miércoles, 19 de junio de 2019

FOURIER. EL FALANSTERIO COMO ORGANIZACIÓN SOCIAL (II)


Bajo el título: Fourier, el falansterio como organización social, traemos una nueva entrada para la sección, Microensayos, del blog Ancile, firmada por el filósofo Tomás Moreno.

Fourier, el falansterio como organización social,Tomás Moreno


FOURIER. EL FALANSTERIO 
COMO ORGANIZACIÓN SOCIAL (II)
 

Fourier, el falansterio como organización social,Tomás Moreno


Su plan de experimentador social se expresa en la organización de una red de cooperativas de producción y de consumo de carácter industrial y agrícola, enlazadas por un proyecto de federación a escala universal. El Falansterio de Fourier es, pues, básicamente una comunidad cooperativa agraria e industrial que plantea la vuelta a la tierra, y más que el regreso a la agricultura stricto sensu propugna la dedicación y aplicación de sus miembros a la horticultura, a la arboricultura y a la avicultura como actividades más atrayentes para el género humano. En su plan las grandes urbes parecen llamadas a la dispersión.
            El falansterio, en su proyecto, es pues una comunidad pequeña constituida por unas 1620 personas, con un emplazamiento rural junto a un río, entre colinas e inmediato a un bosque. Especialmente diseñado, un gran edificio, a la manera de un hotel o palacio, alojará a todos los integrantes de la “falange” y estará rodeado de otros edificios: el teatro, la iglesia, los talleres, los graneros, los establos etc.          Se justifica la conveniencia de las comidas en común para fomentar la solidaridad en el grupo. La vida se haría en su mayor parte comunal o comunitaria y, al igual que los comedores, también serían comunes para todos los servicios generales, como la calefacción por ejemplo. Las agradables condiciones de vida de los falansterios harían imposibles los crímenes y, por tanto, no serían necesarios los abogados, los jueces, la policía ni el ejército.
            Desde el punto de vista su organización laboral y económica, una de las finalidades esenciales de estos planes cooperativos y de su organización económica es hacer el trabajo atractivo; por eso la preferente atención a esas actividades señaladas. El fin primero es que el trabajo no constituya una labor penosa, ejecutada obligadamente para ganar el pan de cada día, sino que sea una faena a la que se acuda con alegría porque representa un placer. Pues bien: el trabajo resulta atractivo gracias a la multiplicación de las pasiones, tanto gastronómicas (“gastrosóficas”) como sexuales (“costumbres fanerógamas”), incluyendo en éstas las manías o perversiones, y la posibilidad de satisfacerlas. La base de la industria falansteriana sería fundamentalmente agrícola.
Fourier, el falansterio como organización social,Tomás Moreno
             Su plan de organización del trabajo es “socialista” desde el ángulo de la producción; pero dista mucho de serlo en la forma de distribución de los frutos creados, por cuanto en la producción da participación a los empresarios que perciben, en virtud de su aportación de capitales, un dividendo en los rendimientos de lo producido que en definitiva es una forma encubierta del interés o de la renta del capital.  Su esquema de organización de la sociedad futura es esencialmente cooperativo, y su pensamiento influyó notablemente en la gran boga que tuvieron en el movimiento obrero francés las doctrinas cooperativistas hasta bien rebasada la mitad del XIX. Circundando al gran palacio cooperativo amplias extensiones de tierra constituirán su granja colectiva y, dentro de ella, determinadas instalaciones de carácter industrial proveerán a la comunidad de lo más necesario para una convivencia que se describía como extremadamente sencilla y hasta casi ascética.
            Aunque Fourier considera abolidas todas las distinciones de razas y de sexos, su sistema no es del todo igualitario: el principio remunerativo que rige su asociación cooperativa se identifica con el de una sociedad por acciones, ya que en su plan cooperativo se admiten los aportes de capital y se remuneran. El Falansterio funciona sobre la base de los aportes que ofrece el trabajo, el talento y el capital y, en consecuencia, el reparto de los beneficios se hará en tres partes desiguales y proporcionales al capital, al trabajo y al talento: estimando en doce partes el valor de lo producido por el falansterio, al trabajo manual corresponde una remuneración de 5/12 partes, al talento -o sea, la dirección- 3/12 y al capital 4/12 partes. Un régimen de distribución semejante al de una compañía por acciones. Pero como la indigencia, fuente de todos los disturbios sociales, habrá desaparecido, en particular gracias al “cuádruple producto”  (obtenido por medio de la limitación de los nacimientos, la fusión de los hielos polares, etc.) todos gozarán de un mínimo que les permitirá vivir decentemente, aunque la fortuna de los ricos se incremente.

