexo y carácter (en el centenario de Otto Weininger) coincide en su citado artículo con este diagnóstico: “Mientras que el siglo de las Luces se había mostrado propicio para  las mujeres que se habían beneficiado de las teorías individualistas y de defensa de los derechos de la persona que propiciaban su realización como seres humanos y su liberación de la tradición y de las convenciones, el siglo XIX fue, por el contrario, un siglo profundamente antiilustrado que saldó el conflicto de intereses entre individuo y sociedad con la derrota del individuo y su vuelta al redil de lo colectivo. Fue el siglo de las ideologías colectivas que, para exorcizar los fantasmas de la inseguridad y del desarraigo, auspiciaron el anclaje del individuo a la etnia, al Volk, a la raza y a la nación y fomentaron el nacionalismo”.
[11] Amelia Valcárcel, Misoginia romántica. Hegel, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, op. cit p. 14.
[12] Arthur Schopenhauer, El amor, las mujeres y la muerte, Edaf, Madrid, 1993, p 97.
[13] Que, ciertamente, no tuvieron su plasmación jurídica  en las codificaciones legales post-revolucionarias.
[14] En lo que se refiere a la mujer hay dos Ilustraciones: una hegemónica, representada por Rousseau y Kant que excluye a la mujer de la ciudadanía y la relega al ámbito privado de la familia, la vida doméstica familiar y la maternidad. Se trataría una forma de misoginia que constituiría, en expresión de C. Amorós, una especie de efecto perverso de la democracia. Y otra, ocultada e ignorada por una cultura patriarcal dominante, que las excluyó del Pacto social (Cf. Carol Pateman, El contrato sexual, Anthropos, Barcelona, 19959)- que hunde sus raíces en el racionalismo cartesiano del XVII y  el Enciclopedismo del XVIII y culmina en los clubes de ciudadanas y en las exigencias de igualdad entre hombres y mujeres con la Revolución francesa y que está representado por autores como Poulain de la Barre, M. Wollstonecraft, Condorcet, Olimpe de Gouges, Montesquieu, D’Holbach, D’Alembert, Madame D’Epinay, Madame De Lambert y otros. Cf.: VVAA. La Ilustración olvidada. La polémica de los sexos en el siglo XVIII , Edición de Alicia H. Puleo, presentación de Célia Amorós, Anthropos, Madrid, 1993.
[15] Amelia Valcárcel, La memoria colectiva y los retos del feminismo, en Amelia Valcárcel, M. Dolors Renau, Rosalía Romero (eds.) Los retos del feminismo ante el siglo XXI, Instituto Andaluz de la Mujer, Sevilla, 2000, p. 30.
[16] Amelia Valcárcel, La misoginia romántica, op. cit., p. 15.
[17] Ibid.
[18] Sexo y Carácter, Península, Barcelona, 1985, pp. 287 y 288.

Tres filósofos misóginos: Schpoenhauer, Nietzsche, Weinger. Ancile, Tomás Moreno

2 comentarios:

  1. Tal parece que el patriarcado muestra en estos ejemplos su más conservadoras armas; y es curioso el hecho de que tratándose de intelectuales de gran calibre, en un tema como el de la mujer, rocen el prejuicio mucho más que la razón. Muy buen trabajo, amigo. Gracias por ilustarnos. En literatura recuerdo a un famoso misógino llamado Vargas Vila. Un abrazo.

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  2. ¿Cuándo publicas algo sobre las mujeres "filósofas" androfóbicas-misándricas de hoy? Schopenhauer nunca ocultó su desprecio por la mujer, pero las feministas de nuestros días guardan absoluto silencio sobre su repulsión a los varones. No creo que eso sea algo para celebrar.

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