lunes, 25 de marzo de 2019

NADA: LA DESTRUCCIÓN O EL AMOR, MUY BREVEMENTE



Para la sección, Ciencia, del blog Ancile, ofrecemos el post que lleva por título: Nada: La destrucción o el amor, muy brevemente.

Nada: La destrucción o el amor, muy brevemente. Francisco Acuyo


NADA: LA DESTRUCCIÓN O EL AMOR,
MUY BREVEMENTE



 ESTÁ claro que el hombre, en su tránsito existencial, vive, experimenta e intuye la infinitud en algunos momentos de su vida, así como, en contraste, la evidente caducidad de todo lo que existe. Lo infinito, durable, digo, se nos antoja que reside en lo bello y por serlo merece o debería ser permanente (como gozo de plenitud estética), y que se nos antoja aún más necesario ante la efímera y caduca realidad de la cosas que, al fin, será la que nos señale la impermanencia de nuestro propio existir.

                Será ante la implacable contemplación de la disolución y muerte de todas las cosas que, veamos la inflexible e inevitable realidad última, y que acabamos por identificar con la nada, y que se impone fuera del alcance de los designios de nuestra propia voluntad. Es la destrucción que sanciona inexorable nuestra realidad existencial, no obstante, amorosa –absoluta-, si es que la entendemos como  fuerza renovadora, creativa, ya que es el fin y el principio de todo.
Nada: La destrucción o el amor, muy brevemente. Francisco Acuyo

                Esta nada destructora _y amorosamente creativa- nos enfrenta a una realidad que acaece y es en un ámbito sin tiempo ni espacio y, acaso, sin principio ni fin, y en consecuencia como expresión y o realidad única de trascendencia que, de manera paradójica, para la razón es inmanencia absoluta.

                La nada es un no ser en el mundo que, en virtud de su naturaleza vacía, es, sin embargo, ser en el mundo. Este yo que una vez fue y ahora es nada, es el recipiente (amoroso) que es compasión (y filantropía) hacia todas las criaturas que tienen nuestra misma y paradójica naturaleza, y que no hacen sino mostrar que en la nada o en la gran muerte cielo y tierra se renuevan.[1]

                Concluiremos en próxima entrada sobre la naturaleza de la nada y su extraordinaria relación con la conciencia, que llevará por título, A vueltas con la nada y la conciencia, conclusión.

Francisco Acuyo



[1] Nishitani,: Op. Cit.  p. 351.



Nada: La destrucción o el amor, muy brevemente. Francisco Acuyo


viernes, 22 de marzo de 2019

OTTO WEININGER: UN GNÓSTICO CRISTIANO


Cerramos las entradas entorno al filósofo Otto Weininger con el post del filósofo Tomás Moreno que lleva por título: Otto Weininger: un gnóstico cristiano, para la sección, Microensayos, del blog Ancile.

Otto Weininger: un gnóstico cristiano, Tomás Moreno





OTTO WEININGER:  UN GNÓSTICO CRISTIANO



Otto Weininger: un gnóstico cristiano, Tomás Moreno

La actitud de Otto Weininger respecto de la sexualidad y de la naturaleza de la mujer, a lo largo de su ensayo y especialmente en el capítulo XIV, refleja, pues, toda una antigua concepción religiosa soteriológica, cuyos orígenes -ya lo hemos indicado en el anterior epígrafe- se remontarían al herético gnosticismo cristiano de los primeros siglos cristianos. Permítasenos reiterar en los párrafos que siguen algunas de sus similitudes. En efecto, si el gnóstico puro execraba la sexualidad y el parto -responsable del primer “encarcelamiento” corporal de las almas desdichadas- y vinculaba su aversión por el mundo sensible y su aversión por la unión carnal (idea profundamente enraizada en la gnosis), Weininger -fallido fundador de una religión ascética y antifemenina-  también predicaba el exterminio (gnóstico) de todo lo carnal. Porque éste era, en definitiva, el estado de agregación al que veía ineludiblemente condenados a mujeres y judíos: “El hombre tiene que redimirse del sexo y sólo así redimirá a la mujer. La mujer perecerá como tal, pero surgirá de sus cenizas renovada, rejuvenecida, como ser humano puro” (SYC, Ibid).
Otto Weininger: un gnóstico cristiano, Tomás Moreno

            El objetivo de la continencia es esencialmente, para el gnóstico, evitar la procreación para evitar la muerte y la rueda de la existencia.  La opción de Weininger por el ascetismo, la castidad y la continencia (“se trata”, confiesa paladinamente nuestro filósofo, “de la pretensión de la castidad para ambos sexos”) en nada difiere, como se ve, de la de los gnósticos y su objetivo es el mismo: “La negación de la sexualidad tan sólo mata al individuo corporal, pero confiere existencia al espiritual” (SYC, p. 339). Ese es el requisito imprescindible, según Weininger, para liberarse de la prisión de la naturaleza y poder acceder a un nuevo estado de superior y soberana libertad. Entre los gnósticos cristianos la mujer con su matriz es la que perpetúa la rueda de las generaciones, el círculo -concebido como infernal- de los nacimientos y de la muerte, obra de un aciago demiurgo. El texto del evangelio apócrifo de Tomás así lo refleja:

“Simón Pedro les dijo: ‘Que María salga de entre nosotros, pues las mujeres no son dignas de la Vida’. Jesús dijo: Pues yo voy a guiarla a fin de hacerla varón, para que se convierta ella también en un espíritu viviente parecido a nosotros, varones. Pues toda mujer que se haga varón entrará en el Reino de los Cielos[1].
           
