martes, 8 de marzo de 2016

ANDREI TARKOVSKI O LA CONCIENCIA DEL TIEMPO –PERDIDO-: APROXIMACIONES A LA PICNOLEPSIA COMO ESTÉTICA CINEMATOGRÁFICA EN EL FILM “EL ESPEJO”

Para la sección, Cine (y poesía), del blog Ancile, traemos el trabajo titulado, Andrei Tarkoski o la conciencia del tiempo perdido: aproximaciones a la picnolesia como estética cinematográfica en el film, El espejo.



Andrei Tarkovski o la conciencia del tiempo perdido, Francisco Acuyo





ANDREI TARKOVSKI O LA CONCIENCIA 
DEL TIEMPO –PERDIDO-:
APROXIMACIONES A LA PICNOLEPSIA 
COMO ESTÉTICA CINEMATOGRÁFICA
EN EL FILM “EL ESPEJO”










Zérkalo (El espejo)[1], del insigne y nunca suficientemente ponderado realizador Andrei Tarkovski, hubo de dejar una impronta y huella muy profundas en quien suscribe, por siempre deslumbrado por tan extraordinario film, estas líneas, y de cuya penetrante y abisal raigambre habrían de crecer vital y exteriormente los brotes que traerían a la memoria esos días azules y aquel sol de la infancia machadianos -ya irrecuperables-,  y rememorados poéticamente en tantos momentos y escenas de la espléndida película del cineasta de Óblast de Ivánovo. Sería en la contemplación atenta del discurrir fílmico de este particular espejo cinematográfico de Tarkoski desde donde pudimos muchos entender con un amplio grado de certeza aquel esculpir[2] el tiempo de su célebre obra –teórico biográfica- en la que reflexiona sobre el arte, la estética y la poética del cine.

                Los momentos casi imperceptibles de cámara lenta en los que se ruedan escenas de capital expresividad –dando la sensación de un tiempo alargado[3]- nos hablan de un ritmo cinematográfico que no está tanto determinado por la duración de los planos, como por la tensión que transcurre en ellos[4], y que hablan elocuentemente con las imágenes que poblaron la niñez de su autor, mas poniendo en evidencia las nociones más hermosas de aquella estética  de la desaparición,[5] en la que se pone en duda el saber sobre su propia infancia, si es que en verdad, cierta picnolepsia[6] del realizador le hace pintar en su film no solo el paisaje del momento, sino también los personajes y toda suerte de detalles vistos -y no vistos (oídos)- y recordados –inventados- mediante los que darle en verdad certeza y verosimilitud al discurrir de los acontecimientos fílmicos en los que trata de dejar sus impresiones emocionales y sentimentales el gran director de El espejo. Así lo cuenta el mismo Tarkovski: las imágenes de mi niñez, que me persiguieron durante tantos años, robándome la tranquilidad, se desvanecieron de repente[7]. Serían aquellas imágenes supuestamente desaparecidas –ausentes- las que instigarían a la composición de una historia sobre la evacuación en los años de guerra[8], para lo cual no eran suficientes las reminiscencias líricas recordadas, era preciso mezclar los episodios de la niñez con los diálogos –auténticos- con la madre, a la búsqueda de una convivencia absolutamente natural de las citas del reportaje y las escenas cinematográficas[9].

Andrei Tarkovski o la conciencia del tiempo perdido, Francisco Acuyo                La deuda con la infancia se hace culpable en tanto que su duración se escapa en una suerte de picnolepsia que precisa la conformación -reafirmación- cinematográfica para saldar aquella deuda culpable[10]. La evocación argumental de los sentimientos entremezclados con los recuerdos de su infancia se mueven a la par con el material fílmico de la guerra,[11] en una singular difracción especular, donde los protagonistas, en un doble papel, Maria, madre de Alekséi (alter ego de Tarkovski) y Natalia, por parte de la gran Margarita Térejova, así  como la de Ignat Daníltsev, que interpreta a los niños, todo lo cual viene a conformar un resultado que no puede estar más lejos de cualquier carácter -o estructura- novelístico(a) narrativo(a). Film sin concesiones para el espectador, consigue, no obstante una dignidad estética que hace del El espejo un documento cinematográfico de una intensidad y fuerza emocional excepcionales.

                El propio Tarkovski hablaba de la fragilidad estructural del guión, sostenido apenas por el cambio continuo por el papel narrador de la Térejova que, sin embargo, iba a manifestar lo básico de las ideas estético creativas del realizador, donde, además, se ofrece lo más querido e íntimo del Tarkovski; es así que nada hay de secreto o de cifrado en este espléndida obra maestra del cine de todos los tiempos, si no una muestra genuina de la imagen poética como sustento de la verdad del autor y de las personas (de su infancia) a las que  conocía perfectamente. La poesía de Arseni Tarkovski (su padre) que acompaña (en off) momentos de la película no es ni mucho menos un elemento de mero adorno estilístico. Así lo valoraba el propio Tarkovski en su confesión en Esculpir en el tiempo: En el espejo yo no quería hablar de mi mismo, sino de los sentimientos que tengo frente a las personas que me son próximas, de mis relaciones con ellas, pero también de mi fracaso y del sentimiento de culpa que por ellas siento[12]. Adelantábamos aquellas ausencias (picnoléticas) que exigían el relleno de sus lagunas con el fin de calmar la deuda culpable hacia su potencial olvido de lo amado (en la infancia), y que sólo tendrían solución en la realización duradera que hace posible la creación artística y cinematográfica.

