miércoles, 23 de febrero de 2011

VIRGILIO CARA: POR EL HEMISFERIO INFINITO

Virgilio Cara: Poesía invitada, Ancile



Me complace ofreceros en esta nueva entrada de nuestro Hemisferio a Virgilio Cara, compañero de aventuras poéticas de muy variada índole, amigo entrañable que deja para todos los lectores del blog una breve semblanza de su persona y obra poética, y desde la que animo a que accedan a ella para seguir su carrera literaria y poética que, garantizo, dará ratos de excelente lectura y subido y excelso entretenimiento.

Virgilio Cara: Poesía invitada, Ancile




NOTA BIO-BIBLIOGRÁFICA






Virgilio Cara Valero (Granada, 1964) es licenciado en Filología Española por la Universidad de su ciudad natal. Actualmente es profesor de Lengua Castellana y Literatura en el I.E.S “Alhendín” de Granada. Ha ampliado, también, su actividad docente impartiendo, durante cinco años, los cursos del Aula de la Experiencia de la Universidad de Sevilla y participando en los ciclos de conferencias  que organiza la Diputación de dicha ciudad, así como en el ciclo de Lecturas Poéticas de la Cátedra Federico García Lorca de la Universidad de Granada. Ha dirigido, entre 1999 y 2007  la revista literaria Los Papeles mojados de Río Seco en cuya colección de “Libros Perdidos” ha colaborado en la publicación de los tres títulos que, hasta ahora, han sido editados: Primeros Poemas de Juan Ramón Jiménez, Siete Romances de Joaquín Romero Murube y Ramoneo de Ramón Pérez de Ayala. Actualmente coordina la sección de poesía de la revista en su segunda época.
Ha publicado textos de creación y de crítica literaria en revistas como Antaria, El Fingidor, Letra Clara o El coloquio de los Perros y ha editado el libro de aforismos de Juan Varo Mudo pez en el mar.
Poesía: Los años que pasé fingiendo. Granada, Colección Genil, Diputación provincial, 1998. Premio Genil de poesía.
No he visto lo que he visto. Epistolario apócrifoMadrid, Hiperión, 2004. Premio Internacional de Poesía Antonio Machado en Baeza. Región del desengaño. Sevilla, Edit. Point de Lunettes, 2009. Las Hojas Secas, Plaquette editada por la asociación Diente de Oro, Colección Vitolas, Granada, 2009.
Selección de poemas recogida en el volumen Granada. En lo oscuro y en el agua, recopilada por Juan Varo Zafra. Huelva, Diputación provincial, 2006. 





POÉTICA






Por un azar en el que nunca,
ni siquiera en los días más amargos,
esperaste creer,
de entre todos los libros del estante
fuiste a abrir el que Blair le dedicara
a la Retórica y al Arte.

(La noche es fría. Nada hay en la casa,
si no es el movimiento de tus manos
sobre el papel, que venga a interferir
en la quietud perfecta).

Página veintitrés, Capítulo Segundo
de la Primera Parte. Basta
-escribe Blair- para alcanzar
el poema sublime
con despojar las cosas de aquellas dimensiones
a las que las somete el mundo,
urdirlas como idea y acercarlas
a la verdad terrible que el silencio,
la oscuridad completa y el vacío
imprimen para siempre sobre el hombre.




POESÍA



A QUIENES DEJARON DE SER

Virgilio Cara: Poesía invitada, Ancile 

 ¿Para qué las palabras? Una imagen
es suficiente. A veces, demasiado.
Se trata de un periódico de España,
de una página par, con dos anuncios
y varios textos. Gris, sin pie de foto,
un grupo de soldados en el centro.
Se llamaban Tomás, Ricardo, Lucas,
Ramón, Antonio, Pedro, pero igual
podían haber sido Martín, Pablo,
Nicolás, Ángel, Rafael, Alberto.
El lugar o la fecha ya no importan.
Con los ojos abiertos, todos miran
fijamente a la cámara. No saben
que han perdido su patria y están muertos.


(De No he visto lo que he visto.)

                                      

EPÍSTOLA MORAL



                        Salí del mar... y acabaré en el fuego.

                                                        León Felipe.