            En Weininger las mujeres, como hemos visto, esclavas del cuerpo y de la sexualidad, ni pueden liberarse por sí mismas, ni pueden tampoco ser liberadas o redimidas ya que “en tanto que la mujer no deje de existir como mujer para el hombre, no dejará de ser mujer” (SYC, p. 337). Para Weininger la condición para dejar de ser mujer es renunciar sincera y voluntariamente a ese acto sexual –el coito- que como una cadena ata al género humano a esa vida inferior que comparte con las hembras de las demás especies y que la somete y obliga a asegurar “la continuidad de la especie, mezquino sustitutivo de su falta de fe en la vida eterna” (SYC, p. 339).    La redención, por consiguiente, sólo puede llevarla a cabo un ser que participe de la vida superior, un espíritu puro: el hombre, lo masculino en su máxima encarnación posible. La liberación de la humanidad, y en primer lugar la de la mujer, de lo demoníaco causado por el “eterno femenino” (y que comprende también en términos raciales el espíritu judaico en su conjunto) exige, pues, matar todo lo carnal, todo lo material, renunciar a todo lo sexual. Exige, ni más ni menos, la abolición radical de los dos sexos:

El hombre debe redimirse del sexo, y sólo así redimirá a la mujer. Sólo su castidad, no su lujuria, como ella cree, es su salvación. La mujer perecerá como tal, pero surgirá de sus cenizas renovada, rejuvenecida, como ser humano puro. He aquí por qué el problema de la mujer persistirá mientras haya dos sexos, y tampoco se resolverá antes el de la humanidad” (SYC, p. 338).

            No otra fue –en opinión de Weininger- la aspiración del antiguo gnosticismo cristiano, tal y como nos transmiten las palabras de Clemente de Alejandría, según el cual Cristo habló en este mismo sentido a Salomé, afirmando que “la muerte continuará en tanto que las mujeres paran” y que “la verdad no alumbrará hasta que de los dos sexos haya surgido un tercero que no sea hombre ni mujer” (SYC, p. 338). El texto del Padre de la Iglesia viene textualmente a decir lo siguiente:

 “A Salomé, que preguntaba cuánto duraría el tiempo de la muerte, el Señor respondió: El tiempo que vosotras las mujeres deis a luz hijos. Y Salomé le dijo: Luego, he hecho bien en no dar a luz. El Señor le respondió: come de todos los frutos, pero no del que es amargo. Como Salomé le preguntara qué debía entender por ello, el Señor le respondió: Cuando hayáis pisoteado el ropaje de la vergüenza, el cuerpo, y cuando ambos –el macho y la hembra- sean sólo uno, ya no habrá hombre ni mujer”[2].
            En este caso no sería, pues, el retorno al paraíso andrógino y el logro de la completitud del ser humano, en su dimensión biológico-orgánica como bisexualidad o intersexualidad, la aspiración última de su doctrina salvadora –como afirmara la primera de las interpretaciones que hemos examinado- sino la extirpación y anulación radical y definitiva de la feminidad, de la mujer pura o absoluta, con el consiguiente establecimiento de un nuevo reino espiritual, en el que no tengan ya sentido ningún tipo de realidades corporales ligadas a cualquier tipo de sexualidad -sea ésta la bisexualidad o sea la diferencia sexual- ya que se habrá producido la total superación de la misma en un mundo puramente inmaterial y asexual trascendente.
Otto Weininger: un gnóstico cristiano, Tomás Moreno            Al terminar de leer libros como éste nos preguntamos: ¿Qué es lo que, verdaderamente, nos está proponiendo su autor? ¿Qué tipo de discurso presuntamente científico es éste, que nos invita a la extinción de la humanidad como paso previo a su total redención y salvación? ¿A qué se refiere su autor al aludir a expresiones propias del lenguaje religioso: un anhelado “reino de Dios”, “partícipe de lo divino”, “fe en la vida eterna”, “redimirse del sexo”, “ser humano puro”? ¿Qué discurso científico se revestiría de semejantes kerigmas soteriológicos?¿Qué claves hermenéuticas utilizar para adentrarnos en su verdadero sentido y significado?
            ¿Cómo interpretar esta obra tan compleja y esotérica que le llevó a su autor, Weininger, desde una cientificidad de partida a construir un sistema que resultó tan extravagante e irracional como las ideas no científicas que decía menospreciar?[3] La conclusión a la que llegaría Weininger, en la interpretación de H. Moreno, “apunta hacia esta discrepancia entre los dos mitos: si bien su punto de partida había postulado la presencia de los dos sexos –inclusive- en caracteres físicos- en cada individuo humano, el punto de llegada exige la desaparición de todo aquello que a lo largo de medio millar de páginas se ha caracterizado como lo femenino”.  Para nuestra autora la recuperación de la completitud perdida a consecuencia de la expulsión del paraíso andrógino, sería la propuesta de salvación weiningeriana. Ello significaría, en efecto, la completa anulación de la feminidad –la expulsión del cuerpo femenino maternal- del panorama humano[4].
            En nuestro caso, al escuchar su mensaje doctrinal nos parece asistir más a la predicación de un falso profeta de un nuevo cristianismo gnóstico regenerado, a la soflama mística de un teósofo o de un romántico esotérico y ocultista, de los que tanto abundaban en su medio social, que al discurso racional de un racionalista exaltado representante del cientificismo y del positivismo finisecular como trataba de presentarse. El pathos con el que Weininger acomete su propuesta soteriológica, su doctrina salvífica, es más propio de un mesías iluminado, tan abundante, por otra parte, en la tradición judaica, que de un científico objetivo, atento a los hechos.
            No olvidemos, por otra parte, que el libro está escrito en momentos de profunda crisis espiritual del joven filósofo: coincidiendo con un proceso de “conversión religiosa” que le llevará a abrazar su nueva fe protestante: un cristianismo regenerado. Al leerlo nos parece estar escuchando, efectivamente, la revelación del fundador de una nueva religión misógina y falolátrica, de un delirio seudorreligioso, de un gnóstico redivivo, en la que se nos ofrece una gnosis, un “conocimiento salvador”, para el advenimiento de una nueva espiritualidad, de un nivel superior de humanidad y un nuevo orden espiritual que haga posible: instalar el reino de Dios sobre la tierra (SYC, p. 337). Y esto no se conseguirá “por la emancipación de la mujer por obra del hombre, sino de la emancipación de la mujer por ella misma” (SYC, p. 337). Es decir: inmolándose como mujer, renunciando a serlo, cesando de serlo (SYC, p. 340).

