martes, 25 de enero de 2011

DIEGO JESÚS JIMÉNEZ: POESÍA INVITADA


Diego Jesús Jiménez: poesía invitada, Ancile



Aquellas tardes de amistad y poesía con Diego Jesús Jiménez permanecen intactas en el corazón y la memoria de todos los que tuvimos la fortuna de compartirlas. Tras la lectura de sus poemas y, siempre en fraternal y entretenida charla, pasábamos las más de las veces aprendiendo, si en verdad fue para nosotros maestro en ciencia y vida, de todo aquello que nos hace comunes en tanto que personas asendereadas por el trajín de lo cotidiano o la excepcionalidad del impulso creativo. Queden aquí estas sentidas líneas, imágenes entrañables y versos para nosotros del todo inestimables en este humilde pero más que merecido, y necesario homenaje para nuestro espíritu a su extraordinaria persona y no menos excepcional poesía.




Diego Jesús Jiménez: poesía invitada, Ancile
Con Rafael Juárez, Mª Victoria Atencia,
Antonio Carvajal y Jesús Munárriz






BIO-BIBLIOGRAFÍA




Diego Jesús Jiménez nació en Madrid en 1942. Estudia en Barcelona el bachillerato ye en cuenca el preuniversitario e inicia su carrera poética y literaria en la ciudad de Cuenca. En Madrid, posteriormente, estudia periodismo. Fue fundador de la revista Alfa en los años setenta mientras trabajaba en la Editora Nacional, de la que fue despedido por su defensa de las libertadas durante la transición democrática.  Se dedica a la poesía y la pintura plenamente desde  el año 1982 . Publica entre otros los libros siguientes: "Grito con carne y lluvia",  (1961),  "La valija" (1962), "Ámbitos de entonces"  (1963). "La ciudad" "Premio Adonais"  (1964);  por "Coro de ánimas" , "Premio Nacional de Poesía" (1968), Bajorrelieve"  "Premio Juan Ramón Jiménez" (1990), ""Itinerario para náufragos"(1997) " Premio Jaime Gil de Biedma", "Premio de la Crítica" y nuevamente "Premio Nacional de Poesía. Fallece en septiembre de 2009.




POÉTICA





—Numerosos poetas cuentan de sus inicios poéticos que no fue tanto buscar la poesía como que ésta los encontrara a ellos. ¿Qué tiene de inevitable la poesía? ¿Cómo se produjo en su caso ese encuentro?
  
Diego Jesús Jiménez: poesía invitada, Ancile—En un principio empiezas a escribir por que la gente te quiera, te admire, estas cosas que son inmediatamente olvidadas cuando te das cuenta de que la escritura es otra cosa y que no se trata de eso; quieres expresar alguna emoción que permanezca un poco en el tiempo y, entonces, escribes y es algo inevitable. No se escribe adrede un poema sino que llega un momento en el que se dan ciertas condiciones con las que notas que quieres expresar algo con intención de que permanezca en el tiempo, y comienzas a escribirlo. Yo he tenido la impresión de ser, en cierto modo, ‘medium’ entre lo que se llama poesía y el papel en blanco. Tengo a veces esa sensación de estar entre las dos cosas.
—La palabra es la herramienta, la base de las construcciones literarias. ¿Cómo hay que acercarse a ella?
—El poeta lo que necesita son palabras vividas, no cualquier palabra, Las palabras deben ser palabras vividas por ti. Me ha sucedido un caso muy curioso con un poema que estoy haciendo de mi época de Barcelona. Hay un momento en que necesito palabras catalanas… manda la cosa narices.
—¿Porque es el contexto lingüístico en que vivió aquella experiencia?
—¡Claro! Porque ese sonido no me lo da otra cosa que aquella palabra. Necesitas tus palabras, esas con las que has convivido. Somos lenguaje, no somos otra cosa, y aquello que tú eres es lo que surge luego en el poema: la palabra, el vocabulario, las imágenes en las que tú consistes. Muchas veces no eres consciente de esto hasta que no sucede el poema.
—Tanto en su poética como en el principio de esta conversación ha hecho usted mención al tiempo y la perdurabilidad. ¿Cómo una lucha contra la fugacidad el mismo tiempo?
—Vamos a ver… vamos a desaparecer todos, esto… es relativo; puedes durar unos años más después de tu muerte porque alguien lea el poema y le gusta, pero nada más, eso se acabará. Llegará un momento en que ni poesía ni historia; según vamos en el mundo en que estamos…
—¿Cree usted que la poesía está abocada a la muerte? Es que si esto es así, ya lleva con los estertores…

