miércoles, 14 de marzo de 2018

CIENTIFISMO FRENTE A FEMINISMO: PRESCRIPCIÓN DE LA INFERIORIDAD INTELECTUAL FEMENINA


Bajo el título: Cientifismo frene a feminismo: prescripción de la inferioridad intelectual femenina, publicamos un nuevo post del profesor Tomás Moreno, para la sección, Microensayos, del blog Ancile, incidiendo nuevamente sobre la misoginia y sus fundamentos en el pensamiento hasta nuestros días.


Cientifismo frene a feminismo: prescripción de la inferioridad intelectual femenina, Tomás Moreno


CIENTIFISMO FRENTE A FEMINISMO

PRESCRIPCIÓN DE LA INFERIORIDAD 

INTELECTUAL FEMENINA



Cientifismo frene a feminismo: prescripción de la inferioridad intelectual femenina, Tomás Moreno



Tras la frustración profunda que la Ilustración, y el subsiguiente proceso revolucionario francés de 1789, produjeron en las mujeres republicanas más comprometidas con la causa de la emancipación y de la reivindicación de su igualdad y su mayoría de edad intelectual, la ideología de la domesticidad jacobina de raíz rousseauniana se impuso en toda Europa, borrándolas del mundo de la política.        Como ha puesto de manifiesto la politóloga e historiadora María José Villaverde, la Revolución Francesa, tras despertar grandes esperanzas, acabó con las ilusiones de alcanzar la igualdad social y política de las mujeres y relegó una vez más a las francesas a las tareas del hogar. Por otra parte, los avances ideológicos que se habían logrado en el Siglo de las Luces gracias a autores como Condorcet, Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft, entre otros, se frenaron en seco. Es significativo, concluye la citada historiadora, que los derechos del hombre y del ciudadano, que se plasmaron en la famosa “Declaración de 1789”, no incluyeran a las mujeres[1]. Seguidamente señala cómo en las ciencias
Cientifismo frene a feminismo: prescripción de la inferioridad intelectual femenina, Tomás Moreno
emergentes de la época, los nuevos científicos se ensañarán, igualmente, con la mujer. Los avances de la anatomía y la fisiología sirvieron, lamentablemente, para fundar “(seudo)científicamente” la desigualdad y jerarquía entre los sexos.
            Las renovadas teorías antifeministas del XIX ya no recurrirán como antaño a Aristóteles o a la Biblia, sino que fundamentarán sus tesis sobre los descubrimientos de las nuevas ciencias, desde la biología o la psicología a la frenología o la craneología, nos recuerda María José Villaverde[2]. Entre los craneólogos más representativos del momento hay que  citar a Georges Cabanis (1757-1808), médico francés, fisiólogo y precursor del positivismo, quien afirmaba, por ejemplo, poder demostrar empíricamente, con un fundamento fisiológico, la diferencia entre los caracteres femenino y masculino  así como la inferioridad intelectual de la mujer. En su obra Las relaciones de lo físico y lo moral, constata que “en la mujer, la pulpa cerebral participa de la blandura de las otras partes”, y esa “blanda delicadeza”, en opinión de Virey, uno de sus colegas, la hacía incapaz de razonar y de poner atención. Otro frenólogo conspicuo, Franz Joseph Gall (1758-1828), médico alemán, fundador de la Frenología se erigió, por su parte, en adalid del antifeminismo con sus Investigaciones sobre el sistema nervioso en general y sobre el del cerebro en particular, de 1808. Tras analizar la diferente morfología de los cráneos femeninos y masculinos y comprobar las deficiencias y desigualdades entre los individuos y entre los sexos, concluyó que las mujeres, de frente más pequeña y estrecha que los hombres, presentaban por ello sensibles diferencias en sus facultades mentales y morales y que tenían un sistema nervioso más irritable.
            Theodor Ludwig Bischoff (1807-1882), anatomista, biólogo y fisiólogo importante, aportó nuevos datos al respecto en su tratado sobre La inferioridad de las mujeres. Una vez pesados 559 cerebros de hombres y 347 de mujeres, también comprobó algo que ya compartían la mayoría de los médicos victorianos de la época, que el cerebro masculino era más pesado, los lóbulos frontales femeninos eran más ligeros y menos desarrollados que los masculinos y  las funciones fisiológicas de la mujer exigían, al menos, un veinte por ciento de su actividad cerebral, lo que iría en detrimento de su rendimiento intelectual.
            Por su parte Paul Broca (1824-1880), eminente antropólogo francés, insistió en investigar las características cerebrales de mujeres para demostrar su inferioridad. Sus ideas tuvieron una gran aceptación entre anatomistas y neurólogos (los llamados “medidores de cabezas” porque deducían la capacidad intelectual del individuo midiendo el tamaño de su cráneo) de finales del XIX y principios del XX. Según Stephen Jay Gould de todas las comparaciones entre grupos humanos que realizó Broca, la referida a las características cerebrales de mujeres y hombres fue la mejor documentada, probablemente por tratarse de un tipo más accesible de datos. El argumento de Broca acerca de la
Cientifismo frene a feminismo: prescripción de la inferioridad intelectual femenina, Tomás Moreno
condición biológica de las mujeres modernas se basaba en dos conjuntos de datos: los que probaban que en las sociedades modernas el cerebro de los hombres es más grande que el de las mujeres, y los que permitían suponer que la diferencia de tamaño entre el cerebro masculino y el femenino se había ido ampliando a través del tiempo.
            Su estudio más extenso sobre el tema estaba basado en una serie de autopsias que realizó en cuatro hospitales parisinos. Para 292 cerebros masculinos calculó un promedio de 1.325 gramos, y para 140 cerebros femeninos un promedio de 1.144, o sea una diferencia de 181 gramos. o bien un 14% del peso del cerebro masculino. Desde luego, Broca sabía que parte considerable de esa diferencia debía atribuirse al mayor tamaño de los hombres, sin embargo concluyó afirmando dogmáticamente la inferioridad intelectual femenina porque “consta que las mujeres son menos inteligentes que los hombres”, argumento circular que califica su capacidad argumentativa y su seriedad científica, al menos en lo que se refiere a esta temática:

Podríamos preguntarnos si la pequeñez del cerebro femenino no depende exclusivamente del menor tamaño de su cuerpo. Es la explicación propuesta por Tiedemann. Primero no debemos olvidar que, en promedio, las mujeres son un poco menos inteligentes que los hombres, diferencia que no debemos exagerar, pero que, sin embargo, es real. Por tanto, podemos suponer que la pequeñez relativa del cerebro femenino depende en parte de su inferioridad física y en parte de su inferioridad intelectual” (“Sur le volumen et la forme du cerveau suivant les individus et suivant les races. (Bulletin Societé d’Antrhopologie, París, 2 vol., 1861 p. 153)[3].

            Sus discípulos y epígonos continuaron su tarea. En 1881, G. Hervé  colega de Broca, escribió: “Los hombres de las razas negras tienen un cerebro apenas más pesado que el de las mujeres blancas”. H. Spencer, Konrad Ettel y Theodore Jordan incidieron también, en diversas obras y tratados, en el tema de las capacidades mentales de las mujeres. Tanto en Los principios de la biología (de 1864-65) como en Los principios de la Ética (de 1892-93) H. Spencer exponía su peregrina tesis –que sin embargo alcanzó notable repercusión en la época- de que la actividad intelectual de la mujer era incompatible con la procreación. En La mujer y la sociedad, un folleto de 1990, Kornrad Ettel (1847-1924) corroboró dicha tesis, afirmando que el destino biológico de las mujeres –la preservación de la célula básica del Estado, la familia- le incapacitaba para participar en la vida política Y el francés Theodore Joren en La mentira del feminismo (1905) trató de vincular el feminismo con el anticlericalismo y definía a la mujer por su instinto y proximidad a la naturaleza animal siendo su sublime y casi única misión en este mundo, la reproducción. Antifeminista fanático sostenía que las emancipadas no paren buenos hijos y que son malas madres.
            Pero fue efectivamente con panfletos escandalosos como el del doctor P. Julius Moebius, (1853-1907), médico de Leipzig, donde se llegaría al paroxismo más radical. En su folleto-libro (más bien inmundo y repugnante folleto acientífico) titulado Sobre la imbecilidad fisiológica mental de las mujeres, Leipzig 1900 -auténtico best-seller de la época, reeditado sin cesar en las primeras décadas
Cientifismo frene a feminismo: prescripción de la inferioridad intelectual femenina, Tomás Moreno
del XX- recogió toda una serie de seudoargumentos, prejuicios e “ideas” que fueron utilizadas para “corroborar” la inferioridad intelectual de la mujer[4]. Sus “argumentos científicos” eran de este cariz: la deficiencia mental de la mujer no sólo existe sino que además es muy necesaria; no solamente es un hecho fisiológico, es también una exigencia psicológica. Si queremos una mujer que pueda cumplir bien sus deberes maternales, es necesario que no posea un cerebro masculino. Si se pudiera hacer de modo que las facultades alcanzaran un desarrollo igual al de las facultades de los hombres, veríamos atrofiarse los órganos maternos y hallaríamos ante nosotros un repugnante e inútil andrógino[5].
            Los argumentos seudocientíficos en favor de la inferioridad femenina han cambiado a lo largo de los siglos; pero el método consistente en utilizar la biología para ese legitimar este tipo de demostraciones siguió empleándose hasta nuestros días. Otros científicos, médicos, biólogos y antropólogos bio-deterministas de la segunda mitad del XIX corroboraron las mismas tesis sobre la inferioridad biológica de la mujer. E. Huschke (1797-1858) anatomista y antropólogo alemán,  llegó a escribir en 1854 que la médula espinal del cerebro de los negros era similar a la que observamos en los niños y en las mujeres, y se aproximaba, además, al tipo de cerebro que encontramos en los monos superiores[6].  Incluso llegó a plantearse de nuevo la cuestión de la existencia o no del alma en la mujer: el editor favorito de los socialistas de la época, Gustave Sandré,   publicó dos libros sobre este tema con los que zanjaba la polémica: en el fondo, las mujeres no desean tener un alma, conclusión que desgraciadamente parecían confirmar algunas mujeres de su tiempo, como Gina Lombroso (1872-1944), la hija del doctor Cesare Lombroso, antes citado, que había publicado un libro, El alma de la mujer[7], específicamente para probar que su ánima no es la misma que la del hombre. (Cont.).

