viernes, 8 de noviembre de 2019

MÍSTICA DEL LENGUAJE POÉTICO

Para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, traemos la entrada nueva que lleva por título:

Mística del lenguaje poético.



Mística del lenguaje poético. Francisco Acuyo


MÍSTICA DEL LENGUAJE POÉTICO






Decíamos anteriormente[1] que hablar de poesía es hablar de  Lo oculto se ofrece para ser aprehendido no de manera analítico reductiva, sino integradora, sintética, creativa. Será por eso que cuando hablamos de poesía (fuera de la música y el símbolo del verso) poco se dirá que ver tenga con su singular y genuina sustancia, acaso sólo derivaremos sobre la ilusión de lo que decimos tenga que ver con ella. Merced a esta reflexión podemos constatar que la verdadera experiencia poética es una experiencia nunca antes vivenciada, que no es conocimiento, si es que adviene como algo inesperado, nunca antes visto u oído,  o al menos ofrecidos para el entendimiento de algo que acaso siempre estuvo allí y que no supimos acceder a ello a no ser por la vía del entendimiento poético. Así, cuando queremos explicarlo no hacemos sino sumir en la confusión en cualquier intento de análisis a aquel que quiera comprender fuera del seno mismo de la poesía. Es por eso que la flor, la fuente, el árbol, antes de ser nombradas por la poesía eran lo que son: flor, fuente, árbol. La explicación dl lenguaje poético hace en su nombramiento, que dejen de ser flor, fuente, árbol; reconocer este hecho hace que gracias a la poesía sean de nuevo y de forma genuina, flor, fuente, árbol.

Mística del lenguaje poético. Francisco Acuyo

            Es cierto que el verbo poético invoca a la naturaleza de lo genuino, autenticidad que no hace sino liberar a la conciencia de lo ilusorio (representativo) que envuelve al lenguaje en su significación común –y en el uso habitual del mismo-. El poema encierra en su expresión singular no tanto un hecho contrastable objetivamente como una sustantividad subjetiva o psíquica con una existencia anímica indubitable. De todo ello podemos inferir que en el ejercicio genuinamente poético el menester intelectual no es conditio sine qua no para su realización completa. Estamos ante un lenguaje para el recogimiento interior que, sin embargo, aspira a una interioridad más profunda que la del mí mismo, para ser en un estado de conciencia nuevo que aspira a un no yo que se mira ya en el sí mismo. Este contemplar, en la más alta poesía, invoca a una transformación que provoca asombro, una extraña e inefable emoción que convulsiona al que la experimenta en su contemplación. A través de la poesía genuina vemos las mismas cosas, pero son vistas de una manera muy distinta: habitamos la dimensión poética –y  creativa- del mundo.

            Las limitaciones conceptuales -y convencionales- del lenguaje no limitan en poesía, al contrario, esta nos hace libres de la lógica y del intelecto que impiden ver la genuina naturaleza de la cosas. Se precisa para ello la pasión por un saber creativo que nos pone en contacto de nuevo con la realidad del mundo, es la filosofía que ya es catástrofe y engendra el pensamiento –que nos pensamiento sino destrucción- poético sin ataduras intelectuales para la posibilidad de transformación y apoteosis que toman fundamento en la más radical paradoja: se es cuando no se es, porque su potencia proviene de la individualidad más extrema y la concepción expresiva del lenguaje más iconoclasta. El poema verdadero se ofrece como acción expresiva fieramente paradójica, por eso es tan propio del lenguaje poético encontrar interpretaciones que se ciñan a un vínculo racional satisfactorio. El proceso anímico en el que integra el poema rechaza muchas veces el enlace conceptual y lógico que cabría esperar en el lenguaje, y pone en entredicho no solo los presupuestos racionales del constructo lingüístico, también los de su posible interpretación lógica. Esta ruptura supone la liberación de cualquier antecedente intelectual con el fin de adentrarse en una realidad, a mi juicio, netamente trascendente y, paradójicamente, extraída de lo más íntimo y profundo de nosotros mismos que donde  a su vez descansa toda mitología, filosofía y saber que crea y da forma a la vida y a la conciencia plena.

            A colación de todo lo antecedido traeremos nuevas aproximaciones en relación al fenómeno de la expresión poética y su singularidad, eso será en próximas entradas del blog Ancile.



Francisco Acuyo




[1] Acuyo, F.:,  Fe, ciencia y conciencia de la poesía, Blog Ancile:






martes, 5 de noviembre de 2019

FE, CIENCIA Y CONCIENCIA DE LA POESÍA


 Traemos una nueva entrada para la sección, Pensamiento, del blog  Ancile, esta vez bajo el título: Fe, ciencia y conciencia de la poesía.


