lunes, 24 de septiembre de 2018

LA “FIERECILLA DOMADA” EN LOS PRÓDROMOS DE LA MODERNIDAD




  Siguiendo con la temática de la misoginia, traemos una nueva entrada del profesor y filósofo Tomás Moreno para la sección, Microensayos, del blog Ancile; esta vez bajo el título La fierecilla domada en los pródromos de la modernidad.

 La fierecilla domada en los pródromos de la modernidad., Tomás Moreno


LA “FIERECILLA DOMADA” 

EN LOS PRÓDROMOS DE LA MODERNIDAD


 La fierecilla domada en los pródromos de la modernidad., Tomás Moreno


Silvia Federici[1] ha investigado magistralmente  la emergencia de ese estereotipo en la época de transición del feudalismo al capitalismo mercantil. Nos permitimos a continuación seguir el desarrollo de su interesantísima reflexión al respecto en un apretado resumen. El proceso de devaluación del trabajo y de la condición social de las mujeres a lo largo de los siglos XVI y XVII en Francia y Alemania, comportó, sobre todo, una pérdida significativa de las mujeres en todas las áreas de la vida social, económica, política y jurídica y al mismo tiempo significó el inicio de un proceso de insubordinación y rebeldía por parte de ellas. No hay que sorprenderse, entonces, de que tal insubordinación de las mujeres y los métodos utilizados por los varones para poder “domesticarlas” se encontrasen entre los principales temas de la literatura y de la política social de la “transición”.
            La nueva división social del trabajo y la consiguiente redefinición ideológica de las relaciones entre hombres y mujeres en la transición al capitalismo,  reconfiguraron, efectivamente, las relaciones de género como puede constatarse a partir del amplio debate o “querelle” que tuvo lugar en la literatura culta y popular acerca de la naturaleza de las virtudes y los vicios femeninos. Conocida desde muy pronto como la querelle des femmes, ésta mostró cómo las viejas normas estaban cambiando y el público estaba cayendo en la cuenta de que los elementos básicos de la política sexual estaban siendo reconstruidos.
 La fierecilla domada en los pródromos de la modernidad., Tomás Moreno

        
   Dos tendencias podían identificarse dentro de este conflicto teórico. Por un lado, se construyeron nuevos cánones culturales que maximizaban las diferencias entre las mujeres y los hombres, siempre a favor de los hombres. Por el otro, se estableció que las mujeres eran inherentemente inferiores a los hombres -excesivamente emocionales y lujuriosas, incapaces de manejarse a sí mismas-  y tenían, en consecuencia, que ser puestas bajo control masculino. Las mujeres fueron acusadas de ser poco razonables, vanidosas, salvajes, despilfarradoras. La lengua femenina, era especialmente culpable, considerada como un instrumento de insubordinación. Pero la villana principal era la esposa desobediente, que junto con la “regañona”, la “bruja”, y la “puta” era el blanco favorito de dramaturgos, escritores populares y moralistas. Desde el púlpito o desde los escritos de humanistas, reformadores y católicos de la Contrarreforma, todos cooperaron en vilipendiar a las mujeres, siempre de forma constante y obsesiva.
            Como ha recordado S. Federici el castigo de la insubordinación femenina a la autoridad patriarcal fue evocado y celebrado en incontables obras de teatro y tratados breves[2]. La literatura inglesa de los periodos isabelino y jacobino se dio un festín con estos temas. En este sentido, La fierecilla domada  (Taming of the Shrew 1592) de William Shakespeare era un manifiesto de la época. Marta Cerezo nos ofrece, en una sugestiva investigación, el fragmento más conocido y ampliamente debatido de esta obra, que sintetiza magistralmente la historia de la guerra entre sexos que nos cuenta Shakespeare en su comedia. Es el que contiene el mensaje final que Katherina, la fierecilla, ya domada, transmite al final de la obra a su hermana Bianca y a la mujer de Hortensio:

Kath.-“Tu esposo es tu señor, tu vida, tu guardián, tu cabeza, tu soberano. Uno que se ocupa de ti, y por tu subsistencia somete su cuerpo a penosos trabajos por tierra y por mar; se expone de noche a las tempestades, de día a los rigores del frío, mientras que tú, en tu casa, duermes abrigada, segura y sin temor, y te pide como tributo, sólo tu amor, buena cara y verdadera obediencia; pago, en verdad, bien pequeño para tan gran deuda. La misma sumisión que debe el vasallo al monarca, la debe la mujer a su marido; y cuando es testaruda, caprichosa, cazurra y desabrida, y no obedece a sus honestas órdenes ¿qué es sino una criatura rebelde y culpable, traidora e indigna de perdón para con su señor que la ama? Me avergüenza que las mujeres sean tan simples que declaren la guerra, cuando deberían pedir paz de rodillas; y que aspiren al mundo, a la supremacía y al imperio, cuando deberían servir, amar y obedecer”[3].

