miércoles, 16 de enero de 2019

LA NADA EN LA CONCIENCIA DEL SER MISMO

Para la sección, Ciencia, del blog Ancile, traemos el post que lleva por título: La nada en la conciencia del ser mismo.



La nada en la conciencia del ser mismo. Francisco Acuyo




LA NADA EN LA CONCIENCIA DEL SER MISMO



La nada en la conciencia del ser mismo. Francisco Acuyo


Cuando comentábamos en anterior ocasión[1] la imposibilidad de sustraer la vacuidad, la nada así como el ser mismo de la conciencia del sujeto, esto no implicaba que su no objetividad positiva, dicha nihilidad (vinculada al ser) no pueda tratarse como algo despegado de nuestra propia existencia, y por lo tanto no sea menos real que aquella misma en la que nos incluimos. Diríase que el ser de nuestra existencia es al mismo tiempo, de manera dual, nada en nosotros y nada en su absoluto. No puedo inhibir la imaginación al respecto y establecer una analogía que no se me antoja disparatada, me refiero al fenómeno del entrelazamiento cuántico[2], que nos habla de un sistema que viola cualquier realismo local, y del que se deriva la no separabilidad (matemática y acaso física) del objeto cuántico, siempre sujeto a la misma observación y que en cierto modo pone patas arriba el monismo materialista de la realidad.
                La paradoja de esta dualidad, que en realidad es uno, nos trae a la memoria,  de nuevo, paradojas que sobrevienen en el mundo de lo infinitamente pequeño[3], donde el ser de lo material es posibilidad, en donde la nada (el vacío) es el fundamento de las posibles realidades existenciales –materiales- como superposiciones varias de posibilidades. ¿Es en esta nada objetivable dónde esto tiene lugar? ¿Cómo es esto posible, de ser cierto? Mas, esto parece ir en contra de la causalidad positivo materialista –ascendente- que reza: será la partícula material la que, mediante el soporte físico biológico del cerebro, haga posible la conciencia. De hecho, de la no localidad de dichos objetos minúsculos (partículas elementales), se ha demostrado que influyen mutuamente sin mediación de señales, por lo que se dirían estar aquellos interconectados en dominios ¿extraespaciales y extratemporales? (se dicen que parecen violar la constante de la velocidad de la luz), y donde la potencialidad es tan real como lo actual objetivo. ¿No será en esta nada en donde se radica dicha potencialidad? ¿Pero, cual es la naturaleza de esta nada? Esta interrogante vuelve una y otra vez a lo largo de todas y cada una de nuestras reflexiones a lo largo de esta ya prolija exposición sobre la nada.
La nada en la conciencia del ser mismo. Francisco Acuyo
                En cualquier caso, la conciencia parece tener un protagonismo extraordinario en el razonamiento sobre la sustancialidad de la nada. Diríase que la realidad que acontece en la nada se resuelve por la vía opuesta de la causación material ascendente, la potencia –la probabilidad- es la que precipita el acontecimiento material –existencial-  de lo que entendemos como materia, y que es la conciencia la que lo precipita. Aquí surge una nueva interrogante no menos capital y de difícil respuesta, a saber: ¿Cuál es la naturaleza de la conciencia capaz de corporeizar, actualizar materialmente la probabilidad o potencia de un objeto?
                La nada a la que lleva el final, la muerte, la disolución de algo que existe (con consciencia), ¿es el reducto donde todo, al fin y al cabo, se cuece en forma de probabilidades de ser, y donde, por tanto, hablar de  sujeto y de objeto no tiene el más mínimo sentido ya que todo se circunscribe a los potenciales procesos creativos que lleven a su materialidad?
                Esta interrogante fundamental en física se concreta en: ¿qué será lo que impulsa, genera, la realidad corpuscular, material, actual de los electrones que se mueven como ondas probabilísticas? Todo parece indicar que el colapso de la partícula localizada tiene mucho que ver con lo que denominamos conciencia (John von Neumann) del observador, aunque dicha conciencia,  nos lleve a una aparente nueva dualidad. Insistiremos sobre esta peculiar interrogante en la siguiente entrada del blog  Ancile.


Francisco Acuyo



[1] Acuyo, F.: Blog Ancile, Ciencia, Filosofía y Trascendencia,
[2] Recogido por Einstein, Podolsky y Rosen en su famosa paradoja EPR, y que Schrödinger adaptaría para sus estudios sobre los estados cuánticos.
[3] Véase una delas proverbiales paradojas de la física de partículas, a saber: la dualidad onda partícula.




La nada en la conciencia del ser mismo. Francisco Acuyo


lunes, 14 de enero de 2019

LA VIDA BREVE DE UN FILÓSOFO DILETANTE: OTTO WEININGER


Abundando sobre el personaje, la personalidad y el pensamiento de Otto Weininger, traemos para la sección, Microensayos, la entrada del filósofo Tomás Moreno, que lleva por título: Otto Weininger: La vida breve de un filósofo diletante. 

Otto Weininger: La vida breve de un filósofo diletante. Tomás Moreno



OTTO WEININGER (II). 