            En cuanto su organización política, Fourier no perfiló con claridad su concepción del gobierno[1]; pero la idea del Estado era subestimada y entendió que, como aparato político, estaba destinado a desaparecer por innecesario. De ahí que confiara la dirección de los falansterios a comités de administración presididos por un arca y estableciera el nexo entre los distintos falansterios a través de un vasto sistema federativo. Los comités de dirección de las falanges eran designados por sufragio universal. Más en concreto: cada falansterio elegiría a sus funcionarios representantes, a la cabeza de los cuales estaría el “Unarca”, y cuando toda la Tierra fuese una federación de falansterios, se nombraría un jefe de las falanges de todo el mundo, el “Omnarca”, cuya sede estaría en Constantinopla.

            En su caso concreto, Fourier, asqueado de la Revolución, se acomodó con el gobierno imperante e incluso contará con él para instaurar su “falansterio” que, por contagio, terminará por transformar el sistema social existente. Esperó durante muchos años en vano la ayuda del Estado (como la había solicitado a monarcas europeos e incluso a Napoleón) o de un generoso mecenas (banqueros, capitalistas o empresarios) que financiaran la realización de su proyecto social ideal, pero ninguno prestó oídos a sus propuestas. Al final de su vida, creó una escuela en torno a él y fueron sus discípulos los que después de 1830 divulgaron un pensamiento que no fue muy conocido mientras vivió.

Fourier, el falansterio como organización social,Tomás Moreno            En su esquema de sociedad ideal no impugnó la propiedad; se proponía suprimir el asalariado, convirtiéndolo en copropietario de la riqueza producida por la falange. Muchos lo tildaron de loco por lo fantasioso de sus proyectos, los cuales, además, exponía empleando un vocabulario ampuloso y extravagante. Habló de su plan social, y junto a éste de cambiar el clima de los polos, hasta poder sembrar plantas tropicales en el ártico, así como de fertilizar el Sahara con las aguas del Mediterráneo. Algunas de sus profecías no fueron tan ilusas: previó la apertura del canal de Suez y la invención del teléfono.

            Hay mucho de quimérico en los sueños de organización social de este utopista ingenuo y sus adversarios lo ridiculizaron acremente. John Gray nos recuerda cómo el socialista utópico francés “aguardaba con esperanza la aparición de nuevas especies (como los “antileones” y las “antiballenas”, cuya existencia tendría como único fin servir a los seres humanos) y que según relató Nathaniel Hawthorne en su novela Historia del valle feliz) creía que llegaría un día en el progreso de la humanidad en el que ésta lograría que el mar supiera a limonada”[2]. Faguet opinaba que su proyecto era “la Arcadia de un chupatintas” y otros lo llamaron “el Ariosto de los utopistas”.

            Sin embargo se le siente como precursor: su influjo, como constatamos, fue muy vigoroso no sólo en algunas minorías intelectuales sino en el movimiento obrero y cooperativo francés de la segunda mitad del siglo XIX. Fourier fue en muchos aspectos un adelantado a su tiempo. Su crítica del consumismo, y del desarrollismo, su ecologismo, su defensa de la humanización del trabajo y de la liberación de las mujeres fueron sorprendentemente actuales. Por lo que respecta a su anticonsumismo y a su antidesarrollismo, Fourier se mostró contrario a la producción en serie de la industria de su tiempo, tan alentada por los economistas coetáneos, para quienes “el aumento en la producción y el consumo de objetos industriales” eran índices de prosperidad. Para nuestro  reformador en la futura Harmonía (o Armonía) deberá buscarse lo contrario: la industria no tratará de producir objetos en cantidades ilimitadas y de mínima duración sino una variedad de productos manufacturados en cantidades limitadas, de enorme duración y mínimo consumo (“los objetos serán eternos”). Curiosa prefiguración crítica, la suya,  de la sociedad contemporánea, consistente en poner freno al desarrollo industrial y al crecimiento demográfico. Con más de un siglo y medio de anticipación Fourier hizo la crítica del “productivismo” y de la sociedad de consumo capitalista

