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jueves, 23 de junio de 2022

IDEALES DE JESÚS DE NAZARET, POR ALFREDO ARREBOLA

  Ha fallecido nuestro entrañable amigo, excelso cantaor, flamencólogo y teólogo Alfredo Arrebola. Este post que hoy ofrecemos en nuestro blog Ancile, me fue enviado en mayo, y que fue escrito ya con serias dificultades debido a su enfermedad y donde exponía con evidencia su sincera devoción religiosa. Alfredo Arrebola creía, pero con la fe que da la razón más adusta y reflexiva, la razón del conocimiento profundo extraído de la filosofía de los doctores, fueren o no de la Iglesia. Hombre extremadamente culto y a la vez cercano que se hacía querer por su simpatía y por su erudición, por su compromiso con los demás, por su generosidad, todo lo cual le llevaba a gozar del atractivo, la  cordialidad y buen entendimiento con todo aquél que con buena (y a veces no tan buena) voluntad se le acercara. Dejo aquí a disposición de los lectores de este blog la sección Apuntes histórico teológicos de nuestro blog, que ha estado a su disposición hasta el día de hoy, y que dejo para quien quiera ilustrarse con su sabiduría y siempre compasivos sentimientos. Los que le quisimos y gozamos de su amistad sincera no le olvidaremos.

 


                    IDEALES  DE JESÚS  DE  NAZARET



                                                 

Ideales de Jesús de Nazaret, de Alfredo Arrebola

 

         Hoy, leyendo el evangelio de San Juan, mi espíritu se ha llenado de alegría y satisfacción  espiritual: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que  tendrá la  luz de la vida” (Jn 8, 12), les decía Jesús  a aquellos  endemoniados fariseos. La luz nos hace ver muchas cosas feas dentro de nosotros que no  queremos  ver: vicios, soberbia, nuestro espíritu mundano…, algo que nos ciega y,  lógicamente, nos aleja de la luz  de Jesús.

       La lectura cotidiana de los  evangelios - lo digo con la mayor honestidad y sinceridad posibles -  me da la suficiente luz para seguir, días tras día, el camino que nos trazó el “Divino  Maestro” de Nazaret.  Y eso no lo hace ninguna  palabra humana, sino la de Jesús, venida desde  lo más alto. Hoy precisamente – de manera especial en nuestra “querida” España -, donde por indolencia nos dejamos arrastrar por un progresismo rabiosamente laicista, cuya indisimulada aspiración no es otra que marginar cualquier signo cristiano que se manifieste públicamente.

   Creo que no hay un momento más idóneo para hablar de los “Ideales de Jesús de Nazaret”, como el de Semana Santa – tan hipócritamente vivida en nuestro propio país – porque,  teológicamente  analizado, Jesús es la Vida y la Resurrección, ya que con su amor crucificado venció  la muerte. En Jesús, Dios nos da la vida eterna, la da a todos, y gracias a Él todos tenemos la esperanza de una  vida  más auténtica que ésta. “La vida que Dios nos prepara – afirma el Papa Francisco – no es un sencillo embellecimiento de la vida actual: ella supera nuestra imaginación, porque Dios  nos  sorprende  continuamente con su amor y con su misericordia” (cfr. “Evangelio 2022”, pág. 123).

  Jesús, nuestro “Hermano Mayor”, es el único  mediador entre  nosotros y Dios. Por eso los creyentes cristianos mantenemos la mirada fija en Jesús porque la fe nos viene de Él. El Evangelio de los apóstoles sobre Jesús de Nazaret  y de lo que había acontecido en la  Pascua, escribe el Teólogo  Paul M. van Buren (1924 – 1998),  fue proclamado como la noticia de un acontecimiento que valía la  pena fuera escuchada por todos los  hombres (cfr. “El significado secular del Evangelio”, pág. 167). Y no olvides, estimado lector, que la fe cristiana requiere un mínimo de  conocimiento de los relatos de los Evangelios. He aquí, pues, el fundamento histórico y ontológico de mi diaria lectura del Nuevo Testamento.

   Como creyente, estoy totalmente  convencido de que signifique “Dios” lo que signifique – como la meta de la existencia humana, como la verdad  sobre  el hombre y el mundo, o la clave para el sentido de la vida – debe encontrarse en Jesús, que es “el Camino, la Verdad y  la Vida. Nadie  va al  Padre sino por mí”  (Jn 14, 6). Porque, a la verdad, no tenemos idea alguna de qué es lo que confirma o contradice la aseveración de que quien ha visto a Jesús ha visto al Padre. Si no conocemos de antemano la palabra “Padre”, ¿cómo podremos demostrar, verificar o refutar esta pretensión?. El Nuevo Testamento y el Evangelio de Juan especialmente, insisten, además, en que aparte de Jesús, sólo podemos  tener falsas concepciones de “Dios” (cfr. Mt 11,2; Lc 10, 22; 1Cor 1,21; Jn 1, 18; 8,19; 17, 25). Y a la inversa, “con” Jesús, uno no tiene necesidad de buscar una concepción de Dios, idea ya defendida por  Martín  Lutero ( 1483 – 1546).

Ideales de Jesús de Nazaret, de Alfredo Arrebola
  Jesús de Nazaret  fue un hombre libre en su propia vida, que atrajo a seguidores y produjo enemigos según la dinámica de su personalidad y de una forma comparable al efecto que otras  personas liberadas en la historia sobre los hombres a su alrededor. Murió como resultado de la amenaza que semejante hombre libre plantea a los hombres inseguros y encadenados. A causa de la nueva perspectiva en que los discípulos le vieron y a causa de lo que les había acontecido, la Historia tenía que incluir el acontecimiento de la Pascua, que hemos recordado en estos días de Abril. Al narrar la historia de Jesús de Nazaret, por lo tanto, la relataron como la historia del   hombre libre que había hechos libres. Esta fue la historia como el Evangelio para todos los  hombres.