Fe, ciencia y conciencia de la poesía. Francisco Acuyo



FE, CIENCIA Y CONCIENCIA DE LA POESÍA


La escisión entre ciencias y fe en occidente, pensamos, que será un gesto sino equivocado hiperbólico en cuanto a la naturaleza mental o psíquica del ser humano, en favor de los postulados de la razón científica en posición a las intuiciones inconscientes de nuestro propio espíritu, las cuales han acabado con su propia negación. El rechazo por el homo naturalis que inevitablemente respira en nuestros poros, es el síntoma del horror seguro que espera a quien sin una madurez interior acepte los frutos peligrosos de la ciencia y su tecnología, aun con sus indiscutibles comodidades y ventajas para la vida cotidiana. De hecho, todos sus avances y progresos siguen ser  capaces de contestar las últimas y trascendentes preguntas que por siempre agobiarán al hombre en su tránsito existencial. No todo puede conseguirse mediante el mecanismo de la técnica.

                En realidad, en nada somos superiores a la misma naturaleza de la que todos derivamos. El desconocimiento de nuestro ser necesariamente vinculado a la naturaleza nos llevará a la autodestrucción en favor de una voluntad de hacer camino, pues esta senda es la de nuestra propia perdición. A estas alturas de nuestra exposición cabe interrogarse: ¿Es posible encontrar un lenguaje, una expresión, una manera, un menester mediante el que podamos reconocernos a nosotros en la naturaleza? De forma casi instantánea trataremos de hacerlo mediante el juicio de razón y el mecanismo de la ciencia. Pero, ¿será esto suficiente? Parece claro que no. Se queda nuestra alma insatisfecha si indagamos mediante el intelecto, porque en verdad se hace preciso investigar más allá de aquél, si ha de hacerse con la más íntimo de nuestro corazón y de nuestra conciencia.

Fe, ciencia y conciencia de la poesía. Francisco Acuyo                Si algo he aprendido del lenguaje poético, es que este nos ofrece la riqueza del símbolo, de la analogía, de la metáfora, de una suerte de crucial metafísica que supera cualquier juicio conceptual atento a al proceso lógico de la gramática al uso convencional, y es que nos habla de lo más hondo de nosotros en el mundo, que es lo mismo de nosotros con lo(s) demás. Esta introversión, este ejercicio autógeno del que es capaz el lenguaje poético es una vía excepcional (y a la vez natural) de ponernos en contacto con nosotros mismos si ser escindidos de lo(os) demás. Lo oculto se ofrece para ser aprehendido no de manera analítico reductiva, sino integradora, sintética, creativa. Será por eso que cuando hablamos de poesía (fuera de la música y el símbolo del verso) poco se dirá que ver tenga con su singular y genuina sustancia, acaso sólo derivaremos sobre la ilusión de lo que decimos tenga que ver con ella.


                Lo sensorio y emocional del lenguaje poético (construido sobre su característica estructura rítmica) lo emparenta de manera muy particular con la música, y aunque exige de un desciframiento, este, en muchos casos, es universal en cuanto a los rasgos simbólicos que es capaz de aportar en su discurso. El significado y el sentido de este lenguaje (no común, si trasgrede el uso usual de aquella en muchos aspectos) radica en su musicalidad y aporte simbólico que lo hace universal, si hijo de un acervo inconsciente del hombre que es puesto de manera manifiesta a través de este modo de construir el discurso, pero, también se sitúa más allá de lo meramente experimental que no lo puede hacer verificable sino es a través de su canto que lo trasciende del fenómeno secundario que es lenguaje común.

                Mas también emparenta a la poesía con la matemática,[1] no será sólo en matemáticas donde impere el criterio de verdad y belleza, por demostrable. Las matemáticas no mienten, no fingen (al contrario según Pessoa), pero que muestra otra verdad no menos innegable aún en la imprecisión y limitación de la palabra, su necesidad, porque no podemos pensar lo que no se puede pensar, por tanto tampoco podemos decir lo que no podemos pensar.[2] Abundaremos sobre todo esto en próximas entradas del blog Ancile.



Francisco Acuyo




[1] Acuyo, F. Véanse las numerosa entradas del blog Ancile dedicadas al estudio comparativo de ambas disciplinas.
[2] Wittgensteins, L.: Tractatus, Gredos, Madrid, 2017,  5, 61.



Fe, ciencia y conciencia de la poesía. Francisco Acuyo

viernes, 1 de noviembre de 2019

El FINAL DE LOS HOSPITALES-PUEBLO


 Cerramos la interesante temática de los Hospitales- pueblo de Vasco de Quiroga para la sección, Microensayos, elaborada por el profesor Tomás Moreno, y bajo el título: El final de los hospitales-pueblo.