            Desgraciadamente, concluye Marta Cerezo, “el mensaje final de Katherina ha traspasado fronteras y perdurado durante más de cuatro siglos hasta hacer necesaria su crítica en discursos sociales y políticos del siglo XXI. Es un claro antecedente de la ideología misógina que sustenta la violencia de género de todos los tiempos y de la actualidad” y que incluso se refleja y perdura en muchos clásicos del cine de nuestro tiempo. Otra obra típica del género es Lástima que sea una puta (1633), de John Ford, que termina con el asesinato, la ejecución y el homicidio aleccionadores de tres de las cuatro protagonistas femeninas[4]. Mientras tanto, se introdujeron nuevas leyes y nuevas formas de tortura dirigidas a controlar el comportamiento de las mujeres dentro y fuera de la casa, lo que confirma que la denigración literaria de las mujeres expresaba un proyecto político preciso que apuntaba a dejarlas sin autonomía ni poder social, en la Europa de la Edad de la Razón. Como escribe Silvia Federici[5]:

A las mujeres acusadas de “regañonas” se les ponían bozales como a los perros y eran paseadas por las calles; las prostitutas eran azotadas o enjauladas y sometidas a simulacros de ahogamientos, mientras se instauraba la pena de muerte para las mujeres condenadas por adulterio. No es exagerado decir que las mujeres fueron tratadas con la misma hostilidad y sentido de distanciamiento que se concedía a los “salvajes indios” en la literatura que se produjo después de la conquista. El paralelismo no es casual. En ambos casos la denigración literaria y cultural estaba al servicio de un proyecto de expropiación. Como veremos, la demonización de los aborígenes americanos sirvió para justificar su esclavización y el saqueo de sus recursos. En Europa, el ataque librado contra las mujeres justificaba la apropiación de su trabajo por parte de los hombres y la criminalización de su control sobre la reproducción. Siempre, el precio de la resistencia era el exterminio.

 La fierecilla domada en los pródromos de la modernidad., Tomás Moreno            Ninguna de las tácticas desplegadas contra las mujeres europeas y los súbditos coloniales, considera Silvia Federici, habría podido tener éxito si no hubieran estado apoyadas por una campaña de terror. En el caso de las mujeres europeas, la caza de brujas jugó el papel principal en la construcción de su nueva función social y en la degradación de su propia identidad cívica, pues destruyó todo un mundo de prácticas femeninas, relaciones colectivas y sistemas de conocimiento que habían sido la base del poder de las mujeres en la Europa precapitalista. A partir de esa derrota de las mujeres europeas a finales del XVIII surgió, como apunta Silvia Federici, un nuevo modelo de feminidad: la mujer y esposa ideal –casta, pasiva, obediente, ahorrativa, de pocas palabras y siempre ocupada con sus tareas. La imagen de la feminidad construida en la “transición” fue descartada como una herramienta innecesaria y una nueva, domesticada imagen de mujer, ocupó su lugar:

Mientras que en la época de la caza de brujas las mujeres habían sido retratadas como seres salvajes, mentalmente débiles, de apetitos inestables, rebeldes, insubordinadas, incapaces de controlarse a sí mismas, a finales del XVIII el canon se había revertido. Las mujeres eran ahora retratadas como seres pasivos, asexuados, más obedientes y moralmente mejores que los hombres, capaces de ejercer una influencia positiva sobre ellos[6].

            Pero para qué seguir con más testimonios, volvamos al tema de la taciturnidad impuesta, a veces con violencia –como acabamos de ver- a las mujeres. Durante milenios, nos recuerda Le Bras-Chopard, las mujeres se han visto privadas de la palabra, lo más propio del ser humano. Cuando comienzan a tomarla –hecho bastante reciente- o no se las escucha o, cuando se las escucha, comienzan a dar miedo y hay que cerrarles el pico. Los revolucionarios franceses se olieron el peligro que comportaba no ya la calidez y dulzura de la voz femenina sino el uso libre de la palabra por parte de ellas, así como su libertad de expresión y de participación en el mundo de la cultura y en 1793 decidieron prohibir, mediante decreto, los clubes y sociedades de mujeres. “Pero como éstas se pusieron a charlar de nuevo, en el siglo XIX el discurso de los hombres, frente a aquellas que estaban invadiendo su humanidad […], se endureció hasta llegar a la caricatura. Es imperativo recordarles su naturaleza y reforzar los barrotes de sus jaulas”[7].
            Durante todo ese tiempo la prohibición de la palabra femenina y su coactiva sofocación estuvo indisolublemente y estrechamente vinculada –como hemos tratado de exponer en este apartado- a la prohibición de educarse y ser instruida como los varones. Privadas de la palabra, la conculcación de sus derechos ciudadanos estaba asegurada. Pero también las mujeres superaron esa gran dificultad y lograron finalmente “tomar la palabra”. El texto que a continuación transcribimos -aunque extenso, merece la pena conocerlo- nos ilustra cumplidamente de esta hazaña:

De la lectura a la escritura va un gran paso, el mismo que hay entre escuchar y hablar. Tanto la que escucha como la que lee recibe información, mientras que quien habla o escribe se convierte en emisor/a de informaciones, toma la palabra. A las mujeres nunca se les permitió reconocerla. El silencio, como dictaba la tradición, se presentaba como su mejor atributo. […] Leer no se entendió, para ellas, como un instrumento de acceso al conocimiento, al saber, sino solo a aquellas obras que le orientaran mejor el juicio moral, que le dirigieran mejor hacia el camino de la virtud. La escuela primaria enseñaba a las niñas que podían reproducir las palabras de otros, las que le vienen dadas, pero no generar y difundir pensamiento propio[8].
                ¿Por qué si no -se pregunta Marie Claire Hook-Demarle- fue tan difícil aceptar a las mujeres como escritoras? El deseo de expresión escrita de las mujeres se canalizó, por ello, hacia cartas y diarios, literatura de lo íntimo, todo quedaba en privado[9].

TOMÁS MORENO



[1] S. Federici, Calibán y la bruja, op. cit., pp. 152-157 passim.
[2] Señalemos a este respecto, la opinión que Maquiavelo, tenía del trato debido a las mujeres en su época, cuando escribe: “Vale más ser impetuoso que precavido, porque la fortuna es mujer y es necesario, si se quiere tenerla sumisa, castigarla y golpearla. Y se ve que se deja someter antes por éstos que por quienes proceden fríamente. Por eso siempre es, como mujer, amiga de los jóvenes, porque éstos son menos precavidos y sin tantos miramientos, más fieros y la dominan con más audacia” (capítulo XXV, titulado “Cuanto dominio tiene la fortuna en las cosas humanas, y de qué modo podemos resistirla”. (N. Maquiavelo, El Príncipe, tr. Miguel Ángel Granada, Alianza Editorial, Madrid, 1991, p. 120).
[3] Citado en Marta Cerezo Moreno, “El canon literario y sus efectos sobre la construcción cultural de la violencia de género: los casos de Chaucer y Shakespeare”, en Ángeles de la Concha (coord.) El sustrato cultural de la violencia de géneroo, Editorial Síntesis, Madrid, 2010,  p. 22.
[4] Otras obras clásicas que trataban el disciplinamiento de las mujeres son Arraignment of Lewed, Idle, Forward, Inconstant Women (1615) (La comparecencia de mujeres indecentes, ociosas, descaradas e inconstantes), de John Swetnam, y The Parliament of Women (1646), una sátira dirigida fundamentalmente contra las mujeres de clase media, que las retrata muy atareadas creando leyes para ganarse la supremacía sobre sus maridos. Vid. Silvia Federici, Caliban y la bruja, op. cit., p. 155.
[5] Silvia Federici, Caliban y la bruja, op. cit., pp. 155-156 y ss.
[6] Y continúa: “No obstante, su irracionalidad podía ahora ser valorizada, como cayó en la cuenta el filósofo holandés Pierre Bayle en su Dictionaire historique et critique (1740), en el que elogió el poder del “instinto materno”, sosteniendo que debía ser visto como un mecanismo providencial, que aseguraba, a pesar de las desventajas del parto y la crianza de los niños, que las mujeres continuasen reproduciéndose” (Ibid, p. 157).
[7] A. Le Bras-Chopard, El zoo de los filósofos, op. cit., p. 227.
[8] Pilar Ballarín, Margarita M. Birriel y Teresa Ortiz, Las mujeres y la historia de Europa, Xantippa, http: // hesinki.fi / science / Xantipa / wes / wes 21. Html, Universidad de Granada, Agosto de 2010, p. 28.Vid. también Pilar Ballarín “De leer a escribir: instrucción y liberación de las mujeres” en María del Mar Graña (Ed.), Las sabias mujeres: educación, saber y autoría (siglos III-XVII), Laya, Madrid, 1994, pp. 17-32.
[9] Marie-Claire Hook-Demarle, “Leer y escribir en Alemania”, en Georges Duby y Michelle Perrot, (Dirs.), Historia de las Mujeres. El siglo XIX, Taurus, tomo IV, Madrid, 1993, pp. 159-182. Y como alternativa, muchas de ellas –más de una veintena- tuvieron que ocultar su verdadero nombre bajo un seudónimo de varón para ser aceptadas: Aurora Dupin, el de George Sand; Mary Anne Evans, el de Georg Eliot; Cecilia Böhl de Faber, el de Fernán Caballero; Caterina Albert, el de Víctor Catalá, Karen Blixen, el de Isak Denissen, etc.   