                De especial mención en el tratamiento de aquellas ausencias (acaecidas acaso más que en la infancia, en la rememoración de la misma en la edad adulta) se manifiestan también en la extraordinaria interpretación de los actores, a los que trata de imbuir de la mayor naturalidad, aunque eso conlleve el desconocimiento por parte de alguno de ellos de secciones del guión, en este sentido recuerdo aquella maravillosa escena en la que Margarita Terekhova[13] (María y Natalia en el film), aparece sentada sobre una valla, fumando a la espera de la llegada de su marido, padre de sus hijos, y todo ello desconociendo, como decíamos, el propio guión de la película, por lo que no sabría si su marido en las siguientes escenas estaría o no con ella,[14] dando la sensación de última espera que se aprecia en tan memorable escena.

Andrei Tarkovski o la conciencia del tiempo perdido, Francisco Acuyo                También la música (Bach, Pergolesi, Purcell…)[15] y los sonidos de la naturaleza –el viento, el agua, el fuego…- y la poesía (los versos de su padre), o los inquietantes sonidos electrónicos de Artemiev, en esta película biográfica, juegan un papel esencial en tanto que están tomados de la propia vida y experiencia del autor y que, como él mismo advierte, se verterán como un elemento muy importante para la configuración lírica del film, mas, será precisamente esta configuración lírica la que trata de manifestar en esta introspección y rememoración vital de la infancia, el inmenso poder de la poesía; tal es la importancia para el autor este culmen lírico alcanzado en El espejo que habría de plantearse muy seriamente abandonar con esta película su carrera cinematográfica.[16]

                El ascetismo extremado de El espejo puede constatarse en la bellísima y subida sencillez en momentos del film, como, por ejemplo, cuando la Terekhova (María, la madre de Alekséi) se encuentra con el médico en el campo entre el soplo del viento que bate la verdura; o en aquella escena que muestra el incendio del granero con ese prodigioso movimiento de cámara mediante el que vemos la caída de la botella; o aquel otro instante inquietante en que el niño busca a su madre entre el batir furioso del viento entre las ramas del bosque, para acabar viéndola, en cuclillas,
observándole; o aquella inaudita puesta en escena en la que el padre regresa, llevando la cámara hacia el cuadro de Leonardo da Vinci, de  Ginevra de Benci, fundiéndose con la imagen de Maria (Margarita Terekhova); o la célebre imagen de la madre suspendida, levitando, sobre la cama; o en su carrera a cámara lenta por los pasillos de la imprenta… y así en muy numerosos y bellísimos momentos más que sugieren e invocan al espectador sobre un inquietante mundo psicológico que acaba por subyugarle con su dinámica y vital hermosura y poética indagación.

Volviendo a los versos de Arseni Tarkovski en el film, nos parece de gran interés advertir que aquellos se ofrecen de manera totalmente concorde –en insólito equilibrio- con las imágenes, manifestando una vez más el gran y hermoso organismo singular que es El espejo, pero también sirven para constatar que aquellas ausencias (propias de la picnoresia ya mencionada) se rellenan de manera prodigiosa con otro instrumento ¿retórico? que, acaso diríase pasar integrado y casi desapercibido, tal es la natural y sencilla dinámica visual de esta obra cinematográfica, me estoy refiriendo a la incorporación y fusión sensorial y emocional que hace mucho más que sugerir al carácter sinestésico[17] [18] de muchos de sus momentos visuales culminantes (no en vano siempre dio una gran importancia a la figura del hogar –el hogar de la infancia y del mundo de las primeras sensaciones)[19] que, se dirían verse impregnados por los sonidos, los aromas, los sabores, la tersura táctil de los objetos de la infancia del autor, contagiando sensitiva y sentimentalmente de forma irremisible al espectador atento. 
      
Los versos, en fin, de Arseni Tarkoski ([…] Morad en su casa para que no se derrumbe.// Puedo invocar un siglo cualquiera,// voy a entrar en él para construir una casa.// Es por eso que sus hijos y mujeres están conmigo // en la misma mesa, y la mesa es del bisabuelo y del nieto.[…])[20] entre estos y otros fotogramas memorables del espejo, se ofrecen de manera tal, que se diría que el tiempo se hace plásticamente perceptible entre la agitación del viento fotografiada, entre el follaje y la arboleda, como acompasados por el dictado imponente de los sonidos y las imágenes, tal es la naturaleza (y sobrio artificio) de la compleja y natural al tiempo de este mirífico monumento de la cinematografía de todos los tiempos como es Zércalo, El espejo, de Andrei Tarkovski.





Jorge. F. Acuyo Peregrina.








