miércoles, 6 de febrero de 2013

DEL AMOR Y SUS DECEPCIONES, UN FRAGMENTO DE ELOGIO DE LA DECEPCIÓN


Dentro del corpus general que integra el conjunto de reflexiones sobre la decepción humana, ya ofrecido anteriormente un fragmento sobre la amistad,[1] y que como ya anunciaba anteriormente en otra entrada sobre el tema,[2] está en impresión bajo el título de Elogio de la decepción y otras aproximaciones a los fenómenos del dolor y la belleza, que verá la luz sobre finales del mes de marzo, adelanto ahora otra fracción significativa (en dos entradas) sobre la decepción amorosa. Dejo a juicio del lector atento estas consideraciones no solo de carácter introspectivo, también ponderaciones motivadas por la cavilación atenta al ¿fenómeno? del amor en una clara exhortación a su vital y desde luego profundo dinamismo necesario de un enérgico y despierto entendimiento. He aquí para todos vosotros este adelanto del Elogio de la decepción en el amor para el blog Ancile.



Del amor y sus decepciones, un fragmento de Elogio de la decepción, Francisco Acuyo


ELOGIO DE LA DECEPCIÓN II

DEL AMOR



Del amor y sus decepciones, un fragmento de Elogio de la decepción, Francisco Acuyo



