domingo, 13 de febrero de 2011

LOS DIOSES DE GUITTON



Los dioses de Guitton, Francisco Acuyo



LOS DIOSES DE GUITTON



NO pretendo en modo alguno establecer un tertium non datur entre positivismo (empirista) y racionalismo (de lo innato), no obstante, para la ocasión que se presenta me parece una posición idónea establecer una suerte de argumento (¿heterodoxo?) que, con toda modestia, este poeta (que no avisado filósofo ni preciso científico) le permitirá sin embargo dar un salto singular, intuitivo, pero apurado en la atenta visión (empirista y racionalista) que me ofrecen los sentidos –y la razón- en la contemplación y entendimiento del mundo (y sobre todo de mi mismo), con el fin de ofrecer las inquietudes más íntimas sin el verso,  por lo que, neófito entusiasta de aquellas eximias y rigurosas disciplinas,  les pido sinceras y sentidas disculpas por las inevitables inexactitudes y seguras limitaciones de mi exposición.
Decía Guitton[1] (aventajado y eximio discípulo de Henri Bergson), respecto a aquella necesidad de trascendencia que empuja (espiritualmente) al hombre a, por lo menos, imaginar, conjeturar sobre la eternidad, lo que está antes o más allá del tiempo -o dueño integral del mismo- que, en realidad, para la comprensión de lo trascendente es privativo otro previo reconocimiento: no hay nada más elevado en el universo que la personalidad humana (extensible a mi juicio a cualquier entidad con capacidad de conocimiento de sí y del entorno), pues tiende a ir siempre más lejos, a lo más distante, al infinito que está más allá del tiempo –convencional- y que le lleva a pensar al autor como más absurda la aparentemente inevitable mortalidad que la inalcanzable –empíricamente- inmortalidad porque: “La personalidad es un movimiento para ir cada vez más lejos […] igual de absurdo que un ojo en un universo sin luz, ni colores, ni nada visible […] en este movimiento donde nuestro espíritu se recoge y despliega, y en ese movimiento grita: Ay, no estoy hecho para este mundo, aquí abajo nada me sacia […] tal es el hombre. Quien reflexiona está más seguro de estar hecho para la eternidad y ver con sus ojos los colores del tiempo. Me parecen una excepcional prueba de elevado racionalismo en pos de justificar, más allá de la inducción y análisis experimental, estos párrafos de nuestro admirado Guitton de un talento singular para discurrir la potente y especial  vía deductiva.
Los dioses de Guitton, Francisco Acuyo
Veremos que el nihilismo al que avoca la visión positiva (empirista) de Hawking (y Dawkins) conlleva, a mi juicio, una óptica paralizante, esclerotizada en su propósito descriptivo mecanicista, el cual ofrece el resultado de una perspectiva –profundamente deprimente- a la luz de sus análisis en la mesa de las autopsias de su severa experimentación: aquí el ser ya no tiene realidad más allá de lo palpablemente examinado y, por lo tanto, no hay más sentido que el que pueda tener la negación de lo trascendente y de todo lo que pudiera tener relación con el mismo, y la inevitable aceptación de la nada inapelablemente destructora, por lo que puede ser una inevitable y acaso innecesaria invitación a una angustia existencial que no necesariamente se debate en una visión más real del mundo y de nosotros mismos.
La alternativa racionalmente legítima que pone en cuestión que esa nada absoluta sea el ser, puede derivar paradójicamente de la óptica del materialismo reduccionista positivo, veremos que nos parece que la negación no sólo del ser, también de cualquier trascendencia no es más que la negación de la razón misma, base y sustrato al fin y a la postre de cualquier conjetura o hipótesis científica.  La audacia de este racionalismo singular traza puentes no sólo entre ciencia y trascendencia, sino entre razón y experiencia positiva, mas la consistencia de dicho puente la marcará en última instancia la razón, si es este el buen camino que estructura cualquier proceso deductivo e inductivo que aspire a alcanzar lo real o verdadero, porque es inevitable que, a pesar de todo,  de la ausencia de razón surge una razón que es todo lo que hay de razonable.[2]
No es sino una consecuencia lógica advertir en los procesos por los que discurre el pensamiento, que la razón es un instrumento fundamental para establecer criterios sobre cualquier tipo de conocimiento, aun lo irracional encuentra fundamento en la razón en tanto en cuanto que, en virtud de esta, reconocemos lo que está fuera de ella y aprendemos de este conocimiento particular.
