martes, 11 de agosto de 2020

DÉCIMO TERCER DÍA: NIEVE


Para la sección Poesía, del  blog Ancile, y con el título Nieve, publicamos un nuevo post, dentro de la seria de los poemas de la cuarentena, en concreto el del décimo tercer día.



Nieve, Francisco Acuyo




DÉCIMO TERCER DÍA



NIEVE




(Rondó)




(Desde la azotea, con Sierra Nevada
al fondo, en confinamiento)



A José Gutiérrez, poeta,
fraternalmente desde la cuarentena.





   CELESTIALES jerarquías
que al horizonte, un momento,
en la línea de la nieve
dibujáis el silencio.

   Piedra y cielo. Con la nieve
honda en el espacio denso
un pincel de luz enciende
el espíritu del fuego;

   fuego que, llama de amor
viva, al imperecedero
firmamento avisa espacio
de un infinito hemisferio.

   Es tu luz noticia grata
que fin al confinamiento
pone, y se ofrece con ser
un instante de lo eterno.

   Veo en tus nevadas cumbres,
si es trágico o perverso
o sin sentido el decurso
de una vida, mas contemplo

   también la semilla agraz
que florece desde dentro,
muy profunda, para hacer
de sí misma el jardinero

   de luz, allí, donde nívea
la cumbre siembra en secreto;
sobre ti, nevada sierra,
la sima de mi alma veo.

   Sobre la nieve dormido
me avisa que estoy despierto,
casi conciencia, la brisa
que me habla como en un sueño:

  celestiales jerarquías
que al horizonte, un momento,
en la línea de la nieve
dibujáis el silencio.





 Francisco Acuyo
 



Nieve, Francisco Acuyo

jueves, 6 de agosto de 2020

DE LO HUMANO Y LO DIVINO: LA DUALIDAD UNÍVOCA


Con el título: De lo humano y lo divino: La dualidad unívoca, traemos un nuevo post para la sección De juicios, paradojas y apotegmas.





DE LO  HUMANO Y LO DIVINO: 

LA DUALIDAD UNÍVOCA




Acaso ahora como nunca se ha tratado de separar lo externo de lo interno, lo objetivo de los subjetivo, la ciencia de lo no científico, lo humano y material de lo espiritual y no menos humano. Esta dualidad (cartesiana) no acaba de verse superada. Si acaso, retrotrayendo todo lo mental al orbe de lo descriptible por la neurociencia, donde, en fin, todo proceso de conciencia no es más que un epifenómeno del órgano cerebral y de la extensión y ramificación a su sistema nervioso.

                Acaso ahora como nunca, tengamos la necesidad perentoria de reconocer, así nos lo indica el mito[1] y la simbología más profunda que ambos ámbitos son en realidad uno solo. ¿no será que la intuición mítica y simbólica de lo trascendente traída de los más profundo de nuestro ser acaba trivializándose en su raciocinio? ¿Cómo podemos dar testimonio de lo inefable, de lo paradójico, de lo inaprensible por los sentidos (y no menos real, por cierto, que lo que informa nuestra mente mediante aquellos? ¿Podemos aceptar con nuestra inquisitorial mente racionalizadora y positiva que podemos aprehender lo inasible? ¿Será cierto aquello de: saber no  es  saber, no saber es saber?[2]

                Acaso ahora como nunca, sea necesario reconocer que el abandonarse (más que a renunciar) es algo fundamental para no caer en los cantos de sirenas ideológicos, positivos, religiosos o de cualquiera índole que apremian a la esclavitud del espíritu, cuya liberación sólo será posible en ese abandono: nada espera, nada aspira, nada quiere pues al fin se reconoce en ese estado último de presencia anónima.[3] El abandono que sin nosotros, sin nuestro yo, pone en evidencia que lo humano y lo divino en verdad son la misma cosa, porque en realidad el Yo es el mismo para siempre.[4]


Francisco Acuyo



[1] Campbell, J.: Opus. cit. pág. 200.
[2] Upanishad: 2, 3.
[3] Campbell, J. : opus cit. p.217.
[4] Upanishad: opus. cit. 3:19.







martes, 4 de agosto de 2020

MÁS ALLÁ DEL OJO, DE LA PALABRA, DE LA MENTE


Para la sección Juicios, paradojas y apotegmas, del blog Ancile, traemos una nueva entrada que lleva por título: Más allá del ojo, de la palabra, de la mente.


