lunes, 5 de mayo de 2014

MÍMESIS Y POESÍA, SEGUNDA ENTREGA. MÍMESIS, MEMORIA, LOGOS Y POESÍA

Ofrecemos la segunda entrega de Mímesis y poesía: De Platón a Aristóteles, para nuestra sección del blog Ancile de Pensamiento. Esta segunda parte se titula Mímesis, Memoria, Logos y Poesía.

Mímesis, memoria, logos y poesía, 2, Francisco Acuyo, Ancile

MÍMESIS: MEMORIA, LOGOS Y POESÍA



Mímesis, memoria, logos y poesía, 2, Francisco Acuyo, Ancile




      EL CRATILO, EL TIMEO O La República, 23 serán los diálogos donde Platón ofrezca una mayor y más detallada puntualización en referencia al concepto de mímesis, siendo, no obstante, en esta última donde pondrá mayor énfasis, sobre todo en lo que respecta al arte poética como posible (o imposible) representación de la verdad.
      Podemos (o no) optar positivamente sobre las consideraciones a través de las cuales distingue una poesía inspirada de la que no lo es, como literaria o no literaria, a la que se alude primordialmente en el Fedro y, sobre todo, en el Ión. De cualquier modo se nos antoja muy interesante mantener ambas perspectivas, acaso para poder contrastarlas posteriormente con la visión sistemática de la poética y mímesis aristotélicas.
      Dentro de las tres formas genéricas distinguidas por Platón (representación teatral, la expositivo narrativa y aquella en la que conviven la mímesis y diégesis) parece deducirse, y aun sin existir una metódica estructuración sobre la literatura como la que aparecerá en la Poética y Retórica aristotélica,  podemos constatar una valoración preferente hacia la poesía como inspiración, deduciéndose una suerte de enfrentamiento respecto a la mímesis literaria 24 (o al menos a la mímesis de segundo grado), y esto porque aquella manifiesta una clara imposibilidad gnoseológica, circunscrita a la realidad aparente de las cosas: y es que el topos oratos de la realidad visible y aparente es sin duda una copia imperfecta del mundo de las ideas (cosmos noetos); por lo que la mímesis se vierte como la imitación de la copia, o lo que es lo mismo, como el reflejo falaz e ilusorio de la realidad verdadera.
      Acaso hoy, tal vez como nunca, pueda entenderse la reserva (y la sospecha) platónica sobre la escritura: es el momento actual en el que podemos observar (y sin necesidad de prestar demasiada atención) de manera clara, patente y privilegiada la tergiversación, la manipulación de la palabra escrita, y ser más conscientes (si de veras se quisiera) de ese vórtice impracticable que bate, agita y mezcla en circulación caótica, los conceptos, las terminologías, los sentidos, los contextos; y todo ello empujado, arrastrado por el interés de tan procelosos como fatuos fines reconocibles fácilmente en nuestras insaciables sociedades de consumo, y cuya gestión es llevada a cabo tan tendenciosamente por medios de comunicación en un proceso expositivo del todo delirante.
      No debe parecernos extraña, por tanto, la escéptica conceptualización de la mímesis platónica ante las manifestaciones literarias que se sustentan sobre la copia, y que esta venga, después, a insistir en la inspiración como vía excepcional de acceso artístico a la verdad eidética. Y esto, a nuestro juicio, se
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ofrece siempre (haya pasado el tiempo que haya pasado) como primicia esencial por importante, pues esta vía de aprehensión de verdad puede plantearse como posible más allá del propio medio que ofrece el lenguaje poético, pues pretende nada menos que construir (o reconstruir) el mundo de la sociedad humana como reflejo ineludible de la propia vida.
      Podemos entender que romper la mímesis en el trance de la poesía (inspirada) es ascender hacia la luz para descubrir (desvelar), al fin, en el texto escrito la sombra del simulacro; reconocimiento lúcido de la sombra que se vierte como limitación significativa. En la mímesis platónica, en su sentido último se visualiza la consciente insatisfacción del que vio la luz y que reconoce, convencido, el hecho que se hace ahora evidente: ver no es saber. Y es que, las palabras, ofrecen a la luz de su ser una apariencia ambigua: lo mismo que sin duda pueden liberar, también vierten su arbitrio singular con poderosa autoridad, con ostensible y férrea mano, acaso capaz de esclavizar para siempre. Ver, entender, aprehender la mímesis, en poesía, exige incondicionalmente la crítica del propio ejercicio poético, de su propio discurso, pues el acceso al conocimiento poético no es sólo un ir y venir que concierne de manera exclusiva a lo racional, a lo mental, a lo puramente silogístico, y así, pese al sufrimiento casi contra natura del proceso intelectual, se abren nuevas vertientes de comprensión desde donde (la tantas veces inaprensible luz que nos muestra) no es posible ya una vuelta atrás.
