miércoles, 20 de junio de 2018

EL POEMA: MÁS ALLÁ DE LOS PROCESOS MECÁNICOS DE LA CIENCIA. TERAPIA Y POESÍA


Para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, traemos el post que lleva por título: El poema: más allá de los procesos mecánicos de la lengua. Terapia y poesía.

El poema: más allá de los procesos mecánicos de la lengua. Terapia y poesía. Francisco Acuyo




EL POEMA: MÁS ALLÁ DE LOS 

PROCESOS MECÁNICOS

 DE LA CIENCIA. TERAPIA Y POESÍA



El poema: más allá de los procesos mecánicos de la lengua. Terapia y poesía. Francisco Acuyo


El medio singular terapéutico que ofrece el elemento retórico poético pone de manifiesto el especial diálogo que va mucho más allá de las experiencias (vitales, emocionales….) compartidas, lo que hace es plantearnos hechos cuya verdad introspectiva está sujeta a idea de la belleza, y cuya concepción tiene mucho que decir de la naturaleza de nuestra mente y del conocimiento que a través de ella que es posible constatar. Pero, atención, esto es un conocimiento no acumulador y por tanto parcial, su dinámica es siempre integradora y, por eso, sería mejor hablar de comprensión o entendimiento que de conocimiento mismo. Su extraordinaria singularidad radica en que entiende con palabras el significado más allá de las palabras. El entendimiento poético, como fuerza vital integradora y dinámica se sitúa en un plano o estadio que trasciende lo netamente intelectual que implica una llamada de interés hacia un grado de atención que, normalmente, se encuentra secuestrado por el juicio racional, lógico, conceptual, o, también anulado por convenciones de la más diversa especie.
El buen poema sugiere más allá de los procesos mecánicos de la misma lengua y de la marcha consciente de nuestro pensamiento, y lo hace de manera abierta, libre, creativa. Nos ofrece un aprendizaje nada convencional para entenderse a sí mismo, pues lo primero que exige para su comprensión es el rechazo a cualquiera cosa aprehendida y, por tanto, condicionada, si nos impide ver
El poema: más allá de los procesos mecánicos de la lengua. Terapia y poesía. Francisco Acuyo
la realidad de nuestra angustia, tristeza, depresión…. lo cual implica un intelecto imbricado íntimamente en las emociones. De esa acción de entendimiento surge muchas veces una silenciosa respuesta que nos deja sin palabras, y donde no hay elección, ni juicio, ni análisis, solo un percibir, un darse cuenta en el que sobran explicaciones y cesan las ansiedades y la tristeza y las contradicciones, porque hemos visto lo que es en su totalidad. Aquí sobran explicaciones y cesan las ansiedades y la tristeza y las contradicciones.
Lo más extraordinario que manifiesta el componente retórico del poema es que nombra sin nombrar en tanto que, si verdadera poesía, aquello que nombra se manifiesta como un hecho que expone la necesidad tergiversadora de la mente cuando verbaliza, y que en el poema se exhibe o revela como sentimiento, emoción… como un hecho no sujeto ya a la mente, sino como un proceso completo activo que vive el hecho; la palabra deja de ser palabra para ser acción. La palabra poética nos libera del yo en tanto el hecho de lo que es, de lo que somos, no plantea una solución a este o aquel problema, sino que (en el discurso poético) se centra en la compresión íntegra del problema. Por eso los procesos metafóricos nombran sin nombrar, para romper con la palabra y ver el hecho. La palabra poética hace de la poesía la destructora de la palabra y el conocimiento mismo para enfrentarnos a la estructura misma del pensar.
La poesía nos confronta con nosotros mismos diluyendo al observador y a lo observado, y donde la palabra ya no es palabra, solo es acción y movimiento del entender, del aprender de nosotros y de la relación con el mundo sin censor ni censura. La poesía es atención perturbadora y catártica que nos libera del conocimiento y del proceso del pensar. Nos invita a indagar en la verdad que no tiene continuidad porque no tiene sitio, lugar ni tiempo; nos enseña que la verdad es siempre nueva, es vida siempre renacida. La palabra poética nos enseña que lo real no puede nombrarse y que, en realidad, la mente no la puede alcanzar sino es en virtud del silencio al que invita, del vacío, si es que en verdad la poesía es el olvido mismo de la palabra con la palabra insólita, inaudita, nunca antes pronunciada de la poesía.