De Vladimir Kush



MÁS ALLÁ DEL OJO, DE LA PALABRA, 

DE LA MENTE[1]






Si en verdad el entendimiento de la realidad de lo eterno hace al hombre más compresivo, y la comprensión abre y amplía la mente, y en no reconocer la eternidad radica todo desorden y todo mal; hemos de comprender que en aquél alto entendimiento radica la nobleza de lo elevado que es lo eterno, por lo que no ha de temerse la decadencia del cuerpo.[2]

                Reflexiones de tal calibre, por cierto, compartidas por lo más granado de las más subidas culturas, parecen no encontrar cabida en mundo que agoniza para el espíritu. La gracia del crecimiento interior no tiene sitio en una sociedad enajenada por la ideología materialista  y por el consumo desbordado. No hay aptitud ni actitud para abrir al instante sin tiempo que excede, en palabras del Dante, todo humano lenguaje, y donde la memoria se rinde a tanta grandeza.[3]

                Tratan las ideologías varias y el pensamiento estrictamente positivo de encontrar la fuente del bienestar y del vida verdadera en el exterior, en la sociedad y en la materia, cuando en verdad, se encuentra en lo más íntimo y profundo de nosotros mismos. ¿No será que, el verdadero héroe, lejos del que hace loables y públicas gestas,  no es sino aquel que pugna en soledad, en silencio, contra todo  contra todos y, sobre todo,  contra sí mismo?

                Será muy conveniente intentar al menos algunas reflexiones al respecto; seguiremos indagando en próximas entregas de estas breves, tímidas, limitadas, pero muy sinceras reflexiones de esta sección de juicios,  paradojas y apotegmas.


Francisco Acuyo



De Vladimir Kush




[1] Dante Alighieri: Divina Comedia, Paraíso, XXXIII
[2] Lao Tse: Tao Te King,
[3] Dante, A.: opus. cit.

sábado, 1 de agosto de 2020

EL SUFRIMIENTO A LA LUZ DE LA FE (II), POR ALFREDO ARREBOLA

 Traemos un nuevo post para la sección Apuntes histórico teológicos, de nuestro colaborador y amigo Alfredo Arrebola, bajo el título El sufrimiento a la luz de la fe (II).


El sufrimiento a la luz de la fe (II).Alfredo Arrebola



EL   SUFRIMIENTO  A  LA  LUZ  DE  LA  FE  (II)



     



Si San Agustín (354 – 430), Doctor de la Iglesia y una de las figuras más representativas de la Filosofía, no pudo dar respuesta satisfactoria a la eterna pregunta “¿Por qué  sufre tanto el  ser humano  en su cotidiano vivir  y, además, padecer tantas desgracias, siendo Dios Todopoderoso?”, ¿cómo yo me atrevo a escribir, de nuevo,  sobre el sufrimiento?. Solo a la luz de mi fe  puedo  poner mis manos sobre el ordenador y decir lo que mi experiencia ha recogido desde el campo filosófico, teológico y, sobre todo, de la Sagrada Escritura.

     Es cierto, analizado desde cualquier perspectiva, que el ser humano está llamado a ser feliz. La felicidad, según el filósofo  Boecio ( 480 – 525)  es el “Estado perfecto  con la congregación de todos los bienes”, algo que, por desgracia, no se encuentra en la vida terrenal. En este sentido, San Agustín, desde sus primeras inquisiciones filosóficas, buscó no sólo una verdad que pudiera satisfacer a su mente, sino una que colmara su corazón. No hay, pues, error afirmando que el Obispo de Hipona fue un eudemonista. Pero este eudemonismo no consiste en alcanzar alguna clase de bienes temporales o en satisfacer las pasiones: conceptos que, por desgracia, han corrompido a la humanidad. No consiste, por otra parte, ni siquiera en un placer o contento estable, moderado, razonable, al modo de los epicúreos.