 La fierecilla domada en los pródromos de la modernidad., Tomás Moreno

viernes, 21 de septiembre de 2018

REPRESIÓN Y RIDICULIZACIÓN DE LAS MUJERES LENGUARACES

El profesor y filósofo Tomás Moreno nos trae un nuevo trabajo para la sección, Microensayos, del blog Ancile, esta vez bajo el título: Represión y ridiculización de las mujeres lenguaraces



Represión y ridiculización de las mujeres lenguaraces. Tomás Moreno



REPRESIÓN Y RIDICULIZACIÓN 

DE LAS MUJERES LENGUARACES




Represión y ridiculización de las mujeres lenguaraces. Tomás Moreno


Un pensador conservador francés de principios del XIX, como Joseph de Maistre, también percibirá el mismo peligro que denunciara un par de siglos antes su compatriota Jean Bodin: “Cuando habla parlotea, para no decir nada como las urracas, loros o cotorras”. Debe –propone- conminárselas al silencio, a la “taciturnitas”. Por eso Rousseau abominaba también de las marisabidillas parlanchinas:

Una marisabidilla es el azote de su marido, de sus hijos, de sus amigos, de sus criados, de todo el mundo. […] Todas esas mujeres con grandes talentos nunca infunden respeto sino a los necios. Siempre se sabe quién es el artista o el amigo que sostiene la pluma  o el pincel cuando ellas trabajan. Se sabe quién es el discreto hombre de letras que les dicta en secreto sus oráculos (EOE, V, 612).
               
                Y el propio Kant, en su Antropología, medio en serio medio en broma, nos advierte del poder belicoso de la lengua femenina:

El varón ama la paz del hogar y se somete gustoso al gobierno de su mujer, simplemente para no verse molestado en sus asuntos, la mujer no teme la guerra doméstica, que practica con la lengua, y para la cual la naturaleza le dio su locuacidad y emotiva elocuencia, que desarma al varón (ASP).

Represión y ridiculización de las mujeres lenguaraces. Tomás Moreno            No podemos pasar por alto la posición de un filósofo tan interesado por la mujer y por su enigmática complejidad como F. Nietzsche. Una serie de afirmaciones y expresiones del filósofo germano sobre la mujer nos permite incluirlo en la misógina tradición –juntamente con la de la Iglesia, la Ciencia y la filosofía occidentales- de los que predican el silenciamiento de la mujer. Según Nietzsche la mujer no puede hablar por sí misma porque ella está en el extremo opuesto respecto a la verdad y por eso lo mejor que puede hacer es guardar silencio, callar, para no desacreditarse:

Nosotros, los varones deseamos que la mujer no continúe desacreditándose mediante la ilustración: así como fue preocupación y solicitud del varón por la mujer el hecho de que la Iglesia decretase: mulier taceat in ecclesia! (¡calle la mujer en la iglesia!). Fue en provecho de la mujer por lo que Napoleón dio a entender a la demasiado locuaz madame de Stäel: “mulier taceat in politicis” (¡calle la mujer en los asuntos políticos!) – y yo pienso que es un auténtico amigo de la mujer el que hoy les grite a las mujeres: mulier taceat de muliere! (¡calle la mujer acerca de la mujer! (MBM, & 232)[1].

            En cierto modo, la obsesión masculina por apartarlas, separarlas, de la vida social y cívica tal vez se deba –entre otras razones o motivos de mayor calado, relacionados con la preservación de la institución matrimonial y familiar- a esa pretendida afición al comadreo y la murmuración, atribuidas a las mujeres; había que impedirles inmiscuirse en asuntos públicos, ajenos a su propio hogar o familia, como si los hombres estuviesen inmunizados de tales prácticas. En consecuencia, qué mejor remedio para todo ello que excluirlas del espacio común, de confinarlas a reductos de incomunicación y taciturnidad. “El sedentarismo –escribe Michelle Perrot- es una virtud femenina, un deber de las mujeres atadas a la tierra, a la familia, al hogar. Para Kant ‘la mujer es la casa’. El derecho doméstico garantiza el triunfo de la razón; retiene a la mujer y la disciplina, aboliendo toda voluntad de fuga”[2]. Las formas de enclaustramiento y encierro de las mujeres han sido múltiples, heterogéneas: el gineceo, el harén, el cuarto de las damas del castillo feudal, el convento, la casa victoriana, el prostíbulo.
            Hay pues que proteger a las mujeres, ocultarlas, vigilarlas  y no ya porque se tema su lenguaje persuasivo o mordaz o su poder de seducción y de incitación a tentaciones sensuales, sino sobre todo por el peligro que comporta su presencia y protagonismo en el espacio de lo público, de lo cívico-político. “Una mujer en público está siempre fuera de lugar”, decía Pitágoras. “Toda mujer que se
Represión y ridiculización de las mujeres lenguaraces. Tomás Moreno
muestre en público se deshonra”, escribe Rousseau a D’Alembert. Esto es de lo que fundamentalmente se teme  -concluye Michelle Perrot su aguda reflexión-: “las mujeres  en público, las mujeres en movimiento”[3].
            Antes de terminar este apartado conviene hacer constar que una parte muy importante del nefasto estereotipo de la fierecilla domada, germen de la frivolización seudohumorística de la violencia contra las mujeres, y que en el próximo epígrafe analizaremos, se forjó precisamente a partir del presunto peligro atribuido al uso femenino de la palabra, del lenguaje, y a su “proverbial charlatanería”. En efecto, el estereotipo de la “fierecilla domada”, prototipo de la mujer deslenguada, insumisa e insubordinada, encierra una clara alusión a uno de los temas más ampliamente recreados en ejemplos literarios y folclóricos que tienen como argumento la doma de la esposa o la domesticación de la mujer, incluso mediante procedimientos expeditivos y violentos. Se supone, en dicho estereotipo, que la mujer es instintivamente selvática, o asimilada al animal salvaje, y se la caracteriza con los estigmas de su supuesta incontinencia parlanchina y descarada y de su insuperable propensión al chisme o al cotilleo, como señalábamos[4].

