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viernes, 2 de mayo de 2014

EL LEGADO DEL QUIJOTE, SEGUNDA ENTREGA. POR TOMÁS MORENO

Ofrecemos la segunda entrega de El legado del quijote, del profesor y filósofo Tomás Moreno, conferencia interesantísima ofrecida para el evento Un Quijote Solidario, celebrado en Armilla los días 21 y 22 de abril, en homenaje a D. Miguel de Cervantes Saavedra.


El legado de D. Quijote 2, Tomás Moreno



EL LEGADO DEL QUIJOTE, 
SEGUNDA ENTREGA. POR TOMÁS MORENO



El legado de D. Quijote 2, Tomás Moreno, Ancile


EL LEGADO DEL QUIJOTE (2)

III. Don Quijote y la creación de la novela moderna
Escribía Ortega y Gasset en sus Meditaciones del Quijote que “toda novela lleva dentro, como una íntima filigrana el Quijote, de la misma manera que todo poema épico lleva, como el fruto el hueso, la Ilíada". Y en la Segunda Parte de la obra, capítulo III, el bachiller Sansón Carrasco previó o pronosticó el éxito futuro de la obra con estas palabras: "Tengo para mí -dijo Sansón Carrasco- que el día de hoy están impresos más de doce mil libros de la tal historia; si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aun hay fama que se están imprimiendo en Amberes, y a mi se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzca".
            En efecto, la obra cervantina influyó de una manera determinante en la evolución de la posterior literatura europea y occidental. Nada más publicarse la Primera parte en 1605, la novela fue traducida casi inmediatamentte a varias lenguas europeas: Thomas Sheldon la tradujo al inglés en 1610 y 1620; Pahsh Bastel von der Sohle, la vertió al alemán en 1648; Lorenzo Franciosini, al italiano en 1622 y 1625. En Francia fue traducida por César Oudin y Francois de Rousset en 1614 (I parte) y 1618 (II parte). Nikolái Osipov, al ruso en 1769[1].
            La influencia del Quijote será efectivamente universal: "Tal vez se encuentren ecos, parodias, paráfrasis, imitaciones, pastiches reescrituras, refundiciones, intertextos o alusiones al Quijote en la flor y
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nata de la literatura posterior a 1615 porque el Quijote ya nació libresco", señala Javier Aparicio Maydeu[2]. El crítico estadounidense Harold Bloom en su Prólogo a la última traducción inglesa del Quijote dice en este sentido que se trata de una obra cuyo verdadero tema es la propia literatura y que como Shakespeare, Cervantes resulta ineludible, inevitable  para todos los escritores que le sucedieron en el tiempo. Así, Dickens y Flaubert reflejan su método narrativo, Melville y Kafka heredan una parte de su carácter[3].
            Se ha dicho, con razón, que sin el Quijote no es siquiera concebible la gran novela inglesa de los siglos XVII y XVIII. En Inglaterra se leyó la obra en clave humorística, de parodia o comedia desenfadada, dejando su huella en un Daniel Defoe -el primer novelista moderno de las letras inglesas-, que tuvo, sin duda, en su mente las aventuras del caballero cuando en 1719 escribió Robinson Crusoe  o en 1722 Moll Flanders . La impronta quijotesca se aprecia asimismo en los Viajes de Gulliver  (1726) de J. Swift, donde "se advierte la temprana influencia de la picaresca, la aventura y los juegos paratextuales y de autoría del Quijote" (J. Aparicio Maydeu).
            Pero fue, sobre todo, Henry Fielding, en su La Historia de las aventuras de Joseph Andrews y de su amigo Mr. Abraham Adams, cuyo subtítulo o añadido significativamente dice: Escritas a imitación de la manera de Cervantes, autor de Don Quijote (1742), uno de sus más declarados admiradores y seguidores. Antes en 1734, el prolífico autor ya había escrito una comedia titulada Don Quijote en Inglaterra. No le fue a la zaga como admirador del Quijote el gran novelista Laurence Sterne con su obra La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy (1760-1767) novela escrita en forma de relato errático y metaficcional y -como él misma confiesa - en el "espíritu amable del más fragante humor que haya inspirado nunca la fácil pluma de mi idolatrado Cervantes" (IX, 24).