             En lo que se refiere al trabajo una de sus grandes preocupaciones fue hacerlo atractivo y, si fuera posible, hasta lúdico: en los falansterios los hombres y mujeres deberían trabajar con el mismo entusiasmo que con el que juegan o se entregan a sus pasiones favoritas, como si se tratara de un placer. La variedad, el cambio en la actividad laboral era uno de los principios rectores de su sistema de trabajo. La verdadera condenación no consiste en trabajar sino en hacer siempre las mismas cosas, sin creatividad ni motivación algunas, de manera monótona y onerosa. Propone por ello una alternancia de trabajos que permitan al hombre poner en la práctica todas sus tendencias[3]. El eros no debería someterse al trabajo sino al contrario, haciendo de él no un sacrificio o una tortura sino un juego, una diversión. Su oposición a la tradición judeocristiana del trabajo como castigo o condena fue explícita, como también lo fue para con la tradición marxista (Lenin, Trotsky), para la que  el trabajo también será siempre una pena sin otra compensación, una vez abolida la infamia del trabajo asalariado y alienado, que la “satisfacción del deber cumplido” o la satisfacción altruista del egoísmo individual, en expresión de Trotsky.            En Harmonía el trabajo es un juego, un placer  y un arte al mismo tiempo, porque está regido por la Ley de la atracción personal.

            Fourier prevé hasta los más nimios detalles de su utopía: así, por ejemplo la falange cuya actividad, por gusto propio, sea el cultivo de los perales estará subdividida de acuerdo  con la clase de peras que cuide. Partidario de la agricultura frente y sobre la industria fabril, consideraba el trabajo industrial con un muy limitado poder de “atracción pasional” y, en consecuencia, propugnará reducir al mínimo el tiempo dedicado al trabajo en las fábricas, que deberían dispersarse en las áreas rurales, evitando convertirlas en la principal ocupación de la comunidad. “La concentración en las ciudades de fábricas, repletas de criaturas desdichadas, como ahora sucede, es contraria al principio del trabajo atrayente”, llegaría a confesar. Esta preferencia por el medio natural, rural y por la agricultura así como su defensa del paisaje en los albores de la era industrial, revelan un indudable ecologismo avant la lettre.

Fourier, el falansterio como organización social,Tomás Moreno             La situación y liberación de la mujer fue, finalmente, otra de sus preocupaciones centrales. En su Tratado de la asociación doméstico agrícola, (capítulo V. “De la condición de las mujeres”) llegaría a afirmar nuestro reformador francés lo siguiente: “Las naciones más corrompidas han sido aquellas que con mayor rigor han subyugado a la mujer”. Para Fourier el avance social coincide siempre con la marcha de la mujer hacia la libertad y el retroceso de los pueblos resulta de la disminución de las libertades femeninas. La extensión de los privilegios de las mujeres es la causa fundamental de todo progreso social[4]. Una vez analizada su compleja cosmovisión, con sus aciertos y sus errores hay que reconocer –y aquí es donde el precursor de los socialistas se convierte en el precursor de Freud que Para Fourier los meramente económico no puede bastar, ni calmar la búsqueda de la plenitud o de la felicidad del hombre, ella solo se podrá encontrar en el “sí mismo” del hombre.

            Entre sus discípulos y seguidores fourieristas más destacados podemos señalar a Victor Considérant, sobre todo por sus periódicos (Le Phalanstère 1832-1834, La Phalange 1836-1840, principal propagador de su doctrina y que conquistó numerosos adeptos a su causa, a veces procedentes del saint-simonismo. Trató de experimentar sin éxito falansterios. En realidad, aligeró bastante la doctrina de Fourier, apartando los manuscritos que juzgó libidinosos, como Le Nouveau Monde amoureux, que permaneció inédito hasta 1967. La influencia de Fourier en el extranjero fue considerable, en toda Europa (en Prusia, Inglaterra, Alemania) en España, en donde sobresalieron Garrido, Sixto Cámara y Joaquín Abreu[5], y sobre todo en los Estados Unidos, donde fueron fundadas numerosas comunidades fourieristas. Su personalidad y doctrina fueron redescubiertas en el siglo XX tanto por los surrealistas  (admiradores de su ingenio e imaginación, recordemos la Ode à Fourier de André Breton, de 1945) y por el  movimiento de las comunidades hippies de la década prodigiosa (influido por el pensador de la contracultura Herbert Marcuse), como por parte de los ideólogos de mayo del 68  y un considerable grupo de la izquierda freudiana, en su versión más heterodoxa (G. Groddeck, Sex-Pol, etc.).


