Ofrecemos la segunda parte de La vívida heredad, para la sección de De juicios, paradojas y apotegmas, del blog Ancile, esta vez bajo el título de La
diversidad genética y el decurso irracional de la historia.
LA
DIVERSIDAD GENÉTICA
Y EL DECURSO IRRACIONAL DE LA HISTORIA
La diversidad
genética ha llevado, en no pocos y muy tristes episodios de la historia de la
infamia, a impeler ensalzando una suerte de peculiar impulso irracional –tribal
la más de las veces- reconocido (y enmascarado) bajo el tamiz de determinados
intereses ideológicos y políticos, los cuales, tozudamente, se empecinan en
trascender cualquier realidad no diferenciadora de sus anómalos, irreales y
casi siempre estrafalarios argumentos de distinción (raciales, lingüísticos,
culturales, por supuesto, genéticos…), que ponen una vez tras otra en evidencia
lo nefando, irracional e irrisorio en tantas ocasiones de todos y cada uno de
sus presupuestos. Mas esto lo traemos al inicio de esta segunda parte de
nuestras reflexiones, más que porque pretendamos una refutación (de lo racional
evidente) en circunscripciones ideológicas, políticas, culturales, o, siendo
este último dominio el que nos ha traído hasta este opúsculo apresurado, nos
referimos a la biología, intoxicadas todas ellas por esta peligrosa tendencia,
y todo, decimos, porque el proceso evolutivo del ser humano (que se dice no ha
cesado hasta la fecha) muestra una comunidad cada vez más uniforme en su
potencial heterogeneidad. Hay quienes piensan que este proceso es el que ha
traído, como reacción, esta vuelta a los reductos y valores de la tribu, frente
a la dinámica globalizadora de nuestra sociedad. En realidad este proceso no es
nada nuevo. La involución tribal no es más que un pálido reflejo de grupos
impositores (e impostores) de intereses más o menos confesables respecto a
otros grupos que pudieran ser una amenaza de aquellos rendimientos –vergonzosos-
cualesquiera que pudiera ser su naturaleza u origen. Pero esto no es lo que más
interesa a nuestros propósitos expositivos y de reflexión.
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De todo aquello tan
urgentemente enunciado en los párrafos anteriores dará cuenta la historia del
pensamiento (la filosofía, el arte y, aún la ciencia, a través de disciplinas
como la misma psicología, sin dejar de contar con las manifestaciones
religiosas más profundas) que no hace sino indagar y preocuparse por trascender
sus propias limitaciones en pos de un entendimiento veraz de la naturaleza y
destino humanos. Nos parece este el momento oportuno para plantear una cuestión
ética –y estética, no lo duden- que trasciende también este ámbito y que no nos
parece nada baladí, a saber: ¿cuál debería ser la causa común a perseguir por la estirpe humana? Trataremos de dar
respuesta en el siguiente capítulo de este sintético corolario sobre la
naturaleza y designios del ser humano al albur de los movimientos culturales,
políticos, ideológicos y científicos que competen para un dictamen cada vez más
necesario y perentorio.
Francisco Acuyo
[1] Condicionantes que se
manifiestan a través de preguntas que sobre hechos como por ejemplo, el sentido
de la propia existencia y la ineludibilidad de la muerte, de la enfermedad, de
la vejez, del sufrimiento en general en nuestro tránsito existencial, por qué
las cosas son y suceden como suceden y no de otra manera, y que atañen no sólo
a la filosofía como disciplina de explicación abstracta de estas cuestiones,
sino que atañen a la ciencia, a la ética, al arte… y en definitiva a la actitud
vital del ser humano.
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