jueves, 29 de octubre de 2015

EMILIO LLEDÓ O EL EXCELSO MAGISTERIO HUMANISTA

Para la sección del blog Ancile, Pensamiento, ofrecemos la entrada que lleva por título: Del ser y la belleza:  o el excelso magisterio humanista de Emilio Lledó, que viene muy a propósito tras habérsele concedido el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y humanidades, y coincidiendo con el generoso envío de su último libro, Fidelidad a Grecia, que recogí con enorme curiosidad y gozo del correo.[1]



Emilio Lledó o el excelso magisterio humanista, Francisco Acuyo




EMILIO LLEDÓ  O EL EXCELSO

 MAGISTERIO HUMANISTA   




Emilio Lledó o el excelso magisterio humanista, Francisco Acuyo





SI lo primero[2] fue el habla,[3] el verbo[4], entendido como  λóγος (palabra, discurso, razón) y  no sólo siguiendo a los apologetas griegos[5], sino también a lo más granado de los doctores cristianos, reconocemos su estrecho vínculo con el acto de creación, la palabra como energía creadora; pero también es el soplo semántico aristotélico al que invoca el maestro Emilio Lledó en su última publicación Fidelidad a Grecia. Además es una de las claves de la humanidad del hombre en tanto que crea comunidad, solidaridad, amistad, mediante la que el entendimiento entre los seres humanos se hace posible, y a través de la que surgieron los mitos (mythos) como trascendente fórmula de conversación y diálogo en virtud de la cual podíamos aspirar a ser verdaderamente libres.
                Qué a propósito venía la lectura de estas páginas para quien suscribe, con profunda admiración hacia su autor, estas líneas de homenaje a su trayectoria intelectual  y su figura humana singular e irrepetible. Venían al pelo porque, no mucho tiempo atrás, mostraba mi indignación por la injusta relegación o sometimiento de las humanidades a las disciplinas científicas[6], según criterios injustamente interesados por ciertos sectores, no sabría decir, si malintencionados o profundamente ignorantes. Puede servirnos de ejemplo al respecto el riquísimo concepto y contexto del mito, si es que el filósofo, el que sabe o aspira a saber, tiene que ser amante irrenunciable de los mitos. Porque serlo implica amar el conocimiento, la verdad, la sabiduría. Y es que en verdad el mito alumbra e
inspira, aun cuando es un paso previo en el camino del conocimiento, pues, las palabras míticas no acaban su discurso en ellas mismas; en realidad son la senda abierta a la cultura en libertad y la genuina y fructífera paideia.[7]
                Cuando en estos días, desde tan estrecha como inaudita perspectiva, se cuestiona la educación filosófica como fundamento para el mejor conocimiento de la naturaleza humana, acaso estemos llamando a la extinción de uno de los fundamentos para el asombro (thautomasía) ante los misterios y lo extrañamente comprensible[8]  del mundo y de nosotros mismos, puesto que será el asombro del filósofo el que suscite la pasión por entender al pairo de una cultura de la luz [9]que
alumbrará también científicamente. Y es que esta luz puesta en la mirada del que quiere saber es la que lleva a la belleza y a la bondad mismas y, desde luego, a lo que siempre debió respetarse como virtud primordial para alcanzar la verdad, y que Lledó califica presta y acertadamente como la decencia,[10] porque sin ella será mucho más comprometido y acaso inaccesible percibir ese ser insólito cual es la belleza, y porque sin la filosofía y las humanidades se torna mucho más complicado apreciar que lo bello es difícil[11].
                Y es que en verdad, sin el saber del filósofo y del humanista, ¿quién nos iba hablar, interpretar y redescubrir cuestiones (míticas y perpetuamente adheridas al espíritu del hombre como, por ejemplo,  el sugestivo  silencio de Diotima[12]? Esta mujer misteriosa e indescifrable que, nada menos, establece la primera exégesis y teoría del Eros (de tanta trascendencia a partir de la teoría del psicoanálisis). El regreso a Platón[13] conlleva tantos potenciales estímulos para la imaginación y el entendimiento que, cuando accedemos a través de estos diálogos a la figura de Diotima, se abre una panoplia tan amplia de ideas, de sugerencias, de interpretaciones que nunca estaremos lo bastante agradecidos al maestro humanista que nos lo enseña o nos lo recuerda en los momentos más oportunos y, sobre todo, nos motiva para la reminiscencia de que la ignorancia es el castigo supremo de los hombres[14],  y que su reino es el de la oscuridad, y que será en virtud de Eros como consigamos trascender esas tenebrosas tinieblas.
                ¿Quién, si no, nos enseñaría a dilucidar, a desengañar de tanto prejuicio traído al caso por conveniencia del desaprensivo centrado en sus intereses ideológicos, sino el maestro humanista (filósofo o no)? Quién puede renunciar al magisterio del sabio que nos pondrá en evidencia frente a
nuestras propias y fraudulentas apreciaciones? Véase cuán ejemplarmente se expone el grosero materialismo y la vulgaridad provocativa de la figura, nada menos que de Epicuro en estas páginas,
ante todo porque sobre este extraordinario personaje y su singular pensamiento cabe edificar un excepcional pensamiento humanista[15]. Del trivial edonismo  muchas veces zafiamente interpretado, se alza el monumento humanista en el que el gozo fundamenta y estimula la vida para el bienser[16] que nos dará equilibrio y libertad, en el que la ideología del tener quedará desenmascarada frente a la teoría del ser, pues la eudomonía (la felicidad) proviene, no del tener más, sino del ser más[17].
                Así pues, verán desfilar en esta Fidelidad a Grecia también, en la armonía de la persona[18], de la voz que no clama en el desierto,[19] de la fusión de luces[20] mediante la que el Logos y la Theoría clarifiquen sus espacios, y en donde distingamos que no solo es decir sino que también es semantiké (sentido) la palabra, si es que el lenguaje es el ser propio del pensamiento y  debe ser siempre dialogado (compartido, al fin), y que el Méthodos (Método)[21] con su raigambre científica es, no dogma, sino estar en el camino para la búsqueda libre e idónea. Por todo esto es tan necesaria estar en simpatía con la palabra[22].
                Por todo esto y muchas más excelentes y muy apropósito exposiciones merecerá la lectura y fruición de estas páginas que, tan a punto y tan imprescindibles, nos trae el maestro Lledó en esta Fidelidad a Grecia. Es este un compendio de reflexiones en donde de manera más amena, clara y excelente se pondrá de manifiesto que el lenguaje es manifestación definitiva de la memoria para recordar, por boca del gran Antonio Machado -y recogido en estas páginas tan a propósito en nuestros días- , este apunte que debe ser el auténtico corazón del tiempo de nuestra memoria:
                De aquellos que dicen ser gallegos, catalanes, vascos, extremeños, castellanos, etcétera, antes que españoles, desconfiad siempre. Suelen ser españoles incompletos, insuficientes, de quienes nada grande puede esperarse.
                -Según eso, amigo Mairena- habla Tortólez en un café de Sevilla-, un andaluz andalucista será también español de segunda clase.
                -En efecto –respondió Mairena-; un español de segunda clase y un andaluz de tercera.[23]

