jueves, 29 de octubre de 2015

EMILIO LLEDÓ O EL EXCELSO MAGISTERIO HUMANISTA

Para la sección del blog Ancile, Pensamiento, ofrecemos la entrada que lleva por título: Del ser y la belleza:  o el excelso magisterio humanista de Emilio Lledó, que viene muy a propósito tras habérsele concedido el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y humanidades, y coincidiendo con el generoso envío de su último libro, Fidelidad a Grecia, que recogí con enorme curiosidad y gozo del correo.[1]



Emilio Lledó o el excelso magisterio humanista, Francisco Acuyo




EMILIO LLEDÓ  O EL EXCELSO

 MAGISTERIO HUMANISTA   




Emilio Lledó o el excelso magisterio humanista, Francisco Acuyo





SI lo primero[2] fue el habla,[3] el verbo[4], entendido como  λóγος (palabra, discurso, razón) y  no sólo siguiendo a los apologetas griegos[5], sino también a lo más granado de los doctores cristianos, reconocemos su estrecho vínculo con el acto de creación, la palabra como energía creadora; pero también es el soplo semántico aristotélico al que invoca el maestro Emilio Lledó en su última publicación Fidelidad a Grecia. Además es una de las claves de la humanidad del hombre en tanto que crea comunidad, solidaridad, amistad, mediante la que el entendimiento entre los seres humanos se hace posible, y a través de la que surgieron los mitos (mythos) como trascendente fórmula de conversación y diálogo en virtud de la cual podíamos aspirar a ser verdaderamente libres.
                Qué a propósito venía la lectura de estas páginas para quien suscribe, con profunda admiración hacia su autor, estas líneas de homenaje a su trayectoria intelectual  y su figura humana singular e irrepetible. Venían al pelo porque, no mucho tiempo atrás, mostraba mi indignación por la injusta relegación o sometimiento de las humanidades a las disciplinas científicas[6], según criterios injustamente interesados por ciertos sectores, no sabría decir, si malintencionados o profundamente ignorantes. Puede servirnos de ejemplo al respecto el riquísimo concepto y contexto del mito, si es que el filósofo, el que sabe o aspira a saber, tiene que ser amante irrenunciable de los mitos. Porque serlo implica amar el conocimiento, la verdad, la sabiduría. Y es que en verdad el mito alumbra e
inspira, aun cuando es un paso previo en el camino del conocimiento, pues, las palabras míticas no acaban su discurso en ellas mismas; en realidad son la senda abierta a la cultura en libertad y la genuina y fructífera paideia.[7]
                Cuando en estos días, desde tan estrecha como inaudita perspectiva, se cuestiona la educación filosófica como fundamento para el mejor conocimiento de la naturaleza humana, acaso estemos llamando a la extinción de uno de los fundamentos para el asombro (thautomasía) ante los misterios y lo extrañamente comprensible[8]  del mundo y de nosotros mismos, puesto que será el asombro del filósofo el que suscite la pasión por entender al pairo de una cultura de la luz [9]que
alumbrará también científicamente. Y es que esta luz puesta en la mirada del que quiere saber es la que lleva a la belleza y a la bondad mismas y, desde luego, a lo que siempre debió respetarse como virtud primordial para alcanzar la verdad, y que Lledó califica presta y acertadamente como la decencia,[10] porque sin ella será mucho más comprometido y acaso inaccesible percibir ese ser insólito cual es la belleza, y porque sin la filosofía y las humanidades se torna mucho más complicado apreciar que lo bello es difícil[11].
                Y es que en verdad, sin el saber del filósofo y del humanista, ¿quién nos iba hablar, interpretar y redescubrir cuestiones (míticas y perpetuamente adheridas al espíritu del hombre como, por ejemplo,  el sugestivo  silencio de Diotima[12]? Esta mujer misteriosa e indescifrable que, nada menos, establece la primera exégesis y teoría del Eros (de tanta trascendencia a partir de la teoría del psicoanálisis). El regreso a Platón[13] conlleva tantos potenciales estímulos para la imaginación y el entendimiento que, cuando accedemos a través de estos diálogos a la figura de Diotima, se abre una panoplia tan amplia de ideas, de sugerencias, de interpretaciones que nunca estaremos lo bastante agradecidos al maestro humanista que nos lo enseña o nos lo recuerda en los momentos más oportunos y, sobre todo, nos motiva para la reminiscencia de que la ignorancia es el castigo supremo de los hombres[14],  y que su reino es el de la oscuridad, y que será en virtud de Eros como consigamos trascender esas tenebrosas tinieblas.
                ¿Quién, si no, nos enseñaría a dilucidar, a desengañar de tanto prejuicio traído al caso por conveniencia del desaprensivo centrado en sus intereses ideológicos, sino el maestro humanista (filósofo o no)? Quién puede renunciar al magisterio del sabio que nos pondrá en evidencia frente a
nuestras propias y fraudulentas apreciaciones? Véase cuán ejemplarmente se expone el grosero materialismo y la vulgaridad provocativa de la figura, nada menos que de Epicuro en estas páginas,
ante todo porque sobre este extraordinario personaje y su singular pensamiento cabe edificar un excepcional pensamiento humanista[15]. Del trivial edonismo  muchas veces zafiamente interpretado, se alza el monumento humanista en el que el gozo fundamenta y estimula la vida para el bienser[16] que nos dará equilibrio y libertad, en el que la ideología del tener quedará desenmascarada frente a la teoría del ser, pues la eudomonía (la felicidad) proviene, no del tener más, sino del ser más[17].
                Así pues, verán desfilar en esta Fidelidad a Grecia también, en la armonía de la persona[18], de la voz que no clama en el desierto,[19] de la fusión de luces[20] mediante la que el Logos y la Theoría clarifiquen sus espacios, y en donde distingamos que no solo es decir sino que también es semantiké (sentido) la palabra, si es que el lenguaje es el ser propio del pensamiento y  debe ser siempre dialogado (compartido, al fin), y que el Méthodos (Método)[21] con su raigambre científica es, no dogma, sino estar en el camino para la búsqueda libre e idónea. Por todo esto es tan necesaria estar en simpatía con la palabra[22].
                Por todo esto y muchas más excelentes y muy apropósito exposiciones merecerá la lectura y fruición de estas páginas que, tan a punto y tan imprescindibles, nos trae el maestro Lledó en esta Fidelidad a Grecia. Es este un compendio de reflexiones en donde de manera más amena, clara y excelente se pondrá de manifiesto que el lenguaje es manifestación definitiva de la memoria para recordar, por boca del gran Antonio Machado -y recogido en estas páginas tan a propósito en nuestros días- , este apunte que debe ser el auténtico corazón del tiempo de nuestra memoria:
                De aquellos que dicen ser gallegos, catalanes, vascos, extremeños, castellanos, etcétera, antes que españoles, desconfiad siempre. Suelen ser españoles incompletos, insuficientes, de quienes nada grande puede esperarse.
                -Según eso, amigo Mairena- habla Tortólez en un café de Sevilla-, un andaluz andalucista será también español de segunda clase.
                -En efecto –respondió Mairena-; un español de segunda clase y un andaluz de tercera.[23]