[1] Zérkalo (El espejo), 1975. Guión y dirección Andrei Tarkovski; Fotografía, Georgy Rerberg.
[2] Tarkovski, A.: Esculpir en el tiempo, reflexiones sobre el arte, la estética y la poética del cine, Rialp, Madrid, 2002.
[3] Ibidem, p. 133.
[4] Ibidem, p. 143.
[5] Virilio, P.: Estética de la desaparición, Anagrama, Barcelona, 1998.
[6] Dícese de un trastorno epiléptico (menor) infantil que se caracteriza por las descargas eléctricas rítmicas y que conllevan  momentos de ausencia de unos segundos y que la consciencia une de forma automática sin cortes aparentes.
[7] Tarkovski, A.: Esculpir en el tiempo, p. 154.
[8] Ibidem, p. 155.
[9] Ibídem.
[10] […] El protagonista del espejo es un débil egoísta, incapaz de dar al prójimo un amor desinteresado, carente de una meta para sí mismo. Su única justificación son las convulsiones del alma por las que debe atravesar al final de sus días, para reconocer la deuda no pagada que ha contraído con la vida. […] Tarkovski, A.: Esculpir en el tiempo, p.233.
[11] La guerra civil española, la segunda guerra mundial y los enfrentamientos por la isla de Damanski entre la URSS y China.
[12] Tarkovski, A.: Esculpir en el tiempo, p. 162.
[13] Es interesante constatar el elenco recurrente de actores en sus películas, así, Anatoli Solonitsin, que también aparecería en Solaris, o en Stalker, o Yuriy Nazarov o Nikolai Grinko.
[14] Así lo reconoce el propio realizador en Esculpir en el tiempo, p. 169.
[15] […] En el espejo intenté transmitir el sentimiento de que Bacha, Pergolesi, la carta de Pushkin, los soldados pasando el Sivasch y escenas hogareñas tan íntimas tienen en cierto sentido el mismo valor para cualquier hombre. […],Tarkovski, A.: Esculpir en el tiempo, p. 218.
[16] Tarkovski, A.: Esculpir en el tiempo, p. 201.
[17]Sinestesia: Según la RAE:  1. f. Biol. Sensación secundaria o asociada que se produce en una parte delcuerpo a consecuencia de un estímulo aplicado en otra parte de él.
2. f. Psicol. Imagen o sensación subjetiva, propia de un sentido, determinada porotra sensación que afecta a un sentido diferente
3. f. Ret. Unión de dos imágenes o sensaciones procedentes de diferentesdominios sensoriales, como en soledad sonora o en verde chillón.
[18] Para este interesante aspecto remitimos al trabajo: El espejo o el Daimon de Arseni y Andrei Tarkovski, de F. A. en Cuadernos de rusística española, nº 6,  Universidad de Granada, 2010.
[19] Tarkovski, A.: Esculpir en el tiempo, p. 201, J.M. Gorostidi, Presentación de Esculpir en el tiempo, p. 15
[20] Versos del poema: Vida, vida, que recitan en la película.



Andrei Tarkovski o la conciencia del tiempo perdido, Francisco Acuyo


lunes, 7 de marzo de 2016

SIESTA MINERAL

Para la sección, Poema semanal, del blog Ancile, traemos los versos titulados, Siesta mineral, del libro, Los principios del tigre, 1997, 2012, 2ª edición aumentada.


Enlace a la Web Ancile



Siesta mineral, Francisco Acuyo, Ancile





 SIESTA MINERAL




Siesta mineral, Francisco Acuyo, Ancile





El sueño de Kant





DESDE tu cuello el tiempo en lejanía,

paisaje transparece derramado
en labios del espacio que ofrecía
un deseo de luces constelado.

Memoria cuyo fruto nunca nombra

si germina el olvido en la mejilla,
si a la luz de la lágrima la sombra
ofrece en el silencio su semilla.

Tu espada rasga entonces, cuando sales

del agua para hacer a todo frente,
la muralla de manos minerales,

cuando en el vientre estrecha terso empeño,

el nácar belicoso y transparente
que cerca tu cansancio con mi sueño.







Francisco Acuyo, de Los principios del tigre, 1997, 2012, 2ª edición aumentada.






Siesta mineral, Francisco Acuyo, Ancile

miércoles, 2 de marzo de 2016

DEL AUTOR Y LA OBRA: DE JOHN FORD (EN LA DILIGENCIA) AL CONCEPTO DE AUTOR DE MICHEL FOUCAULT.

Para la sección dedicada al cine (Cine y poesía) del blog Ancile, traemos una serie de reflexiones sobre el autor y su obra, entorno al film, La diligencia, de John Ford.


Del autor y la obra: De John Ford (en la diligencia) al concepto de autor de Michel Foucault,Francisco Acuyo

DEL AUTOR Y LA OBRA: DE  JOHN FORD (EN LA DILIGENCIA)
AL CONCEPTO DE AUTOR DE MICHEL FOUCAULT.



ALGUNAS APROXIMACIONES FOUCALTIANAS SOBRE EL PARENTESCO DE LA ESCRITURA (DEL RELATO  Y DISCURSO CINEMATOGRÁFICO) CON LA MUERTE. MÁS ALLÁ DE LAS REGLAS DEL DISCURSO LITERARIO CINEMATOGRÁFICO.







