viernes, 1 de febrero de 2019

UNA APROXIMACIÓN A SEXO Y CARÁCTER, DE OTTO WEININGER


Siguiendo con las reflexiones sobre Otto Weininger, para la sección, Microensayos, del blog Ancile, por parte del profesor y filosofo, Tomás Moreno, incorporamos la nueva entrada que lleva por título: Una aproximación a "Sexo y carácter".


Una aproximación a "Sexo y carácter", de Otto Weininger, Tomás Moreno





UNA APROXIMACIÓN A SEXO Y CARÁCTER 





Una aproximación a "Sexo y carácter", de Otto Weininger, Tomás Moreno


En las aproximadamente seiscientas páginas de Sexo y carácter,[1] el joven Weininger nos revela descarnadamente, con total sinceridad y valor, toda su vida espiritual e intelectual. El ensayo se publicó en Viena, en mayo de 1903, editado por Wilhem Braunmüller, y solo tras su trágica muerte alcanzará un  éxito sorprendente entre el gran público. La conmoción que supuso su edición y la circunstancia de su muerte –de una forma nada infrecuente en la Viena de entonces- dotó a su figura de un halo enigmático, no resuelto en su tiempo y presumiblemente irresoluble aún con el paso de más de un siglo. Una personalidad tan aguda y mordaz como Karl Kraus, editor de Die Fackel, acogió el libro con entusiasmo e interés: “Un admirador de las mujeres”, escribía, “asiente entusiasmado a los argumentos de su desprecio hacia las mujeres”. Ludwig Wittgenstein[2], que leyó el libro muy joven, quedó tan impresionado que llegó a, reconocer que fue una de sus principales influencias y “uno de los grandes libros olvidados de nuestro siglo”.
Una aproximación a "Sexo y carácter", de Otto Weininger, Tomás Moreno
            Las ediciones se suceden  con celeridad asombrosa para obra de tal extensión. La segunda edición es de noviembre de 1903[3]. En el año siguiente salen cuatro más, y en 1923 cuenta ya con veinticinco y con traducciones al danés, inglés, italiano, húngaro, polaco, ruso etc. Hasta 1932, les seguirían otras diecisiete. La editorial editó incluso un folleto publicitario al efecto, repleto de reseñas y homenajes entusiastas. Fue su única obra en vida. Los fragmentos que dejó tras su muerte fueron recogidos en 1904, y publicados póstumamente con el título de Sobre las cosas últimas, (Ueber die letzten Dinge, 1907)[4].
            Weininger no era en modo alguno un solitario genial de su época, como él pretendía serlo, tal y como confesaba en el prólogo de su obra: “La base científica, filosófico-psicológica, ético-lógica, he debido crearla en gran parte, yo mismo”[5]. Su habitual empeño en hurgar entre disciplinas heterogéneas -psicología y filosofía, lógica y ética- deja una cierta impresión de aficionado o diletante. Sus ideas, no obstante, lejos de ser todo lo originales y novedosas que presumía, reflejaban en realidad un clima intelectual que se había ido gestando desde algunas décadas anteriores.
            Su  libro Sexo y carácter, cuyo subtítulo reza Investigación de principios, es, escribe Hans Mayer[6], al mismo tiempo continuación y anticipación de ideas, creencias y prejuicios de su época. Es continuación, porque en la obra de Weininger reaparece un conjunto de ideas de la Viena burguesa finisecular, expresión de una situación social y cultural muy determinada, en la que se condensan los estados traumáticos de conciencia de las clases burguesas de la Europa central. Sus tesis nucleares reflejan puntual y precisamente esa situación: así, por ejemplo, la idea de que “cultura es superior a la civilización”, la de que “el genio es cualitativamente distinto del talento”, u otras, explícitamente racistas y sexistas -tan extendidas en la Viena de la época- como las de que “los judíos carecen de genio” y son un “fermento de descomposición” (Theodor Momsen) o que la mujer es “ilógica y amoral”, como más adelante desarrollaremos.Y es también anticipación, porque hay en él una clara asonancia ideológico- doctrinal con obras posteriores como El espíritu como adversario del alma de
Una aproximación a "Sexo y carácter", de Otto Weininger,
Ludwig Klages (1929) o Decadencia de la tierra en su espíritu de Theodor Lessing (1918). Se preludian Las cosas venideras, de Walter Rathenau (1920), y las reflexiones de Ostwald Spengler sobre las distintas civilizaciones y sus respectivas almas (apolínea, faústica o mágica) de La decadencia de Occidente (1918-1922)[7]. Pero es, sobre todo, reflejo del tiempo que le tocó vivir. En efecto, tanto su antijudaísmo o antisemitismo, como su antifeminismo y misoginia, dominantes en su obra, eran expresiones y reflejos de un caldo de cultivo filosófico-científico fuertemente enraizado en su época, y cuyos ingredientes esenciales vinieron dados, sobre todo, por los nuevos avances y descubrimientos en el campo de las ciencias naturales.
            Por lo que se refiere al antisemitismo[8], éste era un aspecto de la vida vienesa omnipresente en los medios sociales, políticos y culturales de la ciudad, al que nadie podía mostrar indiferencia y del que tampoco podía escapar. Con el crecimiento de la población judía en Viena –que ascendió de los 70.000 miembros en 1873 a los 147.000 en 1900- había experimentado un gran empuje: “Como consecuencia, el sentimiento de odio hacia el judaísmo se extendió de tal manera en Viena” que, por poner un ejemplo, Karl Lueger, un antisemita despiadado que “había propuesto que se metiese a la población judía en barcos para después hundirlos, llegó a obtener la alcaldía de la ciudad”[9].