            Prosigue el influjo cervantino entre los novelistas  británicos hasta llegar, sobre todo, a Charles Dickens, que leyó el Quijote a los nueve años, con Los papeles póstumos del Club Pickwick (1836-1837 en donde la pareja protagonista señor Pickwick y Sam Weller configuran un perfecto trasunto de la pareja cervantina Quijote-Sancho. Según el crítico norteamericano Harold Bloom, en Moby Dick (1851)
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Herman Melville daba vida a su enigmático capitán Acab mezclando o sirviéndose a un tiempo de las figuras de Hamlet y don Quijote, "añadiendo un toque del Satán de Milton, para aderezarlo". G. K. Chesterton, lo homenajea en su El regreso de Don Quijote. Y Graham Greene, en Monseñor Quijote (1982) utilizó la estructura dual del libro cervantino para oponer marxismo y catolicismo.
            En la Alemania del Romanticismo el Quijote alcanza una auténtica fascinación. Valoró el héroe cervantino interpretándolo como un carácter humanamente melancólico, símbolo y personificación del héroe trágico. FichteHegel, Luis Tieck (su primer traductor al alemán) lo reverencian por su profundo contenido filosófico idealista, romántico y místico. Novalis y Goethe nos dieron cada uno su propia interpretación del personaje, aunque en el fondo todos lo caractericen como un alma romántica, mártir de la aspiración de resolver la antítesis entre la realidad y el ensueño. A.W. Schlegel ve en él la eterna lucha entre la prosa y la poesía de la vida; Schelling, el cuadro más universal, más profundo y pintoresco de la vida misma. Su esencia se halla en la lucha de lo ideal con lo real.
            Jean Paul Richter lo  interpretará como un equilibrio entre realismo e idealismo, cuerpo y alma, valorando sobre todo el humorismo de la obra como la forma más elevada de la poesía romántica. Y Heine, en el Prólogo a su versión alemana de la novela, dice que de niño lloraba leyendo las derrotas y palizas del héroe, pero en su madurez comprendió su doble plano de humorismo y de dolor, de emoción y de ridículo, del cual fluye la sátira más formidable contra la exaltación humana.
            Thomas Mann -que escribió en 1934 un ensayo sobre la novela cervantina titulado una Travesía marítima con Don Quijote- señala que a Don Quiote "es el espíritu mismo, en forma de un spleen, quien le lleva y ennoblece y hace que su dignidad moral salga intacta de cada humillación". Y concluye que en éste, su libro-tipo, "España realiza  y reconoce con orgullo y severo dolor la melancólica burla y la reducción ad absurdum de sus calidades clásicas: grandeza, idealismo, generosidad mal aplicada, caballerosidad inútil"[4].
            Entre los más recientes herederos de su espíritu citemos a Günter Grass con su El tambor de hojalata (1959), en el que su narrador y protagonista Oskar Matzerath, envejecido y enfermo, pasa sus últimos años encerrado en un sanatorio psiquiátrico desde donde, empieza a relatar cronológicamente, los episodios más importantes de la vida de su familia y de la suya propia. El pequeño Oskar - que poseía una voz tan aguda que podía romper cristales y que, por odio a sus padres, decidió no crecer más, tenía como cualidad más destacable su destreza para tocar un tambor de hojalata- optó por exiliarse del mundo de los adultos, como Don Alonso Quijano lo había hecho renunciando a la vida de la pequeña nobleza feudal de los míseros campos de la Mancha. Cuando ambos personajes recuperan la razón y deciden reintegrarse a la normalidad de su mundo -en el caso de Oskar decidiendo volver a crecer, en de Don Quijote retornando a su aldea y a su familia- la magia y fascinación de sus vidas se disuelve bruscamente, dejando en el alma de sus lectores un insuperable sentimiento  de melancolía, desazón y desesperanza[5].
            La presencia quijotesca en la narrativa francesa del los siglos XVIII y XIX es constante a partir del primer heredero del linaje cervantino, Diderot, con sus andanzas de Jacques el fatalista y su Amo. Le sigue Alphonse Daudet con las aventuras de su Tartarin de Tarascon (1872), en las que se apropiará de la vertiente picaresca del relato cervantino. Su huella es también reconocible en la "comedia humana" de Balzac o en Stendhal, quien llegó a escribir en su Vida de Henry Brulard (1836) lo siguiente: "Don
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Quijote me hizo desternillarme de risa... El descubrimiento de este libro es quizá el momento cumbre de mi vida".