NO resultaría en modo alguno extraño encontrar, tras la contemplación de alguna obra maestra de la cinematografía actual, esa sensación de regreso al origen a los grandes maestros de la tradición clásica que hubieron de configurar las directrices fundamentales sobre las que se habría de edificar el denominado séptimo arte, aun con la evolución (y revolución) indicutible(s) de no pocos grandes nombres de la cinematografía reciente, al menos tal y como hoy los entendemos. Así, por ejemplo, creemos que muy pocos pondrían en cuestión el magisterio y excelencia de la rica,  ineludible e influyente trayectoria cinematográfica de John Martin Feeney,[1] y su inevitable autoridad, pujanza y desde luego influencia. Sin duda la magistral y desde luego emblemática obra, La diligencia (1939), puede ser un referente excepcional de ese movimiento puro (que haría las delicias de la imagen-movimiento que Gilles Deleuze[2] describía en sus aproximaciones –semiológicas- de la imagen en el cine), y, desde luego una de las obras que habrían de encumbrar el nombre de su autor al empíreo de la historia del cine, y de uno de sus géneros dilectos y más acreditados e influyentes, al que muy pocos de los grandes creadores pudieron mantenerse impermeables: el wester.

Del autor y la obra: De John Ford (en la diligencia) al concepto de autor de Michel Foucault,Francisco Acuyo                Será precisamente la cuestión de la autoría (que a través de este celebrado título de, La diligencia, de Ford, quizá fuese con el que alcanzase la enorme popularidad y reconocimiento que habría de precederle durante el resto de su vida como director y realizador de cine), sobre la que debatiremos en los siguientes párrafos, y todo a la luz de algunas interesantísimas reflexiones  de[3] sobre el sugestivo e importante asunto del autor (y la autoría) en el ámbito de la escritura (por nosotros trasladado al dominio del discurso singular cinematográfico, y nada menos que en relación a una de las figuras máximas del cine de todos los tiempos: John Ford).

                Si la figura del director (en su función de autor) en las películas de marcado carácter  imagen-acción o gran forma[4] del cine clásico, como los distinguía Deleuze en sus descripción y taxonomía  (especialmente acorde, acaso en el monumento que suponen los films de referencia  de Ford) tiene esa preponderancia marcada y particular, de la que muy bien puede verse aún más acentuada ante la personalidad de uno de los nombres más relevantes e influyentes del cine de todos los tiempos, y no menos ante uno de los títulos más distintivos del género (wester), si es que funciona como auténtica enseña de esta categoría, como así nos lo parece  La diligencia, para muchos el mejor film del género jamás realizado. Las cuestiones debatidas por Foucault sobre ¿Qué importa quién habla?, en clara referencia al autor como motor creativo de un determinado ejercicio artístico (también referido a las aportaciones en el ámbito científico por determinados autores de la ciencia), no es  una cuestión baladí como veremos a continuación. En realidad, si el autor es al que se le puede atribuir lo que se ha escrito (rodado, realizado o dirigido en nuestro caso), y si tal atribución es evidente en su detallado estudio y análisis, es importante saber que obtendremos un resultado que ofrecerá operaciones críticas complejas –y raramente justificadas[5]. Es claro que nosotros, cuando hablamos de Ford, acaso caigamos también en la misma imprudencia que denunciaba Foucault sobre su propio trabajo al hablar genéricamente sobre determinados autores (como Buffon o Marx)[6] con el fin de encontrar reglas mediante las que establecer conceptos o conjuntos teóricos con los que identificar los textos (en este caso, lo más genuino de los films) en general de nuestro autor en cuestión y a colación de nuestro trabajo, de John Ford en particular.

                Cuando Foucault habla del autor, marca distancia con la cuestión referente a todo lo relacionado con lo histórico sociocultural del personaje (autor), para centrarse en los rasgos éticos fundamentales que marcan en este caso el discurso cinematográfico, no tanto como resultado, sino como práctica singular. Acaso en el discurrir (en el movimiento puro) del film, La diligencia, la escritura visual se despliega como un juego que va más allá de las reglas sobre las que en principio se construye, véase uno de los momentos en los que Ringo Kid (John Wayne), esperando la diligencia, hace gala del que puede considerarse uno de los gestos más característicos en personajes del cine de Ford, el arrojar (en este caso las alforjas y sus armas en el lugar habilitado para las maletas de la diligencia) un objeto,[7] gesto mediante el que expresan sus personajes carácter o emociones diversas, movimiento puro mediante el que se expresa emocionalmente Ford, de manera magistral, dando pábulo a aquella famosa afirmación suya por la se dice que será la imagen la que verdaderamente ha de hablar en el discurso cinematográfico, y en el que se muestra –paradójicamente- con ceremonia una supuesta ausencia de estilo,[8] por la que diríase que todo acontece en la trama y discurso narrativo visual de manera natural, no forzada, consustancial a la marcha de los acontecimientos sabiamente expuestos, como en esa luz no usada que hablasen los místicos ante la contemplación de lo divino nunca visto, mas referido ahora al devenir de unos hechos (ficticios o reales) expuestos como sucesos más o menos cotidianos en el devenir de la narración cinematográfica.