TOMÁS MORENO
           




[1] F. Nietzsche, Más allá del bien y del mal, Alianza Editorial, Madrid, 1972, p. 183.
[2] Michelle Perrot, ‘Mi’ historia de las mujeres, op. cit., p. 171. Cf. Bernard Edelman, La Maison  de Kant, Payot, París, 1984.
[3] Idem
[4] Como una referencia en literatura española de ese tipo de obras, cabe citar el cuento XXXV de El Conde Lucanor de Don Juan Manuel titulado Del mancebo que casó con mujer brava, desde entonces ese estereotipo denigratorio de la mujer permanecerá vigente en la literatura europea del Renacimiento y del Barroco hasta nuestros días.



Represión y ridiculización de las mujeres lenguaraces. Tomás Moreno


miércoles, 19 de septiembre de 2018

BAILAR CON LA PELONA

Traemos para la sección, Narrativa, del blog Ancile una primicia literaria que bajo el nuevo sello editorial Poetario (este enlace te llavará a su página), ha publicado el libro de relatos titulado Cuentos en la  Isla, del escritor cubano estadounidense Pastor Aguiar. Reproducimos en este post uno de los extraordinarios relatos que conforman dicho título. Así, bajo la cabecera, Bailar con la pelona, damos una muestra singular de este libro que desde aquí recomendamos encarecidamente.