Escrito está en mi alma vuestro gesto,

Garcilaso de la Vega
Soneto V


SENSATAMENTE algunos, y no de vulgar juicio, negaron que el amor fuese sentimental reminiscencia de este o aquel idilio arrebatado y en el que encuentran siempre lacrimógeno e impresionable  alegato las éticas enternecidas del sentimiento.  Nunca, por cierto, abundan en la fuente acaso más depurada y viva donde, al fin, mana el testimonio y prueba verdaderos en los que se destila el elixir de amor más cierto, así: la decepción,  a todas luces, se nos muestra como tentativa, examen, contraste y verificación certeros. Si la vivencia del afecto, cuando profunda y muy sinceramente uncida al corazón amante puede, no sin singular y acerbo extrañamiento, ocasionar dolor y aun provocar, en un conato  de confusión, la angustia del abandono y de la soledad, será en virtud de la deceptio que, aprehendamos la naturaleza del verdadero amor, pues, ella sabiamente nos desengaña, nos revela y nos avisa.
Acaso sea la temida y nunca bien ponderada soledad, hermana más sincera del anhelado amor no correspondido, si de verdad lo pretendemos franco y verdadero. Es claro para mí que cuanto más prolongadas se hicieron tus ausencias, por fin supe de lo insuficientemente valorado que tuve el importe de la decepción y de la soledad que hubo, al fin, de ser elemento de mejor contraste para entender qué indudable y genuino es el amor, si ayer, hoy, todavía (siempre) me halaga, conforta e infunde con su imprescindible aliento.
 La soledad, si decepción, habría sin duda de marcar a fuego la inflexión más severa de mi vida, y todo para comprender la marca que el amor vivo deja para siempre. Su realidad insoslayable pulsa inmaterial, pero acaso palpable; etérea, pero sabrosa a nuestro ser y más alto apercibimiento, pues mantiene nuestro espíritu bien sujeto a su objeto inapreciable, mas, en un mismo, unánime y único sentir y entendimiento.
Del amor y sus decepciones, un fragmento de Elogio de la decepción, Francisco Acuyo
                He aquí, en tan parco pórtico, la decepción expuesta como umbral que accede donde, como en dimensión oculta, queda lo que de otro modo no puede ser entendido y aun observado: pues nos hace libres de los oscuros y aherrojados lazos de la costumbre, de la sucesión monótona del trato anclado en el uso tedioso del afecto dado por supuesto, que termina exangüe en el patrón repetitivo, plano, de lo muerto; en fin, de todo aquello que sin sentir nos somete al yugo del amoldamiento y de las circunstancias, injuria de la vida cuando no escarnio de la palpitante fuerza arrolladora del amor. Y es que el amor ha de liberarnos siempre. Por todo esto la decepción no se cansa en mostrarnos la naturaleza sativa, libre, extenuante, viva, creadora del amor, y, si es también relación entregada, rendida, solidaria, veremos por mor de la decepción la calidad de su excelencia y de su singular filantropía.
                La inocencia precisa, en cualquier caso, del amor: no espera más que libre, fértil y desinteresada entrega y, si cabe, aún más en la decepción de aquél. Se nos muestra que el amor está del todo emancipado de cualquiera suerte de ofensa o de halago: resulta del todo innecesaria la exculpación o la malicia, pues,  en este caso, se hace aún más clara e inofensiva la acción decepcionante, y es que sucede en quietud tan íntima, que nos parece que mueve el mundo en su amorosa afección.
                Ya sabes cuántas veces repetíamos que sólo puede ser verdad aquello que nace al amparo del amor. No en vano, amada mía, sabes que el alma enamorada, aun siendo siempre vulnerable, en su perenne inocencia, no hace daño ni puede sentirse lastimada. ¿Pero, cómo, entonces, es la decepción receptiva y exteriormente posible al amor? No puedo menos que traer al caso, y con más y resuelto y decido  fervor,  si cabe,  la defensa de lo que aporta a la pura claridad de entendimiento sobre el amor, y lo que es y no significa. La deceptio  (el engaño, recuerdas, que decía)[3], nos lleva al pleno reconocimiento de aquello que, con falsedad e ilusión, tenemos por verdadero […] Así, la decepción trae, una vez dilucidada y ampliamente contrastada en el engaño, el grato encuentro con la viva,  con la […] claridad de lo verdadero y que, en modo alguno, si auténtico, puede estar exento del ímpetu perpetuo del amor.
                Hay quien vio esta óptica, sin entender quizá, esa sinergia vital y profundamente creativa que la alimenta, como un modo ideal, imposible e irrepresentable de lo que el  amor sea. Pero, muy al contrario, y gracias al despertar en la decepción, veremos cuán lejos estarán de la materia y del espíritu que conforma su realidad suprema. Y es que la decepción adviene como fuerza liberadora de lo que una vez estuvo aherrojado en las tinieblas del prejuicio, y en la oscuridad de la prevención arbitraria, de la terca obcecación, pasa a ser definitivamente, a la luz de la conciencia, desvelado. Vemos, al fin, cómo la ofuscación hubo profundamente arraigado por mor de la costumbre, del tedio, del placer, si hijos todos ellos de la mente y la memoria, del devenir del tiempo y la falacia donde reside toda levedad del ser, y donde nunca pudo ni podrá ubicarse lo que más allá del espacio y del tiempo estuvo por y para siempre designado: así, el amor, no es recuerdo del deleite o del indeseable sufrimiento que a buen seguro produce después su inevitable ausencia.
              Definir el amor es ¿difícil, imposible, tal vez? Su entendimiento no depende sino de toda percepción de lo que claramente no es amor. Negación acaso trascendente, y de cuya reducción se infiere no más que la duda de lo que la palabra pueda transcribir en pos de su ser indescriptible. El verbo, la fruición, la complacencia, el alborozo, la pasión: fueron vehículos, ingenios que inevitablemente habría de desvelar la decepción para el esclarecimiento del amor, del júbilo y de la auténtica felicidad. Por eso sé, bien mío, que tu ausencia es la decepción que clarificó, alumbró, purificó la vía hacia el entendimiento pleno del amor pues, será en verdad aquél el inmortal mantenimiento de lo que fue trasiego, mudanza e inseguridad en nuestras vidas.