TOMÁS MORENO


[1] María José Villaverde, “Mujeres que matan, mujeres que votan: Misoginia en Europea Occidental”, Claves de la Razón Práctica, nº 166, octubre, 2006.  
[2]. Ibid. A lo largo de su ensayo se refiere a la mayor parte de los científicos a los que seguidamente aludimos.
[3] Citado en Stephen Jay Gould, La falsa medida del hombre, Ediciones Orbis, Barcelona, 1986, p. 96.
[4] Paul Julius Moebius (1853-1907) natural de Leipzig, médico en 1877, psiquiatra alemán, neurólogo en el Policlínico Universitario de Leipzg y en la Policlínica Neurológica del Albert-Verein de Leipzig, centró sus investigaciones en las enfermedades nerviosas funcionales, en la frenología y en la diferencia entre los sexos etc. Su obra Über den Pphysiologischen Schwachsinn des Weibes fue traducida al castellano con el título de La inferioridad mental fisiológica de la mujer. La deficiencia mental fisiológica de la mujer, con prólogo de Carmen de Burgos Seguí, en Valencia, F. Sempere y Cía Editores, 1904. La traducción más reciente –la que seguimos- es de Adan Kovacsics Meszaros, con prólogo de Franco Ongaro Basaglia, Bruguera, Barcelona, 1982. Influyó en el primer tercio del siglo XX en una activista corriente antifeminista española representada por dos médicos misóginos Edmundo González Blanco, autor de “El feminismo en las sociedades modernas, 1903, y Roberto Novoa Santos, con su libro La indigencia espiritual del sexo femenino (Las pruebas anatómicas, fisiológicas y psicológicas de la pobreza mental de la mujer. Su explicación biológica), Valencia, 1908), entre otros. Cf. Nerea Aresti. pp. 49-61.
[5] Paul Julius Moebius, op. cit, p. 58.  Vid. Francis Schiller, A Möbius Strip : Fin-de siècle Neuropsychiatry and Paul Möbius, University of California Press, Berkeley, 1982.
[6] Citado en Stephen Jay  Gould, La falsa medida del hombre, Barcelona, Orbis, 1986, p. 95
[7] Gina Lombroso, El Alma de la Mujer, Editorial “Cultura”, Santiago de Chile, 1937.




Cientifismo frene a feminismo: prescripción de la inferioridad intelectual femenina, Tomás Moreno

lunes, 12 de marzo de 2018

DE LA BELLEZA Y EL DOLOR A TRAVÉS DEL EJERCICIO RETÓRICO POÉTICO


De la belleza y el dolor a través del ejercicio retórico poético, es el título de la nueva entrada para la sección, Pensamiento, del blog Ancile.

De la belleza y el dolor a través del ejercicio retórico poético, Francisco Acuyo



DE LA BELLEZA Y EL DOLOR 

A TRAVÉS DEL EJERCICIO RETÓRICO POÉTICO





La poesía es el vehículo inusitado que nos transporta hacia el reconocimiento del sufrimiento propio al sufrimiento ajeno, con la potencia excepcional que ejerce la expresión que aspira a la belleza. La existencia es reconocida en sus padecimientos en momentos actuales de nuestro tránsito existencial, que de otra forma acaso solo podrían haberse producido en los instantes de nuestra muerte.[1]

            Sirva de admonición sobre lo que es poesía verdadera: el hecho manifiesto en su expresión más íntima del alejamiento de cualquier exhibicionismo de experiencia (positiva o negativa), ejercicio más propio de expresiones literarias vacuas, frívolas y poco recomendables que inundan tantos escritos generosamente y siempre de un sinsentido manufacturable, producido. Desde luego, a la medida de sus jactanciosas pretensiones. El sentido terapéutico de la poesía excede la mera autoexposición del sufrimiento, que pueda o no ayudar solidariamente a quien participa de la angustia de una vida huera y sin sentido, en verdad ofrece vías de superación creativas para la integración personal en un mundo que tantas veces se nos presenta (y se nos vende por motivos a veces inconfesables) como un reducto de nihilismo insuperable.  

