sábado, 16 de octubre de 2010

IGNACIO DE LUZÁN O LA POÉTICA NEOCLASICISTA

Ofrecemos unas aproximaciones sobre la interesante visión estética de Ignacio de Luzán en su obra La Poética o reglas de la poesía en general y de sus principales especies, (1737, primera edición, y 1789 en segunda edición -póstuma- corregida y aumentada) y todo a la luz que ofrece la perspectiva de los dos siglos transcurridos desde su publicación definitiva, y desde donde reflexionamos sobre sus aportaciones e influencias a la actual teoría de la literatura y, sobre todo, en relación con el fenómeno poético.



Ignacio de Luzán o la poética neoclasicista, Francisco Acuyo









LUZÁN Y SU POÉTICA:

ENTRE LA RAZÓN Y LA FANTASÍA





Ignacio de Luzán o la poética neoclasicista, Francisco Acuyo



DESDE LUEGO NO NOS PARECE DE NINGÚN modo que fuesen pocos y, ni mucho menos, pobres e insolventemente informados aquellos que, en el proceso tantas veces complejo como fascinante y trasegado del análisis y estudio literarios, hubieran luego de ocupar el tiempo que enjuicia el complejo y raro constructo, del arte poética. Así pues, en ella, de buen grado, seguro se miraron y estudiaron tantos por ver acaso la señal o el inequívoco carácter con que identificar convenientemente la grata y segura convención acorde literaria e incluso filosófica, en la medida de lo posible, con lo que sea en verdad la ciencia y arte enigmáticos que encierra el ejercicio no menos especial de la poesía.

Se puede plantear ahora este asunto desde perspectivas varias con las cuales ofrecer un especial análisis de las diversas cuestiones que parecen querer abarcar esta disciplina, mas ¿lo harán desde una óptica diversa cuando se refieren de forma exclusiva a la realidad del fenómeno poético, al distinguirlo, por ejemplo, del de la prosa? Este carácter exclusivista de la poesía trae una cuestión antigua, cuya controversia puede no resultarnos tan vetusta si, observamos no obstante, que mantiene su actualidad, pues desde Platón y Aristóteles, hasta el vívido palpitar de nuestros días, puede considerarse como problemática (que no solo afectaría a la cuestión genérica) en verdad muy auténtica, real y candente todavía.

Estos juicios que muestro en su desorden apresurados, tienen su origen en el hecho mismo de que Ignacio de Luzán, en su poética, ya desde su título diríase apercibirse de lo mismo, pues con él ya se anuncia: Poética, o reglas de la poesía en general y de sus principios y especies, del cual puede deducirse ya cierta escisión ciertamente muy interesante para lo que anunciaba anteriormente, y sobre lo que no vamos a entretener el paso de nuestro análisis por ser otro bien distinto nuestro interés, de cualquier modo será bueno tenerlo en cuenta para entender algunos aspectos de la poética luzaniana, por verterse ésta con una naturaleza paradójica que iremos viendo, caso por caso, sobre el terreno de nuestro discurso.

En atención a lo que adelantábamos, plantea Luzán en su poética una primera traba en los análisis y posteriores interpretaciones. Nos llama poderosamente la atención una interrogante que de forma casi inevitable cabe hacerse ante su poética y la presunta incidencia de la misma en la obra y autores de su tiempo: ¿Será posible que nos encontremos ante el caso de verás singular, en el que la teoría literaria preceda realmente a la práctica imprescindible? Es el caso que, Luzán, cuando trae de Italia los Ragionamenti sopra la poesía, y posteriormente utilizados para la confección de sus Reglas, en 1737, ya conllevaba la polémica, precisamente por que dicha posibilidad no es del todo inestimable, pues si resolvemos de forma tradicional y «ensata la controversia que comentamos, veremos que este momento histórico no ofrece una realidad propicia donde observar que un ejercicio teórico poético sirva de sustrato para sostener un ánimo que se materialece en una realización práctico-creativa; pero, lo que tal vez sea más probable es que en su doctrina encontremos el caldo de cultivo que habrá de favorecer las idóneas condiciones para que sus planteamientos encuentren una sólida apoyatura.