LA VIDA BREVE DE UN FILÓSOFO DILETANTE



Otto Weininger: La vida breve de un filósofo diletante. Tomás Moreno

Otto Weininger (1880-1903)[1], hijo de un orfebre judío, antisemita, adorador de Wagner y peregrino a Bayreuth, nace en Viena el 3 de abril de 1880 de padres judíos e ilustrados; se dedicó en principio, en su etapa del Gymnasium, a los estudios literarios y filológicos. Políglota precoz, aprendió de manera autodidacta ocho lenguas antes de dejar la universidad. A los 18 años dominaba el latín y el griego, se había iniciado en el español y el noruego y hablaba francés, inglés e italiano. Seguidamente pasó a interesarse por el estudio de las matemáticas y las ciencias naturales. Tras graduarse de bachiller en 1898, se matriculó en la Universidad de Viena cursando distintas disciplinas  todas relacionadas con la psicología y la filosofía: lógica, psicología experimental, pedagogía e historia de la filosofía. El conocimiento de la filosofía, campo en el que experimentó de manera determinante la influencia del pensamiento kantiano, fue determinante en su formación intelectual.
Otto Weininger: La vida breve de un filósofo diletante. Tomás Moreno
            El filósofo argentino Francisco Romero, en un famoso ensayo sobre el joven filósofo vienés, nos lo retrata así: de elevada estatura, descarnado, nervioso, de naturaleza muy resistente… se creía por encima de cualquier flaqueza o debilidad física, y mantuvo hasta el último momento la seguridad del absoluto dominio de su cuerpo. “No daba la impresión de un hombre feliz”[2]. Uno de los amigos que lo trataron en la intimidad, Emil Lucka, halla cierta dificultad para transmitirnos el rasgo que en él particularmente le chocaba. No se podía decir que pareciera desdichado (unglücklich), sino más bien privado de dicha o de alegría (glücklos, glückfremd). En su opinión, Weininger no era de los que predican moral y construyen teorías a las cuales permanecen ajenos en la práctica. “Cada principio considerado por él como verdadero, cada postulado establecido, se le imponía ante todo a sí mismo. Consiguió vivir su filosofía, y cuando llegó a verse impotente para ello se quitó voluntariamente la vida”[3]. K. Dallago[4], uno de sus primeros  biógrafos, lo describe, en 1912, como un personaje nietzscheano que filosofaba desde las profundidades de su ser y Stefan Zweig, coetáneo y buen conocedor del joven pensador, lo evoca como dando “siempre la impresión de que acababa de llegar de un viaje de ferrocarril de más de treinta horas, sucio, fatigado, los trajes arrugados, con un aire incómodo y una sonrisa oblicua”[5]. Jacques Le Rider recoge en su ensayo numerosos testimonios de psiquiatras de su tiempo en los que se lo calificaba de homosexual reprimido, de demente cuya obra podría ser definida como un “sistema fóbico” y de narcisista hipersensible afectado de un complejo edípico negativo. Freud, por su parte, lo calificó de “neurótico” dominado completamente por complejos infantiles y Hans-Johann Glock lo calificará, en su ensayo Wittgenstein and Reason (2001), como todo un peligroso psicópata que influyó negativamente en muchos jóvenes coetáneos induciéndolos al suicidio o, en otros como el propio Wittgenstein, inficionándolos de sentimientos misóginos y antisemitas[6].
Otto Weininger: La vida breve de un filósofo diletante. Tomás Moreno            En 1900 viajó con su amigo Hermann Swoboda a París, participando en el Cuarto Congreso Internacional de Psicología. En 1901, Otto Weininger, entonces de veinte años, era en filosofía partidario del empiriocriticismo positivista de E. Macht, T. Lipps, R. Avenarius, J. P. Moebius, E. Haeckel y tantos otros, seguidores todos ellos de un Darwin deformado. Pronto abandona el psicologismo empiriocriticista y positivista así como la corriente de Brentano y su escuela (Stumpf, Meinong, Ehrenfels, Höfler), para orientarse hacia el biologismo, que le conducirá, finalmente, hacia una peculiar metafísica cientificista en la que se combinan tanto las aportaciones de la ciencia empírica y del positivismo de su tiempo como las concepciones de Platón, Kant y el Cristianismo[7] y la influencia del pesimismo irracionalista de Schopenhauer y Nietzsche, que marcará profundamente su pensamiento[8]. Georg Lukács, en El asalto a la razón lo sitúa en la corriente de la filosofía alemana de la vida más influenciada por Nietzsche, junto con la de Dilthey y la escuela poética de Stefan George[9].
            Versado en filosofía,  psicología y teoría del conocimiento -con sus amigos solía leer y comentar la Crítica de la experiencia pura, de Avenarius-, muy pronto se interesará por el naciente psicoanálisis, que conoció en Viena asistiendo a conferencias impartidas por el propio Freud[10]. A través de su amigo Swoboda, que se psicoanalizaba con Freud, conoció alguna de sus doctrinas que le fascinaron, decidiéndose, en el otoño de 1901, a escribir un ensayo sobre sexualidad con el título de Eros y Psyche: un estudio biopsicológico, que luego devendría en borrador de su proyecto de tesis. Se atrevió a visitar a Freud para que lo leyera, solicitándole una recomendación para culminar su proyecto. Paternal, Freud le aconsejó que siguiera trabajando en él otros diez años y revisara cuidadosamente sus atrevidas conjeturas, hasta reunir evidencia empírica que las confirmase. Naturalmente el exaltado joven ya no disponía de tanto tiempo. Weininger presentó su manuscrito a Friedrich Jold y a Laurenz Müllner, profesores de la Universidad de Viena. Friedrich Jold, bien impresionado por el joven y atrevido estudiante, aceptó el compromiso de asesorar su desarrollo como tesis doctoral. A finales de 1902 la tesis estaba terminada: sus examinadores fueron precisamente Jold y Müllner, quienes le recomendaron ciertas correcciones y revisiones.
Otto Weininger: La vida breve de un filósofo diletante. Tomás Moreno
Obtenido el doctorado y converso al protestantismo -el mismo día en que se doctoraba- Weininger emprendió un viaje por el norte de Europa y a su regreso se entregó a la tarea de revisar y adaptar su manuscrito con el fin de publicarlo. El libro apareció en mayo de 1903 en la editorial de Wilhelm Braunmüller (de Viena y Leipzig). Weininger tenía entonces 22 años y había asombrado a todos por sus dotes intelectuales a amigos y profesores de la universidad vienesa. En los primeros meses de su publicación no tuvo el éxito y el reconocimiento que esperaba. Desilusionado y herido en su amor propio, viajó a Italia y regresó a Viena más deprimido aún. Tras pasar cinco días en casa de sus padres, el 3 de octubre de 1903 alquiló la casa donde Beethoven había muerto treinta y seis años antes. Esa misma noche con “un disparo en medio de la niebla” se destrozó el corazón (cont.).