Tomás Moreno



[1] De ahí que su pensamiento político haya sido calificado indistintamente de socialista, de utopista o de anarquista. Cf. Carlos Sanchez-Casas y Felipe Guerra, Fourier, ¿Socialista utópico?, Editorial Zix, Madrid, 1973 y Mirella Larizza, Presupuestos del anarquismo de Charles Fourier, Ed. Zyx, Madrid, 1970.
[2] John Gray, Misa negra. La religión apocalíptica y la muerte de la utopía, Paidós, Barcelona, 2007, p. 31.
[3] Algo así “vislumbrarían” Marx y Engels para su “sociedad comunista” una vez establecida, tal y como nos lo describe en La ideología alemana de 1845 (cap. 1, parágrafo 2), en donde, según profetizan los fundadores del socialismo científico, nadie tendrá “una esfera de actividad exclusiva sino que cada quien puede hacerse ducho en la rama que desee […] Así me es posible hacer una cosa hoy y otra mañana, cazar en la mañana, pescar en la tarde, criar ganado al anochecer, criticar después de la cena, como se me antoje, sin convertirme nunca en cazador, pescador, pastor o crítico”.
[4] Charles Fourier, Doctrina social (El Falansterio), op. cit., pp. 30-34.
[5] Socialismo utópico español. Selección de Antonio Elorza, Alianza Editorial, Madrid, 1970.



Fourier, el falansterio como organización social,Tomás Moreno


viernes, 14 de junio de 2019

FOURIER Y LA ARMONÍA PASIONAL DEL NUEVO MUNDO (I)


Para la sección, Microensayo, del blog Ancile, traemos un nuevo post del profesor y filósofo Tomás Moreno, que lleva por título: Fourier y la armonía pasional del nuevo mundo.

Fourier y la armonía pasional del nuevo mundo. Tomás Moreno



FOURIER Y LA ARMONIA PASIONAL 

DEL NUEVO MUNDO (I)


Fourier y la armonía pasional del nuevo mundo. Tomás Moreno


Natural de Besançon, cerca de la frontera suiza, hijo de comerciante lyonés, Charles Fourier (1772-1837) es uno de los más relevantes “enemigos del comercio” de la historia del pensamiento social occidental. Su juramento de “odio eterno” al mismo se fundamentaba en que, en su opinión, el comercio desarrollaba en el individuo todo tipo de impulsos egoístas y un desmesurado afán de lucro, y, sin embargo, hubo de dedicarse a él desde su juventud como viajante y encargado de la correspondencia de una casa comercial. Tras ganarse la vida en los más variados oficios en diversas ciudades, se instaló en París, dedicado a difundir sus doctrinas y encontrar adeptos capaces de hacerlas  realidad. El 10 de octubre de 1837, su portera lo encuentra muerto en su apartamento parisino, vestido de levita, arrodillado en medio de sus flores y de sus gatos.    Considerado como uno de los fundadores del Socialismo Utópico, junto con Saint-Simon y Robert Owen, en 1806 publicó su obra más polémica, Teoría de los cuatro movimientos[1], posteriormente, en 1822, el Tratado de la asociación doméstica y agrícola[2] y, en 1829, El nuevo mundo industrial y societario, obras que ampliarán su concepción original sobre la organización de los falansterios. El Nuevo Mundo amoroso[3], una de sus obras más importantes e interesantes, será publicada póstumamente por Simone Debout  en 1967, 130 años después de haber sido escrita. Pierre Klossowski nos lo recuerda como profeta de la felicidad, loco, visionario, poeta, utopista, reformador social, experimentador societario, inventor de extravagantes neologismos y vocablos. Por su audacia imaginativa, su actividad lúdica, su rechazo de toda represión y su atención al mundo infantil ha sido considerado como precursor del arte moderno, del psicoanálisis, de la pedagogía e incluso del urbanismo de vanguardia,[4]. E. Dühring lo definió como un “alquimista social”; Marx y Engels como un ingenuo y simple “novelista poético” e Italo Calvino afirmará: “Lo que debemos a Fourier, ese soñador sublime, único en su género, es la facultad de concebir un mundo completamente diferente, y el de describirlo hasta el menor detalle”.  
          
