No deja de causarme asombro la alergia de no pocos poetas al mundo extraordinariamente sutil y bellísimo que encierra el ámbito de la métrica poética. De hecho, cada vez que me dispongo a indagar sobre ella, mayores maravillas descubro del vasto y raro dominio de la poesía. Por eso, sigo la senda de otras entradas con otra nueva al contemplar las relaciones profundas de aquella con la matemática. Por eso, para la sección de Poesía y matemáticas, traigo un nuevo post que lleva por título: Sentido y sensibilidad en el número poético: la métrica como una teoría de conjuntos.
SENTIDO Y SENSIBILIDAD EN EL NÚMERO POÉTICO:
LA MÉTRICA COMO UNA TEORÍA DE CONJUNTOS
Decíamos en anteriores entradas que el número poético se diferencia del estrictamente simbólico matemático moderno en su proceso de cálculo que su número no tiene aspiración de tener significado semántico o lingüístico. El número poético (silábico, de pie métrico, de cláusulas…) tiene una estrecha vinculación con la palabra como portadora de ritmo, de eufonía, de significado, de expresividad… según su situación en el verso. Es, pues, claro que el número métrico no se sitúa dentro del ámbito lógico simbólico aritmético, donde 1 + 1 no necesariamente tiene que dar 2.
No hay sistema métrico que su base sea aritmética, pero no por ello deja de ser matemática. Esto es así hasta el extremo en el que incluso el número cero (heredado de la India), en métrica, si quisiésemos hacer una formulación matemática de determinado verso en esta o aquella estrofa o poema, puede simbolizarse con la pausa, la cesura, el final de verso…, como silencios primordiales para la comprensión de cualquier poema. Podríamos añadir que existen tantos sistemas métricos como clase de versos en una lengua.
En poesía podemos ver cómo los enunciados que contienen los versos pueden ser reconocidos en una operación aritmética de contabilidad, pero también en una no aritmética, en tanto que las palabras pueden no convertirse estrictamente en números al estar unidos al significado profundo del poema, cuyo sentido será mayor o menor expresivo en virtud de la situación de aquellos números que se traducen rítmicamente en eufonía vinculad a su vez a aquella precisa situación y no a otra. No es posible pues que un número estrictamente contable o computacional sea capaz ni siquiera de emular el poema verdadero en tanto en cuanto que dicha significación irá unida directamente al organismo vivo que no puede sustraerse a ese sentido que lo produce: el poeta.
Inferimos de todo esto, que la poesía, formalmente expresa en el verso y en el poema, es deudora de su fuente original que es la de la vida, por lo que su organización y estructura está vinculada dinámicamente a quien la produce o crea en el verso, aunque esto pueda ofrecer en su singularidad
orgánica un rastro matemático.
Es curioso que, si el formalismo matemático quedó superado, en el ámbito de la métrica encontremos dos posicionamientos opuestos que ninguno de ellos se atiene a la realidad funcional de la estructura métrica del verso. Por un lado, los que rechazan cualquier soporte rítmico poético, rechazando de plano cualquier aportación al dominio de la métrica al conocimiento del verso y por tanto de la poesía y, por supuesto para su construcción. Esta perspectiva no merece ningún comentario por razones obvias. Por otro lado, están los que se atienen al constructo métrico en base a la preceptiva tradicional que alega un funcionamiento estricto de sus normas rítmicas porque piensan que el verso y el poema es una máquina cuyos engranajes rigurosos garantizan el óptimo funcionamiento del verso y del poema. Está última visión, que podría emparentar con rigorismo formalista matemático, es la que sí merece la atención y desde luego la crítica.
Si la atención al número poético deviene en primera instancia en virtud de un comportamiento aritmético de sus estructuras rítmicas, los complejos patrones que se derivan y aplican a la palabra, al lenguaje poético en su medida, no devienen linealmente en su discurso y composición y por tanto no son el resultado de la suma de sus descriptores o de sus las partes que lo componen, su comportamiento complejo e impredecible (caótico, en ocasiones) debido a su peculiar autointeracción, nos dice que nos movemos en un sistema aproximativo que, en ocasiones puede recordarnos a la dinámica de fluidos.
Como curiosidad final de esta reflexión diría que le constructo métrico matemático del verso y del poema, se acerca su descripción matemática, más que a la aritmética a la matemática de conjuntos que describió en su momento el genial Georg Cantor. Los números, en métrica bien podrían considerarse como conjuntos de elementos rítmicos que han de incidir en la propia eufonía, expresividad y semántica del poema. Vemos que los ingentes datos que puede ofrecer un verso, no digamos un poema, subyacen multitud de subconjuntos que pueden tener propiedades compartidas que se reflejan en determinados patrones y tendencias estructurales dinámicas de la composición del verso.
Trataremos de concretar algo más esta visión teórica en próximas entradas del blog Ancile con algunas aproximaciones o ejemplos prácticos en algunos versos.