Del autor y la obra: De John Ford (en la diligencia) al concepto de autor de Michel Foucault,Francisco Acuyo
                Mas, hay un segundo aspecto capital del que nos habla Foucault en relación a la autoría y que puede traslucirse en el parentesco de la escritura (visual), y que puede emparentarse al film que comentamos,  esto es, la muerte. De hecho no son pocas las escenas, los planos, en los que se barrunta la muerte sobre los personajes en la narración de La diligencia, y que ofrecen un dejo de deseo de inmortalidad del autor a través de su obra; especialmente memorables son las escenas en las que tiene lugar el parto de la señora Lucy Mallory (Luise Platt) en unas condiciones de lo más inciertas, asistida en el parto por Dallas (Claire Trevor), una prostituta expulsada de la ciudad, y por un médico borracho, Josiah Boone (el espléndido Thomas Michel) y bajo la amenaza hostil y constante de los Apaches Chiracaguas…; o en los momentos del enfrentamiento -e espectacular rodaje- entre los viajeros de la diligencia y los Apaches, camino de Lordsburg, no en vano es herido de muerte el defensor de la señora Mallory, Hatfield (John Carradine),  y a la que previamente reserva una última bala antes de que pueda ser capturada por los indios. No digamos el momento de la llegada de Ringo a la nombrada ciudad de  Lordsburg, en donde el héroe decide hacer justicia por la muerte de su padre y hermano a manos de los Plummer. Siguiendo la tradición milenaria (epopéyica), y todo mediante la maniobra en la que la narración (visual) está destinada a perpetuar la inmortalidad del héroe. En este sentido volvemos al estilo invisible o ausente de Ford que, muy bien, puede emparentar la relación de la muerte con el discurso visual de las imágenes en su narración singular, donde la marca de su director (de su autor) es precisamente la de su aparente ausencia, si es que tiene que representar, como decía Foucault, el papel del muerto en su relato fílmico.

                Nos parece que en el discurrir de la obra de Ford puede constatarse como en pocos otros directores cinematográficos una noción de escritura visual extremadamente genuina, mostrando su discurso (la escritura, aquí, como imagen en movimiento) como ausencia, tal es, insistimos en esto, el movimiento natural de los personajes, las acciones de los mismos y los espacios (y tiempos) donde se sitúan. El trayecto y los aconteceres del mismo se resuelven con la misma naturalidad que si fueran vividos en una percepción (desde luego visible) y, sin embargo, sutil y fugaz que exige acaso para nuestro deleite una visión tras otra -o revisión- del texto (fílmico) narrativo que nos ocupa.

Del autor y la obra: De John Ford (en la diligencia) al concepto de autor de Michel Foucault,Francisco Acuyo
                Si Foucault se refería a los problemas que plantea la referencia de un autor a un determinado nombre propio, y que es imposible hacer del nombre propio una referencia pura y simple, no lo sería menos en el caso del muy relevante nombre autor de John Ford, y sobre todo tras la contemplación del films tales como La diligencia, si es uno de los emblemas de su trayectoria excepcional cinematográfica, y es que este nombre no sólo está señalando a John Martin Feeney (alias John Ford), también a una de las fuerzas creadoras más significativas y representativas del género e incluso a uno de los paradigmas máximos de lo que el séptimo arte significa. Por lo que el nombre del autor no es en modo alguno un nombre propio como los otros. Aquí, en esta película, y en este autor, estamos ante el nombre (de un autor-función) que actúa para caracterizar un cierto modo de ser del discurso (cinematográfico) que adquiere un extraordinario y peculiar estatuto. Por todo función-autor, en el caso que nos ocupa, suponga una característica del modo de existencia y funcionamiento del propio discurso cinematográfico, con todos sus indiscutibles aciertos y seguras limitaciones.

                Ante figuras de gigantes como Ford, podemos entender de manera proverbial que existan nombres (autores) que se establezcan como imperativos (de la literatura y desde luego) del cine. Si bien en nuestros días la función de autor implica que este funciona de manera plena, como una instancia profunda que se manifiesta como un poder creador originario de un tipo de discurso (literario  o) cinematográfico, y en el caso de Ford el autor es así mismo el principio de unidad de escritura –visual- llevada al movimiento cinematográfico, y es que el autor (función) John Ford puede calificarse como un centro singular de expresión que acaba manifestándose desde sus obras maestras hasta la revisión de sus primeras creaciones (mudas), y cualesquiera otros ejercicios de expresión fílmica en su dilatada y riquísima carrera como realizador.

                No obstante, lo más sugestivo del nombre –autor- del director de, La diligencia, radica, a nuestro juicio, en que se encuentra en una posición realmente transdiscursiva, si es que estamos en verdad ante uno de los fundadores fundamentales de la discursividad cinematográfica, y, de La diligencia, como uno de los modelos ejemplares de lo más elevado de su discurso.


