miércoles, 24 de abril de 2013

ELOGIO DE LA DECEPCIÓN DE FRANCISCO ACUYO, POR EL PROFESOR TOMÁS MORENO

Tengo el placer de reproducir para los interesados, la presentación llevada a cabo por el catedrático y profesor Tomás Moreno, colaborador habitual del blog Ancile, en forma de enjundiosa y magnífica exposición,  la cual llevó a cabo en la presentación de Elogio de la decepción en la Feria del libro de Granada, libro recientemente publicado en Jizo Ediciones, en la que considero una bella edición, por todo lo cual me siento feliz y al tiempo abrumado, sobre todo por la extraordinaria declaración que hizo en torno a esta flamante y humilde publicación mía. La ofrezco íntegramente para la consideración de aquellos que estén interesados en el arte de la interpretación lectora y, sobre todo, atendiendo la petición de amigos ausentes en el acto de dicha presentación (también por los presentes, que querían volver a deleitarse con tan exquisita disertación).



Elogio de la decepción de Francisco Acuyo, por el profesor Tomás Moreno, Ancile




ELOGIO DE LA DECEPCIÓN 
DE FRANCISCO ACUYO



Elogio de la decepción de Francisco Acuyo, por el profesor Tomás Moreno, Ancile
Tomás Moreno (a la derecha) y Fº Acuyo


Elogio de la decepción de Francisco Acuyo, por el profesor Tomás Moreno, Ancile
Tomás Moreno (a la derecha) y Fº Acuyo


Elogio de la decepción de Francisco Acuyo[1]