                Por todo esto (y según nos confirma el maestro Lledó en sus Pruebas de imprenta)[24], se hace cada vez más imprescindible  el uso del lenguaje fuera de la pragmacia (ideológica, o no) y del consumo de baratijas verbales,[25] para abrir un nuevo horizonte de sensibilidad, y en  el que la poesía se ofrece como  la libertad de señalar, de significar, de entender y de amistar, si en realidad queremos evitar que en épocas de miseria ocupen su lugar los timadores, los farsantes, los hechiceros,, los fanáticos y otras criaturas del submundo intelectual.[26]



                                                                                                                   Francisco Acuyo


[1] Y en el que me regala con la entrañable generosidad que le caracteriza una preciosa dedicatoria que hace de este ejemplar, con su contenido incomparable, un añadido que le convierte en un tesoro personal indeleble para quienes les habla.
[2] Lledó, E.: Fidelidad a Grecia, cuatro ediciones,Valladolid,2015, p.15.
[3] Juan 1: 1-14:En el principio era el verbo, y el verbo era con Dios, y el verbo era Dios
[4] Acaso traducido previamente del hebreo  Ha Menra, Menrah (discurso)
[5] Teófilo de Alejandría : la materia no es eterna, sino “creada” de la nada . 
[6] Ciertos sectores neopositivistas y evolucionistas radicales. Véanse los apuntes llevados a cabo en los siguientes enlaces: La vida del espíritu: un brevísimo apunte al concepto de sentido y significado, o, a La libertad del dogma positivo científico, de la ignorancia a la involución intelectual y creativa.
[7] Lledó, E.: Fidelidad a Grecia, p. 16.
[8] Porque en verdad no deja de ser tan profundamente maravilloso y enigmático quedar suspensos ante las miríficas realidades que no comprendemos, como el hecho no menos comprensible del que podamos entender las que entendemos.
[9] Lledó, E.: Fidelidad a Grecia, p. 19.
[10] Ibidem p. 20.
[11] Ibidem p. 22.
[12] Ibídem p. 23.
[13] Platón: El banquete, Obras completas, Aguilar, Madrid 1978.
[14] Ibidem p. 24.
[15] Ibidem p. 28.
[16] Ibidem p. 29.
[17] Ibidem p. 37.
[18] Ibídem p. 41.
[19] Ibidem p. 42.
[20] Ibidem p. 47.
[21] Véase la nota 5 a este respecto y la denuncia llevada a cabo en otras ocasiones frente a los radicalismos de algunos teóricos de la ciencia que sólo validan los presupuestos positivos rechazando cualquier otra interpretación que pudiera llevarse a término por disciplinas del humanismo (filosófico o no), por no adecuarse al cuadro de la metodología científico positiva.
[22] Ibidem. P. 53.
[23] Machado, A.: Antonio de Mairena,  Obras Completas, Aguilar, Madrid, 1997.
[24] Ibidem. P. 107.
[25] Ibidem P. 108.
[26] Ibidem. P. 109.




Emilio Lledó o el excelso magisterio humanista, Francisco Acuyo

viernes, 23 de octubre de 2015

LA VIDA DEL ESPÍRITU: UN BREVÍSIMO APUNTE AL CONCEPTO DE SENTIDO Y SIGNIFICADO

En esta ocasión, y para la sección De Juicios, paradojas y apotegmas, del blog Ancile, ofrecemos el post titulado: La vida del espíritu, un brevísimo apunte al sentido y al significado.