            Pero es Flaubert, entre todos ellos, con su Madame Bovary (1857) quien represente uno de los hitos más sobresalientes e indiscutibles de la estirpe cervantina y quijotesca en la literatura francesa del XIX. Al igual que en el caso del hidalgo manchego  la peripecia del personaje de Flaubert (de Emma Bovary) se describe como una auténtica intoxicación literaria que llega a una provocar una romántica pasión desenfrenada y a  producir un trastorno de la razón, que contrasta con la vulgaridad y la miseria de su vida cotidiana. El paralelismo entre la fantasía caballeresca de Alonso Quijano y la romántica inflamación amorosa de Emma Bovary resulta, a este respecto, inequívoco, lo mismo que el origen libresco de sus respectivas ambiciones y esperanzas[6]. Así como su desengaño final ya a las puertas de la muerte inminente...
            Pero es en Bouvard y Pécuchet (1874) -obra que ha sido calificada como la tercera parte del Quijote- donde Flaubert de nuevo toma como modelo la obra cervantina para parodiar o caricaturizar, a través de los proyectos fantasiosos de sus dos copistas protagonistas, el ansia de saberes enciclopédicos de su época. La filiación cervantina de estas grandes obras de Flaubert se extiende a todas las novelas del XIX.
            La influencia de la novela en Rusia fue espectacular: Dostoievski en "El idiota" (1868-1969) hace del príncipe Mishkin, su protagonista, un trasunto del Quijote, al renunciar a la madurez intelectual y al orden racional de los acontecimientos con los que se topa a lo largo de sus desafortunadas aventuras. Son también de filiación quijotesca numerosos personajes como Aliocha Karamazov, y/o situaciones como la ardiente noche sevillana en la leyenda del Gran Inquisidor, que despierta inmediatamente ecos cervantinos. Ivan Turguéniev pronunció el 10 de Enero de 1860 una curiosa conferencia titulada Hamlet y Don Quijote en la que valoraba en el caballero andante sobre todo su fe en un ideal: "Don Quijote está por entero penetrado de la lealtad a su ideal y para servir a ese ideal está dispuesto a sufrir todas las posibles privaciones, a sacrificar la vida. El estima su propia vida sólo en la medida que ella pueda servir como medio para la realización de su ideal, que consiste en implantar la verdad y la justicia sobre la tierra". Nikolái Gogol en Las almas muertas (1842) recrea aspectos característicos del personaje cervantino.
            Un listado aproximado de los libros que de alguna manera se dejaron influir/siguieron por el modelo del novelar cervantino y acusaron la impronta o la huella quijotesca, nos llevaría a  ocupar docenas y docenas de páginas. Indiquemos, más allá de los ya citados, solamente aquellos autores o libros más conspicuos y famosos que denotan su influencia.
            Franz Kafka en La Muralla China (1917) elaboró una paradoja del libro de Cervantes y en La verdad sobre Sancho Panza introdujo atinadas reflexiones en torno a un Quijote inventado por Sancho. La crítica ha puesto de relieve el paralelo que puede hacerse entre El Quijote y otros relatos o novelas de Kafka , mostrando la imposibilidad misma en que se encuentran los personajes de ambos, de progresar
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hacia un objetivo que es a la vez incierto e inalcanzable. Marthe Robert establece un paralelismo convincente entre El castillo y Don Quijote. Además en sus Diarios y en muchos de sus textos breves, la presencia explícita o implícita del Quijote en los escritos de Kafka es constante. Varios de los breves apólogos de La muralla china aluden a él, y aun cuando la glosa no es directa, como en La partida por ejemplo, sentimos de inmediato la intensa afinidad. La réplica con que concluye el texto: Mi meta es salir de aquí, le va como un guante a Alonso Quijano, que está todo el tiempo dispuesto a lanzarse compulsivamente por los caminos, incluso después de haber padecido las peores adversidades.
