sábado, 3 de junio de 2017

DE LA BELLEZA: HYPOTHESES NON FINGO

Siguiendo con las argumentaciones anteriores sobre la cuestión de la belleza y sus posibles conexiones con la verdad y la realidad, traemos para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, el post que lleva por título: De la belleza: hypotheses non fingo.



De la belleza: hypotheses non fingo.Francisco Acuyo
De Oleg Dou



DE LA BELLEZA: HYPOTHESES NON FINGO




De la belleza: hypotheses non fingo.Francisco Acuyo
De Oleg Dou



SIEMPRE me ha parecido que intentar hablar de la realidad, supone que aquello que entendemos como existencia objetiva del mundo físico, acababa por resbalarse entre los peculiarmente susceptibles dedos de la conciencia, no obstante, de que sea verdad o no que esta sea el resultado de un conjunto de propiedades electroquímicas que acontezcan en el reducto material (neurológico) de nuestro cerebro. Acaso esto se hacía más patente a la hora de intentar entender el muy singular fenómeno de la belleza (en realidad, los muy singulares fenómenos del dolor y la belleza)[1]. Una postura en cierto modo antirreduccionista me impulsa a intuir una disposición holística, integral, totalizadora en relación a mi conciencia y el entorno material, este último supuestamente indiscutible en su individualidad y objetividad, mas susceptible de reflejar o conllevar en muchas ocasiones el aporte tantas veces sorprendente de la belleza. Incluso me llegó a parecer que todo aquello perfectamente perceptible, y que pudiese o no concitar al valor de la  belleza (también el sufrimiento expreso en muchos de ellos), no tendría mucha consistencia sin la ley que impone el sujeto consciente, intérprete de su presunta realidad, solidez o sustancialidad.
                La dualidad mente materia siempre traía a mi memoria la singular característica de una de las manifestaciones de aquella (de la materia, digo)  y de la energía más estudiadas y, sin embargo, (¿misteriosamente?) especial, me refiero a la de la luz. La visión newtoniana de la luz como la proyección de un haz de partículas, dejaba, no obstante, la duda del patrón de interferencia[2] que nos decía que en realidad la luz era un fenómeno ondulatorio o electromagnético. Pero, ¿cuál es la realidad sustancial de la luz, onda o partícula?
                La energía lumínica acaso no sea más que una manifestación energética entre otras que conocemos (y que también que desconocemos, véase la denominada energía oscura[3]) y cuya naturaleza material se plantea como indiscutible. Nunca entré yo en cuestionamiento sobre estos principios científicamente aceptados, pero no dejaba tampoco de pensar en cómo la belleza (como [4] no sería sino una muestra manifiesta de otra energía que perteneciese a la mente, a la psique, a la conciencia, en fin. Divagaciones en un principio que acabarían por tornarse en una suerte de intuición que, para mi asombro, coincidía con la visión de algunos célebres e insignes científicos de las matemáticas y de la física, es el caso que la afirmación de James Jeans, cuando decía: el universo comienza a parecerse más a un gran pensamiento que a una gran máquina, parecía dar pábulo a una idea que fuera del dominio de la propia ciencia, no fuese sino una conjetura que tenía poco de reflexiva y mucho de peregrina.
De la belleza: hypotheses non fingo.Francisco Acuyo
                Volviendo a la fascinante y enigmática cuestión de la naturaleza de luz, Max Planck daría el golpe de gracia a todas las convicciones clásicas sobre su realidad material: los electrones que componen la luz se radian en forma de paquetes (cuantos),[5] denominados fotones, de manera que, un electrón puede vibrar durante un tiempo sin perder energía en forma de radiación y, de forma ¿aleatoria, sin causa, sin ninguna fuerza?, expresan algunos, aplicada, radiaría un pulso de luz; advertimos que este comportamiento viola las leyes de electromagnetismo y la ley universal del movimiento. Estos saltos (cuánticos) ponían de manifiesto la naturaleza paradójica de la luz (aun cuando algunos, entre ellos el propio Einstein, seguían aferrados a aquellas leyes mencionadas), y también la necesidad de aceptar dos proposiciones sobre la luz que son contradictorias. Mas, ¿es susceptible esta misma y extraña apreciación sobre la materia? ¿La realidad física de un objeto tiene dependencia del modo en el que lo observemos?
                El valor de lo bello no deja de ser un hecho inevitable para la conciencia, e incluso es exigencia para la constatación de la realidad de determinadas cosas es indiscutible (no solo en el mundo de las relaciones matemáticas, artísticas y poéticas). La materia y la luz se manifiestan como ondas y partículas (o mejor como paquetes de ellas –cuantos-), y todo parece indicar que la incidencia de la observación en su realidad última está amparada en una nueva ecuación del movimiento que, a la sazón sería la de Schrödinger y que habría de dar una nueva perspectiva a la función de onda que vendría a afirmar la rara realidad de esta función que puede ser compacta (es decir, como partícula) y extensa (como onda) y que, finalmente, vendría a decirnos que la ondulatoriedad es la probabilidad de hallar ese objeto en esa región de movimiento. Esta extraña naturaleza de lo real en lo más íntimo de la materia trae de nuevo a mi imaginación la idea de lo bello que diríase (según mi inquieta, limitada y acaso calenturienta imaginación) ser el valor de lo hermoso conseguido, mas no como probabilidad clásica subjetiva, sino como probabilidad real y última ¿objetiva, y reconocible para cualquier conciencia apropiadamente sensible?
                ¿Belleza y verdad, belleza y realidad, belleza y conciencia última y primera del mundo? Sobre esta extravagante concepción de lo bello indagaremos con más dilación y detalle en próximas entradas.

Francisco Acuyo



[1], Acuyo, F.: Elogio de la decepción, y otras aproximaciones a los fenómenos del dolor y la belleza, Jizo Ediciones, Granada, 2013
[2]  Recordamos el experimento famoso que hiciera ThomasYoug de las rendijas por donde hacía pasar un rayo de luz y que al proyectarse en la pared producía un patrón de bandas que se reconoce como de interferencia, el cual nos hablaba claramente de que nos encontramos ante un fenómeno ondulatorio, ya que si fuesen partículas este patrón no podría llegar a producirse. James Clarke Maxwel, a través de sus famosas ecuaciones, demostró matemáticamente la luz es una onda electromagnética.
[3] Dícese que esta energía es la responsable de que el universo, en lugar de ir deteniéndose en su expansión, es la responsable de su veloz aceleración.
[5] Dichos cuantos o paquetes emitirían una energía igual al número h de su fórmula multiplicado por la frecuencia de vibración del electrón.



De la belleza: hypotheses non fingo.Francisco Acuyo

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