                Si  un instante detengo el notable artificio de la memoria en nuestros gratos pero vacilantes recuerdos, y ya percibida la luz de la decepción, veo con claridad todo el equívoco, el embeleco y el desfase sobre la real e infinita dimensión desvelada de lo que en verdad es nuestro.
Del amor y sus decepciones, un fragmento de Elogio de la decepción, Francisco Acuyo
                Aquellos lúbricos amaneceres en el lecho cobran ahora la proporción, el vasto dominio, la media profunda que sólo el amor comporta y, ahora, en nosotros se ofrece para una lúcida y definitivamente esclarecida  conciencia. Mas el eros que incendió nuestros deseados encuentros, si alguna vez pareció buscar la humillación de lo hermoso que en ellos hubo, fue en realidad la decepción de no tenerlos lo que mostró, en su excelsa y magnánima relevancia, la magnitud inabarcable del  amor nuestro.
                ¡Ah, cuántas, cuántas veces hubimos de entregarnos con pasión al juego de indagar, de desentrañar aquel impulso ígneo de nuestra arrebatada y fulgurante atracción, a todas luces fatal, ahora lo sabemos, si fue presa inevitable de la ausencia temporal o acaso permanente de nuestros cuerpos!
                Con solo mirarnos creímos discernir el pulso inmarcesible del amor, saber, apenas deslizadas nuestras manos sobre la miel embelesada de los labios, la ciencia inmarcesible que vinculaba aquellas almas, siquiera un instante, a la aspiración de subsistir eternamente por mor de nuestros besos y que, también ahora, vanamente, sobre estas líneas, se afana tras su logomaquia insuficiente a dar conceptual sentido, parcial significado al todo inapresable que, en definitiva, es aquello que intuimos como amor.
                Aquellas tardes límpidas,  en el eterno mirador de nuestros corazones, azul y roja  la distancia en el espíritu, un instante otea enamorado, y se despiertan ya por fin nuestras mentes en pos del verdadero afecto que habla  sin palabras, de la elocuencia silenciosa del amor. Supe indudablemente que estábamos muy lejos de cualquier proceso del pensar, libres de todo patrón o  mecánico traslado.
                ¿Quién podrá superar la prevención, el escrúpulo evolucionista y su finalidad de especie para mejor entendimiento del amor? Acaso quien hubiese amado sin  prevención, advertencia ni finalidad alguna. La óptica analítica muy bien nos llevó a confundir su subido impulso con la única referencia singular y específica de lo estrictamente material, biológico. ¿Recuerdas cuando nuestras afinidades, vistas incluso desde  los momentos del  deliquio sensual  efectivo, sensorial de nuestros cuerpos entregados, eran sin dudas abolidas por el ímpetu, más allá de la pasión, de la reconocida y, desde luego, reconocible unidad viva de nuestra razón de amor?
                Mas, qué bien intuía ya entonces que el exceso propio de la sinrazón sexual, cuando basada en la genuina entrega solidaria, generosa, abnegada del amor, no era sino vital impulso, sin duda origen hermoso de creación única. Éxtasis que además no haría sino quebrar por fin el ámbito de las tinieblas (de apariencia y simulacro) de lo pérfido y falso de nuestro asendereado, social  y despótico mundo.
                La decepción nos proporciona del amor el más claro sesgo, la más lúcida, diáfana, elevada atalaya desde la que otear, ahora sin  obstáculos, la sombra frente a la exaltación y fervor de la luz de la vida, si es que esta es necesaria creación y, receptáculo por tanto, de su producto más genuino en el amor: la poesía.
                Cuántas veces, con las manos entrelazadas, abrazados sobre el lecho estrechamente,  en una mirada ígnea fundidos y en silencio, me hizo reflexionar aquella urdimbre sagrada sobre la unidad de nuestros cuerpos, entretejidos, a la búsqueda de un único y definitivo espíritu.
                Aun sabiendo, o, mucho mejor, viviendo (en) el  amor, sé que este debe preceder siempre  a  la palabra. Es así que ahora presiento, sobre estos párrafos de inevitable decepción verbal, el júbilo inefable de su silente e indecible fuerza y lozanía. También que, si la posesión sexual una vez provino del deseo, del rapto, del ímpetu carnal, sé, además, que la  verdadera pasión amorosa adviene del extático arrebato que subyace de lo que está fuera del tiempo, del espacio, porque es del pensamiento ajeno. Así, el morir de vida es el vivir de muerto, que advertía el gran Heráclito; en el tránsito existencial se pone el amor en evidencia, ante la intemporal incongruencia que supone la eternidad del amor en lo frugal y efímero de nuestras vidas. La  decepción de nuestra mortalidad será la que constate la estadía y permanencia indiscutibles del amor; o, en realidad, cual renacer impulsado en la  regeneración proverbial que dialoga como el Eros y el Tánatos en nuestras vidas y que, muy bien no podrá manifestarse sino en virtud de desenmascarar definitivamente lo que no es amor.
                Tu rostro (labios, mejillas, ojos) eran origen de luz permanente, germen del singular aliento que aspira sobre el mío aquel hálito único que respira la vida en pos de dar la respuesta a la interrogante última a la que invoca la verdad. Mas, si aspiramos al inmortal mantenimiento del amor será sin duda porque en él intuimos la senda no trazada de la verdad. Pero en la decepción y revelación, por tanto, del engaño, la verdad, también  la vida, se muestran en su realidad unívoca e inquebrantable: relación, alteridad unánime que, por fin, en el amor significa.




