domingo, 17 de marzo de 2013

EL ARTE DEL TIEMPO


Ofrecemos nuevas aproximaciones a la cuestión del tiempo en la sección del blog Ancile, Pensamiento, del conjunto de ensayos inédito El tiempo poético, donde se pone en consideración diversa los aspectos que atañen al  concepto del tiempo en el ámbito de la poesía, y de esta con el concepto general que se estudia en los dominios de las ciencias y de la filosofía.


El arte del tiempo, Francisco Acuyo, Ancile




EL ARTE DEL TIEMPO




El arte del tiempo, Francisco Acuyo, Ancile



      Mantener que la esencia en el arte es una suerte de fluctuación, de dinámica, de movimiento intemporal, quizá pueda entenderse en virtud de lo que el rigor exige de cualquier informado intérprete, cuando menos como una extraña (extravagante) impostura; no obstante, considero apunte necesario aquel que sólo interesa a la concepción artística del tiempo, si parece discurrir ajena a presupuestos humanistas, y cuyo origen, diríase por tanto, cosa natural de las disciplinas más próximas a la ciencia y a la filosofía que a la exégesis del arte. Mas la estética debate este aspecto esencial, a mi juicio, tan parca como parcialmente, y no nos deja más salida para el análisis que la ineludible referencia a conceptos temporales derivados del método científico y de la indagación que es propia del  filosófo.
El arte del tiempo, Francisco Acuyo, Ancile
      Desde la descripción aristotélica del tiempo que durante siglos fuera de precepto (y que tuvo bien conexo a su planteamiento temporal el fenómeno del movimiento), hasta la visión del tiempo y del espacio inmutables que sellaría Newton con lógica implacable (concepción, por otra parte, que disfruta de un secular predicamento aún en nuestros días, a pesar de que ofrece la cosmovisión de un mundo (o un universo) totalmente extático, y que, no obstante, observaríamos derrumbarse en virtud del concepto einsteniano del tiempo y del espacio relativos. No abocaré al lector a la inquietante perspectiva del tiempo que mantiene la física del cuantum, advirtiendo de pasada que aquél, el tiempo, en esta apasionante teoría de la física, muy bien parece que brilla por su ausencia.
      La concepción estética del tiempo tal vez exige para el arte una dinámica que se vierta como movimiento singular que no contiene tiempo alguno.
      El goce de lo estético despliega un movimiento en que el instante no es sino creación, y en su dinámica ejemplar, no contempla reglas vertiendo una belleza libre de conceptos y significados que entiendo como la más radical concepción de belleza libre kantiana. La figura (o el paisaje) indica un movimiento que no tiende a un fin, pues su dinamia es propia de un fenómeno de exuberante y vívido exceso, y es común al arte clásico y a la más radical, sofisticada y desafiante creación moderna. No obstante, la corriente fugitiva de cada pincelada, o el proceso transitorio en que dispone cada objeto es una vívida estructura que late y, sin embargo, nos asalta con la quietud de lo que, por ser único, es eterno.
      Pero si la obra de arte como tal, resulta irreemplazable, lo será en virtud de la mímesis, mas no entendida esta como una imitatio, sino extraída del uso y del concepto originales y que eran relativos al movimiento de los astros, si estos representan la pureza de la ley, de la proporción y del canon matemático que vierte al cosmos su orden inmutable.Y es que no hablo ya de que la obra de arte se sostenga en una propia estructura temporal, y su tempo, subjetivo, no pueda ser medido exactamente, sino que es movimiento que no se describe con medida temporal alguna. La ilusión de ese transcurso traducible en tiempo es muy probable que devenga a través de un ancestral equívoco; esto es : la traducción o labor de interpretación de la obra de arte (mas puede que también del mundo), desde la que se interpreta como distintos ese movimiento interno (o subjetivo) del que observa o se arrebata en la contemplación, de aquél externo, si ofrecido objetivamente por el artista.
      Cualquier interpretación, valoración o criterio de exégesis conlleva una necesidad de contingencia incompatible a la naturaleza intemporal (si no inmutable) de la auténtica obra de arte. La grandeza de ese ritmo, latido sin instante, está en que nos invita a compartir su continuo e inextinguible pulso, y hacer nuestro (ya lejos del efímero decurso de lo transitorio, y que apercibimos con la parcialidad fugitiva y falaz de los sentidos) su aliento permanente y su naturaleza para siempre duradera.
El arte del tiempo, Francisco Acuyo, Ancile