   Todas ésas son felicidades efímeras, incapaces de apaciguar al hombre. La verdadera felicidad se encuentra únicamente en la posesión de la verdad completa : verdad que debe trascender todas las verdades particulares, pues de lo contrario no sería, propiamente hablando, una verdad, cfr. “Diccionario de Filosofía”, Tomo I,  pág. 76, de José  Ferrater  Mora. La verdad que perseguía San Agustín, como debiera ser de todo cristiano creyente, es la medida absoluta de todas las verdades  posibles. Esta Suprema Medida es, y sólo puede ser, Dios. Ahora bien, esa  búsqueda de la Verdad no es, así, sólo contemplativa, sino también eminentemente “activa”; no implica sólo conocimiento, sino fe y amor. De ahí que la vida del hombre sea – dirá Job - “una verdadera milicia”.
El sufrimiento a la luz de la fe (II).Alfredo Arrebola


   Es cierto, teológicamente hablando,  que los creyentes “caminamos en la fe y no en la visión (2Co 5,7), y conocemos a Dios “como en un espejo en enigma, de una manera confusa,… imperfecta” (1Co 13,12). Luminosa por aquel en quien cree, la fe es vivida con frecuencia en la oscuridad. Cualquier creyente sabe que la fe puede ser puesta a prueba, como tampoco ignora que el mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos asegura; las experiencias del mal, de  las  pandemias, de la  peste, del sufrimiento, de las injusticias y, sobre todo, de la muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación. Esta triste experiencia la he vivido en personas muy cercanas a mí.
  
    Es, entonces, cuando el  creyente tiene que acudir a los “testigos de la fe”: “ Abraham, el cual, fuera de toda esperanza, creyó que sería padre de numerosas naciones” (Rm 4, 18); la Virgen María que, “en la peregrinación de la fe” (LG 58), llegó hasta la noche de la fe” participando en el sufrimiento de su Hijo y en la noche de su sepulcro; como  también la Iglesia, fundada por Cristo, nos  puede ofrecer a tantos otros testigos de la fe.  Así pues, ante los perennes y terribles sufrimientos, el creyente cristiano debe sacudir todo lastre y  miserias, soportando con fortaleza las pruebas cotidianas, fijos sus ojos en Jesús de Nazaret, iniciador y consumidor de la fe, el cual, en vez del gozo  que se le ponía delante, sobrellevó la cruz, sin tener cuenta de la confusión, y está sentado a la diestra del trono de Dios, tal como leemos en la “Epístola a los Hebreros” 12, 1-2.

   A  veces Dios – fenómeno frecuente en el ser humano -  puede parecer ausente e incapaz de impedir el mal. Ahora bien, la Teología nos enseña que Dios Padre ha revelado su omnipotencia de la manera más “misteriosa” en el anonadamiento voluntario y en la Resurrección de su Hijo, por los cuales ha vencido el mal. Así, Cristo crucificado es “poder de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina – nos dirá el “Apóstol de los gentiles” -  es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres. Y en la carta que Pablo dirigió a los Efesios nos dirá   que “...En la Resurrección y en la exaltación de Cristo es donde el Padre desplegó el vigor de su fuerza y manifestó la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes” (Ef 1, 19-22).

   Asimismo, la Teología nos enseña – y la “Razón” no lo rechaza – que Dios concede a los hombres poder participar “libremente” en su providencia confiándole la responsabilidad de “someter la tierra y dominarla” (Gn 1, 26). Dios da así a los hombres el ser causas inteligentes y libres para completar la obra de la Creación, para perfeccionar su  armonía para su bien y el de sus prójimos. Por tanto, los hombres – leemos en “Catecismo de la Iglesia Católica”, pág. 77 -, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por sus  acciones, oraciones y trabajos, sino también por sus sufrimientos (Col 1, 24). Entonces llegan a ser plenamente “colaboradores de Dios” (1 Co 3, 9; 1Ts 3, 2) y de su Reino (Col 4, 11). Esta doctrina, concebida desde la Ética natural, la aplica el creyente cristiano a toda persona – creyente  o no – que viene realizando su labor en favor de erradicar  el impertinente y  odiado  Coronavirus. Este es, pues, el camino que debe seguir todo creyente cristiano: JESUCRISTO, “Camino, Verdad y  Vida” (Jn 14, 6).

El sufrimiento a la luz de la fe (II).Alfredo Arrebola

   Y aprovechando la actual pandemia, debo decir a esos ignorantes y energúmenos enemigos de la Iglesia Católica que ésta sólo trata de cumplir el doble mandato de Jesús: anunciar el Evangelio de la salvación y curar a los enfermos. Fiel a esta enseñanza – nos dice el Papa Francisco – la Iglesia ha considerado siempre la asistencia a los enfermos parte integrante de su misión. La Iglesia los encuentra continuamente en su camino, y considera a las personas enfermas una vía privilegiada para encontrar a Cristo, acogerlo y servirlo. Curar a un  enfermo – en el pensamiento cristiano -, acogerlo, servirlo, es servir a Cristo: el enfermo es la carne de Cristo. Así lo entiendo yo, leyendo a San Mateo: “Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitar muertos, limpiad  leprosos, arrojad demonios; de balde lo recibisteis, de balde dadlo” (Mt. 10,7).

