viernes, 11 de noviembre de 2016

BELLEZA, MENTE Y MATERIA

Prosiguiendo con las relaciones entre la mente (y sus diferentes  acepciones: alma, psique, espíritu) y la materia, esta vez atendiendo a conceptos capitales como es el de la belleza, bajo el título, Belleza, mente y materia, y todo para la sección, Pensamiento, del blog Ancile.

Belleza, mente y materia, Francisco Acuyo




BELLEZA, MENTE Y MATERIA





Belleza, mente y materia, Francisco Acuyo



 CUANDO Heinrich Hertz[1] reflexionaba sobre su sentimiento (intuición) sobre las fórmulas matemáticas que describía como entidades vivas (e inteligentes), y cuya sabiduría trasciende la de los mismos descubridores, planteaba de facto una  cuestión nada baladí, sobre todo si inferimos que de esa abstracción –ideal, al fin y al cabo- se deduce jurisdicción universal traducida en belleza, y deduciendo el no menos interesante y sorprendente curioso equilibrio –simetría- que diría ofrecer un cambio sin cambio,[2] o lo que es lo mismo, capacidades de transformación que, sin embargo, no acaban de optar por dicha opción física de cambio.
                Podemos constatar la abstracción e idea de la belleza desde la óptica pitagórico platónica mediante la que se descubre la belleza de la materia a través del número[3] o de la idea pura de la mente (véanse por ejemplo, la representación de los sólidos platónicos)[4] y de la intuición de que la estructura material o física es deducible de la simetría y su realidad ideal y física en íntima relación; también podemos comprobar aquella belleza más allá de los objetos y las sensaciones sobre los mismos, es decir de una forma dinámica como la que nos advertía Newton a través de las leyes físicas y la consideración de las condiciones iniciales que dan lugar a cualquier sistema físico.
                 En cualquier caso, aquel dinamismo eficiente manifiesto en simetría anteriormente enunciado como fuente de belleza, no es óbice para la consideración de una belleza deducida desde Uno inmutable que parte de Parménides y que se resuelve admirablemente  en la modernidad con las matemáticas de Hermann Weyl,[5] para quien el mundo objetivo no ocurre o sucede o se mueve, sino que simplemente es, cuestión deducible en relación al tiempo y el espacio como realidades primarias y pretendidas en una singular descripción total, integrada, holística y fundamental de la realidad que, no obstante, dejaría fuera necesariamente las condiciones iniciales, pero ofrece una visión que deja de revestir una concepción profundamente bella del mundo.
Belleza, mente y materia, Francisco Acuyo
                Puede deducirse de todo lo antecedido que la belleza puede ser un útil nada despreciable para la búsqueda y la constatación de la verdad, además de tener que reconocer el poder real que encierra como vía de entendimiento del universo. La creatividad –como capacidad generativa- también puede considerarse como una forma de belleza profundamente importante para la comprensión de la realidad, si es que en verdad puede acerarnos a los infinitos a los cuales no tenemos acceso, pero sí capacidad para describirlos, pongamos por ejemplo el caso de la luz[6], y es que la manera en la que la percibimos (lo mismo que el sonido) es cualitativamente diferente a su realidad. En cualquier caso no deja de resultar fascinante que aquello que contiene la belleza, en su profundidad, es insólita o, como díría Franz Wilczek, es tan extraña como bella su extrañeza[7].
                Que los patrones matemático musicales y los que gobiernan el corazón de la materia sean tan extraordinariamente parecidos y siempre vinculados a la idea de la belleza es una ¿coincidencia? cuando menos turbadora, pues conectan con la idea platónica de que los átomos encarnan ideales (así lo deducía de sus sólidos platónicos), y es que así la geometría de los sólidos ideales están emparentados con la simetría que se traduce en las ecuaciones de la moderna física de los cuantos.
Belleza, mente y materia, Francisco Acuyo
Vemos que el impulso creativo está íntimamente ligado a la esencia misma de lo que la belleza sea y donde lo ideado mentalmente tiene una estrecha conexión con lo materialmente expreso y realizado en la naturaleza misma, lo que nos lleva a inferir que la propia imaginación sea capaz de crear materia (imaginemos los materiales del futuro que se generarán de la idea) y de proyectar la mente hacia cualquier objetivo imaginable.
                Si la simetría (madre de toda belleza) en las matemáticas mantiene una conexión inmutable  con las leyes físicas cuyas cantidades no cambian y hace que se conserven y cuya simetría equivale o lleva nada  menos que a realidades físicas como las de la conservación (de la energía)[8], ¿por qué el arte, el pensamiento, la misma poesía no han de beneficiarse de esa simetría origen de toda belleza? De esa idealización matemática cabe constatarse un factor capital de la materialidad física del mundo, a saber: que la energía es la cantidad que aparece en el teorema y permanece constante en el tiempo. La belleza de sus ecuaciones casan con la verdad de las  mismas.
                Deducíamos por vía diferente pero no menos abstracta las relaciones de la materia y su bello equilibrio en determinadas manifestaciones, nada menos que con el sufrimiento[9] o inferida del principio de lo terrible que advirtieran Rilke, Blake –temible simetría, en relación a la belleza del tigre- o Pascal ante la contemplación de la bella inmensidad del universo (que puede infringir angustia o ansiedad). La percepción de lo bello implica un reconocimiento de un constructo modélico destinado a perdurar,[10] pues trasciende la apariencia y aspira a una realidad duradera. Más allá de una vivencia estética, este concepto de belleza que tratamos de exponer conlleva manifestar que: El impulso creativo y la percepción (entendimiento, aprehensión, integración) de lo bello participa de aquella mismidad que, partiendo de una experiencia del yo, en realidad se aprecia como una vivencia del no yo, pues en aquella liberación del yo se verá lo que era y permanecerá ahora y siempre[11].
                Hablaremos en próximas entradas sobre la belleza entendida por la poesía como deducción o, mejor como abstracción y  aporte y deuda hacia (con) la realidad de la materia.