Ignacio de Luzán o la poética neoclasicista, Francisco Acuyo
De su estancia en París serían las Memorias Literarias en París de 1751, así como la traducción de: Le Préjugé á la mode de Nivelle de la Chausée. Habría que suscribir con Menéndez Pelayo aquello de que: los tiempos no estaban mandados aún por los innovadores, al margen claro está de ciertos sectores muy concretos e iniciados, o bien, con un talante intelectual abierto e innovador aunque, efectivamente, no sería el momento ni el lugar idóneos para exponer con garantías de éxito sus aportaciones en la materia que atañe a la poética literaria, con la que tiene a bien regalarnos don Ignacio de Luzán.

Así, después, aconteció que Menéndez Pelayo sospechara que la segunda edición de la poética, en su revisión y enmiendas para esta nueva edición, eran francamente sospechosas de no ser Luzán mismo el autor originario; mantiene también esta misma posición la profesora Gabriela Makoviecka en el año 1973, quien insiste en la aportaciones de Llaguno a esas correcciones, llegándose incluso al extremo de hablar de dos poéticas distintas; manifestando la Poética de 1737 una iniciativa estética de carácter rococó, mientras que la edición de 1789 había de presentarse como verdaderamente neoclásica.

El carácter de la primera edición será deducible de forma evidente tanto de la definición, concepción y teoría de la imitación que expone, así como de sus fuentes clásicas, de las cuales hace gala, y aunque vierten ideas y matices propios respecto a aquellas, vendrían a cuadrar perfectamente dentro del clasicismo genérico, para acabar transformándose en un clasicismo rococó bastante contrastable.

Veremos también que sigue Luzán las leyes del arte aristotélico y horaciano, los cuales reconoce como universales, aunque, no obstante, observará diferencias, marcadas éstas por lo que entendería como circunstancias de carácter accidental, tales como las costumbres, el clima, los estudios y los genios, todo lo cual iría a incorporar las diferencias sustanciales, según nuestro autor, entre unas y otras obras y autores de lugares y tiempos diversos.

Sin embargo, observaremos una serie de apreciaciones que modifican, acaso sustancialmente, aquellos principios válidos por fundamentales en la preceptiva clásica. De esta manera, en el Capítulo XIV, libro II, veremos que aparece la fantasía como un elemento primordial, aunque posteriormente puntualice que será la razón y el buen juicio (y también en el ejercicio de la prudencia) desde donde el autor habrá de encontrar no sólo perspectiva, sino asistencia, y también freno a la posible actitud desbocada de la fantasía.

Más tarde, también en la Poética, concretamente en el Capítulo II del Libro XVI, es donde distingue claramente el ingenio como cosa a todas luces muy diferente a la fantasía; sin embargo, creemos interesante incidir en que Luzán para nada viene a refererise a una preceptiva universal, sino que atiende fundamentalmente al criterio del juicio.

A partir de aquí podemos hacer una seria distinción con la que clarificar la paradoja que aporta la doctrina poética de nuestro autor, y que se manifiesta con un ímpetu controvertido, pues habrá de basarse en principios poéticos contradictorios, a saber: enfrenta la norma universal de la preceptiva clásica al aceptar la fantasía como elemento de importancia, aunque estuviese matizada ésta por el ingenio y el juicio, los cuales intervendrían también como, por un lado creadores de la poesía, y por otro, como freno de potenciales excesos de la iniciativa fantástica. De hecho, comienzan a introducirse en el canon los principios que comenzarían a destruirlo, así el contemplar la normativa propia del individuo con la capacidad de crear, aun sobre la base esencial de que dicha capacidad de creación tuviera que estar sujeta, como dijimos, al juicio a través del cual debiera regirse o estimarse, mas siempre bajo la oportunidad de las reglas al uso preceptista.

Contemplaremos también que el fundamento de verosimilitud tendrá también matices particulares muy importantes. Se verá en el Capítulo II libro IX, exponer el principio de verosimilitud dependiendo de los criterios subjetivos (de cada sujeto creador), no considerando cosa importante que esas opiniones sean o no verdaderas, y poniendo, por tanto, en duda y serio conflicto dicho principio preceptista fundamental, pues va ser observado no tanto en el plano general como en el plenamente individual.