La razón, además, nos hará libres en tanto que aspira a la verdad, y en esta aspiración el que razona actuará (y será) razonable, recuérdese aquella apreciación kantiana del hombre mediante la que será, la causa de su acto, lo que a su vez lo hará verdaderamente libre, pero entendamos que esta causa que lo conforma no es otra cosa que la razón que prevalece fuera de cualquier predeterminación al margen de ella misma; en palabras del propio Guitton: Ser libre es dudar que la razón nos determine. No queremos que nada exterior a la razón tenga el poder de determinarnos. Por tanto, queda el ser determinado por la idea misma de la racionalidad: la no contradicción y la legalidad universal. Seremos libres, pues, cuando actuemos únicamente a partir de esta reglas universales no contradictorias.[3]
Los dioses de Guitton, Francisco Acuyo
En el proceso de consecución rigurosa para la obtención ideas verdaderas y por tanto bellas, es donde encuentran o se cruzan los caminos del racionalista (filósofo, matemático o científico) con los del poeta, aun marcando las vías y ritmos distintos y aparentemente contradictorios de aquella en su peculiaridad expresiva respecto de la razón (he redundado en muchas ocasiones sobre el carácter de la poesía como auténtica ciencia de la paradoja).[4] La duda que se ofrece en cualquier proceso reflexivo (acaso también contemplativo o creativo) y que siembra inquietud o inclinación hacia lo irracional es lo que nutre la verdad sublime, siempre y cuando se dude bien, es decir: si esa duda es universal e incluye una duda sobre la duda misma.
No deja de resultar sorprendente el hecho (totalmente lógico) mediante el que  poder llegar a la conclusión ¿empíricamente extravagante? de que, en virtud de un razonamiento deductivo, se entienda la religión como un constructo profundamente materialista (sí, el materialismo, base de toda ciencia positiva), o lo que es lo mismo como una sacralización interesada del propio materialismo. La idea de Dios resulta irritante en la mayorías de los casos porque se fundamenta en la utilidad material, lo que, en fin, se pone en cuestionamiento no es aquella realidad religiosa (mística) de Dios, sino su supersticiosa –materialista- concepción. Así las cosas, por vía deductiva la idea de la trascendencia, de Dios, tiene que partir de la duda razonable sobre su existencia: Si Dios fuese fácil, estaría al alcance de la mano. No sería trascendente y no sería Dios […] Me gustaría deducir su existencia a partir de mi. Compruebo que es imposible. En este sentido me duele. Pero si creyese así, no creería en él, y el Dios al que me adheriría no sería Dios. Así, pues, no creer de esa manera me ayuda a creer.[5] Entiéndase: Dubito, ergo Deus est.
La realidad (en principio idéntica) entre Dios y Absoluto, admite en su distinción la siguiente relación razonable en los términos siguientes: la primera  es que Dios es de superior riqueza al de Absoluto, porque este, entendido como Principio Fundamental (Original), Permanente (Absoluto)  se verá empobrecida respecto a la idea de Dios porque este evoca a “Alguien” a quien dirigirse. Panteísmo y Teísmo se manifiestan en esta distinción. El primero no hace sino constatar nuestra humana insignificancia, la cual basa su parva existencia en virtud de su ignorancia sobre su integridad (si está en Él o no) en lo Absoluto, pues, en cuanto que tenga conocimiento de esa integración, de ese formar parte, dejaría de existir. El Teísmo no define su trascendencia en relación con la totalidad, ya que esta no es divina, Dios sí lo es, además de ser trascendente, personal, libre, creador… De este razonamiento puede inferirse como conclusión que el ateo es un teísta que ha dejado de creer en Dios e imagina no creer ya más en el absoluto. Si quisiera reflexionar, comprendería que dejando de creer en Dios se ha puesto a creer automáticamente en una de las formas del absoluto no personal.[6]
La observación de la contingencia del mundo será la que lleve al insigne Guitton (con sus constantes y leyes universales) a la plena justificación de su creencia en Dios. Parte, en realidad, del escepticismo más recalcitrante, y desde este se asoma hasta ver que dicho escepticismo no se sostiene en razón de que hay verdades fundadas (pensar, existir, la generación de axiomas matemáticos, de leyes físicas…) y será desde aquellas donde deduce que debe existir un criterio superior y un fundamento absoluto.
¿Acaso planteó Hawking la inexistencia de lo trascendente en términos semejantes?, o, ¿es que, no es de ninguna manera –lo trascendente- necesario? Nos parece, con toda humildad, que en modo alguno. Pero dejemos esta cuestión para la entrada siguiente de nuestro blog.


[1] Guitton, J.: Mi testamento filosófico, Ed. Encuentro, Madrid, 1998.
[2] Ibidem.
[3] Ibidem.
[4] Acuyo, F.: Fisiología de un espejismo, Artecitta, Granada, 2010, por ejemplo.
[5] Guitton, J.: Ver nota 1.
[6] Ibidem.






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