            Marcel Proust hace que su barón de Charlus viva en su ejemplar En busca del tiempo perdido como un Quijote entre la realidad anodina, los deletéreos efectos de la ficción y una relación patológica en el amor. J. Joyce recreó en "Los Muertos", el último relato de Dublineses (1914), el difícil equilibrio entre la descorazonadora realidad y la tentación de la fantasía convirtiendo el texto en un reescritura sui generis de Madame Bovary, a su vez reescritura del Quijote, y quiso que su Leopold Bloom se hermanase con don Quijote. Los críticos han hecho notar que en el Ulises de Joyce volvemos a encontrar esa superposición cervantina de un mundo ideal a un tratamiento realista de la materia ficticia, donde cada uno de los capítulos del libro, minuciosamente realista, "sigue el esquema ideal de un canto de la Odisea"[7].
            Sin pasar por alto los elogios de Mark Twain en sus Aventuras de Huckleberry Finn (1884) que convierten al Quijote en paradigma de toda ficción de entretenimiento, su huella quedo marcada sobre todo en el grupo de escritores estadounidenses de la generación perdida: Hemingway, Caldwell, Steinbeck, admiraban sin excepción a Cervantes. John Dos Passos le dedicará un sentido homenaje con Rocinante vuelve al camino. Faulkner confesó una vez que leía "el Quijote  todos los años como algunas personas leen la Biblia". En cada uno de sus libros y relatos hay un Quijote: Byron Bunch en Luz de agosto; Horae Benbow en Santuario; el periodista flaquísimo de Pylon, que se asemeja al héroe de Cervantes incluso físicamente; Gavin Stevens en Intruso en el polvo, y así sucesivamente. Podríamos decir que la obra entera de Faulkner es una larga y fulgurante meditación sobre el tema cervantino del ideal y de su desastrosa puesta a prueba por la realidad".
            La filiación quijotesca del Pirandello de Seis personajes en busca de autor, así como de todos los grandes novelistas modernos desde Joseph Conrad, Norman. Mailer, Nadine Gordimer y Saul Bellow hasta Vidiadhur Naipaul, Martin Amis o Peter Handke, es indiscutible. Cervantes en su obra cumbre se adelanta a las excéntricas innovaciones metatextuales de la narrativa de un Gide o de un Nabokov. Italo Calvino en El vizconde desmediado (1951) y en Palomar (1984) trata de recrear el maridaje quijotesco ente lo épico y lo pastoril. Milan Kundera recogerá parte de su legado en El Libro de la risa y del olvido (1983) y John M. Coetzee, premio Nobel sudafricano de 2003, utilizará procedimientos intertextuales que ya usara nuestro Cervantes. Paul Auster rendirá un explícito y sentido homenaje a Cervantes y al Quijote
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en su Trilogía de Nueva York ("Ciudad de cristal"). Novelas todas forjadas en la fragua quijotesca.
            Incluso Vladimir Nabokov[8] máximo detractor de la novela, que llegó a afirmar en su Curso sobre Don Quijote que "de todas las obras maestras, la más cercana a un espantapájaros" es Don Quijote, además de denunciar crasos errores y fallos en su estructura y calificarla de "enciclopedia de la crueldad", confesará, a pesar de todo, su admiración por un personaje, como su caballero protagonista Don Quijote que seguirá sin duda estando con nosotros, a lo largo de todas las demás novelas que leamos:
"Lleva trescientos cincuenta años cabalgando por las junglas y las tundras del pensamiento humano, y ha crecido en vitalidad y estatura. Ya no nos reímos de él. Su escudo es la compasión, su estandarte es la belleza. Representa todo lo amable, lo perdido, lo puro, lo generoso, lo gallardo. La parodia se ha hecho parangón" [...]. "Debemos imaginarnos a don Quijote y su escudero como dos siluetas pequeñas que van caminando allá a lo lejos y cuyas negras sombras, enormes, y una de ellas especialmente flaca, se extienden sobre el campo abierto de los siglos y llegan hasta nosotros"[9].
            La impronta quijotesca en la literatura española e hispanoamericana del denominado realismo mágico es obvia y evidente. Respecto de la española, Galdós es el gran escritor cervantino y su Nazarín (una especie de fusión entre Don Quijote y  Cristo), secundado por el gran Leopoldo Alas (Clarín) de La Regenta, el Camilo José de Cela de La Colmena y del Viaje a la Alcarria y, más tarde, por la obra de Martín Santos (Tiempo de silencio). Rubén Darío, Miguel de Unamuno, A. Ganivet, J. Ortega y Gasset, M. Azaña, Azorín, R. de Maeztu, Américo Castro, G. Torrente Ballester, J. Antonio Maravall, L. Rosales y F. Ayala, entre otros muchos, tratarán de desentrañar su significación en la cultura española y su kerigma.
