jueves, 9 de mayo de 2013

CUERPO LENTO DEL TIEMPO, NUEVA ANTOLOGÍA POÉTICA DE ANTONIO CARVAJAL


Ofrecemos algunos poemas de la antología publicada por la editorial Point de lunettes, titulada Cuerpo lento del tiempo, seleccionada  e introducida con un espléndido prólogo por la profesora Concha Argente del Castillo, y que se suma a la recientemente publicada por la Diputación de Málaga en su colección Puerta del Mar, llevada a cabo por el profesor y poeta Manuel Salinas, intitulada Sol que se alude y de la que ya dimos noticia anteriormente. Queden pues, en esta entrada del blog Ancile, imágenes y versos de tal acontecimiento.


Antonio Carvajal, en fotografía
 de Francisco Fernández


 CUERPO LENTO DEL TIEMPO, 
NUEVA ANTOLOGÍA POÉTICA DE ANTONIO CARVAJAL







PÓRTICO



Primer acorde

Hacia las cumbres iba,
hacia las verdes cumbres, su deseo.

Allí aprendió que la melancolía,
cuerpo lento del tiempo,
cuerpo del agua frágil detenida
en los vasos secretos,
a conformar empieza la memoria.

Lleno de suaves algas y de pétalos
sumergidos, de platas indecisas
y de leves luceros,
allí esperó que la frescura nítida
y los blandos oreos
condujesen su sed, su amor, su dicha
sin nombre hasta los cielos,
las visiones perfectas, la precisa
iniciación del vuelo
y supo allí que la belleza efímera
es de toda verdad fuente y espejo.




 
Manuel Salinas, poeta y editor, Concha Argente, profesora y prologuista del libro,
 Antonio Carvajal, Manuel García, poeta y editor y Dionisio Pérez Venegas,
profesor y escritor, en el acto de presentación del libro


MEMBRILLO




Ni débil, ni vencido, ni antes de tiempo muerto:
Ascendido en la luz con plenitud de esencia.
Aquí estás, aquí pones tu olor de blanco huerto
y hay un mundo de gozo detrás de tu presencia.

La mano no te oprime, pero eres fruto cierto
con lluvias y veranos cuidando tu existencia,
oh, corazón de otoño tranquilamente abierto,
por donde fluye un río de aroma en transparencia.

Mirarte no es mirarte, que es ver la luz del cielo,
el agua de la acequia, la alegre membrillera,
el campo soleado donde el aire se tiende.

Estás para los labios, estás para el anhelo;
pero nadie te toque para calmar su espera,
pero todos te gusten cuando la sed se enciende.




CANTAR DE AMIGO




Di, noche, amiga de los oprimidos,
di, noche, hermana de los solidarios,

¿dónde dejaste al que ayer fue mi amigo,
dónde dejaste al que ayer fue mi hermano?

-Verde le dejo junto al mar tranquilo;
joven le dejo junto al mar callado.





QUIZÁ DE LA POESÍA...




Quizá de la poesía sea yo el mejor obrero.
Lo dicen tantos. Ellos deben saber por qué.
Pero no saben darme la palabra que quiero,
toda ella encendida de esperanza y de fe.

Pero no saben darme el abrazo que espero;
porque antes que poeta, antes que
artista, que domador del vocablo rebelde, hubo un certero
rayo que hirió mi alma y curada no sé.

Porque antes que poeta, y antes que profesor
de vanidades, soy un varón de dolor,
un triste peregrino que busca su alegría.

Tal vez cordial o vano, tal vez il miglior fabbro;
pero pocos entienden que en mis palabras labro
esa fosa con flores que llamamos poesía. 