La vida del espíritu: un brevísimo apunte al concepto de sentido y significado, Francisco Acuyo

LA VIDA DEL ESPÍRITU:

UN BREVÍSIMO APUNTE AL CONCEPTO

 DE SENTIDO Y SIGNIFICADO


La vida del espíritu: un brevísimo apunte al concepto de sentido y significado, Francisco Acuyo


TIEMPO atrás[1] hablábamos de la arrogante presunción de ciertos sectores de un post-positivismo amparado en las teorías evolucionista radicales y en disciplinas científicas de nuevo cuño[2] y grandes dosis de desdén hacia cualquier explicación del concepto, dinámica y funcionamiento de la mente y su interrelación con el mundo, nos referimos a la neurociencia, las cuales venían a poner en cuestión, o cuando menos, a sustraer toda la importancia posible a cualquiera iniciativa para entender la realidad, no sólo fenomenológica del mundo, también para una correcta comprensión de la psicología consciente (e inconsciente) fuera del ámbito –fuertemente mecanicista- de estas corrientes de pensamiento científico harto excluyentes, desdeñosas y petulantes. Algunos de estos selectos y espetados representantes diferenciaban radicalmente a las humanidades (frente)  a su casi infalible método científico, estableciendo criterios de distinción incomparables entre una y otra manera de acceder al conocimiento, colocando el modus científico como ampliamente superior y más coherente con la realidad de los hechos objetivos que aspiran a explicar, ya sean físicos, biológicos o [3] que, les parece, por no científico, insignificante, cuando en realidad en modo alguno deberíamos considerar trivial y desdeñable, máxime cuando será, por cierto, en virtud de éste que habrían de surgir los fundamentos del propio método científico a través de otras manifestaciones fundamentales mediante las que entender la naturaleza del ser humano (la filosofía, el arte, las diferentes pseudociencias: alquimia, astrología, e incluso la misma magia primitiva[4],  a través de las que se conformaría, ya lo adelantábamos, buena parte de la metodología en la que se habrían de basar las disciplinas científicas de la actualidad. Parece, no obstante, que, por ser muchas de ellas semillas del conocimiento científico, son despreciables, y si acaso fueron germen también de otra manera de entender el mundo, no merecen más atención que la de su curiosidad histórica o arqueológica.
La vida del espíritu: un brevísimo apunte al concepto de sentido y significado, Francisco Acuyo

                Esta humanidad a la búsqueda de un sentido existencial o social (para su especie) se abandona al albur de la lógica, la razón y el método científico, como si la ciencia pudiese dar discernimiento a las necesidades del espíritu, cuando en realidad, la aspiración espiritual pretende la liberación de todo significado. Acaso esta sutil apreciación sí pudiera valorarse bajo los criterios que no pueden ser nunca científicos (sí filosóficos, artísticos, religiosos, místicos,…) y cuyos juicios no son en modo alguno dignos de la menor consideración. ¿Es que la ciencia pueda llenar todas y cada una de las aspiraciones de la conciencia? Los hechos objetivos y demostrables por la ciencia, o los valores establecidos (abstraídos) en la búsqueda de necesidades propias o de especie, de seguridad, protección…. no parecen hacerlo. Sencillamente porque muy bien pueden no estar al alcance de las convenciones de la ciencia y de la moral social a la que pretende adherirse eso que llamamos humanidad.[5]
                Los propósitos que dan sentido a la ciencia (antes al conocimiento religioso, mágico al primitivo discernimiento filosófico) y a la ética social son sin duda un rasgo extraordinariamente genuino del ser humano, pues, necesita vitalmente establecerlo como rutina de integración personal en el mundo, y en la mayoría de los casos no tanto porque aspire a la contemplación de la realidad (última) y a la virtud moral altruista, sino por pretender hacer eternos los momentos que no volverán a repetirse. Creemos que, ahora más que nunca, esta confusión trascendente es más evidente, por eso establecemos muchas veces un papel dogmático a lo que jamás puede ser dogma (y puede y debe ser refutado) que es el cualquier principio de la ciencia, marchando sin fundamento hacia la vertiente que está más allá del significado, decíamos, que es la vía de la alta filosofía, la mística o la verdadera religión y sin duda la poesía desasida o desarraigada y profundamente entregada al proceso creativo. Por eso, insisto, la díscola y exaltada apreciación de la entrada anteriormente[6] referida en este post, tiene un especial sentido, porque siendo un entusiasta de la ciencia, me parece que negar cualquier otra forma de entendimiento del mundo por muy ancestral, intuitiva o simbólica, es relegar la potencia de los seres consciente a una visión muy parcial de lo que el mundo y el espíritu en su interpretación ofrece.
                Es claro que ni la ciencia ni el producto artificial (y abstraído) de una moral interesada en la supervivencia pueden ofrecer de manera unitaria aquello que precisa el ser de nuestra conciencia que, no es tanto humana, como universal, si la identificamos como la capacidad de entendimiento comprometida con la totalidad del mundo, que nos incluye a nosotros mismos, porque eso aquello que llamamos conciencia (y que en la acepción que nosotros manejamos incluye la inconsciencia)
La vida del espíritu: un brevísimo apunte al concepto de sentido y significado, Francisco Acuyo
está implicada en la totalidad de todo lo que fue, es y será mañana. Y esto es así, porque la mera lucha por la supervivencia no precisa de conocer la verdad, sino subvenir sus necesidades primarias e inmediatas.
                También en otras ocasiones hemos hecho énfasis en el mito del progreso amparado precisamente en los avances científicos y tecnológicos que, como todos sabemos son un hecho incontestable, pero que en modo alguno garantizan el progreso social y, aún menos el individual[7], y si este último no es efectivo muy difícilmente puede serlo el social. Muy conveniente sería reflexionar sobre la cuestión de la accesibilidad a la verdad, a la realidad, y caer en la cuenta de que esta acaso nunca puede ser enseñada, tan solo verter o reconocer y mostrar los cauces y señales por donde puede vagamente indagarse, pues en última instancia solo podemos acceder a ella y verla y reconocerla por nosotros mismos. Al fin y al cabo la razón última por la que necesitamos un sentido para nuestra vida, en verdad radica en que, eso que llamamos nuestra conciencia, no sea tan nuestra como pensamos que pudiera ser y, como entidades imperfectas y mortales, quisiéramos participar de aquello que nos trasciende y que, en realidad, nunca nos abandona.