TOMÁS MORENO



[1] Ev. Th, 114. Citado en Francine Culdaut, op. cit., p. 46.
[2] Fragmento conservado por Clemente de Alejandría del Evangelio de los Egipcios, escrito gnóstico del siglo II. Citado en S. Hutin, (op. cit.,  p. 33). Son múltiples los textos gnósticos que como éste aluden a ese retorno al momento originario de indiferenciación sexual que también propugna Weininger, pero cuyo sentido trasciende lo biológico corporal asumiendo un significado espiritual. Baste con éste otro, procedente del Evangelio de Tomás (Ev.Th, 22): “Jesús vio unos pequeños que estaban siendo amamantados. Dijo a sus discípulos: ‘estos niños que están mamando se parecen a los que entran en el Reino’. Ellos le dijeron: ‘Entonces, ¿haciéndonos pequeños entraremos en el Reino?’. Jesús les dijo: “Cuando hagáis de dos uno, y hagáis el interior como el exterior, y el exterior como el interior, y lo alto como lo bajo; y cuando hagáis del varón y de la mujer una sola cosa, a fin de que el varón no sea varón y la mujer no sea mujer; cuando hagáis ojos en lugar de un ojo, y una mano en lugar de una mano, y un pie en lugar de un pie, y una imagen en lugar de una imagen, entonces entraréis”, citado en Francine Culdaut, op. cit. p. 46.
[3]Aun presentándose exteriormente con rasgos de carácter científico, en los que está muy marcada la huella de la mentalidad positivista dominante en los albores del siglo, Weininger se aproxima a posiciones más cercanas a una doctrina esotérica que a otra cosa. Jacques Le Rider en  El caso Weininger” ve en la obra de Weininger un “documento diagnóstico de la crisis cultural del cambio de siglo”, un momento de crisis en el que para eludir sus contradicciones internas, la sociedad huye hacia sistemas metafísicos, hacia fantasías omnipotentes seudorreligiosas (J. Riedl, op. cit., p. 98).  Desde este ángulo, se puede comparar el caso psicopatológico de Weininger con el mucho más famoso del presidente de la sala del Tribunal Superior de Justicia de Dresde, Sajonia, Daniel Paul Schreber, que dio pie a Sigmund Freud para llevar a cabo su gran estudio sobre la paranoia. Recuerda Riedl que tanto los Apuntes de un neurótico de Schreber como Sexo y carácter de Weininger aparecieron en el mismo año de 1903. Común a ambos era la fuga al extraviado sistema de sus delirios: Schreber entraba en relación directa con Dios, escuchaba voces sobrenaturales, sentía rayos del cielo, creía alimentarse de sus propias vísceras, inventaba maravillosas maquinarias deseadas y se sentía llamado a redentor de la Humanidad, al transformarse lentamente por milagro divino, desde su “posición vital honorablemente masculina”, en mujer. Terminó sus días en un sanatorio para enfermos mentales, esperando la metamorfosis redentora, literalmente opuesta a la preconizada por Weininger.
[4] H. Moreno, op. cit. pp.154-155.


Otto Weininger: un gnóstico cristiano, Tomás Moreno


martes, 19 de marzo de 2019

SEXO Y CARÁCTER. DOS HERMENÉUTICAS: LA ANDRÓGINA CLÁSICA Y LA GNÓSTICO-CRISTIANA


Continuando con el análisis de Sexo y carácter, de Otto Weininger, traemos el post titulado, Sexo y carácter, dos hermenéuticas: La andrógina clásica y la gnóstico cristiana, por el profesor y filósofo Tomás Moreno, para la sección, Microensayos, del blog Ancile.


Sexo y carácter, dos hermenéuticas: La andrógina clásica y la gnóstico cristiana, Tomás Moreno



 SEXO Y CARÁCTER. DOS  HERMENÉUTICAS: 

LA ANDRÓGINA CLÁSICA Y LA GNÓSTICO-CRISTIANA




Sexo y carácter, dos hermenéuticas: La andrógina clásica y la gnóstico cristiana, Tomás Moreno



Un texto de los inicios  de su Ensayo –casi en el comienzo del mismo, en el capítulo Primero de la Primera parte de su obra (“Machos y hembras”) - Weininger nos ofrece ya una pista o clave interesante a la hora de llevar a cabo una interpretación de esta doctrina. En él, Weininger nos remite a dos tradiciones hermenéuticas, o constelaciones míticas, que tienen que ver con el núcleo de su mensaje: el de la de la bisexualidad innata y originaria de todos los seres vivos y la necesidad de retornar a las mismas:

“La idea de bisexualidad de todos los seres vivos (sin que jamás se presente una completa diferenciación sexual) es antiquísima. Es posible que los mitos chinos no hayan sido ajenos a ella, pero de cualquier modo alcanzó mayor desarrollo en Grecia. Pruebas de ello son la personificación del hermafrodita como una figura mítica, la narración de Aristófanes en el festín platónico y, en tiempos posteriores, la secta gnóstica de los Ofitos que representaba al hombre primitivo con caracteres masculinos y femeninos al mismo tiempo” (SYC, p. 29).