El final de los hospitales-pueblo. Tomás Moreno


El FINAL DE LOS HOSPITALES-PUEBLO



 Estos aspectos y rasgos generales del experimento social y comunitario quiroguiano que acabamos de exponer, hacen de Vasco de Quiroga uno de los ejemplos más emblemáticos del pensamiento utópico renacentista en América[1]. Y no sólo remiten a Tomás Moro y su Utopía y a una tradición humanístico-cristiana y clásica, como ya señalamos, sino  que entroncan y emparentan también con la tradición política democrática de los municipios, ayuntamientos y consejos castellanos, por una parte y, asimismo, con una  genuinamente indigenista, por la otra.

            En efecto, para F. Ainsa, “más racionalmente jurídicos que milenaristas, los textos reglamentarios de Quiroga se inscriben en la tradición “municipal” y democrática hábilmente combinada con el régimen colectivista de los indígenas, cuyo sistema, sin embargo, no se idealiza”. Se trataba, con ello, de encontrar remedios prácticos a males existentes y de fundar una república donde hubiera sustento para todos, cuidando de conservar al hombre en su propio medio de tal modo que “se adapten a la calidad y manera y condición de la tierra y de los naturales della”[2].

            Paz Serrano, ha señalado igualmente que el proyecto ideal de Quiroga no sólo lo llevó a tratar de implantar en las tierras americanas una forma de organización política y económica parecida a la primitiva iglesia cristiana, como había dejado de lo constancia en sus primeras cartas enviadas a España en 1531, sino que  también utilizó el elemento indigenista autóctono procedente del régimen económico colectivista de los aborígenes que asumió e integró en el gobierno y organización de sus Hospitales-Pueblo. El obispo mantuvo, en efecto, las costumbres y formas económicas de los purépechas, siguiendo su tesis de la necesidad de adaptar los ideales a las peculiaridades del Nuevo Mundo, para lograr la perfecta simbiosis entre esa correcta política que proponía y las buenas costumbres que ya tenían. Como explica Paz Serrano:

“El proyecto gozó de aceptación entre los indígenas y no fue ajeno a ello la recuperación de esos aludidos aspectos de su tradición económica. Así, la organización comunal económica existía, en parte, en el sistema global tarasco. La educación comunitaria para las niñas en las huataperas pudo trasladarse a esa formación general de doctrina y oficios para los niños en el hospital. La división de oficios según los barrios, que podían recordar a los gremios, se restauró en gran medida al aplicar a cada pueblo de su jurisdicción una artesanía especial, fomentando el intercambio mercantil y la comunicación de sus habitantes. De este modo, el choque cultural y la intrusión de nuevas costumbres como la del matrimonio monógamo, pudo realizarse con más suavidad y menor costo humano”[3].

            Por su parte Eduardo Subirats sostiene –desde una posición más radical y crítica- que la obra de Quiroga destaca sobre todo por su dimensión reformadora y creadora de un nuevo sistema social de supervivencia del indio. Y denuncia, sin embargo, sus insuficiencias o ambigüedades al plantear el obispo “la dulce utopía de una especie de orden mixto: una síntesis de particularidades indigenistas y la universalidad cristiana, bajo una conformación socio-política, la de las reducciones misioneras”. Una síntesis, en su opinión, contradictoria o conflictiva en la que se trataba de conjugar su liberal defensa indigenista y su crítica de la violencia conquistadora (Información en derecho) con una concepción absolutista y teocrática del poder de una Iglesia cristiana universal a título de mater imperii.

El final de los hospitales-pueblo. Tomás Moreno

            En su legitimación y justificación de la conquista, considera Subirats, Don Vasco llegaba al extremo de negar, a diferencia de la Escuela de Salamanca, cualquier legitimidad de derecho natural a los habitantes de América a su pleno autogobierno. “Sus formas de gobierno, sus leyes, y su propiedad fueron postuladas como malas, injustas, ilegítimas o inexistentes” (De debellandis indis). Con lo cual, concluye el pensador catalán, el pretendido liberal y reformador sostuvo en realidad la utopía de un imperialismo decididamente teocrático[4].           
            Sea como fuere, la utopía cristiano-social quiroguiana tuvo una trascendencia profunda aunque limitada en el tiempo. Según Fernando Ainsa una serie de factores coadyuvaron al paulatino languidecimiento del planteo utópico del período en el que se inscribe su proyecto. La disciplina ascética y el entusiasmo misionero de los primeros tiempos van cediendo a una cierta rutina burocrática, agravada por las divisiones de los propios franciscanos entre pro-indígenas y anti-indígenas. A fines del siglo XVI, es evidente que América no puede ser una esperanzada contraimagen de Europa sin atentar a la esencial unidad del Imperio español. Los mitos, leyendas y utopías que habían ayudado a conformar la primera idea de América como summa del deber ser europeo, deben retroceder ante funcionarios, administradores e inquisidores. Las utopías cristiano-sociales –las de los franciscanos de la primera hora (Zumárraga, Mendieta) y las posteriores de Las Casas, Quiroga y los jesuitas del Paraguay- se irán abandonando frente a la contrarreforma y el dictado de la Santa Inquisición. Un periodo de euforia del imaginario individual y social se cierra sombríamente a fines del siglo XVI[5].