Francisco Acuyo




[1] Heinrichz Rudolf Hertz (1857-1894), físico nacido en Hamburgo que descubrió los efectos fotoeléctricos y la propagación del fenómeno del electromagnetismo; la frecuencia como unidad de medida lleva su nombre, el hercio.
[2] Wilczek, F.: El mundo como obra de arte, Crítica, Barcelona, 2015, p. 145.
[3] Es lo que se denomina simetría de traslación temporal mediante la que se dice que las leyes físicas siguen iguales o son invariantes bajo dicha transformación y que está conectada con el teorema de Emmy Noether para la conservación de la energía.
[4] A través de su famoso teorema deduce las relaciones entre los números y los tamaños así como con las formas. Si el número es el producto puro de la mente por excelencia, y el tamaño característica primordial de la materia, puso en evidencia la estrecha relación (o unidad oculta) entre la mente y la materia.
[5] Solo para la mirada de mi conciencia, gateando por la línea de vida de mi cuerpo, una sección de este mundo adquiere vida como una imagen fugaz en el espacio que cambia en el tiempo, decía Weyl
[6] N percibimos, por ejemplo las frecuencias de luz infraroja o ultravioleta…
[7] Wilczek, F.:, nota 2, p. 174.
[8] El genial teorema de Emmy Nother pone en relación la simetría con la ley de conservación. De aquí cabe deducirse que las leyes de la física que rigen hoy debieron y deberán regir igualmente, así, toda simetría de las leyes implica conservación de alguna clase de cantidad física, para la simetría de traslación la cantidad conservada será la energía.
[9] Acuyo, F.: Elogio de la decepción y otras aproximaciones a los fenómenos del Dolor y la belleza, Ediciones Jizo, Colección Origen y destino, 2013, p.101.
[10] Ibidem, p. 102.
[11] Ibidem, p. 174.




Belleza, mente y materia, Francisco Acuyo

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