domingo, 18 de octubre de 2015

LA LIBERTAD DEL DOGMA POSITIVO CIENTÍFICO: DE LA IGNORANCIA A LA INVOLUCIÓN INTELECTUAL Y CREATIVA

Presentamos para la sección De juicios, paradojas y apotegmas, del blog Ancile, La libertad del dogma positivo científico: de la ignorancia humanista a la involución intelectual y creativa.


La libertad del dogma positivo científico: de la ignorancia a la involución intelectual, Francisco Acuyo




LA LIBERTAD DEL DOGMA POSITIVO CIENTÍFICO: DE LA IGNORANCIA 
 A LA INVOLUCIÓN INTELECTUAL Y CREATIVA




La libertad del dogma positivo científico: de la ignorancia a la involución intelectual, Francisco Acuyo







LA doctrina evolucionista establece con férreos criterios –supuestamente- científicos la imposibilidad de haber sido creados en modo alguno por ninguna inteligencia trascendente,[1] así como que nos encontramos solos en el universo ¿conocido?. La libertad del hombre radica precisamente en estos dos hechos que parecen indiscutibles. No hay evidencia de otra vida que no sea esta que vivimos con mejor o peor fortuna es otra clave para el entendimiento de la naturaleza humana y, desde luego, que no estamos predestinados para alcanzar ningún fin, aunque, insisten, tenemos la posibilidad de decidir sobre qué queremos y qué seremos en el futuro. El accidente azaroso de la humanidad se muestra más que nunca arraigado a la idea de la evolución biológica, cuya condición –individual y social- no tiene por qué distinguirse de otras especies del reino animal, aunque el homo sapiens (hijo del trajinar no menos azaroso de los primitivos linajes de simios) ha sido capaz de crear una civilización propia. Mas no contentos con estas aseveraciones (discutibles, por lo menos), se establece el incomparable parangón de que, a pesar de estos avatares de azar, este culmen del primate inteligente da, nada menos, que la mente a nuestro reducto inmediato en donde vivimos (la Tierra) y del espacio sideral conocido. En cualquier caso, siempre seremos una especie disfuncional ya que no hay manera de crear un sociedad sin conflictos graves (provenientes de nuestra conducta tribal profundamente arraigada). Pero es que para colmo de males el conflicto individual y social está
La libertad del dogma positivo científico: de la ignorancia a la involución intelectual, Francisco Acuyo
genéticamente impreso en nuestra estructura neuronal y, claro está, hay que erradicar el parasitismo de cualquier forma de manifestación de trascendencia en el espíritu humano, ya que esta es una de las responsables de aquella disfuncionalidad señalada. Ahora, atención, es preciso que, ante el aluvión de las novedades y excelencias científicas, debemos esforzarnos en mantenernos prestos y serenos ante la incapacidad de asumir su creciente y arrolladora influencia. Rematemos la faena diciendo que las Humanidades (las artes creativas), cuyos horizontes son siempre inferiores a los científicos, serán las que encierren y den carácter genuino al alma, aunque, es inevitable, este alma de idiosincrasia humanista está muy frenada por las limitaciones sensoriales de la especie, mas llegará el día en que las mermadas humanidades se hermanen (o se sometan) a la clarividente e insobornable fuerza de conocimiento como es la ciencia positiva.
                  Pues bien, ¿qué clase de libertad es aquella que está sujeta al designio violento de la supervivencia como criterio primordial para la evolución y progreso del individuo pensante? Mas aún, ¿cómo podemos establecer como uno de los fundamentos de nuestra libertad en la mera conjetura de nuestra soledad (y angustiosa perspectiva pascaliana de existencia) en el universo? ¿Tenemos acaso alguna evidencia absoluta de que esto es así? No por cierto. En cuanto a que haya una inteligencia trascendente que ya influido de uno u otro modo en la realidad biológica (menos aún psicológica) del ser humano, parece ser una cosa archidemostrada por el evolucionismo ¿radical?, aun cuando en realidad no es en absoluto demostrable bajo ningún concepto, racional y lógico (científico  o no), cuestión que por otra parte ni sustrae ni da libertad, no ya al ser humano, a cualquier entidad consciente de sí y de su entorno, problemática profundamente estudiada por la tradición filosófica metafísica o no durante siglos.