Es para mi un auténtico placer acompañar en este acto a Francisco Acuyo en la presentación de su nueva obra. Y aunque presumo que todos los que habéis venido conocéis, sin duda, su perfil humano y literario, así como su ya extensa producción poética y ensayística, me parece necesario esbozar brevemente -al hilo de su currículo- algunos datos de su polifacética personalidad:
            Doctor en Teoría de la literatura y Literatura comparada, poeta reconocido y admirado (ha sido traducido a varios idiomas -inglés, francés, polaco, portugués- e incluido en importantes antologías), Francisco Acuyo es también ensayista, conferenciante, lector siempre curioso y atento a lo mejor que se publica, además de editor de la Revista Jizo de Humanidades y gestor de la editorial del mismo nombre.
            Fue director, durante varios años de la revista Extramuros, y tiene todavía tiempo y arrojo para mantener en la red un blog literario (Ancile) de gran éxito y de cientos de miles de seguidores. Un blog abierto generosamente -doy fe de ello- a todo tipo de colaboraciones poéticas y ensayístico-literarias. Además de todo esto: los que le conocemos, sabemos de sus intereses por todos los aspectos imaginables del mundo de la cultura, de las artes, de las ciencias y de las humanidades.
            Evidentemente, no existen para él las dos culturas separadas o divorciadas que denunciara en su día C. P. Snow, en su famoso libro Las dos culturas (1959). Sus intereses e inquietudes culturales van desde la
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C. P. Snow
astronomía o la electrónica al budismo zen; desde la métrica poética y la preceptiva literaria hasta el teatro; desde las más novedosas teorías matemáticas hasta la mística castellana.
            Es de destacar, también, su encomiable curiosidad por el cine de vanguardia o por la física cuántica; por el arte de todos los tiempos, así como por los más complejos y profundos ensayos filosóficos. Cultiva, con excelencia, además de la poesía, la semiótica y el diseño artístico (prueba de ello es el exquisito gusto con el que maqueta e ilustra todas las entradas de su bello blog). Sin olvidar su afición -confesa- a la música estremada de las celestes esferas del maestro Salinas (que tan bellamente evocara fray Luis de León) y a la soledad sonora sanjuanista, embriagado por la mística contemplación de la naturaleza.
            No voy a seguir con su semblanza, pues nos impediría ocuparnos del asunto al que hemos sido convocados, que no es otro que la presentación de su último libro: que es lo que ahora nos interesa.  
            Pero, antes de meternos a fondo en el contenido del mismo, quiero detenerme, aunque sea muy someramente, en subrayar y enfatizar la significación de este acto al que estamos asistiendo -y más en unos tiempos como los que ahora vivimos de penuria y pesimismo, en los que, además, por si fuera poco, la incuria, el utilitarismo materialista más soez y el filisteísmo más vulgar campan por sus respetos por doquier.
            Sabemos, por experiencia, que la incomprensión, el olvido, la soledad o el simple desprecio es la única respuesta que van a obtener todos aquellos que se dedican por libre a estas actividades tan inútiles del espíritu o del intelecto.
            Quiero detenerme, insisto, en ello, inquiriendo por el sentido profundo y verdadero que tiene (que debe tener) la presentación de un libro, de una obra de cultura como la que hoy presentamos aquí.
            Todo libro (vale decir toda obra de arte o de pensamiento) es el resultado feliz de un acto de amor,
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de un gestación más o menos larga, de una concepción -en el sentido más originario y prístino del término- por la que se alumbra o se da a luz un nuevo ser, una nueva entidad, inexistente hasta ese mismo momento.
            Es por ello, por lo que no está de más, cuando ello ocurre, asistir con el debido respeto, reconocimiento y admiración, no ya a su alumbramiento -que es íntimo e inaccesible-, sino a su epifanía o revelación. Esto es, a su pública manifestación.
            El acto de presentación de un nuevo libro no es por tanto algo banal, baladí, trivial, ocioso y prescindible. No es un acto social más. Una vez concebida y nacida, toda obra artística y cultural, requiere de un rito, de una necesaria liturgia que la presente y la de a conocer, para festejar la alegría de su natalidad. Es merecedora, pues, de una celebración explícita y feliz.
            Y es que en todo libro -en toda obra de arte- se cifra, mágicamente, la complejidad misma de lo real. En él (el libro) o en ella (la obra de arte) ella convergen dimensiones, vertientes de esa realidad veladas, inadvertidas o insospechadas, si no nos detenemos a analizarlas con sosiego, pero esencialmente imbricadas entre sí. Como son:
1.  En primer lugar una vertiente/ dimensión físico-material, ya que el libro es un "artefacto", está constituido por una miríada de átomos materiales, pertenecientes al mundo de la Física, al Mundo I, según la terminología felizmente acuñada por Karl Popper, en su teoría de los tres mundos.
2. En segundo lugar, una vertiente o dimensión psíquico-espiritual, constituida por toda una serie de experiencias, reflexiones, ideas, sentimientos, vivencias intelectuales y espirituales contenidas en la obra, que remiten a una subjetividad o interioridad humana, personal y creadora -la de su autor- que la ha gestado a lo largo de todo un proceso temporal y biográfico. Es el mundo del Psiquismo, de los procesos psicomentales o anímicos: el Mundo 2, de Popper.
3. Finalmente, en tercer lugar, -y dado que la poiesis (la actividad creadora) del artista no es un acto solipsista, que quede clauso o encerrado en la intimidad de su ser -pues en tal caso no habría arte ni cultura- todas esas vivencias, impresiones, ideas y reflexiones han debido ser expresadas y proyectadas desde la interioridad más íntima del autor hacia el exterior en forma objetiva, a través de la escritura (o de la partitura o de la plástica), para poder ser comunicadas a los otros, los lectores o espectadores, y compartidas así por ellos en un mundo distinto y exterior: es el Mundo 3 popperiano. El mundo de la Cultura. Un mundo emergente, con entidad propia, autónomo, irreductible a los dos anteriores -el físico y el psíquico- que lo fundamentan y lo hacen posible no obstante.
            Y es de esta tercera dimensión, (la de su significación cultural) de la que sus lectores, a quienes está dirigida, podemos hablar y sobre la que podemos dialogar.    
            La lectura de este ensayo de Francisco Acuyo, poeta y escritor, como decíamos, de ya larga andadura, y de granada y exquisita obra poética, me ha traído a la memoria unas palabras de Heidegger, concretamente de su célebre Carta sobre el humanismo (enviada a su traductor al francés, Jean Beaufret, al principio de los años cuarenta), en donde el filósofo germano, escribe las siguientes palabras de inmarcesible actualidad y permanencia:
El lenguaje es la casa del ser. En su vivienda mora el hombre. Los pensadores y los poetas son los vigilantes de esta vivienda. Su vigilar es el producir la patencia del ser por el que éstos la conducen por su decir al lenguaje y en el lenguaje la guardan.
            La razón de nuestra evocación de este texto heideggeriano, se debe sin duda al carácter poetizante y a la vez reflexivo y meditativo del ensayo que hoy presentamos. En él asistimos -fascinados- al despliegue de un pensamiento que concita, sin solución de continuidad, el pensar poetizante o el poetizar pensante.
            Se trata de un pensar poético-cordial (nachdenken), de una meditación reflexivo-filosófica (besinnung), que pretende entrar en el sentido profundo (sinn) del objeto, esto es, del ser o de la esencia
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Martin Heidegger
examinada o analizada y que está -podríamos decir- a una distancia infinita del otro modo de pensar -desgraciadamente hegemónico y dominante en nuestras sociedades técnicas, hiperindustrializadas y pragmáticas-. Me refiero al pensar calculador, al saber de dominación ciéntifico-técnica, al que Heidegger denomina: herrwissenschaft.
            En efecto, este modo de pensar cogitativo, reflexivo -una especie de rumiar el pensamiento, de pensar a fondo acerca de cualesquiera temas u objetos- comporta una intención de marchar “en pos del sentido”, con una actitud de "Serenidad ante las cosas" (Gelassenheit zu den Dingen, diría Heidegger), que las respeta, sin violentarlas. Dejando que lo ocultado en ellas se manifieste de una manera no forzada sino permitiendo que su verdad se desoculte, autorrevele, y se manifieste en y desde su propio ser. Recordemos que el término alétheia, procede del griego "a" (sin) y del verbo “lassen” (velar, ocultar) y significa, en consecuencia, "des-velar", "des-ocultar", “dejar mostrarse al ser”. Un concepto ontológico de verdad no gnoseológico: la verdad es una propiedad de las cosas, de lo real.
            El pensar, en este ensayo de F. Acuyo, tiene, como en Heidegger, un doble acceso a la verdad. En primer lugar, la actitud de serenidad (Gelassenheit)y la forma de suavidad (Milde), con las que se aproxima al tema de su meditación y, en segundo término, la del rigor (Strenge), con que acomete la tarea de su búsqueda. La verdad final será el resultado de este suave rigor o de esta rigurosa suavidad.
            El libro de Francisco Acuyo, tiene como título Elogio de la decepción y otras aproximaciones  al dolor y la belleza.  Y está dividido en dos partes bien diferenciadas: El "Elogio de la decepción", que es la Primera Parte,  y el titulado  "De las cuatro nobles verdades y la inferencia de una Quinta y Santa Verdad", que constituye la Segunda parte del libro. Cada una de las cuales se subdivide a su vez en distintos apartados, capítulos o reflexiones.