  Ahora bien, todo ser racional tiene ineludiblemente  sus correspondientes ideales, los cuales no son más que proyectos intelectuales que le llevan a realizar  sus acciones humanas. Jesús de Nazaret nos dejó bien definidos  cuáles fueron  sus principales ideas: el Amor y la Misericordia. El único hombre del que se pudo decir “pasó por este mundo haciendo el bien. Una brevísima reflexión nos hace decir que frente a la violencia tan profunda de nuestro mundo, hoy  es más necesario que nunca el amor fraterno: que nos sintamos hermanos, hijos de un Padre común como leemos en la liturgia del Jueves Santo. El evangelista Juan nos define a Dios como “amor” (1Jn 4, 16), y Jesús murió por amor. Y, ¿qué rasgos definen ese amor? Está, sin la menor  duda, más cerca de las obras que de las palabras; no impone nada al otro, sino que escucha y dialoga con él; respeta  al otro, valora su dignidad, y no lo utiliza nunca en  su propio  beneficio; es servicio; y -¡cómo no! - es auténtico sacrificio por el otro para lograr su plenitud. Ese es el amor que llevó a Cristo a la cruz.

  El “Discípulo amado! - Juan – nos dirá: “Hijuelos míos, no amemos de palabra y con lengua, sino con obra y de verdad” (1Jn 3, 16).En la mente de todo cristiano  está bien fijo que Jesús de Nazaret hizo  opción por los pobres y fue consecuente con su amor por ellos, cuando podía haber optado por los poderosos, vivir bien y olvidarse del  clamor de los débiles; entonces no hubiera  tenido  problemas. Se hizo  pobre, y asumió la  causa de los  pobres, y por eso su vida fue puesta siempre  en entredicho, hasta   que acabaron con ella (cfr. IDEAL, 14/04/22).

  Es cierto: la vida, en su continuo devenir, nos depara muchas ironías, tantas que algunas nos cambian de mentalidad en el decir y en el obrar. Todos sabemos perfectamente que la vida  a  veces nos hiere y nos aleja de Dios, pero Jesús nos explica las Escrituras  (Lc 24, 15) y vuelve a  encender en nuestros corazones el calor de la fe y de la esperanza: ¡sublimes ideales del  Divino Maestro!. En una de sus últimas alocuciones  a los fieles, les decía el Papa Francisco: “Cuando vemos a una  persona  generosa y servicial, mansa, paciente, que no es envidiosa, que no parlotea, que no se jacta, que no se hincha de orgullo, que no falta al respeto, en definitiva, que ama, esta persona construye el  cielo en la tierra” . Esos fueron precisamente los ideales de Jesús: Amar, servir a los demás y hacer en bien. Su recompensa: ser entregado a la terrible y escandalosa  muerte de la cruz por las autoridades  civiles y religiosas. ¡Cuántas  ironías – aunque nos cueste admitirlas -  nos ofrece la  existencia  humana!



Alfredo Arrebola

 

 

                                                 Villanueva  Mesía -  Granada, Abril de 2022.




Ideales de Jesús de Nazaret, de Alfredo Arrebola




 

 

miércoles, 22 de diciembre de 2021

LA NAVIDAD DEL 2021, POR ALFREDO ARREBOLA

 Para la sección Apuntes histórico teológicos del blog Ancile, traemos un nuevo post de nuestro amigo y colaborador Alfredo Arrebola, bajo el título: La Navidad del 2021.

 

                                               LA  NAVIDAD  DEL 2021

                                                   

 

La Navidad del 2021, Alfredo Arrebola

 

“Misterio  de carne nuestra,
¡misterio!,
palabras de Aquel que sabe
más allá de las palabras,
palabras juntadas todas
en la Palabra encarnada

¡Palabra!.
Está gimiendo en el heno,
¡gimiendo!,
que si por fuerza  sufriera,
dejara de ser quien es,
Señor de cielos y tierra,
¡Dios nuestro”

 (Misterio de carne  nuestra.

Capuchinos Editorial. Diciembre 2021).

 

    Estamos en las postrimerías de este “horribilis annus” 2021 a causa de una de las más terribles pandemias  que ha  sufrido la humanidad: COVID-19. Vivimos, por desgracia, terriblemente preocupados y angustiados con tantos y variados acontecimientos que quitan el sueño a cualquiera. Los que tenemos, por fortuna, muchos años notamos cómo ha cambiado la fiesta de Navidad. Desde hace años las fiestas de Navidad arrancan en noviembre, cuando los grandes centros comerciales intentan crearnos un ambiente idóneo para sus propios intereses económicos. Igualmente en quienes se sirven de la Navidad, al tiempo que se burlan de nuestras tradiciones y, sobre todo, de una fiesta tan carismática entre los creyentes cristianos. Hasta la misma Unión  Europea se ha atrevido a formular un documento en el que se recomendaba  eliminar las menciones a la Navidad en pos de un  supuesto uso políticamente correcto del lenguaje, lo que provocó una polémica que obligó a su retirada. ¡Europa  está olvidando  lo  mucho  que debe al cristianismo! Informado el Papa, el incombustible Francisco, respondió: “La UE debe asumir los ideales de los padres fundadores, que eran ideales de unidad, de grandeza, y tener cuidado de no dar paso a las colonizaciones ideológicas. Esto podría acabar dividiendo a los países y hacer fracasar a la Unión”.

       También existen grupos ultracatólicos,  convencidos  de ser los depositarios de la esencia cristiana, que pueden hacer daño al sentido trascendental de la Navidad. El suceso ha tenido lugar en Granada, donde un grupo, que portaba crucifijos y realizaba cantos y oraciones de desagravio, ha considerado que las cruces invertidas, que iluminan la Plaza del Carmen, son símbolos masónicos  y satánicos, y han arremetido contra el  alcalde y el arzobispo por permitirlo:¡ Qué mala es la ignorancia!. Todavía no han tenido tiempo estos “ultracatólicos” de saber que la cruz invertida o “Cruz de San Pedro” es un símbolo  cristiano que evoca la terrible muerte del apóstol Pedro, que deseó ser ejecutado cabeza abajo.  Espontáneamente se me vienen  a la memoria las palabras del famoso orador y filósofo romano Marco Tulio Cicerón (106 – 43 a. C): ¡O tempora, o mores!(¡Oh, tiempos, oh, costumbres!)