                  Alarmante, deprimente y vanamente nihilista resulta una visión del conocimiento y metodología científico positivo como panacea para la indagación y búsqueda de la verdad y la realidad del mundo y de nosotros mismos, aun cuando de ningún modo dé solución a prácticamente ninguna de las interrogantes que en verdad angustian y preocupan al ser humano, pero acaso esto sea lo menos relevante, lo que levanta muchas y más serias dudas es cómo puede obviarse milenios de interpretación artística, filosófica, mística, poética del mundo en pos de una incapacitada e incapacitante fórmula (¿científica)?, bajo el dogma de una fe positiva en el método científico como la única manera no supersticiosa o fabulada del mundo, sobre todo porque, o bien encierra esta aproximación una profundísima ignorancia sobre uno de los soportes de conocimiento y vida interior fundamentales del hombre y que está comprendido por lo que algunos denominan –con cierto aire despectivo y de engolada suficiencia- humanidades, las cuales diríase enfrentadas al saber científico, como si este, la ciencia, fuera de origen extraterrestre y por tanto no humano. Lo dice quien les habla, que no es poco entusiasta y devoto de la ciencia, pero que no puede dejar de admirar, por ejemplo, el acervo inmenso y profundo del arte sacro en todo el orbe en sus más diversas manifestaciones, o de la mística que ha sido capaz de inspirar el genio poético de los más inmarcesibles espíritus poéticos.
                  ¿Acaso hemos de renunciar a las otras vías de percepción de conocimiento y entendimiento del mundo que  han hecho del espíritu humano una conciencia tan singular como
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excepcional para concebir la belleza y la trascendencia como fuentes de inspiración creativa y de superación personal, las cuales ofrecen al ser humano la posibilidad de crecer interiormente frente a la banalidad y profundo desconocimiento de lo más granado del alma humana en una sociedad que científica y tecnológicamente muy avanzadas, pero que desde el punto de vista del pensamiento y el espíritu están, tal vez a siglos de estos avances?
                  Qué tendríamos que hacer con toda la tradición de pensamiento grecolatino, con las cimas de la filosofía oriental (hindú, budista, taoísta…. ), qué con los estudios fundamentales del espíritu humano sobre los símbolos, el pensamiento religioso, la retórica, el arte, la música…. Qué con los personajes de excepción que estudiaron eso factores del alma humana extraordinariamente significativos, Lévi-Strauss, Elíade, Frazer, Jung,  Campbell….  Qué de los eminentes científicos sin los cuales no habría de entenderse la historia de la ciencia y que, sin embargo, no abandonaron sus creencias y que incluso estudiaron disciplinas totalmente heterodoxas, véase a Newton, que mostró un interés por la alquimia que hoy se considera una simple extravagancia del genio de Woolsthorpe; qué de la fe cristiana del propio padre del evolucionismo y del gran estropicio y no menos grande despiste del positivismo más recalcitrante, me refiero a Darwin, y así en gran largo etcétera que pone de manifiesto que la cuestión del conocimiento y la búsqueda de la verdad no es cuestión tan simple como las huestes, discípulos y correligionarios del dogma positivo cientificista pretenden hacernos creer. Mucho más me interesan las aproximaciones de Einstein, Bohr,  Schrödinger, Bohm …, entre otros muy numerosos espíritus científicos que escrutaban todas estas cuestiones con mucha más cautela y resolución humana y científica.



                                                                                                          Francisco Acuyo





[1] Wilson, E.O.: Sobre la naturaleza humana, F.C.E. , México, 2003.





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