lunes, 9 de julio de 2018

ROUSSEAU Y LA EDUCACIÓN DE LAS MUJERES: “SOFÍA O LA MUJER”, UN MANUAL DEL PERFECTO DOMADOR.

Prosiguiendo con los trabajos sobre la misoginia, del profesor y filósosofo Tomás Moreno, traemos para esta ocasión uno nuevo para la sección, Microensayos, del blog Ancile, que lleva por título, Rousseau y la educación de las mujeres: "Sofía o la mujer", un manual del perfecto domador.




Rousseau y la educación de las mujeres: "Sofía o la mujer", un manual del perfecto domador. Tomás Moreno



ROUSSEAU Y LA EDUCACIÓN DE LAS MUJERES: 

“SOFÍA O LA MUJER”, 

UN MANUAL DEL PERFECTO DOMADOR.


Rousseau y la educación de las mujeres: "Sofía o la mujer", un manual del perfecto domador. Tomás Moreno

 Desgraciadamente los escritos pedagógicos de  los adalides de la Razón, los filósofos de la Ilustración (Le Siècle des Lumières), abanderados por Rousseau, muy poco o nada conservarán de estas tesis y posiciones favorables a las mujeres. Es más, significaron un claro retroceso en el ideal de emancipación de las mujeres y en su lucha por la igualdad entre los sexos[1]. El movimiento ilustrado, con sus tesis a favor de la universalidad y de la libertad, del derecho natural, del contrato social y de la razón, olvidó a las mujeres; siguió relegándolas a un segundo plano en todos los aspectos de la vida intelectual, social y política y, por supuesto, en lo que respecta a la educación.  La mayoría de ellos, y sobre todo Rousseau, prescribirán que a las niñas hay que dispensarlas “luces
Rousseau y la educación de las mujeres: "Sofía o la mujer", un manual del perfecto domador. Tomás Moreno
tamizadas” filtradas por la “noción de sus deberes” ineludibles.
            La lectura atenta de su novela pedagógica Emilio (1762) y, dentro de ella, del capítulo V dedicado a Sofía o la mujer, nos lo confirmará. Sofía o la mujer es un verdadero tratado de cómo deben de ser educadas las mujeres, aunque, una vez leído con detenimiento, más que un simple tratado pedagógico, nos atreveríamos a calificarlo de “Manual del perfecto domador”, como agudamente hace C. Amorós[2] :

Las jóvenes deben ser vigilantes y  laboriosas; pero eso no es todo; deben estar sujetas desde hora temprana. Esta desgracia, si lo es para ellas, resulta inseparable de su sexo, y jamás se libran de ella sino para sufrir otras mucho más crueles […]. Hay que ejercitarlas ante todo en la sujeción a fin de que nunca les cueste nada, hay que domeñar todas sus fantasías, para someterlas a las voluntades de otro. Si quisieran estar siempre trabajando, se debería obligarlas a veces a no hacer nada.” (EOE, V 552-553). 

            Constatamos, en efecto, que nada escapa en dicho capítulo al interés del ginebrino en lo referente al control de todos los aspectos de la vida de Sofía, de la mujer: su educación, su comportamiento, sus valores morales y éticos, la vida familiar, el matrimonio, las relaciones conyugales, las sociales: 

Una vez que se ha demostrado que el hombre y la mujer no están ni deben estar constituídos igual, ni de carácter ni de temperamento, se sigue que no deben tener la misma educación. Según las direcciones de la naturaleza deben obrar de consuno, pero no deben hacer las mismas cosas; el fin de los trabajos es común, pero los trabajos son diferentes, y por consiguiente los gustos que los dirigen. Después de haber tratado de formar al hombre natural, para no dejar imperfecta nuestra obra veamos cómo debe formarse también la mujer que conviene a ese hombre (EOE, V, 542).
           
            Rousseau afirma, dado que el hombre depende directamente de sí mismo y la mujer totalmente del hombre, que ella debe ser educada en función del hombre, de las necesidades del hombre, a su incondicional servicio:

Por eso toda la educación de las mujeres debe ser relativa a los hombres. Gustarles, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos; cuando jóvenes, educarlos; cuando grandes, cuidarlos; aconsejarlos, consolarlos, hacerles la vida agradable y dulce: he aquí los deberes de las mujeres en todas las épocas, y lo que se les debe enseñar desde su infancia” (J. J. Rousseau, EOE, V 545)[3].
            Dotada de una astucia especial, que es una justa compensación por la inferioridad de su
fuerza”, la mujer debe cultivar por ello estudios que se refieran “todos a la práctica” y al estudio o conocimiento de los hombres. Por lo tanto:

Todas las reflexiones de las mujeres deben tender, en lo que no atañe de modo inmediato a sus deberes, al estudio de los hombres o a los conocimientos agradables que sólo tienen el gusto por objeto: porque en lo tocante a las obras de genio, éstas superan su capacidad; tampoco tienen suficiente precisión y atención para triunfar en las ciencias exactas. (EOE, V,. 579).
           
            Y apela a sus lectores para que le respondan con sinceridad lo que les parece han de ser los deberes y labores propias de una mujer:

¿Qué os da mejor opinión de una mujer cuando entráis en su aposento, qué os hace abordarla con mayor respeto, verla ocupada en labores de su sexo, en los cuidados de su hogar, rodeada de las ropas de sus hijos, o encontrarla escribiendo versos sobre su tocador, rodeada de folletos de todo tipo y de billetitos pintados de todos los colores? Toda joven literata se quedará soltera toda la vida cuando sobre la tierra no haya más que hombres sensatos (EOE, V,. 612-613).