            Por lo que se refiere a la americana, recordemos sólo la gran novela de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, como máxima de representación de esa huella cervantina. Juan Goytisolo, en sus notas para sus cursos de los años setenta impartidos en la New York University, aludía a la polinización cervantina[10] verificable en la literatura hispanoamericana, recordando que obras cómo Tres tristes Tigres del cubano G. Cabrera Infante (texto polifónico, elaborado y complejo, que se comenta a sí mismo y en donde mezcla todo tipo de géneros y modelos literarios heterogéneos y juegos intertextuales, citas literarias  y paródicos como en el Quijote), o Terra Nostra de Carlos Fuentes (donde el mexicano entra a saco en todos los géneros literarios del pasado y presente, juega con ellos y los pone patas arriba) deben adscribirse sin ninguna duda posible a la progenie literaria cervantina.
            El cubano Alejo Carpentier, el chileno Roberto Bolaño, el uruguayo Juan Carlos Onetti, el peruano Mario Vargas Llosa, los mejicanos Octavio Paz, Juan Rulfo, Fernándo Vallejo, Fernando del Paso, los argentinos Julio Cortazar, Ernesto Sábato, Mújica Laínez pertenecen a esa misma estirpe literaria y de ello se enorgullecen. Y cómo no recordar a Jorge Luis Borges, finalmente, quien en Pierre Menard, autor del Quijote nos brindó un juego narrativo y hermenéutico fundamental para entender en cada época las múltiples significados y lecturas de una misma obra.
            En conclusión podemos descubrir en todos los grandes autores del siglo XX y aún del XXI la huella del Quijote. Todos son hijos del linaje de Cervantes. A. Muñoz Molina, declarará por ello, que Don Quijote es "el primer héroe moderno de la ficción"[11] y que con el Quijote nace la novela moderna y se
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inaugura una nueva forma de leerla. Y Mario Vargas Llosa[12], por su parte, considerará que Don Quijote es el primer ejemplo "del único género  (literario) nuevo que en occidente se ha producido en 2000 años: la novela realista". Un extraño género literario de ficción que no existe para representar la realidad, sino para negarla, que entiende la ficción como una invención de historias, como una negación del mundo real, como un acto de inconformismo, que nos permite vivir múltiples vidas y completa así nuestra existencia colmando la distancia que hay entre los deseos y la realidad. Y al mismo tiempo un arma de rebelión contra esa realidad -siempre frustrante e insatisfactoria- porque la denuncia. Pero en el caso del Quijote no es ya una simple ficción, sino una ficción sobre la ficción, una metaficción o metarrelato.
            Milan Kundera ha escrito, por su parte, que la novela, verdadero sueño que nació con la Europa moderna, es "el paraíso imaginario de los individuos [...] el espacio imaginario de tolerancia [...] en el que nadie es poseedor de la verdad y cada cual tiene derecho a ser comprendido"[13]. Esto que descubre con sagacidad y lucidez Kundera,  ya lo había descubierto Ortega y Gasset  en la gran obra cervantina y lo había bautizado con el nombre de perspectivismo. En sus Meditaciónes del Quijote, nuestro primer filósofo nos presenta a Don Quijote como adalid de la tolerancia y del respeto a la opinión del otro, cuando en la Primera Parte de su obra, capitulo XXV, acuña el término baciyelmo, justificándolo con estas palabras que Don Quijote dirige a Sancho: "Y así, eso que a tí te parece bacía de barbero, me parece a mí el yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa". Mario Vargas Llosa suscribirá esta nuclear tesis orteguiana al hablar de Don Quijote como un liberal en el siglo de oro[14].
