lunes, 12 de marzo de 2012

DON QUIJOTE EN EL NUEVO MUNDO (CLAVILEÑO EN AMÉRICA) I

 Ofrecemos en esta ocasión en nuestro blog Ancile, de la mano del profesor Tomás Moreno una interesantísima relación de artículos, en forma de trilogía, sobre la inmortal temática del Quijote, de nuestro nunca suficientemente ponderado Miguel de Cervantes. En esta primera entrega, Clavileño en América, de Don Quijote en el Nuevo Mundo.


Don Quijote en el nuevo mundo I, Clavileño en América, Tomás Moreno


Don Quijote en el Nuevo Mundo (Clavileño en América)[1] (1)
“Que en las tierras de Indias, desde hace trescientos años tenemos a Cervantes como el mejor Virrey” (José Santos Chocano).

I. Aquella mañana, en clase de Literatura, el profesor nos habló del Quijote y de su autor, Cervantes. Al principio me pareció un “rollo” insoportable pero, poco a poco, las aventuras y episodios de la obra, que el profe iba comentando, suscitaron mi interés. Al final de la clase, el profesor nos propuso que redactáramos un pequeño ensayo relacionado con el libro, sugiriéndonos algunas temáticas concretas; decidí que tenía que intentar leer ese libro tan divertido y famoso para poder desarrollar el trabajo con algún fundamento y conocimiento. El episodio que más gracia me hizo fue el relacionado con la aventura de Clavileño. Me pareció un relato de ciencia ficción pero en clave humorística, claro, como afirman los expertos y eruditos que está escrito todo el libro, aunque ellos utilicen el término, más preciso, de parodia.
            Al llegar a casa consulté la biblioteca de mi padre buscando información y, ¡albricias! (como dicen en los comics) encontré no uno sino varios Quijotes en los anaqueles de la misma. Uno de ellos era de los años cuarenta del pasado siglo, fue propiedad de mi abuelo y está editado por “Razón y Fe”, Madrid, y su “anotador”, Francisco Rodríguez Marín. En la portada se ve a Don Quijote saliendo de su casa y en la sobrecubierta la leyenda “y por la puerta falsa de un corral salió al campo…”; las ilustraciones son de Gustavo Doré, preciosas. Otro es de Martín de Riquer, de Planeta. Hay un tercero de la editorial Aguilar, de Barcelona; pero el más reciente, es el editado por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española en Alfaguara (2004), con edición y notas de Francisco Rico, en Conmemoración del IV Centenario de su publicación[2]. Éste es el que elegí para elaborar mi ensayo. ¡Ah!, se me olvidaba, el tema del mismo versará sobre Don Quijote en el Nuevo Mundo.
Don Quijote en el nuevo mundo I, Clavileño en América, Tomás Moreno
            Y, manos a la obra, me puse a hojear el libro; leí los dos primeros capítulos y, a salto de mata, curioseé por los distintos episodios de la novela, hasta encontrar el capítulo XLI, de la segunda parte del Quijote, que Cervantes intitula: De la venida de Clavileño, con el fin de esta dilatada aventura. Cuenta en él, en efecto, el episodio de Clavileño, que tanto me divirtió al escucharla por boca del profesor aquella mañana en clase. La aventura sigue a la farsa de Merlín y a la de la condesa Trifaldi, o dueña Dolorida, que con un grotesco cortejo de damas barbudas se presenta a Don Quijote para pedirle que vaya a la lejana tierra de Candaya a desencantar a la infanta Antonomasia y a don Clavijo, convertidos por el gigante Malambruno, ella en una simia de bronce, y él en un espantoso cocodrilo. Sólo a Don Quijote está reservada la hazaña de hacerles recobrar su primitiva forma. Los criados del duque realizan toda esta farsa con notable habilidad y, como anoté en mis apuntes de clase, “remedando con verdadero acierto las situaciones, el estilo y el lenguaje de los libros de caballerías”.