            No sólo desde la óptica retórica, también desde la lingüística (íntimamente relacionada con la figura o el tropo en muchas ocasiones), las acepciones de determinados trastornos como el archincomprendido de la angustia (más idónea, a mi juicio, que el de ansiedad), -angustus, estrecho, angosto-, se emparenta en ocasiones a situaciones de estrés
De la belleza y el dolor a través del ejercicio retórico poético, Francisco Acuyo
(del inglés stress y este del latín, strictus, participio de stringere, atar, ceñir con fuerza –de astringir-), y adquiere una especial y profunda significación en los existencialismos filosóficos (ningún gran inquisidor tienen preparadas torturas tan terribles como la angustia),[2] pero en poesía aquella se advierte singularmente, y es que el dualismo racionalismo antropológico que distingue la mente y el cuerpo, en poesía parece diluida. La res extensa y la res cogitans cartesiana, no es que esté periclitada, en realidad no tiene distinción en los casos más extremados de expresión poética. Por eso las figuras metafóricas y sobre todo las sinestésicas tienen una importancia capital para las analogías referidas a las potenciales relaciones entre lo corpóreo y las designaciones abstractas de la más diversa índole[3].

            Las relaciones entre el sujeto y el objeto son de ámbito tradicionalmente También las ciencias de la psiquiatría y de la psicología, fruto de ello será la actual neurociencia) rigurosamente diferenciados. Cuestión que habrá de afectar a la metodología concepción, descripción y taxonomía de los problemas como la angustia, la ansiedad, el miedo, la depresión… Así, desde una óptica filosófico antropológica la ansiedad es cosa que deviene como un mero problema mental de índole lógica o racional, en tanto que  la ansiedad deviene de un pensamiento o cognición defectuoso. Epicteto (y Platón) ya lo advertía(n) cuando relataba(n) que no era el temor a la cosa en sí (objeto) lo que perturba, sino la aprehensión subjetiva (mental) que se tiene de aquél. Por el contrario,  para Hipócrates (y Aristóteles) la causa de la perturbación ansiosa o de angustia era estrictamente biológica. Como vemos la controversia de la dualidad mente-cuerpo no es nueva en modo alguna, pudiendo añadirse a su incremento actual a las presiones psicosociales y culturales de la modernidad. Esta relación filosófica y científicamente incuestionable, en poesía nunca es pacífica. De hecho, desde el universo de la poesía se pone en cuestión, ya lo advertíamos anteriormente una distinción taxativa de ambas realidades.

En cualquier caso, conviene recordar que el sufrimiento en la vida de cada cual es una realidad ineludible (que no se está dispuesto a reconocer en las sociedades del bienestar, así lo demuestra la creciente industria farmacológica para el tratamiento de los supuestos trastornos de ansiedad y angustia), que en no pocos casos no hacen sino formar parte del devenir natural de nuestra existencia, así como los más diversos tratamientos o terapias psicológicas que, diríase quieren erradicar dicho sufrimiento existencial y, he aquí que, alcanzar el mundo mágico de la nunca suficientemente ponderada resiliencia, siempre aludida y conexa a esta o aquella terapia, puede no ser más que un intento, por cierto, no menos artificial que el psicofarmacológico, para evitar lo inevitable, cual es el experimento vital de la angustia (o la ansiedad) en el tránsito existencial, obviando que en virtud (o gracias al mismo) es innegable el poder de regeneración y crecimiento interior de la persona que no precisa, por otra parte, de ninguna acepción forzada tantas veces por los artificios y los simulacros más o menos interesados de lo más miserable de la ciencia, (económicos, políticos e ideológicos) que, por desgracia, muchas veces la informan y conforman tan nefandamente. De todo esto da buena cuenta la percepción poética de nuestros sufrimientos.


[1] Así lo refería Ernst Bloch cuando reflexionaba sobre el sufrimiento existencial: Los hombres reciben el regalo de preocupaciones que, de otra forma, sólo tendría en la hora de la muerte.
[2]  Kierkegaard, S.: El concepto de la angustia, Espasa Calpe, Austral, Madrid, 1967.
[3] Acuyo, F.: Ob. cit.




De la belleza y el dolor a través del ejercicio retórico poético, Francisco Acuyo

sábado, 10 de marzo de 2018

ÉPOCA DE LAS LUCES: LA OSCURA Y DISMINUIDA INTELIGENCIA DE LA MUJER


Para la sección, Microensayos, del blog Ancile, y de la mano del filósofo y profesor Tomás Moreno, y abundando sobre el tema de la misoginia, traemos el post titulado, Época de las luces: La oscura y disminuida inteligencia de la mujer.