            Para concluir: se ha dicho por parte de la crítica que eran tres fundamentalmente las grandes aportaciones del Quijote a la narrativa moderna y a la modernidad en general: la autonomía de la ficción, la superposición de un mundo ideal al realismo y la moral del fracaso, y que sin ellas no se entendería 
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la novela posterior[15]. A lo largo de nuestra exposición nos hemos referido en cierto modo a las dos primeras, nos queda aludir a la última: la denominada "moral del fracaso": Alonso Quijano es el primero en la estirpe de los héroes novelescos perdedores que, sabiéndose condenados a la derrota, salen no obstante a medirse con el mundo. Esa mentalidad antiépica (trágica) es, precisamente, el rasgo común de todos los personajes que cuentan en la novela moderna, desde el Werther de Goethe, el Julián Sorel de Stendhal, pasando por el Raskolnikov de Dostoievski, los Bouvard y Pécuchet y la Madame Bovary de Flaubert. Es la que caracteriza a  Lord Jim de Conrad, a Philip Marlowe de Raymond Chandler, a Brausen de Onetti, a Joe Chritsmas de Luz de agosto o a la inmensa mayoría de los personajes de la obra entera de Faulkner[16].
            Mentalidad antiépica y moral del fracaso que estarán, finalmente, representadas en el cine por ese entrañable personaje caracterizado por su bigote, su bombín y su  bastón y adornado por la misma ternura, inconformismo y tremenda humanidad que nuestro ínclito Caballero de la Triste Figura. Nos referimos, ya lo habrán adivinado, a Charles Chaplin, Charlot... ¡Don Quijote y Charlot, dos gigantes enaltecedores de su propia dignidad en medio del fracaso!


                                                                                      Tomás Moreno







[1] Jordi Llovet, Cervantes y las letras europeas, Babelia, El País, Babelia, 23 de Abril de 2005.  
[2]  Op. cit.
[3] "¿Qué busca don Quijote?", El País, Babelia, viernes 18 y sábado 19 de Abril de 2003.
[4] Thomas Mann, Cervantes, Goethe y Freud, Losada, Buenos Aires, 1943, p. 29.
[5] En el discurso de recepción del Premio Príncipe de Asturias de Literatura de 1999, Günter Grass decía: "Don Quijote sigue hasta hoy echando al mundo hijos literarios estrafalarios como él, que muestran el absurdo sentido oculto de la realidad y el auténtico olor del absurdo. Él es el padre de ese género novelesco europeo en cuyos cotos el Cándido de Voltaire deshojaba "el mejor de los mundos"; al que debe el Tristram Shandy de Sterne su pregunta sobre si han dado cuerda al reloj; en el que Thyl Ulenspiegel de Charles de Coster, luchando por la libertad de los flamencos contra la potencia ocupante española, interpreta el bufón astuto; y en el que Grimmelshausen trata de que su héroe, de nombre Simplicíssimus, sobreviva en distintos ejércitos. ¿Qué sabrían los alemanes de los horrores de la Guerra de los Treinta Años si Simplex, desde abajo, no nos hubiese narrado los acontecimientos que la diligencia de los historiadores, de forma tan muerta como exacta, han ordenado para nosotros en una Historia fechada?.
[6] José María Ridao, "Los copistas de Flaubert", El País, 14, 5, 2005.
[7] J. J. Saer, "Nuevas deudas con el Quijote", El País, Babelia, viernes, 18 y sábado 19 de Abril de 2003
[8] Curso sobre el Quijote, Byblos, Barcelona, 2004.
[9] Ibid. Le reprocha ser una historia deshilvanada y chapucera, escrita como a salto de mata y asegure comparado con Shakespeare una figura menor. "Del Rey Lear, el Quijote sólo puede ser escudero", concluirá injustísimamente.
[10] "Un Océano en la Mancha", El País, Babelia, 6 noviembre de 2004.  
[11] Encuentro en el Instituto Cervantes de Nueva York: EL Quijote global: reinventando a Cervantes por el mundo.
[12] Declaraciones de Mario Vargas Llosa en su conferencia-coloquio en la British Library, organizada por el Instituto Cervantes de Londres, 2005. Vid. también La tentación de lo imposible Discurso de recepción del Premio Cervantes en Alcalá de Henares (24 de abril de 1995)
[13] El arte de la novela, Barcelona, Tusquets, 1987, p. 175 y 180 ss.
[14] Mario Vargas Llosa, "Un Liberal en el Siglo de Oro", El País, 19 de Septiembre de 2004.
[15] "Nuevas deudas con el Quijote", op. cit.
[16] Juan José Saer, "La moral del fracaso", El País, Babelia,  21 de Mayo de 2005.




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