miércoles, 20 de abril de 2011

SOBRE EL AMOR: DE JUICIOS, PARADOJAS Y APOTEGMAS.



Sobre el amor 1, De juicios, paradojas y apotegmas, Francisco Acuyo


INAUGURAMOS sección intitulada (después de un prolongado espacio de tiempo sin ofrecer nada –ni en viejas o nuevas secciones- en Ancile, motivos de trabajo y fuerza mayor me han obligado a este fastidioso parón): De juicios, paradojas y apotegmas. Se caracteriza esta flamante entrada por tener un carácter genuinamente espontáneo (aunque reflexivo y reflexionado), inspirado por lecturas, vivencias o meditaciones que, a la sazón, han dejado un poso lo suficientemente importante para considerarse dignas de ser reservadas para su contemplación y ofrecimiento por escrito a quien pudiere interesar, sin que esto sea privativo de que en algún momento y en algún lugar -fuera del blog-, puedan ser ofrecidas y también publicadas. Otra de sus peculiaridades sería su carácter heteróclito o heterogéneo: la temática, la argumentación, la misma exposición no guardarán un orden ni explícito ni implícito, por lo que puede resultar desdeñable a aquellos espíritus entregados al rigor de lo metódicamente científico, pero es que nuestra intención no es tanto la de mostrar cualidades ponderadamente positivas y metodológicas como la de animar a la meditación, lectura y compromiso con las diversas y muy variopintas motivaciones que inspiraron estos juicios en forma, muchas veces de paradojas y de poco o nada pretenciosos apotegmas. Así las cosas, estas apreciaciones aquí ofrecidas no aspiran, al menos en principio, más que a instigar a la reflexión y posterior comentario, a quien tuviere a bien llevarlo a cabo. Así, lecturas varias sobre el tema del amor (Novalis, Khrisnamurti, Juan Ramón Jiménez…) se extrajeron ligeras exposiciones, como decía,  en su redacción, las cuales no implican que sean poco meditadas o interiormente elaboradas y que, aquí, hacemos exteriores con este primer título que se suscribe como: Sobre el amor.




SOBRE EL AMOR




Sobre el amor 1, De juicios, paradojas y apotegmas, Francisco Acuyo



MUY bien puede suceder que, al indagar en las aproximaciones sobre el tópico del amor en estas líneas, se valore que tal apreciación al respecto cualifica el concepto, la idea, el elemento, el impulso, e incluso la negación del amor a parangones calificados como sobre o inhumanos; tal es la singularidad que, al menos en principio pudiera estimarse de su apreciación. Cuando barajamos el amor como concepto, se identifica de común con nuestro pensamiento y emociones, y casi siempre ligado a la imagen de una (o varias) personas que estimamos como amadas. Mas si inquirimos con rigor, vemos que el amor (como concepto) no puede ser pensado, lo cual, no deja de resultar harto paradójico, sobre todo si estimamos que el amor –conceptualmente- es considerado como una de las más depuradas elaboraciones (abstracciones) de las que es capaz el ser humano (pasadas o no por el matiz emocional o sentimental), advirtiendo además que todo ello parece producto del pensamiento. Es razonable decir que amamos (no sólo con el corazón, también) con nuestra mente, si esta es entendida como el instrumento catalizador de todos los pensamientos, pero, ¿en realidad puede el amor ser pensado, puesto en la práctica y tratado cuantitativamente?
                A fuer de parecer contradictorio en nuestras indagaciones, cabe pues, interrogarse sobre si en verdad amamos con la mente (como vehículo, o, mejor como instrumento de utilidad para la consecución de fines en nuestra vida), y si esto es en verdad posible.
                Sucede que, con el amor, acaso como con otros potenciales o aspirantes a sublimes conceptos (véase la poesía, por ejemplo), no pudiendo ser definidos precisamente, podemos acceder a ellos mediante un ejercicio especial como es el de la negación, es decir, reconociendo lo que, razonablemente, no puede ser considerado en puridad como amor, así por ejemplo: no es ánimo posesivo, no puede ser exclusividad, certeza… todo lo cual diríase que nos llevará a la conclusión de que el amor no es asumible mediante el pensamiento, entendido este como la entidad habitualmente intelectual finalista que todos conocemos de consuno.  Pero en realidad, en este elemento práctico utilitario y finalista que fundamenta nuestro pensamiento radica la contradicción y la imposibilidad del amor, y es que de ser así amamos para recibir, de lo cual cabe inferirse que, en realidad, no amamos, y es que  a mi juicio, en esta generosidad mental no puede encontrarse el amor, pues como producto de la mente, es siempre egoísta, pues busca seguridad, certeza, durabilidad, autocomplacencia….
                Colegimos de todo lo anteriormente expuesto que el amor no puede ser producto del pensamiento, de la mente (utilitaria), de la búsqueda de seguridad e interés propios, en fin, de la personalidad, si es que en realidad consideramos el amor como algo en verdad imponderable, como energía vital, creativa que no responde al anhelo mental en pos de recibir algo de aquí, del tiempo, del interés, de la gratificación… Más allá del pensamiento, del sentimentalismo, de la emoción misma es donde podemos atisbar el amor verdadero.
                La pasión amorosa está íntimamente ligada a la vida y, como adelantaba, a todos los procesos verdaderamente creativos: es decir, no aspiran a una utilidad finalista, sino que viven sencilla e intensamente en y para la contemplación de lo hermoso conseguido, que diría el gran Juan Ramón Jiménez, y que no es de uno, y que no cabe aprobarse ni condenarse y de donde no puede deducirse contradicción, pues asume el peligro de su siempre entusiasta, viva, consciente, perceptiva contemplación como movimiento purificador de nuestro yo y que nos lleva más allá del mismo, y ahí es  donde radica esta extraordinaria y al mismo tiempo genuina revelación y donde adquiere su elevado y al tiempo cotidiano, no significado, sino ser que denominamos amor.





                                                                                                              Francisco Acuyo




Sobre el amor 1, De juicios, paradojas y apotegmas, Francisco Acuyo

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