Época de las luces: La oscura y disminuida inteligencia de la mujer.La oscura y disminuida inteligencia de la mujer. Tomás Moreno



ÉPOCA DE LAS LUCES: 

LA OSCURA Y DISMINUIDA INTELIGENCIA DE LA MUJER



Época de las luces: La oscura y disminuida inteligencia de la mujer.La oscura y disminuida inteligencia de la mujer. Tomás Moreno

 En la Ilustración, a lo largo del siglo XVIII, se afirmará que, evidentemente, la razón es una, universal y presente en todos los seres humanos pero, y ahora llega la ambigua sutileza, el ejercicio de la razón es diferente según los sexos. Se recayó en el viejo -y aparentemente superado debate- de la racionalidad similar o equivalente y compartida de hombres y mujeres. La inferioridad de la mujer, que hunde sus raíces en la diferencia fisiológica o sexual, se extenderá “con toda naturalidad” a su ser entero, y en particular a sus facultades intelectuales y morales. Uno de sus grandes pensadores, Rousseau (1712-1778) por ejemplo, sostenía que las mujeres poseían la ciencia de los medios pero no la de los fines. El filósofo ginebrino, al igual que el discurso dominante de los filósofos ilustrados, negará a la mujer en sentido estricto la posibilidad de abstraer y de generalizar, lo cual equivale a afirmar que la génesis completa del conocimiento especulativo sólo tiene sentido para los varones:

La búsqueda de verdades abstractas y especulativas, de principios y axiomas en las ciencias, todo lo que tiende a generalizar las ideas no es de incumbencia de las mujeres; sus estudios todos deben remitirse a la práctica; a ellas corresponde hacer aplicación de los principios hallados por el hombre, y, a ellas hacer las observaciones que conducen al hombre al establecimiento de los principios (EOE, V, 579).
           
            Para Rousseau, en consecuencia, la razón de las mujeres no es por completo una razón teórica; el espíritu femenino no tiene actividad conceptual superior sólida y completa. La prueba está en Sofía:

Sofía lo concibe todo y no retiene gran cosa. Sus mayores progresos son en moral y en las cosas del gusto; en cuanto a la física sólo retiene alguna idea de las leyes generales y del sistema del mundo; a veces, durante sus paseos, al contemplar las maravillas de la naturaleza, sus corazones inocentes y puros se atreven a elevarse hasta su Autor. No temen su presencia, se expansionan juntos ante Él (EOE, V, 638).
           
Época de las luces: La oscura y disminuida inteligencia de la mujer.La oscura y disminuida inteligencia de la mujer.            Pese a todo, el pensador ginebrino no podrá negar que la mujer posea un espíritu, esto es, una cierta potencia racional (más simple e imperfecta que la del hombre, como ya hemos visto), y que necesite educar su entendimiento, aunque sólo deba cultivarlo en la medida en que tenga necesidad de él para cumplir con sus deberes naturales (obedecer al marido, serle fiel, cuidar de los hijos). El que la mujer carezca de razón teórica y sólo tenga una razón inferior conlleva que sólo puede aspirar, efectivamente, a apoyarse en los hechos concretos: “La razón de las mujeres es una razón práctica que les hace encontrar con mucha habilidad los medios para llegar a un fin conocido, pero que no les hace encontrar ese fin” (EOE, V, 565). Aunque el desarrollo de la inteligencia sea más precoz en ellas que en los varones, y aunque  puedan acceder a la literatura y a determinados conocimientos de las ciencias, tienen las facultades intelectuales como atrofiadas, una imaginación desordenada y una excesiva sensibilidad, que las hace incapaces para cualquier tipo de invención. Están, por supuesto, excluidas de la genialidad.
            Kant tampoco concederá a las mujeres un ingenio o inteligencia comparable a la de los varones. Seguirá las principales tesis y opiniones de su admirado Rousseau sobre la inteligencia femenina. Opone, también, como su maestro, la razón especulativa (reservada a los hombres) a la razón práctica de las mujeres. A los hombres les están reservadas las ideas abstractas; a las mujeres, las cuestiones concretas, a pie de tierra. La razón de ello tal vez fuera que la inteligencia femenina era para Kant –como afirmaba en sus Observaciones acerca de lo bello y lo sublime” (1764)- una “inteligencia bella” en contraste con la “inteligencia profunda” o “sublime”, propia y característica de la del varón: “El bello sexo tiene sin duda tanta inteligencia como el masculino, sólo que es una inteligencia bella; la nuestra debe ser una inteligencia profunda como expresión para significar lo mismo que lo sublime” (OBS, 229)[1]. La diferencia entre ambas es suficientemente clara y explícita al respecto: “La inteligencia bella elige por objetos suyos los más análogos a los sentimientos delicados y abandona las especulaciones abstractas o los conocimientos útiles, pero áridos, a la inteligencia aplicada, fundamental y profunda”[2]. (Cont.).

TOMÁS MORENO




[1] Immanuel Kant, Observaciones acerca del sentimiento de lo bello y lo sublime, introducción, traducción y notas de Luis Jiménez Moreno, Alianza Editorial, Madrid 2008. En adelante citamos con la sigla OBS (las numeraciones al margen corresponden a la paginación generalizada en la edición de la Academia de Berlin).Para un profundo y exhaustivo análisis de la concepción kantiana de la mujer véase M. Fontán, “La mujer de Kant. Sobre la imagen de la mujer en la antropología kantiana” en Cinta Canterla, La mujer en los siglos XVIII y XIX, Servicio de Publicaciones Universidad de Cádiz, 1993, pp. 51-74
[2] Ibid.