            La educación femenina debe basarse, pues, en la obediencia, en la sujeción y sumisión al varón (padre o marido), para lograr su docilidad y resignación. Insistiendo sobre la obligación de la mujer de obedecer al hombre, declara que la mujer “está hecha para obedecer a un ser tan imperfecto como el hombre” y a “sufrir incluso la injusticia […] sin quejarse” (EOE, V, 554). En realidad la mujer va a tolerar dócilmente la injusticia contra sí misma no a causa de la dulzura de su sexo, como señala Rousseau, sino como consecuencia de una educación orientada firmemente habituarla a ello:

“De este hábito a la sujeción resulta una docilidad que las mujeres necesitan toda su vida, puesto que nunca cesan de estar sometidas o a un hombre o a los juicios de los hombres, ni nunca les está permitido quedar por encima de estos juicios” (EOE, V, 554).
           
Rousseau y la educación de las mujeres: "Sofía o la mujer", un manual del perfecto domador. Tomás Moreno            En definitiva, Sofía, la compañera que Rousseau destina para Emilio, debe ser educada con la única finalidad de ser la esposa de Emilio, para convertirse en “la mujer del hombre” (EOE, V, 674). El nuevo orden social que Rousseau  trató de diseñar y construir es sin duda una definición precisa de lo que sería la sociedad patriarcal posterior. Rosa Cobo, en un esclarecedor ensayo, así lo constata, mostrándonos a Rousseau como el inspirador de los fundamentos del patriarcado moderno[4]. De manera acrítica y dogmática, e imponiendo –en lo referente a la forma de educar a las mujeres y al modo de conformar las relaciones entre los sexos- una serie de prejuicios y opiniones misóginas como verdades evidentes e incuestionables, sin someterlas a la crítica ni a la criba de una razón libre de sexismo y androcentrismo, se da por hecho en el pensamiento de Rousseau que las mujeres deben estar al servicio incondicional de los varones; de ahí se derivará su nulo papel político y social.
            Concepción Roldan ha tratado, por su parte, de mostrar cómo los grandes pensadores de la Ilustración alemana, sobre todo el Kant de las tres Críticas, perdieron su capacidad crítica al enfrentarse  a la llamada cuestión de género “justificando con sus concepciones filosóficas, sin cuestionarlo, el orden establecido, el cual reducía a las mujeres a las tareas domésticas en el ámbito privado, oficiando como máquinas reproductoras y propiciando que el varón se dedicase a tareas más elevadas y a la participación en la vida pública”[5]. Muestra también cómo la Ilustración alemana insistió en la educación diferenciada por sexos, en la que el pietismo jugó un papel muy importante, como puede constatarse en el Gynaceum de Franke (1698), así como la recepción de la Didáctica Magna (1675) de Comenius y del Tratado para la educación de las niñas (1687) de Fenelón.
            Frente a la anterior ausencia absoluta de educación para las niñas, esta escolarización diferenciada supuso al menos un sensible adelanto, aunque el contenido de la enseñanza impartida se redujese al catecismo, a las primeras letras y cuentas, algo de lectura y escritura, instrucciones de cómo cuidar a niños y servidumbre y poco más. Enseñanzas que “se reflejan con muy pocas variaciones en el capítulo dedicado a la educación de Sofía  en el Emilio del ilustrado Rousseau”[6]. (Cont.)

TOMÁS MORENO





[1] Para un panorámico análisis de la imagen y conceptualización de la mujer en la Ilustración francesa, véase Paul Hofmann, La femme dans la pensé de lumières, Ophrys, París, 1977.
[2] Celia Amorós, Tiempo de feminismo. Sobre feminismo, proyecto ilustrado y posmodernidad, Cátedra, Madrid, 2000, p. 150-162. 
[3] J. J. Rousseau, Emilio o de la Educación, op. cit.
[4] Rosa Cobo, Fundamentos  del Patriarcado moderno: J. J. Rousseau, Cátedra, Madrid, 1995.
[5] Concepción Roldán, “Mujer y razón práctica en la Ilustración alemana”, en Alicia H. Puleo (Ed.) El reto de la igualdad de género. Nuevas perspectivas en ética y filosofía política, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 2008, p. 221 y ss.
[6] Ibid., p. 222. Las dos formas de popularización del saber que los ilustrados alemanes idearon para paliar el problema de la accesibilidad de las féminas a la educación –la “filosofía cortesana” y la “filosofía para damas”-, “contribuyeron, en opinión de C. Roldán, con su granito de arena a aumentar la convicción generalizada de la inferioridad intelectual de las mujeres” (ibid, p. 223). No confundir con la denominada “Filosofía para princesas” cultivada a través de correspondencia epistolar entre filósofos y princesas, reinas y aristócratas, como hicieron Descartes (con la princesa Elisabeth y la reina Cristina de Suecia) y Leibniz (con las princesas Sofía, Sofía Carlota y Carolina). Vid. G. W. Leibniz, Filosofía para princesas, tr. Javier Echevarría, Alianza Editorial, Madrid, 1989.




Rousseau y la educación de las mujeres: "Sofía o la mujer", un manual del perfecto domador. Tomás Moreno

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