            La primera tradición alude al mito pagano clásico y renacentista del andrógino, la segunda nos sitúa en la tradición religiosa gnóstico-cristiana de los ofitos u ofitas[1], o de los gnósticos cristianos en general. Ambas participan del mismo objetivo y de la misma temática –la nostalgia de la bisexualidad perdida-  pero el modo de recuperarla así como su significación y sentido son muy diferentes.
            H. Moreno[2] ha analizado magistralmente a este tema mítico subyacente a lo largo de su libro. En su opinión, la figura del andrógino será desarrollada por el Romanticismo a partir del conocido mito platónico del Simposio, narrado por Aristófanes, que  remite sin duda a una tradición de la que el Renacimiento es una clara secuela: la tradición de la androginia, a la que podría añadírsele su otra cara, la de la figura del hermafrodita (tal y como aparece en la Metamorfosis de Ovidio)[3]. Figuras ambas que, en distinta forma y sentido, se vincularían con la idea weiningeriana de intersexualidad o bisexualidad originarias: presencia simultánea de caracteres de los dos sexos en una conciencia descarnada, espiritual, sin cuerpo (en el primer caso) o en un cuerpo material (en el segundo) con la intención lograda de esclarecer la importante cuestión del contexto desde donde se sitúa y desde donde parte Weininger.
Sexo y carácter, dos hermenéuticas: La andrógina clásica y la gnóstico cristiana, Tomás Moreno

            La exposición de Weininger giraría en torno a la definición y esclarecimiento del binomio masculino-femenino como una supuesta conjunción de rasgos presentes, en equilibrios diversos, en todas las personas, para luego desembocar en una contraposición esencial e incompatible entre hombre y mujer donde la pertenencia al sexo femenino estaría determinada por la carencia ontológica (“la mujer es nada”), mientras que el hombre vendría caracterizado por el ser. De esta manera, apunta H. Moreno, Weininger reinscribe la diferencia sexual que antes había tratado de desvanecer o disolver en una totalidad sintética.
            Se restablece así una distinción básica del binomio masculino/femenino, que se concreta en una serie de oposiciones binarias vinculadas con él y expresivas de las categorías esenciales de ambos: espiritual/material, alma/carne, cultural/naturaleza, racional/irracional, humano/animal, superior/inferior”[4].     La feminidad quedará así establecida como el factor que ata al hombre con lo  efímero: el cuerpo, el nacimiento, la sexualidad, la precariedad de la vida, la podredumbre[5]. El horror a lo femenino en Weininger –concluye H. Moreno- es el horror al cuerpo y a la sexualidad, esto es: el horror a la muerte. De ahí su machacona insistencia en el tema de la inmortalidad sólo asequible al espíritu y de la que nos priva trágicamente su unión inevitable con lo femenino: el sexo; pero el problema de la muerte no es sólo la extinción de la vida, sino el enfrentamiento con el sinsentido: la feminidad, asimilada a lo material, a lo corpóreo, a la naturaleza, representa el caos, la ausencia del logos, la orfandad humana de asideros racionales[6].
            La segunda hermenéutica nos remite a otra tradición andrógina, no menos documentada y latente a lo largo de las páginas de su libro: una tradición que se remonta a los primeros gnósticos cristianos (influidos evidentemente por el pensamiento platónico). El cristianismo -recuerda H. Moreno siguiendo a Estrella de Diego-[7] “desarrolla este motivo en diversos momentos doctrinales donde se exacerba el horror a la carne, identificada con el pecado, el demonio y, por supuesto, la feminidad. En san Pablo y en el Evangelio de Juan, la androginia es considerada una de las características de la perfección espiritual pues señala una trascendencia del mundo físico; esto se refleja en numerosas representaciones andróginas de Cristo, donde tal característica se relaciona con la capacidad masculina para la maternidad”[8].
Sexo y carácter, dos hermenéuticas: La andrógina clásica y la gnóstico cristiana, Tomás Moreno            En efecto, la similitud de los temas, símbolos, expresiones y de los mitologemas gnósticos con numerosas ideas y pasajes de la obra de Weininger es altamente reveladora y sintomática[9]. No olvidemos que el tema del gnosticismo y de los gnósticos estuvo muy de moda en los ambientes culturales de Alemania, Austria y Suiza finiseculares[10]. La referencia a las palabras que Cristo dirigió a Salomé, que hace nuestro joven y recién converso autor, pertenecientes a un texto de Clemente de Alejandría (SYC, p. 338), representante post-apostólico de un esoterismo cristiano ortodoxo, de una verdadera gnosis cristiana, puede ser una pista apreciable (posteriormente citará también a Gregorio de Nisa y los escritos del seudo Dionisio el Areopagita). Su alusión expresa a los ofitos u ofitas[11] -secta gnóstica que que representaba al hombre primitivo con caracteres masculinos y femeninos al mismo tiempo- al final del capítulo primero de la Primera parte, es otra y ciertamente significativa.
            En efecto, para los gnósticos[12] la gnôsis (conocimiento salvador) se oponía a la vulgar pistis (creencia); se puede llamar gnosis o gnosticismo a toda doctrina o actitud religiosa fundada en la teoría o en la experiencia de la obtención de la salvación por el conocimiento. La gnosis traduce siempre una necesidad individual o colectiva de salvación o de liberación, obtenida en el curso de una iluminación que es regeneración y divinización del sujeto que la experimenta. El gnóstico se salva, pues, mediante el conocimiento. Pero ¿de qué necesita o debe ser salvado?: para la mayoría de las sectas gnósticas el hombre debía ser salvado de la materia, de su cuerpo, de la carne, de la sexualidad, del mundo material y de la existencia sensible en general: “No tengáis piedad de la carne nacida de la corrupción –proclama una oración cátara- pero apiadaos del espíritu aprisionado en ella”[13].
Sexo y carácter, dos hermenéuticas: La andrógina clásica y la gnóstico cristiana, Tomás Moreno