            Les confieso que, dada la complejidad del mismo, voy a referirme en este acto básicamente al primer ensayo, aunque, lógicamente, les informe también de la temática tratada en segundo lugar.
            Desde el mismo Pórtico del ensayo nos admira ya la feliz elección de su título (algo, por otra parte, a lo que el poeta nos tiene acostumbrados: recordemos sólo algunos títulos tan sugerentes como No la flor para la guerra, La Transfiguración de la lira, Cuadernos del Ángelus o Vegetal contra mosaico, por citar sólo unos pocos). Si, de entrada, nos extraña la expresión utilizada de elogio de la decepción -aparentemente contradictoria pues parece un oxímoron-, al aprehender sus reflexiones al respecto, caemos en la cuenta de su idoneidad y pertinencia: pues la decepción será entendida entonces, no a la manera estoica de una resignación desengañada ante un evento infortunado y frustrante, como el desamor o el silencio de Dios, y generadora -en consecuencia- de un sentimiento paralizante y resentido, sino como la constatación de que el amor se afirma y fortalece, aún a pesar de esa primera vivencia decepcionante, desilusionante o dolorosa.
            Es más, desde esa primigenia decepción, es como el poeta-ensayista logra saltar a un nivel ambital distinto, diferente, en el que la decepción se ha convertido en punto de partida, en umbral iniciático de un nuevo Stimmung (estado de ánimo) que nada tiene que ver ya con aquella.
            Nos recuerda -y permítanme este inciso o excurso- la misma situación de los entrañables protagonistas de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry: el anónimo piloto de aviación y el pequeño niño que mágicamente le sale al encuentro. El piloto en un principio confiesa estar decepcionado o defraudado de las personas mayores por su falta de imaginación.
            Cuando se halla reparando el motor de su avión en pleno desierto, advierte la presencia de un pequeño -de noble porte- que muestra interés en que le dibuje un cordero y le hace diversas preguntas sobre temas al parecer anodinos. El piloto, acosado por la necesidad urgente de resolver el problema mecánico de su avión, responde con cierta acritud. El pequeño, disgustado, rompe a llorar, y el piloto,
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Antoine de Saint-Exupéry
entonces, conmovido, adopta frente a él una actitud más acogedora.
            Confiado, el niño le cuenta que viene de un asteroide muy pequeño y que visitó diversos planetas en busca de amigos, a fin de mitigar la decepción que le había producido la vanidosa flor de su asteroide. Pero todos ellos -con la excepción tal vez del farolero- carecían de la creatividad necesaria para encontrar en común un nuevo ámbito de existencia más creativo y fundar así una auténtica relación de encuentro.
            El tema básico del ensayo primero, el que da título esta obra  de Francisco Acuyo, consiste en subrayar la importancia que encierra el encontrarnos rigurosamente con las personas que constituyen nuestras raíces, nuestro entorno vital primario, más allá de las decepciones que nos pudieran haber causado.
            Cuando todo parece haber fracasado, una voz interior -“el principito que llevamos dentro”- nos advierte que tenemos todavía -a pesar de la ausencia, a pesar de la incomprensión, a pesar de los malentendidos y reproches, de la frustración o de la decepción- una airosa salida: dar el salto a un nivel superior de realización personal, a un nivel de relación dialógica (Yo-Tu) y de creatividad.
            De esta manera, dos personas decepcionadas, por distintos motivos, y abandonadas en el grado cero de la creatividad, en un desierto existencial hostil -en una aparente falta absoluta de nuevas posibilidades para hacer de sus vidas un juego creador-, se unen en la búsqueda de una tabla de salvación que será la amistad. Y  una vez que la descubren a través de su trato mutuo, pueden ya felizmente reanudar la relación perdida.
            Es la misma situación, repito, a la que F. Acuyo se refiere a lo largo y ancho de su ensayo.
            Debemos reparar, antes de nada, en que la Decepción -eje del discurso de Acuyo en este ensayo- pertenece al mundo de las emociones. A lo largo de la historia de los estados de ánimo y de los sentimientos y pasiones humanas, las emociones no han tenido buena acogida (buena prensa).
            Se las entendía como energías, impulsos de índole animal, casi instintivo, algo de carácter irracional, sin conexión ninguna con nuestros pensamientos, figuraciones o valoraciones conscientes, que imprimían a nuestras vidas un carácter irregular e incierto y proclive a los vaivenes más bruscos y/o violentos.