Francisco Acuyo





El poema: más allá de los procesos mecánicos de la lengua. Terapia y poesía. Francisco Acuyo

lunes, 18 de junio de 2018

LA MÚLTIPLE EXCLUSIÓN DE LAS MUJERES 1. EXCLUIDAS DEL SABER Y DE LA EDUCACIÓN


Para la sección, Microensayos, del blog Ancile, traemos la segunda parte del ensayo dedicado a la misoginia, del profesor y filósoso Tomás Moreno, y todo bajo el título: La mútiple exclusión de las mujeres. Excluidas del saber y de la educación.


a mútiple exclusión de las mujeres. Excluidas del saber y de la educación. Tomás Moreno





LA MÚLTIPLE EXCLUSIÓN DE LAS MUJERES

1. EXCLUIDAS DEL SABER Y DE LA EDUCACIÓN




La mútiple exclusión de las mujeres. Excluidas del saber y de la educación. Tomás Moreno





2ª parte del Ensayo La Misoginia como construcción ideológica para ANCILE


A mis amigos Jenniffer Moore, poeta de deslumbrante sensibilidad lírica, y Pastor Aguiar, escritor y narrador de tersa prosa y fascinante imaginación, como expresión de mi admiración y reconocimiento. Desde Granada hacia Miami y con mi permanente agradecimiento.






Cuando se intenta visualizar la historia del feminismo, ésta ha de ser rastreada preferentemente en la historia de la misoginia, por lo tanto, en su inversión, a modo de una imagen en un espejo cóncavo. Cada vez que el feminismo logró hacer pasar a cuestión candente alguna de sus propuestas (el voto, el acceso a la educación, la paridad en el poder), varios autores y de primera magnitud dedicaron sus genios a definir en qué consistía ser mujer (Amelia Valcárcel, Las filosofías políticas en presencia del feminismo).


En un sugestivo y original ensayo, De manzanas y serpientes, Lorenzo Álvarez de Toledo[1] afirmaba que detrás de cada tabú y de cada producción mítico-patriarcal  se escondía, en realidad, una determinada proscripción o prohibición para las mujeres: la prohibición de mirar y la  de exhibirse, la de hablar y la de comer, la de derramar sangre y la de administrar bienes, la de acceder al conocimiento y la de cantar, etc.  En efecto, los impedimentos y prohibiciones secularmente utilizados por el patriarcado –mediante ese tipo de procedimientos míticos y simbólicos o mediante otros más expeditivos y directos-  para controlarlas e impedir su plena autonomía han sido muy numerosos. Entre ellos, podemos señalar los siguientes: su exclusión de una instrucción y educación igualitaria, semejante a la facilitada a los varones, para evitar su acceso al conocimiento; la proscripción del libre uso de su palabra en el ágora pública para poder expresarse libre y responsablemente y reivindicar sus derechos cívicos, políticos y sociales; su exclusión del poder político para participar de manera activa y responsable en las instituciones y organismos que dirigen la vida de la sociedad en todos sus niveles (políticos, económicos, empresariales y académicos).
La mútiple exclusión de las mujeres. Excluidas del saber y de la educación. Tomás Moreno