            Esto me está diciendo que la incivil guerra de 1936 no ha terminado. España sigue hoy dividida en dos facciones irreconciliables: el odio y el desprecio impiden lógicamente la reconciliación.

            Pues bien, si analizáramos detenidamente nuestro entorno social, notaríamos “ipso facto” (al instante) que  el egocentrismo, la hipocresía, el materialismo, la vanidad, etc. que nos invaden, son algunos de los  elementos que impiden una convivencia armónica y pacífica. No cabe, pues, la menor duda de que estamos sumergidos en una crisis global y nacional que nos está alienando y deshumanizando  día tras día. En este sentido, así se expresa el Profesor y escritor Antonio Luís García: “… El problema actual de España, no es sólo el fracaso escolar, ni el informe PISA, sino “Juego de tronos”, “El  juego del calamar” y otras muchas series y programas que triunfan en internet y en la tele basura. Así las cosas, nos estamos olvidando de Dios, abandonando la Filosofía, suprimiendo las Humanidades y pisoteando la Ética. Igualmente, hemos sustituido la lucha de clases por la lucha de género, la natalidad por la mortalidad, la historia objetiva y total por la historia sesgada  y parcial, la verdad por la mentira, la benevolencia por la intolerancia, el amor por el odio, etc. Además, estamos legislando para que desaparezca el poco respeto que queda a los padres, profesores, médicos, policías, etc., cfr. IDEAL,9/12/21, pág. 19. Esta es la Navidad que vamos a recoger en este maldito 2021, y no la de aquellos tiempos de íntima convivencia familiar, recordando el nacimiento de un  niño especial, el Niño Jesús, nacido en Belén de  Judá. Y como magistralmente nos dice el  Profesor Jesús Fernández Bedmar, un niño que venía con intenciones más universales, más fraternales y de más cambio en la sociedad: incluso, en el evangelio de Mateo se le llama también “ENMANUEL”, que viene a significar “Dios con nosotros” (Mt 1, 23), lo  que conociendo el valor que  para los judíos tenía el nombre no deja de  ser significativo, cfr. “Reflexiones para creyentes”, pág. 310 (Granada, 2013).

            Yo  quisiera, estimado lector, decirte que la Navidad es, sin la menor duda, una de  las festividades  más importantes del cristianismo, después de la  Pascua de Resurrección y Pentecostés. Esta solemnidad se viene celebrando el 25 de diciembre en la Iglesia católica, en la  Iglesia anglicana, en algunas comunidades protestantes y en la mayoría de las  Iglesias  ortodoxas.

La Navidad del 2021, Alfredo Arrebola

            Llevo sobre mis espaldas, desde hace muchos años, la misma pregunta e inquietud: “El misterio de Navidad” y, sobre todo, el sentido pagano  que, por desgracia, viene tomando.  Lo que me lleva ineludiblemente a preguntar: ¡Católicos de tres cuartos!, ¿estáis preparados para  recibir, comprender y aceptar a ese Niño, anunciado a los pobres (Lc 2, 8-12) y buscado intensamente por los paganos (Mt 2, 1-2), en tanto  que es  ignorado por los representantes de la religión (Mt 2, 5-6) y perseguido por la autoridad política, el Rey Herodes (Mt 2, 13-23)?. Hoy, siglo XXI, ¿creemos esto – ¡pero de verdad! -  los que nos llamamos cristiano-católicos?

            No sé si yo  tengo “autoridad moral” para hacer esta pequeña exhortación: ¿Por qué no reflexionamos sobre qué es lo verdaderamente valioso en estas fiestas, en nuestra vida? ¿Por  qué  no  aprovechamos la Navidad para repasar todo lo bueno  que Dios  nos ha dado en el año, repasar en qué momentos nos ha protegido y cuidado y agradecer también por los familiares y amigos que tenemos cerca?. El evangelista Marcos nos  dice que “Dios lo puede todo” (Mc 10,27). Por eso la  Navidad sólo pudo hacerla  Dios. Pienso que no es ninguna herejía decir que la Navidad es lo más y mejor que Dios, en su infinita misericordia, pudo y supo hacer. Por ello es la  BUENA NOTICIA, el anuncio de la  gran alegría. “… Y les dijo el ángel: No temáis, pues he aquí que os traigo una  buena  nueva, que será de gran  alegría para todo el pueblo” (Lc 2, 10). 

            Hacer esto puede ser  una manera de vivir unas Navidades más plenas y centradas en lo que  de  verdad nos importa: JESÚS  DE NAZARET, “Camino, Verdad y Vida”, tal como lo afirma el evangelista Juan.


Alfredo Arrebola

Villanueva Mesía-Granada, Diciembre de 2021.




La Navidad del 2021, Alfredo Arrebola



martes, 26 de octubre de 2021

SABER ELEGIR, POR ALFREDO ARREBOLA

 Para la sección Apuntes histórico teológicos, ofrecemos un nuevo artículo de nuestro colaborador y amigo Alfredo Arrebola, esta vez bajo el título: Saber elegir.



 SABER ELEGIR



Saber elegir. Alfredo Arrebola


 
Señor,
ten piedad del  cristiano que duda,
del incrédulo que quería  creer,
de nosotros, prisioneros de la vida,
que caminamos solos en la noche,
bajo un cielo  en el que ya no alumbran
las antorchas de la antigua  esperanza.
 

