miércoles, 13 de marzo de 2013

GERARDO DIEGO EN LA SECCIÓN DE AMOR Y POESÍA



Gerado Diego, luz y norte de mis años iniciales, balbucientes, de poeta primerizo, con la luminaria de su antología de poetas que abrieron mis ojos a horizontes nuevos, nunca hollados por mi inseguro pulso, inexperto, era inevitable traerlo al Amor y poesía de nuestro blog Ancile. Dejo con este puñado de poemas suyos, una exigua muestra del extraordinario poeta santanderino cantando al amor y a la poesía de más cristalina voz y excelsa inspiración.


Gerardo Diego en la sección de amor y poesía, Ancile




GERARDO DIEGO: AMOR Y POESÍA



Gerardo Diego en la sección de amor y poesía, Ancile






ELLA




¿No la conocéis? Entonces
imaginadla, soñadla.
¿Quién será capaz de hacer
el retrato de la amada?

Yo sólo podría hablaros
vagamente de su lánguida
figura, de su aureola
triste, profunda y romántica.

Os diría que sus trenzas
rizadas sobre la espalda
son tan negras que iluminan
en la noche. Que cuando anda,

no parece que se apoya,
flota, navega, resbala...
Os hablaría de un gesto
muy suyo..., de sus palabras,

a la vez desdén y mimo,
a un tiempo reproche y lágrimas,
distantes como en un éxtasis,
como en un beso cercanas...

Pero no: cerrad los ojos,
imaginadla, soñadla,
reflejada en el cambiante
espejo de vuestra alma.



LA DESPEDIDA




Aquel día -estoy seguro-
me amaste con toda el alma.
Yo no sé por qué sería.
Tal vez porque me marchaba...
-Me vas a olvidar -dijiste-.
Ay, tu ausencia será larga,
y ojos que no ven... -Presente
has de estar siempre en mi alma.
-Ya lo verás cuando vuelva.
Te escribiré muchas cartas.
Adiós, adiós... Me entregaste
tu mano suave y rosada,
y, entre mis dedos, tu mano,
fría de emoción, temblaba.
... Sentí el roce de un anillo
como una promesa vaga...
Yo no me atrevía a mirarte,
pero sin verte notaba
que los ojos dulcemente
se te empañaban de lágrimas.
Me lo decía tu mano
en la mía abandonada,
y aquel estremecimiento
y aquel temblor de tu alma.
Ya nunca más me quisiste
como entonces, muda y pálida.
... Hacía apenas tres días
que eran novias nuestras almas.







SUEÑOS




Anoche soñé contigo.
Ya no me acuerdo qué era.
Pero tú aún eras mía,
eras mi novia. ¡Qué bella
mentira! Las blancas alas
del sueño nos traen, nos llevan
por un mundo de imposibles,
por un cielo de quimeras.
Anoche tal vez te vi
salir lenta de la iglesia,
en las manos el rosario,
cabizbaja y recoleta.
O acaso junto al arroyo,
allá en la paz de la aldea,
urdíamos nuestros sueños
divinos de primavera.
Quizás tú fueras aún niña
-¡oh remota y dulce época!-
y cantaras en el corro,
al aire sueltas las trenzas.
Y yo sería un rapaz
de los que van a la escuela,
de los que hablan a las niñas,
de los que juegan con ellas.
El sueño es algo tan lánguido,
tan sin forma, tan de nieblas...
¡Quién pudiera soñar siempre!
Dormir siempre ¡quién pudiera!
¡Quién pudiera ser tu novio
(alma, vístete de fiesta)
en un sueño eterno y dulce,
blanco como las estrellas!...




AHOGO





Déjame hacer un árbol con tus trenzas.

Mañana me hallarán ahorcado
en el nudo celeste de tus venas.

Se va a casar la novia
del marinerito.

Haré una gran pajarita
con sus cartas cruzadas.
Y luego romperé
la luna de una pedrada.
Neurastenia, dice el doctor.