            Además de todas esas prohibiciones e interdictos, podríamos añadir las relacionadas con su participación en el mundo de lo sagrado, actividades reservadas por una tradición multisecular, y con exclusividad, al hombre varón: las mujeres se vieron así progresivamente marginadas o expulsadas de todo lo relacionado con la celebración del culto, el orden ministerial sacerdotal y la gestión directiva en las instituciones eclesiásticas de las religiones del Libro, patriarcales y monoteístas. Todas ellas forman parte de una dura y milenaria “larga marcha” histórica, llena de obstáculos y de dificultades, que las mujeres han tenido que recorrer solas para acceder al fin a su anhelada emancipación humana y a su plena autonomía moral y personal. De todo ello se tratará en esta segunda parte de nuestro ensayo
            Comencemos por la primera de las exclusiones señaladas. “Desde la noche de los tiempos pesa sobre las mujeres una prohibición de saber”, escribe Michèle Le Doeuff [2], cuyos motivos y fundamentos ha tratado de señalar y explicitar la gran pensadora e historiadora feminista francesa. El saber es contrario a la feminidad. El saber, que es sagrado, es exclusividad de Dios y del hombre, su delegado en la Tierra. Por eso Eva cometió el peor de los pecados. Ella, mujer, quiso saber; sucumbió a la tentación del diablo y fue castigada. “Las religiones del Libro (judaísmo, cristianismo, islam) confían la Escritura y su interpretación a los hombres. La Biblia, la Torá, los versículos islámicos del Corán son asunto de ellos”[3]. La curiosidad femenina, como rasgo de género está presente en los mitos, leyendas y cuentos de todas las culturas. Pandora, Atalanta, Psique, Eva, la mujer de Loth, la mujer de Enkidu son figuras representativas del motivo de la curiosidad altiva o del  inmoderado deseo de conocer o saber de la mujer como origen de mal. Roger Shattuck ha dedicado al tema páginas esclarecedoras en su ensayo Conocimiento prohibido[4].
La mútiple exclusión de las mujeres. Excluidas del saber y de la educación. Tomás Moreno            Sorprende, después de lo anteriormente escrito, que, inmersa en esa tradición represora y enemiga del acceso de las mujeres a la educación, al saber y a la palabra, y ochenta años antes del terrorífico tratado para el exterminio de las brujas (el Malleus Maleficarum de 1486), una comprometida mujer francesa, Christine de Pizan (1364-1430), fuese capaz, en su obra de sorprendente modernidad La ciudad de las damas (1405)[5] de reivindicar la igualdad de los sexos, y de oponerse al discurso dominante de su tiempo, brutalmente masculino y misógino, que postulaba la inferioridad intelectual de las mujeres y les impedía el derecho a aprender y a ser educadas en igualdad con los varones[6]. En su escrito en forma dialogada, protagonizado por tres damas, la Razón, la Rectitud y la Justicia en diálogo con ella misma, Christine de Pizan se ocupa de elaborar una genealogía de mujeres ilustres que se habían distinguido por sus conocimientos y por su saber hacer en el mundo, y cuyo ejemplo ofrece como un baluarte definitivo contra las argumentaciones de la supuesta inferioridad femenina.
            Christine de Pizan en esta obra, no sólo sostiene la igualdad entre los sexos, reclama una serie de derechos sociales para las niñas y pide el reconocimiento de sus capacidades intelectuales, sino que se empeña, sobre todo, en reivindicar el derecho a la educación y a la instrucción de niñas y de jóvenes mujeres. En boca de la Razón, escribe algo tan de sentido común hoy, pero tan revolucionario en su tiempo, como estas palabras: “Si la costumbre fuera mandar a las niñas a la escuela y enseñarles
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ciencias con método, como se hace con los niños, aprenderían y entenderían las dificultades y sutilezas de todas las artes y ciencias tan bien como ellos” (LCD, 63-64)[7]. Para finalizar, no nos resistimos, aunque el fragmento sea largo, a reproducir una parte muy significativa, por su modernidad, del inicio de su diálogo: 

Sentada un día en mi cuarto de estudio, rodeada toda mi persona de los libros más dispares, según tengo costumbre. Levanté la mirada del texto y decidí abandonar los libros difíciles para entretenerme en la lectura de algún poeta. Estando en esta disposición de ánimo, cayó en mis manos cierto extraño opúsculo, que no era mío sino de alguien que me lo había prestado. Lo abrí y vi que tenía como título “Libro de las Lamentaciones de Mateolo” [compendio misógino en verso del 1300, muy popular y difundido en la Europa de su tiempo]. Me hizo sonreír, porque, pese a no haberlo leído, sabía que este libro tenía fama de discutir sobre el respeto hacia las mujeres. […]. Su lectura me dejó algo perturbada y sumida en una profunda perplejidad. Me preguntaba cuáles podrían ser las razones que llevan a tantos hombres, clérigos y laicos, a vituperar a las mujeres, criticándolas bien de palabra bien en escritos y tratados. […]. Me propuse decidir, en conciencia, si el testimonio de tantos varones ilustres podía estar equivocado. […] Por más que intentaba volver sobre ello […] no podía entender ni admitir como bien fundado el juicio de los hombres sobre la naturaleza y conducta de las mujeres […] Todo aquello tenía que ser verdad, si bien mi mente, en mi ingenuidad e ignorancia no podía llegar a reconocer esos grandes defectos que yo misma compartía sin lugar a dudas con las demás mujeres. Así, había llegado a fiarme más del juicio ajeno que de lo que sentía y sabía en mi ser de mujer[8] (LCD, 5).