                                                                                                           Francisco Acuyo





[1] La libertad del dogma positivo científico: de la ignorancia a la involución intelectual y creativa, blog Ancile, De juicios, paradojas y apotegmas: http://franciscoacuyo.blogspot.com.es/2015/10/la-libertad-del-dogma-positivo.html
[2] Anterior post de vehemente, desaliñada e impetuosa redacción que, a vuela pluma, mostraba de manera algo exaltada la torpeza y desconsideración, sino ignorancia, de ese acervo de profundo e indiscutible interés de todas las disciplinas, enseñanzas y doctrinas que se pierden en la noche de los tiempos y que, a nuestro modesto interés, encierran posos de inagotable provecho y magisterio para quien quiera entender.
[3] Véase a Claude Levi-Struss en su Pensamiento Salvaje, F.C.E., México, 1990
[4] Frazer,  : La rama dorada, F.C.E. México, 1998.
[5] Así lo entendía en principio George Santaya y, posteriormente, el filósofo John Gray.
[6] Y que a pesar de sus muchísimos defectos expositivos y de expresión, no voy ni quiero retocar, porque sirva (me sirva) de singular referencia para la contención y la prudencia.
[7] De hecho es de todos reconocido que los avances científicos y tecnológicos están muy por encima del saber del hombre en respuesta a lo que suponen para su entorno y para él mismo.




La vida del espíritu: un brevísimo apunte al concepto de sentido y significado, Francisco Acuyo

martes, 20 de octubre de 2015

A LA SOMBRA DEL ÁLAMO BLANCO

Para la sección del blog Ancile, Poema semanal, traemos la composición titulada, A la sombra del álamo blanco.


Enlace a la Web Ancile


A la sombra del álamo blanco, Francisco Acuyo, Ancile





A LA SOMBRA DEL ÁLAMO BLANCO




A la sombra del álamo blanco, Francisco Acuyo, Ancile



LA vida sube la cuesta
pendiente de la calima,
potencia la luz que en acto
alza el mirador arriba;

arriba donde se gesta
el aliento y la fatiga,
donde sofoca caliente
vaho el soplo de la brisa.

Sube. Con la imagen sube.
Sube el espejo el estigma
hasta el alto promontorio
donde verá su caída.

Calienta estío.
                             Crisol,
crisol en donde destilan
las rosas de los jardines
el cáliz de dulce alquimia.

El sudor desde la cuesta
precipitadas desliza
almas o luces al pozo
que las acopia y las cifra.

El aroma de la luz
sobre la rosa culmina
con fragancia que los astros
escancian de la pupila.

Aquí, algo en sí intolerable
pretendo hacer con mi vida.
Puedo masticar el tiempo,
puedo beber la canícula.

Puedo tocar el pasado,
puedo escuchar si crepita
el ascua desde el futuro
que regresa a su ceniza.




Francisco Acuyo, de Los principios del tigre, 1997, 2012 en segunda edición aumentada.






A la sombra del álamo blanco, Francisco Acuyo, Ancile

domingo, 18 de octubre de 2015

LA LIBERTAD DEL DOGMA POSITIVO CIENTÍFICO: DE LA IGNORANCIA A LA INVOLUCIÓN INTELECTUAL Y CREATIVA

Presentamos para la sección De juicios, paradojas y apotegmas, del blog Ancile, La libertad del dogma positivo científico: de la ignorancia humanista a la involución intelectual y creativa.