            Para ir a Candaya es preciso montar en un caballo de madera llamado Clavileño el Alígero - cuyo nombre conviene con el de ser de leño y con la clavija que trae en la frente y con la ligereza con que camina- que lleva rápidamente a quien lo cabalga por los aires a las regiones más apartadas. Don Quijote y Sancho montan en el caballo de madera, que acaban de traer cuatro salvajes; les cubren los ojos con un pañuelo y acercándoles al rostro aire producido con fuelles y estopa quemada, les hacen creer que vuelan por las regiones etéreas, hasta que hacen explotar los cohetes que Clavileño lleva en su interior, lo que lo hace estallar, derribando y dejando maltrechos por los suelos a don Quijote y a Sancho. Allí, en el mismo sitio donde creían haber partido para tan extraordinario viaje, hallan un pergamino en el que se afirma que la aventura de la Trifaldi se ha acabado y que Don Clavijo y Antonomasia han recobrado su “prístino estado” gracias al esfuerzo de don Quijote, quien verá a Dulcinea desencantada cuando se cumpliere el escuderil vápulo.
            Según me he informado[3], en este episodio Cervantes parodia el asunto del viejo romance francés de Cleomadés, escrito en el siglo XIII por Adenet le Roi, que se conocía en España gracias a la adaptación en prosa titulada Historia de Clamadés y Clarmunda, en la que el maravilloso caballo volador de madera es un elemento mágico que es tratado con toda seriedad. Ya en la antigüedad clásica existieron vuelos experimentales parecidos a lomos de un caballo mágico también: el viaje al Olimpo de Pegaso, el  mito de Belerofonte, que nos cuenta Eurípides, parodiado, después, por el socarrón Aristófanes en su comedia La Paz, haciendo sustituir el corcel volador por un escarabajo gigante. El caballo alado fue durante muchos años lugar común y patrimonio de la literatura fantástica: el enano Pacole, protagonista de la novela de caballería Valentín y Orsán, se construyó, por ejemplo, un caballo mágico que con la misma rapidez que un pájaro se trasladaba por el aire de un lugar a otro.
            El caballo fue siendo sustituido por otros medios de transporte aéreo: las alas de cera de Dédalo, las alas de pájaros que transportaron a Icaromenipo (de Luciano de Samosata) hasta la luna, las águilas gigantes utilizadas por el Gulliver de Daniel Defoe, Francis Godwin y Cyrano de Bergerac, en el siglo XVII, viajaron en su fantasía a la luna, con medios más sofisticados. Un siglo antes de Leonardo había diseñado máquinas voladoras algo más aerodinámicas que el golpeador artefacto de madera construido por el sabio Merlín. Pero, lo destacable, sobre todo, es que Cervantes anticipa un género literario que tendrá cuatro siglos más tarde una gran popularidad: el de la ciencia-ficción, los viajes espaciales y la realidad virtual. Antes que Cyrano de Bergerac, el Baron de Münchhausen, Julio Verne, Melies, Wells y la NASA, Don Quijote y Sancho Panza fueron los primeros astronautas y Clavileño fue la primera nave espacial. Antes que Matrix o que El show de Truman, Cervantes es capaz de anticipar la realidad virtual de nuestros días: el artificio urdido por los criados del duque para dar impresión de realidad a los burlados viajeros, con las sensaciones provocadas por los fuelles que soplan a espaldas de los jinetes y por las estopas que les son aproximadas a las barbas, haciéndoles creer que atraviesan las regiones de los meteoros y del fuego sin haber despegado, en realidad, del suelo del jardín, así nos lo sugieren.