TOMÁS MORENO



[1] Lorenzo Álvarez de Toledo, De manzanas y serpientes, Devenir/El otro, Madrid, 2008, pp. 71-113. Fue VIII Premio de Ensayo “Miguel de Unamuno” 2007 del Ayuntamiento de Bilbao.
[2] Michèle Lre Doeuff, La Sexe du savoir, París, Aubier, 1998.
[3] Michèlle Perrot, Mi Historia de las mujeres, pp. 116-119. Sobre el deseo de saber de Eva y el pecado original véase E. García Estébanez Contra Eva,  pp.47-51 y 22 y 31.
[4] Robert Shattuck , Conocimiento prohibido, Taurus, Madrid, 2002.
[5] Christine de Pizan, La ciudad de las damas, op. cit. Christine anticipó así tempranamente la reivindicación contra el prejuicio desigualitario sexista y androcéntrico en la que se inspirarán más tarde tantas mujeres anónimas e ilustres en infatigable lucha para su eliminación.
[6] Aunque es cierto que como han demostrado historiadores como Margaret Wade Labarge (La mujer en la Edad Media, Madrid, 1988) y Georges Duby (Damas del siglo XII: Eloísa, Leonor, Iseo y algunas otras, Alianza, Madrid, 1995) entre los siglos  XII y XIV se produce en el centro de Europa y en Francia y Holanda (en casas religiosas femeninas y conventos de monjas sobre todo, aunque también en ambientes seculares como La Sorbona) una cierta actividad literaria y cultural de una minoría selecta de mujeres (la abadesa Hildegarda de Bingen, la monja Rosvita, Wiborada, Lioba, Eloísa –compañera de Abelardo-, María de Francia -autora de las Lais-, Catalina de Siena doctora de la Iglesia), la mujer común está absolutamente marginada de cualquier tipo de enseñanza o educación reglada, institucionalizada.
[7] Cf. Antonia Fernández Valencia, “Los discursos sobre la capacidad intelectual de las mujeres. Un frente histórico del feminismo”, en Actas del Seminario: Situación de la mujer superdotada en la sociedad”, Universidad Complutense de Madrid, pp. 244-263. En este ensayo su autora reúne y analiza las obras y discursos de las principales escritoras y pensadoras que a lo largo de la historia han luchado contra la marginación y desigualdad de las mujeres, rechazando su inferioridad y reafirmando su dignidad humana y sus capacidades biológicas,  intelectuales y éticas y reivindicando sus derechos sociopolíticos y  su dignidad humana, desde Hildegard de Bingen (siglo XII), Christine de Pizan (XIV-XV), Teresa de Cartagena (XV), Isabel de Villena (XV) o Sor Juana Inés de la Cruz (XVII), hasta Mary Wollstonecraft (XVIII), Josefa Amar y Borbón (XVIII-XIX), Concepción Arenal (XIX), Rosalía de Castro (XIX) y Emilia Pardo Bazán (XIX-XX).
[8] Christine de Pizan, La ciudad de las damas, op. cit. En este texto apreciamos cómo en el inicio de su diálogo escribe: “Sentada un día en mi cuarto de estudio, rodeada toda  mi persona de los libros más dispares, según tengo costumbre”. Palabras que sin duda hacen de ella una auténtica precursora de Virginia Woolf al reclamar también para las mujeres ”una habitación propia”, un espacio privado para poder reflexionar, escribir y crear una obra propia y personal. Cf. V. Woolf, Una habitación propia, tr. esp. de Laura Pujol, Seix Barral, Barcelona, 1997.



La mútiple exclusión de las mujeres. Excluidas del saber y de la educación. Tomás Moreno


jueves, 14 de junio de 2018

DE LA AMORALIDAD DE LA MUJER EN OTTO WEININGER A LA GUERRA DE SEXOS FINISECULAR


Para la sección, Microensayos, del blog Ancile, traemos el post que lleva por título: De la amoralidad de la mujer en Otto Weinnger a la guerra de de sexos finisecular, del filósofo Tomás Moreno.


De la amoralidad de la mujer en Otto Weinnger a la guerra de de sexos finisecular, Tomás Moreno





 DE LA AMORALIDAD DE LA MUJER EN OTTO WEININGER 

A LA GUERRA DE SEXOS FINISECULAR




De la amoralidad de la mujer en Otto Weinnger a la guerra de de sexos finisecular, Tomás Moreno



Otto Weininger (1880-1903), el joven pensador vienés, considera que el imperativo ético sólo podrá ser obedecido por los seres dotados de razón, de modo que no hay lugar para moralidad instintiva alguna. Y es que si la única moralidad posible se caracteriza por algo es precisamente por ser plenamente consciente (SYC, 222). Es coherente por ello que para Weininger lógica y ética estén estrechamente unidas. De ahí que sea muy importante (SYC, 150-151), averiguar si un individuo reconoce o no los axiomas como norma continua para sus juicios. Al dominar los principios de identidad y contradicción, el hombre puede mentir o decir la verdad y, en consecuencia, ser inmoral o moral, posibilidad de la cual carece la mujer por faltarle precisamente el criterio de verdad. Ello es lo que justifica que para Weininger la mujer no sea inmoral sino amoral (SYC, 152, 193, y 231).
            Concibe, por otra parte, a la mujer como un ser hipersexualizado. Así nos la retrata con total crudeza sin ningún tipo de contención o mesura:

“La mujer es sólo sexual, el hombre también sexual […]. Los puntos del cuerpo del hombre capaces de ser excitados sexualmente son poco numerosos y estrictamente localizados. En la mujer la sexualidad está extendida de modo difuso por todo el cuerpo, y todo contacto, cualquiera que sea el punto, la excita sexualmente. […] La mujer es sexual de modo permanente, el hombre tan solo de forma intermitente. […] La mujer no es otra cosa que sexualidad, porque es la sexualidad misma” (SYC, pp. 98-99, passim)

            Ante sus ojos, la mujer aparece, pues, como “completamente ocupada y absorbida por la sexualidad”, en tanto que el hombre se ocupa no sólo de ésta sino de otras muchas cuestiones: “la lucha, el juego, la sociabilidad y la buena mesa, la discusión y la ciencia, los negocios y la política, la religión y el arte”. El hecho de que el hombre, a diferencia de la mujer, sea sexual sólo intermitentemente y no constantemente, le permite separar psicológicamente la sexualidad del resto
De la amoralidad de la mujer en Otto Weinnger a la guerra de de sexos finisecular, Tomás Moreno
de sus actividades y tomar conciencia de ella (SYC, 97). Pero al ser la mujer sólo sexual, no nota su sexualidad, no es consciente de ella. Y concluye el joven Weininger: “Groseramente expresado, el hombre tiene un pene, pero la vagina tiene una mujer” (SYC, 99).
            Bajo la influencia de Lombroso[1] considera a la mujer carente de todo sentido ético. Ve –como apunta Erika Bornay- una relación entre lo delictivo y lo femenino, en el sentido de que, estando la mujer falta de esencia, revelándose como el “no-ser” y estando el “no” emparentado con la nada, la mujer es, como consecuencia, antimoral, puesto que “la afirmación de la nada es antimoral: es la necesidad de transformar lo que tiene forma en informe, en materia, es la necesidad del destruir”[2]. “Esto es –concluye Erika Bornay- lo que la convierte en un ser delictivo. Con la utilización del pretencioso envoltorio del discurso filosófico, Weininger intenta dar apariencia de verdad reflexionada a lo que es simplemente retórica de la misoginia y la sexofobia”[3]. Otros autores le secundaron: W. G. Summer, H. Spencer, C. Vogt, N. F. Cooke, etc., entre otros muchos.       Es de resaltar a este respecto –como nos recuerda Alicia H. Puleo-  un hecho notablemente significativo como es que estas manifestaciones extremas de misoginia de Otto Weininger “coinciden con un momento cúspide del sufragismo”, movimiento que el joven pensador vienés consideraba promovido por individuos intersexuales, “mujeres viriles que, con su iniciativa masculina, arrastraban al activismo a otras mujeres normales”[4].
            Todo ello pone absolutamente de relieve que el conflicto entre feministas y antifeministas no fue un simple pasatiempo mundano, ni una intrascendente anécdota, sino algo con raíces mucho más profundas y complejas. Pero no sólo pensadores y antropólogos y científicos sociales participaron en ese enfrentamiento. Contenida por entero en la materialidad de su cuerpo, la mujer del fin de siglo XIX también es percibida de nuevo como esa carne maldita que la Edad Media asimilaba al mal y  es por ello denostada por los escritores, artistas más afamados e ilustres de esta época A. H. Puleo, a quien seguimos en este punto, comentando el documentado estudio sobre el arte de fin de siglo de Bram. Dijkstra, nos señala que se trató de una “guerra contra la mujer”, suscitada por la imposibilidad de que ésta se plegara completamente al ideal de ángel del hogar de la primera mitad del XIX[5].
            En efecto, a finales del siglo XIX  la misoginia recupera su máxima virulencia pero, esta vez, su discurso ya no va a ser religioso. En una sociedad crecientemente secularizada, la ciencia asume el relevo y presta su apoyo al prejuicio sexista. En las últimas décadas de ese siglo y a principios del XX, el arte y la literatura multiplican las representaciones de la perversidad moral de la Mujer[6].  “Una sexualidad femenina –escribe Alicia H. Puleo-  amenazante se insinúa en la pintura, la escultura, la novela y la poesía. Las flores del mal baudelaireanas se abren y proliferan en la cultura de la época. Las Ménades y Salomé pueblan la fantasía de los artistas, los intelectuales y su público. La Mujer es representada una y mil veces como fuerza ciega de la Naturaleza, realidad seductora pero indiferenciada, ninfa insaciable, virgen equívoca, prostituta que vampiriza a los hombres, belleza reptiliana, primitiva y fatal”[7].
            En su obra Las hijas de Lilith, Erika Bornay[8] nos muestra exhaustivamente cómo va a emerger la figura femenina, de la mujer fatídica, la femme fatale en el arte y la literatura finiseculares. Su iconografía se enmarca preferentemente dentro de unos determinados movimientos artísticos y literarios vinculados a los grupos prerrafaelitas, simbolista y del Art Nouveau y a unos artistas como Dante Gabriel Rossetti, E. Burne-Jones, Gustave Moreau, Edvard Munch, Gustav Klimt, Aubrey Beardsley, Félicien Rops, Franz von Stuck, Jan Toorop, Fernand Khnopff. También escritores y
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literatos como Baudelaire A. Ch. Swinburne, J. K. Huysmans, J. Keats, Flaubert, Wilde, Sacher-Masoch contribuyen con sus escritos a esa demonización femenina.
            La mujer es representada en personajes de las mitologías paganas evocadores del mal (Venus, Pandora, Medea, Astarté Syriaca, Proserpina, Circe, Helena de Troya); o en personajes bíblicos también asociados al pecado y al mal (Eva, Salomé, Judith, Dalila); unas veces en forma de personajes literarios (Salambó, Lorelei, Sidonia von Bork, La Belle Dame Sans Merci) o históricos (Cleopatra, Mesalina, Lucrecia Borgia), otras a través de representaciones de mujeres caídas, prostitutas (Olimpia, Nana), de bellas atroces (La Esfinge, Medusa, Sirena, Harpía, Mujeres vampiros, murciélagos y alimañas) o, en fin, mediante figuras de seres andróginos, de mujeres serpiente o reptil, de mujeres diabólicas o animalizadas como la femme tentaculaire.
            Además de constituir una fuente de excitación y placer masculinos, estas imágenes serían un aviso de los peligros que, supuestamente, amenazan al varón decimonónico occidental: “razas inferiores”, “clases inferiores” y mujeres son percibidas como “naturaleza primitiva capaz de destruir la civilización”. La asimilación al mal de la mujer así como su irremediable perversidad dejará su huella en filósofos y pensadores posteriores muy ilustres y reconocidos, que atribuirán a las mujeres rasgos y características morales fundamentados sólo en el prejuicio o en la frívola e irresponsable improvisación. (Continuará con la segunda parte: La múltiple exclusión de las mujeres)