Gulliver
ha hundido todos sus navíos.

Codicilo: dejo a mi novia
un puñal y una carcajada.





UNA A UNA DESMONTÉ LAS PIEZAS DE TU ALMA



Una a una desmonté las piezas de tu alma.
Vi cómo era por dentro:
sus suaves coyunturas,
la resistencia esbelta de sus trazos.
Te aprendí palmo a palmo.
Pero perdí el secreto
de componerte.
Sé de tu alma menos que tú misma,
y el juguete difícil
es ya insoluble enigma.



QUISIERA SER CONVEXO



Quisiera ser convexo
para tu mano cóncava.
Y como un tronco hueco
para acogerte en mi regazo
y darte sombra y sueño.
Suave y horizontal e interminable
para la huella alterna y presurosa
de tu pie izquierdo
y de tu pie derecho.
Ser de todas las formas
como agua siempre a gusto en cualquier vaso
siempre abrazándote por dentro.
Y también como vaso
para abrazar por fuera al mismo tiempo.
Como el agua hecha vaso
tu confín - dentro y fuera - siempre exacto.



                                                       SUCESIVA




Déjame acariciarte lentamente, 
déjame lentamente comprobarte, 
ver que eres de verdad, un continuarte 
de ti misma a ti misma extensamente.
Onda tras onda irradian de tu frente 
y mansamente, apenas sin rizarte, 
rompen sus diez espumas al besarte 
de tus pies en la playa adolescente.
Así te quiero, fluida y sucesiva, 
manantial tú de ti, agua furtiva, 
música para el tacto perezosa.
Así te quiero, en límites pequeños, 
aquí y allá, fragmentos, lirio, rosa, 
y tu unidad después, luz de mis sueños.








PSIQUE





BÉSAME ya, tu beso más profundo
que sea para mí, el que no diste
nueva y adolescente, ardiente y triste
de despertar sin sueño en otro mundo.
Bésame con tu dulce beso oriundo
del paraíso en que jamás creíste,
tu amargo beso o pulpa que ofreciste
a este pozo de sed en que me hundo.
Exprime entre mis labios, lenta Eva,
tu elíxir del que nadie nunca beba
si no quiere sorber la muerte o cielo.
Bésame de ese beso que rebosa
y de los cuatro pétalos sin vuelo
verás nacer la negra mariposa.


TUYA




Ya sólo existe una palabra: tuya. 
Ángeles por el mar la están salvando
cuando ya se iba a hundir, la están alzando, 
calentando en sus alas, ¡aleluya! 
Las criaturas cantan: -Aunque huya, 
aunque se esconda a ciegas sollozando
es tuya, tuya, tuya. Aunque nevando
se borre, aunque en el agua se diluya-.
“Tuya.”, cantan los pájaros, los peces
mudos lo escriben con sus colas de oro: 
Te, u, y griega, a, sí, tuya, tuya. 
Cantádmela otra vez y tantas veces, 
a ver si a fuerza de cantar a coro
-¿Tú? ¿Ya? ¿De veras?- Sí. Yo. Tuya. Tuya. 



NO VERTE





Un día y otro día y otro día. 
    No verte.
Poderte ver, saber que andas tan cerca, 
que es probable el milagro de la suerte. 
    No verte.
Y el corazón y el cálculo y la brújula, 
fracasando los tres. No hay quien te acierte. 
    No verte.
Miércoles, jueves, viernes, no encontrarte, 
no respirar, no ser, no merecerte. 
    No verte.
Desesperadamente amar, amarte 
y volver a nacer para quererte. 
    No verte.
Sí, nacer cada día. Todo es nuevo. 
Nueva eres tú, mi vida, tú, mi muerte. 
    No verte.
Andar a tientas (y era mediodía) 
con temor infinito de romperte. 
    No verte.
Oír tu voz, oler tu aroma, sueños, 
ay, espejismos que el desierto invierte. 
    No verte.
Pensar que tú me huyes, me deseas, 
querrías encontrarte en mí, perderte. 
    No verte.
Dos barcos en la mar, ciegas las velas. 
¿Se besarán mañana sus estelas?