            El gnóstico es radicalmente dualista y ofrece, por tanto, una valoración negativa del cuerpo y del mundo. El gnóstico considera su cuerpo como la “prisión” donde se halla cautivo su auténtico yo. La existencia sensible es el mal: el hecho mismo de existir es la condena a la que el hombre ha sido destinado por un demiurgo malo. Arrojados a este mundo nos sentimos ajenos al mismo, exiliados, extranjeros en este mundo terrenal y temporal sintiendo la nostalgia lacerante de la patria original de la que ha caído y anhelando su liberación: el retorno a la misma. El problema del gnóstico es saber de qué modo su alma –que es una chispa divina extraviada en la tierra- podrá retornar a las regiones superiores desde donde ha caído. Mas la angustia del gnóstico es que el alma, que pasa perpetuamente de prisión en prisión corporal, está sometida a incesantes reencarnaciones, la misma angustia que siente Weininger ante el sometimiento de hombres y mujeres a la esclavitud del sexo y de la reproducción.
            Es el mismo dualismo que recorre, como hemos visto, todas las páginas de Sexo y carácter: cuerpo y alma, sexualidad y castidad, vida inferior animal y vida superior espiritual, mujer y hombre. El elemento masculino y el  femenino tomados “en sí”, en estado puro (como ideas platónicas o arquetipos) son los dos polos antagónicos de la existencia de la humanidad. En esta tipología, Weininger descubría su principio divino en un ser ideal masculino (genial), que supera su corporalidad por medio de la ascesis. “El hombre puro es la imagen de Dios”, representa la encarnación de un principio sobrenatural, la creación, lo positivo, la luz. El polo femenino identificado con el cuerpo, la materia, el mal, representa, por el contrario su negación, el polo opuesto de la naturaleza divina del varón, la otra posibilidad degradada de la humanidad: la “mujer-materia-animal”[14]. La mujer no es más que un caos de emociones, la expresión de la nada, que tiende sin tregua con su caótica irracionalidad, a convertir en vana toda conquista de la razón. La mujer es materia, el hombre es espíritu.
            Tal repugnancia respecto del cuerpo concluye, en el gnóstico, en la idea de que el cuerpo es algo “ajeno” a nosotros mismos y que debemos soportar: es comparado con un “cadáver”, con una “tumba”, con una “prisión”, con un “compañero indeseable”, intruso, adversario, instrumento de humillación y de sufrimiento que atrae al espíritu hacia abajo, en el degradante olvido de su origen. Expresa así una repugnancia invencible respecto de las diversas manifestaciones de la sexualidad ordinaria, condena todo deseo carnal, toda relación sexual (aun dentro del matrimonio el comercio carnal es una mancha), y, en general, repudia los principales acontecimientos de la vida corporal (fecundación, nacimiento, enfermedades, vejez y muerte). La misma repugnancia que manifiesta Weininger, como ya hemos suficientemente comprobado, por la sexualidad, por el coito y la fecundación:

“La fecundidad es simplemente repugnante, y nadie que quiera responder sinceramente a la pregunta, podrá decir que siente como un deber cuidar de que perdure la existencia de la especie humana. Y lo que no se siente como deber no es deber” (SYC, p. 339).
           