Época de las luces: La oscura y disminuida inteligencia de la mujer.La oscura y disminuida inteligencia de la mujer. Tomás Moreno


viernes, 9 de marzo de 2018

DE LO INEFABLE Y LA POESÍA


Abundando sobre el lenguaje poético (y la retórica), traemos una nueva entrada para la sección, Pensamiento, del blog Ancile; esta vez bajo el título: De lo inefable y la poesía.

De lo inefable y la poesía. Francisco Acuyo





DE LO INEFABLE Y LA POESÍA






Los elementos retóricos (y demás constituyentes del discurso poético) son los que revisten formalmente el ritual y la simbología trascendente del lenguaje poético. La poesía pone en cuestión incluso aquel mejor no hablar, mejor callar de Wittgenstein[1], y en el que en un salto audaz de entendimiento nos dice que de lo que no puede hablar, se debe poetizar.

De lo inefable y la poesía. Francisco Acuyo            Una de las lecciones más importantes que he aprendido de la lectura y la creación poética, y de todo su despliegue retórico estructural puesto al servicio de la verdad de mi subjetividad en relación con el mundo, es que gracias a ella he podido constatar un sentido, no gracias a la pesadumbre de las neurosis y de las crisis existenciales, sino a pesar de ellas. Si el ejercicio literario y su interpretación puede ayudar a desenmascarar lo oculto inhibido en lo inconsciente humano, debemos reconocer que puede también puede ser determinista y fatal(ista) en su reduccionismo lógico conceptual, dejando expuestos los estereotipos de sufrimiento y totalmente ajenos para el placer, el aliento fortalecimiento propios. La poesía se sitúa un paso más allá de lo literario en tanto que su sentido lógico conceptual aspira a ser suprasentido, superando la razón y el concepto, el mensaje poético es un mensaje que supera el racional contenido de su estructura normativa lingüística, expone su desviación de la norma para destruir el lenguaje y con él la máscara de nuestros propios egos condicionados o interesados, mostrados más allá de la mera autoexposición egotista, y es que con la ruptura del lenguaje se pone en cuestión el ego mismo, por eso la poesía nos enseña a salir de nosotros para descubrir el sentido de nuestras tribulaciones y a intuir el suprasentido que anuncia mucho más en el mundo que nosotros mismos. Si hay un lenguaje trasgresor (un no lenguaje), que va muchos lejos de la propia proclamación exhibicionista, es el que conforma la verdadera poesía. El discurso poético deja de ser discurso para ser el ojo que trasciende la imagen que, sin poder verse a sí mismo, pone ante nuestros sentidos e inteligencia la realidad de nosotros en plena integración con el mundo.

            Este olvido de sí, que impone la poesía, proviene de la catarsis del reconocimiento de lo inhibido oculto y puesto de manifiesto en la necesidad apremiante de este olvido que le conecta con otras almas y las causas que trascienden la pulsión egoísta, y es que en verdad es portadora, la poesía, no solo de la sensibilidad hacia el otro yo mismo, sobre todo es conductora del suprasentido que supone siempre la posibilidad de la potencia más extraordinaria que pueda ofrecerse y obsequia la poesía: la creatividad. Creatividad que, al fin y a la postre nos ha de situar al margen de cualquier totalitarismo (y conformismo) producido(s) por el haber perdido la noción (¿antigua, deasfasada?) del deber ser, y sobre todo para indicarnos lo que se quiere ser.



Francisco Acuyo


[1]  Wittgenstein, L.: Tractatus logicus philosophicus, investigaciones filosóficas, Gredos, Madrid, 2001, y Sobre la certeza, Gedisa, Barcelona, 2002.


De lo inefable y la poesía. Francisco Acuyo





miércoles, 7 de marzo de 2018

RETÓRICA: ANÁLISIS Y SÍNTESIS DEL ARTEFACTO LINGÜÍSTICO POÉTICO


Bajo el título: Retórica: análisis y síntesis del artefacto lingüístico poético, incluimos una nueva entrada para la sección, Pensamiento, del blog Ancile. 




