martes, 19 de febrero de 2013

EL TIEMPO POÉTICO


Algunas reflexiones sobre el escurridizo concepto de tiempo aplicado al ámbito de la poesía como singular fenómeno literario y sus inevitables incidencias en el mundo de la filosofía e incluso de la ciencia. Se irán exponiendo en diferentes entradas para el blog Ancile, y todos ellos pertenecientes al libro inédito intitulado precisamente El tiempo poético, e incluido aquí de manera exclusiva para la sección de Pensamiento.

El tiempo poético, Francisco Acuyo, Ancile



EL TIEMPO POÉTICO 





«VED la celestial estela que esmaltado ciñe con pulso azul o blanco, o rojo a veces, el nocturno cielo de esta limpia noche de marzo añil; perdido siempre en el tembloroso espejo donde miríadas de estrellas reconocen perpleja la mirada: conocido de aquellas, disfrazado para uno mismo, detened en su absorto viaje a la pupila ingenua que navega: y ved que en el mundo sois como el átomo de polvo que en el desierto busca su imagen ínfima, mas no hallando allí ninguna acompañante, se deshace ella propia inadvertida, errante, pasajera»

Quiero llamarles la atención, entreverando unos párrafos que reflexionan sobre el tiempo poético, con el fin de mostrarles una inquietud que debate la realidad  o ilusión del tiempo en poesía. Volveré sobre mis pasos, y les invito a reconocer sobre sus huellas si son razonables mis pesquisas en el asunto.

El tiempo poético, Francisco Acuyo, Ancile
«Si este instante, en sí mismo, un aliento consistente tras su transcurso imaginario contuviera un espíritu volátil, mas perceptible apenas al sentido, diríamos que el tiempo existe; que es después de todo lo vivido y que en la memoria queda, ya suspenso, en su proceso irreversible, cual página impresa y que, no obstante, anuncia insondable un futuro incierto. El hecho que imaginemos su transcurso acaso sea lo que hace preguntarnos: ¿qué acontece ahora?; y antes ¿qué pasó?; y, ¿qué sucederá después?. Es por eso que este momento, en esta noche no deviene, se mueve ni transcurre. El signo constelado se dibuja con los astros en una suerte de inmóvil movimiento: indican que esta que os habla ahora no es conciencia de este tiempo o, tal vez, de ningún otro tiempo en lugar alguno acontecido.»
«En noche semejante, y mientras la gélida sombra alienta el ascua (cuyo innumerable pálpito en su brillo constela) juntamente al corazón que observa este cielo como un único espíritu. Sumidos en el asombro interpretamos esas líneas que emparentan idéntica inquietud en nuestras almas tan distantes de nuestro humano mundo tan remoto, a la galaxia extrema, donde miles de años luz hacen inaudito este hallazgo.
Yo mismo, aquel que nunca gozó del cielo constelado de su patria lejanísima, el que nunca, si, como peregrino imperturbable del infinito y yerto espacio viese (o soñase tal vez) la fronda de sus valles y la paz de sus ubérrimos prados; que no bebió nunca la música del agua, ni escuchó el aroma que en la flor el insecto lascivamente alerta; ni rozó siquiera la suavísima corola de la espuma en la marina luz que acariciara cálidamente la ribera. Yo. Yo mismo soy quien al extremo del abismo se estremece por sentir tan cerca de su pecho condenado abrazo tan estrecho y fraternal presencia.».
«En este instante, en seguida, si incandescente brisa el cielo, de la noche agita con frescura el ramo azul o rojo o blanco del jardín sideral que ofrece trémulas sus flores, y de cuya fronda inmóvil se dibuja, constelado sobre la tierra, el árbol de       la sombra al transporte celeste de sus frutos.»

Son aquellas y estas líneas el resultado insólito de lo que en otro tiempo quiso ser ensayo de una rara dialéctica: diseño fragmentario de lo que fue un relato inusitado (y desde luego inédito), el cual traigo ahora a colación, en este instante, por mostrarles la naturaleza singular del tiempo poético.
Las extravagantes piezas en desorden que ofrezco no pretenden pasar de mero esbozo donde acaso poder mirar el mundo con diversas perspectivas, y con ellas, aprehender el signo del fenómeno y la posibilidad de entendimiento, y de esta concepción diversificadora, alcanzar lo que sea el tiempo.

 ¿Puedo afirmar, entonces, que presento una realidad distinta (opuesta) a las en principio ofrecidas? ¿O es que, se entienden adversarias en conciencia de esta realidad que ahora se os ofrece, si tiempo constatable, si grabado en la entraña misma de la vida que acontece y la que yo llamo: vida mía?

El tiempo poético, Francisco Acuyo, Ancile
Así, si digo que al suroeste, en esta época, aún se observa Orión, el cazador celeste, o que rutilan sobre sus hombros Ballatrix y su compañera esplendente Betelgeuse; o si brilla a sus pies Rigel, y en el Can Mayor fulge Sirio; o si las Hiadas y las Pléyades sus racimos cuelgan; o si Spica comienza a vislumbrarse mientras Leo sitúa su esplendor en lo más alto; o si ya precipita por el cuello celeste de la Gran Osa, Arturo, su trémulo fulgor. Si yo digo que siento transcurrir el tiempo en esta noche de marzo, puede que, sin darme cuenta, esté ya arrojando un viso de incertidumbre de lo que acontece, de la concreta forma que varía y se sitúa como movimiento singular de lo que deviene, si, en apariencia quieto, percibimos en su instante.