TOMÁS MORENO



[1] Para la biografía de Otto Weininger pueden consultarse, entre otras, las clásicas de Emil Lucka, Otto Weininger, der Mensch. sein Werk und seine Persönlichkeit, Braumueller, Wien und Leipzig, 1905; H. O. Swoboda, Otto Weininger´s Tod (Viena, 1912); C. Dallago, Otto Weininger und seine Werk (Innsbruck, 1912) y Georg Klaren, Otto Weininger. Der Mensch, sein Werk und sein Leben, 1924; y el famoso Prólogo de M. Rappaport a la edición de “Ueber die letzen Dinge”, la obra póstuma del pensador vienés. Es todavía muy útil la de David Abrahamsen, The Mind and Death of a Genius, Columbia Univers. Press., Nueva York, 1946. Las más recientes son las de Jacques Le Rider, Le cas Otto Weininger. Racines de l’antiféminisme et de l’antisemitisme, PUF/Perspectives critiques, París, 1982; Jörg Zittlau, Vernunf und verlockung. Der erotische Nihilismus Otto Weiningers, Zenon-Verlag, Düsseldorf, 1990 y, en tercer lugar, la de Chandak Sengoopta, Otto Weininger/ Sex, Science and Self in Imperial Vienna, Chicago y Londres, The University of Chicago Press, 2000.
[2] Francisco Romero: “Otto Weininger”,  en “Ideas y figuras”, Losada, Buenos Aires, 1949, p. 11.
[3] Emil Lucka, op. cit. p. 5.
[4] Karl Dallago, op. cit.
[5] Citado en Carlos Castilla del Pino, Otto Weininger o la imposibilidad de ser, Prólogo a la edición en castellano. de Sexo y carácter, op. cit, nota 5, p. 6.
[6] Cit. en José María Ariso, “Cómo leían a Otto Weininger sus contemporáneos vieneses y cómo es leído hoy”, en revista Riff-Raff  43, 2010, pp. 63-75.
[7] Influencia que explícitamente reconocerá en el Prólogo de su obra (SyC, p. 17).
[8] Cf. Hans Mayer, Historia maldita de la literatura. La mujer, el homosexual, el Judío, Taurus, Madrid, 1982, p. 116. Según Mayer “es claramente perceptible la cadencia del epígono de Nietzsche: su secretismo sin pruebas, su apasionamiento, su diletantismo… entre Nietzsche y Spengler […]. Lo mismo que Nietzsche, Weininger se aventuró también en la conexión entre crítica de la cultura y utopía antihistórica. Frente a la regresión romántica se establece la utopía masculina y aria, que, sin embargo, proclama, en nombre de Emmanuel Kant, precisamente la Ilustración burguesa; es decir, quiere restablecer la doctrina que fue causante de la Ilustración y de la emancipación judía”.
[9] George Lukács, El asalto a la razón, Grijalbo, Barcelona, 1975, p. 324.
[10] Freud en 1895 ya había publicado sus Estudios sobre la histeria, en colaboración con J. Breuer, y en 1899 La interpretación de los sueños.


