viernes, 17 de septiembre de 2010

CARPE DIEM: AL ALBUR DE ALGUNOS VERSOS DE D. LUIS DE GÓNGORA.

He aquí unas reflexiones expresas brevemente sobre la temática proverbial del Carpe diem horaciano, por ejemplo, en la poesía del gran D. Luis de Góngora, y de buena parte de la tradición renancentista y del barroco, a modo de introducción a la concepción de lo que en posteriores apuntes y entregas mostraré sobre el tiempo poético.

Carpe diem: al albur de algunos versos de D. Luis de Góngora, Francisco Acuyo






CARPE DIEM: AL ALBUR DE ALGUNOS
 VERSOS DE D. LUIS DE GÓNGORA.




Carpe diem: al albur de algunos versos de D. Luis de Góngora, Francisco Acuyo


Mientras por competir con tu cabello


Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano;
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello;

goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,

no sólo en plata o vïola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.





De la brevedad engañosa de la vida


Menos solicitó veloz saeta,
destinada señal, que mordió aguda;
agonal carro por la arena muda
no coronó con más silencio meta,

que presurosa corre, que secreta,
a su fin nuestra edad. A quien lo duda,
fiera que sea de razón desnuda,
cada Sol repetido es un cometa.

¿Confiésalo Cartago, y tú lo ignoras?
Peligro corres, Licio, si porfías
en seguir sombras y abrazar engaños.

Mal te perdonarán a ti las horas:
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años.



CARPE DIEM

O LA NATURALEZA DEL TIEMPO


DE LA INTERPRETACIÓN, COMENTARIO Y SINOPSIS de la primera y, sobre todo, de la undécima oda (y de algún epodo), deducimos, al margen de la exposición de motivos de índole poética y encomiástica al benefactor (Mecenas), una suerte de descriptio del presumible transcurrir del tiempo. El hecho de que su dedicatoria sea explícitamente abierta y en pos de Leucónoe (me refiero a la Oda XI que comentamos) fémina de su época, nos hace conjeturar sobre la naturaleza del tiempo qu desde Horacio, habría de mantenerse durante siglos casi imperturbable como uno de los temas dilectos en la poesía, sobre todo renacentista - española e italiana- y del Siglo de Oro.
Como decía, la dedicatoria ya nos parece rasgo de delación importante en la configuración y carácter del tiempo para nuestro poeta ( y como digo para tantos otros después), que me atrevería a decir que marca más que una pauta para describir la naturaleza del tiempo en poesía. Así, la cuestión de que sea una mujer a quien va dirigido el poema me parece reveladora en tanto que, según la creencia de nuestro autor (vigente también en el momento de su dedicatoria), ésta, Leucónoe, digo, tiene, como mujer, una mayor propensión a estrechar vínculos con supersticiones de muy variada índole.
El Carpe diem, quam minimum credula postero con que cierra la Oda no sólo es una invitación sibarita al vivir gozoso del instante; a mi juicio, y sobre todo, es una transcripción exacta de lo que el tiempo supone para el poeta en la vida y en su traducción inevitable en la poesía.
Carpe diem: al albur de algunos versos de D. Luis de Góngora, Francisco Acuyo
Es así que, se reproduce como una de las claves no sólo temática del poema, acaso también de lo que el tiempo fenomenológicamente sea. Y desde luego de esa dudosa fugacidad del mismo, entendemos que transcurre, pero ilusoriamente.
Nos ofrece la quimera secularmente aceptada del transcurrir del tiempo en su dimensión en extremo más embaucadora: Dum loquimur, fugerit invidia // aetas: pues éste ha huido sigilosamente. Pero, ¿realmente el tiempo ha transcurrido? La cuestión es que no podemos fiarlo al mañana, tan sólo a lo que ahora aprehendemos y vivimos.
Del Collige, virgo, rosas... al De rosis nascentibus», del excelso Ausonio, cabe añadir a lo ya dicho del gran Horacio, que lo efímero de la belleza en la rosa no sólo Magistral de la poesía, también de la vida tiene igual carácter y naturaleza, pero su misterio no está tanto en su decadencia anunciada como en el hecho de que será con su muerte como de hecho viva: Aunque inexorablemente deba la rosa morir, // ella misma prolonga su vida con los nuevos brotes.

Mas ¿qué es ésto, sino poner de nuevo en duda la realidad del transcurrir del tiempo y de lo que éste sea en cuanto que se mueve hacia la aniquilación de lo que le rodea? Nos parece un nuevo dato a tener muy en cuenta para inferir la naturaleza intrínseca del tiempo en poesía, y en la vida acaso.

Ché fugaci son l´hore, e’ l tempo lieve // e voloce a la fin corre ogni cosa, del influyente Bernado Tasso, insiste sobre la fugacidad, matiza en este extremo con cierto detalle conceptual, pues son las horas, al fin y al cabo de lo que se compone el tiempo, ¿también la vida? Y ellas son las que sin duda transcurren y son veloces para infortunio nuestro. Así insiste nuestro poeta en la duración del tiempo dando la sensación de movimiento con el Mentre che... reiterado en el soneto a través de los cuartetos en forma de eficaz anáfora.