Acaso no podemos entender (o ya representar) nada a no ser en virtud de un axioma, de un sistema o de una convención, ya sean estos de carácter gramatical, o bien matemático, o musical, etcétera. El signo, la palabra, subvierte muchas veces la acción y la disfraza por lo que tal vez designa alguna cosa. Nos cuesta advertir que los objetos suceden y que, aquella o esta noche y su espectacular visión celeste es más álbum, acopio de procesos, aconteceres y sucesos que de entidades corpóreas, o sujetos inmóviles que a través de la experiencia sensorial nos parece que persisten.

¿Es el tiempo poético distinto, digamos, del rigurosamente científico? También en ciencia se mantiene el tiempo motivo de no poca controversia.

Mas si partimos del desasimiento conceptual al que invita la poesía para las grandes ocasiones, cuando más allá de la letra, de la exégesis formal e intelectual converge en pos de alcanzar su visión integradora del mundo, de la vida, por la gracia del prodigio que es propio del saber y del ser intuitivo. Plenitud que se alcanza olvidado del concepto, de la maquinación consciente, incluso del propio yo que cree distinguir distinguiéndose. Es la virtud que surge impensable e ingenua de sí misma. Ni la palabra ni el silencio son suficientes a la hora de contar la magistral naturaleza de su ingenio, ni por otros medios de conciencia alcanzable.  





                                                                                                       Francisco Acuyo





El tiempo poético, Francisco Acuyo, Ancile

domingo, 17 de febrero de 2013

NIETZSCHE Y LOU VON SALOMÉ: UN AMOR IMPOSIBLE (Y II)


Segunda y última entrada sobre el filósofo Nietzsche y la escritora Lou Von Salomé, en su singular y tortuosa relación personal, por el profesor y catedrático de filosofía Tomás Moreno, para la sección de Microensayos del blog Ancile.



NIETZSCHE Y LOU VON SALOMÉ: 
UN AMOR IMPOSIBLE (Y II)