                Por todo esto (y según nos confirma el maestro Lledó en sus Pruebas de imprenta)[24], se hace cada vez más imprescindible  el uso del lenguaje fuera de la pragmacia (ideológica, o no) y del consumo de baratijas verbales,[25] para abrir un nuevo horizonte de sensibilidad, y en  el que la poesía se ofrece como  la libertad de señalar, de significar, de entender y de amistar, si en realidad queremos evitar que en épocas de miseria ocupen su lugar los timadores, los farsantes, los hechiceros,, los fanáticos y otras criaturas del submundo intelectual.[26]



                                                                                                                   Francisco Acuyo


[1] Y en el que me regala con la entrañable generosidad que le caracteriza una preciosa dedicatoria que hace de este ejemplar, con su contenido incomparable, un añadido que le convierte en un tesoro personal indeleble para quienes les habla.
[2] Lledó, E.: Fidelidad a Grecia, cuatro ediciones,Valladolid,2015, p.15.
[3] Juan 1: 1-14:En el principio era el verbo, y el verbo era con Dios, y el verbo era Dios
[4] Acaso traducido previamente del hebreo  Ha Menra, Menrah (discurso)
[5] Teófilo de Alejandría : la materia no es eterna, sino “creada” de la nada . 
[6] Ciertos sectores neopositivistas y evolucionistas radicales. Véanse los apuntes llevados a cabo en los siguientes enlaces: La vida del espíritu: un brevísimo apunte al concepto de sentido y significado, o, a La libertad del dogma positivo científico, de la ignorancia a la involución intelectual y creativa.
[7] Lledó, E.: Fidelidad a Grecia, p. 16.
[8] Porque en verdad no deja de ser tan profundamente maravilloso y enigmático quedar suspensos ante las miríficas realidades que no comprendemos, como el hecho no menos comprensible del que podamos entender las que entendemos.
[9] Lledó, E.: Fidelidad a Grecia, p. 19.
[10] Ibidem p. 20.
[11] Ibidem p. 22.
[12] Ibídem p. 23.
[13] Platón: El banquete, Obras completas, Aguilar, Madrid 1978.
[14] Ibidem p. 24.
[15] Ibidem p. 28.
[16] Ibidem p. 29.
[17] Ibidem p. 37.
[18] Ibídem p. 41.
[19] Ibidem p. 42.
[20] Ibidem p. 47.
[21] Véase la nota 5 a este respecto y la denuncia llevada a cabo en otras ocasiones frente a los radicalismos de algunos teóricos de la ciencia que sólo validan los presupuestos positivos rechazando cualquier otra interpretación que pudiera llevarse a término por disciplinas del humanismo (filosófico o no), por no adecuarse al cuadro de la metodología científico positiva.
[22] Ibidem. P. 53.
[23] Machado, A.: Antonio de Mairena,  Obras Completas, Aguilar, Madrid, 1997.
[24] Ibidem. P. 107.
[25] Ibidem P. 108.
[26] Ibidem. P. 109.




Emilio Lledó o el excelso magisterio humanista, Francisco Acuyo

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