           
El final de los hospitales-pueblo. Tomás Moreno
Paz Serrano ha señalado con acierto -y coincidiendo en parte con Subirats- cómo su obra representa la relación dialéctica, conflictiva, entre los intereses de la razón utópica y las imposiciones de la razón de estado, lamentablemente no siempre conciliables[6]. Los hospitales-pueblo de Quiroga sólo quedaron, en su opinión, como islas de utopía que, en virtud de disposiciones testamentarias del obispo y el patronato del cabildo eclesiástico, lograron perdurar hasta el siglo XIX. Las leyes de desamortización de 1856 y las de Reforma de 1859, so pretexto de eliminar el poder de la Iglesia y de introducir en el mercado las propiedades fuera del comercio, dieron al traste con las propiedades comunales indígenas, único medio que tenían de subsistencia y defensa frente a los hacendados. Muchos de los indios pasaron a engrosar el peonaje, destruido el último resto de su autonomía. Los pueblos de don Vasco, perdida la protección del cabildo, se extinguieron como tales en 1872[7].

            El gran escritor venezolano Arturo Uslar-Pietri ha sabido ver el valor simbólico y empírico del proyecto utópico de Don Vasco de Quiroga, que hace de él una de las figuras más extraordinarias de todo el período de Colonización y de Conquista, con estas admonitorias y sabias palabras:

“En un gran fresco que está en la ciudad de México, Diego Rivera ha pintado varias escenas de la época colonial. En ese conjunto vemos a hombres y mujeres entregados a la tarea y representando las distintas clases sociales y las varias actividades, y en medio de ellas aparecen dos figuras, una está tocada con un birrete en primer plano, que es la del gran fraile Pedro de Gante, introductor de todo el sistema de educación de indígenas en México, y junto a ella, con una mazorca de maíz en la mano, un anciano que es Vasco de Quiroga, el servidor de la felicidad de los hombres. El impulso que en Vasco de Quiroga llega a una realización extraordinaria en el México de su época, va a seguir marcando el pensamiento hispanoamericano, es decir, va a mantener desde el origen la idea de que el mundo americano debe tener un destino distinto del de Europa, de que no debe imitar los males europeos, que debe construirse sobre una base distinta y más humana, en la que esos errores que ensangrentaron y desgarraron a Europa no se repitan”[8].
           
TOMÁS MORENO




[1]  Fernando Ainsa, De la Edad de Oro a El Dorado, op. cit., p. 156. Desarrolla en este ensayo el 2º periodo de los cinco grandes momentos de la utopía en la historia de la América latina el “proyecto cristiano-social de la colonización”, que continúa al momento que predetermina el descubrimiento y que precede al momento de la Ilustración y a de la Independencia, y continúa con la consolidación de los estados nacionales americanos (influido por el socialismo utópico europeo) y culmina con el momento contemporáneo.
[2] Ibid., p.157.
[3] Paz Serrano Gassent, Introducción, pp. 36-44.
[4] Eduardo Subirats, El continente vacío. La conquista del Nuevo Mundo  y la conciencia moderna, Anaya y Mario Muchnik, Barcelona, 1994, pp. 163-170.
[5] Fernando Ainsa, De la Edad de Oro a El Dorado, op. cit., pp. 158- 159.
[6] Paz Serrano, Introducción, en Vasco de Quiroga, “La Utopia en América”, op. cit., pp. 40-41.
[7] Ibid.
[8] Arturo Uslar-Pietri, Valores Humanos (biografías y evocaciones), II, Edime, Caracas-Madrid, 1968, pp. 98-99.






El final de los hospitales-pueblo. Tomás Moreno


martes, 22 de octubre de 2019

LAS ORDENANZAS DE LA UTOPÍA DE LOS HOSPITALES-PUEBLO.


Traemos nueva entrada par ala sección, Microensayos, abundando sobre la figura y obra de Vasco de Quiroga, y todo de la mano del filósofo Tomás Moreno, bajo el título: Las ordenanzas de la utopía de los hospitales-pueblo. 