Jorge F. Acuyo Peregrina
               










[1] Verdadero nombre del célebre cineasta John Ford.
[2] Deleuze, G.: La imagen-movimiento, Ediciones Paidós, Barcelona, 1984.
[3] Foucault, M.: ¿Qu’est-ce qu’un autor? In Dits et Écrits, P. Rabinow, Ed.), pp.789-812.
[4] Terminología acuñada por Gilles Deleuze –bajo el influjo del concepto de movimiento de Henri Bergson) para distinguir los tres distintos tipos de imagen movimiento cinematográfico (imagen acción, imagen percepción e imagen afección).
[5] Foucault, M.: ¿Qu’est-ce qu’un autor?, nota 3.
[6] Ibidem.
[7] Hasumi, S.: John Ford o la elocuencia del gesto, Minerva, 19.12.
[8] Recuérdese aquella entrevista a Jean Marie Straub, por Charles Tesson.





Del autor y la obra: De John Ford (en la diligencia) al concepto de autor de Michel Foucault,Francisco Acuyo

martes, 1 de marzo de 2016

ESPAÑA, ¿NOS DUELE?

Una reflexión sobre el concepto de historia y de cómo se desvirtúa en España con no poca desvergüenza, interés inconfesable e ignominiosa ignorancia , para la sección, Pensamiento del blog Ancile.

España, ¿nos duele?, Francisco Acuyo




 ESPAÑA, ¿NOS DUELE?













En lamentable ocasión (de no menos funesto recuerdo) pude constatar no solo lo injusto que pude ser el silencio, también el  malintencionado olvido aderezado con la procaz dejadez, cuando no con la cínica postergación ataviada en el obsceno abandono, la perversa preterición no del todo inconsciente (no sé si provocada casi siempre por la orgullosa ignorancia o el más profundo analfabetismo, o, si no por un odio profundo inoculado muy a sabiendas de su conveniencia política), cómo se relegaba al ostracismo o a la amnesia más arbitraria e improcedente a determinados personajes –y situaciones y coyunturas claves- de nuestra historia (reciente o no tan flamante) por una cuestión de conveniencia ¿política, o, de poder?; acaso porque en realidad se ha desvirtuado tanto el concepto mismo de política[1] (como el de democracia o el de nación), que bien podemos decir que nadamos en una suerte de  ceremonia de la confusión -no sólo conceptual, también ideológica y ética-, casi siempre tendenciosa y muy resuelta que lleva, a quien quiera verla, al más profundo (y muy sano) de los escepticismos para todo lo que tenga que ver con aquel prototipo o imaginario político. Viene al caso esta prolija, abrumadora y extenuante introducción a hechos que afectan a algunas figuras de nuestras letras, artes y pensamiento, y de entre las que traigo al caso, por parecerme muy a propósito, a D. Miguel de Unamuno: escritor, pensador (y poeta) de ineludible referencia para nuestra lengua, literatura y pensamiento, quien parece ya no tener ninguna relevancia o actualidad, y no tanto por el olvido y la ignorancia (que también) de su obra literaria y el ámbito de influencia de su reflexión filosófica, social y cultural, sino por su situación –o mejor indefinición- política afecta a aspectos netamente ideológicos, aunque nunca a principios y valores básicos –¿políticamente incorrectos?- en relación a su concepto, percepción y entendimiento de España, sin olvidar, entre otras pequeñeces, que fue quien se atrevió a decir ante las fuerzas de franco la lapidaria frase de: Venceréis pero no convenceréis[2], sin contar con las controversias europeístas con Ortega quien, por cierto, no contestaría las disputas africanistas del escritor vasco[3].

España, ¿nos duele?, Francisco AcuyoNada más inconveniente desde la óptica política en la actualidad (desquiciada) de nuestro país, que afirmar que nos duele España[4], tendríase como algo disparatado[5], impropio de una sociedad política que aspira al reconocimiento de singularidades históricas (que, por cierto, de existir, no pueden desgajarse de España sin destruir a España misma que, recuerdo, por otra parte, es el
Estado más viejo de Europa) muy propias del caduco y apolillado regeneracionismo muy siglo XIX.

                Que desde el siglo XIII, en virtud de la labor de Alfonso X el Sabio, hasta la crónicas, cronologías y testimonios recientes, quizá hasta julio de 1936[6], existía un consenso en relación al acervo común de nuestra historia es algo que pareció –y algunos nos parece- cuestión indiscutible. Indagar sobre la historia de un país requiere, inevitablemente, rastrear, pesquisar, inspeccionar en la historia no solo de los hechos acontecidos, también en la cronología de las ideas derivadas de aquellos. Es claro que tampoco podemos obviar, en el tránsito histórico y de las ideas, cómo acaba impregnando la ética, la política, al individuo y la sociedad en su conjunto, y todo ello, de manera inevitable, al pensamiento, las artes y la misma literatura. De la observación atenta de los diferentes momentos históricos y de la transición de unos a otros, pueden constatarse (y de manera muy particular en nuestra nación española), aquello que Todorov[7] distinguía sabiamente, a saber, los actos políticos (dirigidos hacia una comunidad), de los actos morales (de carácter universal), dándose el caso de que las cualidades morales podían (y acaso debían) convertirse en arma política[8]. En el caso de España podemos comprobar una suerte de inversión en este razonamiento, cuyos presupuestos, trastocados, mudan, mutan y tergiversan la razón moral en justificación de la acción política. Las acciones políticas acaban por configurarse como un arma moral que cuestiona cualquier providencia no sujeta al fundamento ideológico político que potencialmente la justifica. Así las cosas, determinados ámbitos ideológicos que amparan señaladas políticas, imponen su prevalencia moral sobre cualquiera otra que esté fuera de los dictados de su doctrina o ideario político. El resultado en nuestra historia reciente es el fracaso de cualquier negociación o proposición moral frente a la acción política que, como muy bien sabemos, no es siempre precisamente pacífica.

