miércoles, 2 de noviembre de 2011

CIENCIA, RACIONALIDAD Y SENTIDO, POR TOMÁS MORENO

Seguimos en esta sección harto interesante llevada a cabo por Tomás Moreno, en los microensayos, esta vez con una entrada en relación a la manera de discurrir y entender la ciencia. Muy recomendable.


Ciencia, racionalidad y sentido, Francisco Acuyo


CIENCIA, RACIONALIDAD Y SENTIDO

Ciencia, racionalidad y sentido, Francisco Acuyo


Tras el paréntesis del anterior microensayo -el alegato pro mujer- continuamos nuestra prometida reflexión sobre la ciencia. Sostenía Werner Heisenberg, uno de los más grandes físicos de nuestro tiempo, en su famoso ensayo Das Naturbild der heutigen Physik (Hamburgo, 1955) que los  trascendentales cambios de nuestro medio ambiente y de nuestro modo de vivir, originados por esta era técnica en la que estamos instalados, habían alterado peligrosamente nuestro modo de pensar y de percibir la naturaleza y lo real y que en ello residía “la causa de las crisis que han conmovido nuestra época”, manifestadas no sólo en el ámbito del pensamiento científico y filosófico sino también en el contexto del arte moderno.
Ciencia, racionalidad y sentido, Francisco Acuyo
            Consciente de que este peligro de la técnica acompaña a los hombres desde sus orígenes más remotos -ya que el uso de herramientas se confunde con el amanecer mismo de la humanidad- nos recordaba el físico alemán que hace aproximadamente dos mil quinientos años, el filósofo chino Yuang Tsi hablaba ya de ese peligro o riesgo mediante un sencillo apólogo:
“Cuando Tsi Gung andaba por la región del norte del río Han,  encontró a un viejo atareado en su huerto. Había excavado unos hoyos para recoger agua del riego. Iba a la fuente y volvía cargado con un cubo de agua, que vertía en el hoyo. Tsi Gung habló: “Hay un artefacto con el que se pueden regar cien hoyos en un día. Con poca fatiga se hace mucho. ¿Por qué no lo empleas? Levantóse el hortelano, le vio  dijo: ¿cómo es ese artefacto? Tsi Gung habló: “Se hace con un palo una palanca, con un contrapeso a un extremo. Con ella se puede sacar agua del pozo con toda facilidad. Se le llama cigoñal. El viejo, mientras su rostro se llenaba de cólera, dijo con una risotada: he oído decir a mi maestro que cuando uno usa una máquina, hace todo su trabajo maquinalmente, y, al fin, su corazón se convierte en máquina. Y quien tiene en el pecho una máquina por corazón, pierde la pureza de su simplicidad. Quien ha perdido la pureza de su simplicidad está aquejado de incertidumbre en el mando de sus actos. La incertidumbre en el mando de los actos no es compatible con la verdadera cordura. No es que yo no conozca las cosas de que tú hablas, pero me daría vergüenza usarlas”[1].