También, respecto a la «verosimilitud», vendría a marcar una distancia considerable; distingue: entre la verosimilitud popular y la noble, haciendo posible a través de esta jerarquía clasificatoria la validez de cualquiera obra de arte; se abre pues el camino para canonizar incluso obras teniendo en cuenta el criterio del momento. Podemos, en fin, reconocer en esta poética una cierta apertura liberadora del arte literario, aunque esta fuese casi siempre reglada.

Si el Tratado de la perfecta poesía de Muratori puede explicar la división y o estructuración de su poética, veremos, no obstante, un criterio en verdad personalizado en su composición. Distingue Luzán tres partes: Una doctrinal, otra crítica y una tercera, legislativa. De esta manera divide su obra en cuatro libros desde donde tratará de mostrar la decadencia literaria de la época en España, y cuales serían los posibles motivos de aquella crisis. Distingue: Libro primero de el origen, progressos y essencia de la poesía; Libro segundo de la utilidad y de el deleite de la poesía; Libro tercero de la tragedia, y comedia, y otras poesías dramáticas; Libro cuarto del poema épico.

Establecerá Luzán como principal motivo y justificación de su obra poética, tanto su constatación como la consternación por entender que se manipula y tergiversa gravemente la obra y principios de Aristóteles.

Veremos en el libro III, que comienza a discutir la tragedia en base a la clasificación aristotélica, para acabar interponiendo la suya propia con el fin de ser lo más consecuente posible con lo que él mismo denominaba drama moderno; de esta manera, la configuración del argumento de la obra lo viene a establecer desde la más estrecha fijación a la normativa aristotélica, y todo según: Un principio, un enlace y un desenlace final. Pone como ejemplo la comedia de Moreto El desdén con el desdén.

Posteriormente se centra en la acción, interpretando que Aristóteles prefiere lo maravilloso para la épica, y lo probable para la tragedia.

Ignacio de Luzán o la poética neoclasicista, Francisco Acuyo
La temática podía ser de dos tipos: histórica o inventada. Mas, aun aceptando ambas en el discurso, seguirá a Muratori y a Benio, mostrando, sin embargo, de forma personal una clara predilección por los de tipo histórico.

La unidad de acción será, junto a la de tiempo, indispensable, siguiendo en este punto los principios expuestos por Castelvetro.

Como hijo de su tiempo, Luzán, veremos que conmina a que el fin de toda obra sea didáctico o moral en el teatro.

Pero de todo lo visto en la poética de Luzán, mucho más chocante nos resulta la vehemencia con la que arremete contra figuras tales como Lope de Vega y Luis de Góngora. Puede que, en el caso de Lope, en su ímpetu por exterminar los males que se cernían sobre la literatura del momento, fuese un motivo, o tal vez por la enorme celebridad y admiración general (¿y poco reflexiva?) del público hacia su obra. De cualquier modo, el afán de imponer la superioridad de las comedias escritas según la antigua preceptiva, diremos que no tuvo demasiado éxito. De todas formas, nos parece como más razonable que el motivo fundamental de su rechazo radica en no entender que Lope hubiera inventado no sé qué nuevo sistema o arte de hacer comedias contra las reglas de los mejores maestros.

Así pues, siendo Luzán fiel y leal preceptista, no podría admitir la violación de las antiguas reglas, y en nombre de la universalidad tiene que protestar contra cierta ligereza de costumbres que encontraba en las comedias de Lope, aunque en algunos de sus frecuentes arrebatos de modestia afirmara: No obstante de todo lo dicho, creo que «don Ignacio» no tendrá dificultad de confesar que no ha penetrado bien el intento y método de Lope en su «Arte Nuevo». . El hecho de desdecir sus opiniones anteriores en este instante, no resultará extraño, pues admiraba sobre todo el talento lírico del Fénix, aun cuando tiempo más tarde pretende justificar nuevamente sus primeras opiniones sobre el Arte Nuevo.

De todas maneras, Luzán mostrará su especial predilección poética por Garcilaso de la Vega, al que no duda en denominar príncipe de la lírica española. Aparecerán, no obstante, otros poetas muy de su gusto, tales como: Luis de Ulloa, los hermanos Argensola, fray Luis de León, Luis Barahona de Soto, etcétera.

Pero, prestemos atención especial al arrebato y vehemencia con los que arremete contra D. Luis de Góngora, del cual dice: dotado de ingenio y de fantasía muy viva pero desarreglada y ambicioso de gloria pretendió conseguirla con la novedad de estilo... es sumamente hinchado, huero y lleno de
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metáforas extravagantes, de equívocos, de antítesis y de una locución a mi parecer del todo nueva y extraña para nuestro idioma.