 Las ordenanzas de la utopía de los hospitales-pueblo. Tomás Moreno


LAS ORDENANZAS DE LA UTOPÍA 

DE LOS HOSPITALES-PUEBLO.



La dramática situación de la población nativa cuando Quiroga llegó en su primera visita a Michoacán como juez, es descrita así por Paz Serrano Gassent:

Encontró una población destruida económica, humana y culturalmente. Su forma de producción se había sustituido, bajo las encomiendas, por un uso extensivo de la tierra, que determinaba la pérdida de sus antiguos cultivos y trabajos. Sus habitantes, a consecuencia de las pestes, los trabajos forzosos, la vida en las minas o las levas para las constantes campañas militares de conquista, desparecían o huían. Su organización social, eliminada su estructura cultural, muertos o cooptados sus nobles, se reducía al caos de la sumisión o la rebelión de los montes. De ahí que rápidamente propusiera, como remedio a todos los males, el modelo que ya había experimentado en las proximidades de México: el de los Hospitales-Pueblo[1].
           
            Ese modelo primigenio fue, como sabemos, el del Hospital-Pueblo de Santa Fe (que se fundó y bendijo el 14 de septiembre de 1532), experimento cristiano-social que duraría casi treinta años y cuya “ingeniosa  organización demostró ser práctica y eficaz”, como nos recordara Fernando Ainsa[2]. Su objetivo no era otro que la superación de esa situación de miseria, abusos e injusticia en que se encontraban los nativos. La publicación en 1937 de un artículo  del historiador mexicano Silvio A. Zavala en el que descubría las semejanzas entre las Ordenanzas que regían los Pueblos-hospitales de Vasco de Quiroga y la obra de Tomás Moro, Utopía, que el juez castellano al parecer había leído en México, en un ejemplar perteneciente al obispo franciscano Zumárraga[3], puso de manifiesto la influencia incuestionable ejercida por el canciller inglés en la obra y en la praxis “misionera” del obispo de Michoacán. La lectura de ese libro fue, sin  duda alguna, determinante en la génesis de su proyecto social.

            En su Información en Derecho (1535), mostrará explícitamente Don Vasco su adhesión al ideal reformador de Tomás Moro y su anhelo de hacer posible un mundo sencillo y perfecto donde la Utopía sirviera de método para alcanzarlo, impregnando su magno proyecto de un conocimiento profundo del mundo mítico y literario clásico (mito de la Edad de Oro, escritos de Luciano) y de una elevadísima moral humanista y cristiana, procedente de la Philosophia Christi. En su escrito se fusionan, de efecto, dichas influencias como se pone de manifiesto cuando llega a aducir -como tesis nucleares del mismo- las siguientes razones y afirmaciones: 1) que a los indios no les faltaba sino la doctrina cristiana “para ser perfectos y verdaderos cristianos”; 2) que el estado natural de los indios era muy similar al de “aquellos de la edad dorada” a la que aluden tanto los clásicos griegos como el propio Moro; 3) que “como inspirado por el espíritu Santo”, Tomás Moro dispuso su república  utópica según “el arte y manera de aquella gente de oro de aquella edad dorada”; 4) y, finalmente, que el humanista inglés sabía bien el griego, por lo que debió inspirarse en la descripción de la Edad Dorada contenida en las Saturnalias de Luciano[4].

Las ordenanzas de la utopía de los hospitales-pueblo. Tomás Moreno

            Trataría de probar en él, además, cómo la finalidad última de su proyecto social-cristiano sería restaurar, en el Nuevo Mundo, la inocencia perdida desde el pecado original de Adán. En este sentido, la Utopía moreana sería el modelo más apto y deseable para asegurar una comunidad humana despreciadora de las riquezas y anhelante de la perfección moral, configurada como un “orden y estado de república y de vivir en que se pierdan los vicios y se aumenten las virtudes, y no pueda haber flojedad, ni ociosidad, ni tiempo perdido alguno que les acarree necesidad y miseria…”. La conclusión a la que llega Quiroga es que  “el mismo Tomás Moro, inspirado por el Espíritu Santo”, escribió “en manera de diálogo” su Utopía para que “se diese en esta Nueva España y Nuevo Mundo” ese perfecto “y muy buen estado de república”.

            Así pues, desde su obispado se encargará en consecuencia de aplicar minuciosamente su esquema utópico en su recién estrenada sede, dedicando su esfuerzo a aquellos poblados de dimensiones pequeñas que hicieran más factible su plena realización empírica. Hasta su vejez continuará con el mismo ideal, y es entonces cuando redactará las Reglas y Ordenanzas para el gobierno de los hospitales de Santa Fe de México y Michoacán. En ellas se estipulan las directrices que revelan sus indudables similitudes con Utopía de Moro. La atenta lectura de los textos capitales de Don Vasco de Quiroga y los comentarios e investigaciones ya citados al respecto[5], nos ofrece el siguiente perfil de la organización y estructura general de sus Hospitales-pueblos.