TOMÁS MORENO



[1] Escribió en colaboración con G. Ferrero celebrada obra: La donna delinquente, la prostituta e la donna normale, de 1893. En ella  Lombroso –muchos de cuyos datos serán la fuente de la que bebería la misoginia de Weininger- recoge la tesis de que la prostitución es la manifestación de la estructura criminal latente en la mujer. Establece en repetidas ocasiones una clara relación entre la mujer prostituta y la mujer criminal, si bien en la que él denomina “mujer normal” hay ya “molti caratteri che l’avvicinano al selvaggio, al fanciullo e quinde al criminale (irosità, vendetta, gelosía, vanità)” (op. cit. p. 112, en p. 87 de Erika Bornay). Insistirá en su obra sobre la peligrosidad que representa para la mujer la ausencia del sentimiento maternal “una mancanza dei sentimenti materni fa delle prostitute-nata le sorelle gemelle delle criminali-nati” (p. 274), característica que, como veremos más adelante, es un rasgo fundamental de la femme fatale, generalmente estéril. Sólo la mujer madre es moral, lema en Inglaterra de la lucha contra el control de natalidad.
[2] Erika Bornay, Las hijas de Lilith, op. cit, p. 86.
[3] Ibid., p. 87.
[4] Alicia H. Puleo,Mujer, sexualidad y mal en la filosofía contemporánea, op. cit. p. 171. Una lograda plasmación literaria de esta explicación biologicista del sufragismo es, según Alicia H. Puleo, la novela Las bostonianas de Henry James 
[5] Bram Dijkstra, Ídolos de perversidad. La imagen de la mujer en la cultura de fin de siglo, Debate, Madrid, 1994.
[6] A. H. Puleo, Mujer, sexualidad y mal en la filosofía contemporánea, op. cit., pp. 167-168, passim.
[7] Ibid., p. 167. Según A. H. Puleo, hoy este fenómeno de identificación de la mujer y de su sexualidad  con el mal pervive en la publicidad y en producciones cinematográficas, a menudo destinadas al consumo de masas. ¿A qué se debe esta asombrosa proliferación de representaciones de la amenazante sexualidad femenina? Distintas respuestas han sido dadas a este interrogante. Conviene observar, asimismo, advierte A. Puleo, “la proliferación de la mujer fatal en los anuncios publicitarios de Occidente. Se trata de una renovación de esta vieja imagen, ahora cibernética y adolescente. Ser perversa es la nueva propuesta del patriarcado a las jóvenes rebeldes. Parece, pues, pertinente, volver a examinar las conceptualizaciones de mujer, sexualidad y mal”.
[8] Erika Bornay, Las hijas de Lilith, op. cit., pp. 158-306.