            Muy recientemente, sin embargo, en el ámbito de la neurofisiología, de la psicología y de la ética, ha cambiado radicalmente esa percepción de las emociones. Y ha sido, concretamente Martha C. Nussbaum, -la gran filósofa estadounidense y Premio Príncipe de Asturias para la Comunicación y  las Ciencias sociales (2012)- quien, en su libro Paisajes del Pensamiento. La inteligencia de las emociones, con un admirable y
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Martha Nussbaum
encomiable bagaje categorial y metodológico, ha sabido considerar las emociones no como fuerzas extrañas, misteriosas, irracionales e incontrolables de la naturaleza humana, sino como respuestas inteligentes y adaptativas, que nos permiten ayudar a discriminar lo que es valioso e importante para nosotros, para decidir nuestras elecciones éticas en cada momento o circunstancia de nuestra vida.
            Tienen, pues, un gran valor cognitivo y de discernimiento en el sistema de nuestro razonamiento ético y son indispensables para nuestro autoconocimiento. Y en consecuencia, no cabe duda de que deben ser atendidas y tenidas en cuenta a la hora de entender o de dirigir nuestra vida axiológico-moral, como guías fiables de nuestra existencia personal.
            Descubrir, en el aparentemente confuso material de la aflicción y del amor, de la decepción y de la ira, del odio y del temor -es decir: de las emociones y sentimientos en general- el papel cognitivo esencial que éstas nos ofrecen para nuestra vida moral y personal, ha sido el objetivo nuclear de su investigación.
            Pues bien, Francisco Acuyo, parece coincidir con Martha Nussbaum al analizar y utilizar esta misma orientación metodológica, a la hora de diseccionar sus emociones. Y muy concretamente, la emoción de la Decepción, que es manejada por él como un instrumento cognitivo y heurístico -a la manera de un fino estilete o bisturí- para penetrar en el interior de los estados de ánimo con los que se encuentra, y para tratar mediante ella de desvelarlos y encontrarles sentido y significación.
            Aplica este procedimiento metodológico, sirviéndose de esta emoción a tres clases o grados del amor: el amor de Philía (del amigo o la amistad), que se trata en Pórtico; el amor de Eros (de la amada) en su sentido griego: ascensional y fusivo, que se desarrolla en el segundo apartado, titulado  Del amor, y el amor de Agápe (el amor de Dios, demandado y buscado a pesar de su silencio), sobre el que versa la tercera parte.
            En todos ellos, la Decepción se nos muestra como una emoción especialmente compleja, curiosa, enigmática. El diccionario la define como: "pesar causado por un desengaño", y como vocablo sinónimo de desengaño, desencanto, desilusión. Algo, pues, que afecta, que nos ha afectado a todos nosotros alguna vez en nuestra vida. Desde ella, podemos desembocar en una aflicción momentánea, en un sentimiento puntual de engaño por haber sido defraudados por alguien o por algo. Tomamos nota, aprendemos de la experiencia. Luego, pasa. Es un estado pasajero.
            Otras veces, se transforma en algo más serio y duradero que puede llegar hasta el rencor, el odio, el deseo de venganza o el resentimiento. Entonces calará muy negativamente en el fondo de nuestra
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personalidad.
            En el caso de nuestro ensayista, el efecto más grave de la misma, no llega a ser nunca una afección anímica negativa, en todo caso una cierta misantropía melancólica, que no enturbia el deseo de amar y de comunicar con el otro: el amigo, la amada, Dios. Para Francisco Acuyo, de la decepción podemos sacar cosas buenas, cosas positivas y enriquecedoras. De ahí lo del elogio de la misma.
            La Segunda Parte de la obra, es el ensayo, De las cuatro Nobles verdades y la inferencia de una quinta y santa verdad, el cual se subdivide a su vez en VII apartados  o reflexiones que se inician con un Introito (I), en el que su autor desarrolla lo que podríamos llamar su itinerarium mentis, su autobiografía espiritual e intelectual, en el que después de introducirse en el pensamiento filosófico de la existencia (Kierkegaard, Schopenhauer, primero; Sartre, Camus y Heidegger, después) se adentrará en los caminos del pensamiento oriental (hinduísmo, taoísmo) para recalar, al fin, en el Budismo zen. Y encontrar, más adelante, en el Arte y en la Poesía el camino definitivo de su trayectoria vital  e intelectual.
            El segundo se titula: La Virtud del camino medio: la Poesía, la Belleza, en él prosigue su reflexión en torno a su búsqueda personal de justificación existencial, afrontando el tema del sufrimiento y del dolor, para llegar al convencimiento de que es posible una alternativa singular, distinta a la "(mítica) religiosa, filosófica y científica, para acometer la cuestión de lo que la realidad sea" en sí misma y encuentra en la estética, en la búsqueda de la belleza, en la poesía ese camino medio que nos conduzca si no a la superación del sufrimiento, si a su asunción más madura y serena.