Bailar con la pelona, Pastor Aguiar




BAILAR CON LA PELONA



Bailar con la pelona, Pastor Aguiar




 Aquella vez sí que la tuve cerca, me refiero a la pelona, y me tocó bailar con ella en más de una ocasión.
Los milicianos habían intervenido la tienda del moro, que ocupaba un área de cien metros de lado en la periferia de la finca de mis abuelos, que ya estaba a punto de ser tomada igualmente.
Junto a los disturbios en varias zonas rurales en oposición al despojo de propiedades y otras medidas revolucionarias, se inflaban las noticias sobre amenazas de invasiones imperialistas.
_ Hay que estar preparados para matar o morir. Cada uno de nosotros tiene que llevarse por lo menos a diez por delante antes de estirar la pata. En tiempos como estos, al borde de ser pasto del imperio brutal, al que levante la cabeza aquí adentro se la cortamos de un tajo. Los pelotones de fusilamiento ya trabajan día y noche. Van a recoger la ceniza de esta tierra empapada en sangre_ Gritaba el miliciano chorreando sudores alcanforados.
Se trataba de un grupo de ocho o diez uniformados al fondo del patio de la tienda, muy cerca el pozo de bomba que guardaba silencio detrás del grupo. Por la derecha el huerto en ruinas y por la izquierda la pared de lo que fuera cocina.
Yo observaba un poco alejado de la decena de curiosos que rodeaba a los intrusos, aunque estos últimos parecían los dueños hasta del aire que respirábamos.
_ A ver, quién se atreve a sacrificarse por la patria_ Volvió a alzar la voz el mismo hombre, quien dijo llamarse Marciano_ Les advierto que estoy tomando nota de quien no levante la mano. Estoy loco por estrenar este juguete_ Y esgrimió su metralleta checoslovaca de un gris sepulcral.
Es obvio decir que todos levantamos ambos brazos, pero pude escuchar a Remigio masticando.
_ Maldita la idea que tuve de acercarme a estos locos de mierda.
_ ¿Qué acaba de decir?, sí, el de la camisa a rayas_ Era Marciano con un dedo acusador sobre Remigio.
_ Dije que maldito enemigo del norte.
_ Ah, pues vas a ser el primero en probarlo, acércate, compa.
Remi, como le llamábamos, no tuvo otro remedio que avanzar. Iba dando saltitos de mono que nos hicieron reír tímidamente.
_ ¡Cabo Lucio, deme su revólver!
Marciano agarro el arma al vuelo y acto seguido le dejó un solo proyectil en la masa, que hizo girar antes de volverla a su sitio con un clic tenebroso.
_ Aquí tienes, compañerito, para que demuestres el tamaño de tus cojones, la patria te mira.
Bailar con la pelona, Pastor Aguiar_ Esto es jugando, ¿no? _ Musitó Remi entrecortando las palabras a punto de esfumarse, intento que ya impedían par de guardias a su lado.
_ Aquí lo que se juega es la vida, hombre, digo, si así se le puede llamar a quien tiembla. ¿No conocías la ruleta rusa? Pues vayan acostumbrándose a los rusos_ Remató el gendarme dirigiéndose a todos nosotros.
Tal parece que Remigio acopió un valor de generaciones mambisas y se quitó el sombrero. Después tomó el revólver y se colocó la boca del cañón arrente a la oreja que le quedó a mano. El silencio pesaba quintales.
_ A ver si tengo la misma suerte que con la lotería, que nunca me he sacado ni un billete_ Y apretó el gatillo.
Pero el infeliz se sacó el premio gordo. Yo no pude ver, porque había cerrado los ojos al momento del estampido. El olor a pólvora se podía palpar. Cuando al fin miré, las estatuas de quienes me antecedían no me permitieron recoger la imagen. Me agaché y entre las piernas temblorosas recompuse el cuerpo tendido sobre el polvo encharcándose en sangre. Había caído boca abajo y todavía convulsionaba.
_ Tendrá sus honores de mártir a su debido tiempo. Que pase el siguiente voluntario.
Hubo un movimiento general de huida, pero ya los guardias nos rodeaban a punta de metralletas.
_ Quien intente escapar será considerado traidor a la revolución y pasado por las armas ahora mismo. El cementerio tiene hambre.
_ ¿Será una pesadilla?_ Me dije palpándome los costados.
_ Usted mismo, el muchachón que acaba de sacudirse los pantalones_ Se refería a mí.
No puedo descifrar mi reacción, fue algo así como si hubiera tocado un cable de alto voltaje sobre el piso mojado. Pero mientras ensayaba el primer paso tuve una idea que ahora me parece surrealista.
_ Gracias por escogerme, comandante; pero le pido un último favor.