AMOR SOLO





Sólo el Amor me guía.
Sólo el Amor y no ya la Esperanza,
sólo el Amor y ni la Fe siquiera.
El Amor solo.
Tú, amada, a quien ame
y no sé si desamo;
vosotras, mis amantes, que me amasteis,
que me amáis todavía, que ancorasteis
de ancla o de cruz de amor hasta la muerte
vuestros leales corazones míos:
quedaos lejos, más lejos. E invisible,
ya irreal, fantasmal, tú, mi penúltima,
lejos, más lejos, no te necesito.
Es el Amor, solo el Amor, sin nadie,
quien se mueve y me embriaga y me Iibera
y en su reino de Iuz soy todo alas.
Amor, Amor, por fin te veo y te creo.
Veo, toco tu faz sin antifaces.
Sí, ya eres tú, la fiera de tus ojos
sigue siendo la misma, la que ardía
-taimada y doble ascua, infierno en cielo-
asomando a La tela sin pestañas
-merco de ojales crueles de tijera-
de las sedas extrañas que abultaban
narices deshonestas, que a las bocas
no querían cubrir, pozos impúdicos
si abiertas, flores si cerradas,
vírgenes flores misteriosas, serias.
Pero tú, mi Amor solo, tú, mi pascua,
fuiste dejando deshojar el lastre
de tus sedosas máscaras: la verde,
la de rústica rosa ensangrentada,
La de amarilla palidez dulcísima,
la negra acuchillada de fulgores.
Mis manos, torpes, las acariciaban,
querían desgajarlas, pero en vano.
Ellas reían o quizá lloraban,
mientras mis dedos patinaban sedas
y ni un pliegue fruncían.
Y, ensortijando atrás cabellos de humo,
del enigma luzbel se consolaban.
Tú, mi incesante, océano sin fondo
bajo La espuma varia de colores,
esperabas la fecha, mi desánimo,
mi reniego y renuncia,
mi cerrar de ojos crédulos,
para calladamente desprenderte
de la hoja o antifaz, roto El pedúnculo.
Y al alzar yo mis párpados
no te reconocía.
Tardaba en darme cuenta meses, años,
de que era un nuevo carnaval, un símbolo
de otro matiz quien con los mismos ojos
-de otro timbre también pero La luz
magnética La misma- mujer nueva,
eterno amor mentido, me esperaba.
No, Amor sin ella, Amor definitivo,
mi Amor, ya para siempre y descubierto,
Amor vacante, Amor o acaso Muerte,
mi antiyó, mi antivida,
tú, mi Amor, mío, eternidad lograda,
cielo en La tierra, ancla de Dios
descendida a mi arena submarina
entre un fragor sublime de cadenas.
No. Tú, Amor mío, no eres ellas, no,
sino quien tras de ellas se escondía.
Y yo, en tu rayo y rayo, yo en tu hierro,
celeste Amor después de las mujeres,
-oh revés, mascarilla de la amada,
cóncavo encuentro de último infinito-
yo, vaciado en ti, tu forma beso.




Gerardo Diego


Gerardo Diego en la sección de amor y poesía, Ancile

2 comentarios:

  1. Es una verdadera celebración para el alma leer a Gerardo Diego. La fuerza de su palabra es vivificante. Gracias, Francisco por la selección que nos regalas.
    Un cordial abrazo.

    Jeniffer Moore

    ResponderEliminar
  2. Una entrega inolvidable de un poeta inolvidable. Me encantan los romances sobre todo, y los sonetos tan bien armados, tan decidores y especiales. Un abrazo, amigo.

    ResponderEliminar