De la amoralidad de la mujer en Otto Weinnger a la guerra de de sexos finisecular, Tomás Moreno


lunes, 11 de junio de 2018

EL MUNDO ERA UN AVIÓN


Traemos esta curiosa y preciosa invención relatada de nuestro colaborador, querido amigo y narrador de excelencia, Pastor Aguiar, por cuyo relato muestro mi más sincero agradecimiento. Lleva por título, El mundo era un avión, y lo exponemos para la sección de Narrativa del blog Ancile.



 El mundo era un avión, Pastor Aguiar




EL MUNDO ERA UN AVIÓN





 El mundo era un avión, Pastor Aguiar


El avión se fue posando en medio del batey. Nosotros habíamos visto aviones subrayando el cielo en todas direcciones, y pensábamos que eran del tamaño de un automóvil, cuando más; ni teníamos idea de cómo aterrizaban. Nadie en la sitiería estuvo en un aeropuerto. Tampoco había cine para enterarse de tales cosas.
Así que cuando vimos la nave descender verticalmente sobre el terreno de pelota, no hubo dudas de que era su manera habitual de posarse.
De más está decir que el estruendo espantó a los animales del cielo y de la tierra, pero al rato el silencio parecía plomo.
El moro y yo fuimos de los primeros en acercarnos. El armatoste parecía un gigantesco melón, de casi una cuadra de largo, en reposo sobre no sé cuántas ruedas de goma y repleto de ventanas iluminadas por sus costados.
Detrás de nosotros fueron llegando los demás, algunos a caballo, como Buro, quien nunca descabalgaba a causa de su invalidez.
Precisamente Buro, con su voz de silbido de locomotora, se impuso al abejeo de los comentarios todavía tímidos.
_ ¡Prepárense, que lo leí en la Biblia, vienen a recoger a los elegidos! ¡Llegó el final de los tiempos!
_ ¿Y cómo sabremos a quién le toca? _ Me atreví a preguntar.
_ Dios sabe, ya es tarde para cambiar lo que has hecho, pícaro. Bien sé las maldades que has ido acumulando.
El moro se había escondido detrás de mí temblando. Yo no supe qué rumbo tomar, porque si al asunto era como declaraba Buro, de nada valía que saliera a todo lo que me daban los pies.
Pero al momento otra voz se impuso. Era Candito, el jefe de vigilancia del comité de defensa de la revolución.
_ ¡Párense ahí mismo! Ni un paso más, que se trata de la invasión imperialista. Por suerte estoy al día con la radio. El enemigo nos ataca.
 El mundo era un avión, Pastor AguiarYo pensé que un ataque implicaba la presencia de soldados, armas y muerte. Nada de ello ocurría en este caso. Era un avión todavía en reposo.
_ Ya viene este miliciano con sus pesadillas. Son los mismos que están quitándole la tierra a medio mundo y quieren mantenernos asustados_ Le dije a mi amigo.
Pero Candito se molestó con la poca atención recibida. La gente no se sentía amenazada por el avión y se iba acercando a él a la redonda, hasta tocar sus ruedas y dar saltos tratando de rozarle la panza plateada.
Y fue cuando Candito, a los pocos minutos, regresó desde su rancho con el revólver que el gobierno le había asignado para defender la patria revolucionaria.
_ ¡A ver, sea quienes sean, salgan con las manos en alto! ¡Al que haga un movimiento sospechoso lo dejo frito!
Como no hubo respuesta, a los diez minutos el hombre disparó un tiro al aire.
_ ¡El siguiente es a matar!
_ Este cabrón está loco, quién lo va a oír allá dentro. Quizás ni siquiera hablen nuestra lengua_ Comentó Ceferino, uno de jornaleros del batey.
A todas estas la nave comenzó a estremecerse y a esconder sus ruedas, de forma que la barriga descendía sobre el pasto, quedando al alcance de cualquiera. Las ventanas fueron mucho más visibles y pudimos ver rostros asomándose, no solo de personas, pues juro que vi una cabeza de buey con cuernos enormes.
Sin tiempo para sacar conclusiones, por el costado frente a nosotros se abrió una puerta y desde ella se precipitó la escalerilla metálica. Un tumulto de pájaros escapó, de toda especie y en todas direcciones, como si hubieran olvidado el afuera.