                                Joris Karl  Huysman (París, 1848 -  1907)

 

 

   En la página 60 del diario “IDEAL” (Granada, 16/09/21) aparece un artículo, firmado por Isabel Ibáñez, con el sugerente y preocupante título: “¿Por qué cada vez hay menos creyentes?”, que ha sido objeto de mis breves, sencillas y honestas reflexiones. La Filosofía me ha enseñado a llegar a la Teología en sus distintas ramas, o  más bien ésta me ha arrastrado a buscar la “razón última” de lo que, según mi criterio, debería preocupar al ser humano: Dios. Dejémonos de aceptar las necedades de los “infinitos tontos del mundo” (Sagrada Biblia), pregonando a los cuatro vientos: ¡Anda, hombre, si Dios no existe!. Es la respuesta más fácil que podemos encontrar desde que el filósofo y jurista francés Charles Montesquieu  (1689 – 1755) seguido de los ilustrados franceses, sin percatarse – escribe mi viejo amigo Carlos Asenjo Sedano (Guadix, 1928) – de que lo que proponían era simplemente sustituir a un dios, el de arriba invisible, ya anticuado, por otro dios asentado más abajo y visible, en un proceso de inversión vertical, sin percibir que, en definitiva estaban elaborando un proceso tal cual el antiguo en sentido contrario, como lo demostró el mismo Robespierre (1758 – 1794) quien, derribado ya el Antiguo Régimen, fundó su  particular dios, el de la  “Razón  Suprema”, plenamente  convencidos  de que no podían vivir sin un dios que los amparara  que, por cierto, nadie aceptó, pero daba fe de la necesidad de ampararse en un dios, de la clase y manera que fuera.

Saber elegir. Alfredo Arrebola
   La historia nos enseña que no se impuso el invento de Maximiliano Robespierre, pero sí – afirma  Carlos Asenjo – su sucedáneo más popular, el nuevo dios, la llamada democracia que enseguida se extendió por todo el planeta por las buenas o por las malas (cf. IDEAL, 2/X/21, pág. 23). Por suerte o por desgracia, el problema religioso del ser humano sigue la misma trayectoria. Porque, a la verdad, nadie duda de que son muchos los millones de ciudadanos del mundo que se interesan por Dios, como también es cierto  que  son bastantes los millones de personas que no quieren saber nada de lo divino, lo sagrado, lo religioso. Este comportamiento socio-religioso lo he comprobado – con los mínimos recursos posibles – en las diferentes etapas de mi vida docente y artística. El ser humano – a pesar de su “racionalidad” - no ha sabido elegir debidamente el sentido espiritual y trascendental que comporta su propia naturaleza.

     Pero siempre hay excepciones. Entre tantas, diré que  San Agustín, “Padre de la Filosofía Occidental”,  ya  nos lo dejó bien claro: “Señor, nos hiciste para Ti…” (Confesiones). Aquí radica la honestidad y valentía  del  cristiano creyente: hablar de  Dios con la debida precisión, algo que  no es fácil en estos difíciles tiempos que vivimos. Porque, como bien sabemos, Dios no pertenece a este mundo. Con lo cual se entiende, entre otras cosas, que Dios no está a nuestro alcance. Ni, por tanto, escribe el eminente teólogo José María Castillo (Puebla de Don Fadrique (Granada), 1929), podemos conocer cómo es   Dios “en sí mismo”. Ni siquiera podemos demostrar, con argumentos racionales irrefutables, que  Dios existe y que es verdad todo lo que de él se piensa y  se dice. De ahí la enorme dificultad que representa ponerse a hablar de Dios, de lo que es y cómo es, de lo que Dios piensa o quiere, de lo que dice y manda, de lo que a Dios le gusta o le disgusta, de lo que prohíbe o castiga, de lo que promete  y premia (cfr.  “La Humanidad de Dios”, pág. 19. Madrid, 2019).

    Bastantes teólogos -¡ tal vez tengan razón! -  opinan que la  actual crisis de la fe en Dios solo ha podido desencadenarse debido a la forma falseada – yo he sido testigo muchas veces – de pensar a Dios y de vivir la relación con él. Los evangelios están llenos de testimonios de cómo Cristo se  enfrentaba a los fariseos, que parecían buenos, llamándoles “hipócritas” y “sepulcros blanqueados” (Mt 23, 27; Lc 11, 42,54).

Saber elegir. Alfredo Arrebola

    Teológicamente considerado, Dios es el Trascendente. Lo que nos lleva a aceptar que no está al alcance del hombre , ni se puede saber cómo es “Dios en sí”, porque  “a Dios nadie lo ha visto jamás” (Juan 1, 18). Lo que se piensa y se dice de Dios son las “representaciones” que los humanos nos hacemos de él. No es extraño, pues, que sean muchas las personas que niegan su existencia. Por eso, benévolos lectores, os vuelvo a repetir  que hablar de  Dios “en sí mismo”, con propiedad  y exactitud, es lo más difícil que hay en este mundo.                    

    Sin embargo, el verdadero cristiano – no el “meapilas y cristiano dominguero” - no puede cerrar su corazón y no oír la  “voz de Dios” que  el mismo Cristo nos ha revelado y nos ha enseñado también a llamarle “Padre”: “Padre nuestro, que estás en el cielo...”.  Por ello, el cristiano auténtico está obligado, moral y jurídicamente, a saber elegir el verdadero  camino religioso. Para el cristiano creyente no hay otra senda que la nos ofreció  Dios, humanizado en Jesús de Nazaret: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Juan 14, 6).

       Por otra parte, admirados amigos, hay que tener en cuenta que las religiones , gestoras desde siempre de los asuntos de Dios, nos lo han explicado según y cómo cada confesión religiosa lo ha creído conveniente. Y no podemos dejar sepultado en la cuneta del olvido que el hecho religioso, en cualquiera de sus múltiples formas y manifestaciones, es siempre un “hecho cultural”. Lo que significa  que el hecho religioso es siempre un “hecho histórico” . Y, por tanto, afirma el teólogo  José María  Castillo (op. cit. pág. 21), es siempre un “hecho inmanente”, que pretende, desde  su “inmanencia” conectar a los humanos con la “trascendencia”. Lo que comporta, honradamente hablando, una  tremenda dificultad a la que los humanos tenemos que enfrentarnos día tras día.

       El eminente  teólogo y profesor Juan Martín Velasco (1934 – 2020) nos ha dejado dicho que “… en sus religiones, los humanos piensan, imaginan, sueñan, alaban, cantan y dan forma y figura al manantial del que procede el arroyo de sus vidas”, Por eso, los hombres religiosos piensan que las  religiones tienen su origen en Dios”. Sin embargo, el teólogo abulense afirma rotundamente  que las religiones “son obra de los humanos”.

