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jueves, 4 de junio de 2026

CORPUS, DE GABRIEL MIRÓ

Para le sección de Narrativa, traigo un nuevo post, que viene muy a propósito en las fechas que vivimos, por sugerencia de Antonio Carvajal, que consiste en un bellísimo relato del inmenso Gabriel Miró que tituló, Corpus, y que ahora me impele mi amigo y poeta a acompañarlo con la  siguiente interrogante: ¿Qué nos queda del Corpus?, 


CORPUS






Acabado el enjalbiego, dijo la señora tía, ya doblada por senectud, al
sobrinico huérfano:

—Anda, Ramonete, anda; anda y acuéstate, como a buen seguro hicieron
ya todos los muchachos; que muy de mañana se ha de ir a la parroquia.

—¿Qué hay entierro o casamiento, señora tía?

—Pues, descabezado, ¿qué no recuerdas el día que es? ¿Qué dijo el
señor maestro?

—¡Que no había escuela!

—¿Y no paró en hablar de la grande fiesta de Nuestro Señor?

—Sí dijo de fiesta, señora tía, sí dijo.

—¿Y no entendiste que había de ser la del Corpus, la más preciosa y
bendita, hijo Ramonete?

—Sí que podrá ser, señora tía; que Damián y Javierico, los de la Corrionera
, y Luis y Gabriel y Barbera dijeron que estrenaban botas de cordones y
gorras de visera reluciente y trajes de...

—Anda, Ramonete, hijo; anda y acuéstate, que bien supiste las fantasías
de los rapaces... Corpus es mañana, y el señor rector predica, con que...
Y el sobrinito huérfano bebió de una cántara que estaba a la serena; besó
la mano seca y rugosa de la señora tía, y se internó muy despacio en la
negrura del portal.

Desde lo hondo llamó tímidamente:

—¡Señora tía! ¡Señora tía!

—¡Ay, Ramonete; ay, hijo! ¿Qué antojo es ése?

—¿Ha de venir pronto, señora tía? ¡Mire que todo está fosco, y en lo corral sentí ruido y pasó como una fantasma, señora tía!

—¡Ay, hijo Ramonete! Encomiéndate al buen Ángel; mira que recelo quetodo eso es el Enemigo que te lo hace ver...

A poco sosegaba el chico; y la vieja cerró con cautela él postigo; guardóse en la faltriquera del refajo la llave, trabajadosa y pesada como de puertas
de ciudad, y fuése a la casa de la mayordoma de la Congregación, cuyo
zaguán bullía de gente devota y picotera. El señor rector y otro eclesiástico
forastero paseaban gravemente, celando al vicario, recién afeitado, que
aleteaba en un ruedo de doncellas afanadas por acabar el recamado de
cañutillo de la nueva palia para el Sagrario. En un aposento alto, los
mozos ensayaban el “Credo” de la misa.

Ya cerca de la media noche entraba la señora tía en su dormitorio. El
sobrinico quejábase con pesadilla.

—¡Hijo Ramonete...! —llamó la vieja, signándose, y luego suspiró—: ¡No
sosiega una con criaturas!

Acostada, percibió la congoja de Ramonete. Y ella sopló al candil y rezó
tres veces su jaculatoria: “San Pedro, con vuestra licencia, voy a dormir;
las puertas de mi casa las guarde la Santísima Trinidad; mis ventanas,
San Joaquín y Santa Ana; mi aposento, el Santísimo Sacramento.”
Ramonete despertó espantado al sentir en su carne las manos afiladas de
la fantasma. Se había caído de la cama. Subióse muy medroso; ensanchó
los ojos y gimió:

—¡Señora tía!... ¡Señora tía!

Y estuvo aguardando.

La señora tía roncaba.

—¡Hijo! ¿Qué regodeo es éste?... A buen seguro que te pudrirías
durmiendo si no te tuviera a mi cuidado... ¡Pues que no oíste aquel
estrépito de campanas y de morteretes, que no parecía sino que era
venida la fin del mundo?