      A través de las luces y sombras de la mímesis, estamos en poesía ante las condiciones indispensables para percibir la endaimonia 25 que vive entre la inteligencia y el amor, mas ésta no surgirá bajo ningún concepto que ofrezca alguna dolosa perspectiva con la que verterse como la engañosa reproducción o la copia; mas la luz ha de brotar indefectiblemente bajo la forma de la reminiscencia, de lo anclado en la celeste memoria, del recuerdo ideal: anámnesis que no surgirá del reflejo que vierten las imágenes allí donde se concilia el mundo, pues, en su ser real no se identifica  todo aquello que, nosotros, tan torpemente, percibimos. Y es que la verdadera (inspirada) poesía vive reconociendo (y reconociéndose) en la mímesis (y aspirando, desde luego, más allá de ella) del mundo aparente y, así mismo, no dejando de cantar a la luz y contra la vida instalada en la sombra.
      Todos los aspectos referentes a la epistemología y, sobre todo, los relativos a la naturaleza ontológica de la poesía (inspirada), pueden deducirse en virtud de su característica interpretación mimética de la literatura: ésta percibe e interpreta el mundo de lo sensible (de las acciones humanas) por medio del lenguaje, el cual, desde luego, se encuentra casi siempre tan distante de la verdad. Cabe preguntarse, según estas deducciones que muestran claramente enfrentadas a la concepción de la poesía inspirada, de la que se genera a través de la compleja mecánica retórica, si no reconoce aquella (la poesía inspirada) capaz de captar el mundo suprasensible, el ámbito de lo inmutable, de lo atemporal. Podíamos discutir (o no) que, al margen de la voluntad del poeta, en este caso indiferente por estar maníacamente poseída por el entusiasmo divino, si es portadora la poesía de la verdad esencial y si no es deducida de un ejercicio mimético de segundo grado. Parece que la poesía inspirada participa de la idea o modelo (methesis) que vive en la luz eidética, encontrándose perfectamente diferenciada del fantasma, del simulacro.
      Pero, entonces ¿es posible hallar un verdadero contenido epistemológico en la poesía? Para dar respuesta adecuada sería, a su vez, preciso responder a la controversia de, si es posible la dialéctica en poesía; aunque en principio y, según la concepción platónica, parece elevarse un escollo insalvable en este punto. Parte este obstáculo de su manifestación escrita, pues esta puede relajar el uso de la memoria, además
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de mostrar a su autor no más que como el intérprete divino. Mas ¿puede ser la poesía en el mundo eidético al par de las otras ideas sublimes, tal como la belleza? ¿Será un mal necesario la trascripción escrita para su interpretación y conocimiento? Si el lenguaje, siguiendo la prescripción platónica, no es una verdad en sí mismo, sino una vía para encontrarla ¿de qué manera podemos constatar que el logos esté presente en ese ser poético y en el vehículo (lingüístico) que posibilite la dialéctica en poesía? o, dicho de otra manera: ¿es posible una dialéctica a través de la palabra poética?
      Si el mundo perceptible por los sentidos es un trasunto del verdadero, y el conocimiento de lo que en verdad sea, parte del esfuerzo de rememorar la idealidad verdadera: ¿será posible la aprehensión de la realidad mediante el ejercicio poético? Sólo parece posible en el mundo ideal platónico a través de la impersonal inspiración entusiasta. La mímesis platónica (al menos el primer grado de mímesis) parece emparentar la poesía no sólo al conocimiento, sino que la destina a la participación y efecto de la belleza, 26 y a verterse como vehículo ideal para recordarla y ser en ella. Es del todo inevitable hacernos eco de la realidad esencial de la Belleza, posteriormente recogida por Plotino, mas como un desarrollo del concepto platónico de la misma según el cual la esencia misma de la Belleza, 27 si mora el intelecto de la divinidad invisible en ella, participa el poeta (a través de la poesía) de tan extraordinaria intelección. Será así que concibe el ideal y lo hace expreso en la materia del lenguaje, viendo que la poesía participa y es la medida de la belleza: y es la belleza misma.28