                Nos parece que ante hechos como los relatados, se hace imprescindible un juicio verdaderamente crítico, al pairo de un compromiso con la verdad ética mucho más que con la política, acaso porque esta es la posición genuina del inconformista que aspira a ir más allá de
España, ¿nos duele?, Francisco Acuyo
cualquier convención, incluida la política. Pues bien, esto ha llevado a que acabemos por tergiversar lo más elemental, cual es la realidad histórica de nuestro país. Un ejemplo puede ser la realidad enfrentada entre las dos Españas que, de manera política interesada se ha centrado en la confrontación del 36, cuando la realidad es bien distinta y más antigua, ya que la división se había de producir en realidad en las Cortes de Cádiz de 1810, entre Liberales y Conservadores, en dos facciones, a su vez divididas entre liberales y carlistas, católicos y acatólicos…, de todo lo cual, no obstante, y esto es totalmente cierto, pues se constata en la realidad de los hechos y en su reflejo, por ejemplo, en la misma literatura, debe inferirse que entre los intelectuales, escritores, historiadores (Galdós, Menéndez Pelayo, por ejemplo, entre otros de especial relieve en aquél tiempo fueron una más que solvente muestra) era posible aprehender y valorar aquella virtud ética en contemplación de una historia común amparada por siglos de situaciones y realidades sociales, culturales e intelectuales compartidas por los que, en última instancia, conforman esta nación, y esto frente a los actos políticos tendenciosos e interesados de determinado grupo o partido; quizá por eso se logró  mantener hasta la fecha una España sin ruptura.

                Historiadores, escritores, intelectuales… (citábamos antes a Menéndez Pidal, a los que añadiríamos Jaime Vicen Vives, Sánchez Albornoz, Américo Castro, Caro Baroja, Braudel, Bataillon, Elliot, Payne….), aun con las polémicas que pudieron enfrentarlos, escribieron y reflexionaron  para una historia común, cuya riqueza contribuye a su variedad[9]. No obstante, desde el denominado período de la transición española (1975), ha surgido una bárbara, inculta e interesada tendencia a desvirtuar la totalidad de la historia de nuestro país, alimentada sin duda por los sentimientos tribales, sectarios y sobre todo interesados de la política y la economía (de sectores de la más rancia raigambre burguesa, y que inexplicablemente amparan sectores de la denominada izquierda progresista que, se presupone,  aspiran a la igualdad de todos los españoles) y alimentados por los nacionalismos que todos conocemos, y que campan a sus anchas gracias al negligente e irresponsable analfabetismo –así como a los inconfesables intereses de poder- de los gobiernos centrales diferentes e indiferentes ante esta injusta y ficticia relación de singularidades que han permitido, sin ningún género de dudas, su esquizofrénica expansión, mostrando estas ineptas gerencias gubernamentales, con su codiciosa omisión e insensata torpeza, la claudicación sistemáticamente del Estado ante las disparatadas, injustas y desiguales peticiones para con el común de los españoles. Debemos adjuntar la no menos políticamente interesada identificación de la idea Nación Española con las ideas de anteriores dictaduras, la franquista sobre todo (olvidando que ya estuvo presente en todas las Constituciones Españolas (liberales y conservadoras, incluyendo la del propio Napoleón dictada en Bayona en 1809). La tergiversación, manipulación y sistemática violación y mentira sobre la realidad histórica de España es, sin duda, patrimonio de la izquierda y de la derecha política de este país, cada una en la responsabilidad que le corresponde, por inexplicable e ignorante acción o por cobarde y negligente omisión.

                Es a todas luces evidente que la conspiración contra la propia Historia se ha venido nutriendo de las más abundantes y variopintas compañías[10], de supuestos intelectuales de derechas y de izquierdas que, por cierto, no han hecho sino acrecentar la ignorancia y la ignominia sobre la [11] y donde se pone en fantástico vigor el movimiento de la economía y lucha de clases en un mercado apenas incipiente, ignorando la realidad de la guerra en las diferentes confrontaciones (desgraciadamente enquistada en la naturaleza humana, no sólo española) y que se haría manifiesta en las dos campañas militares de las que habría de nacer España: la romanización y la reconquista y, como diría de la Cierva, en la enorme empresa militar que fue la conquista de América. Aquella vehementia cordis  de la que nos advertía Plinio y por la que necesitaron los romanos dos siglos para doblegar a los pueblos prehispánicos, tiene mucho que decir de la idiosincrasia del español hoy día, hijos de su herencia hispánica, aun después de asimilar la romanización, pues no dejaba y deja de traslucir su carácter profunda y furibundamente individualista. En virtud de todo esto, y lo que habría de venir después, es por lo que se hace capital el conocimiento de nuestra historia, porque interrogar sobre ella no será sino hacerlo sobre nosotros mismos.
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realidad histórica de nuestro país. Los infundios, chismes y fábulas sobre la historia de los Tucídides marxistas (siendo la lucha de clases el motor de aquella), no han contribuido precisamente a aclarar el enigma histórico de España,