Nietzsche y Lou von Salomé: un amor imposible, 2 Tomás Moreno, Ancile


La tensa situación que se había planteado entre los tres amigos pronto se solventó, retomando la original propuesta de “vida en común” que había propiciado el encuentro entre ellos y que era un proyecto tan caro a Lou. Debían seguir siendo amigos, formando esa especie de “trinidad” de estudio en común que tanto anhelaba. Su proyecto -su “plan maravilloso”- consistía en formar una especie de “comunidad platónica” compuesta por ella y los dos “patosos” filósofos y “pretendientes”, de índole totalmente espiritual  e intelectual: “Lo que más inmediatamente me convenció de que mi plan, afrentoso para las costumbres sociales entonces vigentes, podría llevarse a cabo, fue, primero, un simple sueño nocturno”, escribe Lou.
            Y añade: “Ví un agradable gabinete de trabajo, lleno de libros y flores, flanqueado por dos dormitorios, con camaradas de trabajo yendo y viniendo a nuestra casa, unidos en un círculo alegre y serio”. Para concluir finalmente: “Lo inesperado sucedió cuando Nietzsche, apenas hubo tenido noticias del plan de Paul Rée y mío, se adhirió a él como el tercero. Incluso se fijó pronto el lugar de nuestro futuro trío: habría de serParís, donde Nietzsche quería oír a ciertos colegas”[1].
En efecto, pese al dolor del rechazo, Nietzsche acogió con entusiasmo aquel proyecto de vida y estudio en común ofrecido por Lou, tal vez por pensar que sería mejor compartirla con otro, que perderla del todo. Siempre ocurrente y extravagante,  el zaherido pretendiente, para dejar constancia de ese proyecto de “trinidad”, sugirió celebrarlo con una fotografía de los tres amigos juntos. Este fue el motivo de la famosa fotografía, realizada en el estudio Jules Bonnet -uno de los fotógrafos más prestigiosos de Suiza- en la que Lou aparece montada sobre una carreta, fusta en mano, Rée y Nietzsche enganchados a los varales tirando del vehículo (una imagen sadomasoquista muy lograda):
Al mismo tiempo Nietzsche -escribirá más tarde Lou- gestionó también la fotografía de nosotros tres, a pesar de la fuerte oposición de Paul Rée, que durante toda su vida conservó una repugnancia enfermiza ante la reproducción de su cara. Nietzsche con el ánimo exaltado, no sólo se empeñó en ello, sino que se preocupó personalmente de todos los detalles –como del pequeño (¡resultó demasiado pequeño!) carromato, incluso de la cursilería de la rama de saúco en la fusta, etc.[2].
Así pues, Nietzsche fue el responsable, como regisseur, de la idea de la fotografía. En realidad era Lou la que intentaba uncir a los dos hombres a su carreta, y ambos filósofos se sometieron.    
Nietzsche y Lou von Salomé: un amor imposible, 2 Tomás Moreno, Ancile
Lou Von Salomé 
Nietzsche volvió a acomodarse, en principio, a una relación de simple camaradería. Se esbozó rápidamente un plan para la comunidad soñada por Lou, en el cual fue incluida, sin más, la madre de ella como “carabina”, a lo que se prestó de buena voluntad, aunque nada más fuera para estar “al lado” de su hija. Formaron, en efecto, la “santa trinidad”, una en verdad extraña unión afectivo-amistosa-intelectual. Pero, como era de esperar, esa comunidad-cenáculo tendría corta existencia, a causa de los celos de Rée al acoso obsesivo de Nietzsche hacia Lou y la persistente negativa de ésta a casarse con él. A partir de entonces casi siempre hubo dos hombres en su vida: el triángulo parece que fue la constante en el ideal amoroso de esta mujer.
Durante unos pocos meses, Nietzsche esperará convencer a Lou. A través de la correspondencia de aquella feliz primavera de 1882, Nietzsche no logra ocultar, como trata de hacerlo en carta a su hermana, su exultante estado de ánimo. Es un hombre jovial, lleno de optimismo y que se encuentra en perfecto estado de salud, situación ésta más bien poco frecuente en él, siempre aquejado por fuertes dolores de cabeza o por alguna otra dolencia. En Lucerna se separaron. Nietzsche volvió a Basilea desde donde debía seguir viaje hasta Naumburg para ver a su familia. Rée acompañó a las señoras Von Salomé a Zurich, dirigiéndose después a su casa en Stibe, Prusia Oriental. Unas semanas más tarde Lou, acompañada de su hermano Eugen, marchó a Stibe con Paul Rée, donde pasaría los meses de verano. Enterado Nietzsche de la situación, casi seis semanas después de despedir a Lou en la estación de Lucerna, pidió a su hermana que invitara a Lou a pasar unas semanas en Tautenburg, un pueblecito de Turingia donde él pensaba veranear, esperando una nueva oportunidad de seducir a su amada, ya sin la enojosa presencia de su rival Paul Rée y, al mismo tiempo,  que ambas mujeres se conocieran. A las dos semanas, llegó la aceptación de Lou.
Nietzsche y Lou von Salomé: un amor imposible, 2 Tomás Moreno, Ancile
En efecto: agosto de 1882 fue para Nietzsche uno de los meses más felices de su vida, tanto en el orden afectivo como en el espiritual e intelectual. Ha encontrado en Lou al interlocutor a la altura de su genio, ante el cual da libre curso a esa caldera de ideas en ebullición que era su mente[3]. Tres semanas, desde el lunes 7 de agosto hasta el sábado 26 de agosto, las pasaron juntos en un romántico pueblo situado en el bosque de Turingia, Tautenburg (Dornburg), cerca de Jena, dialogando durante todo el día, y hasta altas horas de la noche. “Los preparativos febriles de Nietzsche le llevaron incluso a solicitar a la municipalidad la instalación de cinco bancos en los lugares de descanso del filósofo, en los caminos umbríos que le eran queridos. Uno de ellos es un banco circular que rodea el tronco de un haya y que es nombrado La gaya ciencia. Otro es nombrado El hombre muerto[4].
 La compañía de Elisabeth, su hermana, condicionó negativamente en estas semanas la relación entre ambos[5]. Nietzsche le revelaría a Lou en esas largas charlas algunas de sus ideas más originales, como la del eterno retorno, y le hablaría de su hijo predilecto, el danzarín Zaratustra, ya en proceso de gestación, y no producto, como han pretendido algunos historiadores imaginativos, de sus relaciones con Lou:
En estas tres semanas”, escribe Lou, “hemos conversado hasta el agotamiento; curiosamente el aguanta ahora cerca de diez horas diarias de charla. En nuestras veladas, cuando la lámpara, vendada como un inválido con un paño rojo para que no dañe sus pobres ojos, arroja sólo un débil resplandor por el cuarto, siempre llegamos a hablar de trabajos en común… Sorprendente que en nuestras conversaciones aboquemos involuntariamente al borde de abismos, a aquellos lugares de vértigo adonde alguna vez se ha subido en solitario para mirar desde allí a lo profundo. Siempre hemos elegido los caminos de las gamuzas, y si alguien nos hubiera escuchado, habría creído que eran dos diablos los que conversaban[6].
Compusieron juntos aforismos que Lou inventaba y Nietzsche corregía o completaba. Gracias a las cartas que Lou escribía regularmente a Rée, tenemos noticias de este idilio de Tautenburg y de  la evolución de las relaciones entre ambos amigos, y sobre todo las observaciones, que resultaron por lo demás proféticas, que la joven rusa formuló respecto al pensamiento y a la personalidad de Nietzsche. El 14 de agosto Lou escribe a Rée:
Nietzsche y Lou von Salomé: un amor imposible, 2 Tomás Moreno, Ancile