Casi todo lo que resume al hombre
está en el fuego. Las noches son frías,
el invierno persiste y va mordiendo
los muros de esta casa donde vivo
encerrado. Presumo, algunas tardes,
el ruido de la luz tras el postigo
roto. Los días pasan. No permiten
las lluvias el alivio del paseo
ni el placer moderado del teatro.
Apenas si recibo cartas. Yo
tampoco la escribo. Ni tintero,
ni tinta, ni siquiera plumas tengo,
ni engaños, ni codicias, ni lecturas,
ni deseos.
                  Mis libros permanecen
dormidos en la sombra de sus cajas
a la espera tal vez de otro verano,
cuando la piel es joven y más ciertos
los puentes sobre el río, más jugosas
las frutas de la calle Saint Denis
y, en Saint Germain, más íntimos los labios.
Pero el invierno dura y la memoria
en esta endemoniada estancia; marzo
de callejuelas mustias y arrabales
sórdidos.
                Ya te he dicho que no salgo,
que consumo las horas ante el fuego
del hogar, que son tercos mis sesenta
y tantos años.
                        Quedan muy remotos
los caminos y el polvo de una tierra
en llamas, tierra fértil y baldía
al mismo tiempo, oscura encrucijada
de sangre y luces. Quedan demasiado
distantes las posadas donde supe
que no hay verdad sin máscara y que siempre
es más útil oír la propia voz
negando el horizonte de los gritos.
Y lejos, sobre todo, las ciudades
del sur, edificadas con la música
que en la piedra imprimiera el hombre.
                                                                Tú
conoces también Nápoles. Allí
vivimos y bebimos y guardamos
los misterios que el sol nos ofrecía.
o Florencia, o la ruta hasta Bolonia.
¿Recuerdas el momento? La primera
posta en la luna nueva. Eran dos jóvenes,
dos muchachas de apenas veinte años
prestando a la ventana sus profundos
ojos negros. Después, o quizás antes,
los rostros de Teresia y de Martina,
la mirada de Angélica...
                                        Tras ellas,
los fantasmas del fuego y un paisaje
que la razón ignora.
                                 Si pudiera
dejar estas mentiras ya sin luz,
esta prisión del miedo y regresar,
cuando el otoño cubra con las vides
sus campos, a Burdeos; paso a paso,
al sueño de la casa y al jardín,
al emparrado, al mármol que envejece
sobre la chimenea, al busto sobrio
de Moliere y al estante de nogal
donde dejé los libros.
                                    Sin embargo,
mis ojos están tristes y las brasas
apuran ya el papel. ¡Todo es tan breve
y lleno de trabajos! Las agujas
baten en el reloj su minucioso
ritmo, como la plata que moldea
el orfebre, crepúsculo a crepúsculo.
Por eso, amigo, porque el tiempo es corto,
disfrutemos del aire que traduce
las cartas en abrazos. Y, tú, vive.
Ríete de la muerte y no la anuncies
nunca, ni la procures, ni la temas.

                                (De No he visto lo que he visto.)





INSCRIPCIONES FUNERARIAS III.



Virgilio Cara: Poesía invitada, Ancile
Guarden los dioses Manes esta tierra
donde descansa Viria, fiel esclava
de Lucio Erenio Mauro, a quien se deben
las palabras que lees, oh viajero.

Del laurel las cenizas no bastaron
para dejarla aquí, ni el sacrificio
del ganso, cuya sangre y cuyas vísceras
ofrecimos a Apolo.
Los hados y la fiebre consumieron
las rosas en su cuerpo. Nada queda,
tan sólo sombra y mirtos,
de Viria entre nosotros.

Si te hubiera servido y escanciado
cada noche en tu copa el vino espeso
de estas vides, también tú, caminante,
 llorarías la ausencia de sus labios.


                                (De Región del desengaño.)



MOTIVO PARA UN CUADRO



Confiesa Marc Chagall en las Memorias
de su estancia en París
que el azar lo condujo –no recuerda
la fecha o la estación exactas- a encontrarse
en el Metro, pidiendo unas monedas,
a un viejo violinista de Vitebsk.
Un momento de charla y unos tragos
-continúa el pintor- de vino espeso
los devolvió a los dos aquella noche
a los paisajes fríos de su lejana Rusia.
Paisajes como aquel, de rojo invierno
que esbozara Chagall para su nuevo cuadro,
con un sendero estrecho y unos árboles
rodeando la antigua sinagoga.
Allí, donde dejó –según palabras suyas-
la figura del hombre y no la del mendigo,
más útil a los otros con su música,
y mucho más hermoso, y más digno.


                                     (Inédito)











Virgilio Cara: Poesía invitada, Ancile







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