Esto es un hecho: una estación sucede a otra inexorablemente mientras el poeta, y ahora nosotros como lectores, contemplamos (¿inmóviles?) el singular transcurso estacional. Será este soneto de Bernardo Tasso modelo indiscutible para otros poetas posteriores en su tratamiento del carpe diem, lo veremos en D. Luis, quien no tiene reparo en transcribir versos y recursos, no sólo ideas y modelos aproximados. Pero también tendremos ocasión de observar cuán magistralmente asume la tradición para mayor gloria de nuestras letras y de la poesía.

Detendremos nuestro discurso ahora, para detenernos en el inspirado e insuperable Garcilaso de la Vega, concretamente en su soneto XXIII. Que abrir un soneto es todo un arte, lo sabe como pocos nuestro carísimo Garcilaso: En tanto que de rosa y azucena // se muestra la color en vuestro gesto[...] es una de tantas muestras de aquella maestría, mas, ¿qué tiene de infrecuente esta con aquellas otras no menos celebradas?

Carpe diem: al albur de algunos versos de D. Luis de Góngora, Francisco Acuyo
Nos parece, sobre todo, que su espléndido arranque se asienta en la sensación ilusoria de movimiento: En tanto que [...] De nuevo surge la expectante visión del espectador, casi inmutable, que comienza a visionar el transcurso de la juventud toda de rosa y azucena con el que se viste el gesto ¿amado?, o de cómo en tanto que el cabello es de oro volando prestamente por el cuello inmaculadamente blanco, todo se traslada por obra y gracia del tiempo enigmático hacia la nieve y el viento helado que, indefectiblemente, transformaran lo que ahora es bello para mañana estar marchito.

Si nos parecía extraordinario el arranque, con no menos maestría cierra en sus tercetos el soneto nuestro amado poeta: todo lo mudará la edad ligera» // por no hacer mudanza en su costumbre. El tiempo es hijo de la mudanza, lo contingente y lo mudable, pero, paradójicamente, ese movimiento transcurriendo toma un carácter diferente en su tratamiento en los poetas anteriores: Esto porque nos muestra la naturaleza real del tiempo: No hace «mudanza en su costumbre». ¿Nos plantea el carácter ilusorio del transcurso del tiempo con este juego conceptual; la costumbre se asienta y se hace fija, inamovible, mas no hace mudanza en su costumbre de parecernos continuamente en movimiento.

He aquí que el poeta, al fin, nos enfrenta con la realidad del tiempo que aparentemente todo lo cambia: a saber su ilusoria imagen dinámica. Este espléndido juego en paradoja con el que concluye el soneto sería cota suficiente para encaramar a nuestro poeta a lo más alto del empíreo parnasiano, mas, a mi modesto entender, no contento con tal hazaña, nos deja un sabor en sus conceptos, con el que paladeamos muy al gusto de nuestra época, la sensación insana del fluir temporal, la cual invita a una reflexión, por otra parte, no sujeta a ningún tiempo.

Decía, que el tema del carpe diem parece que fue muy del gusto renancentista, ya lo vimos en Bernardo Tasso y después en Garcilaso y su soneto XXIII, introducido a su vez por Ausonio en su Collige virgo rosas, dum flos novus, et nova pubes, y también tratado, como vimos, por Horacio en su Oda XI, para verlo al fin, en D. Luis de Góngora, por cierto, con un tratamiento bien distinto al gusto renacentista.

Mientras por competir con tu cabello // oro bruñido al sol relumbra[...] de este soneto ciento cuarenta y nueve en la edición de la ilustre Birute Ciplijauskaite, encuadrado dentro de los sonetos de temática moral, sacros, varios, y fechado en 1582, nos muestra, también como adelantaba, sin ningún pudor las reminiscencias del Mentre che l’aureo crin v’ondeggia intorno» de Tasso, y siguiendo el juego de anáforas «mientras[...] como un calco ostensible, nos va a dar un poema, sin embargo, de carácter muy muy diferente.

El juego extraordinario de correlaciones, estudiado magistralmente por Dámaso Alonso en sus «Estudios y ensayos gongorinos», nos hace ver y sentir como en muy pocos otros poemas que tratan la misma temática, el fluir inexorable del tiempo. Este sentencioso soneto, a través de las ya mencionadas correlaciones de los dos cuartetos, viene a cristalizar conceptualmente con una precisión matemática en los tercetos que concluyen el soneto y el poema: el desfile de elementos dinamizados por el tiempo hacen desigual desfile en esta espléndida enumeración: Goza cuello, cabello, labio y frente,.... //.... oro, lilio, clavel, cristal luciente....//... en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada[...]

Pero la espléndida y contundente gradación del ultimo verso, se encuentra bastante lejos de la distinción, gusto y gozo renacentistas, pues representa la angustia de la desaparición total desde lo apenas consistente (tierra, humo, polvo, sombra, nada) hasta la disolución total.

El carácter metafísico del poema no va a la zaga del sentir propio del espíritu barroco, mas pienso que también engarza con la visión moderna nihilista de nos pocos creadores contemporáneos.