            El tercero, Apunte sobre las cuatro nobles verdades, nos invita a reflexionar en profundidad sobre el budismo y sobre sus cuatro nobles verdades, como otro de los caminos posibles y transitados por él mismo en su aventura existencial, en su empeño o "aspiración de entender el mundo y lo que la Realidad (Última) sea".
            El cuarto, ¿Ciencia versus entendimiento del espacio y el tiempo budistas?, nos lleva a reflexionar sobre la superación del Paradigma científico mecanicista newtoniano para adentrarnos en una serie de interesantes consideraciones, acerca de la convergencia entre las concepciones orientales sobre la realidad y las propuestas del nuevo Paradigma físico cuántico de Niels Bohr y Werner Heisenberg (Escuela de Copenhague), mostrándonos sus similitudes y afinidades sorprendentes.
            El quinto, Un acercamiento a la dimensión cosmológica, continúa su meditación, esta vez guiado por las doctrinas cosmogónicas budistas clásicas y por las cosmologías científicas modernas, poniendo de manifiesto, y profundizando aún más de nuevo, en sus analogías o coincidencias.
            El sexto, La Quinta noble verdad en la belleza, incide en un análisis multidisciplinar acerca de lo que sea la belleza, y sobre su presencia, no ya sólo en el arte sino en esas concepciones orientales y fisicomatemáticas. Analizando asimismo, los rasgos extra-artísticos que la belleza expresa en esos otros ámbitos del conocimiento: armonía, euritmia, elegancia, paz, unidad, ser, verdad, etc.
            Para terminar, finalmente, con el apartado séptimo, La Belleza. Sensación y Fascinación de lo Abstracto, en el que el autor se adentra ya específicamente y con patente conocimiento, en el aparentemente abstruso mundo de la Matemática, para tratar de apreciar en él, la belleza en la simetría de lo abstracto, en la armonía de los números y figuras, presente en todas sus variedades y disciplinas: desde la geometría de fractales de Benoit Mandelbrot hasta la lógica matemática de Bertrand Russell, desde  el Teorema de la Incompletitud  de Kurt Gödel hasta la Teoría sobre los tipos o grados de infinito de George Cantor.
            Y el común denominador de todos ellos es, sin duda, -además de la pasión por el conocimiento-, la búsqueda incondicionada de la Belleza. Se diría que como el Sócrates platónico del Banquete, instruido en
Elogio de la decepción de Francisco Acuyo, por el profesor Tomás Moreno, Ancile
Platón, de Rafael
las cuestiones del amor y del saber por una enigmática mujer, Diotima de Mantinea, nuestro autor -el poeta Francisco Acuyo- también se ha sentido poseído por esa fuerza irresistible que emana de la Belleza, al ser solamente atisbada por un fugaz momento: "En ese instante de la vida, querido Sócrates -dijo la extranjera de Mantinea-, más que en ningún otro, vale la pena el vivir del hombre: cuando contempla la belleza en sí" (El Banquete, 211 d). Desde esa privilegiada experiencia podemos entender que la búsqueda de ella mediante el arte o la poesía dan sentido, orientación y finalidad a una vida humana.
            Por eso, más allá de la riqueza de su contenido intelectual y de sus logros conceptuales, lo que más sorprende en esta gavilla de ensayos, es que a veces, el ensayista se metamorfosea -tal vez sin proponérselo- en poeta, en buscador de belleza. La escritura prosaica se transmuta entonces en texto poético.
            El discurso abandona la fría contundencia de su lógica argumentativa y adquiere matices que cada vez más sugieren que estamos ante un texto poético en sentido estricto. La escritura asume un tono y un ritmo particular, una musicalidad antes ausente, impremeditada tal vez, pero que impregna el texto de connotaciones poemáticas.
            Recordemos que la música nació de la poesía y es una abstracción de ella. En poesía la música se une al sentido de las palabras para formar una impresión única. Por eso, escrita en verso o en prosa, se diferenciará de la otra escritura (la sentimental-prosaica) precisamente por su musicalidad. Según Paul Valery:
El universo de la poesía es análogo al universo de los sonidos, dentro del cual el pensamiento musical nace y muere. El universo poético nace de un número, o mejor dicho, de la densidad de imágenes, figuras, consonancias, disonancias, por la unión de palabra y ritmo.
            Que ello es así, puede comprobarse y verificarse si tomamos y leemos obras tan indiscutiblemente poéticas como Espacio de Juan Ramón Jiménez u Ocnos de Luis Cernuda, aun a pesar de estar escritas en prosa no versificada. Puede haber poemas amétricos, pero no poemas arrítmicos.
            Quiero terminar, recordando de nuevo a Heidegger, con quien comenzamos, cuando afirmaba -en unas conocidas páginas de ¿Qué es metafísica?- que "Pensadores y Poetas habitan vecinos en cumbres distantes", Francisco Acuyo con este ensayo ha conseguido aproximar o acercar ambas cumbres en un ejercicio de autentico virtuoso del poetizar pensante o del pensar poetizante.