TOMÁS MORENO



[1] Los ofitas, como su nombre indica (ophitai u ophianoi, del griego ophis ; nahasch en hebreo) eran adoradores de la serpiente . Esta fue tomada por los gnósticos de los misterios del paganismo, pero fue identificada con el Lúcifer del Génesis : la serpiente era considerada un mensajero del Dios de la luz y hasta como este Dios mismo, como el Logos.
[2] Cf. H. Moreno, Femenino y Masculino en las ideas de Otto Weininger, en Rossana Cassigoli (Coord.), “Pensar lo femenino. Un itinerario filosófico hacia la alteridad,  Anthropos, Barcelona, 2008 pp. 144-156.
[3] Sobre el tema del ideal andrógino, la androginia griega, la místico-gnóstico-cristiana y la androginia ritual véanse: Carl Gustav Jung, La Psicología de la Transferencia, especialmente capítulos V y VI pp. 98-106 y 108-117; Norman O. Brown, Eros y Tanatos. El sentido psicoanalítico de la historia, Editorial Joaquín Mortiz, México, 1967, pp. 159-161.; Mircea Eliade, Mefistófeles y el andrógino, Guadarrama, Madrid, 1969, pp.131-145. Para la androginia en la literatura del XIX y en el Romanticismo véase: Mircea Eliade, ibíd, pp. 124-130. Es un clásico del tema: Marie Delcourt, Hermafrodita, Editorial Seix Barral, Barcelona, 1970. Para su presencia posmoderna en las imágenes artísticas, literarias, en el cine, la fotografía, el vídeo y la música del siglo XX y su función ideológica véase: Estrella de Diego, El Andrógino sexuado. Eternos ideales, nuevas estrategias de género, La balsa de la Medusa, Visor, Madrid, 1992.
[4] H. Moreno op. cit., pp. 148-149
[5] Ibíd., p. 149.
[6] Idem.
[7] Estrella de Diego, El Andrógino sexuado, op. cit, p. 27.
[8] H. Moreno, op. cit., p. 151. Y siguiendo a Kari Weil –Androgyny and the Denial of Difference,, University Press of Virginia, 1992, p.64) afirma que la androginia también se volverá central en las versiones renacentistas de la filosofía hermética: “En algunos relatos se describe al Adán primigenio como alguien que tenía un cuerpo inmaterial y era andrógino, pero su caída lo precipitó dentro del grosero mundo de las cosas, donde hay elementos físicos y sexuales, separados y conflictivos” (Ibid., p. 151).
[9] Recordemos que el gnosticismo presenta innegable afinidad con el romanticismo como indica Simone Pètrement, Le dualisme chez Platon, les gnostiques et les manichéens, P.U.F. París, 1947, p. 129): “(…) el sentimiento que aparece en ella (en la gnosis), casi en todas partes, es el sentimiento romántico por excelencia: el sentimiento de los límites del destino y el deseo de romper esos límites, de quebrar la condición humana, de evadirse de todo”). Ideas gnósticas aparecen en los escritos de importantes poetas y escritores inmediatamente anteriores o coetáneos del joven pensador vienés: en románticos como William Blake, Gerard de Nerval, Victor Hugo; en los simbolistas de la segunda mitad del siglo XIX: Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Lautremont y, también en el surrealismo (Breton, sobre todo).
[10] Sobre la presencia del gnosticismo en el ambiente cultural germano finisecular véase: Richard  Noll, Jung. El Cristo ario, Vergara, Barcelona, 2002
[11] Sexo y Carácter, op. cit., p.29. Según Aurelio de Santos los gnósticos ofitas sostenían la creencia según la cual la transgresión de Eva consistió en un pecado sexual, concretamente en un adulterio cometido con la serpiente del Paraíso (tanto en griego como en hebreo, ophis (serpiente) es de género masculino. (Los Evangelios Apócrifos, B.A.C., Madrid, 1975, nota 79, p. 158).
[12] Los gnósticos, eran sectas heréticas de los primeros siglos del cristianismo (una especie de sincretismo teológico-místico cristiano-griego y oriental radicalmente dualista) entre los que destacaron marcionitas, basilidianos, carpocracianos y valentinianos, abominaban de su cuerpo –expresión de la caída ontológica de la naturaleza humana- de la “carne”, de la sexualidad y de todos los eventos y acontecimientos de la vida corporal y sensual: nacimiento enfermedad , vejez y muerte. La existencia es, al igual que en el pensamiento budista, la concreción del mal y todo lo que favorezca su proliferación y perpetuación es rechazado y repudiado. Cátaros y albigenses en la época medieval continuarán esta doctrina sexofóbica. Para el tema gnosticismo y sexualidad, además del ya señalado de Simone Pètrement, veánse: Hans Leisegang, La gnose, traducción del alemán, Payot, París, 1951; Jean Doresse, Les livres secrets des gnostiques d’Egypte, Plon, París, 1958; Serge Hutin: Los gnósticos, traducción del francés, Eudeba, Buenos Aires, 1964; Hans Jonas, La religión gnostique, Flammarion, París, 1978; Francine Culdaut, El nacimiento del Cristianismo y el gnosticismo. Propuestas, traducción española, Akal, Madrid, 1996; Michel Onfray, El cristianismo hedonista. Contrahistoria de la filosofía II, Anagrama, Barcelona, 2007, pp. 13-74. Vid. supra, nota p. 24.
[13] Texto maniqueo citado por S. Pétrement, Le dualisme chez Platon, les gnostique et les manichéens, op. cit. p. 185.
[14]Para el gnóstico existen dos grandes razas de hombres: los que saben (los espirituales), destinados a la salvación en el mundo trascendental y los que están sumidos en la ignorancia por su vinculación a la materia (los “hílicos” o materiales), que no pueden ser salvados pues están profundamente enraizados en la materia.[14]. En Weininger sólo los hombres (seres “espirituales”) pueden acceder a la vida superior del conocimiento y del saber, al mundo de lo espiritual y de lo trascendental. Por el contrario a las mujeres (seres “hílicos”) ese mundo y aquella vida les estarían radicalmente vedados.  



Sexo y carácter, dos hermenéuticas: La andrógina clásica y la gnóstico cristiana, Tomás Moreno

jueves, 14 de marzo de 2019

SEXO Y CARÁCTER (SEGUNDA PARTE) (“LOS TIPOS SEXUALES”)


 Se prosigue analizando la segunda parte de Sexo y carácter, de Weininger, en esta ocasión bajo el título: Los tipos sexuales, y todo redactado por el filósofo Tomás Moreno para la sección, Microensayos, del blog Ancile.