                                                     Antonio Carvajal



martes, 7 de mayo de 2013

LA BICICLETA, DE PASTOR AGUIAR

Volvemos a traer a la sección de Narrativa del blog Ancile, el pulso singular, ágil, vívido, diligente y desembarazado de Pastor Aguiar. Esta vez con una nueva serie de cuentos que iremos ofreciendo, intercalados con otras secciones y obras, con sumo y sincero placer, sobre todo para los interesados en la manera de decir y contar propias de quien tiene el don de hacerlo por el impulso del ingenio particular y de la vivencia asumida con grandes dotes de permeable sensibilidad e inteligencia. Comenzaremos hoy con el relato titulado La bicicleta



La bicicleta, Pastor Aguiar, Ancile




LA BICICLETA





La bicicleta, Pastor Aguiar, Ancile



Eran cerca de las cinco de la tarde. Aún me recuperaba de la odisea del regreso desde el hospital, donde ejercía como  médico forense. Recorrer aquellos cuarenta kilómetros era una aventura agotadora, de duración y hechos impredecibles. Pero esta vez había tenido suerte. Un carro fúnebre, que iba rumbo a la prisión Combinado del Sur, me había dejado en el entronque de la carretera a mi pueblo. Media hora más tarde, saltaba sobre una carreta repleta de cajas de madera vacías, rumbo a Sabanilla del Comendador,  apenas a seis kilómetros de mi destino. En la cafetería, donde media hora atrás habían vendido las últimas croquetas elásticas  en medio de una bronca, la totémica dependienta limpiaba el atolladero con un trozo de frazada raída, que parecía empegostar aún más aquel piso que una vez fue de lozas.
Llegando al parque de la iglesia, alguien me gritó desde una moto destartalada.
_ ¡Médico, vamos!
Ahora descasaba unos minutos. Era verano y aún quedaban  varias horas de claridad.
Poco después dejaba la bata sobre el camastro y me engalanaba con aquella muda de ropa que  había resistido varias generaciones. Me encasqueté el sombrero de paja y atrapé un pomito vacío. La mochila de saco de yute ya me gritaba al lado de la bicicleta, con sus seis carretes hechos con latas vacías que había ido recolectando por los basureros. En ellas el enrollado pulcro de las líneas de pescar, que terminaban en pequeños anzuelos comprados a un viejo artesano que los vendía  a siete por un peso. De paso, agregué media barra de maní molido de mi propia cosecha, y una botella repleta de aguardiente casero que Papito, mi compañero de andanzas, destilaba clandestinamente, usando azúcar robada del central y fermentada durante un mes en agua y levadura. La levadura se la conseguía una prima en la panadería donde trabajaba, escondiéndola entre las tetas.
La bicicleta era el órgano más importante de mi cuerpo, con su armazón de manufactura soviética y un injerto de gomas chinas en las que no cabía un parche más.
Aseguré mis cosas a la parrilla, después de haber agregado las carnadas de filetitos congelados de tilapia, cortados en tiras de cinco centímetros.
Esta vez iba solo, pues Papito estaba con fiebre. Rumbo a la salida sur hice dos paradas, una en el portal de Lencho para comprarle tres tabacos de Manicaragua a dos pesos cada uno, y dos casas más allá, para rellenar el pomo de café mezclado con polvo de chícharos.
Ya pedaleaba felizmente por la carretera semi desértica rumbo al central.
Andados unos ocho kilómetros, torcí a la derecha, por una fangosa guardarraya que semejaba un majá desenrollado entre los cañaverales quedados de la zafra anterior.
Cuando perdí de vista la carretera, con las gomas atascadas en el fango, me hice a un costado y miré en todas direcciones, aguzando el oído. Solamente el estampido de los lagartos en las hojas secas, perturbaban la calma. Así fue que, cargando el vehículo y dando tropezones, avancé unos quince surcos cañaveral adentro y acosté mi bici sobre la cama de paja, cubriéndola a medias.
Al retomar el camino, hice un nudo en las hojas superiores del plantón orillero, a manera de  señal y me eché la mochila al hombro, con un buen trago de alcohol y un tabaco que humeaba como las lejanas chimeneas del central en tiempos de zafra.
Ya el sol maduraba al borde de los cerrojos del Oeste. Me esperaba una caminata de dos kilómetros entre charcos, pequeños sembrados, restos de arboledas de cuando hubo fincas por allí, y potreros del Estado.
Un kilómetro más tarde, ladeaba un pequeño descampado recostado a los raquíticos cañaverales. Aquel mínimo sitio fue asiento de un bohío del que solamente quedaban trozos de cemento entre espartillos moribundos, marilopes y mariposas. Detrás, tres matas de toronjas, una de las cuales, amiga íntima, me surtía con su jugosas lunas verde amarillentas, que gracias a Dios, no muchos comían por ser amargas. Eché una docena dentro de la mochila, que ya hacía sentir su peso.