Nos parece a toda luces que no alcanza a entender a Góngora, y no nos deja de causar todavía mayor estupor el hecho de que sus ataques se dirijan precisamente a los más bello e inesperado del genial poeta cordobés, tal vez porque se deja llevar por el espíritu utilitario del siglo, que diríase no querer dejarse traspasar por la belleza o admitir la posibilidad del mero y sencillo disfrute y fruición de la poesía, obsesionado quizá por el deseo de acabar con los desórdenes detectados en la poesía española, y todo ello con el fin último de enseñar cómo y de qué manera se debe escribir para alcanzar la perfección y el buen gusto.

De lo anteriormente mencionado se deduce el interés y lucha constantes por parte de Luzán en la defensa del idioma castellano, manifestando su total aversión por la ampulosidad y la vacuidad de estilo. Cabría, al fin, pensarse, que, hoy día, si alguien se atreve a escribir sobre Ignacio Luzán, sea tal vez porque se atreviera éste a criticar a aquellos poetas que hoy se aprecian sobre manera como indiscutibles referentes, sobre todo por la pasión con la que escribe de Lope y de Góngora, provocando sanas discusiones e invitando a la reflexión sobre temas que afectan a la poética en general y a la poesía particularmente.

Desde luego no me parece admisible, después de todo, las acusaciones hechas a Luzán de desnaturalizar (y sobre todo de afrancesar) las artes poéticas. Nos parece del todo evidente que, desde la indiscutibilidad de las preceptivas clásicas de donde se origina la poética (es un continuador de Aristóteles) y también es de rigor reconocer que conoce muy bien la delecta y secular tradición poética de occidente, pero quedando en un segundo plano las reminiscencias italianas y francesas.

Ignacio de Luzán o la poética neoclasicista, Francisco AcuyoQue debamos entender la poética luzaniana como estrictamente cosmopolita, no significa en ningún modo que exista ningún óbice para que Luzán mostrara su inclinación por los poetas del 1500 español, pues en virtud de esta afiliación y orientación sobre las figuras gigantescas de este siglo, las cuales van a traslucir también sus preferencias grecolatinas, será por las que indentificará Luzán el ; y donde mostrará sus preferencias, predominando en su poética una suerte de singular hibridación nacional y grecorromana, estableciendo la premisa de que el neoclasicismo español del siglo XVIII será un nuevo clasicismo, del cual podemos inferir además, que la influencia de Luzán sobre los poetas de la época, acaso fue ciertamente más importante de lo que muchos quisieran reconocer, pues aporta la posibilidad de técnicas literarias capaces de enlazar el mundo antiguo con el moderno.
modo hispánico

Muy bien pudo haber sucedido que, de no haber sido por las apreciaciones de Luzán sobre lo clásico y lo nacional, hoy, y esto no debiera resultarnos extraño, no conociésemos algunas de las figuras cumbres de aquel 1500 español tan querido de Luzán, amén de mostrarnos que no hay ninguna escisión entre la época de nuestro autor y la de Tomás de Iriarte, Cadalso, Moratín, Jovellanos o Meléndez Valdés, haciendo huir en buena parte, el fantasma del afrancesamiento y que tuvo sitio principal entre nosotros durante la época.
Hubo de mostrar pues, un cosmopolitismo peculiar de orientación hispánica, basado en el conocimiento de las literaturas europeas, y sobre todo en el saber profundo de los sistemas filosóficos antiguos (y modernos); exhibiendo, en definitiva, su poética, como un compendio extraordinariamente escrupuloso y metódico de la preceptiva clásica, pero, eso sí, matizando alguno de sus principios para el uso, consideración e instrucción de los autores del momento. Por todo lo cual nos parece que, aun siendo en su primera elección no fácilmente asequible a nuestras consideraciones contemporáneas, no dejará por eso de ser una interesante y vigorosa referencia sobre la que volver e incidir, y mantenerla como influyente prerrogativa, siempre muy digna y adecuada de tenerse en cuenta para el mejor estudio de esta disciplina singular, cual es la poética.




                                                                                                     Francisco Acuyo






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