viernes, 16 de octubre de 2015

DEL AZAR A LA HUMANIDAD O LAS LEYES DEL CAOS

Para la sección De juicios paradojas y apotegmas, del blog Ancile, Del azar y la humanidad, o las leyes del caos.



Del azar o las leyes del caos, Francisco Acuyo



DEL AZAR A LA HUMANIDAD
O LAS LEYES DEL CAOS




Del azar o las leyes del caos, Francisco Acuyo




Uno de los términos más controvertidos para explicar todo aquello que no entendemos es el de azar. El azar -y la necesidad[1] (evolutiva)- explica(n) o pretende(n) explicar la existencia de la humanidad –y de la misma vida- sujeta a una cuestión netamente accidental. Como una especie más (o manifestación biológica del universo) el hombre está sobre la tierra por pura casualidad, según no pocos y eminentes estudiosos y científicos al respecto.[2] En realidad debo confesar que, quizá por el prejuicio de entender que todo lo que acontece obedece a unas leyes de causa efecto (por otra parte constatables empíricamente en buena parte de los casos). Si observamos atentamente veremos que le término azar se utiliza en aquellos ámbitos o momentos críticos en los que la ciencia no puede dar respuesta satisfactorias al origen del objeto de su estudio.
                Al margen de que exista una teleonomía para la existencia de la vida, de las diversas especies y del hombre (y la humanidad misma), resulta interesante la observación de la utilización del término azar, epistemológicamente puede resultar esclarecedor en la observancia y entendimiento de cómo actúa la ciencia ante los retos de la naturaleza en su explanación, interpretación y comentario. El azar como habitual cajón desastre para explicar lo inexplicable es tan universalmente aceptado que no deja de causarme un profundo asombro.
                Se dice que el azar está presente, por ejemplo en las proteínas, pieza clave del funcionamiento celular y que son capaces de rebajar la entropía en pos de buscar un orden o equilibrio que ha de traslucirse en el funcionamiento biológico que todos observamos en su dinámica y funcionamiento normal. La evolución omnipresente en toda esta suerte de cambios al azar preside el equívoco con grandes dosis de arrogancia y sobre todo de incitación a una visión nihilista casi suicida: La antigua alianza está ya rota; el hombre sabe al fin que está solo en la inmensidad del Universo de donde ha emergido por azar, que diría Monod. Pero, verdaderamente sabemos que
estamos solos? ¿Sabemos en realidad como interaccionamos, como seres conscientes, con los demás seres conscientes y con el mundo? En verdad que esta interrogante no responde a una inconsciente voluntad animista, si no en la deducción de un universo que puede albergar otras formas de vida y en la realidad empírica de que existen condiciones propicias para albergar vida en lugares fuera de nuestro entorno planetario. Además, comprendemos realmente cómo funciona nuestra conciencia en relación a los límites que nuestra razón (y su derivado científico) manifiestan ante las incógnitas que se nos presentan como hechos, inexplicables unos, la vida,  inaceptables otros, la muerte.
                No hablo del sentido (de la vida y de la muerte), sobre el que, por supuesto, es legítimo intelectual y espiritualmente cuestionarse, me refiero a cómo afrontar el hecho de que el saber científico, si para serlo, debe ser cuestionable –refutable- marca unos límites para la comprensión de no pocos aspectos del universo y de nosotros mismos, y entender que sólo el conocimiento científico es fiable para dicha comprensión. La cuestión no es baladí, porque acaso esté sucediendo como en su momento aconteció con la filosofía: si pensamos no vivimos. ¿Acaso no sucede lo mismo cuando tratamos de abstraer todo el sentido y conocimiento al saber científico, extrayendo, de manera artificial, el objeto de su investigación? La disciplina cuántica ha sido motivo de no pocas controversias al respecto al introducir sistemáticamente a la conciencia para el entendimiento del funcionamiento de lo más íntimo de la materia, esto es, su estructura subatómica. El conocimiento objetivo como conocimiento supremo no alcanza las necesidades de la nueva ciencia que, acaso, diluye cada más sus fronteras, no solo epistemológicas, también metodológicas, olvidando el valor efectivo para su aplicación que es el que prevalece a niveles prácticos (tecnológicos y explicativos de determinados aspectos del mundo), la manifestación de su conocimiento como el único admisible para el conocimiento de la realidad, será, a nuestro juicio, una torpe guisa de dogmatismo impropio de cualquier pensamiento científico.
                Así las cosas, todo lo que sea hablar de un origen sin significado y puramente azaroso de la raza humana no pasa de ser una afirmación que carece de cualquier atención responsablemente científica, pues tanto decir que sí, como que no, entran en el ámbito de las conjeturas meramente especulativas y que no alcanzan, ni siquiera, el rasgo de filosófica.


Francisco Acuyo




[1] Monod J.: El azar y necesidad, Tusquet, Barcelona, 1985.
[2] Por ejemplo véase a Wilson, E.O.: Sobre la naturaleza humana, Fondo de cultura económica, México, 1997





Del azar o las leyes del caos, Francisco Acuyo

1 comentario:

  1. Por si sirve de complemento a tu espléndido y generoso artículo. Un fuerte abrazo.
    https://euclides59.wordpress.com/2012/04/06/caos-y-fractura/

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