Ciencia, racionalidad y sentido, Francisco Acuyo
            Es patente que esta antigua historia contiene mucha sabiduría, porque la pérdida de “la pureza de su simplicidad” y “la incertidumbre en el mando de los actos” constituyen quizá una de las descripciones más precisas de la situación del hombre en la sociedad ultratecnificada de nuestro tiempo: los artefactos técnicos, las máquinas, la tecnología, en fin, se han difundido por todo el mundo hasta un punto que nuestro filósofo chino no hubiese podido ni sospechar. Y es también evidente que esta sencilla  y bella historia ilustra y refleja, ingenua pero lúcidamente, uno de los problemas más cruciales con los que se enfrenta la cultura de nuestro tiempo: el problema del divorcio radical entre la racionalidad científico-técnica (tecnociencia) y el sentido de las acciones humanas.    Escisión ésta que se va gestando en el pensamiento occidental -en su forma más desasosegante- al menos desde el Renacimiento, que se explicita en el siglo XVII con la distinción cartesiana entre la res cogitans y la res extensa (es decir entre el ámbito del pensamiento espiritual y el ámbito de la realidad material) y que cristalizará, definitivamente, con el triunfo del paradigma científico-determinista (newtoniano), que ha imperado hegemónicamente en la ciencia occidental durante toda la modernidad hasta nuestros días.
            En efecto, el desencantamiento del mundo, por utilizar la famosa expresión weberiana, que propició la ciencia moderna, comportó, al mismo tiempo, la pérdida y rotura del cordón umbilical que unía al hombre con la naturaleza, la constatación desconsolada de su orfandad y soledad radicales. Desde entonces el hombre tuvo que asumir su destino de soledad y su renuncia a las ilusiones religioso-naturalistas y animistas en las que, en las sociedades tradicionales, encontraba filiación, refugio, seguridad y protección. El extraordinario y exponencial desarrollo científico-técnico desembocó en un trágico dilema metafísico, aún no resuelto: el hombre debía escoger, en opinión de Ilya Prigogine, entre la tentación tranquilizadora pero irracional de buscar en la naturaleza la garantía de los valores humanos, la manifestación de su pertenencia esencial a un suelo protector y la fidelidad a una racionalidad que le dejaba solo y extraño en un mundo mudo, estúpido, absurdo, sin sentido, abocado a una racionalidad sin esperanza[2].
Ciencia, racionalidad y sentido, Francisco Acuyo
            Esta segunda alternativa fue, precisamente, la elegida por la mayoría de los pensadores y científicos de la época moderna, dando así ocasión a la traumática separación entre el hombre y la naturaleza, entre las ciencias del sentido o del espíritu (hermenéuticas) y las ciencias de la materia (empírico-naturales o experimentales). El resultado fue -como vio el sociólogo de la ciencia C. P. Snow- la consagración de la escisión del mundo humano en las dos culturas irreductibles entre sí, y, la mayor parte de las veces, incomunicadas y divorciadas[3].
            De esa separación o divorcio se derivarán consecuencias deletéreas para los valores que hasta entonces habían conferido sentido y significado a los esfuerzos humanos por entender el mundo y entenderse a sí mismos dentro de él. La mayoría de los científicos renunciarán al “sentido”, asumiendo trágica o estoicamente la insuperable constatación de su ineluctable e ignoto destino. Así, por ejemplo, Claude Lévi-Strauss concluirá su obra Tristes trópicos (1955) con estas descorazonadoras palabras:
“El mundo comenzó sin el hombre y acabará sin él. Las instituciones, las costumbres, a cuyo inventario y comprensión he dedicado mi vida, son una eflorescencia pasajera de una creación en relación con la cual no tienen sentido, si no es quizás, el de permitir a la humanidad desempeñar su papel”[4].
            Con el diagnóstico pesimista del antropólogo estructuralista francés coincidirá significativamente, en uno de los últimos grandes libros filosófico-científicos de nuestra época, El Azar y la necesidad (1970), el premio Nóbel francés y especialista en biología molecular Jacques Monod quien, desde una posición cientista radical, se felicita de la definitiva ruptura de la “antigua alianza” animista entre el hombre y la naturaleza (característica de las religiones y también del materialismo dialéctico), sosteniendo que es superfluo buscar un sentido objetivo de la existencia. Éste sencillamente no existe. El hombre no es un elemento dentro de un plan que dirija todo el universo. Es el producto de la más ciega y absoluta casualidad que se pueda imaginar. Los dioses han muerto y el hombre se encuentra sólo en el mundo. Para terminar con estas, no menos dramáticas y desazonantes, afirmaciones:
“Le es muy necesario al Hombre despertar de su sueño milenario para descubrir su soledad total, su radical foraneidad. Él sabe ahora que, como un zíngaro, está al margen del universo donde debe vivir. Universo sordo a su música, indiferente a sus esperanzas, a sus sufrimientos y a sus crímenes”[5].
Ciencia, racionalidad y sentido, Francisco Acuyo
            En este contexto espiritual de soledad radical, de extrañamiento fundamental, no nos resultarán extrañas o inadecuadas las representaciones deshumanizadas y angustiosas que dieron del hombre los mayores artistas del siglo XX: expresionistas (E. Munch, O. Kokoschka), surrealistas (S. Dalí, G. De Chirico), dadaístas (Max Ernst, F. Picabea), constructivistas rusos y miembros de De Stijl, neoplasticistas, suprematistas  y abstractos (Kandinsky, K. Malevich, P. Mondrian, J. Dubuffet)[6], ni tampoco las definiciones que filósofos y escritores existencialistas de la primera mitad del siglo XX acuñaron para el hombre como pasión inútil (Sartre), ser-para-la-muerte (Heidegger), ni los Stigmmung (estados de ánimo: absurdo, náusea, angustia, aburrimiento, sentimiento trágico de la existencia) que utilizaron estos mismos pensadores para caracterizar y categorizar la existencia humana y nos sonarán como adecuadas y certeras las lacerantes palabras de Pozzo, el personaje de Esperando a Godott, de Samuel Beckett, cuando decía: “nos paren a horcajadas sobre la tumba, la luz brilla un instante, luego otra vez la noche”[7].
            La pérdida del sentido en todos los aspectos de la vida humana es uno de los rostros más visibles del nihilismo contemporáneo, uno de los efectos[8] más peligrosos y manifiestos que ha producido nuestra civilización científico-técnica, nuestro sistema de pensamiento o de racionalidad instrumental: “no existen metas de valor, ni sentido alguno, ni ultimate concert sino únicamente medios para fines diversos que, a su vez, son medios y así sucesivamente”, dirá E. Schillebeckx, uno de los más grandes teólogos de nuestro tiempo[9].
            Todo se resuelve en una espiral indefinida “medio-fin-medio”. La sociedad científico-técnica que no llega a la tematización de su propio sentido se ha convertido en una mera y simple sociedad-de-consumo. La razón occidental se ha transmutado unilateralmente en un instrumento de “conocimiento dominador” (Herrschaftswissen) que se utiliza con el único fin de dominar, domesticar, aprisionar y destruir la naturaleza; el ejercicio hipertrófico y unilateral de esa racionalidad elimina nuestra capacidad meditativo-contemplativa -constitutiva de nuestro ser humano profundo-, dificulta nuestro conocimiento “comprensivo” del mundo que nos rodea, amputando aspectos importantísimos de nuestra realidad más profunda y esencial. Así un sector fundamental de esa realidad: el mundo de la vida, de los valores, de las emociones y sentimientos, de la belleza y del arte, de la trascendencia, de las percepciónes y de las experiencias no verbales (contemplativas, místicas, estéticas o lúdicas) ha sido preterido o desplazado fuera del horizonte de nuestra experiencia cognoscitiva positivada por la ciencia imperante.
Ciencia, racionalidad y sentido, Francisco Acuyo
            En esta misma línea, Paul Ricoeur ha llamado también la atención sobre el hecho de que el progreso de la racionalidad técnocientífica ha corrido parejo con un recul de sens (retroceso de sentido), con una desaparición del para qué y el porqué, del sentido y  de la felicidad humana y, finalmente, del sentido total[10]. Un mundo, en fin, que, “desencantado” y “desmisterializado” por la acción de la ciencia, se ha transformado por esa misma racionalidad científica en un mundo “manejable”, sometido a un esquematismo universal y abstracto que reduce su diversidad y riqueza a las tristes explicaciones de unas leyes generales o de unas fórmulas matemáticas, en donde el conocimiento funciona como un simple sistema de control y dominación.
            Así, se convierte al hombre, “extraño al mundo”, en un aciago demiurgo dueño, destructor (y también víctima) de ese mismo mundo. Este hombre sin atributos (Musil), unidimensional (Marcuse), mutilado de toda trascendencia y sentido, anuladas sus dimensiones más personales, buscará, en consecuencia, su anhelada liberación en  otras vías de“instalación segura” en el universo, pero esta vez irracionales, psicodélicas, mágicas o esotéricas o en supuestos paraísos artificiales -de las drogas, del placer, del consumo compulsivo sin finalidad- directamente autodestructivos. ¿Hay salida para esa situación desesperanzada y sin horizonte? ¿Es posible una nueva alianza entre el ser y el sentido, entre el pensamiento científico y el mundo de los valores? ¿Cabe un nuevo diálogo entre científicos y humanistas, entre tecnólogos y filósofos o poetas? ¿Es posible restaurar la alianza perdida por la separación entre las dos culturas, mediante una nueva forma de comunicación entre ciencias y humanidades? Filósofos como Heidegger, y científicos como B. d’Espagnat o Ilya Prigogine, han tratado de responder a estas preguntas. De ello trataremos en el próximo microensayo.     