La luz del crepúsculo iba quedando descuartizada, mostrando sus hermosas vísceras caleidoscópicas por guardarrayas y cayos de marabú del potrero, que ahora enfilaba acercándome a la presa.
Traté de acelerar el paso cuanto la impedimenta me permitió. Al llegar a la puerta de alambres del potrero que rodeaba al manto de agua, eché las cosas al otro lado y cerré cuidadosamente, ante las oscuras claraboyas de una decena de vacas flaconazas, con más apariencia de pescadoras que yo.
A poco, avanzaba sobre el trillo a lo largo de la alta cortina de tierra que cerraba a las aguas, para descender a un centenar de pasos y culebrear ansiosamente por las márgenes del Sur, buscando un buen pesquero, el más propicio para este anochecer, entre los cinco o seis que ya conocía de años.
Precisamente donde el lomo plomizo, apenas rizado a trechos por las hebras de brisa, se fue estrechando de manera que la otra orilla distaba unos cien metros, me detuve, dejé caer la mochila y aprovechando los últimos ripios de claridad, empuñé el machete y desbrocé unos pequeños sitios en la orilla, donde situé lajas de piedras para colocar los carretes.
De tal forma, en quince minutos dejé el pesquero listo. Una media decena de carretes improvisados quedó sobre las piedras, con las líneas estiradas en distintas direcciones, de manera que a la primera picada, la lata rodaría haciendo el conocido escándalo.
Entonces me puse a descascarar una toronja mientras dejaba el cabo de tabaco al lado de la mochila e iba escrutando las cercanías apenas visibles, tratando de adivinar las cabezas de las jicoteas cuando salen a respirar. Pude ver algunas  grandes como semillas de aguacates, pegadas a un tronco mutilado de palma, que sacaba su muñón desde el centro del brazo de agua.
Acababa de asegurar las baterías en la linterna, cuando sonó la primera lata con un
La bicicleta, Pastor Aguiar, Ancile
triple tintineo, pues había colocado dos o tres rocas más adelante para que el ruido fuera inconfundible.
Como no había luna, alumbré por unos segundos, los necesarios para localizar el punto. Anduve por detrás para no enredarme con las otras líneas y dejé la interna en un bolsillo. Justo a  la orilla del agua, la lata giraba a pequeños intervalos, desenrollando el nylon. La tomé con la izquierda y con la otra mano, entre el índice y el pulgar, fui tanteando. En pocos segundos sentí la presión. Era el primer animal. Halaba lentamente, unos dos o tres metros y se detenía de nuevo, como para tragar la masa de tilapia. Al siguiente halón, tiré hacia mí firmemente, sin brusquedades. Cuando sentí su peso, no pude reprimir el grito.
_ ¡Coño, buen animal! Ven chiquilla, no te me escapes.
Fui enrollando la línea en la lata. Entonces supe que flotaba boca arriba, como una canoa, alivianándose. Halé con ambas manos hasta sentirla atascada en el fango, a dos pasos de mí. No cedí, pues arañaba con sus cuatro patas de filosas uñas. Entonces le planté un pie encima, hasta que pude voltearla. Yo jadeaba como en un orgasmo, como si el mundo no existiera. Por el volumen y el peso adivinaba que era una hembra de tres o cuatro libras. Tuve que alumbrar unos instantes para localizar el saliente del anzuelo en sus comisuras pétreas y, con mucho cuidado, empujar hasta desanzuelarla. La eché en la mochila, al tiempo que saqué otra toronja para la celebración.
Fue una de las mejores noches que tuve. Tres hembras y dos machos, todos de buen tamaño. La carne de una semana asegurada.
Sería cerca de media noche cuando recogí los aperos y sudando la gota gorda, me eché al hombro el bulto, ahora con un peso multiplicado que se sumaba al cansancio de la hora.
Me sabía de memoria  aquellos trillos. El regreso hasta la cercanía de la carretera me tomó una hora, hasta localizar el nudo en las hojas de caña, ahora mojadas de rocío.
Dejé la pesca al costado y me sumergí en el amasijo de tallos y follaje cortante, hasta el punto donde reposaba, o debía reposar, la bicicleta; pero no la encontré.
_ ¡Dios mío, no me hagas esto!
Salí de nuevo y con la linterna, me aseguré de la señal. Conté los pasos hasta adentro una vez más, mientras clamaba por todos los santos. Repasé durante media hora todo el pajizal, enredándome con los bejuquillos, sufriendo la embestida de un hormiguero que me acribillaba hasta las ingles, mientras el instinto me empujaba a rebuscar, porque debía estar equivocado.
La desazón y el agotamiento, triunfaron sobre la terquedad, hasta que terminé echado a la larga, pateando la yerba enfangada a orillas del cañaveral. Me incorporé después como alguien que envejece veinte años de repente. El ruido de los lagartos en la paja y el graznido de las lechuzas me sonaban como insultos. Me esperaban infinitos kilómetros de marcha en la noche maciza, con aquel saco a cuestas, que ahora pesaba más que mi cuerpo derrotado. Pero no tenía otro remedio que hacerlo.