            Doctrinas racistas, biológico-deterministas (lombrosianas), eugenésicas (galtonianas) y antisemitas, secuelas todas ellas del darwinismo social y del pangermanismo más exacerbado, alcanzaron tal auge que se extendían como mancha de aceite por los medios intelectuales e incluso populares. Nadie desconocía, por ejemplo, las ideas racistas de Arthur de Gobineau -aristócrata francés obsesionado con la sangre-, expuestas en su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853-1855), para quien la raza blanca, de raigambre aria o indogermánica, era superior a todas la demás negroides u orientales. Los cruces interraciales eran disgenésicos y conducían necesariamente a la degeneración biológica y al derrumbamiento y de la civilización. Otro francés, Georges Vacher de Lapouge  en  Selección social (1896) se encargó de llevar al límite esas premisas gobinianas concluyendo que las razas eran especies en distintas fases de formación, que las diferencias raciales eran innatas e insalvables y que cualquier pensamiento de integración racial era contrario a las leyes de la biología[10].
            Tal era el clima de antisemitismo existente en los ambientes pangermanistas austríacos y alemanes de la época que una obra enciclopédica como Degeneración (Entartung), de un popular ideólogo judío, hijo de un rabino, Max Nordau, publicada entre 1892-1893, alcanzó un inusitado éxito. En ella se denunciaba que Europa se estaba viendo atacada por “una severa epidemia mental, una especie de muerte negra de degeneración y de histeria”, que estaba esquilmando su vitalidad y que se manifestaba a través de un gran número de síntomas (sospechosamente semitas): “ojos estrábicos, orejas imperfectas, crecimiento atrofiado […] pesimismo, apatía, comportamiento irreflexivo, sentimentalismo, misticismo y una carencia total del sentido del bien y del mal”[11]. Los prejuicios antisemitas proliferaban en semanarios y diarios vieneses y alemanes de la época, en los que se les denostaba, difamaba y acusaba de todo tipo de crímenes y  perversiones sexuales vergonzosas, asesinatos de niños en tenebrosos y secretos rituales sacrificiales y violaciones de jóvenes muchachas.
            En lo que concierne al antifeminismo, la conversión de las mujeres en objeto de escrutinio “científico” desde la perspectiva positivista fue protagonizada por Paul Julius Moebius (1853-1907), médico de Leipzig, que recogió en su folleto-libro (más bien inmundo y repugnante panfleto acientífico) titulado Sobre la imbecilidad fisiológica mental de las mujeres, Leipzig 1900 -auténtico best-seller de la época, reeditado sin cesar en las primeras décadas del XX- una serie de seudo-argumentos, prejuicios e “ideas” que fueron utilizadas para “corroborar” la inferioridad intelectual de la mujer[12].  Sus “argumentos científicos” eran de este cariz: la deficiencia mental de la mujer no sólo existe sino que además es muy necesaria; no solamente es un hecho fisiológico, es también una exigencia psicológica. Si queremos una mujer que pueda cumplir bien sus deberes maternales, es necesario que no posea un cerebro masculino. Si se pudiera hacer de modo que las facultades alcanzaran un desarrollo igual al de las facultades de los hombres, veríamos atrofiarse los órganos maternos y hallaríamos ante nosotros un repugnante e inútil andrógino[13].
Una aproximación a "Sexo y carácter", de Otto Weininger, Tomás Moreno
            Además de P. J. Moebius, la labor de positivación del conocimiento sobre la naturaleza femenina y el abandono de una visión romántica e idealizada de la mujer fue secundada también por Max Nordau, el ya aludido intelectual izquierdista austro-húngaro de gran incidencia en los medios culturales progresistas de la época, cuya obra Las mentiras convencionales de la civilización (1883) denunciaba entre los “males de la civilización” –con  la Iglesia, el matrimonio y la monogamia, las desigualdades sociales, la nobleza, la monarquía, poder estatal- el feminismo. Fue su hincapié en la necesidad de “poner fin a la idea de mujer como misterio incognoscible” y convertir a las mujeres en materia de investigación científica, la que tuvo más impacto en los teóricos de la inferioridad sexual de la mujer[14].
            A ello habría que añadir, sin duda, toda una tradición filosófica misógina y antiilustrada, patriarcal (representada por Schopenhauer, Hegel, Fichte, Kierkegaard, Nietzsche) que resucitó los antiguos valores femeninos del sacrificio, la renuncia, la abnegación y el vivir para los demás, frente al ideal ilustrado de la autorrealización, temerosa ante la aparición y emergencia de un nuevo tipo de mujer -más consciente de su dignidad ultrajada y de sus derechos cívicos conculcados y pisoteados por la arrogancia masculina dominante- que reclamaba activamente sus derechos a la participación ciudadana y a la emancipación personal (cont.).