    El cristiano , creyente y fiel, tiene perfectamente definida su elección en Cristo, quien  “nos  escogió antes de la creación del mundo  para ser santos e inmaculados en su  presencia, a impulsos del amor,”, tal como nos lo explica el  apóstol Pablo en Efesios 1, 4. No temas, pues, creyente o no,  sino reflexiona para saber elegir. ¡Vale la pena¿

 

                                           Alfredo Arrebola

                Villanueva Mesía-Granada,  Octubre de 2021.



Saber elegir. Alfredo Arrebola


 

 

martes, 5 de octubre de 2021

“VUELVE DENTRO DE TI…”, ¡ AMIGO LECTOR!, POR ALFREDO ARREBOLA

 Para la sección Apuntes histórico teológicos traemos un nuevo post de nuestro amigo y colaborador Alfredo Arrebola, esta vez bajo el título: Vuelve dentro de ti, !amigo lector¡

           

                 

VUELVE  DENTRO  DE TI…”, ¡ AMIGO  LECTOR!

                                           


Vuelve dentro de ti, !amigo lector¡  Alfredo Arrebola

 

    

    Jamás he intentado imponer a nadie mis ideas; me agrada más la persuasión y, sobre todo, aceptar  el pensamiento de cualquiera  que opine diferente  a mí. Pero  el ser humano está obligado a  obrar conforme a los principios fundamentales e inmanentes del recto y ortodoxo proceder. Estamos, pues, en el terreno de “ lo natural”, independiente de toda creencia religiosa, siempre posterior a la ley natural. Sin embargo, la historia de las religiones nos hacen ver que las hierofanías, las teofanías son el modo de manifestarse la divinidad.

   En mis largas y objetivas reflexiones he visto claramente que hay otra posibilidad: situar la revelación en uno mismo. Es el camino que han seguido las religiones de  la inmanencia, de la interioridad. Según mi modesto criterio – hablo con el máximo respeto a todo ser humano – pienso que Dios está en el interior del hombre y sólo hay que volverse allí, abandonando las realidades  exteriores, para encontrarle. Es fácil reconocer que estamos hablando de una evidencia de lo divino, pero posiblemente más íntima y recatada. El apóstol Pablo – columna vertebral del cristianismo – nos lo  dijo bien claro: “Dios lo llena todo”. La filosofía “racionalista” de Benito Spinoza (1632 – 1677), a pesar de su panteísmo, está  basada en esos principios inmanentes de la divinidad.

   Se sabe perfectamente que las experiencias místicas están en esa misma línea. España puede sentirse bien orgullosa de su rica y amplia literatura mística y ascética, que sirvieron – increíble, pero cierto - de fundamento metafísico  para admitir  la “prueba de la existencia de Dios” (Henri  Bergson, 1859 - 1941. Premio  Nobel  de Literatura 1927).  Muchas religiones - afirma el filósofo José Antonio Marina (Toledo, 1939) -, entre ellas la cristiana, han ido evolucionando hacia  grados cada vez mayores de intensidad. He aquí, pues, el porqué de esta breve reflexión “Vuelve dentro de ti.  La verdad habita en el interior del hombre”, que nos regaló uno de los más grandes  teólogos  y filósofos de todo el  Occidente, San Agustín (354 – 430). Los Vedas y los Upanisad hablan del Ser supremo como  situado en la cueva del corazón. Y así en “Katha Upanisad  I, 2, 12 leemos: “La persona inteligente que  medita en su ser reconoce al Ser divino y eterno que habita en la cueva  del  corazón”. Nuestra Santa Teresa de Jesús (1515 – 1582), la más famosa escritora mística, llamaba a  esa cueva “morada interior”.

   Quien replegado en sí mismo, liberado de los deseos, logra mediante la concentración  unirse al Uno (Dios), ve claramente la falta de realidad de los seres. Como gotas de agua, las cosas desaparecen cuando brilla el gran sol. Idea que, desde lejanos tiempos, ha fascinado siempre a la  inteligencia humana: adentrarse en lo más profundo de su espíritu. Ya el divino Platón (c. 427 – 347 a.C) decía algo parecido en su mito de la caverna: Lo que consideramos como seres no son más que  sombras evanescentes proyectadas en la pared de la cueva.  Fuera, al aire libre, luce el sol, el Bien, el único. Ciertos filósofos medievales ya hablaban del “infierno de las diferencias”. Si el ser humano fuera capaz de mirar todas las cosas en Dios, las vería hermanadas, pero la soberbia, el  pecado, la discordia  las independizan. Esta ha sido, sin duda, la trayectoria del ser humano.

   ¡Oh! ¡Si nos pudiéramos dar exacta cuenta de lo que es ese mundo interior que llevamos en el alma! ¡Si pudiéramos comprender cómo el Espíritu Divino habita en nosotros y, además, nos posee!. Verdaderamente, el  Espíritu es el alma de nuestra alma y la la vida de  nuestra  vida; ¡causa pena saber que el hombre con frecuencia olvida ese mundo que lleva dentro! ¡Lástima que, fascinados por las cosas de la tierra, muchas veces perdamos la noción de las cosas  divinas!

¡Ah! A cada uno de nosotros se nos pudiera decir lo que Jesús de Nazaret dijo a la Samaritana junto al brocal del  pozo de Jacob: ¡Si conocieras el Don de Dios! (Jn  4,10). ¡No salgas de tí, benévolo lector!. Ignoras, posiblemente, lo que llevas dentro de tu alma: riquezas sobrenaturales, riquezas 

divinas que puedes maravillosamente explotar. Pues, al fin y al cabo, el hombre está llamado a ser plenamente feliz. Reflexiona y experimenta en tu propio interior porque , nos dice Consuelo Martín, “la  experiencia aporta la única verificación  posible a la verdad trascendente que puede dar total  sentido a la  existencia” (cfr. “Introducción”  a  UPANISAD…, pág. 23 (Madrid,2001).