            Desde el punto de vista económico-productivo los Hospitales-pueblo se organizaban, como en la propuesta utópica moreana, en la comunidad de bienes, remedio eficaz contra la codicia y la pobreza, en opinión del canciller inglés. En las Ordenanzas de Quiroga se dispone, en efecto, que las tierras de los Hospitales-pueblo sean bienes comunales. La distribución de productos se efectuaba mediante un reparto común, según las necesidades que hubiera menester en cada familia. El excedente o sobrante se guardaba en graneros para los años de mala cosecha o se destinaba a mantener y atender a los pobres, huérfanos, viudas, enfermos, viajeros, etc., pudiéndose incluso vender para incrementar la caja comunal o atender a las obligaciones que el obispo les había impuesto (como, por ejemplo, la de contribuir a sufragar los gastos del colegio de San Nicolás, una de sus empresas más queridas).

            El sistema de trabajo también seguía la propuesta de Moro. Recordemos que en su Utopía, el canciller inglés proponía un trabajo moderado -los utopienses no eran esclavos del trabajo-, en el que se distinguía entre el urbano, el artesanal y el agrícola. La jornada era de seis horas, tres antes de comer y tres después. Quiroga también establece esa misma  jornada de seis horas, y señala que los regidores y el rector del Hospital deberán exhortar para que se acuda al trabajo de buena voluntad sin rehusarse “perezosa ni feamente”, salvo por causas de enfermedad u otro “legítimo impedimento”, tanto para los hombres como para las mujeres.

            En la utopía moreana todos los utopienses, sin excluir a las mujeres, aprendían desde su niñez la agricultura y algún otro oficio mecánico (“tejedores, canteros, carpinteros, albañiles, herreros”), siendo ello necesario por la obligación de trabajar en el campo cada dos años, permitiendo con esto el ubicarse según su vocación urbana o rural y establecerse en definitiva, previa licencia. En la de Quiroga también se acepta la rotación por turnos entre la población rural y urbana; para ello se propone que los ciudadanos aprendan tanto oficios del campo, como de la ciudad, así como la necesidad de poseer y conocer todos los instrumentos de trabajo, necesarios y adecuados para realizar su correspondiente oficio, premiando a aquellos que mejor trabajasen “según la edad, fuerza, trabajo y diligencia de cada uno, a vista y parecer de su maestro, con alguna ventaja que se prometa y dé a quien mejor lo hiciere”,  en palabras de Quiroga. Respecto a las niñas, Moro y Quiroga coinciden en incorporarlas, a su manera y de acuerdo a las costumbres de la época de entonces, al trabajo por la comunidad. En sus Reglas Quiroga dedica una a “que las niñas depriendan los oficios mujeriles dados a ellas”: obras de tejer lana, lino seda y algodón. 
         
Las ordenanzas de la utopía de los hospitales-pueblo. Tomás Moreno
   La distribución de los productos se realizaba en Utopía de acuerdo a las necesidades familiares, de modo que nadie padeciera privaciones, siendo con ello coherentes con sus convicciones de comunalidad que considera apropiada una moderación en el trabajo. El excedente producido se repartía entre los poblados aledaños. En sus Hospitales-pueblo, Quiroga conserva también la previsión de cosechas para fines de reserva así como la venta del excedente en los casos de cosechas muy abundantes, como ya apuntábamos.

            Quiroga acepta en general el ideal de una sociedad sin dinero, enemiga del lujo, y sin embargo,  al igual que exigiera Moro a sus utopianos, hace recomendaciones detalladas acerca de la sencillez y limpieza que han de mostrar la homogénea vestimenta de sus indios, admitiendo sólo diferencias, en función del el estado civil en que se encuentren. La crítica al lujo y al ocio, patente en la Utopía moreana, era aquí, en la de Quiroga, si cabe más dura; herencia, tal vez, de la sobria tradición conventual, a la que se asemejaba bastante la vida austera que proponía a sus pueblos, y que, más adelante, en las Reducciones del Paraguay, implantarían con notables éxito y mayor extensión los jesuitas, con su modelo tutelar en gran medida similar, aunque algo más férreo que el de don Vasco.