TOMÁS MORENO.





[1] En realidad  constaba de 599 páginas, de las cuales 132 páginas pertenecían a las notas y complementos.
[2] Para la relación Weininger-Wittgenstein, ver el libro de Janik, op. cit.  pp. 223 y ss.
[3] Hans Mayer, Historia maldita de la literatura, op. cit. p. 112, dice al respecto: “Un informe editorial de la Librería Universitaria de Wilhelm Braunmüller, de Viena y Leipzig, en la “edición popular” de 1926, da a conocer la serie sucesiva de ediciones de Sexo y carácter: primera edición en mayo de 1903, en Viena en seguida la segunda, en noviembre, poco después de la muerte de Weininger. En enero de 1904, la tercera; a finales de ese mismo año, ya la sexta. Un corto estancamiento entre 1911 y 1914. Nuevo estancamiento al estallar la Guerra. Sin embargo, desde febrero de 1916, recuperación del mismo ritmo de éxitos. Dos nuevas ediciones (18 y 19) al año siguiente a la terminación de la Guerra y a la Revolución. Lo mismo en 1920; el año de la inflación 1922, las ediciones 23 y 24, seguidas. En 1923 se alcanzan las 25, de un libro que paradójicamente iba a considerarse maldito.
[4] El volumen alcanzó la sexta edición en 1920. Su contenido es muy vario: algunos ensayos de interés y otros de diverso valor (sobre Ibsen, Schiller, metafísica, cultura) y breves apuntes, incluso con carácter de borradores o indicaciones para uso exclusivo del autor. El libro puede considerarse complemento de Sexo y carácter, para comprender su posición en metafísica y su teoría del conocimiento. El estudio preliminar de su amigo Moriz Rappaport, figura entre los mejores ensayos sobre las ideas y la personalidad de Weininger. Hay traducción castellana de José María Ariso en editorial A. Machado libros, Madrid, 2008.
[5] Sexo y carácter, op. cit., p. 17.
[6] Historia maldita de la literatura, op. cit, p. 113.
[7] Hans Mayer en su Historia maldita de la literatura (op. cit. p.113) escribe al respecto: “Lo que hoy en día se hace pasar por arte es impotencia y falsedad: la música posterior a Wagner, lo mismo que la pintura posterior a Cezanne, Manet, Leibl y Menzel.” Esto escribe Spengler durante la Primera Guerra, un decenio más tarde que Weininger, como contemporáneo de Strawinsky, Bartok, Berg, Klee, Picasso o Kandinsky. Para Spengler, Tristán y Parsifal fueron el ornamento del “fin de la música faústica. Weininger vio también en Parsifal lo insuperable. Y, al mismo tiempo, el fin. Esta afirmación se seguía como consecuencia al concebir la civilización moderna como progresivamente “judía” y, por consiguiente, decadente, ya que Weininger decretó que la música de Parsifal quedaba eternamente inaccesible al judío plenamente auténtico, casi tan inaccesible como lo épico de Parsifal”.
[8] Sobre el antisemitismo-ambiente de la época de Weininger véanse: Peter Watson, Historia intelectual del siglo XX, op. cit., pp. 52-57; Arthur Hermann, La idea de decadencia en la historia occidental, Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, 1998, pp. 55-103 y 115-150; Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo” (I), Barcelona, 1994, pp. 90-94.
[9] Peter Watson, op. cit., p. 24.
[10] En los países de habla germana existía, pues, toda una constelación de científicos y pseudocientíficos, filósofos y pseudofilósofos, intelectuales y aspirantes a intelectuales en constante competición para atraer la atención del público, que se mostraban virulentamente pangermanistas, racistas y antijudíos. Pero el éxito de las ideas gobinianas en Austria y Alemania se debió a un solo individuo: Richard Wagner que en 1876 se había interesado por sus obras mientras se preparaba para su primera actuación en Bayreuth. Difundió las teorías del conde