martes, 6 de septiembre de 2016

EL AMOR: PERPETUA CREACIÓN Y LA SUPERACIÓN DE LA MUERTE

Siguiendo con la línea argumental de otras entradas anteriores recogidas en la sección, Pensamiento, del blog Ancile, traemos ahora nueva reflexión bajo el título: El amor: perpetua creación y la superación de la muerte.



El amor: perpetua creación y la superación de la muerte, Francisco Acuyo




EL AMOR: PERPETUA CREACIÓN

 Y LA SUPERACIÓN DE LA MUERTE




El amor: perpetua creación y la superación de la muerte, Francisco Acuyo



CUANDO la medicina moderna afirma que la muerte es una serie de enfermedades que se pueden prevenir,[1] muy bien puede considerarse más como un fracaso de la medicina[2] que de un acontecimiento inevitable, pese a lo cual seguimos muriendo y anhelando durar siempre. ¿Pero qué es lo que se revela ante el hecho inevitable? Los ritos funerarios de nuestros primitivos ancestros pretenden decir que acaso los muertos no están realmente muertos, y parece que es la conciencia –nosotros creemos que más allá del yo condicionado- la que se revuelve contra la extinción de la misma. Acudimos siempre a la razón para recabar cualquier fundamento de verdad a aquello que proponemos como posible, sin embargo, este anhelo de vida eterna no puede provenir de la razón, era esta una admonición muy interesante de Schopenhauer, siendo la voluntad ciega[3] (irracional) que impulsa la vida la que nos arrastra ilusoriamente a desear vivir siempre. Hoy día, al pairo de los avances tecnológicos y científicos, no le parece a nuestra sociedad positivo materialista nada descabellado la posibilidad de vivir siempre[4]. La cuestión es que bien al amparo del mito o de la epifanía religiosa o bien de la misma ciencia, el ser humano no deja de aspirar a ese anhelo de durabilidad infinita.
El amor: perpetua creación y la superación de la muerte, Francisco Acuyo                El papel primordial en el imperio de la conciencia en asuntos que conciernen directamente con el alma, el espíritu e incluso la misma materia,[5] nos hace intuir al menos el relieve e importancia de la misma en la cuestión de la muerte y el anhelo de supervivencia más allá de aquella. De la misma consciencia hemos aprendido a valorar una de las potencias más increíbles cual es el de la misma creación, de ella parte cualquier proceso creativo de la índole que sea incluida la idea misma de inmortalidad. Pero no es menos curioso que, cuanto más creativa es una invención, más alejada del yo condicionado parece contemplarse y que, por tanto, en cierto modo, el proceso de creación es un morir a lo sabido por condicionado, aquí diríase acrecentarse el concepto de conciencia personal egotista por uno más amplio que nos conecta con la totalidad del mundo más allá del pensamiento y acaso de la misma muerte.
                Si es cierto que toda voluptuosidad desea la eternidad,[6] será porque una de las más poderosas manifestaciones creativas de la conciencia es el amor, que es una forma muy singular de creación. No en vano el ethos que acaba ordenando (ordo amoris)[7] la vida del sujeto superior es siempre el amor, y en su equitativa jerarquía de valores ha de sobresalir siempre en su prescripción y advertencia vitales  que, al fin, acabaría haciéndolo coincidir con el acto divino -creativo-  de amor humano en un mismo punto del mundo de los valores[8]. Mas la contraposición a la pérdida inevitabledon d’amour) y su enigmática relación con el acto creativo como fecundidad espiritual que acaba ofreciéndose como expectativa fundamental y, desde luego como una necesidad de vida, mas también como conditio sine qua non de la presencia[9] divina.[10]