            La familia era patriarcal de tipo extenso –pues incluiría a parientes de todos los grados: ascendentes como bisabuelos, abuelos, padres, madres y descendentes hijos y nietos- obedeciéndose como regente de la casa al varón abuelo, o al  padre de familia, al igual que en Moro. El concepto de familia en Quiroga es, en consecuencia, muy similar al descrito por Moro en su Utopía. Moro no sigue a Platón, en cuanto se refiere a la comunidad de mujeres, y mucho menos lo hace Quiroga quien combate la poligamia entre los indios. En cada familia se cultivan hortalizas y flores, las características de la vivienda revisten sencillez en el exterior, sin faltarles la limpieza; tampoco son necesarios los cerrojos, y cada diez años se efectúa un sorteo que concluye en la mudanza general de habitaciones. En Utopía  las horas libres se dedicaban a la instrucción y el aprendizaje de oficios, según el sexo. En los Hospitales-pueblo la educación era sencilla, orientada a la enseñanza de la doctrina religiosa y de la moral cristiana y al aprendizaje de oficios, justo lo necesario para la supervivencia material y la correcta atención al humilde espíritu de los nuevos cristianos. Así mientras Quiroga tratará ante todo de afianzar la tradición cristiana recomendando cumplir con las distintas fiestas votivas religiosas del Hospital-Pueblo (Exaltación de la Cruz,, San Salvador, la Asunción, San Miguel y otras) e instando a que no se pierdan las misas de la mañana, a evitar el mal ejemplo o escándalo: “se emborrachar o ser demasiado perezoso”, Moro establecerá en Utopía un principio de tolerancia religiosa sin definición concreta.

Las ordenanzas de la utopía de los hospitales-pueblo. Tomás Moreno

            El último punto de nuestra comparación acerca de las coincidencias y similitudes entre la Utopía de Moro y las Reglas y Ordenanzas de Vasco de Quiroga, hace referencia al tipo de magistratura política prescrito en ambas: el gobierno del pueblo implicaba una doble jerarquía, la familiar y la popular. En los Hospitales-Pueblo los jefes ancianos –en tanto que dirigentes de las familias- eligen en votación secreta a un principal, que ocupará el cargo durante un período que oscila entre tres y seis años. Y a unos regidores, que se eligen anualmente. Los designados se reúnen cada tres días y siempre procuran el bien común y sobre todo que los más pobres no sean perjudicados.

            Por encima de estos cargos (principal y regidores) -que suponían un autogobierno indiano, de raíz democrática- estaba el rector, un eclesiástico español, encargado de la organización y tutela general (lo que comportaba un claro y explícito paternalismo). El principal, debía poseer una serie de virtudes: la mansedumbre, la capacidad para el sufrimiento, y no ser más áspero y riguroso de lo conveniente, procurando ser más amado que temido. En el orden penal, finalmente, las Ordenanzas admiten expulsar “al malo o escandaloso e incorregible, así como al borracho y perezoso”, previa consulta con el rector. En los Hospitales-pueblo no existía la esclavitud  a diferencia de lo prescrito por Tomás Moro en su Utopía en donde se la incluye como castigo por determinados delitos[6]. (Continuará).


TOMÁS MORENO


[1] Paz Serrano Gassent, Introducción, op. cit. p. 36-37
[2] Fernando Ainsa, De la Edad de Oro a El Dorado desarrolla en este ensayo el 2º periodo de los cinco grandes momentos de la utopía en la historia de la América latina: el “proyecto cristiano-social de la colonización”, que continúa al momento que predetermina el descubrimiento y que precede al momento de la Ilustración y a de la Independencia, y continúa con la consolidación de los estados nacionales americanos (influido por el socialismo utópico europeo) y culmina con el momento contemporáneo.
[3] Tanto en Vasco de Quiroga como en fray Juan de Zumárraga se unían las lecturas renacentistas y erasmistas con la novedad de la Utopía moreana, pero con la mira siempre puesta en el ideal de un cristianismo nuevo, reformado y evangélico.
[4]  Información en Derecho en Paz Serrano Gassent “Vasco de Quiroga, La Utopía en América”, historia 16,  Madrid, 1992, pp. 227- 228;  229-230;  y 245-246. Cf. Stelio Cro, La utopía cristiano-social en el Nuevo Mundo, op. cit., pp. 121-122.
[5] Entre las que destacamos los de H. Lasky,  Silvio Zavala, Paz Serrano y las de Fernando Ainsa y Daniel Gómez Escoto (La Utopía de Vasco der Quiroga, Memoria del Colegio Nacional, v. 4. México, 1949, pp. 49-78, en Revista A parte rei).
[6] Para todo lo relacionado con los aspectos jurídico y político legislativos de Los Hospitales-Pueblo véase Fernando Gómez “El régimen jurídico de la utopía indiana: Vasco de Quiroga (1470-1565)”, Anales del Museo de América, Año 1999, Nº7, pp. 125-140.