Otto Weininger: La vida breve de un filósofo diletante. Tomás Moreno

miércoles, 9 de enero de 2019

MIS VIAJES POR EL CARIBE, DE PASTOR AGUIAR


Para la sección, Narrativa, traemos un fragmento de la primicia de la editorial Poetario, Mis viajes por el caribe, del escritor y poeta Pastor Aguiar, quien nos invita a viajar con el autor desde Cuba a Estados Unidos, montado en un bote de fiberglass, es la historia de un médico cubano en la travesía oscura y peligrosa por alcanzar la libertad. Desde aquí vivamente recomendamos lectura, testimonio fiel y crudo de la vida de su autor.

Mis viajes por el caribe,, Pastor Aguiar



FRAGMENTO DE, 

MIS VIAJES POR EL CARIBE, 

DE PASTOR AGUIAR


Mis viajes por el caribe,, Pastor Aguiar



El oleaje era moderado, quizás tres o cuatro pies, pero eran olas rápidas pues ya íbamos por la corriente del Golfo, que nos desviaba hacia el oeste. El mar, hermoso en su inmensidad, nos trasmitía su poder, ajeno  a nuestra mínima expedición. Era de color añil y lo mirábamos sin ver a los feroces tiburones devoradores de balseros. No niego que por momentos pensaba en el riesgo de caer y ser rozado por las bestias. Me veía flotando a la deriva, tratando de no atraerlos, economizando energías y dándome algún pequeño trago de agua salada, pero siempre prevalecía el optimismo de ser rescatado después de muchas horas.
Como a las diez de la mañana, con un mar soportable pero movido, al que ya nos íbamos acostumbrando, el motor se detuvo de repente. Juano trató  de bombear gasolina con un dedo, a la vez que abría las válvulas al máximo; pero no tuvo éxito y nos quedamos a la deriva, empujados por la corriente hacia el seno del Golfo de México, sin saber hasta dónde y por cuánto tiempo.
Mis viajes por el caribe,, Pastor Aguiar
Entonces me pregunté si repetiríamos la suerte de otros tantos perdidos en el océano, a merced de las tormentas, o en el mejor de los casos, de algún buque que nos recogiera y quién sabe si a Cuba de regreso. ¿Daría gracias por la vida en tales circunstancias? Creo que sí, porque ello significaba nuevos intentos.
Unas algas flotantes nos dieron la idea de la velocidad a la que éramos impulsados. De no solucionar el problema en pocos minutos iba a ser muy difícil recuperar el rumbo.
A Fico le dio por maldecir mientras Juano iba revisando las bujías, algunas de las que estaban sucias de hollín. Yo las limpiaba con un pedazo de lija y un trapo. Entre una cosa y otra, obviando discusiones de mecánica, quejas de que el jodido motor estaba clueco, pasaron unos cuarenta minutos, hasta que logró arrancar como si tuviera asma, pues desde este momento trabajó con un solo pistón durante la mayor parte de la travesía.
Fico no abandonaba el timón, tratando de mantener la proa frente al oleaje. Yo palpaba las cámaras para comprobar que no perdían aire.
Cada cual lidiaba con sus miedos, pero con una especie de tranquilidad hasta entonces desconocida, una anestesia dada por el instinto de conservación, de forma que nadie se quejó.
Yo trataba de mantener el tabaco de turno encendido, cubriéndolo de vez en cuando con el hueco de la mano para que las salpicaduras no me lo apagaran. La botellita de café iba por la mitad. Suerte que no tenía azúcar; de lo contrario se hubiera avinagrado.
_ No he podido ver un tiburón todavía_ Comentó Juano inclinándose sobre la borda.
_ Déjate caer y ya los verás, cabrón_ Le sentenció Fico soldado al timón.
Así marchamos pendientes del ruido del bote, de las cámaras, mojándolas a cada rato para que el recalentamiento no fuera a explotarlas, y achicando cada diez o quince minutos con las vasijas plásticas.  Esta primera rotura sirvió para probarnos los nervios.
Mis viajes por el caribe,, Pastor Aguiar La costa era una mancha en la memoria y el faro había quedado detrás y a la derecha, invisible. Hubo quien propuso hacer señales al primer barco que pasara. Mientras, racionamos líquidos y alimentos por si no había rescate, por si la primera tormenta no nos tragaba.
Fueron horas de angustia. Juano terminó mareado a causa de fijar la vista en el motor. Yo le di un diminhidrimato y le aconsejé que respirara profundo, mirando al horizonte. También el Curro tuvo náuseas y más tarde vomitó unos buches de líquido verdoso. Ahora nadie bromeaba. El bote avanzaba jadeante y Fico hacía lo imposible, dando quince o veinte grados a la derecha del Norte, para recuperar el rumbo. 
Ya andábamos por el mediodía cuando vimos un gran barco por delante, casi paralelo a nosotros, de colores grises. Al principio pensamos en un guardacostas.
_ Tienen que matarnos; pero yo no subo con ellos_ Aseguró Fico_ Estamos en aguas internacionales.
Así vimos pasar tres durante en el resto de la tarde, y en una ocasión, Santos se puso a hacerles señas con el pulóver, pues la máquina se había detenido por segunda vez.
Juano iba ganando experiencia y cambiaba bujías y bombeaba gasolina con un dedo que se fue hinchando, adquiriendo un color negruzco. Rellenábamos el tanque a cada rato, aún sin necesidad, para mantenernos ocupados mientras perdíamos tiempo y dirección.
Al caer la tarde, Fico confesó que habíamos pasado muy lejos de Cayo Sal y que no había otra alternativa que seguir directo al Norte.