La libertad del dogma positivo científico: de la ignorancia a la involución intelectual, Francisco Acuyo




LA LIBERTAD DEL DOGMA POSITIVO CIENTÍFICO: DE LA IGNORANCIA 
 A LA INVOLUCIÓN INTELECTUAL Y CREATIVA




La libertad del dogma positivo científico: de la ignorancia a la involución intelectual, Francisco Acuyo







LA doctrina evolucionista establece con férreos criterios –supuestamente- científicos la imposibilidad de haber sido creados en modo alguno por ninguna inteligencia trascendente,[1] así como que nos encontramos solos en el universo ¿conocido?. La libertad del hombre radica precisamente en estos dos hechos que parecen indiscutibles. No hay evidencia de otra vida que no sea esta que vivimos con mejor o peor fortuna es otra clave para el entendimiento de la naturaleza humana y, desde luego, que no estamos predestinados para alcanzar ningún fin, aunque, insisten, tenemos la posibilidad de decidir sobre qué queremos y qué seremos en el futuro. El accidente azaroso de la humanidad se muestra más que nunca arraigado a la idea de la evolución biológica, cuya condición –individual y social- no tiene por qué distinguirse de otras especies del reino animal, aunque el homo sapiens (hijo del trajinar no menos azaroso de los primitivos linajes de simios) ha sido capaz de crear una civilización propia. Mas no contentos con estas aseveraciones (discutibles, por lo menos), se establece el incomparable parangón de que, a pesar de estos avatares de azar, este culmen del primate inteligente da, nada menos, que la mente a nuestro reducto inmediato en donde vivimos (la Tierra) y del espacio sideral conocido. En cualquier caso, siempre seremos una especie disfuncional ya que no hay manera de crear un sociedad sin conflictos graves (provenientes de nuestra conducta tribal profundamente arraigada). Pero es que para colmo de males el conflicto individual y social está
La libertad del dogma positivo científico: de la ignorancia a la involución intelectual, Francisco Acuyo
genéticamente impreso en nuestra estructura neuronal y, claro está, hay que erradicar el parasitismo de cualquier forma de manifestación de trascendencia en el espíritu humano, ya que esta es una de las responsables de aquella disfuncionalidad señalada. Ahora, atención, es preciso que, ante el aluvión de las novedades y excelencias científicas, debemos esforzarnos en mantenernos prestos y serenos ante la incapacidad de asumir su creciente y arrolladora influencia. Rematemos la faena diciendo que las Humanidades (las artes creativas), cuyos horizontes son siempre inferiores a los científicos, serán las que encierren y den carácter genuino al alma, aunque, es inevitable, este alma de idiosincrasia humanista está muy frenada por las limitaciones sensoriales de la especie, mas llegará el día en que las mermadas humanidades se hermanen (o se sometan) a la clarividente e insobornable fuerza de conocimiento como es la ciencia positiva.
                  Pues bien, ¿qué clase de libertad es aquella que está sujeta al designio violento de la supervivencia como criterio primordial para la evolución y progreso del individuo pensante? Mas aún, ¿cómo podemos establecer como uno de los fundamentos de nuestra libertad en la mera conjetura de nuestra soledad (y angustiosa perspectiva pascaliana de existencia) en el universo? ¿Tenemos acaso alguna evidencia absoluta de que esto es así? No por cierto. En cuanto a que haya una inteligencia trascendente que ya influido de uno u otro modo en la realidad biológica (menos aún psicológica) del ser humano, parece ser una cosa archidemostrada por el evolucionismo ¿radical?, aun cuando en realidad no es en absoluto demostrable bajo ningún concepto, racional y lógico (científico  o no), cuestión que por otra parte ni sustrae ni da libertad, no ya al ser humano, a cualquier entidad consciente de sí y de su entorno, problemática profundamente estudiada por la tradición filosófica metafísica o no durante siglos.
                  Alarmante, deprimente y vanamente nihilista resulta una visión del conocimiento y metodología científico positivo como panacea para la indagación y búsqueda de la verdad y la realidad del mundo y de nosotros mismos, aun cuando de ningún modo dé solución a prácticamente ninguna de las interrogantes que en verdad angustian y preocupan al ser humano, pero acaso esto sea lo menos relevante, lo que levanta muchas y más serias dudas es cómo puede obviarse milenios de interpretación artística, filosófica, mística, poética del mundo en pos de una incapacitada e incapacitante fórmula (¿científica)?, bajo el dogma de una fe positiva en el método científico como la única manera no supersticiosa o fabulada del mundo, sobre todo porque, o bien encierra esta aproximación una profundísima ignorancia sobre uno de los soportes de conocimiento y vida interior fundamentales del hombre y que está comprendido por lo que algunos denominan –con cierto aire despectivo y de engolada suficiencia- humanidades, las cuales diríase enfrentadas al saber científico, como si este, la ciencia, fuera de origen extraterrestre y por tanto no humano. Lo dice quien les habla, que no es poco entusiasta y devoto de la ciencia, pero que no puede dejar de admirar, por ejemplo, el acervo inmenso y profundo del arte sacro en todo el orbe en sus más diversas manifestaciones, o de la mística que ha sido capaz de inspirar el genio poético de los más inmarcesibles espíritus poéticos.
                  ¿Acaso hemos de renunciar a las otras vías de percepción de conocimiento y entendimiento del mundo que  han hecho del espíritu humano una conciencia tan singular como
La libertad del dogma positivo científico: de la ignorancia a la involución intelectual, Francisco Acuyo
excepcional para concebir la belleza y la trascendencia como fuentes de inspiración creativa y de superación personal, las cuales ofrecen al ser humano la posibilidad de crecer interiormente frente a la banalidad y profundo desconocimiento de lo más granado del alma humana en una sociedad que científica y tecnológicamente muy avanzadas, pero que desde el punto de vista del pensamiento y el espíritu están, tal vez a siglos de estos avances?
                  Qué tendríamos que hacer con toda la tradición de pensamiento grecolatino, con las cimas de la filosofía oriental (hindú, budista, taoísta…. ), qué con los estudios fundamentales del espíritu humano sobre los símbolos, el pensamiento religioso, la retórica, el arte, la música…. Qué con los personajes de excepción que estudiaron eso factores del alma humana extraordinariamente significativos, Lévi-Strauss, Elíade, Frazer, Jung,  Campbell….  Qué de los eminentes científicos sin los cuales no habría de entenderse la historia de la ciencia y que, sin embargo, no abandonaron sus creencias y que incluso estudiaron disciplinas totalmente heterodoxas, véase a Newton, que mostró un interés por la alquimia que hoy se considera una simple extravagancia del genio de Woolsthorpe; qué de la fe cristiana del propio padre del evolucionismo y del gran estropicio y no menos grande despiste del positivismo más recalcitrante, me refiero a Darwin, y así en gran largo etcétera que pone de manifiesto que la cuestión del conocimiento y la búsqueda de la verdad no es cuestión tan simple como las huestes, discípulos y correligionarios del dogma positivo cientificista pretenden hacernos creer. Mucho más me interesan las aproximaciones de Einstein, Bohr,  Schrödinger, Bohm …, entre otros muy numerosos espíritus científicos que escrutaban todas estas cuestiones con mucha más cautela y resolución humana y científica.