   Este largo confinamiento me ha servido para reflexionar lo más objetivamente posible: seguir pensando – con razonamientos morales y argumentos apodícticos -  que Dios es infinitamente bueno y todas sus obras son buenas. No obstante, nadie – absolutamente nadie – escapa a la  experiencia del sufrimiento, de los males en la naturaleza – que aparecen como ligados a los  límites propios de las criaturas -, y - ¡cómo no! -  a la cuestión del mal moral. Terrible problema que ha venido atormentando – siglo tras siglo – al ser humano.

   Y, como siempre, sigo recurriendo a mi “Maestro espiritual”, San Agustín, quien escribe: “… yo seguía buscando el origen del mal, y no hallaba salida; pero no permitisteis que las olas de mis   pensamientos me apartasen de aquella fe con que creía  que Vos existís” (Conf. 7, 7.11), y su propia búsqueda dolorosa sólo encontrará salida en su conversión al Dios vivo. Camino que debe seguir toda persona que dude de la existencia de Dios y el mal. Pero el creyente cristiano no debe olvidar que el  “Misterio de la iniquidad” (2Ts 2,7) sólo se esclarece a la luz del “Misterio de la piedad”, como le escribía San Pablo  a  Timoteo, (1Tm 3, 16). La revelación del amor divino en Cristo ha manifestado a la vez la extensión del mal – pandemias, guerras, pestes, muerte… - y la sobreabundancia de la gracia; textualmente podemos leer: “… Pero la  ley se  atravesó  para que aumentase el delito; mas donde aumentó el delito,  sobrerrebosó  la gracia” (Rm 5, 20).

 Sólo me atrevo  a decir, desde estas humildes reflexiones, que examinemos “nuestros sufrimientos” fijando la mirada de nuestra fe en el que es el único Vencedor: CRISTO, nuestro Hermano Mayor.




                                          Alfredo Arrebola

                        Villanueva Mesía -Granada, Julio de 2020.




El sufrimiento a la luz de la fe (II).Alfredo Arrebola

























                                                                                                                                                                               

  




















 

jueves, 30 de julio de 2020

LA INUNDACIÓN, DE PASTOR AGUIAR


Para la sección de Narrativa, del blog Ancile, traemos una nueva entrada con el relato de nuestro colaborador y amigo Pastor Aguiar, y que lleva por título: Inundación.



Inundación. Pastor Aguiar


LA INUNDACIÓN






Un buen día el pueblo amaneció inundado. No fue por lluvia y nadie se explica cómo, quizás el agua vino desde abajo, vomitada. Es un líquido turbio, así que ves a la gente de la cintura hacia arriba.

La inundación vino hace medio año y solamente abarca el pueblo. Cuando llegas a él ves la pared de agua temblorosa, los medios cuerpos desnudos, tostados por la luz.

Las casas asoman sus techos y la parte superior de los marcos sin puertas. Supongo que duermen en camas flotantes, que comen peces crudos, porque los hay en gran cantidad, a veces saltando y dándose cabezazos al igual que toros.

De vez en cuando alguien escala la cumbre de su vivienda, sin ropa, mostrando caderas y extremidades inferiores con escamas. Los pies les han crecido, parecen de patos, por las membranas entre los dedos. Creo que se alegran, se contonean durante unos minutos al sol y brillan de tal manera que dañan la vista. Después se lanzan a la masa turbia de las aguas para merodear o reunirse. ¿De qué hablarán? No les debe interesar el mundo más allá del pueblo, ninguno se aventura hacia lo seco.

Primeramente, supuse que no tenían motivos para alegrarse; ahora creo que sí los tienen, pues no trabajan, y apuesto la cabeza a que atrapan los peces con facilidad y los mastican relamiéndose, exhibiendo una salud envidiable. Todo acontece allí, no necesitan televisión ni radio. Entonan ellos mismos un tarareo constante. Para colmo, no he visto cadáveres, puede que se los coman como acto de sanidad.