Pastor Aguiar



Mis viajes por el caribe,, Pastor Aguiar

lunes, 7 de enero de 2019

CIENCIA, FILOSOFÍA Y TRASCENDENCIA DE LA NADA

Abrimos el año con una nueva entrada para la sección, Ciencia, del blog Ancile, esta vez bajo el título: Ciencia, Filosofía y Trascendencia de la nada, abundando sobre la cuestión de la nada.



Ciencia, Filosofía y Trascendencia de la nada, Francisco Acuyo




CIENCIA, FILOSOFÍA Y TRASCENDENCIA

DE LA NADA


Ciencia, Filosofía y Trascendencia de la nada, Francisco Acuyo


La tradicional (positiva) confrontación entre ciencia y cualquier visión o entendimiento trascendente (religioso o no), es aceptada como norma de indiscutible para la distinción entre uno y otro saber (cuestionándose que esta última sea una manera de saber auténtica). Los estancos compartimentos de una y otra apreciación del mundo son claros –o al menos así quieren venderlos los más interesados en hacer de esas fronteras bastiones inaccesibles para cualquiera que no comprenda sus fundamentos metodológicos y, desde luego, teleológicos . La filosofía ha medrado gnoseológicamente acaso precisamente en esa encrucijada de ciencia y trascendencia (y la poesía ha fructificado como proyección creativa de aquellas). En cualquier caso la ciencia ha proyectado de manera indiscutible su veracidad sobre cualquier otra manera de conocimiento, no en vano la objetividad de sus leyes (que son las de la naturaleza) serán las que den sentido al fundamento de sus presupuestos. Nadie discute hoy la autoridad del criterio científico, aunque esté basado en muchos casos en hipótesis (por lo que el arte, la religión y la misma filosofía  están basadas no más que en  estructuras de pensamiento subjetivas). En cualquier caso habrá que enfatizar en que las leyes en las que se basa el constructo científico son leyes vivas en cuanto que son de la naturaleza y no tanto de la mecánica tecnológica a las que se le atribuye como manifestación más evidente e incluso importante, por lo que existe una franca contradicción entre el dinamismo de lo vivo en la naturaleza y la servidumbre (mecánico tecnológica) a la que se pretende someter su funcionamiento, si aquellos productos mecánicos de la tecnología se hacen para atender fines estrictamente humanos y que encuentran su anclaje perfecto en la máquina puesta al servicio del hombre, aunque esto suponga poner en crisis profunda la humanidad de la cultura contemporánea que no hace sino enmascarar el vacío, la nihilidad del ser humano actual manifiesto en la frivolidad de sus comportamientos.
Ciencia, Filosofía y Trascendencia de la nada, Francisco Acuyo

                La mecanización de todo lo que compete a la vida del hombre es una constante en la actualidad. Cabe, muy legítimamente por otra parte, interrogarse sobre si la distancia marcada con la idea de lo trascendente hoy día no ha supuesto sino una deshumanización y mecanización  no sólo de la estirpe del hombre, también su actividad y naturaleza. El reconocimiento de la necesidad y reconocimiento interdisciplinar aplicado a la ciencia nos da señas inequívocas de lo que hablamos, remitiéndonos  no sólo a una interdisciplinariedad entre las diversas ciencias (duras -matemáticas, física, química… ; sociales, ciencias de la mente….), también con las humanidades y las artes, acaso se abre la puerta a la filosofía a través de la epistemología y se verá en qué otros ámbitos. La ciencia y su indiscutible soberanía en la sociedad moderna requiere sin ninguna duda una atenta observación. La liberación de lo subjetivo que presupone por principio , en realidad puede suponer una grave rémora para el conocimiento del sí mismo, y cuya subjetividad es tan importante para la salud mental y física de todo ser humano (y consciente en definitiva).  De hecho la óptica de la personalidad humana está tan desfigurada por los (¿imposibles?) criterios objetivo conductistas que han hecho que resurja un autoapego de excepción que acaba por traslucirse en un cautiverio singular de un yo que pretende entenderse en la distancia, en el más allá, en lugar del más acá de donde en realidad procede. Volviendo a la cuestión de la nada, veremos que la concepción de esta es hija inevitable  de una objetivación similar, donde la nada es la cosa así denominada nada.
                En realidad, la nada, como el yo, acaso no  son sino realización de la nihilidad a la que se ve finalmente avocado el yo, la personalidad, la conciencia de uno mismo. Es así que la existencia queda suspendida en la nada (Heidegger), pero en realidad la representación (objetiva) de la nada –que son los árboles que no dejan ver el bosque- nos impide ver la realidad de esta nada inevitablemente unida al sujeto existente que en verdad es nihilidad; conciencia, en fin, que nos remite a la idea de la importancia de la conciencia en lo que es (física cuántica) y así mismo sobre lo que no es (vacío, nada…). El dejar de ser sobrevenido –la muerte- no es más que el vaciarse de sí mismo y ser en esa nada que no deja de ser idéntica al ser donde se restituye como ser en la nada. En definitiva, la nada, como el ser mismo, acaso no sea nunca objetivable, por lo que, insistimos, estemos bordeando en nuestras aproximaciones las fronteras del discurso científico, del filosófico y, por qué no, de lo trascendente.
                Trataremos de ahondar más en próximas entradas del blog Ancile sobre cuestiones tan profundas como fascinantes.