      No debemos dejarnos equivocar, no obstante, por la cadena de sentidos del farmacon, 29 porque en la poesía (inspirada) subyace el recuerdo, la bondad reparadora de la salud, y no el veneno origen de seguros embelecos, aunque el sustrato material sea el tantas veces poderoso alucinógeno de la escritura, pues si ésta trasciende la mímesis y alcanza la presencia, este tipo de escritura mostrado en la poesía es en sí (al margen de la posesión y la locura del poeta) origen de conocimiento y de belleza. 30 Y es que, si el poeta no es poseedor de la verdad, sino mero portavoz de la misma, cabe preguntarse entonces, ante el hecho del contenido de verdad de la que es portador, si estaremos ante una mímesis, o ante una revelación que vierte la poesía para quien interese de ella como algo que trasciende el acto mismo de leer, pues, como anticipaba
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nuestro querido y admirado maestro (Emilio Lledó) 31 es bueno saber que, si bien la escritura en Platón es un reflejo de lo que se ve en la naturaleza, en poesía se manifiesta mejor como un fino oído que tan atenta y cuidadosamente escucha.
      Las contradicciones y el escepticismo hacia la palabra (sobre todo hacia la palabra escrita) se plasman en las continuas interrogantes y dudas que nos hacen caer en la cuenta que la aspiración del eidos (sea o no el silencio) nos llevará a la convicción de que la forma esencial de trascender el lenguaje es preciso que sea a través del lenguaje mismo, para entender, al fin, que no sabíamos que habíamos sabido, y esto porque el lenguaje poético vive incluso antes de que el poeta lo haga suyo y lo revele y práctica y poéticamente lo utilice. El lenguaje poético participa de ese vigor epistemológico donde subyacen todas las significaciones que el poeta pretende describir, y es que, sin memoria, desde luego, tampoco debería de haber lenguaje.
      ¿Podríamos en este punto situar la Poesía dentro de aquellos valores u objetos ideales, como la belleza, que acaso existan al margen mismo de la existencia? ¿Puede ser la Poesía la identidad que se expresa a través de la palabra (poética) y que se sitúa como una realidad no aprehensible, sino groseramente a través de los sentidos? La síntesis necesaria para un conocimiento en poesía, pues en realidad estamos fundiendo el mundo de la realidad objetiva (ideal) y el mundo configurado por las cosas sensibles, no se vierte sino como ese conocimiento del «silencioso diálogo consigo mismo». 32
      No nos parece en este extremo ningún despropósito identificar Poesía y Ser: se indiferencia la estructura ambivalente e ilusoria de su exterioridad, mas todo, con el fin de igualar ambos extremos para suprimir la alteridad; y es que Poesía es conocer, y conocer no es otra cosa que Ser, pues todas las incoherencias y contradicciones estarán sumidas en la necesaria coherencia del Ser.
      Si la poesía inspirada es fuente de conocimiento que tiene su ser en el mundo de la idea, y justifica su entidad en ese fluir de la permanencia que ofrece así mismo la poesía como aletheia o espejo ideal desde el cual contemplarse y justificarse el mundo: ¿por qué no ver la Poesía como aquel diálogo en el que la conciencia del que se acerca pregunta y responde, afirmando o negando? Precisamente en esa constitución dialógica es en la que Logos se expresa, y a través de la cual se hará posible el diálogo del alma consigo misma; acaso porque sólo a través del diálogo, y, por tanto del lenguaje (poético) es por lo que el Logos puede existir. Mas esto será posible en el silencio (de la escritura poética) porque será el alma misma objeto y sujeto del diálogo poético, siendo capaz de responder afirmando o negando, porque el Alma y el Logos son el vínculo por el que la anámnesis conecta el alma con el mundo.


Francisco Acuyo


23 Platón: Obras Completas, Aguilar, Madrid, 1997.
24 Estébanez Calderón, D.: Diccionario de Términos Filológicos, Alianza, Madrid, 1994.
25 Felicidad
26 Montes, H.: Asedios a la poesía, Alfaomega: Ediciones Universidad Católica de Chile, Bogotá, 2000.
27 Plotino: Enéada primera, Aguilar, Buenos Aires, 1960.
28 Agustín de Hipona: Confesiones, Sopena, Buenos Aires, 1942.
29 J. Derrida: La farmacia de Platón, en la diseminación, Fundamentos, Madrid, 1997
30 No entraremos en disquisiciones sobre otro aspecto de la poesía y de la mímesis poética como origen de la exaltación y del éxtasis, tan magníficamente retratado por Longino, y que tanta repercusión tendría bien entrada la modernidad en figuras tales como Kant, Burne o Schiller), remitiéndonos tan solo a las figuras señaladas al título de nuestro trabajo. Véase: Longino: sobre lo sublime, Gredos, Madrid, 2000.
31 Emilio Lledó: La memoria del Logos, Taurus, Madrid, 1984.
32 Platón: Ob.cit. nota 16.        





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