Vuelve dentro de ti, !amigo lector¡  Alfredo Arrebola
     También en el budismo podemos observar cómo considera que el mundo es una ilusión  mantenida
por el apego, como también  sabemos que toda la  enseñanza de su fundador, Buda (ss. VI-V a.C.), se reducía a las “cuatro nobles verdades”: la verdad de que existe la infelicidad; la verdad de que hay una causa de esa infelicidad; la verdad de que la infelicidad puede cesar; la verdad del camino  que conduce al cese de la infelicidad. El mítico eremita defiende una especie de empirismo espiritual: “Aceptar mis palabras, repetía, con relativa frecuencia, sólo y después de  haberlas comprobado vosotros mismos; no las aceptéis simplemente por la veneración que me  profesáis (…), los Budas sólo indican el camino”. Ese camino se reduce a aniquilar el deseo y alcanzar un nivel diferente de existencia: el nirvana. No lo niego - ¡tampoco me vanaglorio! - de haber estudiado medianamente bien el Budismo.

   Sin embargo, quienes seguimos a Cristo, el Unigénito de Dios, sabemos  cuál es nuestro  camino, que está perfectamente descrito en el Evangelio de Lucas:  “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian (…). A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito  tenéis?  También los pecadores aman a los que los aman (…) Amad a vuestros  enemigos, haced  el bien y prestad  sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es buenos con los malvados y desagradecidos; no juzguéis, y no seréis  juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterá una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que  midiereis se os medirá a  vosotros” (Lc 6, 27- 38).

  Larga cita, es cierto; pero no me quedaba otro remedio que servirme del propio Evangelio que nos enseña que sólo en Cristo - “Camino, Verdad y Vida”, Juan 14,6 – puede el ser humano encontrar la razón última de su existencia y su final. Es posible que no alcancemos a comprender esta doctrina sublime; pero aunque no la comprendamos, ahí están  testigos mayores de toda excepción que nos están indicando que es posible encontrar, partiendo de uno  mismo, en los múltiples y variados “dolores vitales”, la  alegría, y no cualquiera alegría, sino la “perfecta alegría”, siguiendo la senda del divino Jesús de Nazaret, que “pasó por este mundo haciendo el bien”.



Alfredo Arrebola

Villanueva  Mesía-  Granada, Septiembre de 2021

 



Vuelve dentro de ti, !amigo lector¡  Alfredo Arrebola


 

 

miércoles, 1 de septiembre de 2021

¡NO TENGAS MIEDO, BUEN AMIGO!

 Con este nuevo post para la sección Apuntes histórico teológicos, de nuestro amigo Alfredo Arrebola, seguimos abundando sobre cuestiones de interés en este ámbito, esta vez bajo el título: ¡No tengas miedo, buen amigo!



 ¡NO  TENGAS  MIEDO, BUEN AMIGO!

                                  

                                                   

¡No tengas miedo, buen amigo! Alfredo Arrebola

 

 

     Cuanto más reflexiono sobre la relación “Hombre -Dios”, mayores son las dificultades que hallo. ¡La fe y la razón en continua lucha!. No importa. A mi mente acude el ejemplo del famoso teólogo Pierre Rousselot (1878 – 1915) quien, aún a inicios del siglo XX, se vio  obligado a defender la dignidad de la  “fe de los  simples”, de  aquellos  que no podían acceder a las complicadas operaciones apologéticas. Sin embargo, me tranquiliza  haber encontrado a Jesús de Nazaret. Porque, a la verdad, no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en él que no poder  hacerlo.

En este sentido, recojo el pensamiento de  Francisco, nuestro digno Papa: “No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo solo con la propia razón”, cf “Evangelio 2021”, pág. 271. Los creyentes cristianos, afortunadamente, sabemos bien que la vida con él se vuelve mucho más plena y que con él es más fácil encontrarle un sentido a todo. Este es, pues, el sentido trascendental que yo deseo transmitirte, buen amigo: !No tengas miedo!.

  La “verdad subjetiva” - que radica en todo ser humano – también tiene su aspecto psicológico y ético que puede originar, sin duda, la paz y la tranquilidad. Por eso, desde mi humilde actitud cristiana, me atrevo, amigo lector, a animarte a conocer a Cristo a través de los Evangelios. Porque, sirviéndome de las palabras del famoso  profesor de teología  A. Hillaire, estos  son el libro más autorizado; el más íntegro, el más verídico de todos los libros. Estamos por consiguiente, tan ciertos de los milagros de Jesucristo como de sus enseñanzas. Los testigos que los narran los han visto; estos testigos no se engañan; sus narraciones han llegado hasta nosotros en toda su integridad, cf “La religión demostrada. Los fundamentos de la fe católica ante la Razón y la Ciencia” (1944).

¡No tengas miedo, buen amigo! Alfredo Arrebola
    Ya he comentado varias veces que, desde hace muchos años, tengo  por costumbre leer  el “Evangelio del día” en sus textos originales: griego y latín. El Evangelio - ¡sólo hay un Evangelio! - es la única luz que da sentido pleno a mi fe, esperanza y amor, bajo mi  “experiencia personal”. Por ello, posiblemente, me llamaron tanto la atención las palabras del impío J J  Rousseau (1712 – 1778): “¿Cómo recusar el testimonio de un libro escrito por testigos oculares que lo firmaron con su sangre, recibido en depósito por otros testigos que nunca han cesado  de darlo  a conocer en toda la tierra, y por el cual han muerto más mártires que letras tienen sus páginas?”, tal como hemos leído en “Introducción especial a los libros del Nuevo Testamento”, pág. 66 (Zamora, 1963).            