Los tipos sexuales, Tomás Moreno




SEXO Y CARÁCTER (SEGUNDA PARTE)

 (“LOS TIPOS SEXUALES”)



Los tipos sexuales, Tomás Moreno

La Segunda parte (“Los Tipos Sexuales”) consta de catorce capítulos. Se inicia con un capítulo, “El hombre y la mujer”, en el que se examinan los tipos sexuales. Sin embargo, para conseguir que su caracteriología hipotética funcionara, Weininger tenía que presentar tipos ideales (construidos como abstracciones o ideas platónicas) de masculinidad y feminidad (cap. I), puesto que, según su definición del problema, éstos ya no eran idénticos a los géneros observados, macho/hembra de la primera parte. Muy sumariamente a lo largo de estos catorce capítulos Weininger va a tratar de analizar y descubrir las diferencias entre la sexualidad masculina y femenina y sus divergencias intelectuales. Asociará así, como veremos, la masculinidad con la capacidad de discernimiento intelectual y la memoria (cap. II); con la genialidad, la moralidad, la voluntad y la religión (caps. III, IV y V); con el amor verdadero (cap. VI); con la identidad personal, el celo por la verdad y por el bien, el impulso a la trascendencia y el anhelo de inmortalidad (caps. VI, VII, VIII, IX, X) y por último, con la raza aria (cap. XIII) En cuanto a la feminidad, la vinculará a la credulidad y a la confusión mental; atribuyéndole la amoralidad, la impulsividad o instintividad y la irreligión; así como la carencia de Yo y de individualidad, la nulidad ontológica, la mendacidad, la tercería, la mutabilidad, la esclavitud al deseo sexual, la histeria y, como era de esperar, su vinculación al judaísmo. El capítulo XII desarrollará por extenso el tema de la naturaleza de la mujer y su significación en el universo. Pese a que Weininger concluía con un plan de redención (cap. XIV) según el cual judíos y mujeres podían llegar a situarse al nivel de los hombres, y los arios se reconciliaban con su naturaleza bisexual, lo cierto es que la mayor parte de las páginas de su enciclopédico libro estaban dedicadas a plasmar la polaridad básica, esencial entre hombre y mujer. De acuerdo con su teoría, todos los logros significativos de la historia –como el arte, la literatura y los sistemas legales- se deberían al principio masculino, mientras que el principio femenino sólo daría cuenta de los elementos negativos, que, según él, convergían en su totalidad en el pueblo judío. La raza aria es la encarnación del principio organizador fuerte que caracteriza al hombre, mientras que la raza judía personifica al “caótico principio femenino del no ser” (caps. XIII y XIV).
Los tipos sexuales, Tomás Moreno

            El capítulo XIV (“La mujer y la humanidad”) es uno de los más sorprendentes y herméticos de la obra. En él Weininger trata de “comprender el papel de la mujer en el mundo y el sentido de su misión en la humanidad” y lo aborda “desde el punto de vista de aquella idea de humanidad que late en la filosofía de Immanuel Kant” (SYC, p. 328). Lo que parece nuevo es la actitud y comportamiento del hombre que, influido por el judaísmo y la dionisíaca “cultura del coito”, acepta resignadamente el valor que las mujeres se atribuyen y le atribuyen (por su naturaleza la mujer sólo puede apreciar en el hombre la parte sexual). La castidad masculina es objeto de burla y “el hombre ya no siente a la mujer como pecado, sino como destino” (SYC, p. 330)[1]. En el acto sexual las mujeres descubren el sentido de su existencia, su destino vital: “el objeto principal de la mujer es practicar el coito, gracias al cual su existencia  se justifica” (SYC, pp. 329-330).
            Según Weininger el ideal de la virginidad y de castidad tiene su origen en los hombres y no en las mujeres. La mujer quiere “poder no ser casta”, pide y exige al hombre sexualidad y no virtud, porque sólo por la sexualidad ella adquiere una existencia. En el fondo no les satisface el elevado amor platónico del hombre porque “en realidad, no les dice nada”: “Que  la mujer pretenda el coito y no el amor, significa que quiere ser envilecida, no exaltada. El mayor enemigo de la emancipación de la mujer es la propia mujer” (SYC, p. 331). Y por ello ésta prefiere al hombre con instinto de brutalidad, y “se arroja en los brazos de quien tiene fama de Don Juan.: “Beatriz se impacientaría como Mesalina si se prolongara mucho tiempo las endechas del galán arrodillado ante ella” (SYC, p. 331). 
El coito no es inmoral porque produzca placer, ni porque sea el primero entre todos los goces de la vida inferior. El hombre tiene derecho a aspirar al placer, le hace más fácil y alegre su vida sobre la tierra, pero no está autorizado a sacrificar un mandato moral. Para el kantiano Weininger la radical inmoralidad del ímpetu sexual está en tomar a otra persona como medio, un pecado contra el principal mandamiento ético, que ordena considerar a los demás como fines y no como medios en desconocer prácticamente en ella su condición de fin:
 “El coito es inmoral porque en él se pospone el valor de humanidad, tanto en la persona de él como de ella, al placer. Durante el coito el hombre se olvida de sí mismo en el goce, y olvida a la mujer, la cual, para él ya no tiene una existencia psíquica sino tan sólo corporal. Pretende de ella un hijo o la satisfacción de la propia voluptuosidad: en ambos casos no ve en ella un fin, sino que la utiliza para un objeto ajeno a ella misma” (SyC, p. 332).