II. Algo cansada, después de recoger estos datos eruditos sobre el tema en las historias de la ciencia-ficción que pude consultar, una especie de sopor me embargó, cerré los ojos… Por unos instantes me pareció estar viendo, entre una especie de espesa bruma, como entre sueños, a nuestros ínclitos viajeros imaginarios, magullados, doloridos, medio chamuscados por el fuego de las estopas y molidos sus huesos por el traquetreo de la máquina equina voladora: Don Quijote, aproximándose a mí con expresión inquietante o enigmática, no sé, pero con un tono de voz confidencial y cordial, me dijo:
Don Quijote en el nuevo mundo I, Clavileño en América, Tomás Moreno
            - ¡Esta vez, hermosa doncella, los burladores han sido burlados por mi capacidad de simulación y los encantadores confundidos! Todos, incluido el pobre Sancho, han creído, a pies juntillas, que nuestro viaje por las regiones del aire y del fuego ha tenido feliz acabamiento, una vez traspasadas las “siete cabrillas”.
            Pues has de saber, joven amiga, que antes de subir a Clavileño, sospechando un nuevo ardid de los duques y de sus criados, me previne contra un posible encantamiento tomando una porción del bálsamo de Fierabrás. Cuando volábamos por la región del fuego no consentí que mi fiel Sancho descubriera sus ojos para contemplar el panorama que mostraba la tierra desde las alturas. No me hizo caso, pero el encantador que me persigue, envidioso de mi hazaña voladora, erró su objetivo de confundir mis percepciones, poniendo nubes y cataratas en los ojos de mi fiel escudero y haciéndole creer que divisaba la región de las siete cabrillas. Mientras tanto yo, protegido por mi ungüento mágico, he tenido la ocasión de visitar el lugar con el que soñó mi padrastro, o mejor, mi padre y señor Don Miguel de Cervantes: el lugar del Paraíso[4], las llamadas, en mi tiempo, Indias Occidentales.
            - Os referís a América, ¿No?, respondí curiosa.
            - Así es como errónea e injustificadamente la llamó un explorador y navegante tudesco de infausta memoria y de nombre Weisdemuller, debiendo llamarse Colombia en homenaje a mi hermano de espíritu y hazañas don Cristóbal Colón.
            - Precisamente, señor don Quijote, tengo que escribir un ensayo sobre don Quijote en el nuevo mundo. Esta conversación me interesa mucho. Pero, dígame, cómo fue posible que visitarais América, como antes asegurabais, si al parecer Clavileño, según el libro de Cervantes, no despegó sus patas del jardín de los duques, ni se movió del lugar un palmo. Vuestra anterior explicación no parece verosímil. Además, la supuesta aventura apenas duraría unos minutos.
Don Quijote en el nuevo mundo I, Clavileño en América, Tomás Moreno
            - Como todas estas cosas y estos tales sucesos van fuera del orden natural, querida niña, es lo mismo un segundo que cuatro años y un centímetro que miles de leguas… además, como dije en otro momento refiriéndome a la belleza sin par de Dulcinea, puesta en duda por la incredulidad de mi fiel Sancho, cuando me refiero a cualesquiera realidad yo imagino que todo lo que digo es así sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo. No solo viajé por el espacio americano sino también por el tiempo, comprobando la huella de mi fama y hazañas en esas tierras.
            - ¿Te hubiera gustado, le pregunté, correr por América tus hazañas y aventuras? Aunque, posiblemente no… puesto que allí no tuvieron caballeros andantes ni conocieron los libros de Amadís, de Palmarín o del Caballero del Febo.
            - ¿Cómo que no?, respondió don Quijote airado. Cien años antes de haber salido yo a vivir la vida de aventuras, por obra y gracia de un viejo soldado manco y heroico, ya andaba mi espíritu quijotesco encarnado en otros aventureros andantes tenidos, como yo mismo, por locos, recorriendo con sus hazañas estas mismas tierras y mares[5]. El primero entre los primeros era de orígenes hebreos y de oscuro nacimiento: tenía la cabeza llena de fábulas, de lecturas, de enciclopedias medievales, como yo mismo, y acabó codeándose con reyes y alcanzando el título de Almirante del Mar Océano y Visorrey y Gobernador general de las Indias. Se llamaba Cristóbal Colón[6].
            - ¡El descubridor de América!
            - En efecto, de la misma manera como a mí me ocurrió, según cuenta mi cronista - (…) puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérselo a sí mismo y en este pensamiento, duró otros ocho días y al cabo se vino a llamar don Quijote-, Colón decidió llamarse don Cristóbal. Tan exacto es lo del quijotismo de Colón que no hay biografía suya que no lo registre - ya sabes, fermosa damita, que mi afición a leer forma parte de mi ser mas profundo y que, después de muerto en la ficción, aún no me ha abandonado-.
            Para muestra, considerad estas líneas de Salvador de Madariaga, un ilustre admirador mío: el espíritu quijótico de Colón inspira todas sus páginas históricas. El descubridor andante se describe a sí mismo como desde el principio como don Cristóbal Colón, antes de que nadie le haya autorizado a llamarse así. La primera condición que registra el documento es que sus Altezas habrán de hacer al dicho Colón su Almirante “en todas las islas tierras firmes que por su mano e industria le descubrieran o ganaren en las dichas mares océanas”. La segunda condición que impone don Quijote Colón es la de “ser Visorrey y Gobernador General”.
            - ¿Visorrey?
            - Si, Visorrey es lo mismo que virrey o representante de los reyes en tierras lejanas.
            - Ya… (continuará)