De signo muy distinto se nos antoja el soneto que inicia diciendo: Ilustre y hermosísima María[...], con el número cientocincuenta de la edición de Biruté, y con fecha de 1580. Desde luego llama la atención el préstamo del verso inicial, de la Égloga III de Garcilaso, que aún habría de repetir en el soneto 114 de la citada edición de los sonetos de Góngora. También vemos los ecos del soneto XXIII de Garcilaso que dice: y en tanto que el cabello, que en la vena // se escogió con vuelo presto, cuando dice Góngora: y mientras con gentil descortesía // mueve el viento la hebra voladora; todo lo cual demuestra (amén del repertorio de imágenes amorosas renacentistas) su gusto por el tratamiento del asunto poético que nos ocupa a la forma tradicional renacentista.

Siguiendo la mencionada estela del gusto tradicional del renacimiento, concluye con la invitación al gozo: goza, goza el color, la luz, el oro, mostrándonos la quimérica realidad de un tiempo que en su transcurso demuda la vida y la juventud, dejando, no obstante, la alternativa de la vida presente, todo lo cual parece emparentarse perfectamente con la tradición clásica del «carpe diem»

Cabe hacerse un planteamiento, por otra parte muy legítimo, sobre todo si atendemos a que hemos visto «transcurrir» en nuestro apresurado análisis, casi dos milenios en una temática que parece desbordar ideologías, presupuestos estéticos, concepciones religiosas o metafísicas, y este planteamiento será sin duda, y en virtud de la urgencia de nuestro análisis, no más de una semblanza, semblanza que tratará de vincular, a modo de epílogo, esta tradición con la modernidad.

¿Es pues, detectable en nuestros días el carpe diem? Ciertamente se me ocurren innumerables ejemplos, desde el romanticismo hasta la coetaneidad, con los que ilustrar dicha tradición, eso sí, más o menos fiel a sus presupuestos y planteamientos originarios. No obstante, si conectamos el carpe diem con el transcurso del tiempo, los ejemplos seguirán siendo numerosos, pero observaremos que la concepción temporal, sobre todo en poesía, que puede ser bien distinta, al menos en su argumentación y acaso también en su mismo espíritu, pues diríase que si bien mantiene el mismo pulso, lo expresa de manera bien distinta. Se me ocurre el ejemplo de Antonio Machado, que eleva el concepto de tiempo a esencia de todas las cosas. O como decía un poeta con menos enjundia por recientísimo:

Pero, dentro y fuera de la poesía ¿qué es en realidad aquello que denominamos tiempo y que idealizamos siempre en actividad, en marcha, trascurriendo siempre? Cuando un instante reparamos en esa situación tan grata a la memoria, o, ya en aquella sensitiva elevación del alma en la distancia que son días, semanas, meses e incluso años, se diría que se tiende y extiende en horizonte nebuloso la vida muy lejano, y en cuya superficie de sucesos acaso hiciera remembranza el más íntimo y particular de los recuerdos; como si anduviera en un paisaje movible y en derredor de una conciencia que, firmemente, pisa y, no obstante, con inmutable paso.

¿Es posible encontrar algún grado de afinidad, por ejemplo en esta visión moderna de tiempo, y aquella que con Horacio, Ausonio, Bernardo Tasso, Garcilaso de la Vega o Luis de Góngora la vinculan a la vieja tradición del carpe diem?

A todas luces nos pueden parecer bien distintas en lo que a la concepción del «vivir ahora» en el tiempo se refiere, sobre todo marcado por la idea temporal de la que se parta, conllevando esto una discusión filosófica puede que interminable. Pero creo que a la luz del concepto de tiempo poético no sea del todo lo mismo.

El nexo común del carpe diem en culturas tan distantes se algo más claro, cuando vemos que su naturaleza en poesía no es tan distinto. Es tenida como cosa común a cualquiera en este aspecto, tener la sensación de que el tiempo pasa, pero diríase que en poesía se manifiesta como una alevosa ilusión que tiene como consecuencia el tratamiento del carpe diem.

Parece como si la noción de tiempo en poesía tuviese una percepción más acorde con lo que el tiempo en realidad sea. Es como si el poeta fuese consciente de una cualidad física del tiempo que está perfectamente armonizada con el ejercicio, no tanto de hacer versos como el de sentirlos en su realidad temporal, por lo que el tiempo no corre, no vuela: el tiempo es. De esa manera se manifiesta como el presente vívido que goza y apercibe en el carpe diem y se despliega de forma análoga a la dimensión espacial, excepto en aquello que hace que lo temporal nos muestre donde acontecen los sucesos, y no tanto como una abstracción, sino como un estado-instante por el que deben regirse sensatamente nuestras vidas.




                                        

                                       Francisco Acuyo



Carpe diem: al albur de algunos versos de D. Luis de Góngora, Francisco Acuyo








1 comentario:

  1. Profundo análisis del tema "tiempo" a través de la poesía, el momento en que se lee y nos impacta, dejando huella. Dos sonetos que son historia imperecedera. El autor ya habrá, en alguna dimensión, la última verdad acerca de lo temporal que a nosotros nos transforma. Un abrazo, amigo.

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