                Todo parece indicar que la frontera, el límite inexorable de la muerte admite trascendencia y es que en verdad, incluso empíricamente, el amor es la fuerza del destino, ya sea vista con los ropajes de la nuda concupiscentia o como espiritualísima afección.[11] En cualquier caso, ¿qué hemos de pensar del amor, si Dios ha muerto, y del alma, como decíamos en anteriores entradas, se ha firmado su acta definitiva de defunción?[12] No parecería probable, a la luz de las afirmaciones neopositivistas inmediatamente reseñadas, de que el donum amoris posea la potencia extraordinaria que, consciente e inconscientemente, desde siempre se le atribuye. ¿Cuál será la siguiente negación que, por no cuantificable en sus presupuestos, habrá que desecharse: la compasión, la solidaridad, tal vez?  No solo negamos evidencias éticas y simbólicas de necesidad individual y social incuestionables,  también la realidad psíquica profunda (consciente e inconsciente) del ser humano, o como ya advirtiera Jung, y todo por el ensalzamiento –acaso fuera de toda realidad demostrable- del conocimiento –científico-, se trata menos de una encarnación del logos que de una caída del anthropos o del nous en la physis.[13] Despojamos al hombre de sus dioses y también de su alma. Aquella energía y potencia que emanan del interior del hombre y cuya realidad es incuestionable, ya no tiene importancia ante la gloriosa y dogmática hegemonía de lo material externo.
El amor: perpetua creación y la superación de la muerte, Francisco Acuyo                No será una tarea baladí volver a interrogarnos si realmente lo que denominamos como conciencia (siempre racional, lógica, conceptual y consciente), cuando acude al amor para superar la angustia existencial, no está barajando lo intuitivo –e irracional- sobre algo que está ahí en potencia, escondido, que nos habla más allá de lo racional y que ya no es posible inhibir en nombre de lo unum necesse (lo único necesario)[14] ya se manifiesta imperativamente, ajeno a cualquier instinto disparador innato mecánico-biológico, a guisa de instinto ético que es capaz de realizar a la conciencia en pos de la unicidad de su objetivo; el objetivo del ser amado es en verdad la verdadera conciencia. Sí, es más que probable que ahora estemos dando muestras de una nociva potentia inconsciente en un acto de la consciencia[15], aunque sólo sea para salvaguardar nuestra salud mental, sin traer a colación cómo en las simas de nuestro inconsciente –donde habite el olvido, que diría el gran Luis Cernuda- es en donde se realizan y tienen lugar los fenómenos más extraordinarios del espíritu (la creación, el amor, la conciencia última que da sentido a la existencia…) y que acaban de incidir en nosotros y en la realidad más íntima del universo mismo. El amor humano no hace sino mostrarnos la vía de un sentido potencial que va más allá del de la expresión física del sexo, su metasexualidad, al fin y al cabo, es la que hace que sea aquél una experiencia altamente gratificante y hace del amor capaz de un entendimiento prelógico y premoral superador de cualquier significado viciosamente estipulado, y todo para una superación de nuestras insuficiencias e impericias mostradas en el estar y el ser en el mundo.
                Para siguientes post dejo la reflexión en torno si es siquiera razonable negar lo que parece evidente: ¿hay vida –y realidad- más allá de lo que somos capaces de marcar bajo patrones racionales y netamente materialistas?




Francisco Acuyo








[1] Schwartz, W.B.: Life without Disease, Berkeley, Univ. California Press 2008.
[2] Bossi, L.: Historia natural del alma, Antonio Machado Libros, Madrid, 2008, p. 433.
[3] Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación,
[4] La criogénesis, la inteligencia artificial y la informática avanzada (como vía de recepción de la conciencia humana), o incluso la posibilidad de un algoritmo inmaterial mediante el que pueda accederse al mantenimiento de dicha conciencia (Eco)
[5] Véase la mecánica cuántica y el papel primordial de la conciencia en la naturaleza de la misma materia.
[6] Nietzsche, F.: Así hablaba Zaratrusta,
[7] Scheler, M.: Ordo amoris, Caparrós editores, Madrid, 1996.
[8] Ibidem, p. 23.
[9] 1 Jn 4, 16: Dios es amor: y el que permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él.
[10] 1 Jn 4, 12.
[11] Jung, C.G.: Símbolos de transformación, Trotta, Madrid, 2012, p. 78.
[13] Jung, C.G.: nota 11, p. 91.
[14] Frankl, V. E.: El hombre en busca de su sentido último, Paidós, Barcelona, 1999, p.51.
[15] Ibidem, p.55.





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