   Es cierto, benévolo lector – creyente o no – que la razón es un huésped incómodo para las religiones, pero hay que reconocer al cristianismo – opina  J A Marina, escritor y filósofo (Toledo, 1939) – que tuvo la osadía de no eludir el problema y pelear durante toda sus historia para hacer compatible la fe y la razón (cf “Por qué soy cristiano”, pág. 109 y “ Haces de luz. Reflexiones filosófico-teológicas”, pág. 13, de A  Arrebola). Podría citar – sin petulancia de “sabiondo – una larguísima lista  de personajes históricos que han intentado explicar esta difícil doctrina, pero permitid, al menos recordar a San Gregorio de Nisa, el Demóstenes cristiano, quien dejó escrito: “De la cultura profana hemos conservado lo que es búsqueda y contemplación de la verdad”, San Agustín, San Anselmo, Santo Tomás de Aquino, quien llegó a decir que la verdad humana y la verdad divina son iguales, y que un hombre que está en la verdad podría disputar incluso con el mismo Dios, porque “la verdad no cambia según la diversidad de las personas. Por eso, cuando uno expresa la verdad no puede ser vencido, cualquiera que sea su adversario” (In Job, cap 13 -2). Y entre otros muchos filósofos y teólogos está el nombre del franciscano San Buenaventura (1217 - 1274), quien prolonga esa alegre confianza con su deliciosa metafísica de la participación de la luz, tal como lo comprobamos en su famoso “Itinerarium mentis in  Deum”. La luz es el componente esencial de las cosas y como escribe el apóstol Santiago: “Toda  dádiva buena y todo don  perfecto de arriba desciende del Padre de las luces” (cf 1, 17), incluida la  inteligencia humana. Es difícil, a la verdad, coordinar fe y razón que, según el Profesor J A Marina, aparece en la elaboración teológico-psicológica del  acto de fe, que es una  compleja peripecia intelectual que ha debido de amargar la vida de muchos cristianos, incapaces de creer del  todo e incapaces de no creer del todo, también (Op cit pág. 111).

    No hay duda de que hay un trágico esfuerzo por complicar - hasta hacerla intransitable – la sencilla y cálida noción de fe que aparece a través de las páginas evangélicas: confianza en Jesús, en  sus palabras y promesas. Bastaría sustituir “fe” por “confianza. En esta misma línea está el pensamiento del  ya referido escritor  Marina el cual nos dice que “confiar” quiere decir creer que alguien no va a defraudar mis expectativas. Es, por tanto, una actitud hacia el futuro, y así la define San Pablo: “Fe es la sustancia de las cosas que debemos esperar”.

¡No tengas miedo, buen amigo! Alfredo Arrebola

   Desde los inicios de mi vida docente (1961), vengo observando esa manía persecutoria contra la religión  cristiano-católica, fuente – guste o no – de la milenaria cultura europea. La ignorancia es posible  que sea la mayor desgracia de cualquier pueblo o nación. Porque la religión, buen amigo, no es un problema de orden sentimental, sino una imposición de la razón y de la conciencia. Hoy más que nunca – hablo con la mayor objetividad posible – deben ser conocidos a fondo los verdaderos motivos de la credibilidad, para afianzarse más en su fe y estar más dispuestos a defenderla y darla a conocer debidamente. ¡Basta ya  de esas chorradas, propias del necio : “Yo no creo en los curas...; yo no he visto  Dios….!. Si eres “creyente”, tienes obligación moral de conocer la “razón de tu fe” (1Pe 3,15).

  La fe es un don sobrenatural – nadie puede decidir tener fe -, fuera de la capacidad de acción  del hombre, que Dios da cuando y a quien quiere. “Nadie puede decir “Jesús es el Señor” si no es por el  Espíritu Santo”, nos dirá San Pablo en “Epístola I a los Corintios (12,3). Y esto se fundamentaba, teológicamente, en dos premisas suicidas por su equivocidad. Una: la fe es un acto de conocimiento. La otra: la fe nos justifica, sólo la fe nos salva. Una y otra son afirmaciones “gnósticas”. Los católicos, influidos por Juan el Evangelista, subrayaron el primer aspecto; el protestantismo, inspirados en San Pablo, el segundo. Por su parte, Calvino (1509 – 1564), cierra el  círculo de la desesperación al unir la necesidad de la fe para salvarse con la incapacidad del creyente no ya de decidir tener fe, sino  ni siquiera de saber si Dios se la ha concedido, es decir, si está salvado o condenado. No le demos más vueltas: la fe es un don gratuito. ¡Pero también hay que trabajarla día a día!

    Grande es hoy el afán por conocer las ciencias  profanas, ya sean teóricas o aplicadas; pero existe un abandono casi total del estudio de la Religión, que, al fin y al cabo es la única que debe hacer felices a los hombres en esta vida y en la otra. Yo, personalmente, no apruebo que la diversidad  de las religiones es “voluntad de Dios”. De ninguna manera. Sólo hay un camino hacia Dios, y este es  Jesucristo, porque El mismo lo dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). Ese Jesús de Nazaret, el “Unigénito de Dios e Hijo del Hombre”, es la única luz para que no tengas, buen amigo, miedo. Sólo me atrevo a darte una recomendación: No olvides las palabras de San Agustín (siglo IV-V), quien peleó con uñas y dientes para salvar los derechos de la inteligencia humana en la fe: “Cree para entender, entiende para creer” (Crede ut  intelligas, intellige tu credas).

 

 

Alfredo Arrebola

 

Villanueva Mesía-Granada, Agosto de 2021.

 

          

¡No tengas miedo, buen amigo! Alfredo Arrebola

martes, 27 de julio de 2021

INELUDIBLE REFLEXIÓN: “LOS EVANGELIOS”, POR ALFREDO ARREBOLA

 Para la sección Apuntes histórico teológicos del blog Ancile, traemos una nueva entrada de nuestro colaborador y amigo Alfredo Arrebola, esta vez bajo el título: Ineludible reflexión: Los Evangelios.

 

INELUDIBLE  REFLEXIÓN:


 “LOS  EVANGELIOS”


 

Ineludible reflexión: Los Evangelios. Alfredo Arrebola

 

    Estas sencillas reflexiones de un  cristiano católico, plenamente convencido por la “Razón” y por la “Fe”, podrían  ser también de suma utilidad para todos los que se consideran “ateos”, agnósticos o  escépticos, con o  sin fundamento “in re”. Sin embargo, con la mayor objetividad posible, se puede afirmar que el conocimiento de la Biblia (Sagrada Escritura), por ser la “Palabra de Dios  escrita”, es siempre de capital importancia y de perenne actualidad. Aún más: La Biblia nos señala la triste trayectoria del azote que la Humanidad ha sufrido desde los más remotos tiempos.