II


TANTAS veces quisimos, totalmente seguros, convencidos de su contingencia, fundamentar los principios de nuestro sagrado y vivo vínculo, en perfecta armonía, ya exentos de cualquiera contradicción, cual si aquella sublime erótica de la atracción no fuese en modo alguno impedimenta para el necesario entendimiento con el logos que sostiene racionalmente nuestras leales, firmes y muy persuadidas convicciones, y todo ello al amparo de  profundos, verdaderos y vívidos sentimientos. Hubimos de afrontar, en no pocas  y muy severas y  difíciles ocasiones, el hecho del todo ineluctable de que el amor no encontraba sino frágil e insuficiente fundamento en aquellas aptitudes e inclinaciones nunca duraderas si ancladas al deseo, como si estas pudieran acercarnos más sinceramente; pero pudimos de forma muy clara constatar que, aun en lo que aquellas cuestiones enfrentarnos pudieran, siempre encontrábamos la base, el fundamento, la razón incuestionable que garantizaba, no obstante, nuestra perpetua atracción.
Ante las duras y diversas adversidades a las que nos enfrentó la vida, tan cruelmente muchas veces, nuestro vínculo  sagrado fue la muestra del divino bien que el amor procura, si en verdad todavía nos parece medida y previsión suprema de las cosas. Es así que, en base a estos sublimes rudimentos juramentamos perpetuamente nuestro afecto.
Del amor y sus decepciones, un fragmento de Elogio de la decepción, Francisco Acuyo
Sin embargo, la decepción pondría en franca referencia la genuina razón de amor que hubo, al fin, de ser fundamento (también fuente legítima) de vida  moral en nuestra existencia. El ordo amoris máximo, puro y dilecto late con el pulso de una potencia universal que enciende el mundo con el verdadero ritmo impulsado desde la ética que da sentido, equilibrio, ponderación a nuestras vidas; así subyace en la verdad sagrada de lo bello, pues late con nosotros cual corazón unánime.
Parece hoy más clara y verídica que nunca aquella luz que abundaba de tu rostro: de su contemplación obtuve el orden y ley definitivos por ser justo y del todo verdadero.[4] Fue la profunda decepción en tu ausencia la que fundó la clara imagen del amor, expuso ante mis ojos la jerarquía perenne de las cosas como producto siempre de su estímulo, de su fuerza, de su gracia inmarcesible. Entender (o vivir realmente, si fue lo mismo) la decepción, fue captar con total certeza el amor como acción viva, como dinámica integradora, mediante la que reconocer el ser y devenir universales fue cosa fácil y evidente: allí era de donde brota, resurge lo que aspira a su vívida y plena existencia. ¿Qué es sino creación el amor? ¿Qué sino la  acción siempre unificadora que identifica el común de todas las cosas? ¿Qué es sino plenitud, culminación, contacto intenso con el universo mundo?  La adecuación, el acondicionamiento que la óptica de la decepción ofrece así lo certifica: entendemos, si bien mirado, la forma, el origen y el inmarcesible contenido que funda del amor;  el vasto dominio en el que se alza y extiende: vemos el empuje, el vigor cósmico de su empeño proyectado más allá de la parcial latitud del deseo, de toda voluptuosa soledad: sus regiones se extienden  por el bien infinito que en realidad será siempre el amor.
La decepción supo abrirme a las verdaderas, simples (y complejas) razones, fundamentos que el corazón, sin darnos cuenta, muchas veces ofrece y explicita. El concepto y la palabra, el pensamiento y el  juicio, la razón y la lógica son, gracias a la fuerza e impulso inauditos del amor, completa y radicalmente trascendidos; desde su inmarcesible paradoja todo adquiere un armónico sentido y significación totales: es así que en el espejo profundo de la pasión, sabe el corazón de los valores que aportan al espíritu la angustia, el sufrimiento, la perplejidad de la amorosa decepción, pues, en verdad no son más que reacciones del todo equívocas ante el enigmático e implícito orden que al fin marca en nuestras vidas el verdadero amor. Si es que atentamente miramos el amor, observaremos que en realidad es imposible  vulnerar las leyes, los principios, el orden, la armonía que marca e impone en todas y cada una de las cosas que les son genuinas. Por eso odiar por esa causa no será más que no vislumbrar, o no reconocer la imagen del amor en el espejo idóneo de la decepción.
El amor se nutre, como la vida, como cualquiera otro impulso creativo, de la necesidad  total, definitiva, última de ser más allá del tiempo, de la muy precaria andanza existencial que muestra nebulosa su arraigo a un tiempo y un espacio que no son el designio verdadero que rige el corazón del mundo cuando hay amor.