¡Y la bulla de los mozos que llegaban del monte con sus costales de chopo
y romero para enramar la casa de Nuestro Señor! ¿No piensas en la
fiesta? Darán las seis y te estarás allí como un gusano... Anda, hijo
Ramonete; anda, despabila; y en tanto que yo avío la clueca y los
cochinos, colócate este delantal lavado y el pañolico de pita..., y venga,
Ramonete; anda, hijo, que vayamos a la parroquia para bien
acomodarnos...

Y la señora tía salióse muy ahina a su corral, donde la pollada y los cerdos
la recibieron con alborozos y contiendas de gula.

Atolondrado, se incorporó el sobrino; entróse las calzas, que sujetó a las
rodillas con ataderas verdes; luego descuidó su atavío para estregarse los
ojos. Un dulce emperezamiento le rendía, y se acostó, diciéndose:
“¡Corpus, Corpus es! ¡La fiesta de Nuestro Señor! ¿Qué será Corpus?”

Desde la pocilga acuciábale la señora tía:

—Hijo Ramonete, ¿qué negocio tan largo es el que me llevas, que no
acabas de salir?

Muy azorado levantóse de nuevo el sobrino. Se puso las alpargatas y salió
a bañarse la cara en la pila del pozo.

La señora tía ya estaba en su cámara mudándose las haldas; prendió su
mantellina de pana negra y raída con larga cruz de ébano tendida sobre el
seno; recogió del clavo de la cabecera su rosario de dieces cabales y
llevóse de la mano al sobrinico, sin permitirle enmendar la lazada del
cenojil, que se le había desceñido.

—¡Ay, señora tía, que se me cae una calza!

—¡Hijo Ramonete! ¿Qué nuevo antojo dices para ir reacio?
—¡Mire, señora tía, que muestro el calcañar!

—Obra es del Enemigo, hijo Ramonete, para que no oigamos al señor predicador.

Y tiraba del zagalico, que había de jadear y brincar como un chivo zaguero para poder seguirla.

Cuando llegaron a la iglesia colgaba los muros el vicario, ayudado de dos mozos. Otros esparcían juncia y espadañas en las losas.

Una lámpara pestañeaba en la lobreguez de la capilla de las benditas Ánimas.

Vino la mayordoma de la cofradía. Las hijas trajeron una butaca de su sala, que había de servir para el oficiante.

—¡Hijo Ramonete, no miras cuánto lujo!... Ahora quédate sin menearte ni
resollar en este puesto, y yo iré a cumplir mi trabajo.

Y la señora tía acercóse al hormiguero de amigas que colocaban la palia
nueva.

Quedó Ramonete custodio del codiciado asiento, y pensaba: “¡Corpus,
Corpus!” ¡La fiesta de Nuestro Señor! ¡Qué será Corpus!” Y miraba a los
muchachos que pasaban libres y gozosos. Todos estrenaban ropas;
chupaban regalicia. Damián y Javierico traían bastones de hombrecito, y
Barberá lucía cadena de reloj y todo.

... Ramonete se aburría... “Corpus... Corpus... Corpus...” Y se quedó
dormido.

... Lo despertó muy enojada la señora tía.

—Hijo Ramonete, ¿no acabarás de afrentarme? Atiende, que está aquí
todo el pueblo y nos conoce... Mira que comenzó la fiesta...

Descaecía el sobrino entre la muchedumbre, y parecióle que su estómago
recogía como un ávido olfato olores mezclados de pisadas verduras, de
cera ardiente, de sudor de carne labradora, de telas tiesas y nuevas...
Los cantores gritaban rudamente el Gloria in excelsis Deo.

La señora tía, de rato en rato, mandaba al sobrinico: “Ponte en pies, hijo
Ramonete...” “Anda, hijo, y ponte de hinojos...” “Ahora, Ramonete, puedes
asentarte en tierra si te cansas...”

Hacíalo puntualmente el sobrino, y suspiraba de cansancio y hastío.

—¡Señora tía! ¡Señora tía!

—¡Calla, hijo Ramonete, calla y mira a Nuestro Señor, que te ve desde la
Custodia!

Subió Ramonete la mirada por el altar y la puso medrosamente en el viril,
en cuyo centelleo se apagaba la blancura de la hostia.

