jueves, 14 de mayo de 2015

LIBERTAD, COMPROMISO Y ANGUSTIA, SEGUNDA ENTRADA DE "DE LA RESILIENCIA"

Ofrecemos la segunda entrada de De la resiliencia, o el que no se consuela es porque no quiere, para la sección de De juicios, paradojas y apotegmas, del blog Ancile, esta vez bajo el título de Libertad, compromiso y angustia.



Libertad, compromiso y angustia, Francisco Acuyo



LIBERTAD, COMPROMISO Y ANGUSTIA



Libertad, compromiso y angustia, Francisco Acuyo


            NO parecería ningún disparate discurrir cierta argumentación sobre la temática de la angustia para alcanzar la conclusión sensata de que esta (y la ansiedad) deviene(n) en muchas ocasiones del mismo hecho existencial, más bien al contrario, parece del todo muy razonable al albur de una observación atenta a nuestra naturaleza que, en modo alguno, puede ni debe estar ajena al trasegado devenir de nuestra existencia (personal y consecuentemente social). En cualquier caso también puede estimarse que el hecho –a nuestro juicio- del dolor y el sufrimiento[1] (manifiesto en angustia, ansiedad, depresión…) en el mundo (¿moderno?) no se quiere aceptar, evitándolo a cualquier precio (con medicación, con terapias, con alcohol, con consumo…) sobre todo en una sociedad cuya primordial exigencia es ser feliz a cualquier coste (y aunque esta felicidad sea falsa o impostada como en tantas y tantas ocasiones somos inopinados testigos). La búsqueda de la felicidad va muy unida en la sociedad (¿actual?) a la obtención del placer, teniendo como algo profundamente anómalo (investido del rasgo de enfermedad) cualquier atisbo o manifestación o sintomatología que pueda ponerlo en cuestión, como es el caso de la angustia, que debe ser erradicada de nuestras vidas, sin calcular las potenciales y muy negativas consecuencias de ello.
            Así pues, la angustia, la ansiedad, el miedo… es necesariamente un estigma que se grabará a hierro y fuego (como decimos, incluso como enfermedad mental) y que llega a estimarse, además, como una flagrante muestra de debilidad del individuo en el entorno convencional de la sociedad (¿del progreso?). Se diría que existen sólo dos maneras de evaluar esta supuesta problemática, y siempre a la luz del dualismo antropológico anteriormente enunciado; por una lado: proviene del mal funcionamiento de la incuestionable realidad de nuestros cuerpos, que se encuentran totalmente diferenciados de nuestras mentes (anomalías neuroquímicas, genéticas…); por otro, al que se llega a
Libertad, compromiso y angustia, Francisco Acuyo
través de la contemplación inevitable de nuestro deterioro y extinción, lo cual ha de producir en nuestro espíritu (mente), diferenciado de nuestro cuerpo, la inevitable angustia y ansiedad, que ha de manifestarse, ineludiblemente, de manera psicológica.
En esta lucha sin cuartel  contra la angustia (y –o- la ansiedad) nos olvidamos de que estas inquietudes son las que acaso nos hacen más humanos (y las que, como adelantábamos líneas atrás, posibilitan la capacidad de superarnos y evolucionar hacia un estado de conciencia superior), además de que, en muchos momentos, nos hablan de que algo dentro (y puede que también fuera de nosotros mismos) no funciona como debiera, siendo esta la primera fase para una solución a esa anomalía correcta y duradera. El supuesto exterminio de estas respuestas naturales del espíritu (mediante la medicación o las terapias conductuales cognitivas o de cualquiera otra especie que no evalúe el factor natural de las mismas –no incapacitante-) puede que esté poniendo en peligro la capacidad para evolucionar, crecer e incluso ser creativos ante las adversidades, que sin duda llegan y llegarán a nuestras vidas de muy diferentes maneras.
            Los existencialismos del siglo XX (hablábamos del insigne antecedente de esta corriente, Soren Kierkegaard, al que deben unírsele con posterioridad Jaspers, Sartre, Camus, Heidegger…),[2] y que ya centraban como fuente primordial de sus inquietudes filosóficas existenciales, en la angustia, la libertad, el compromiso… y observaban como consecuencia normal de la libre elección en nuestras complejas vidas, un grado de angustia inevitable que había de caracterizar singularmente al hombre (no solo moderno).  Sería interesante cotejar información sobre cuáles, no solo de los pacientes aquejados de estas supuestas dolencias ansioso depresivas, también terapeutas (psicólogos, médicos psiquiatras…), estarían dispuestos a llevar a cabo un análisis etiológico (diagnóstico) y un tratamiento adecuado en virtud de las propuestas de reconocimiento de la angustia como algo ínsito en el devenir existencial de los seres humanos.
            Hoy, quizá como nunca anteriormente, la controversia en relación al origen  diagnóstico,  tratamiento y supuesta curación de la angustia –o la ansiedad-) ha existido un debate tan intenso y controvertido, aunque fundamentado sobre una vieja porfía filosófico-científica como es de la tan llevada y traída dualidad mente y cuerpo, a saber, en las dos corrientes más extremadas en la actualidad: la visión mecánico biológica que dice que el origen de cualquier anomalía mental es de origen material (biológico), intentando bajo esta apreciación superar epistemológicamente el dualismo mente cuerpo, en tanto que todo el origen y solución está en la materia  -biológica-, acaso sin darse cuenta que en cuanto que hay un reconocimiento de la perturbación mental están alimentado el dualismo que quieren superar; por otro lado la vertiente conductivo cognitiva,  que pone énfasis en la conducta y los procesos de conocimiento y reconocimiento anómalos de lo que rodea, siente y padece la persona ansiosa como origen de su mal y de los cambios somáticos (corporales) que pueda producirse en ella, quedando en el aire también de manera evidente una solución al mencionado dualismo.
            Más adelante haremos una aproximación más minuciosa del asunto del dualismo entorno al fenómeno de la angustia (ansiedad), pero, en este punto de nuestra reflexión nos parece que acaso se olvida otro factor, a nuestro juicio esencial, cual es el cultural (sociológico, ideológico y político) –que nos parece incidir en esta problemática especialmente, y que ha alcanzado hasta la misma terminología (como venimos advirtiendo, son términos de cuño reciente, y nos referimos tanto al de
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la ansiedad, como a su correlativo enunciado con el término archiconocido de depresión). Esto nos evoca, entre otras muchas ideas y fundamentos, las nociones foucaultianas de la multiplicidad de poderes que influyen en la sociedad en la, desde luego, incluía el propio psicoanálisis. Mas si hemos traído a colación a Foucault, no estaría mal plantearse hasta qué punto no estaría mal sugerir al menos, si el fenómeno moderno de la ansiedad no responde, en muchos aspectos, a su Historia de la locura[3], si es que esta, la locura (refelja acaso también en la ansiedad) es una experiencia límite en estrecha vinculación con lo irracional, y planteada como si el diálogo entre la locura (la ansiedad, la angustia…) y la razón no fuese posible.
            Filosofía y ciencia (médica y biológica) no siempre se muestran en dócil convivencia, más bien al contrario, hoy lo sabemos muy claramente. Pero esto tampoco es nuevo. Aristóteles ya advertía con meridiana claridad que todos y cada uno de los fenómenos del espíritu obedecen estrictamente a sus componentes moleculares. En términos muy similares se expresaba Hipócrates.
Que la industria psicofarmacológica tenga intereses en alentar la visión materialista (o fisiológica) del supuesto problema de la angustia o ansiedad, no es algo que deba extrañarnos por obvias razones económicas, aunque eso suponga ignorar el hecho ontológico del sufrimiento en el devenir existencial del ser humano, y esto también es así aún en una estricta óptica psicológica, en tanto que aquellos (la angustia, la ansiedad, la depresión…) en muchos casos se entienden como un modo de protección de nuestra mente para su propia autodefensa, no llegando a entender que el dolor manifiesto en la angustia -o la ansiedad- no solo son inevitables, sino aún necesarios para mantener un grado de alerta o vigilancia, con el fin de caer en la cuenta de nuestras frágiles esperanzas y casi siempre breves alegrías,[4] mas también para la liberación de nuestros condicionamientos existenciales, necesaria entre otras muchas cosas, para hacer transparente el fenómeno de la verdad en la belleza[5], así como la necesidad de trascendernos, si queremos  realmente, no solo evolucionar, sino cambiar rigurosamente, por el bien nuestro –individual- y sobre todo por el de la humanidad misma, que en verdad no puede separarse de cada uno de aquellos que, al fin y a la postre, la conforman.