Fourier y la armonía pasional del nuevo mundo. Tomás Moreno

            En su obra se encuentran los principios de una crítica radical del orden social existente en su época y toda una teoría de la civilización dependiente de una filosofía de la historia peculiar, así como un conjunto de propuestas para construir un nuevo mundo armónico. Según Fourier, el mundo había pasado por cinco etapas cada vez más degradadas: el estado de naturaleza, el salvajismo, el patriarcado, la barbarie -que identifica con la edad Media- y la civilización, época en la que Fourier escribía. En el desarrollo futuro veía una etapa intermedia de transición hacia las nuevas formas colectivas de convivencia (“garantismo”), y, finalmente, la humanidad remontaría hasta un período de realización plena de sus ideales más elevados de organización social denominado “sociantismo” o “Armonía”, que durará por espacio de 70.000 años, y cuyo principio o regla fundamental prescribirá que la felicidad de unos no debe fundarse nunca en una desgracia definitiva de otros.

            Para Fourier la civilización se define por tres constantes fundamentales: reprimir, corregir, moderar. Constantemente la civilización no es más que represión, corrección, moderación de lo “real”, en donde no introduce más que desorden, despropósito y violencia. Como ha hecho notar Roland Barthes[5], Fourier no intentará establecer una teoría “correcta” de la civilización sino sólo mostrar las condiciones prácticas de la liberación de la realidad social así moderada, corregida, y reprimida. La civilización es criticable desde el principio mismo de toda organización social que ella produce: cada hombre tiene en ella necesidad de la desgracia del otro. Tanto en economía como en política, los principios del liberalismo, basados en la competencia, están siempre de parte del más fuerte, del más mentiroso, astuto y egoísta. La sociedad está organizada sobre la incoherencia, la coacción y la división, de forma que selecciona los peores parásitos, tales como los rentistas, los soldados, los comerciantes, los científicos. Su crítica de la civilización –más allá de los aspectos económicos y políticos de la misma-  abarca también todos los aspectos de la “vida cotidiana” de los individuos: educación, familia, matrimonio, sexualidad, urbanismo, polución, descubriendo por todas partes las huellas de la coacción.

            En lo que se refiere al matrimonio burgués, por ejemplo, Fourier considera que los principios del mercantilismo presiden esa institución: no es más que un negocio basado en el engaño, donde todos son engañados, fuertes y débiles, hombres, mujeres y niños; todos coexisten en el disimulo y la agresividad contenida. Porque la civilización “ha organizado el régimen del amor basado en la coacción general, y por consiguiente en la falsedad general: porque donde hay un régimen coercitivo, sólo hay falsedad por todas partes. La prohibición y el contrabando son inseparables tanto en el amor como en el comercio”. La situación de “las jóvenes” se aproxima a la de la “esclavitud”: puestas en venta “a quien quiera negociar su adquisición y su propiedad exclusiva”; igual la de los “niños” “encerrados en su mejor edad” y tan mal educados por esos “educadores” que no tienen “ni los recursos, ni la pasión, ni los conocimientos, ni el discernimiento” necesarios para su educación. Pero el “sexo fuerte” tampoco conoce la felicidad. Fourier elaborará un irresistible “cuadro analítico del cornudaje”, pasando revista a 76 tipos de “cornudos” (¡sic!). Así describe a sus integrantes en El nuevo mundo amoroso:
           
Fourier y la armonía pasional del nuevo mundo. Tomás Moreno

            En ciernes o precoz, marcial o fanfarrón, vigilante o cauteloso, irreprochable o víctima, por prescripción, por salud, regenerador o conservador, auxiliar o coadjutor, trascendente o de alto rango, federal o mancomunado, de estribo o prestanombre, embrujado o con cataratas, apóstata o tránsfuga, de urgencia o de salvaguardia, juicioso o de garantía[6].
           