Retórica: análisis y síntesis del artefacto lingüístico poético, Francisco Acuyo



RETÓRICA: ANÁLISIS Y SÍNTESIS 

DEL ARTEFACTO LINGÜÍSTICO POÉTICO






Más allá de los arquetipos junguianos[1], la retórica poética nos enseña que hay vida más allá del análisis, es más, la vida propia está en la síntesis de la que participa todo el artefacto retórico poético, en tanto que es una manifestación de vida orgánica y viva extraordinariamente singular en sí misma. En ella se ponen de manifiesto la capacidad creativa como vía de curación y entendimiento e integración con el mundo, así como de receptación del sufrimiento a través del gozo de la belleza[2]. Estas conexiones de sufrimiento, creación y belleza son en verdad trascendentes, en el sentido profundo que estas requieren. Si en matemáticas, la divina proporción, sujeta al número áureo o de razón extrema o media es un número irracional algebraico que pone en evidencia la proporción a la que se ven sujetos los objetos geométricos, y cuya proporción contiene un valor estético en el que se constata que la parte menor se debe a la mayor como esta al todo, las razones y proporciones poéticas deducibles de sus estructuras retóricas (métricas, fonológicas, gramaticales especiales…) se deben a un principio también común que empieza en la comunicación, sigue en la expresión expresiva artística y concluye en la puesta en cuestión de todo lenguaje para un entendimiento que vaya más
Retórica: análisis y síntesis del artefacto lingüístico poético, Francisco Acuyo
allá de los propios límites de las palabras sobre las que se construye, así intuir el mundo que nos trasciende y que, percibido por las nociones de belleza (y del mismo sufrimiento que conlleva su percepción y sometimiento), intuimos como una realidad acaso no percatable mediante la razón, la lógica y el sentido común que, de consuno y de manera convencional, fundamenta nuestra capacidad de comprensión de ese sufrimiento y esa misma belleza, siendo esta última acaso una categoría similar a la trascendental kantiana[3].

            La terapia deducible del factor retórico poético proviene, descansa y se fundamenta en ese lenguaje salvaje[4] que es la poesía, así como del pre-saber que contiene, y todo en pos de alcanzar aquel suprasentido que trasciende el común entendimiento viciado de la convención racional (lingüística estándar) y que se manifiesta en el metalenguaje que no puede racionalizarse, intelectualizarse, y que es, en fin, la poesía.

            La verdadera poesía se caracteriza porque no es posible su manipulación última, en tanto que si nos afecta no lo hace en virtud de un querer o no querer, su poder curativo o terapéutico se manifiesta cuando, de manera intencional, subjetiva obtenemos el contenido y el objeto adecuados para nuestra dolencia. De hecho, en contra de lo que tantos quieren hacernos creer, la poesía verdadera no es o no puede tener un carácter universal, abierta a todos, gustar a todos, apercibir a todos, muy al contrario, es, como acaso pasa con la religión verdaderamente espiritual, profundamente personal, pues mediante su entendimiento propio (lenguaje propio) accede para dirigirse y apercibirse de aquel suprasentido que acaso tanto inhibimos de consuno, y aún más en nuestros días.


Francisco Acuyo


[1] Jung, C. G.: Ob. cit.
[2] Acuyo, F.: Ob. cit. nota 27.
[3] Kant. E.: De lo bello y lo sublime, Espasa Calpe, Madrid, 1979.
[4] Acuyo, F.: Ob. cit.




Retórica: análisis y síntesis del artefacto lingüístico poético, Francisco Acuyo

lunes, 5 de marzo de 2018

Y EL PRIMERO FUE EL ÚLTIMO, DE PASTOR AGUIAR


Para la sección, Narrativa, del blog Ancile, traemos otro relato de nuestro querido amigo y narrador espléndido Pastor Aguiar, y bajo el título: Y el primero fue el último.