                                                                                                  Francisco Acuyo





[1] El concepto de sufrimiento, tal y como lo entienden algunas culturas orientales, sobre todo budistas,  acaso sea aún más oportuno y rico que el de angustia, no digamos ansiedad, de todas formas, redundamos sobre los conceptos occidentales de angustia y ansiedad, por ser sobre ellos sobre los que ahora debatimos.
[2] Esta visión de la angustia no es ni mucho menos privativa de las corrientes de pensamiento existenciales del siglo XX, en donde las sensaciones, las emociones y pensamientos de angustia están implícitos en el ser humano de forma totalmente natural, uno de los  casos más célebres es el de Blaise Pascal.
[3] Foucault, M.: Historia de la locura, Fondo de Cultura Económica, México, 2010.
[4] Acuyo, F.: Elogio de la decepción, Jizo ediciones, Granada, 2013, p. 76
[5] Ibidem, p. 77.



Libertad, compromiso y angustia, Francisco Acuyo

1 comentario:

  1. La ansiedad, enfermedad moderna, al menos alcanzando categoría de epidemia actualmente. El desapego es muy difícil para quien vive dependiendo de lo material que posee. He leído bastante sobre la filosofía oriental, eso de ir ligero de equipaje, pues nada de lo que poseemos, de estos afectos, ha de perdurar a la hora de la aprtida de este mundo, estaremos desnudos como llegamos. Entender eso es, quizás, uno de los remedios, amigo. Gracias por este regalo de sabiduría. Un abrazo.

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