sábado, 2 de julio de 2016

LA MUERTE DEL ALMA: UNA HUMANIDAD SIN ESPÍRITU

Abrimos una nueva discusión sobre la desaparición del alma (concepto e idea) en el discurso de la nueva psicología, profundamente influenciada por la neurociencia, debate que a nuestro juicio no debería ser cuestión baladí al albur de la profunda raigambre de dicho concepto en el ámbito simbólico y creativo (para la misma psicología, que diríase perder sus propios fundamentos de sus discurso siempre vinculado a los movimientos más hondos del sentir humano). Iniciamos breve y apresuradamente con un pórtico que hemos intitulado, La muerte del alma: una humanidad sin espíritu, para la sección, Pensamiento, del blog Ancile.

La muerte del alma una humanidad sin espíritu, Francisco Acuyo, Ancile





LA MUERTE DEL ALMA:

UNA HUMANIDAD SIN ESPÍRITU






La muerte del alma una humanidad sin espíritu, Francisco Acuyo, Ancile


SI en su momento se dio acta de defunción nada menos que al concepto e idea de Dios[1], hoy se extrema el esfuerzo por ajusticiar con grandes dosis de probidad, suficiencia e imparcialidad,  al alma. Alma (ánima, o, mejor si atendemos a su parónimo, animus, del latín amabas; ánemos, del griego, y la proveniente de la raíz indoeuropea an), y que, más tarde, encontraría profundo eco filosófico en el soplo vital (elan vital, vital force[2]) bergsoniano, cuya fuerza o impulso vivificador quiere situarse un paso más allá del hálito –viento- diferente, vomitado y de nuevo succionado al que Marco Aurelio en sus célebres Meditaciones aludía, y cuya ausencia, (exánimis, privado de aire y respiración) equivalía inevitablemente a la muerte. Esa evolución etimológica llevaría al ánima como referencia a la vida misma; ánima, y por lo que deducimos que todo lo carente de ella, inanimado, está, en consecuencia, carente de vida.
                  El alma es mucho más que el aire insuflado sobre el barro mítico y que resueltamente aspira a más que a una mera diversificación dual filosófica (cuerpo-alma) para pábulo del pensamiento (no sólo cartesiano), y que va mucho más lejos de la mera concepción del cuerpo sutil o inmaterial que pervive tras la muerte, que trasiega firmemente mucho más lejos del animus (masculino, vigoroso, intelectual…) y de la ánima (femenino, pasional, sentimental, sensitiva…), pues camina con estas entidades conscientes que conforman la humanidad desde la noche de los tiempos para consigna de que somos algo más que una mera desinencia o residuo yerto para la disección forense de lo que una vez tuvo vida e impulso vital para ser y, sobre todo, crear, lo que se traduce en mucho más que materia posible de revisión empírico positivista. Vida y consciencia, epifenómenos de la materia según la doctrina del método científico, se muestran, no obstante,
La muerte del alma una humanidad sin espíritu, Francisco Acuyo, Ancile
incapaces de desarrollar explanaciones y modelos satisfactorios para la vida y, por supuesto, para la conciencia.
                  Pero lo más trágico, no son la manifestación de estas carencias, sino la premura por acabar con la inconmensurable riqueza simbólica, antropológica y psicológica del alma. Cuando a la autoridad de la neurociencia, la psicología ¿moderna? o de la filosofía de la mente, se le interroga sobre el papel que desarrolla en el pensamiento contemporáneo, encontramos  la tajante repuesta: ninguna, acaso por ya está pasado de moda dicho concepto –en la filosofía actual-.[3] La idea de Magna Mater (alma del mundo), símbolo fundamental de la tendencia a la divisibilidad y multiplicidad, como condición imprescindible de toda materialización, creación y reproducción[4], tan cercana a la visión cuántica de la materia en la actualidad, carece de sentido y de importancia. La nueva neurociencia y su estricto materialismo neurofisiológico, diríase haber absorbido no sólo el pensamiento filosófico y psicológico tan rico en nuestro acervo simbólico cultural, también estaría mucho más a su sabor si se erradicara de cualquier expresión que tuviese referencia al elemento mental (psicológico), y quiero creer que será porque, sino faltan las más mínimas entendederas de sentido común – y siempre por mor de satisfacer la deprimente y parece que fascinante (y reduccionista) visión de la entidad pensante que es el ser humano, autómata, se traduce, en funcionamiento en virtud de un mecanismo impulsado por pulsos neuroeléctricos y combinaciones químicas de transmisores que describen, dicen, la realidad de la vida y la conciencia.
                  Los estados de ánimo son subproductos de aquellas interacciones químico neuronales que describíamos en el párrafo anterior, por lo que la idea simbolista de que los mundos son estados del ser[5] (capaces de cristalizar en materias y formas, como indica la nueva física de partículas en relación al papel de la conciencia en la conformación de la misma materia), es cosa trasnochada y fuera de lugar en el ámbito conspicuo y radicalmente verdadero de la nueva psicología, aunque en realidad tiene ya el dudoso honor de antecederla el pragmatismo y empirismo radical que afirmaba que: La metafísica o la teología tratan de demostrar la existencia del alma; sin embargo,  la hipótesis de una unidad esencial de este tipo resulta irrelevante para la psicología[6], pero se nos olvida que el padre de este pragmatismo singular, era un investigador convencido de los procesos subliminales de la conciencia y de los fenómenos paranormales, defendiendo, para escándalo de los devotos seguidores del método positivo científico, el ejercicio de los healers[7] y las terapias mind-cure[8].
                  El aliento, el soplo, el hálito, el espíritu, y toda su profunda y prolija progenie universal de sentido y de símbolo anejo estrechamente al principio de la  vida (y, veremos que también  al de la conciencia), ya no importa, es inútil y como vana y supersticiosa excrecencia de nuestro pensamiento y cultura, exige abandonarse por el bien de la ciencia. ¿Es este un argumento razonable?, ¿o es una
La muerte del alma una humanidad sin espíritu, Francisco Acuyo, Ancile
mera conjetura amparada acaso en un profundo y profuso y puede que también interesado analfabetismo del símbolo y concepto del alma y sus derivados, que incuestionablemente alcanzan en su extensión hasta la sima misma de la mente humana?
                  Acaso debemos olvidar el Ruah del Génesis, el Er- Ruh árabe, el Hamsa del Veda, el yang y el yin en las dos fases de respiración del hálito vital, según los chinos,  o su absorción y reabsorción del kalpa y pralaya; o ignorar el Han taoísta o el Vâyu indio, dejando de lado siglos de sabiduría y entendimiento simbólico del mundo con ese entramado complejísimo y bello de interpretaciones de la vida, de la conciencia y del mundo. Resulta que las representaciones maravillosas del ibis encopetado representando el principio inmortal Akh de los egipcios, no merece sino su proscripción, sí su seguro ostracismo, o los principios kuei y shen chinos, que representan el alma como entidad doble, o la psykhe griega abrazada por Pitágoras y Platón,  o el pneuma de Plotino pasan a ser meros recursos literarios para el entendimiento de la mente, cuyo conocimiento, por cierto, sólo está abierto para el invasor forense que examina tejidos muertos para dar respuesta a la dinámica, estructura y organismo totalizador y totalizante de lo que una vez estuvo vivo y fue consciente y capaz fue de modificar la materia misma. De nada sirven al psicólogo la tradición escolástica o el pensamiento tomista del alma, no digamos el sentido místico de la misma en la tradición cristiana; no digamos las inútiles aproximaciones junguianas sobre el alma que, nada menos aseveraba que debía de gozar de una cierta independencia en los límites de la conciencia… si es que el  alma no coincide con la totalidad de las funciones psíquicas que permanecen estrechamente enlazadas nada menos que con el inconsciente del sujeto, mas también de los espíritus y de los arquetipos que se integran precisamente en el inconsciente; en fin, naderías que poco o nada tienen que aportar al conocimiento de la psique humana, pues al fin y al cabo, siempre que el forense había diseccionado muchos cadáveres, nunca había hallado un alma[9]. 
Ciertamente resulta harto curioso –por no decir paradójico- que la física se plantee la posibilidad futurible de que la mente pueda ser más allá de la materia[10] y las ciencias sustentadas por la biología (entre ellas la neurociencia, la psicología, la filosofía de la mente…) se encuentren tan ancladas a los más viejos y reduccionistas presupuestos del método científico. Hay quienes creen que será posible abandonar la conciencia del cuerpo descargándola en un superordenador[11] (Ray Kurzweil o Sebastian Seung del Proyecto Conectoma), lo que, de ser posible, pondrá en evidencia que tendrán que replantearse muchas cuestiones estas ciencias a las que aludimos en relación a la naturaleza misma de la conciencia (e incluso de la misma materia biológica).
Daremos cuenta de estos y otros fascinantes menesteres entorno al concepto o idea y realidad del alma en siguientes post a propósito de temática tan sugestiva como interesante.