Francisco Acuyo



Ciencia, Filosofía y Trascendencia de la nada, Francisco Acuyo


viernes, 4 de enero de 2019

OTTO WEININGER O LA NULIDAD ONTOLÓGICA DE LA MUJER (I). VIENA 1903: UN DISPARO EN MEDIO DE LA NIEBLA.


Con el título de: Otto Weininger o la nulidad ontológica de la mujer, traemos para la sección, Microensayos, del blog Ancile, un nuevo post, firmado por el filósofo Tomás Moreno.

Otto Weininger o la nulidad ontológica de la mujer, Tomás Moreno



OTTO WEININGER O LA NULIDAD 

ONTOLÓGICA DE LA MUJER (I)


VIENA 1903: UN DISPARO EN MEDIO DE LA NIEBLA



Otto Weininger o la nulidad ontológica de la mujer, Tomás Moreno


El 4 de octubre de 1903, Otto Weininger, joven filósofo austríaco, de veintitrés años de edad, de origen judío y recién convertido al protestantismo, se disparaba un tiro en el corazón en Viena, su ciudad natal. Acababa de publicar su tesis doctoral, rebautizada por su editor como Sexo y carácter (Geschlecht und Charakter)[1]: un libro enciclopédico, antifeminista y antisemita que, en el sentir de su autor y a pesar del apreciable éxito comercial obtenido, no había alcanzado todavía sus expectativas de reconocimiento. Ni provocó un escándalo, ni animó el entusiasmo que había de corresponder a una nueva doctrina salvadora, como sin duda esperaba secretamente su autor. Sólo suscitó moderada atención. La incipiente fama que le reportó no satisfizo su inquieto espíritu, ni mucho menos su anhelo de gloria, sino más bien sirvió para todo lo contrario: deprimirlo y desanimarlo hasta  precipitar probablemente su fatal decisión[2].
Otto Weininger o la nulidad ontológica de la mujer, Tomás Moreno            Jean Amery[3] en su ensayo  Suicidarse, intentó reconstruir los últimos días del precoz filósofo y suicida: Otto Weininger había alquilado una habitación en la Schwarzspanierstrasse de Viena, en la casa donde vivió Beethoven. Allí, en la noche del 3 de octubre de 1903, escribe cartas a su padre y a su madre. Pasa la noche en medio de torturadores pensamientos. Al amanecer se mete una bala en el corazón. Su cadáver se encuentra con el sombrero y el abrigo puestos. Al día siguiente Max Nordau, en el Vossische Zeitung de Berlín, se despide del joven pensador aludiendo a un aciago “disparo en medio de la niebla”. Sus funerales reúnen en el cementerio de Viena a lo más representativo de la vida cultural de la ciudad. Tras el féretro del melodramático suicida van Stefan Zweig, Karl Kraus y Ludwig Wittgenstein, que entonces tiene catorce años y que ya había sido captado por sus fascinantes personalidad y obra. Incluso el profeta del naturalismo, August Strindberg, por entonces ídolo de la hermandad vienesa de los cafés, envía desde Estocolmo una corona de flores y redacta un epitafio, que Karl Kraus, temible periodista satírico, líder de la intelectualidad vienesa, publica en su revista Die Fackel (La antorcha), en el que dice: “Independiente de los puntos de vista es sin duda el hecho de que la mujer es un hombre rudimentario […] fue ese secreto conocido el que Otto Weininger se atrevió a pronunciar en voz alta; fue ese descubrimiento de la esencia y la naturaleza de la mujer el que comunicó en su masculino libro y el que le costó la vida”. Hermann Swoboda, su mejor amigo, recordaba decenios después, en un discurso conmemorativo, que en su obra Weininger “intentó clasificar a todos los seres humanos, tal como el botánico clasifica sus plantas” y comentaba que su ideal de vida había sido “realmente el ideal de un santo”[4].
            Viena se conmovió e hizo del joven suicida todo un mito, un personaje de leyenda, un héroe neorromántico, un genio incomprendido. La Viena finisecular de Weininger[5] que era, sin duda, el foco de la cultura y las artes europeas de la época, y que representaba, en el sentir de Hermann Broch, el “centro del vacío europeo de los valores”[6] (wertwakuun), fue el escenario de la tragedia. Una Viena  que trataba de encubrir la “decadence” y “penuria de la época” con un frívolo hedonismo y una fuerte deriva esteticista, manifestada en el teatro, la ópera, la opereta, y en un recargamiento decorativo, “peste ornamental”, que hacían de ella todo un escenario “teatral”  de “ciudad alegre y confiada”. La morbidez y el esteticismo de su universo estético, católico y barroco (tan enraizado en el suelo de la tradición austriaca), contrastaba con la modernidad  que compositores como Arnold Schönberg  y arquitectos como Adolf Loos le estaban imprimiendo con la “emancipación de la disonancia” en música y una incipiente revolución urbanística en arquitectura, que estaba cambiando la faz de la ciudad.
