viernes, 9 de marzo de 2018

DE LO INEFABLE Y LA POESÍA


Abundando sobre el lenguaje poético (y la retórica), traemos una nueva entrada para la sección, Pensamiento, del blog Ancile; esta vez bajo el título: De lo inefable y la poesía.

 De lo inefable y la poesía. Francisco Acuyo





DE LO INEFABLE Y LA POESÍA




 De lo inefable y la poesía. Francisco Acuyo

Los elementos retóricos (y demás constituyentes del discurso poético) son los que revisten formalmente el ritual y la simbología trascendente del lenguaje poético. La poesía pone en cuestión incluso aquel mejor no hablar, mejor callar de Wittgenstein[1], y en el que en un salto audaz de entendimiento nos dice que de lo que no puede hablar, se debe poetizar.
 De lo inefable y la poesía. Francisco Acuyo            Una de las lecciones más importantes que he aprendido de la lectura y la creación poética, y de todo su despliegue retórico estructural puesto al servicio de la verdad de mi subjetividad en relación con el mundo, es que gracias a ella he podido constatar un sentido, no gracias a la pesadumbre de las neurosis y de las crisis existenciales, sino a pesar de ellas. Si el ejercicio literario y su interpretación puede ayudar a desenmascarar lo oculto inhibido en lo inconsciente humano, debemos reconocer que puede también puede ser determinista y fatal(ista) en su reduccionismo lógico conceptual, dejando expuestos los estereotipos de sufrimiento y totalmente ajenos para el placer, el aliento fortalecimiento propios. La poesía se sitúa un paso más allá de lo literario en tanto que su sentido lógico conceptual aspira a ser suprasentido, superando la razón y el concepto, el mensaje poético es un mensaje que supera el racional contenido de su estructura normativa lingüística, expone su desviación de la norma para destruir el lenguaje y con él la máscara de nuestros propios egos condicionados o interesados, mostrados más allá de la mera autoexposición egotista, y es que con la ruptura del lenguaje se pone en cuestión el ego mismo, por eso la poesía nos enseña a salir de nosotros para descubrir el sentido de nuestras tribulaciones y a intuir el suprasentido que anuncia mucho más en el mundo que nosotros mismos. Si hay un lenguaje trasgresor (un no lenguaje), que va muchos lejos de la propia proclamación exhibicionista, es el que conforma la verdadera poesía. El discurso poético deja de ser discurso para ser el ojo que trasciende la imagen que, sin poder verse a sí mismo, pone ante nuestros sentidos e inteligencia la realidad de nosotros en plena integración con el mundo.
            Este olvido de sí, que impone la poesía, proviene de la catarsis del reconocimiento de lo inhibido oculto y puesto de manifiesto en la necesidad apremiante de este olvido que le conecta con otras almas y las causas que trascienden la pulsión egoísta, y es que en verdad es portadora, la poesía, no solo de la sensibilidad hacia el otro yo mismo, sobre todo es conductora del suprasentido que supone siempre la posibilidad de la potencia más extraordinaria que pueda ofrecerse y obsequia la poesía: la creatividad. Creatividad que, al fin y a la postre nos ha de situar al margen de cualquier totalitarismo (y conformismo) producido(s) por el haber perdido la noción (¿antigua, deasfasada?) del deber ser, y sobre todo para indicarnos lo que se quiere ser.



Francisco Acuyo


[1]  Wittgenstein, L.: Tractatus logicus philosophicus, investigaciones filosóficas, Gredos, Madrid, 2001, y Sobre la certeza, Gedisa, Barcelona, 2002.


 De lo inefable y la poesía. Francisco Acuyo





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