Estoy dándome cuenta de que paso la mayor parte de mi tiempo observándolos, e instintivamente me he desnudado. ¿Estaré a punto de penetrar esa pared alucinante?


Pastor Aguiar



Inundación. Pastor Aguiar


jueves, 23 de julio de 2020

DUODÉCIMO DÍA : ÁNGELES

Para la sección Poesía, del blog Ancile, publicamos el poema del día duodécimo de confinamiento que lleva por título Ángeles.




Ángeles. Francisco Acuyo




DUODÉCIMO DÍA



ÁNGELES




(Alemanda)




A la memoria de mi padre,
en esta cuarentena.



   ESPEJOS puros se elevan,
semejantes a los ángeles
en el cielo de la noche.
Constelaciones de imágenes

   suspendidas entre sombras.
De las cosas materiales
separadas, pura luz
no tocada, vigilante.

   Criaturas que más allá
pintan del tiempo un paisaje
que, ni aquí, ni allí, infinito,
está por sí en todas partes.

   Ángeles que no son ni esto
ni aquello, que a todo abren
sus alas en alto vuelo
y en total quietud, no obstante.

   A mí llegaron de noche
los enviados estelares,
con ellos nada en mí mismo
soy, y de todo inseparable.

   Sin palabras las palabras
que pronuncio son instantes
de eternidad que no dicen,
si del silencio inefables:

   El árbol, la luz, la estrella,
la solitud de la calle;
un halo en la ventana
en la oscuridad brillante;

   los miles de corazones
que pulsan las soledades
del alma perdidos para
siempre en oscuros parajes.

   Leí en las huellas de su paso
el constelado mensaje
donde nada permanece,
que anunció, entonces, el ángel.





Francisco Acuyo





Ángeles. Francisco Acuyo





martes, 21 de julio de 2020

CLAVES MÍTICAS PARA LA MENDACIDAD CONTEMPORÁNEA


Para la sección, De juicios, paradojas y apotegmas, del blog Ancile, traemos una nueva entrada que lleva por título: Claves míticas para la mendacidad contemporánea.







CLAVES MÍTICAS PARA 

LA MENDACIDAD CONTEMPORÁNEA





 Cuando decía que los instintos más profundos que conturban el espíritu humano son racionalizados y sustituidos por las interesadas manifestaciones ideológicas de determinadas contemporaneidades, no sólo hablaba de algo que sucede en la actualidad; esto ya era algo manifiesto en las civilizaciones griegas y romanas, cuyas deidades eran intencionadamente domesticadas para propósitos y finalidades varias de su actualidad de su instrucción y cultura coetáneas.

                ¿Sucede hoy, acaso, lo mismo pero con una vestimenta intelectual más sofisticada? A mi juicio, creo, que todo lo contrario. Los avezados y curtidos criterios racionalistas son tan inconsistentes en la actualidad que resulta ridículo y grotesco contrastar el acervo especulativo o erudito que no llama sino a la vergüenza de aquel que tiene siquiera una chispa de inteligencia e ilustración con la compararse. La zafiedad de las ideologías son precisamente efectivas entre las sociedades anestesiadas culturalmente o con poca formación personal porque los valores en cuestión, algunas veces, nadan, sin embargo, como pez en el agua entre otros instintos mucho más vulgares que tratan de ocultarse entre las necesidad de subvenir necesidades básicas. En otras ocasiones en el odio cerval que anima las oscuras e interesadas inclinaciones de la tribu, o en los automatismos primordiales de la subsistencia y supervivencia, aderezados de una vestimenta ideológica que no esconde sino las vergüenzas de su realidad pringosa e inmoral que las fundamenta, disfrazadas siempre de buenas intenciones democráticas, solidarias y benevolentes.

                 Estas ideologías, falsamente amparadas en la ciencia y la historia tratan de poner en evidencia la profundad del mito sin intentar siquiera reinterpretar la razón profunda de su ser simbólico en el mundo. La exégesis trivial de sus principios no hace sino ponerse en evidencia a alejarla del pulso de la vida que es, en fin, donde nace y se nutre, la vida que nos sino creatividad que nos evocan lo más hondo y vivo de nuestro pasado, inspirado en el enigma de nuestra existencia y que nos invoca una realidad  que propiciará un verdadero y genuino y nuevo renacimiento, y  que se escenifica en el símbolo como muestra de la perpetua aventura de la conciencia y el espíritu que en ella habita.


                Francisco Acuyo