Otto Weininger o la nulidad ontológica de la mujer, Tomás Moreno            Viena, ciudad de los cafés literarios, lugar de encuentro privilegiado del arte y la literatura[7] europeos de la época, vuelta sobre sí misma, sobrevivía así, satisfecha y orgullosa, en el ensoñamiento de su magnificente historia y de su brillante pasado, inconsciente de las amenazas y peligros que sobre ella se cernían e ignorante de lo que se le venía encima: todo un cataclismo, un apocalipsis, el final de una época – “el final de los tiempos” en expresión de Kraus- que culminaría con el estertor de un modelo de civilización, la agonía de una clase social y la descomposición de todo un imperio, el austriaco de los Habsburgo, que iba a dejar de ser “protagonista” de la historia europea, tras el final de la Gran Guerra. Ciudad que aunaba un irrefrenable amor a la vida y al placer y, al mismo tiempo, una inquietante y fatal tendencia hacia la autodestructividad[8]. Ésa dualidad de vida y muerte, Eros y Thanatos, núcleo de la filosofía antropológica de ese gran vienés coetáneo de Weininger que fue Freud, resuena en su teoría del “malestar en la cultura” y late, ocultada, en su fundamental distinción entre lo manifiesto y lo reprimido.
            Los años de esplendor de la Viena “fin-de-siecle”[9] -entre 1880 y 1914- ofrecen un espectacular alumbramiento cultural en todos los campos del conocimiento, de la ciencia y de las artes. Es la capital cultural del planeta. Cuna de lo genial, laboratorio de la modernidad: la literatura, la música, la pintura y la arquitectura han transformado la ciudad en una obra de arte integral. Pero también, nido de la infamia en donde el huevo de la serpiente nazi se está gestando: enloquecidos antisemitas y nacionalistas de extrema derecha abogan por el crimen y la castración de los no arios. De ese clima sórdido surgirá, apenas unos años después de la muerte de Weininger, un joven austriaco que, entre 1907 y 1913, vegetaba pobremente por sus calles y cafés como frustrado aspirante a pintor y arquitecto, empapado de odio, de antisemitismo, de resentimiento y de delirios de grandeza: Adolf Hitler.
            Ésa es la Viena que vivió y conoció Weininger: la descrita en la Kakania[10] de Robert Musil (1880-1942), la conocida con el doble título de “K. und K.” (Imperial y Real)[11], el centro geográfico, político y cultural de Europa, capital de la “Mitteleuropa” y que tenía detrás de sí casi un milenio de historia. La Viena de Sigmund Freud, cuna del naciente psicoanálisis, con una prestigiosísima tradición en medicina y psiquiatría, en la que triunfan las ideas de pensadores como Franz Brentano (abriendo el camino de la fenomenología) y de filósofos empirio-criticistas como Richard Avenarius, E. Mach (cuya herencia recogerán los neopositivistas del Círculo de Viena) y en la que escritores y poetas como Karl Kraus, Frank Wedekind, Robert Musil, Georg Trakl, Stephan Zweig, Arthur Schnitzler, Hugo von Hofmannsthal y Hermann Broch elaboran y publican lo más granado de sus obras.
Otto Weininger o la nulidad ontológica de la mujer, Tomás Moreno            Una ciudad que asiste en ese momento a una auténtica revolución en el ámbito de la música, las artes plásticas, el urbanismo y la arquitectura. En música destacan figuras tan geniales como Richard Strauss, Gustav Mahler y la llamada “segunda escuela de Viena”, de Arnold Schönberg, Antón von Webern y Alban Berg. En pintura, Gustav Klimt, Oskar Kokoschka, Hans Makart,  Egon Schiele. Otto Wagner y Adolf Loos, destacan en arquitectura; Camillo Sitte y el propio Loos, en urbanismo; Joseph Hoffman, en diseño. En física, Ernst Mach y, sobre todo, Ludwig Boltmann, creador de la teoría cinética de los gases, de la mecánica estadística y del concepto termodinámico de entropía. La ciudad, en fin, que conocieron en su niñez y juventud los que serían, decenios más tarde, primerísimas figuras de la filosofía, el derecho, la economía, las letras y la ciencia como Ludwig Wittgenstein, Karl Popper, los integrantes del Círculo de Viena, Hans Kelsen, Joseph Schumpeter, Elias Canetti, Konrad Lorenz, etc.  La Viena fin-de-siglo convertida en estela o friso de lo insuperable, en modelo o paradigma de toda una civilización fatalmente agonizante.
Pero la salsa cultural y filosófico-científica en que se gestó y cocinó la obra de Weininger, incluía otro ingrediente importante, como acertadamente señala María José Villaverde: la situación de resquebrajamiento de un mundo que zozobra, sin asidero, que se manifestaba en un sentimiento difuso de crisis y decadencia de valores – “que los franceses bautizaron como le grand malaise, los ingleses como the great unrest y Freud como el malestar de la cultura”- que recorrió la Europa finisecular y que ya  había sido diagnosticado por Nietzsche en La gaya ciencia al anunciar la muerte de Dios, el fin de los ideales del mundo moderno y el advenimiento del nihilismo. “Es el mismo sentimiento de naufragio, de mundo a la deriva que late en los escritos de muchos de sus contemporáneos: en las novelas de Robert Musil o de Marie von Ebner Eschenbach, en los poemas de Hofmannsthal, en los relatos de Hermann Broch, Stefan Zweig o Karl Kraus, quien incluso llegó a certificar su muerte: Bienvenido sea el caos porque el orden ha fracasado”. Pues bien, en ese clima, concluye María José Villaverde, “mujeres y judíos jugaron el papel de chivos expiatorios”[12] (cont.).