            Y termina esta sabrosa enumeración con este breve recordatorio: “Moralistas, si atacáis un vicio como el adulterio, lo denunciáis en la mujer y lo toleráis en el hombre es porque es el más fuerte”. En este punto, como en muchos otros, su crítica supera de lejos la de Marx y Engels: más que un producto de la lucha de clases, el adulterio, como toda tara de la civilización, no existe para Fourier más que como una mentira a la que obliga la coacción. En resumen, todo está por hacer; hay que sustituir el mundo “civilizado” por el mundo “armónico”, tratando de pensar “al revés” de los principios y directrices impuestos por la civilización: la teoría de las pasiones o la ley de la atracción pasional se encargará de ello.
                En efecto, entre lo más fantasioso de sus afirmaciones, Fourier se ufanaba de haber descubierto en la conducta humana una ley comparable a la ley de la atracción física que Newton había descubierto en la vida natural. Esa ley -llamada ley de atracción apasionada o pasional- era la que gobernaba la conducta individual y también la que regía el mundo social. En el “Discurso preliminar” de su Teoría de los cuatro movimientos (1818) hace la siguiente síntesis de su concepción:

La primera ciencia que descubrí fue la teoría de la atracción apasionada […]. Pronto me di cuenta de que las leyes de la atracción apasionada se conformaban en todas sus partes a las leyes de la atracción material  explicadas por Newton; el sistema de movimiento del mundo material era el del mundo espiritual. Sospeché que esta analogía podía extenderse de las leyes generales a las leyes particulares y que las atracciones y propiedades de los animales, los vegetales y los minerales quizás estaban coordinadas de la misma manera que las de los hombres y los astros […]. Así fue descubierta la analogía de los cuatro movimientos: material, orgánico, animal y social. Apenas estuve en posesión de las dos teorías, la de la atracción y la de la unidad de los cuatro movimientos, comencé a leer el libro mágico de la naturaleza[7].         

            Fourier se da cuenta de que la civilización reprime una realidad que hay que rehabilitar con urgencia: la “pasión”, (luego llamada “deseo” y “placer”). Sólo la sociedad ha decretado cuáles son las buenas y las malas pasiones, provocando así la fragmentación, la atomización, las guerras, la coacción. Sólo el respeto de todas las pasiones en la atracción apasionada, y su combinación sucesiva de atracciones, conducirá al género humano a la unidad y a la armonía universal. Frente a Freud, no es el principio del placer el que debe acomodarse al principio de realidad, sino al contrario. Si para Sade el placer era esencialmente agresión y transgresión y para Freud subversión (por eso la sociedad, so pena de perecer desgarrada por las pasiones e instintos, deberá recurrir a la represión y a la sublimación), Fourier, en cambio, afirmará que todas las pasiones y manías (“perversiones o desviaciones”) no son más que notas de la atracción universal. Es posible y deseable para él, por consiguiente, una forma de civilización humana sin represión y sin sublimación: una auténtica “utopía libidinal”[8].

Fourier y la armonía pasional del nuevo mundo. Tomás Moreno

            En su ya aludida Teoría de los Cuatro movimientos, Fourier distingue 12 pasiones fundamentales, como las notas musicales, más una nota 13 (el pivote): 5 sensitivas (vista, tacto, gusto, olfato y oído; 3 distributivas o directrices consideradas “vicios” por los no iniciados (la mariposera o tendencia al cambio y a la variedad; la cabalística o afición a la intriga, espíritu de partido y la compuesta es la pasión de la fogosidad opuesta a la razón); 4 afectivas (amor, amistad, paternidad/maternidad y ambición) que, cuando se encuentran reprimidas, “atascadas”, se convierten en perjudiciales. La nº 13 es la de la unidad, que está reprimida en el mundo “civilizado” o de la “imbécil civilización”. Estas doce “pasiones” en sus múltiples combinaciones producían otras 810 pasiones para cada sexo, todas naturales y dichosas que determinarían la existencia de 810 tipos diferentes de personalidad. Y, por eso mismo, su falansterio está constituido por 1620 componentes, precisamente para que estén representados todos los caracteres de uno y otro sexo.