Diego Jesús Jiménez: poesía invitada, Ancile—Sí, claro, lleva siglos. Tal vez se explique porque el lector es también creador. Todo aquello que escribimos atraviesa el centro de la memoria, del mundo y las cosas que cada uno tiene. Y crea. Puede hacer una lectura muy similar a la de otra persona, pero difieren. La lectura es siempre un acto muy personal. Al arte se asiste; si el arte no dijera todo lo mismo, lo podríamos contar: podríamos contar el llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías… y eso es un disparate. Podríamos contar las Meninas de Velázquez, o la música… una sinfonía de Beethoven… nos tomarían por locos. El arte nos va a decir siempre algo muy personal porque es nuestra la lectura que estamos haciendo del texto y nos capacita para volver a imaginarlo.
—Dice que el lector, al leer el texto, se hace dueño del poema, lo vivifica y vuelve a crear. ¿Cómo animar a quienes no tienen hábito de lectura poética, a los jóvenes que tienen por descubrir la poesía?
—Hay que leer. Hay que leer mucho. En alguna ocasión me comentan los profesores: “estos chicos es que no leen”. Yo les respondo “hazles escribir”. Cuanto tengan que expresar algo y vean en el mundo en que se meten escribiendo quizá les dé por mirar algo. Yo creo que es bueno escribir para aficionar a la lectura. Si yo fuera profesor pondría redacciones todos los días.

(Artes poéticas, recopilación de artes poéticas en castellano, s.XX, Entrevista 2008)






POEMAS





 EL SILENCIO






Diego Jesús Jiménez: poesía invitada, Ancile
¿Dónde podré esconderme 
si no es ahí, en estas 
palabras de amor?
                                    Ante vosotras, 
hijas del turbio hospicio 
de mi alma -mis dóciles 
doncellas-, llora mi desconsuelo. 
Yo les escribo
a las pequeñas manchas de tinta 
de tus manos, como si fuesen
                                                   cartas que debo 
contestar en la noche. Toco el falso 
disfraz, el picaporte 
de tu oscuro colegio; en él 
suena mi vida, discurre 
como un río mi vida.
                                       Llega ya el príncipe 
de tus libros azules, sobrevuelan las hadas 
que te ocultan y encienden. En tu cuello alargado 
se oscurecen mis sueños, tus caderas sin nadie
me preguntan; ya llegan 
como calientes besos, como nubes lejanas 
tus rodillas; me bendice tu sombra 
clandestina. ¿Dónde
                                         están tus ojos, 
que a todo respondían?
Entonces
eran tus pechos nidos, eran pequeños pájaros 
sin vuelo; eran llanuras, pueblos 
deshabitados, llaves 
de pequeñas iglesias, de alacenas 
vacías.
Hoy,
que el deseo se cumple, este 
negro silencio de la noche nieva 
en el alma, nieva 
sobre la oscuridad;
                                       como la lumbre 
de los romeros o de las aliagas, yo oigo 
tus calladas respuestas.