TOMÁS MORENO



[1] Otto Weininger, Geschlecht und Charakter. Eine prinzipielle Untersuchung, edit. Wilhem Braunmüller, Wien und Leipzig, 1923. Se publicó en mayo de 1903, cinco meses antes de suicidarse. Citamos en adelante por la traducción castellana de la tercera edición alemana, de Felipe Jiménez de Asúa,: Otto Weininger, Sexo y carácter, Península, Barcelona, 1985. Todas las citas que incluimos en este ensayo remiten a esta edición con las siglas SYC, seguida del número de página. 
[2] Joachim Riedl, Viena infame y genial, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1995.
[3] Ibíd., p. 96.
[4] Ibíd., pp. 96 - 97.
[5] Sobre la Viena de Weininger, además de la citada obra de Riedl, véanse : Carl E. Schorske, Viena, Fin-de-Siècle: Politics and Culture, Vintage, Nueva York, 1981, trad. cast., Gili edit., Barcelona, 1981; Allan Janik y Stephen Toulmin, Wittgenstein`s Viena, Weidenfeld Nicolson, Londres 1973, versión cast.: La Viena de Wittgenstein, trad. de I. Gómez de Liaño, Taurus, Madrid, 1974. Sobre la historia social e intelectual de la cultura vienesa véase William M. Johnston, The Austrian Mind: An Intellectual and Social History 1848-1938, University of California Press, Berkeley, 1972.
[6] Cf. Hermann Broch capítulo dedicado a  “Hugo von Hofmannsthal y su tiempo”, en  Dicten und Erkennen, Zurich, 1955 (citamos por la edición francesa: Création litteraire et connaissance, París, 1966, p. 86).
[7] Las tertulias literarias de la Viena de fin de siglo se reunían en el famoso café Griensteidl. Los cafés eran toda una institución que hacían de Viena un lugar diferente de Londres, París o Berlín: confortables, bien amueblados -sus mesas de mármol eran características- se habían convertido alrededor del 1900 en clubes de carácter informal, en los que la adquisición de una taza de café daba derecho a permanecer en el establecimiento durante el resto del día y a recibir cada media hora, un vaso de agua en bandeja de plata. El uso de los diarios, las revistas, las mesas de billar y los juegos de ajedrez no suponía ningún coste adicional, y otro tanto sucedía con las plumas, la tinta y el papel con membrete. Los parroquianos podían solicitar que el correo les fuera enviado a su cafetería favorita; se les permitía dejar allí las ropas con las que se vestirían por la noche. Algunos como el citado café Griensteild, disponían de vastas enciclopedias y libros de consulta para los escritores que usaban sus mesas como lugar de trabajo. Cf. Peter Watson, Historia Intelectual del siglo XX, Crítica, Barcelona, 2002. pp. 39-51.
[8] Para Emile Durkheim la Viena finisecular ocupaba el centro de la “zona de suicidios de Europa”. Era un laboratorio perfecto en el que poner a prueba su teoría del suicidio anómico, efecto de desintegración normativa y de infelicidad social. Cf.: William M. Johnston, The Austrian Mind: An Intellectual and Social History 1848-1938, op. cit.
[9] José Jiménez, La Torre de Babel (Viena fin-de-siglo como ejemplo del presente), en  La vida como azar. Complejidad de lo moderno”, Mondadori, Madrid, 1989, pp. 126-127.
[10] Lugar mítico en el que el gran escritor austríaco R. Musil desarrolla su gran obra narrativo-ensayística El hombre sin atributos (Der Mann ohne Eigenschaften), una de las cimas de la novela europea del siglo XX, cuyos dos primeros volúmenes, fruto de diez años de trabajo, fueron publicados en 1930 y en 1933. 
[11] La monarquía austríaca, denominada la monarquía del “doble”, ostentaba los calificativos de “Imperial y Real” (Kaiserlich und Königlich) por la condición de emperador de Austria y rey de Hungría de su titular Francisco José.
[12] María José Villaverde, “Sexo y carácter” (en el centenario de Weininger)”, “El País”, 4 de octubre de 2003. La autora, gran conocedora de su pensamiento y obra, es historiadora y catedrática de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid.


Otto Weininger o la nulidad ontológica de la mujer, Tomás Moreno