                                                                                                          Francisco Acuyo





[1] Wilson, E.O.: Sobre la naturaleza humana, F.C.E. , México, 2003.





La libertad del dogma positivo científico: de la ignorancia a la involución intelectual, Francisco Acuyo

viernes, 16 de octubre de 2015

SOBRE LA PIEDRA UN SETO

Para la sección Poema semanal del blog Ancile traemos el poema titulado Sobre la piedra un seto, del libro, Los principios del tigre, 1997, 2012 segunda edición aumentada.


Enlace a la Web Ancile



Sobre la piedra un seto, Francisco Acuyo, Ancile





SOBRE LA PIEDRA UN SETO



Sobre la piedra un seto, Francisco Acuyo, Ancile



EL transeúnte perdido
sobre el jardín encuentra
en tropel corazones,
pulso de viva piedra.

Plano ambiguo que inclina
la luz sobre la puerta;
nueva puerta se pliega
en otra puerta nueva.
Un paso precipita
el eco de la cuesta,
tropel de corazones,
pulso de viva piedra.

Si con la muerte siempre
hueca la vida suena,
el transeúnte perdido
en el jardín encuentra
la simétrica traza,
la pauta paralela.





Francisco Acuyo, de Los principios del tigre, 1997, segunda edición 2012






Sobre la piedra un seto, Francisco Acuyo, Ancile

DEL AZAR A LA HUMANIDAD O LAS LEYES DEL CAOS

Para la sección De juicios paradojas y apotegmas, del blog Ancile, Del azar y la humanidad, o las leyes del caos.



Del azar o las leyes del caos, Francisco Acuyo



DEL AZAR A LA HUMANIDAD
O LAS LEYES DEL CAOS




Del azar o las leyes del caos, Francisco Acuyo




Uno de los términos más controvertidos para explicar todo aquello que no entendemos es el de azar. El azar -y la necesidad[1] (evolutiva)- explica(n) o pretende(n) explicar la existencia de la humanidad –y de la misma vida- sujeta a una cuestión netamente accidental. Como una especie más (o manifestación biológica del universo) el hombre está sobre la tierra por pura casualidad, según no pocos y eminentes estudiosos y científicos al respecto.[2] En realidad debo confesar que, quizá por el prejuicio de entender que todo lo que acontece obedece a unas leyes de causa efecto (por otra parte constatables empíricamente en buena parte de los casos). Si observamos atentamente veremos que le término azar se utiliza en aquellos ámbitos o momentos críticos en los que la ciencia no puede dar respuesta satisfactorias al origen del objeto de su estudio.
                Al margen de que exista una teleonomía para la existencia de la vida, de las diversas especies y del hombre (y la humanidad misma), resulta interesante la observación de la utilización del término azar, epistemológicamente puede resultar esclarecedor en la observancia y entendimiento de cómo actúa la ciencia ante los retos de la naturaleza en su explanación, interpretación y comentario. El azar como habitual cajón desastre para explicar lo inexplicable es tan universalmente aceptado que no deja de causarme un profundo asombro.
                Se dice que el azar está presente, por ejemplo en las proteínas, pieza clave del funcionamiento celular y que son capaces de rebajar la entropía en pos de buscar un orden o equilibrio que ha de traslucirse en el funcionamiento biológico que todos observamos en su dinámica y funcionamiento normal. La evolución omnipresente en toda esta suerte de cambios al azar preside el equívoco con grandes dosis de arrogancia y sobre todo de incitación a una visión nihilista casi suicida: La antigua alianza está ya rota; el hombre sabe al fin que está solo en la inmensidad del Universo de donde ha emergido por azar, que diría Monod. Pero, verdaderamente sabemos que
estamos solos? ¿Sabemos en realidad como interaccionamos, como seres conscientes, con los demás seres conscientes y con el mundo? En verdad que esta interrogante no responde a una inconsciente voluntad animista, si no en la deducción de un universo que puede albergar otras formas de vida y en la realidad empírica de que existen condiciones propicias para albergar vida en lugares fuera de nuestro entorno planetario. Además, comprendemos realmente cómo funciona nuestra conciencia en relación a los límites que nuestra razón (y su derivado científico) manifiestan ante las incógnitas que se nos presentan como hechos, inexplicables unos, la vida,  inaceptables otros, la muerte.
                No hablo del sentido (de la vida y de la muerte), sobre el que, por supuesto, es legítimo intelectual y espiritualmente cuestionarse, me refiero a cómo afrontar el hecho de que el saber científico, si para serlo, debe ser cuestionable –refutable- marca unos límites para la comprensión de no pocos aspectos del universo y de nosotros mismos, y entender que sólo el conocimiento científico es fiable para dicha comprensión. La cuestión no es baladí, porque acaso esté sucediendo como en su momento aconteció con la filosofía: si pensamos no vivimos. ¿Acaso no sucede lo mismo cuando tratamos de abstraer todo el sentido y conocimiento al saber científico, extrayendo, de manera artificial, el objeto de su investigación? La disciplina cuántica ha sido motivo de no pocas controversias al respecto al introducir sistemáticamente a la conciencia para el entendimiento del funcionamiento de lo más íntimo de la materia, esto es, su estructura subatómica. El conocimiento objetivo como conocimiento supremo no alcanza las necesidades de la nueva ciencia que, acaso, diluye cada más sus fronteras, no solo epistemológicas, también metodológicas, olvidando el valor efectivo para su aplicación que es el que prevalece a niveles prácticos (tecnológicos y explicativos de determinados aspectos del mundo), la manifestación de su conocimiento como el único admisible para el conocimiento de la realidad, será, a nuestro juicio, una torpe guisa de dogmatismo impropio de cualquier pensamiento científico.
                Así las cosas, todo lo que sea hablar de un origen sin significado y puramente azaroso de la raza humana no pasa de ser una afirmación que carece de cualquier atención responsablemente científica, pues tanto decir que sí, como que no, entran en el ámbito de las conjeturas meramente especulativas y que no alcanzan, ni siquiera, el rasgo de filosófica.