                                                                                                       Tomas Moreno



[1] Una de mis, llamémosle, manías a lo largo de mi larga dedicación a la enseñanza como profesor ha sido la de guardar aquellos trabajos de mis alumnos que más me gustaron o impresionaron. He tratado de hacer una limpia de los que merecían ser conservados y al revisarlos he encontrado  éste que transcribo, de una alumna del bachillerato, realizado con ocasión del Cuarto Centenario de la publicación de la inmortal obra. Me ha parecido interesante compartirlo con mis benevolentes lectores.
[2] Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Edición del IV Centenario, RAE, Alfaguara, Madrid, 2004.
[3] Aunque mi alumna no presentó el trabajo con notas bibliográficas (sólo indicó una bibliografía general) creo haber podido identificar algunas de las fuentes de su trabajo, bien por los libros que estaban  a su alcance en la biblioteca del departamento o por los que directamente le presté. Esta primeras informaciones proceden de Yuli Kagarlitski, ¿Qué es la ciencia-ficción?, Guadarrama, Barcelona, 1977, pp. 19-57. En adelante, con esta salvedad hecha, citaremos sólo aproximativamente.
[4] La palabra “América” va asociada desde su origen mismo a las de utopía y paraíso. América fue desde el principio el pais de la utopía. Allí misioneros, conquistadores, idealistas, visionarios quisieron encontrar desde su descubrimiento el lugar del Paraíso. Sobre las relaciones Utopía-América véanse: Fernando Ainsa, De la Edad de Oro a El Dorado. Génesis del discurso utópico americano, FCE, México, 1992; Beatriz Fernández Herrero, La utopía de la aventura americana, Anthropos, Barcelona, 1994; Georges Badout, Utopía e historia en México. Los primeros cronistas de la civilización mexicana (1520-1569), Espasa Calpe, Madrid, 1983; Carlos Fuentes, Valiente Mundo Nuevo, Mondadori, Madrid, 1990.
[5] Muy probablemente estas informaciones sobre el carácter quijotesco y utópico de la aventura americana las ha recogido del bellísimo ensayo de Germán Arciniegas: Don Quijote demócrata de izquierda, en Revista de Occidente, nº 142, Madrid, 1975, pp. 98 y ss. En él, Germán Arciniega  alude a lo que denomina “las tres edades del Quijote” y escribe lo siguiente: “Cien años antes de haber salido Don Quijote a vivir la vida de aventuras que todos conocemos, ya andaba él, como un loco, por España y América. Las tres edades de Don Quijote están a la vista: primero fueron sus aventuras de un siglo antes de que Cervantes tomara la pluma para escribir “su historia”, es decir: su pasado. Luego viene el Quijote que se publica entre 1605 y 1615; es su segunda edad. Por último, el Quijote se sale del libro, de la Mancha, de las manos de Cervantes, y empieza su tercera edad, ya eterna, universal”.
[6] Sobre la mentalidad mítico-mesiánica y utópica de Colón cfr. Juan Gil, Mitos y utopías del Descubrimiento. I Colón y su tiempo, Alianza Universidad, Madrid, 1989. 



Don Quijote en el nuevo mundo I, Clavileño en América, Tomás Moreno

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