francés (Gobineau) entre sus jóvenes seguidores artistas, músicos e intelectuales del círculo de Bayreuth. Dos de ellos, Ludwig Schemann y Houston Stewart Chamberlain[10], viendo una turbadora semejanza entre las ideas de Gobineau y las de Paul Antón Botticher (más conocido por el seudónimo afrancesado de Paul de Lagarde y figura clave del movimiento ultranacionalista germanista) asimilarían estas ideas transformándolas en auténtico evangelio político para una Alemania moderna, como suplemento del evangelio artístico wagneriano. El mito gobiniano del arianismo racial fue utilizado en 1894 por la Liga pangermana –un importante grupo ultranacionalista de derecha- como catecismo programático de su movimiento, que procedió a distribuir ejemplares del “ensayo” de Gobineau por todas las bibliotecas parroquiales del país.
[11] Citado en Peter Watson, op. cit., p. 55-56. Fue en Austria, en mayor medida que en cualquier otro lugar de Europa, donde el darwinismo social y todas estas doctrinas racistas, antisemitas y pangermanistas no se quedó en mera teoría. Dos dirigentes políticos Georg Ritter von Schönerer y Karl Lueger, llegaron a elaborar con ellas su propio cóctel ideológico con la intención de crear plataformas políticas orientadas a conceder mayor poder político a los campesinos incontaminados de las corruptas ciudades y a promocionar un antisemitismo virulento, que presentaba a los judíos como la encarnación de la degeneración. Con este nocivo cóctel de ideas se encontrará un joven austriaco, Adolf Hitler, cuando pisó por primera vez Viena, en 1907 con la intención de matricularse en la escuela de arte.
[12] Paul Julius Moebius (1853-1907) natural de Leipzig, médico en 1877, psiquiatra alemán, neurólogo en el Policlínico Universitario de Leipzg y en la Policlínica Neurológica del Albert-Verein de Leipzig, centró sus investigaciones en las enfermedades nerviosas funcionales, en la frenología y en la diferencia entre los sexos etc. Su obra Über den Pphysiologischen Schwachsinn des Weibes fue traducida al castellano con el título de La inferioridad mental fisiológica de la mujer. La deficiencia mental fisiológica de la mujer, con prólogo de Carmen de Burgos Seguí, en Valencia, F. Sempere y Cía Editores, 1904. Hay otra traducción de Adan Kovacsics Meszaros, con prólogo de Franco Ongaro Basaglia, Barcelona, 1982. Influyó en el primer tercio del siglo XX en una activista corriente antifeminista española representada por dos médicos misóginos Edmundo González Blanco, autor de “El feminismo en las sociedades modernas, 1903, y Roberto Novoa Santos, con su libro La indigencia espiritual del sexo femenino (Las pruebas anatómicas, fisiológicas y psicológicas de la pobreza mental de la mujer. Su explicación biológica), Valencia, 1908), entre otros. cfr. Nerea Aresti. pp. 49-61.
[13] P. J. Moebius, op. cit, p. 58. ; cf. Francis Schiller,  A Möbius Strip : Fin-de siècle Neuropsychiatry and Paul Möbius, University of California Press, Berkeley, 1982.
[14] Max Nordau, Psicofisiología del genio y del talento, editado por Salmerón, Madrid, 1910, pp. 36 a 38, citado en Nerea Aresti: “Médicos, Donjuanes y Mujeres Modernas. Los ideales de feminidad y masculinidad en el primer tercio del siglo XX”, Universidad del País Vasco, 2001. “La obra de secularización y des-idealización de la imagen femenina iba encaminada a arrebatar a la feminidad los valores positivos que históricamente se le habían atribuido, y dejarla reducida a los aspectos mas denigrantes y menospreciativos de las concepciones tradicionales” (Ibíd, p. 53).



Una aproximación a "Sexo y carácter", de Otto Weininger, Tomás Moreno

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