_ Lo de comandante pertenece a un solo elegido en este país. ¿Cuál es su deseo?
_ Me estoy haciendo caca, permítame ir hasta aquellos matojos, será un minuto_ Yo rogaba a todos los santos.
_ Tienes suerte, porque lo menos que quiero es la peste a mierda. Tienes dos minutos exactos, si no vuelves serás cazado a tiros como un venado; ah, y te advierto que al otro lado de la finca el ejército está peinando la sitiería en busca de alzados, ya sabes.
_ No fallaré, no fallaré…_ Fui repitiendo en un hilo de voz, alejándome hacia mis espaldas donde había unas zarzas de mi tamaño, antes de llegar al terraplén que delimitaba la finca por el oeste. De inmediato me incliné para no ser visto y corrí emulando a una manga de viento. Cuando atravesé el terraplén y hacía zigzags entre los marabusales del potrero de los Pérez, iba a punto de volar, ingrávido diría, presa de un éxtasis semejante a mis sueños, aquellos en los que planeaba sorteando nubes y fieras voladoras.
Ya debía estar a dos kilómetros del lugar de las ejecuciones y me sentí a salvo. El problema era hacia dónde continuar, hasta cuándo vivir a escondidas. Sin embargo, por el momento decidí enrumbar hacia la ciénaga distante más de cuarenta kilómetros al sur.
Al rato, después del potrero, vino una zona descubierta, malamente salpicada por montones de yerba de guinea que me darían por la cintura. Me persigné y anduve a trote suave, mirando a la redonda, después enfocando la meta al frente, que consistía en matorrales precediendo al río San Lorenzo.
A cien pasos de los primeros árboles quedé petrificado. Desde la maleza surgió una hilera de soldados peinando cada pulgada, separando las primeras yerbas con los cañones de sus fusiles.
Bailar con la pelona, Pastor Aguiar
El terror me indujo a echarme a tierra, a enroscarme alrededor de un plantón de yerba de guinea que malamente cubría mi estómago.
La columna se fue acercando y yo queriendo achicarme, ser un montón de hojas más.
Pero un soldado apenas par de años mayor que yo me había visto, sus ojos se clavaron en mí rayanos al susto, instante que aproveché para hacerle señas con un índice sobre mis labios. El muy tonto no atinó a otra cosa que ponerse a asentir con la cabeza como si sufriera de un ataque epiléptico, de tal suerte que un oficial lo vio.
_ Soldado Gutiérrez, qué carajo le pasa, ¿lo ha picado una araña peluda?
_ ¡No, para nada, no he visto lo que acabo de ver, no hay nadie diferente!
_ ¡Qué coño está mirando ahí! Ah, conque un insurrecto_ Se estaba dirigiendo a mí.
Me fui incorporando como si llevara montañas, sin dejar de mirar con ojos de suplicio al tipo de las charreteras.
_ No, señor, no soy enemigo. Yo vivo por acá cerca y me asusté al verlos, pensé que era una invasión imperialista, como acababan de anunciar los milicianos allá en la tienda del moro. Ellos nos estaban obligando a la ruleta rusa para probar nuestro valor, ya había un muerto, ya sabe, eso no me pareció de patriotas.
_ Qué dice, ciudadano, cómo que a la ruleta rusa.
_ Sí, un cabo de la milicia nos tenía como presos para hacernos héroes de la patria antes de la guerra, eso dijo y nos quería ver con el revólver en la cabeza apretando el gatillo.
_ No lo puedo creer. ¡Gutiérrez!, quédese custodiando a este desquiciado hasta que verifiquemos lo que acaba de decir, su vida depende de que no mienta. Síganme los demás.
La tropa se alejó a marcha forzada y Gutiérrez y yo quedamos solos.
_ ¿Cómo es que estás en el ejército, si apenas tendrás par de años más que yo?_ Le pregunté al muchacho.
_ No me digas nada, que mis padres me obligaron. Ellos son del gobierno y dicen que si no tengo cabeza para los estudios, debo llegar a coronel por lo menos. Para mí todo esto es pura mierda.
_ Te entiendo, no tienes otra salida.
_ Bueno, la tendría si llegara a decidirme.
_ ¿Por qué no te decides ahora y me acompañas a la ciénaga? Que se jodan estos locos. Ya vamos a sobrevivir en el monte firme, allí sobran animales que comer, seremos libres, como en las novelas de aventuras.
_ ¿Tú crees?
_ ¡Claro que lo creo, estoy acostumbrado a la sobrevivencia!
_ Pues te sigo, por lo menos llevamos un arma, por si las moscas.
Y nos fuimos alegremente hacia la manigua que minutos antes habían abandonado, mientras, comenzamos a contarnos nuestras vidas.