            El conocimiento de las pasiones tenía importancia a fin de agrupar a los individuos de manera que pudieran complementar sus propensiones y combinarse en labores que se identificaran con su temperamento, para lograr aquel objetivo cardinal de hacer el trabajo atractivo, ubicando a cada cual conforme a sus aficiones. Aceptadas totalmente, las “pasiones”  nos conducen a resultados socialmente beneficiosos para todos. He aquí, por ejemplo, uno de los hallazgos más sorprendentes y famosos de la pedagogía fourierana: los niños que se complacen en la suciedad se convertirán en beneméritos servidores de la “sociedad armoniosa” porque, para ellos, la limpieza urbana es placentera como un juego divertido. Como nos advirtiera Simone Debout, Fourier es el primero, o el único, de todos los socialistas románticos en llevar a cabo un explícito desplazamiento desde lo económico a lo psicológico, dado que, en su opinión, “la transformación social no depende de la sola reorganización industrial, sino de la metamorfosis de todas las relaciones ente los hombres y de los hombres con las cosas”[9].

            Para Pierre Klossowski, Fourier se revela en dicha obra como un pensador anti-Sade y anti-Freud, sin que su conocimiento de las pasiones humanas haya sido menor que el de ellos. Es realmente un autor escandaloso, que con Sade y Freud, se opondrá a una tradición ética, moral y cultural de casi dos mil años, coincidiendo en cierto modo con aquellos en una “visión negativa del judeocristianismo”. Reivindicado por Mayo del 68, Octavio Paz comentará que Fourier fue un adelantado de la liberación de la mujer y de la liberación sexual por haber soñado un mundo sin represión, y por haber descubierto con enorme soltura cosas que a Freud le habían costado mil trabajos pensar:

“La figura de Fourier es central lo mismo en la historia de la poesía francesa que en la del movimiento revolucionario. No es menos actual que Marx (y sospecho que empieza a serlo más). Fourier piensa, como Marx, que la sociedad está regida por la fuerza, la coerción y la mentira pero, a diferencia de Marx, cree que lo que une a los hombres es la atracción apasionada, el deseo. La palabra “deseo” no figura en el vocabulario de Marx”[10].

 
 
TOMÁS MORENO
 
 
 
 



[1] Charles Fourier, La armonía pasional del nuevo mundo, Taurus, Madrid, 1973. Se trata de una selección de los siete primeros volúmenes de sus Obras Completas (Teoría de los cuatro movimientos, Teoría de la Unidad universal, El nuevo mundo industrial y El nuevo mundo amoroso) conservando un coherente y amplia unidad temática.
[2] Publicada en versión castellana reducida con el título de Charles Fourier,  Doctrina social (El Falansterio), trad. de José Menéndez  Novella, Ediciones Jucar, Madrid, 1978.
[3] Le Nouveau Monde Amoureux  formó parte de sus escritos inéditos y fue publicado por Simone Debout, en éditions Anthropos, París, 1967. Existe una versión parcial del mismo en castellano –el dossier 2 de sus manuscritos: “Des harmonies polygames  en amour”- de Miguel Gimenez Saurina, publicado con el título de Elogio de la Poligamia, Ediciones Abraxas,  Barcelona, 2005.
[4] Pierre Klossowski, “Sade y Fourier” en Aproximación al pensamiento de Fourier, Octavio Paz y otros, Castellote, Madrid, 1973, pp. 107-146).
[5] Cf. Roland Barthes, Sade, Fourier, Loyola, Seuil, París, 1972.
[6] La armonía pasional del nuevo mundo, op. cit., pp. 217-279.
[7] “Teoría de los cuatro movimientos”, en Charles Fourier, La armonía pasional del nuevo mundo, op. cit., pp. 61-64.
[8] Cf. Eduardo Subirats, Utopía y subversión, Anagrama, Barcelona, 1975.
[9] Simone Debout, L’Utopie de Charles Fourier, Payot, París, 1978.
[10] O. Paz, Aproximación al pensamiento de Fourier, op. cit., pp. 145-160


Fourier y la armonía pasional del nuevo mundo. Tomás Moreno


jueves, 13 de junio de 2019

MODOS DE SER REAL: EN MATEMÁTICAS Y POESÍA

Para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, traemos la entrada que lleva por título: Modos de ser real: en matemática y poesía.