Estuvo Ramonete muy quieto, muy quieto, y sin apartarse de la
contemplación, musitó:

—¡Señora tía, no me mira Nuestro Señor!

Y sudaba y se removía buscando descanso con la mudanza de actitud.
Avizorábale indignada la vieja.

—Pero, hijo Ramonete, ¿qué nuevo antojo te dió?

—¡Ay, señora tía, es que... es que me estoy orinando!...

—¡En la casa de Dios esos pensamientos!... Reza, hijo Ramonete, que
todo es el Enemigo que te posee... Pero, calla, hijo, que el señor rector
subióse ya al pulpito... ¡Qué bendición de hombre!

Ramonete miró a lo alto. Los anteojos del señor rector resplandecían como
los del señor maestro en la malhumorada lección de los lunes...
Ya era mediodía cuando la vieja y el sobrino huérfano volvieron al portal
de su casa.

La quejumbre de los goznes inquietó a los cerdos.

—Vamos, vamos, ¿no conocéis al ama?

Y la risica de la señora tía fuése entrando por los obscuros cuartos, hasta
que sonó muy zalamera y despejada en el corral calentado de sol, ruidoso
de moscas. De la umbría de la pila y de la leña salieron las gallinas.

Ramonete aguardaba.

Al entrar, reparó en él la señara tía.

—¡Mustio hoy, Ramonete! ¿Pues qué maquinas, Ramonete?

Y alcanzó del último vasar de la alacena un cuarto de hogaza; goteó la
miga con aceite de la alcuza, añadióle sal, y se lo entregó, diciéndole:

—Anda, Ramonete, y hártate; la señora tía come en casa de la
mayordoma, que da comida a la congregación y a los señores curas. Pero,
hijo, no voy a regalo, sino a faena, que bien me conoces, y no acertara
llevándote. Hártate cuanto quieras, pues eres chico... Y ya sabes que en la
procesión hemos de vernos. Amigos tienes, pero mira cuál es tu
comportamiento, que quedaste a mi guarda... ¡no se diga, hijo Ramonete,
no se diga de nosotros!...

Estaba en quietud toda la aldea; y por las calles repasaban muy bajas las
golondrinas. En la sombra de un cornijal sesteaba un perro.

Ramonete se acercó a da casa de la mayordoma y oyó voces de
gargantas espesadas al engullir. La señora tía no sosegaba de hablar.
Ramonete se alejó mordiendo el pan y marchóse al ejido. Comía y miraba
el valle ancho, suave y arbolado. Lo abría un río de aguas silenciosas
donde se miraban las trémuías frondas de los chopos.

Y el paisaje le envió toda su tristeza en aquella tarde de la fiesta de
Nuestro Señor.

De la aldea surgió una vocecita campanil que parecía volar entre la calina
y perderse en los campos.

Estuvo atendiendo, y sus ojos se regocijaron y pensó: “Será Gregorico?...
Gregorico es, que dijo que helaría limón para Corpus.” Y guardóse en sus
bolsillos los zoquetes que le quedaban, y tornó al pueblo.

Ya estaban empaliados los principales balcones y las calles rociadas.
En un cantón de la plaza estaba Gregorico cercado de muchachos que
lamían da garrafa con la mirada.

Llegó Ramonete al grupo y saludo risueño y humilde al vendedor; pero los ojos claros y fríos de Gregorico no le acogieron amigos. ¡Oh! Gregorico no tenía cara de chico, sino de hombre abobado y cermeño. Miraba desdeñoso la rapacería anhelante; destapaba la heladora; con el largo cazo arrancaba de las paredes del cañón los grumos de dulce nieve y alzando la mano caía estrepitoso el rico y codiciado suco de oro... Ycuando algún lugareño le compraba de su refresco, él le servía solemnemente con hazañería y melindre de poner, en apariencia, más de lo que cabía en el vaso de vidrio recio y nublado. Y luego preguntaba chancero:

 “¿Va otro? Vaya otro!”