            Es decir: en el coito la mujer, privada de valor es sólo objeto o materia para el hombre, bien como fin de su deseo físico (para gratificar la propia lujuria, o como medio para producir criaturas de la carne), bien como soporte o pretexto de su proyección erótica ideal (representar puramente el Yo del amante). También la mujer, que es la misionera de la idea del coito, se utiliza ella a sí misma como un medio para ese fin: quiere al hombre para obtener el placer o un hijo y pretende ser utilizada por el hombre del modo adecuado a dicho fin: ser tratada como una cosa, como un objeto de su propiedad y nadie debe dejarse utilizar por otro como medio para un fin. El hombre puede intentar redimirla: ya que la mujer es realmente una función del varón, que él puede afirmar o abolir y las mujeres no quieren en realidad otra cosa (SYC, p. 333). La feminidad, estima Weininger, es un valor siempre negativo y debería ser negada y suprimida, incluso en las propias mujeres. Y si la feminidad es inmoral, la mujer debe dejar de ser mujer y transformarse en hombre. Pero –como entiende Weininger- es muy difícil que las mujeres, en tanto que mujeres, puedan emanciparse, pues si “ser mujer”, en efecto, es estar excluida de lo genéricamente humano (representado por el hombre), la pretendida inclusión en un ámbito tal, en términos de igualdad, no puede sino conllevar un cambio de identidad, un traspasarse a lo masculino desvirtuando así su naturaleza genuina.
            La redención de la mujer, y con ella de la humanidad, ocurrirá  únicamente  mediante la negación de lo femenino, mediante la completa anulación de la feminidad. En tanto que la mujer
Los tipos sexuales, Tomás Moreno
sentencia nuestro mesiánico filósofo- no deje de existir como mujer para el hombre, no dejará de ser mujer (SYC, p. 338), es decir: no podrá ser liberada o redimida. Y la condición para dejar de ser mujer, en opinión de Weininger, es que “renuncie sincera y voluntariamente” en su fuero interno a ese acto sexual –el coito- que toma a la mujer “tan sólo como una cosa y no como un ser humano vivo con procesos psíquicos internos” y que es como una cadena la ata al género humano a esa “vida inferior” que comparte con las hembras de las demás especies. Es decir, la mujer: tiene que desaparecer como tal, “y antes de que esto ocurra no existe la posibilidad de instalar el reino de Dios sobre la tierra” (SYC, p. 337 y 339).
Weininger se proclama, así, como el verdadero emancipador de la mujer, y aspira a liberarla de esa mortífera esencia femenina, a rescatarla de su condición de objeto sexual, de mero recipiente creador de vida y convertirla en un fin en sí mismo. Esta es la única posibilidad de redención para la mujer:
“El hombre debe redimirse del sexo, y sólo así redimirá a la mujer. Sólo su castidad, no su lujuria, como ella cree, es su salvación. La mujer perecerá como tal, pero surgirá de sus cenizas renovada, rejuvenecida, como ser humano puro […]. Mientras haya dos sexos el problema de la mujer persistirá y tampoco se resolverá antes el de la humanidad […]. La muerte continuará en tanto las mujeres paran, y la verdad no alumbrará hasta que de los dos sexos haya surgido un tercero que no sea hombre ni mujer” (SYC, p. 338).
           
            Solamente la continencia de ambos sexos o lo que es lo mismo: la abolición de los sexos, el cesar toda fecundación, puede llevar de nuevo al género humano a aquella idea kantiana de humanidad que lo hace partícipe de lo divino. Pero ello conllevaría un “pequeño problema”: que la humanidad desaparecería pronto de la faz de la tierra, la especie perecería. El objetivo que propone es, pues, triple: en primer lugar, la anulación de la mujer y su conversión o transmutación en hombre, mediante su total masculinización, esto es, su desaparición “qua mujer”, único paso que le permitiría ser lógica y ética; en segundo lugar, la abolición de la sexualidad, con la disolución de los sexos y la supresión de la fecundación, para concluir, en tercer lugar, y como consecuencia de lo anterior, en la desaparición misma de la especie humana tal y como la conocemos[2].

TOMÁS MORENO











[1] “Para persuadirse de esto”, explica Weininger, “basta considerar el juicio despectivo que las mujeres en cuanto “mujer” se forman respecto a la virginidad de sus compañeras de sexo: el estado de no casada o de vieja solterona es estimado por la mujer como muy inferior al de las casadas por muy desgraciadas que estas sean. Basta que una mujer esté casada para que su existencia haya adquirido valor y se les perciba como “seres superiores”; incluso las prostitutas, que han gozado de amantes, son estimadas en más. Ello explica, que “una mujer pueda hallar placer ante la presencia de una joven hermosa” (siempre que haya adquirido ella ya su propia existencia y no la perciba como posible rival)” (SYC, p. 330).
[2] Objetivos weiningerianos sobre los que alguna de las orientaciones más extremas del feminismo hodierno –más allá de las justas y legítimas reivindicaciones feministas del  proto-feminismo ilustrado y de la mayoría de los feminismos, de la primera, segunda y tercera olas- radicalmente opuesto al feminismo de la diferencia, debería contrastar con los suyos e incluso replanteárselos, no vaya a ser que su pretendida defensa de la mujer, su apuesta por su liberación y su reivindicación del igualitarismo absoluto de los sexos deriven, paradójicamente, en frontal hostilidad  hacia el sexo femenino, al tratar de suprimir o  borrar, como preconizaban el propio Weininger y algunas sectas gnósticas de la antigüedad, todas sus diferencias con el hombre varón -incluida su cualidad biológica más definitoria e intransferible: la maternidad- y propiciando, en consecuencia, su plena anulación y autodestrucción como sexo genética y biológicamente distinto y complementario del masculino; esto es: como sexo gestante de la vida humana. Como se constata y repite casi siempre: los extremos se tocan, identifican y confunden.


Los tipos sexuales, Tomás Moreno