martes, 9 de junio de 2020

LA CATÁSTROFE Y LA BENEVOLENCIA DEL PADRE

Prosiguiendo con la cuestión de las catástrofes y la respuesta del ser humano ante ellas, traemos una nueva entrada para la sección Pensamiento, del blog Ancile, esta vez bajo el título: La catástrofe y la benevolencia paterna.




La catástrofe y la benevolencia paterna. Francisco Acuyo




LA CATÁSTROFE 

Y LA BENEVOLENCIA DEL PADRE




He aquí que, cuando los impropiamente iniciados asumen el papel del padre redentor, pero indulgente (el Estado) pero indulgente, de forma inevitable adviene el caos.  El sometimiento a su condescendencia y misericordia es así mismo inexcusable. Es fundamental la conciliación consciente o inconsciente con la benevolencia del padre, padre que, sustituto positivo de Dios, acabará transformándose en el padre Estado benefactor de todos.

                Esta ha sido y es la vía para la disipación ante los miedos de las catástrofes y terrores de toda índole que pueblan la vida de los hombres en nuestros días, que buscan amparo en la inmortalidad o trascendencia de su poderío. Los mecanismos de aceptación inconsciente del individuo a la superioridad paternal del Estado son una muestra clara de las sociedades marxistas que una vez existieron (y en las que aún persisten).

                La manipulación del individuo está garantizada por la vasta magnitud del padre Estado que se arraiga, más que la realidad política o social de una comunidad, en los instintos inhibidos de sometimiento del hijo al padre sol (como diría Campbell) en lo más profundo y subterráneo del ser humano. El héroe paternal, ya no divino, sino vilmente profanado por el ideólogo sin escrúpulos, es el sustento ante lo imprevisible fenoménico del mundo que a todos aterroriza.
La catástrofe y la benevolencia paterna. Francisco Acuyo

                A mi humilde entender, creo que todas las potencias creativas del individuo acaban sometiéndose ante la catástrofe al arcano primero, básico que origina el mundo, que nos es otro que el progenitor germinal del mundo, el Dios creador, sustituido ahora por el recurso positivo y racional de la patria estado, donde deben permanecer bajo su protección indispensable.

                Este desconocimiento de la inmensidad inconsciente de nosotros  mismos es la que nos lleva a toda suerte de sometimiento, bien institucional religioso[1], o político e ideológico. El sentido o significado profundo que puede  inferirse de las catástrofes y tragedias que pueblan el devenir existencial del hombre, y que a pesar de todo, hace permanecer la generatriz creativa del mundo, nos es otra que la del Ser enigmático que anima el universo, y que en la actualidad se pretende, torpemente,  identificar con la ridiculez interesada y codiciosa del poder político que aspira al poder paterno estatal.

                El inexcusable problema del mal en el mundo, manifiesto en estas hecatombes siniestras que inundan nuestras vidas, trata de ser resuelto por la vía de la heroicidad supuestamente individual dirigida por la mano maestra que gobierna a los hombres en forma del Estado, resultando, con la inhibición profunda del problema, una nueva y más perniciosa contrariedad, la realidad de que no podemos saber la enigmática razón o sentido del devenir y designio de los hechos que tantas veces nos castigan injustamente y nos aterrorizan con su desafuero.

                Acaso seguimos sin entender que el verdadero héroe no es el Padre  (Dios institución o la institución del Estado), sino cada cual afrontando los terrores de su existencia, y no cae en la cuenta de que aquellos son el espejo dónde han de mirarse para contemplar el rostro del verdadero Padre creador y creativo, que en verdad nos mira con piedad.

                Abundaremos sobre esta y otras cuestiones en próximos post de este blog Ancile.




Francisco Acuyo



[1] Obsérvese que digo, institucional, no estrictamente religioso, ya que la intuición de los trascendente en el ser humano es uno de los más enigmáticos sustentos de condición particularmente humana.



La catástrofe y la benevolencia paterna. Francisco Acuyo

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