      Si el tiempo es devenir, la poesía y lo esencial en el arte fluyen como movimiento que dura lejos del precepto y del concepto de cualquier tiempo. Cuando olvidamos, superamos la dualidad expresa en el análisis del poema, de la obra de arte, ya indistinto el sujeto y el objeto se comienza en verdad a asaltar la auténtica naturaleza de la poesía, de lo esencial en el arte; decimos que la división ha cesado.
      La eternidad está aquí, pues participa de la realidad última: importa aquello que sucede, no cuando sucede. El tiempo se hace virtualmente redundante. Y el futuro (y el pasado) están del todo en su acción de presente contenidos.
      El tiempo (¿y su entidad?) en poesía, o en lo esencial de un cuadro, es sustituido por una durísima y abigarrada colección de espacios con diferente geometría donde no queda tiempo alguno para unirlos. La ilusión temporal en el cuadro surge del intento interpretativo tras del proceso de cristalización intemporal de su extraordinaria geometría.
      La idea o el concepto de tiempo poético ¿en qué difiere de ese tiempo mensurable y cotidiano de nuestros relojes? Desde la noción kantiana de que el mundo fue hecho con tiempo y no en el tiempo, ya planeaba la duda de si el tiempo es eterno, o si tuvo en realidad un principio. Es así que Leibniz se sintió perturbado porque un creador perfecto e inmutable pudiese originar abruptamente un universo en un momento particular. Esto conlleva: o bien que ese creador no creo nada en absoluto, o creó el mundo antes de cualquier tiempo asignable, o lo que es lo mismo, el mundo es eterno. Llevarían estas alternativas a la idea que describe el instante particular antes de que existiera el universo, con el concepto ingenioso de tiempo vacío kantiano. Pero hoy, el origen del tiempo parte de una singularidad, la cual delimita tanto el espacio como el tiempo de manera que no se puede continuar más allá de una singularidad semejante, de igual modo que no se puede continuar un cono más allá donde su vértice culmina. Es la frontera del tiempo, pero esta no se conforma como parte del propio tiempo.
El arte del tiempo, Francisco Acuyo, Ancile
      El poema, la poesía, lo esencial en el arte, no fluyen sino en la mente ilusa de aquel que cree que en su exégesis interpreta como uno o varios sucesos que acontecen en ese movimiento inmarcesible del ser» en la poesía. En el proceso de percepción del ser poético no se remiten los datos a la mente como a un sujeto mítico, sino que devienen totalmente, copilados todos en unívoco conjunto.
      La experiencia del tiempo está trabada profundamente con la identidad personal, y proyecta sobre el cuerpo inmanente del poema la falacia del transcurso del tiempo: la poesía es el devenir del ser, porque es el que es y el que deviene.
      La poesía es el conocimiento que nos libera del conocimiento mismo, pues no es producto del pensar. No depende de un ejercicio de la voluntad. Pensar es movimiento en el tiempo. La poesía es discernimiento: la quietud que observa su dinámica; el pensamiento tiene causa; el discernimiento es acausal. Es por tanto la acción sin causa y así mismo, sin tiempo, pues trasciende el yo que interpreta. Es el movimiento que no divide en objeto ni sujeto, es la acción que completa el mundo lejos de la experiencia propia o ajena, así como del conocimiento que de ella se derive, porque su discernimiento no es de la memoria, ni del tiempo, ni del conocimiento; es la creación que, renovada, se vierte en un instante eterno.



                                                                                                           Francisco Acuyo


El arte del tiempo, Francisco Acuyo, Ancile

4 comentarios:

  1. Hermosa reflexión, amigo Francisco. Desde mi humilde percepción no puedo estar más de acuerdo. Me emociona ver reflejados y recogidos algunos de mis discernimientos, (que no pensamientos), a los que nunca he sido capaz de dar forma, al menos tan brillante, y que tienen resonancia y se concretan en este esclarecedor texto.

    Gracias y felicidades por la entrada.

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  2. Extraordinario! como siempre. Un abrazo Paco.-

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  3. Una brillante y esclarecedora exposición que nos ilumina y a la vez, estimula a alzar nuestra mirada.
    Felicidades y muchas gracias por regalarnos el mejor obsequio a tus lectores, en el mismo día de tu onomástico.

    Un cordial saludo.

    Jeniffer Moore

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  4. Interesantísimo trabajo. El tiempo, ese misterio que cada quien percibe diferentemente y que no hay forma de exteriorizarlo con exactitud. Quizás anted de que existiera un testigo, el tiempo no existía, y de serlo, habría que imaginar una inteligencia más allá de nosotros, posiblemente Dios. Un abrazo, amigo.

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