Los dos mil años de nuestro devenir histórico hablan de una singularidad incomparable, que es figura y actor de excepción en el acontecer mundial y que en modo alguno nada tiene que ver con las fabulaciones y dislates recientes (nacionalistas o marxistas) que tratan de falsear la realidad incontestable de la nación más vieja de Europa. Aquella devotio finisecular de los primeros pobladores de Hispania que alcanzó universal memoria, por ejemplo, en el sitio de Sagunto, Numancia, Lepanto…, diríase verse diluida en el oscurantismo iletrado, zote y tendencioso de intereses políticos (y económicos) más o menos inconfesables que, por cierto, nunca podrán borrar los acontecimientos, personajes e ideales que han conformado la epopeya incomparable que compone la historia singular de España. Acaso por todo esto, no debe resultar extraño que, a algunos, sí que nos duele España, desbordada por la corrupción política, la falsificación de su historia y la aniquilación de todo aquello que ha hecho de esta nación, con sus luces y sombras, un referente ineludible, sin el cual la historia–no sólo de Europa-, no sería la que es hoy y que, con justo, avisado y prudente orgullo, universalmente, todavía algunos reconocemos.


Francisco Acuyo





[1] Recuérdese la etimología (politicus, πολιτικός, en referencia a todo aquello relativo al ordenamiento de la polis y de los asuntos relacionados con el ciudadano y cuya derivación de la moral se inclina hacia el bien común y que ha acabado derivando hacia la obtención y ejercicio del poder (Carl Schmitt, Maurice Duverger e incluso Max Weber). El ζῷον πoλιτικόν (animal político) aristotélico impulsado por el civismo imprescindible en una sociedad parece haber pasado a mejor vida, sobre todo cuando la voz, el lenguaje, imprescindible para ejercer la actividad social y política, se tergiversa, corrompe y manipula, o cuando se silencia la voz del contrario por ser antagónica o diferente a la tuya, quedando anulada la verdad apodíctica del zoon politikón humano, al menos la del incómodo rival político.
[2] Que por cierto le costó su destitución inmediata el confinamiento en su domicilio hasta su muerte.
[3] Y con el que no puedo estar también en mayor desacuerdo (recuerden aquello de, que inventen ellos), aunque su visión anticientífica no le quita razón en cuestiones como las que nos ocupan.
[4] Famosa y proverbial frase de D. Miguel para referirse a la España que entendía como algo muy serio y recomendable al pairo de la opima trayectoria histórica del país: ¡soy español, español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante todo".
[5] Recuerden el célebre poema de Antonio Machado:
Este donquijotesco
Don Miguel de Unamuno, fuerte vasco
lleva el arnés grotesco
y el irrisorio casco
del buen manchego. Don Miguel camina,
jinete de quimérica montura,
metiendo espuela de oro a su locura,
sin miedo de la lengua que malsina.
A un pueblo de arrieros,
lechuzos y tahures y logreros
dicta lecciones de Caballería.
Y el alma desalmada de su raza,
que bajo el golpe de su férrea maza
aún duerme, puede que despierte un día.
Quiere enseñar el ceño de la duda,
antes de que cabalgue, al caballero;
cual nuevo Hamlet, a mirar desnuda
cerca del corazón la hoja de acero.
Tiene el aliento de una estirpe fuerte
que soñó más allá de sus hogares,
y que el oro buscó tras de los mares.
El señala la gloria tras la muerte.
Quiere ser fundador y dice: Creo;
Dios y adelante el ánima española...
Y es tan bueno y mejor que fue Loyola:
sabe a Jesús y escupe al fariseo."

[6] De la Cierva, R.: Historia total de España, Madrid, 2006, p. 11.
[7] Véase la entrevista a Tzevan Todorov, por Jacinta Cremades, en el suplemento, El cultural, de El mundo, 5, 2, 2016, Tzvetan Todorov “Las cualidades morales pueden convertirse en un arma política.
[8] Ibidem.
[9] De la Cierva, R.: Historia total de España, p. 13.
[10] Ibidem, véase la relación de algunos de ellos (de derecha e izquierda, por ejemplo Tuñón de Lara, o el no menos lamentable de Luis María Ansón) que hace el mencionado Ricardo de la Cierva, por cierto con gran juicio crítico y muy acertado pulso y puntería intelectual ; pgs.16 a 19.
[11] Así lo denominaba el gran Claudio Sánchez Albornoz en: España, un enigma histórico, Sudamérica, Buenos Aires, 1956.



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