                               De "Coro de ánimas" 1968






FIESTA EN LA OSCURIDAD




     Arrodillado ante tu cuerpo. ¡Oh tú!, verdad hecha de flores, apacible paisaje
de reyes y criados dando caza
sobre el jarrón vacío del recuerdo a ciervos encantados
bajo un ciclo de nubes en jauría
y sin paz. Y así la imagen
del séquito encendiéndose
en el fondo del ojo del animal que ha muerto. Brillan las armaduras de los guerreros
que regresan; se oyen en su mirada
los cascos del caballo que cruza
y el frío del relincho. Rocío de la noche, 
sueño que me ha olvidado, eres, imaginada por mi lengua, nacida en el inmenso 
nublo de la memoria. Álzase en el concierto de los aires y en la luz hecha música. 
Inventada apareces, ¡oh tú!, espejo de las sombras, oscuridad de invierno, 
pájaro de las corrientes dibujado en el agua. Hace tiempo 
matáronme. La imagen de la muerte 
reposa hoy en tus ojos. Sueña
el laúd en la alfombra de la noche, olvidado.
     Beso tu corta edad; subo la falda aquella de la infancia, 
llora el deseo crecido en la niñez. Allá sobre el más hondo 
dolor de haber vivido, yo te amo. Mientras, la luna entre los árboles 
quema su sueño en libertad. Como un nido el deseo se sostiene en la cumbre 
de un desnudo dichoso. Otros días
anduve entre las sábanas de la prostitución, donde se acepta nuestro beso
como negocio, no
como naufragio.
                                    Y cae la tarde, y en los ojos del ciervo 
las estrellas se olvidan. Cuántos
cuerpos que me despreciaron, desde el tuyo me aman. ¡Oh!, cuántos 
rostros y pechos y desnudos
nacen de ti, silenciosa y oculta, fiesta en la oscuridad, flor que ha crecido 
sin juventud, y yace
sobre la tumba de su arena, como un dios inventado.
                                                                                                            Sobre el jardín 
cae la lluvia incendiándose. Tras el disfraz de su linaje 
monta el rey en las hembras 
de los labriegos. Cruzan las águilas baldías
del corazón, la cumbre de la sangre. Rara es la complacencia de esta orgía
donde la servidumbre asciende, humillada entre risas 
de licor medieval; movidos por los hilos del alcohol, amenazados 
por la navaja del destino, bufones de este reino, donde tan sólo somos los residuos 
de una hoguera apagada.
                                                   Mira nuestros desnudos, ese 
reflejo de oro de nuestra pobreza, ardiendo en la mirada de cristal, tendido 
                                                                                                        [en los profundos bosques 
de los ojos del ciervo que, hace años, mataron. Tu cuerpo es residencia 
y es hogar de otros cuerpos. Sobre tu espalda crecen los milagros, vienen 
a beber de mi sed otras espaldas. ¡Oh! mira, ésa de hombros tranquilos, llena de soledad 
y de humildad, o esa
que respira en asombro, derribada y gentil; o aquella de 
vuelo moreno como el del halcón; o esa otra de ahí , amiga de la noche, 
que no tiene nombre, sino precio; o la que se arrodilla cuando ama, esa 
que nace del olvido y ya tiembla
de amor. En tu cuello indefenso aún vive 
toda la adolescencia y la inocencia 
de aquellos días. Cárcel
y hospital es la luz para los sentidos. La claridad destiñe a la materia; envilece el sonido 
de las palabras, quema las sombras, desvanece el recinto de los sueños 
y el lecho donde amaban.
     En qué perdido paraíso, sobre qué antiguas nubes
rezan por ti mis ángeles. Qué negras alas llevan 
mi cerebro a tu cuerpo. En los altares de la carne cumplen 
el dolor y la vida. Apaga tú esa noche, esa 
que en la mentira crece, que fermenta en la nieve 
del desdén y el olvido. Bajo las cumbres de la tarde 
bajo esa luz que, por un momento, da color de azafrán 
a la senda y al monte, la libertad nos mira 
con sus ojos vacíos. Parece que no fuera 
a cerrarlos jamás.