                                                                                                        Tomás Moreno



[1] Francisco Acuyo, "Elogio de la decepción y otras aproximaciones a los fenómenos del Dolor y la Belleza", Jizo ediciones, Granada, 2013.

Elogio de la decepción de Francisco Acuyo, por el profesor Tomás Moreno, Ancile

2 comentarios:

  1. Excelente exposición del Profesor Tomás Moreno, como nos tiene acostumbrados haciendo uso de esa magistral capacidad de descorrer cortinas para nuestros ojos y ayudarnos a interpretar en este caso, una obra ante la cual me pongo de pie para aplaudir con entusiasmo y agradecimiento a quien considero uno de los poetas contemporáneos más impresionantes y verdaderos. De todas las virtudes de Francisco Acuyo (y son muchas), su humildad de carácter es la que otorga a su palabra (profundo conocimiento), el peso innegable de la autoridad. Por eso no ha de sorprendernos los cientos de miles que han pasado por su blog Ancile y que vuelven una y otra vez a beber de esas aguas limpias y profundas, ni la gran repercusión de su obra literaria y científica en el mundo.
    En medio de las grandes incertidumbres por las que nuestra civilización está atravesando y que tiñen los horizontes del pensamiento desalentando la esperanza de alcanzar esa euritmia universal que tantos anhelamos, esa comunión con la Belleza, imprescindible para la vida, la obra de Francisco Acuyo es un dique de contención para nuestra alma que persigue aún, contra viento y marea, poder ver y tocar aunque sea los bordes de sus vestiduras.
    Celebramos la llegada de Elogio de la Decepción y otras aproximaciones a los fenómenos del Dolor y la Belleza, y agradecemos la brillante ponencia del Prof. Tomás Moreno.

    Un cordial saludo desde Miami.

    Jeniffer Moore

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  2. Me embarga el júbilo, porque además de tratarse de mi amigo Acuyo, que recién pare una obra más, se trata de un ensayo poético trascendente, que vivirá mientras viva el hombre. Ya cono cía los fragmentos que él nos ha regalado acá. Espero tener el libro íntegro a posteriori. A mí me fascina el estilo sosegado y rico conceptualmente, la profunda humanidad, la sabiduría vieja, de muchas vidas. Enhorabuena, amigo. Un abrazo.

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