                                                                                                   Pastor Aguiar


La bicicleta, Pastor Aguiar, Ancile

domingo, 5 de mayo de 2013

LA ALHAMBRA EN HAIKUS



Me complace ofrecer en el blog Ancile la espléndida presentación que hizo el profesor Tomás Moreno del libro Haikus de la Alhambra. Satisfizo totalmente la expectativas y curiosidad que su autor (quien les habla) tenía en relación a lo que un filósofo y profesor de filosofía tenía que decir en torno a este conjunto de poemas y de fotografías inspiradas en el monumental recinto de la Alhambra y sus alrededores. Juzguen ustedes mismos si mereció la pena hacer reflexionar al filósofo con la singular temática de la poesía como eje vertebrador de su magnífico discurso.


La Alhambra en Haikus, Ancile





IMPRESIONES TRAS LA LECTURA Y VISIÓN 
DE LOS HAIKÚS DE LA ALHAMBRA, 
DE FRANCISCO ACUYO Y FOTOGRAFÍAS DE FRANCISCO FERNÁNDEZ.


La Alhambra en Haikus, Ancile
El profesor Tomás Moreno

Les confieso que no soy experto en arte, tampoco crítico literario, ni entendido en poesía ni en fotografía , aunque sí sea apasionado de ambas manifestaciones del arte y de la belleza. Por eso, titulo estas reflexiones, como simples impresiones de un lector curioso o de un espectador interesado, y, tengo que reconocerlo, poseído por la magia de la Alhambra y de los Cármenes granadinos y seducido por la demostrada sensibilidad y creatividad estéticas de los autores.
            Tras terminar de leer el libro, que os recomiendo efusivamente, escribí a su autor, mi amigo Francisco Acuyo, unas palabras de felicitación en las que le venía a decir, más o menos, que la lectura de su obra era “una fiesta para la inteligencia poética y al mismo tiempo para la sensibilidad estética”. Reafirmo aquí y ahora, esa original impresión.
            Se trata de una obra que conjuga -con singular virtuosismo- la poética fotográfica del paisaje, de la geometría y la arquitectura con la arquitectónica formal de la poesía, por una parte; que unifica -si no explícitamente sí en su trasfondo-, la mística budista-zen japonesa, con la mística islámica sufí y con la mística cristiana, por otra, en  una feliz y sincrética síntesis, formal y sensorial y en la que se integran de armónica manera elementos procedentes de distintas concepciones del mundo y de distintas artes.
            De la poesía -palabras, sintagmas, imágenes, tropos literarios, símbolos-; de la fotografía -enfoques, perspectivas, líneas, espacios, claroscuros-; de la música -"silencios púrpura",  "músicas calladas", murmullos, rumores y sonidos presentidos o adivinados en el agua-; y de la plástica en general -formas, superficies, colores, luces y sombras-.
            El texto poemático se enriquece, a su vez, con tropos, imágenes, metáforas, sinécdoques, metonimias, verdaderamente deslumbrantes y con experiencias sinestésicas de múltiples sensaciones: táctiles, auditivas, de movimiento (o cinestésicas), y también de sabores, olores, visiones. Veamos si no algunos ejemplos de ello cuando, por ejemplo, el poeta alude a imágenes y expresiones como "luz