Nietzsche, en general de una consecuencia férrea, es en lo particular una persona tremendamente versátil. Yo sabía que cuando admitiéramos lo que, en principio, en la tormenta del sentimiento, ambos evitábamos, rápidamente nos habríamos de encontrar en nuestras naturalezas profundamente semejantes, más allá de todo charloteo pedante […] Él subía hasta aquí de continuo, y por la noche tomó mi mano y la besó dos veces y comenzó a decir algo que no terminó. Los días siguientes estuve en cama, él me metía cartas en la habitación y me hablaba a través de la puerta. Ahora ya amainó mi vieja fiebre catarral y me he levantado. Ayer pasamos juntos todo el día […] Elisabeth estuvo en el Dornburg con personas conocidas. En la pensión […] se nos considera tan emparejados como a ti y a mí, cuando llego con mi gorro y con Nietzsche, sin Elisabeth […] Un estímulo especial resulta de la coincidencia en pensamientos, sentimientos e ideas; nos podemos entender casi con medias palabras. El dijo una vez, impresionado por ello: creo que la única diferencia entre nosotros es la edad. Hemos vivido y pensado lo mismo[7].
 Con fecha del 18 de agosto escribe:
Al principio de mis relaciones con Nietzsche le escribía a Malwida que Nietzsche  era una “naturaleza religiosa”, palabras que despertaron grandes dudas en ella. Hoy subrayaría esta expresión dos veces. Un día le veremos aparecer como el predicador de una nueva religión, y será una religión que exigirá de sus adictos el que sean héroes. Tanto él como yo pensamos y experimentamos lo mismo en este orden de cosas, pronunciamos absolutamente las mismas palabras y expresamos los mismos conceptos […] Nuestras conversaciones nos conducen a esos abismos, a esos lugares vertiginosos que uno ha escalado sólo, para sondear las profundidades[8].
Nietzsche competía por Lou en rivalidad con su amigo Paul Rée -igual que Elisabeth lo hacía por él frente a la rival[9]-, pero en vez de fascinarla, él fue fascinándose cada vez más por ella; le asaltó un amor auténtico, profundo, dispuesto al sacrificio y al perdón. No se dio cuenta de que ella estaba mucho más cercana a Paul Rée, para quien llevaba un diario, en el que, mostraba sus impresiones sobre Nietzsche, sus sentimientos sobre lo que les unía y lo que les separaba y las diferencias que, en su opinión, existían entre sus dos amigos y pretendientes.
El 26 de agosto finalizó el idilio (casto) de Tautenburg. Lou le había regalado como despedida aquella poesía, la Oración de la vida, que ella había compuesto en 1880 cuando era estudiante en Zurich, llena de un espíritu juvenil heroico con el que pretendió deshacer la opresión que le producía la enfermedad que amenazaba su vida. A partir de entonces, Lou va distanciándose de ese amigo admirable. Tal vez lo que más contribuye a ello es el que éste haya tratado de alejarle de Rée desprestigiándolo, hablándole mal de él. Lou escribe al respecto en sus memorias:
Ninguno de nosotros dos imaginaba que sería la última vez. A pesar de ello, las cosas no eran del todo como al principio, aunque seguían firmes nuestros deseos de un futuro en común a tres: Cuando me pregunto qué fue lo que fundamentalmente comenzó a menoscabar mi interna disposición hacia Nietzsche, pienso que fue la extrañeza por la progresiva acumulación de sugerencias suyas que pretendían dejar mal a Paul Reé ante mí –y también la sorpresa de que él pudiera considerar efectivo ese método[10].
Lou partió el domingo para París con el Dr. Rée. Nietzsche marcha a Naumburg para encontrarse con su madre. Y aunque los tres amigos vuelvan a reunirse en octubre en Leipzig por espacio de unas pocas semanas, la comunidad trinitaria se rompe definitivamente. Poco a poco a Nietzsche le va invadiendo la certeza de que Lou lo ha abandonado.
El rechazo y la separación de Lou fueron muy dolorosas para Nietzsche, le sumieron en una renovada y prolongada depresión. “Mi desconfianza ahora es grandísima”, contó a Overbeck, “en todo lo que oigo percibo desprecio por mí”. Sintió una particular amargura hacia su madre y su hermana, quienes se habían entrometido en su relación con Lou, y rompió el contacto con ellas ahondando así su aislamiento. “No me gusta mi madre y me duele oír la voz de mi hermana. Siempre me ponía enfermo cuando estaba con ellas”. Intentó superar sus sentimientos de venganza, pero la conducta de ellas le fueron “paso a paso” aproximando “cada vez más cerca de la locura”.
Nietzsche y Lou von Salomé: un amor imposible, 2 Tomás Moreno, Ancile
El año “festivo” se había acabado, pues, y negras sombras se posaron sobre el ánimo del filósofo, de las cuales ya no conseguirá salir nunca. “Cada uno de los tres amigos siguió por derroteros distintos. Paul Rée, que sigue amándola, continuará unos cinco años a su lado. Con el tiempo Rée no soportará su relación de hermanos con Lou y pondría fin a su relación, años después morirá trágicamente. Nietzsche se hundirá cada vez más en la desesperación y en la amargura hasta llegar a perder la razón en su reto empeñado con la Esfinge”[11]. Tras una breve estancia en Génova, en invierno se refugia en Rapallo, y escribe su “Zaratustra”. Por su parte, Lou, aunque afectada por la suerte de sus amigos, supo superar estas pérdidas hallando en Freud, en su pensamiento y doctrina, un objetivo en la  vida y una nueva visión del hombre y del mundo[12]. Partirá hacia su destino final, no sin antes -¿y a su pesar?- enamorar a muchos de sus nuevos amigos y admiradores.
En toda esta frustrada historia de amor y de desamor, no fue Lou verdaderamente la responsable única. Siempre jugó sus cartas con sinceridad, sin ambages. Lou era una mujer absolutamente independiente, que situaba sus relaciones con los hombres en una dimensión de igualdad y de fraternidad y que despreciaba ‘los vínculos humanos duraderos’. Como escribía Alberto Gonzalez Troyano -en una vieja y bella reseña sobre la correspondencia entre Lou y Sigmund Freud- Lou “vaticinaba que en toda relación sentimental, amorosa, duradera, uno de los dos, generalmente la mujer, se veía obligado a sacrificar su desarrollo intelectual y a someter su propia personalidad a la del otro. Su vida errante fue el precio pagado por su insobornable respeto a su propia libertad y a la libertad del otro”.
Nietzsche y Lou von Salomé: un amor imposible, 2 Tomás Moreno, Ancile
Friedrich Niezstche
En efecto, dotada de una insaciable curiosidad intelectual y de una aguda sensibilidad para captar los movimientos culturales más significativos de su época, Lou necesitaba la proximidad de hombres de inteligencia brillante y los detectaba con instinto infalible. Frecuentemente, el escritor, el científico o el filósofo que estableciese relaciones con Lou podrían haber pensado que la seducción que su pensamiento o su obra ejercían sobre ella debía provocar también su seducción amorosa. “Pero esta unión preestablecida entre Eros y Minerva, por lo que sabemos no fue nunca consentida por Lou”. Y tanto Paul Rée como Friedrich Nietzsche, como Gerhard Hauptmann, como Frank Wedekind, como su propio esposo Andreas e incluso como, más tarde, Rainer María Rilke o Víctor Tausk, por citar a los más famosos, conocieron las virtudes difíciles de una íntima convivencia con Lou, sin consagración sexual[13].
Para ella, como certeramente intuía González Troyano, “desprovista de los viejos tabúes sexuales, Eros se situaba en un contexto que no debía ser equívocamente allanado. Toda su vida estuvo jalonada de múltiples aventuras amorosas, pero la fidelidad a sí misma perduró por encima de todas sus relaciones. Incluso la más apasionada, la mantenida con Rilke, debió escindirse cuando Lou intuyó que el poeta programaba una vinculación demasiado duradera”. Ella siempre se opondrá a convertir en permanente lo que, en su sentir más profundo, debería ser sólo transitorio “como el flujo y reflujo de las mareas”.