Pastor Aguiar



Bailar con la pelona, Pastor Aguiar

lunes, 17 de septiembre de 2018

El SILENCIO DE LAS MUJERES EN LA TRADICIÓN JUDEOCRISTIANA


Bajo el título, El silencio de las mujeres en la tradición judeocristiana, traemos un nuevo post del profesor Tomás Moreno, para la sección Microensayos.



El silencio de las mujeres en la tradición judeocristiana, Tomás Moreno



 El SILENCIO DE LAS MUJERES 

EN LA TRADICIÓN JUDEOCRISTIANA




El silencio de las mujeres en la tradición judeocristiana, Tomás Moreno



Ésta obsesión patriarcal y androcéntrica por hacer callar a las mujeres no fue exclusiva de los griegos ni de otras áreas culturales más alejadas de nuestra traducción occidental (Islam, y Próximo y Extremo Oriente), también en el ámbito cultural semítico emerge con el nacimiento del judaísmo a la par que la ley judía de Moisés, la misma admonición contra las mujeres: Las mujeres deben permanecer calladas. “Miel destilan los labios de la mujer extraña y es su boca más suave que el aceite. Pero su fin es más amargo que el ajenjo, punzante como espada de dos filos”, leemos en Proverbios (5: 3-4); y en el Eclesiástico, refiriéndose también a la voz femenina, se dice: “La conversación con la mujer quema como el fuego” (9, 11, Vulgata).
El silencio de las mujeres en la tradición judeocristiana, Tomás Moreno            Sin sufrir modificación alguna, volvió a resurgir como mandamiento cristiano, en el que San Pablo impone para la mujer el silencio en la asamblea, al exigir que todas las mujeres permanecieran en ella “calladas y sometidas”. En la Primera Epístola a 1os Corintios, San Pablo escribe: “Las mujeres en las iglesias callen, pues no les está permitido hablar; antes muestren sumisión, como también la ley lo dice” (1 Cor. XIV, 34-36). En la Primera Carta a Timoteo, el apóstol de los gentiles prohíbe a las mujeres tomar la palabra en las asambleas litúrgicas y enseñar en ellas y señala que deben permanecer “en silencio, con toda sumisión”: “No le consiento a la mujer que enseñe ni domine al hombre, sino que esté callada, porque primero crearon a Adán y después a Eva, y a Adán no le engañaron sino que la mujer se dejó engañar y cayó en pecado” (1 Timoteo 2, 11-15). Uno de los más influyentes Padres de la Iglesia del siglo II-III, Tertuliano, proscribe en De virginibus velandis (9), que la mujer hable en la Iglesia, y ordena que debe permanecer en silencio.
            El miedo a la voz femenina, a los peligros que podría comportar su escucha, era, para la mayoría de los eclesiásticos, predicadores y teólogos morales, algo habitualmente referido en los tratados morales del Medievo, y también en los del Renacimiento y del Barroco. Para el imaginario patriarcal medieval, la voz femenina constituía, en efecto, una de las características más nocivas de la mujer, que más atraía la atención de los hombres para hacerles caer en las redes del diablo y, en fin, uno de los lugares privilegiados en los que la lascivia femenina actuaba con segura eficacia seductora: su tono suave y tierno, su timbre sugestivo e insinuante eran una de las indiscutibles armas de su sexo, de la que los varones deberían cuidarse para no caer en sus redes. En consecuencia a las mujeres se les impuso también en toda esta época, como en el pasado, la “ley del silencio”.
            Eduardo Galeano en su inapreciable Espejos. Una historia casi universal[1], y bajo el epígrafe “Los santos retratan a las hijas de Eva” nos recuerda algunas admoniciones y sentencias absolutamente misóginas de los Padres de la Iglesia y de preclaros predicadores medievales relacionadas con el peligro que anidaba en la voz y en las palabras femeninas. San Juan Crisóstomo (“Cuando la primera mujer habló, provocó el pecado original”); San Ambrosio (“Si a la mujer se le permite hablar de nuevo, volverá a traer la ruina al hombre”); San Bernardo (“Las mujeres silban como serpientes”). Y en el epígrafe denominado “Prohibido cantar” recuerda que “desde el año 1234, la religión católica prohibió que las mujeres cantaran en las iglesias” porque “ensuciaban la música sagrada”.
El silencio de las mujeres en la tradición judeocristiana, Tomás Moreno            La pena del silencio femenino rigió inmutable, durante siete siglos, hasta principios del XX en los lugares de culto. San Jerónimo por ello proponía que las mujeres cantasen los salmos en su casa, pues no era propio ni conveniente que lo hiciesen en la asamblea de los fieles. Una de las razones que da el Aquinate para que la mujer no hablase en público es que su mera presencia en la asamblea es ya una indecencia, pues despierta las pasiones de los presentes en ella[2]. De ahí la prohibición eclesiástica de 1234, a la que antes hemos aludido, que impedía a las mujeres cantar en las iglesias. No es de extrañar por tanto cómo en el Malleus Maleficarum (1486), sus autores Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger[3], nos advirtiesen  del peligro de la voz femenina: desgraciadamente para los hombres que no están en guardia –venían a decir los inquisidores dominicos-, la perversa criatura tiene dulce voz de sirena para atraerlos con su melodía y conducirlos a su propia ruina:

Abordemos otra de sus propiedades, la voz. Como es mentirosa por naturaleza, así también con su habla hiere a la vez que deleita. Por lo tanto su voz es como un canto de sirenas, que con sus dulces melodías atraen a los viajeros y los matan. Y los matan vaciándoles la bolsa, consumiéndoles las fuerzas y haciéndolos abandonar a Dios […] Véase Proverbios, 5:3-4: “Sus palabras son más suaves que el aceite, pero su fin es amargo como el ajenjo” (Malleus Maleficarum, I, q. 6)[4].

            Pero la enemiga de los hombres ante las cualidades persuasivas, hipnotizadoras y peligrosas de la voz femenina traspasaron los ámbitos y espacios clericales. También el jurista y teórico político francés, Jean Bodin, ilustre autor del tratado sobre Los Seis libros de la República, de 1576, incluirá en su famosísimo De la Demonomanía de las brujas (1580)  la charlatanería como uno de los siete defectos esenciales que impulsan a la mujer al mal y a la brujería, junto con su credulidad, curiosidad, impresionabilidad, maldad, espíritu vengativo y facilidad para la desesperación.

TOMÁS MORENO





[1] Eduardo Galeano, Espejos. Una historia casi universal siglo xxi, Siglo XXI, Madrid, 2008.
[2] Humberto de Romans (1194-1277) y Enrique de Gante (1217-1293), fundamentarán como Tomás de Aquino la prohibición de predicar en el templo en que su voz induce al placer en lugar de reprimirlo y contribuye a la inmoralidad en vez de combatirla, en un caso; y en el otro, por carecer de autoridad para flagelar con energía los vicios y mover a la práctica de la virtud. Al contrario, la mujer con su voz más que nada lo que hace es incitar a los hombres e incitarse a sí misma a la lujuria.
[3] Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger, Malleus Maleficarum,  op. cit.
[4] Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger, Malleus Maleficarum. El martillo de los brujos, op. cit p. 122.




El silencio de las mujeres en la tradición judeocristiana, Tomás Moreno