   Nadie  duda ya  que la pandemia de la COVID-19 es  uno de esos flagelos que  marcarán época. Y tal es así, que si la percepción de vulnerabilidad de la Humanidad se consolidara y pasara a ser una experiencia asumida y generalizada,  podría cuestionarse,  y sin miedo, uno de los mitos  de la Modernidad; esto es: que la Humanidad es capaz de ofrecerse a sí misma la salvación. En este sentido, Juan Antonio Martínez Camino, Obispo Auxiliar de Madrid y  Catedrático de Teología, dice que “si la Humanidad es vulnerable y es percibida así, no se podrá ya esperar de ella la plenitud de la que ahora se carece y que de ella espera la cultura pública mundial dominante. La Humanidad no podrá ser tenida por el sujeto anónimo de una acción superadora de todos los límites a los que  ella  misma se ve sometida y que causan tanta insatisfacción y sufrimiento”, cfr. “La fe en tiempos de pandemia”, pág. 10 (Madrid, 2020).

Ineludible reflexión: Los Evangelios. Alfredo Arrebola
    Notamos claramente que el sufrimiento y la muerte tienden a ser ignorados por la ideología del progreso. Cabe, pues, la pregunta: ¿cómo se hace justicia a los que sufren y a los que han sufrido física o moralmente en el pasado, a los muertos, tanto a los difuntos normales como a las víctimas de la violencia injusta?. El teólogo y papa alemán (Benedicto XVI, Baviera, 1927)) cree que aquí  se halla  el  verdadero talón de Aquiles de la ideología del progreso. Si los muertos y las víctimas, en definitiva, cada uno de nosotros, no podemos disfrutar de la vida plena prometida por el progreso, este se revela, al final, como incapaz de instaurar verdaderamente el reino de la moralidad y la justicia (cfr.  “Spe Salvi”, 30)) .

   Es sumamente iluminadora la encíclica de Benedicto XVI – SPE SALVI, 30/XI/2007 -, donde  se lee: “El ateísmo de los siglos XIX y XX, por su raíces y finalidad, es un moralismo, una protesta contra las injusticias del mundo y de la historia universal. Un mundo en el que hay tantas injusticias, tanto sufrimiento de los inocentes y tanto cinismo del poder, no puede ser obra de un Dios bueno. El Dios que tuviera la responsabilidad de un mundo así no sería un Dios justo y menos aún un Dios bueno (…). Ahora bien, si ante el sufrimiento de este mundo es comprensible la protesta contra Dios, la pretensión
de que la Humanidad pueda y deba hacer lo que ningún Dios hace ni es capaz de hacer, es presuntuosa e intrínsecamente falsa. Si de ahí se han derivado las mayores crueldades y violaciones de la justicia, no es fruto de la casualidad, sino de la falsedad intrínseca de esta pretensión. Un mundo que tiene que hacerse justicia por sí mismo es un mundo sin esperanza. Nadie ni nada responde del sufrimiento de los  siglos. Nadie ni nada garantiza que el cinismo del poder – bajo cualquier seductor revestimiento ideológico que se presente – no siga enseñoreándose del mundo” (cfr. Spe Salvi 42).

   Observarás, querido y benévolo lector, qué difíciles y  trascendentales son las cuestiones que toda persona puede plantearse a causa de esta catástrofe que, por cierto, no es la primera vez que la Humanidad se ve azotada y, asimismo, pone en cuestión los esquemas ideológicos por los que la vida se regía hasta entonces. Parece – es la opinión más generalizada – que se trata de una catástrofe de origen natural o fortuito, pero es de realización humana. La pandemia se ha hecho global, porque la vida humana se ha hecho global y la amenaza es percibida de modo global.

   Todo cristiano creyente debería estar plenamente convencido de  que no es la “ciencia” la que redime  al  hombre. El hombre es redimido por el amor. Eso es válido incluso en el ámbito puramente intramundano. Cuando uno experimenta un gran amor en su vida, se trata de un momento de

Ineludible reflexión: Los Evangelios. Alfredo Arrebola
“redención” que da un nuevo sentido a su existencia. Pero muy pronto se da cuenta también de que el amor que se le ha dado, por sí solo, no soluciona el problema de su vida. Es un amor frágil. Puede ser destruido por la muerte. El ser humano necesita de un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: Ni muerte, ni vida, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rom 8,38-39). Si existe ese amor incondicionado – ningún cristiano creyente lo duda – con su incondicionada certeza, entonces, solo entonces, el hombre está “salvado”, y ya puede sucederle lo que sea.  Y esto es lo que entendemos cuando  decimos que Jesucristo nos ha “salvado”. Por El estamos seguros de Dios, de un Dios que no es una lejana “causa primera” del mundo” , porque su Hijo unigénito se ha hecho hombre y cada uno puede decir de El: “Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí” (Ga  2,20), leemos en “La fe en tiempos de pandemia”, pág. 29 (Madrid, 2021). 

Es cierto -filosóficamente hablando – que siempre fue considerado el hombre como un resumen del mundo, y en especial de los reinos de la Naturaleza inferiores a él: siempre se supo que el hombre podía ser tal resumen no como simple suma, sino mediante su trascendencia, su ser espiritual, entendida esa trascendencia como una capacidad de absoluto, una apertura al ser, y, en última instancia, como un oído abierto a Dios. Entendido así el hombre, no tiene más que a Dios por encima. Esto le hace rey de la Creación, “obligado a servir al mundo para Dios, y a Dios para el mundo, lo que eleva al hombre a la dignidad de la libertad real (cfr. “El problema de Dios en el hombre actual”, pág. 94).

Todos estos dones los alcanzó el hombre solo por el inmenso amor de Dios - el “Logos” hecho carne (Jn 1, 14) - en la persona de Jesús de Nazaret, cuya vida y milagros están perfectamente desarrollados en  el “Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, según Mateo, Marcos, Lucas y Juan”.



Alfredo Arrebola

Villanueva  Mesía - Granada, Julio de 2021.

                                            

 
Ineludible reflexión: Los Evangelios. Alfredo Arrebola