Francisco Acuyo




[1] El Gott ist tot (la muerte de Dios), frase atribuida a Nietzsche (La gaya ciencia y en Así habló Zaratrusta), aparece también en la Fenomenología del espíritu, de Hegel, y en Los hermanos Karamazov, de Dostoievski.
[2] Que apuntaría el trascendentalismo del filósofo Ralph Waldo Emerson para el Nuevo Pensamiento: Vivimos en sucesión, en división, en partes, en partículas. Mientras tanto dentro del hombre está alma del todo; el silencio sabio; la belleza universal […] Vemos el mundo pieza por pieza, como el sol, la luna, el animal, el árbol; pero el todo, del cual estas son partes brillantes, es el alma. (The Over-soul).
[3] Véase las afirmaciones categóricas a este respecto de Katja Crone, Mente y cerebro, neurofisiología, El constructo del alma ya no es necesario, nº 78, mayo, junio, 2016.
[4] Cirlot, J. E.: Diccionario de símbolos, Siruela, Madrid, 2005, p. 77.
[5] Ibidem, p. 203.
[6] Diría William James, padre de tal corriente.
[7] Curanderos y sanadores.
[8] Denominado, Nuevo pensamiento, y que venía a decir que todos los seres son espirituales.
[9] Así lo afirmaba el médico Rudolf Virchow (1821- 1902), padre de la patología moderna al que nunca le hubo de asaltar un arquetipo femenino al pescuezo cuando diseccionaba al mísero cadáver.
[10] No me refiero sólo a física ficción, recuerden Star Treck y las entidades que habitaban glóbulos pursátiles de energía pura,
[11] Kaku, M.: El futuro de  nuestra mente, Debate, Barcelona, 2014, p. 351.


La muerte del alma una humanidad sin espíritu, Francisco Acuyo, Ancile

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