                                                                                              Tomás Moreno



[1] Curt Paul Janz, Friedrich Nietzsche. 3. Los diez años del filósofo errante, op. cit., p. 101.
[2] Ibidem., p.104.
[3] Para este episodio cfr. Norma Mastrorilli y Luis Pasamar, op. cit.
[4] Jean Pierre Faye, Nietzsche y la transformación. La danza de Salomé, en Nietzsche entre dos milenios, Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura nº 40, Barcelona 2000, p. 20.  
[5] Sabida es la inquina y hostilidad de Elisabeth contra Lou, a la que indispone con su madre e insulta en numerosas ocasiones, llamándola desvergonzada, indecorosa, indecente o refiriéndose a ella como la tarasca rusa o la  vulgar aventurera. Su comportamiento ese verano no fue lo que digamos ejemplar.
[6] Curt Paul Janz, Friedrich Nietzsche 3. Los diez años del filósofo errante, op. cit.,  p. 118.
[7] Íbidem, p. 118.
[8] Ibidem.
[9] La razón última de esa “rivalidad” tal vez no se deba tanto a un intento de proteger a su hermano de una mujer percibida como peligrosa para sus interese vitales e intelectuales, cuanto a una pasión casi obsesiva hacia su hermano. Fernando Savater escribe al respecto: “¿Quién puede sondear suficientemente la feroz y absorbente pasión de la hermana por su hermano, en la que se mezclaron el orgullo, la ternura, el deseo, los celos y la compasión? ¿Quién puede comprender del todo la fascinación que Nietzsche sintió por Elisabeth, su aterrada atracción por esa Antígona a la que odiaba con desesperada dulzura, que fue para él la Mujer eterna, la insoslayable realidad de lo femenino? Sería simplemente ingenuo, concluye nuestro filósofo, resolver que Elisabeth, la torpe y hitleriana Elisabeth, fue sencillamente una desdicha en la vida de Nietzsche; Que sin ella, él se habría casado, hubiera llevado una vida sexual normal […]; no habría caído en la locura y hubiese logrado completar y ordenar su obra personalmente. No: Nietzsche fue Nietzsche en buena medida por su hermana, ella le ayudó a ver, le provocó a pensar” (F. Savater, Conocer Nietzsche y su obra, Dopesa, Barcelona, 1977, p. 18)
[10] Cf. Lou Andreas-Salomé, Mirada retrospectiva: compendio de algunos recuerdos de la vida op. cit.
[11] Norma Mastorilli y Luis Pasamar, op. cit.
[12] Para sus relaciones con Freud véanse: Sigmund Freud, Lou Andreas-Salomé. Correspondencia, compilada por Ernst Pfeiffer, siglo XXI editores, México, 1968; Lou Andreas-Salomé, Aprendiendo con Freud, diario de un año, 1912-1913, Barcelona Laertes, 1984. 
[13] Tras sus idilios con los dos filósofos alemanes (Rée y Nietzsche) y al cabo de cinco años aparece en su vida un hombre de excepcional personalidad: Friedrich Carl Andreas, profesor de persa en el Instituto de Lenguas Orientales de Berlín, de cuarenta años. Se casarán en 1887, aunque por un peculiar  “pacto matrimonial”, el matrimonio no llegara a consumarse (al parecer nunca tuvo con él relaciones sexuales): su fidelidad consistió en defender y conservar su apellido por encima de todo, colocándolo más allá de las pasiones temporales, hasta el final. Lou llevará el nombre de Andreas durante cuarenta y tres años, hasta la muerte de su marido en 1930). Pero fue, sin duda, Rainer Maria Rilke, el gran poeta, quien más lograría retenerla, entre 1897 y 1901 (ya casada y 15 años mayor que él), y para él, fue su amor más feliz; fue también amante del psicoanalista vienés Viktor Tausk, brillante discípulo de Freud, que acabó suicidándose. Véase: Lou Andreas-Salomé, Rainer María Rilke, Milán, La Tartaruga, 1992. 