Francisco Acuyo




[1] Monod J.: El azar y necesidad, Tusquet, Barcelona, 1985.
[2] Por ejemplo véase a Wilson, E.O.: Sobre la naturaleza humana, Fondo de cultura económica, México, 1997





Del azar o las leyes del caos, Francisco Acuyo

jueves, 15 de octubre de 2015

POESÍA (COMO EL ZEN): ENTRE LOS LÍMITES DE LA RAZÓN Y LOS CONFINES DEL LENGUAJE

Para la sección De juicios, paradojas y apotegmas, del blog Ancile, Poesía (como el zen): entre los límites de la razón y los confines del lenguaje.


Poesía (como el zen): entre los límites de la razón y los confines del lenguaje, Francisco Acuyo



POESÍA (COMO EL ZEN): ENTRE
LOS LÍMITES DE LA RAZÓN Y LOS 
CONFINES DEL LENGUAJE



Poesía (como el zen): entre los límites de la razón y los confines del lenguaje, Francisco Acuyo




SIEMPRE consideré que los términos pensamiento (pensare, -estimar, comparar- y  miento –resultado-), razón (ratio- onis, de reor, reris, reri –pensar, creer-)  y conciencia (conscientia,  con –convergencia- y scientia de sciere –saber-) - habían traído más sombras y confusión que luces o elucidación para la actualización de sus terminologías al ámbito de la filosofía, la ciencia, la disciplina filológica e incluso en los ámbitos de aplicación artístico literarios. Sobre todo con la arrolladora aparición de la neurociencia como piedra de toque para la explanación de todos los fenómenos que atañen al comportamiento psicológico –consciente e inconsciente-, intelectual e incluso para la explicación de la aspiración trascendente del individuo (y que en tantas ocasiones se ha evaluado como la nueva religión (científica) ya que, dice, aporta todas las soluciones al problema de la identificación y evaluación de los procesos del pensamiento y la conciencia, todos ellos fenómenos, o, mejor, epifenómenos del cerebro), cuestión esta que se muestra abierta a un amplio, complejo y contradictorio debate que no se perfila con visos de solución inmediata.
Poesía (como el zen): entre los límites de la razón y los confines del lenguaje, Francisco Acuyo
                Hay procesos de profunda significación psicológica –no solo neurológica-, filosófica e incidente en ámbitos de diversas ciencia naturales (incluso la física) que encierran todavía un profundo misterio para el conocimiento humano. Uno de ellos es el de la propia conciencia advertido en reiteradas ocasiones en este blog, pero el más extraordinario sea el de la capacidad creativa –inevitablemente conectado a la conciencia- que, muy bien pudiera emparentarse con la disposición o idoneidad para lo trascendente –que, aún bajo la imponente presión positivo científica y desde luego
ideológica- quiere ser relegada al ámbito de la fabulación, sin tener presente no ya su reiterada y tenaz insistencia y resistencia a través la historia de la humanidad a desaparecer, sobre todo por su innegable originalidad para interpretar y recrear el mundo, cuyos beneficios –puros, me refiero al margen del desarrollo doctrinal e institucional que pudieran derivarse de algunos de estos intentos trascendente religiosos- son evidentes para el individuo (y quién sabe si para las sociedades que quieran admitirlo, a fuer de ser materialistas, no tanto por convicción sino por relajamiento mental y ético).
                Ya el torturado y agónico pensamiento unamuniano nos advertía de que el pensar no era compatible con el impulso que alienta a la vida, el entendimiento, es verdad, puede no tener nada que ver con la vida, aunque sea bajo su manto vital bajo el que se produzca. El místico nos enseña la necesaria emancipación no solo de las convenciones culturales y sociales para la liberación verdadera, también nos habla del aquietamiento y silenciamiento de la mente en sus procesos de pensamiento, raciocinio e intelección de conceptos. Todas estas vías de conocimiento o percepción de la vida son parciales y limitadas y rebajan, e incluso anulan, la visión totalizadora y totalizante de la realidad que se ofrece y se oculta (a la razón y al pensamiento) en la vida.