                                                     De "Fiesta en la oscuridad" 1976





Diego Jesús Jiménez: poesía invitada, Ancile





POÉTICA


                                                                           A Luis García Jambrina

I. Las gotas de rocío...


     Las gotas de rocío
caían por los pétalos de la flor del acanto; con ellas resbalaba
la imagen de los cielos. Penetrar el palacio
cerrado de las cosas; contemplarnos a solas
en sus rotos espejos; seguir con la mirada el curso de los astros
en el fondo, infinito, de las aguas de un río.
                              Vivir el movimiento que habita las palabras,
conocer la apariencia, amar la soledad
de los frutos caídos y que, ahora,
con la luz de la tarde
desvelan el pasado en las ruinas del tiempo.

Las mañanas nevadas congelan con su música el viento del invierno.
                                               Las gotas de rocío
la hierba del jardín. Oyes a tu memoria
las cosas, entregarte palabras encendidas
que la muerte construye. Nunca edificarás
un poema con ellas.
                                        Sólo esperas, vencido,
a que la noche incendie los helados colores de la tarde
con sus llamas de sombra.



II. La niebla que contemplas en los ojos del corzo...



La niebla que contemplas en los ojos del corzo
que acaba de morir; la sangre de la ortiga
que habita los aromas que descienden del monte; la imagen de la alondra,
su trino, blanco y seco, reflejado en la nieve que enciende tu recuerdo;
la fragancia del prado dibujada sin límite.
                                                 Has de mezclarlo todo, de tal forma
que cuando el gallo de la amanecida cante
macere con su grito incendiado de luces
tal locura de amor.

                                    Hallarás junto al valle de tu cansado reino
los más frondosos bosques: descabalga y penetra su castillo de sombras.
Junto al foso en que crece el clamor del enebro
se empaña la mirada que presienten tus ojos
y jamás han de ver.
                                        Debes cortar los pétalos, no de la flor
sino de su reflejo, al rubor de la orquídea que habita los arroyos
y obtener la fragancia de la flor de la escarcha
que sueña en el silencio recóndito del bosque.
Has llegado al lugar
donde crecen las flores, mas la flor invisible que en la brisa germina
huirá con tu presencia.
Debes, con todo, construir un altar y encender su perfume; pues su luz es la única
que hará hervir las imágenes que componen el séquito
del filtro que te ofrezco.
Da a respirar sus brumas. Más no sufras si adviertes
que has perdido tu vida; que has cortado
del recinto de sombras que te habitan -sin obtener amor-
sus flores más hermosas. Piensa
que los sueños no ofrecen
mayor utilidad a su belleza efímera.



III. Y le llamas poema...


Y le llamas poema 
al placer de la mente de obtener de las cosas
un lenguaje preciso que destruya,
con el fermento de sus signos, las leyes
que edifica la muerte.
Mas al dar forma a tu espíritu, le ofreces
una mayor zozobra a tu existencia.
                                                                           Y le llamas poema
a cuanto, sin pasión, representa el deseo
sobre los límites de la incertidumbre.



IV. Entornar la mirada...


Entornar la mirada
hasta ver lo impensable, es crear.



                                                    De "Itinerario para naúfragos" 1997





OFICIO DE VERANO


                                                                        A Francisco Fernández



Al borde del estanque se apresura
por derramar un pájaro su idioma;
roza a las flores, sufre con su aroma
la levedad de ser substancia pura.

Inclínase la flor en la amargura
de ser sólo el reflejo al que se asoma;
agua, por fin, que del estanque toma
sólo la soledad de su agua obscura.

En negras transparencias y humedades
por sonidos y sombras dibujadas
brilla la luz de un pájaro en su vuelo;

luz que en la tarde rompe las verdades
de la flor en el agua reflejadas
al deshacer su imagen y su cielo.







De "Itinerario para naúfragos" 1997




Diego Jesús Jiménez: poesía invitada, Ancile




1 comentario:

  1. Pocas veces he leído poesía tan inspirada, que fluye como el amor; y cieera esta muestra con un soneto encantador, postre perfecto. Muchas gracias, amigo, por el regalo. Un abrazo.

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