     Tomás Moreno 


           





[1] Werner Heisenberg, La imagen de la naturaleza en la física actual, Ariel, Barcelona, 1976, p. 17.
[2] Ilya Prigogine e Isabelle Stengers, La nueva alianza. Metamorfosis de la ciencia, Alianza Universidad, Madrid, 1983.
[3] C. P. Snow, Las dos culturas y un segundo enfoque, Alianza Editorial, Madrid, 1977.
[4] Claude Lévi-Strauss, Tristes trópicos, Eudeba, Buenos Aires, 1970.
[5] Jacques Monod, El azar y la necesidad. Ensayo sobre la filosofía natural de la biología moderna, Barral editores, Barcelona, 1971, p. 186.
[6] Hans Sedlmayr ha profundizado de manera magistral en las causas de la deriva nihilista del arte de nuestro tiempo en obras como El arte descentrado, Labor, Barcelona, 1959 y La revolución del arte moderno, Rialp, Madrid, 1957.
[7] Sobre Samuel Beckett y su angustiada concepción existencial véase: F. Pérez Navarro, Galería de moribundos. Introducción a las novelas y al teatro de Samuel Beckett, Grijalbo, Barcelona, 1976.
[8] Se entiende que a nivel especulativo porque a nivel práctico
[9] E. Schillebeeckx, Hacia un “futuro definitivo”: promesa y mediación humana, en A.Th. van Leeuwen, M. Xhaufflaire, L. Kolakowski, W. Pannenberg et al.: El futuro de la religión, Sígueme, Salamanca, 1975, p. 44. 
[10] P. Ricoeur, Prévision économique et choix éthique, Esprit 34 (1966), pp. 188-189.






Ciencia, racionalidad y sentido, Francisco Acuyo

1 comentario:

  1. Gracias, Francisco por tan excelente microensayo de Tomás Moreno. Nos dejas con sed de la próxima publicación sobre este dilema entre el pensamiento científico y el mundo de los valores, en busca de una alianza que nos eleve como seres humanos.

    Querido amigo, te aliento a seguir buscando la excelencia, ya que tu valioso aporte al colectivo cultural y científico es cada día más necesario.
    Un fuerte abrazo.

    Jeniffer Moore
    Florida, USA

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