Modos de ser real: en matemática y poesía. Francisco Acuyo



MODOS DE SER REAL:

 EN MATEMÁTICAS Y POESÍA




 Si el gnomon en geometría es aquella figura que, tras ser aplicada a una forma geométrica, generará otra similar, podemos deducir cómo el número puede servir de puente y conexión (de las percepciones) con el sentir y manera de elaborar lo percibido que tiene el alma (psique)  para hacer reconocibles y numerables las cosas, mas no sólo las que lo son de facto, inmediatamente, también aquellas que pueden no serlas de manera inminente.

                En cierto modo estamos emparentando este proceso de conexión con el curso de la  poiesis (creación o producción), que adquiere  en este caso primordial para el desvelamiento (que diría Heidegger) de la realidad. No en vano en matemáticas (y en poesía)  el número –el verbo medido- hace germinar  los mismos entes que conforman la realidad que, acaso,  son connaturales a la misma realidad.  Lo mismo que el número es la última defensa  de una existencia en acto,[1] el verbo poético, estructurado según su singularidad lingüística y rítmica (métrica), hace que su discurso tenga entidad real pues, conlleva  para la conciencia, respecto aquello  que es (real), que sea verdaderamente inteligible. Diríase que las cosas que conciernen a la matemática (o nombra la  poesía) son naturalmente reales y existen por necesidad, cuestión que, a mi juicio, se manifiesta en su pretensión de ser o de alcanzar conocimiento a través de lo bello,  si es que la belleza es necesaria para inspirar la búsqueda de todo conocimiento, y si este último es el saber que da un verdadero sentido existencial. Por eso la poesía, como la matemática, ha de pensarse siempre en relación con la phýsis . Es así que lo abstracto que hubiere en el contenido poético (y matemático) es fundamental no solo para la descripción de lo que sea la realidad (no sólo de la naturaleza), también de lo que sea nuestro espíritu.
Modos de ser real: en matemática y poesía. Francisco Acuyo

                Pero, ¿a qué espíritu nos referimos con la denominación  anteriormente aludida a este concepto? Es claro que nuestra referencia es la que pone en relación el alma (el espíritu, la psique, la conciencia), con la phýsis para su desarrollo y crecimiento –Platón- en el logos. Es una curiosidad única contemplar cómo este entendimiento ha de moverse en el ámbito de la paradoja[2] (incluso en la matemática[3]), si hemos de atender a lo material –phýsis- con los ojos de lo que no lo es . Está demostrado que estas paradojas en las que se mueve este saber son fundamentales, y esto porque la realidad está constituida por aquellas.

                El tiempo poético (que se diría circula en un perene presente) es una razón de peso para ver en la poesía la paradoja del ser y el tiempo como una natural realidad constitutiva de su discurso y de la realidad que aprehende. El orbe poético es divisible (en un potencial análisis conceptual del mismo) pero no puede ser actualmente dividido (analizado) porque ahora está donde está y es lo que es[4] , y es que nada puede moverse en el instante (presente) que domina el tiempo poético, y es que el tiempo de la poesía no es el tiempo de lo que se mueve y se analiza,  paradójicamente, lo paradójico se vuelve real en un movimiento que es creación, o lo que es lo mismo oposición al caos –el ápeiron- de las sensaciones que invitan a la confusión de lo inaprensible en el infinito.

                Seguiremos con casos más concretos y comprensibles en próximas entradas abundando sobre la realidad en sus no siempre evidentes dimensiones.

Francisco Acuyo



[1] Zellini, P.: La matemática de los dioses y los algoritmos de los hombres, Siruela, Madrid, 1018, p. 62
[2] Expresaba como “ciencia de la paradoja”; ver: Acuyo, F.: Fisiología de un espejismo, Artecittá, Granada, 2005.
[3] El ámbito del concepto matemático de infinito da cuenta de esta realidad en el dominio de esta ciencia.
[4] Whitehead, A. N.: Proceso y realidad.



Modos de ser real: en matemática y poesía. Francisco Acuyo