Ramonete se perecía de risa para celebrarle la chanza. Y Gregorico no lo notaba.
Vinieron Barbera y Damián y Javierico y también refrescaron, que llevaban
dineros. Bebían muy despacio contemplados por Ramonete.
Gregorico explicó menudamente la mixtura y cuando dijo del azúcar,
Ramonete, que ansiaba intervenir y congraciarse, preguntó:

—¿Y es “asúcar morena”, verdad?

—¡Morena, morena será! ¡Qué va a ser morena! —gritaron, burlándose,
los otros; y miraron y se acercaron más a Gregorico para desagraviarle.

Arrepentido Ramonete, oseó con humildad las moscas que revoleaban
tenaces sobre la abierta vasija. Pero Gregorico no estimó la fineza, y
antecogiendo vasera y garrafa se alejó voceando, rodeado de muchachos.

... Como suele en los rediles
en torno de los tarros de la leche
zumbar de moscas numeroso enjambre,
cuando ya llega la estación florida
y ordeñan al ganado...

que dijo el padre Homero.

Corpus, Corpus, Corpus... La fiesta de Nuestro Señor —íbase diciendo
el sobrinico huérfano y volvió al ejido y se tendió en su llano torrado de sol.
De abajo, de un olmo ribereño, brotaba, esparciéndose en el silencio de la
tarde campesina, la apasionada cantiga de un ruiseñor.

Súbitamente cayó sobre la gran paz estruendo de campanas y alarida de
banda. En el azul aparecían copos de humo, reventaban los cohetes y el
tronar se arrastraba de montaña a montaña. Pasaron muy alto los
gorriones de la aldea, refugiándose en el valle.

—... Corpus, Corpus, Corpus... —decía Ramonete. Y se afligió su alma.
La procesión apareció en la calle frontera al ejido. Todos los aldeanos y
labradores del término iban alumbrando.

Vió Ramonete a la señora tía delante de la mayordoma. Un viejo agobiado
por su capa pardal acercóse a hablarla. Y la señora tía abandonó su
puesto para buscar al sobrinico huérfano; su diestra empuñaba un cirio
doblado, rendido.

—¡Hijo Ramonete! ¿No tienes compasión de la señora tía? ¿Habré de
coserte a mis faldas? ¡Pues no ves que todo el pueblo acompaña a
Nuestro Señor!

Y se lo llevó agarrado hasta la fila de los piadosos congregantes.

En un remanso de la procesión, ocurriósele a la señora tía secretear con la
mayordoma, y los cirios de las dos devotas gotearon espesamente en la
cabeza del rapaz. Quiso éste apartarse, y, al hacerlo, derribó la candela de
la mayordoma.

Entonces la señora tía creyó morirse de vergüenza.

—¡Ay, hijo Ramonete, hijo Ramonete! ¿Te mordió alguna sierpe, o es que
en verdad te ha poseído el Enemigo?...

...Ya muy estrellado el cielo, entraban en su casa la señora tía y el
sobrinico huérfano.

—¿Cómo tropezabas tanto, hijo Ramonete?

—Es que me estaba durmiendo, señora tía.

—Bien dices, hijo; a mí también me rinde el sueño, que si tu divertimiento
te cansó, yo estoy majada del trajinar de todo el día. Y mejor será
acostarnos, que no conviene la cena tarde; y mira, hijo Ramonete, que
mañana hay escuela y no todo ha de ser holgar y regalarse.

Y la señora tía entornó su alcoba.

El sobrinico huérfano sollozó.

—Pues cómo, hijo Ramonete, ¿ya te dormiste y te anda la pesadilla?

—¡No es durmiendo, señora tía, que estoy llorando, estoy llorando de
verdad!

—¡Llorando, hijo Ramonete, llorando en la noche de la grande fiesta de
Nuestro Señor!

¡Corpus, Corpus, Corpus!... La fiesta fue de Damián, Garbiel y Javierico
y Barberá, que yo...

—¡Ay, hijo Ramonete, rézale al buen Ángel, y mira no murmures, hijo, no
sea que te castigue el Nuestro Señor!...

Ramonete no podía ya dormirse. Tenía hambre y miedo. Y gimió:

—¡Señora tía! ¡Señora tía!

La señora tía roncaba...



Gabriel Miro, 1908.






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