Nietzsche y Lou von Salomé: un amor imposible, 2 Tomás Moreno, Ancile

jueves, 14 de febrero de 2013

SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ: AMOR Y POESÍA


Seguimos el repaso de la poesía amorosa en la sección de Amor y poesía del blog Ancile, en la figura de una de las voces femeninas  predilectas de quien les habla, Sor Juan Inés de la Cruz. Con las mismas limitaciones de siempre se han seleccionado poemas variados formalmente que tocan el tema del amor: romances, endechas, liras, sonetos. Se incluyen algunos enlaces en los que se pueden escuchar algunos de los poemas incluidos. La delicadeza, inteligencia y sensibilidad de su pluma hacen de esta autora una de las creadoras más sublimes de todos los tiempos, y una poeta de referencia para este apartado del blog que ya se consolida como uno de los más visitados y apreciados por sus amigos y visitantes.






SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ: 
AMOR Y POESÍA



Sor Juana Inés de la Cruz: amor y poesía, Ancile




SI EL DESAMOR O EL ENOJO


Si el desamor o el enojo
satisfacciones admiten,
y si tal vez los rigores
de urbanidades se visten,

escucha, Fabio, mis males,
cuyo dolor, si se mide,
aun el mismo padecerlo
no lo sabrá hacer creíble.

Oye mi altivez postrada;
porque son incompatibles
un pundonor que se ostente
con un amor que se humille.

Escucha de mis afectos
las tiernas voces humildes,
que en enfáticas razones
dicen más de lo que dicen.

Que si después de escucharme,
rigor en tu pecho asiste,
informaciones de bronce
te acreditan de insensible.

No amarte tuve propuesto;
¿mas proponer de qué sirve,
si a persuasiones Sirenas
no hay propósitos Ulises,

pues es, aunque se prevenga,
en las amorosas lides,
el Griego, menos prudente,
y más engañosa Circe?

¿Ni qué importa que, en un pecho
donde la pasión reside,
se resista la razón
si la voluntad se rinde?

En fin, me rendí. ¿Qué mucho,
si mis errores conciben
la esclavitud como gloria,
y como pensión lo libre?

Aun en mitad de mi enojo
estuvo mi amor tan firme,
que a pesar de mis alientos,
aunque no quise, te quise.

Pensé desatar el lazo
que mi libertad oprime,
y fue apretar la lazada
el intentar desasirme.

Si de tus méritos nace
esta pasión que me aflige,
¿cómo el efecto podrá
cesar, si la causa existe?

¿Quién no admira que el olvido
 tan poco del amor diste,
que quien camina al primero,
al segundo se avecine?

No, pues, permitas, mi Fabio,
si en ti el mismo afecto vive,
que un leve enojo blasone
contra un amor invencible.

No hagas que un amor dichoso
se vuelva en efecto triste,
ni que las aras de Anteros
a Cupido se dediquen. 

Deja que nuestras dos almas,
pues un mismo amor las rige,
teniendo la unión en poco,
amantes se identifiquen.

Un espíritu amoroso
nuestras dos vidas anime,
y Láquesis, al formarlas,
de un solo copo las hile.

Nuestros dos conformes pechos
con sola una aura respiren;
un destino nos gobierne
y una inclinación nos guíe.

Y en fin, a pesar del tiempo,
pase nuestro amor felice
de las puertas de la Parca
unidad indivisible,

donde, siempre amantes formas,
nuestro eterno amor envidien
los Leandros y las Heros,
los Píramos y las Tisbes.



DIVINO DUEÑO MÍO



Divino dueño mío:
si al tiempo de apartarme
tiene mi amante pecho
alientos de quejarse,
oye mis penas, mira mis males.

Aliéntese el dolor,
si puede lamentarse;
y, a vista de perderte,
mi corazón exhale
llanto a la tierra, quejas al aire.