                Hay unanimidad entre los iluminados en que se precisa de una ruptura de la conciencia limitada por el pensamiento y el análisis racional –o lógico-, ya que serán aquellos los que no permitan ver la totalidad de lo que hay en el mundo y en la vida consciente tal y como nosotros la entendemos. Véase aquí que la acepción de conciencia viene claramente diferenciada de la de pensamiento y razón, por entender que estas últimas son necesarias para el desarrollo práctico de la vida, pero parciales a la hora de aprehender la realidad el mundo. El místico verdadero no solo rechaza la voluntad del pensamiento y la razón, sino la de Dios mismo, en tanto que si no se es libre en tanto que no soy criatura ni Dios, sino lo que era y lo que permanecerá ahora y siempre.[1] Lo curioso es que esta impresionante afirmación no la hace ningún cenobita zen, sino, nada menos que el heterodoxo e iconoclasta Maestro Eckhart. Algo similar sucederá con nuestro San Juan de la Cruz, obligado a explicar la naturaleza de su Cántico Espiritual para no acabar, quizá, en los tribunales del Santo Oficio.
Poesía (como el zen): entre los límites de la razón y los confines del lenguaje, Francisco Acuyo
                Aquella divina universalidad a la que aspira el místico, resueltamente se presenta, atención, no ajena o antinómica a la razón y al pensamiento, sino que reconoce que estos son inevitables, insuficientes y reconocibles y, desde luego, superables para la percepción total; de su desarraigo nace la capacidad de elevarse para llegar al hombre interior (divino). Es una exigencia para la superación de los procesos conscientes racionales a través de una necesaria radical transformación (que nos recuerda a Schopenhauer o al Niezstche de su Zaratrusta).
                Si el lenguaje lleva a equívocos para el entendimiento unitario de las cosas, no es extraño que al fin de aprehenderlas en su totalidad la paradoja como vía heterodoxa sirva de acercamiento, sino a esa realidad perseguida, al menos para contrastarla de la apariencia. A este efecto el nos encontramos que el poema –como el Koan[2] (Zen)- se ofrece como el útil predilecto para alcanzar aquel fin de comprensión última que en modo alguno se encuentra bajo las directrices o relaciones estrictamente racionales.
                La falta de presupuestos (racionales, de pensamiento conceptual o lógico) en el siempre raro ámbito de la poesía[3], como en el relato zen, obedece en sus fundamentos como principio, mas esto no significa que no exista una convergencia y un saber (conscientia) que abra a la luz de lo verdadero, sobre todo porque conecta el mundo de lo consciente e inconsciente ofreciendo el panorama inaudito de la totalidad que supone la iluminación. Esta consciencia de lo inconsciente deriva en una necesaria y nueva definición de la palabra conciencia, al menos para la que pretende abarcar (los contenidos del inconsciente) como matriz de todos los enunciados metafísicos, de toda mitología, de toda filosofía y de todas las formas de vida que se basan en presupuestos psicológicos[4]. Lo que nosotros aquí denominamos consciencia equivaldría al Satori, o al Nirvana y que, dentro de la culturas y lenguas occidentales encuentran con gran dificultad una expresión (que no sea poética) para su enunciación. Acaso por eso no nos hemos cansado de emparentar la singularidad del más elevado discurso poético con la conciencia de la realidad invocada más allá del devenir temporal, para incluirse en una suerte de eterno presente que radica en el espíritu en soledad de un hombre que pone en evidencia los límites del pensamiento, de la razón e inevitablemente del lenguaje.



                                                                                                       Francisco Acuyo




[1] Eckhart, Maestro: El fruto de la nada, Sermones, Beati Paupere, Siruela, Madrid, 2014.
[2] Pregunta que hace el maestro cuya respuesta (verbal o de acción directa) es siempre paradójica e incluso de apariencia absurda.
[3] Por mucho que las doctrinas literarias postmodernas, cuanto más literarias más ridículas, pretendan vender la poesía como algo asequible a cualquier a criatura plañidera y sollozante,  o ahíta de su propia insuficiencia intelectual y espiritual para situarse en un mundo lleno de convenciones cada vez más frívolas, crueles y egoístamente impresentables.
[4] Jung, C. G: Introducción al libro Introducción al budismo zen, de D. T. Suzuki, Edt. El mensajero, Bilbao, 1986, p. 26.





Poesía (como el zen): entre los límites de la razón y los confines del lenguaje, Francisco Acuyo