                                                                                                              Francisco Acuyo



[3] Así te explicaba en relación con la decepción llevada al ámbito de la amistad, Elogio de decepción I, pág. 1.
[4] Scheler, M.: Ordo amoris  capt. Edotories pp. 21 Madrid 1996.




Del amor y sus decepciones, un fragmento de Elogio de la decepción, Francisco Acuyo

3 comentarios:

  1. Es lo más profundo y bello que he leído sobre el amor. Me ha conmovido profundamente la lectura de estos fragmentos de tu libro, cuya aparición esperamos con ansias.
    Recibe, querido y entrañable amigo, un fuerte abrazo, con admiración.
    Jeniffer Moore
    Miami, FL. USA

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  2. Es un regalo poder considerarse amigo de un ser humano que además de talentosísimo escritor, sabe poner los puntos sobre las íes en temas como este, tan universal y causa de debate(Y de combates). Ha sido una experiencia única ir a través de este ensayo vivencial, ver cómo, en cierto punto lo que parecía general, vino a ser en primera persona, diálogo con el ser querido, disquisición enriquecedora.
    Me he sentido parte de muchas cosas que dices acá; y tal parece que esa decepción al final, y como también dices, es la reafirmación del Amor, con mayúscula, que no pide a cambio sino la realización de la verdad, cosas que suceden a la vez, porque el Amor es la verdad definitiva y definitoria, es la luz...en fin, Un abrazo agradecido, Acuyo.

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  3. de talentosísimo escritor, sabe poner los puntos sobre las íes en temas como este, tan universal y causa de debate(Y de combates).

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