Apenas de tus ojos
quise al Sol elevarme,
cuando mi precipicio
da, en sentidas señales,
venganza al fuego, nombre a los mares.

Apenas tus favores
quisieron coronarme,
dichoso más que todos,
felice como nadie,
cuando los gustos fueron pesares.

Sin duda el ser dichoso
es la culpa más grave,
pues mi fortuna adversa
dispone que la pague
con que a mis ojos tus luces falten.

¡Ay, dura ley de ausencia!,
¿quién podrá derogarte,
si adonde yo no quiero
me llevas, sin llevarme,
con alma muerto, vivo cadáver?

Será de tus favores
sólo el corazón cárcel,
por ser aún el silencio,
si quiero que los guarde,
custodio indigno, sigilo frágil.

Y puesto que me ausento,
por el último vale
te prometo, rendido,
mi amor y fe constante;
siempre quererte, nunca olvidarte.




Sor Juana Inés de la Cruz: amor y poesía, Ancile



ESTE AMOROSO TORMENTO



Este amoroso tormento
que en mi corazón se ve
sé que lo siento, y no sé
la causa porque lo siento.
Siento una grave agonía
por lograr un devaneo,
que empieza como deseo
y para en melancolía.
Y cuan con más terneza
mi infeliz estado lloro,
sé que estoy triste e ignoro
la causa de mi tristeza.
Siento un anhelo tirano
por la ocasión a que aspiro,
y cuando cerca lo miro
yo mismo aparto la mano.
porque, si acaso se ofrece,
después de tanto desvelo,
la desazona el recelo
o el susto la desvanece.
Y si alguna sin susto
consigo tal posesión,
que cualquier leve ocasión
me malogra todo el gusto,
Siento mal del mismo bien
con receloso temor,
y me obliga el mismo amor
tal vez a mostrar desdén.
Cualquier leve ocasión labra
en mi pecho, de manera,
que el que imposibles venciera
se irrita de una palabra.
Con poca causa ofendida,
suelo, en mitad de mi amor,
negar un leve favor
a quien le diera la vida.
Ya sufrida, ya irritada,
con contrarias penas lucho,
que por él sufriré mucho
y con él sufriré nada.
No sé en que lógica cabe
el que tal cuestión se pruebe,
que por él lo grave es leve,
y con él lo leve es grave.
Sin bastantes fundamentos
forman mis tristes cuidados,
de conceptos engañados,
un monte de sentimientos;
y en aquel fiero conjunto
hallo, cuando se derriba,
que aquella máquina altiva
sólo estribaba en un punto.
Tal vez el dolor me engaña
y presumo, sin razón,
que no habrá satisfacción
que pueda templar mi saña;
y cuando a averiguar llego
el agravio porque riño,
es como espanto de niño
que para en burlas y juego.
Y aunque el desengaño toco,
con la misma pena lucho,
de ver que padezco mucho
padeciendo por tan poco.
A vengarse se abalanza
tal vez el alma ofendida;
y después arrepentida,
toma de mí otra venganza.
Y si al desdén satisfago,
es con tan ambiguo error,
que yo pienso que es rigor
y se remata en halago.
Hasta el labio desatento
suele, equívoco, tal vez,
por usar de la altivez
encontrar el rendimiento.
Cuando por soñada culpa
con más enojo me incito,
yo le acrimino el delito
y le busco la disculpa.
No huyo el mal ni busco el bien,
porque, en mi confuso error,
ni me asegura el amor
ni me despecha el desdén.
En mi ciego devaneo,
bien hallada contra mi engaño,
solicito el desengaño
y no encontrarlo deseo.
Si alguno mis quejas oye,
más a decirlas me obliga
porque me las contradiga,
que no porque las apoye.
Porque si con la pasión
algo contra mi amor digo,
es mi mayor enemigo
quien me concede la razón.
Y si acaso en mi provecho
hallo la razón propicia,
me embaraza la justicia
y ando cediendo el derecho.
nunca hallo gusto cumplido,
porque, entre alivio y dolor,
hallo culpa en el amor
y disculpa en el olvido.
estro de mi pena dura
es algo del dolor fiero;
y mucho más no refiero
porque pasa de locura.
Si acaso me contradigo
en este confuso error,
aquél que tuviere amor
entenderá lo que digo.





 COGIÓME SIN PREVENCIÓN 




Cogióme sin prevención
Amor, astuto y tirano:
con capa de cortesano
se me entró en el corazón.
Descuidada la razón
y sin armas los sentidos,
dieron puerta inadvertidos;
y él, por lograr sus enojos,
mientras suspendió los ojos
me salteó los oídos.

Disfrazado entró y mañoso;
mas ya que dentro se vio
del Paladión, salió
de aquel disfraz engañoso;
y, con ánimo furioso,
tomando las armas luego,
se descubrió astuto Griego
que, iras brotando y furores,
matando los defensores,
puso a toda el Alma fuego.

Y buscando sus violencias
en ella al Príamo fuerte,
dio al Entendimiento muerte,
que era Rey de las potencias;
y sin hacer diferencias
de real o plebeya grey,
haciendo general ley
murieron a sus puñales
los discursos racionales
porque eran hijos del Rey.