Candito les apuntó a las aves, algunas como gansos, pero con aquella arma corta no fue capaz de herir a ninguna, a pesar de gastar todas sus balas.
_ ¡Vayan a buscar machetes, lo que sirva para matar canallas! _ Agregó el miliciano agarrando el revólver por el cañón a manera de martillo.
_ Déjalo que siga comiendo mierda. Nadie lo oye_ Dijo el moro a mi lado.
_ ¡Ya sé de lo que se trata! _Volvió a pitar la voz de Buro _ ¡Leí lo del Arca de Noé, los que se salvaron del diluvio! ¡Acaban de aterrizar en la finca! ¿No ven los animales? ¡En cualquier momento se aparecen los ocho seres humanos!
_ Otro loco, pero este me da risa. Lo del arca ya pasó cuando las ranas tenían pelos_ Dije al moro.
Como nadie salía después de los pájaros, la curiosidad pudo más que yo.
_ Moro, voy a asomarme a ver qué hay allá dentro.
_ Si tú te atreves, no me quedaré atrás, ¡dale!
Comencé a subir los escalones con mi compañero, hasta abocar el espacio iluminado de las tripas del avión.
 El mundo era un avión, Pastor Aguiar
Nos quedamos por unos minutos en el rectángulo de la puerta, como entre dos mundos, porque yo tuve la sensación de que al dar el siguiente paso iba a verificar la existencia de otros pueblos, de que la finca no estaba sola en el universo. Cuando volví el rostro hacia el moro, tan pegado a mí que parecíamos uno, noté que él temblaba de asombro. Hasta el aire había cambiado allí mismo. Era un aire delgado y fresco que se respiraba hasta por los poros.
_ Sígueme, ya no hay marcha atrás, moro.
Avanzamos un poco, apenas dos o tres metros. Ahora abocábamos un pasillo cerrado por la derecha por una puerta brillante y extendiéndose por la izquierda entre edificios.
_ Mira, una ciudad, quién lo iba a imaginar. Se parece a algún barrio de La Habana, pero bien cuidado, con anuncios lumínicos y gente elegante_ Susurré al moro.
_ ¡Bienvenidos a Ancile! _ Exclamó un señor de cuidadas maneras, con la edad que hubiera tenido mi padre.
_ ¿Y usted quién es? Nunca escuché su nombre_ Se adelantó mi compañero.
_ Ancile es mi blog literario. Yo soy Francisco Acuyo, su creador. Están en su casa. Alrededor de esta página podrán incursionar por Granada, por toda España, y si continúan, el resto del mundo, las montañas y los mares. Escucharán cada idioma y sabrán lo que dicen perceptivamente.
Nos quedamos en silencio. Aquello era demasiado para nosotros.
_ ¿Qué será lo de “perceptivamente”? _ Me preguntó el moro.
_ No sé; pero se me ocurre, por lo demás que dijo, que entenderemos los idiomas sin traducir las palabras.
_ Bueno, ya se verá.
Acuyo nos habló de su trabajo en el blog, antes de lo cual tuvo que explicarnos lo que significaban las computadoras, las páginas virtuales y la virtualidad como tal. El tiempo se había escondido de nosotros.
_ Miren la fachada de ese salón. ¿No ven su título… Ancile? Al pasar a su interior podrán leer todo lo que he ido publicando de muchos autores y de mi creación. Hay algunas cosas tuyas_ Me confesó nuestro anfitrión.
_ No es posible. Apenas he escrito algunos cuentos y poemas que ni mi madre conoce_ Contesté.
_ Estamos en el futuro, muchachos. Acá el reloj juega a los dados.
Sin más demoras pasamos al salón y quedamos lelos ante los contenidos que flotaban en páginas de luz con caracteres negros, e ilustraciones magníficas.
_ ¿Estaremos soñando? _ Agregó el moro pellizcándome.
_ Supongo que sí, pero es tan hermoso. Hasta hoy había pensado que los países eran invento de escritores sin otra cosa que hacer_ Respondí.
Estuvimos allí hasta que Acuyo nos haló de regreso al pasillo, pues dijo que se iba a escudriñar el espacio estelar a través de su telescopio.
_ Si vuelven por acá les enseñaré las estrellas. Recuérdenmelo.
Dimos las gracias y continuamos rumbo a los vericuetos del avión, porque en lo delante de seguro nos esperaban la muralla china, las pirámides de Egipto, Jerusalén con sus lugares sagrados, y quién sabe si Abraham todavía.




Pastor Aguiar
Sep. 27-2016






 El mundo era un avión, Pastor Aguiar