Las ordenanzas de la utopía de los hospitales-pueblo. Tomás Moreno

OBJETO Y SUJETO DE LA CONCIENCIA: LA LENGUA POÉTICA


Para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, traemos una nueva entrada que lleva por título: Objeto y sujeto de la conciencia: La lengua poética.




OBJETO Y SUJETO DE LA CONCIENCIA:

 LA LENGUA POÉTICA


¿QUÉ sabemos realmente de la conciencia? ¿Lo que discernimos a través del juicio científico es suficiente? ¿Acaso hemos depositado nuestra fe en el saber de todo en la ciencia como si esta estuviera investida una suerte de carisma o don mediante el cual podemos dar respuesta a absolutamente todo? ¿Es la conciencia hija directa única de un proceso fisiológico –neurológico, concretamente-  que depende exclusivamente del cerebro? ¿No es la conciencia parte también de alguna especie de dinámica cósmica? Todas estas interrogantes ya han sido barajadas en otras ocasiones con más o menos detenimiento en estas páginas,[1] pero queremos tratarlas ahora desde una óptica diferente.

                Si atendemos a los fenómenos y manifestaciones de los procesos psíquicos que atañen a los conceptos de conciencia, mente, pensamiento, verán que a lo largo de la historia se han atendido en virtud de la separación del sujeto que tiene dicha conciencia y el potencial objeto que ella supone, como elemento de estudio. Las experiencias emocionales del cuerpo se han mantenido (en occidente) como originales y dependientes siempre de su fisiología material y nunca separados por una supuesta experiencia mental independiente de aquel vínculo tangible. A lo más que se ha llegado (Descartes) es a una separación dialéctica (rex cogitans – rex extensa) que filosóficamente ha perdurado durante siglos, o  a una adaptación dualista de la mente en relación a las propiedades (Huxley) o de las sustancias (Platón).  De todo ello tengo que reconvenir con Jung que el hombre, como dueño de la ciencia de la naturaleza, sabe muy poco de aquella en su interacción con el hombre mismo.[2] El poder de la ciencia es el poder de la mente, con esta aseveración cerraríamos el círculo de lo que el pensamiento mecánico positivo entiende en relación a la conciencia.

Objeto y sujeto de la conciencia: La lengua poética. Francisco Acuyo                El lenguaje, decíamos,[3]  será la forma de expresión por excelencia del pensamiento. La conciencia del logos se adquiere mediante la palabra, pero, ¿hay una forma de expresión (o de lenguaje) que esté más allá (o quizá más acá, antes de) nuestra gramática instrumental fundamentada en la lógica y la razón? Si han podido atender a otras muchas demandas de este modestísimo pensador verán que siempre acaban en la misma conclusión: de existir es el lenguaje poético. ¿Es verdad que la enunciación inteligible lo es todo?[4] ¿Tiene sentido sólo una poética de la razón? ¿La paráfrasis, la metáfrasis, la analogía expresas en el uso desviado del verso tiene algo que decir al respecto? ¿El sujeto y el objeto poéticos participan de aquella separación dialéctica cartesiana? La retórica reconocible en el discurso filosófico (que se expresa, según Althusser) sólo con metáforas, ¿en qué se diferencia del estrictamente poético? O lo que es lo mismo, ¿qué distinción encontramos en el discurso metafórico del filósofo y el del poeta?

                Las ya proverbiales y acaso saturadas explicaciones sobre las vinculaciones entre la música y poesía: cadencia, ritmo, armonía, entonación… pueden describir diferencias evidentes entre la poesía y su estructura discursiva y la filosófica, no digamos ante toda la complejísima componenda simbólica de la poesía. Mas también habría de cambiar el concepto mismo de conciencia, mente o pensamiento poéticos en este punto. ¿Es, pues, posible, una conciencia, una mente un pensamiento poéticos? ¿Incidirán estos a su vez en lo sean la conciencia, la mente, el pensamiento? O, por el contrario, habrán qe someterse al dictum de la ciencia respecto a lo que aquellos sean. Seguiremos en próxima entrada  de este blog redundado sobre tan fascinante temática.


Francisco Acuyo



[1] Acuyo, F.: Ancile, ver las referentes al fenómeno de la conciencia que son muy numerosas.
[2] Jung: C. G.: Op. Cit. pág. 172.
[3] Acuyo, F.: Ancile: La percepción del yo y el lenguaje interior; Poética del lenguaje y la filosofía de la mente.
[4] Steiner, G.: La poesía del pensamiento, Siruela, Madrid, 2012, pág. 14.


Objeto y sujeto de la conciencia: La lengua poética. Francisco Acuyo