A Casandra su fiereza
buscó, y con modos tiranos,
ató a la Razón las manos,
que era del Alma princesa.
En prisiones su belleza
de soldados atrevidos,
lamenta los no creídos
desastres que adivinó,
pues por más voces que dio
no la oyeron los sentidos.

Todo el palacio abrasado
se ve, todo destruido;
Deifobo allí mal herido,
aquí Paris maltratado.
Prende también su cuidado
la modestia en Polixena;
y en medio de tanta pena,
tanta muerte y confusión,
a la ilícita afición
sólo reserva en Elena.

Ya la Ciudad, que vecina
fue al Cielo, con tanto arder,
sólo guarda de su ser
vestigios, en su ruina.
Todo el amor lo extermina;
y con ardiente furor,
sólo se oye, entre el rumor
con que su crueldad apoya:
"Aquí yace un Alma Troya
¡Victoria por el Amor!"




Sor Juana Inés de la Cruz: amor y poesía, Ancile






QUE DA MEDIO PARA AMAR SIN MUCHA PENA



Yo no puedo tenerte ni dejarte,
ni sé por qué, al dejarte o al tenerte,
se encuentra un no sé qué para quererte
y muchos sí sé qué para olvidarte.

Pues ni quieres dejarme ni enmendarte,
yo templaré mi corazón de suerte
que la mitad se incline a aborrecerte
aunque la otra mitad se incline a amarte.

Si ello es fuerza querernos, haya modo,
que es morir el estar siempre riñendo:
no se hable más en celo y en sospecha,

y quien da la mitad, no quiera el todo;
y cuando me la estás allá haciendo,
sabe que estoy haciendo la deshecha.



Sor Juana Inés de la Cruz: amor y poesía, Ancile


AMADO DUEÑO MÍO





   Amado dueño mío,
escucha un rato mis cansadas quejas,
pues del viento las fío,
que breve las conduzca a tus orejas,
si no se desvanece el triste acento
como mis esperanzas en el viento.

   Oyeme con los ojos,
ya que están tan distantes del oídos,
y de ausentes enojos
en ecos, de mi pluma mis gemidos;
y ya que a ti no llega mi voz ruda,
óyeme sordo, pues me quejo muda.

   Si del campo te agradas,
goza de sus frescuras venturosas,
sin que aquestas cansadas
lágrimas te detengan, enfadosas;
que en él verás, si atento te entretienes,
ejemplos de mis males y mis bienes.

   Si el arroyo parlero
ves, galán de las flores en el prado,
que, amante y lisonjero,
a cuantas mira intima su cuidado,
en su corriente mi dolor te avisa
que a costa de mi llanto tiene risa.

   Si ves que triste llora
su esperanza marchita, en ramo verde,
tórtola gemidora,
en él y en ella mi dolor te acuerde,
que imitan, con verdor y con lamento,
él mi esperanza y ella mi tormento.

   Si la flora delicada,
si la peña, que altiva no consiente
del tiempo ser hollada,
ambas me imitan, aunque variamente,
ya con fragilidad, ya con dureza,
mi dicha aquélla y ésta mi firmeza.

   Si ves el ciervo herido
que baja por el monte, acelerado,
buscando, dolorido,
alivio al mal en un arroyo helado,
y sediento al cristal se precipita,
no en el alivio, en el dolor me imita.

   Si la liebre encogida
huye medrosa de los galgos fieros,
y por salvar la vida
no deja estampa de los pies ligeros,
tal mi esperanza, en dudas y recelos,
se ve acosada de villanos celos.

   Si ves el cielo claro,
tal es la sencillez del alma mía;
y si, de luz avaro,
de tinieblas se emboza el claro día,
es con su obscuridad y su inclemencia,
imagen de mi vida en esta ausencia.

   Así que, Fabio amado,
saber puedes mis males sin costarte
la noticia cuidado,
pues puedes de los campos informarte;
y pues yo a todo mi dolor ajusto,
saber mi pena sin deja tu gusto.

   Mas ¿cuándo, ¡ay gloria mía!,
mereceré gozar tu luz serena?
¿Cuándo llegará el día
que pongas dulce fin a tanta pena?
¿Cuándo veré tus ojos, dulce encanto,
y de los míos quitarán el llanto?

   ¿Cuándo tu voz sonora
herirá mis oídos, delicada,
y el alma que te adora,
de inundación de gozos anegada,
a recibirete con amante prisa
saldrá a los ojos desatada en risa?

   ¿Cuándo tu luz hermosa
revestirá de gloria mis sentidos?
¿Y cuándo yo, dichosa,
mis suspiros daré por bien perdidos,
teniendo en poco el precio de mi llanto,
que tanto ha de penar quien goza tanto?

   ¿Cuándo de tu apacible
rostro alegre veré el semblante afable,
y aquel bien indecible
a toda humana pluma inexplicable,
que mal se ceñirá a lo definido
lo que no cabe en todo lo sentido?

   Ven, pues, mi prenda amada:
que ya fallece mi cansada vida
de esta ausencia pesada;
vén, pues: que mientras tarda tu venida,
aunque me cueste su verdor enojos,
regaré mi esperanza con mis ojos.




                                                                 Sor Juana Inés de la Cruz




Sor Juana Inés de la Cruz: amor y poesía, Ancile