Y el primero fue el último. Pastor Aguiar




Y EL PRIMERO FUE EL ÚLTIMO




Y el primero fue el último. Pastor Aguiar



Como el trabajo decayó en el laboratorio de sueño, decidí conseguirme una noche extra en otro lugar. Sinencio me ayudó gracias a sus relaciones con los pulmonólogos.
_ Te resolví el problema, salvaje. Mañana a las diez preséntate en esta dirección y dile a la jefa Marina que eres el técnico de quien le hablé. Pórtate bien, que te puse por los cielos_ Me aseguró Sinencio.
El lugar era una casona rodeada de parqueos y árboles, a unos escasos cinco kilómetros del hospital donde tenía mis cuatro noches programadas.
En una hora completé los formularios y Marina me asignó los miércoles. Debía firmar el libro de entrada a las siete PM. El estudio durarías hasta las cinco de la madrugada, así que con buena suerte a las seis estaría iniciando el regreso a casa.
El miércoles llegué a las cinco y media, dejé el auto debajo de un enorme flamboyán y me puse a revisar los datos de mi primer paciente. Se trataba de un hombre de sesenta y dos años y 340 libras de peso, para colmo bipolar.
La puerta de entrada del laboratorio daba paso a un saloncito con par de butacas y un televisor. Después una especie de escritorio con los papeles, el teléfono y otros equipos de oficina. Detrás un pasillo rumbo al cuarto. En realidad eran dos cuartos, uno frente al otro y numerados. Pero aquella vez usaría el primero, así que fui a revisarlo. La cama era bien grande, con el baño cerca de la
Y el primero fue el último. Pastor Aguiar
cabecera, apenas a tres pasos. Por el ángulo opuesto una mesita baja sobre la cual reposaba la máquina del CPAP, que en caso necesario se conectaba al paciente para suministrarle aire a presión positiva constante.
Al pie de la cama descubrí una mesa rectangular custodiada por un porta sueros del que colgaba la caja con los sensores que debía colocarle al paciente para grabar su sueño.
Regresé al salón justo cuando escuché el timbre.
_ Adelante, caballero; yo soy el técnico.
_ Atanasio Higinio de Rodríguez, para servirle a usted y a todos los santos.
Era un anciano sin un pelo en la cabeza y de volúmenes desmesurados, sobre todo el abdomen que lo precedía tipo montaña que temblaba peligrosamente con cada paso. Su expresión era alegre, en fase eufórica según mi primera impresión.
_ Siéntese en cualquiera de las butacas, que voy a tomarle unos datos. ¿No lleva equipaje?
_ Para dormir no hace falta, me quedo con esta misma ropa. Afuera dejé mi silla eléctrica junto a la pared, atada a un tubo, porque soy discapacitado, no puedo caminar más de quince o veinte metros sin que me desmaye. Antes de salir tomé todos los medicamentos. Y hablando de tomar, ¿no tiene un traguito de aguardiente por ahí?
_ Eso sí que no lo tenemos, Atanasio…
_ Es que si no me doy par de buches antes de ir a la cama me desvelo, ya sabe, y el médico me lo recomienda para la circulación. Ah, y cuando diga mi nombre, no olvide Higinio de Rodríguez, que eso me tranquiliza.
En media hora los papeles estuvieron listos, aunque incompletos, porque él olvidó la mayoría de las enfermedades y medicamentos; menos trabajo para mí.
_ Déjeme acompañarlo a su cuarto, allí le iré colocando una serie de sensores para que el médico pueda ver cada detalle de su sueño.
_ ¿Y va a enterarse de lo que sueño?
_ No, no se preocupe, por suerte la ciencia no ha llegado a ese punto. Si sueña con algún número para jugar la lotería me lo puede confesar por la mañana.
_ Ja ja, ésa es buena doctor, muy buena. ¡Ojalá!
_ Bueno, no soy el doctor, solo técnico en polisomnografía.
_ Como le dé la gana. Pare de hablar y haga lo que tenga que hacer, que aquí hay un hombre.
Me sorprendió su brusquedad, aunque seguía mostrando aquella sonrisita juguetona.
No pude quejarme, Atanasio ni chistó durante los treinta minutos que me tomó la preparación. Después lo ayudé hasta su cama y quedó allí boca arriba con el televisor a todo volumen.
Hice las calibraciones en la computadora que estaba en un pequeño recinto al otro lado de la pared de su cuarto. A tal altura comenzaron a llegarme sus ronquidos por el altavoz.
Y el primero fue el último. Pastor AguiarAlrededor de las tres de la madrugada un sopor irresistible me invadió, el cansancio de tantos desvelos, la hora misma. Coloqué los zapatos sobre el borde de la mesita y me estiré hacia atrás en la silla. Si el hombre llamaba me despertaría. Y así fue, a las cinco y media su vozarrón me hizo caer a la larga con la silla encima.
_ ¡Necesito ayuda, coño, corra que me meo!
A duras penas salí del enredo y casi a gatas llegué al lado de Atanasio que ya se había arrancado tres o cuatro sensores tratando de incorporarse.
_ Espere un segundo, que lo ayudo. Ya pasaron las cinco. Cuando regrese del baño le quito el resto de los alambres.
_ ¡Te he estado dando gritos como una hora, cabrón! ¿Por dónde andabas?
_ Toca la casualidad que había ido al inodoro, mi próstata no vale un centavo. Discúlpeme.
_ Bueno, mientras no hayas estado haciéndote pajas, bandolero, porque de lo contrario habrás meado el océano pacífico. Ah, mientras voy a lo mío, hazme el favor de traer mi carro eléctrico hasta el salón, pásalo por la puerta. Aquí tienes la llave.
Salí al patio y vi el vehículo cerca de la entrada, era una de esas sillas de motor que ya había visto hasta en los mercados dando vueltas. Yo estaba medio aletargado aún, y jamás había conducido uno de aquellos equipos.
Me senté lo mejor que pude sobre el amplio cojín y arranqué el motor que apenas hacía ruido. Desenganché lo que supuse la palanca y la cosa salió a millón hacia delante. Lo que no tuve en cuenta fue que la silla estaba enganchada con cadena de una argolla empotrada en la pared, imagina, primero el rugido de la maquinaria, después el trozo de concreto desprendido y yo a tremenda velocidad rumbo a la avenida cercana. Lo único que atiné fue hacer un giro y enfilar hacia la puerta del laboratorio, que por suerte había dejado de par en par.
Entré al salón con los ojos cerrados, como bola por tronera. Por puro instinto conduje hasta el cuarto y me llevé la puerta en claro, viniendo a estrellarme contra la cama para caer a la larga sobre la barriga de Atanasio, que increíblemente se moría de risa.
Así fue mi primera y última jornada en aquel laboratorio.



Pastor Aguiar




Y el primero fue el último. Pastor Aguiar