La Alhambra en Haikus, Ancile
alada", "sombras de plomo", "sol aromático", "sombra que susurra", "silencio gris", "rumor amarillo", "silencio verde violáceo", "sueña el azul" etc.
            Además de todo ello, el poeta sabe transmitir al lector una serie de emociones, sentimientos y vivencias, suscitadas sin duda por una  contemplación -yo diría que extática o mística- de la belleza tanto de la pura naturaleza, como, sobre todo, de la naturaleza mediada por el artificio humano: la belleza de los Cármenes, en un caso, y la de la Alhambra, en el otro.
            Y es que, verdaderamente, el marco, el entorno en el que se inspiran y ofrecen los poemas -como confiesa el autor en su introducción- "es ya de por sí un rasgo peculiar, incluso inusitado, cuyas raíces remiten, por una parte al Islam, por otra, al siglo XIX". Ese marco, ejerce o funciona de catalizador y aglutinante de las distintas atmósferas místicas que impregnan desde siglos sus parajes.
            Por una parte, la atmósfera de la mística cristiana y personalista de un San Juan de la Cruz. Mística del encuentro o unión con el Tu divino, tras experimentar su cenit como "llama de amor viva".
            Por otra, la atmósfera de la mística islámica Sufí, a la manera de la del murciano Abenarabi: una mística de la inmersión del yo en  el ser divino:"el sufismo es que Dios te haga morir a ti mismo y vivir en Él", como proclamaba Junayd, un místico sufí de Bagdad, del siglo X[1].
            Místicas, ambas, dialógicas, de unión con Dios; que participan del encuentro y la comunión de la criatura con la realidad divina, y en las que  nunca se esfuman o disuelven las categorías personales (esposo-esposa; amado-amada, amigo-hermano, padre-hijo) en la inmensidad de un Todo o de un Absoluto Impersonal o Transpersonal.
            Y en contraste con esas dos tradiciones místicas, tan similares, tan cercanas y entreveradas en nuestra tradición religiosa y literaria (como lo atestiguan los estudios e investigaciones de Asín Palacios, Massignon, Ritter, Luce López-Baralt o Henri Corbin)[2], la presencia -incoada no ya en el entorno referido, sino en el espíritu de la forma poética empleada- de la Mística budista-zen, una mística monista, impersonal -en la que la relación Yo-Tú es inexistente-. Una mística, pues, no del encuentro amoroso, como la cristiana-islámica, sino de la disolución del yo o del ego, y del vacío transpersonal. Una mística, en fin, anonadante y de la cesación de todo, característica del Oriente[3].
            Conjugar todos esos elementos formales y conceptuales tan heterogéneos, a partir de un texto literario y de unas imágenes fotográficas de singular belleza, ya es una proeza estética, de la que son responsables sus autores: Francisco Fernández y Francisco Acuyo o viceversa.
            El medio e instrumento formal, decíamos,  utilizado por los autores para ello es la palabra y la imagen (fotográfica), el verbo y la plástica, en una feliz y sugestiva síntesis artística. Ambos artistas han sabido percibir, lo mismo que percibían en sus poemas ideográficos los viejos poetas de la tradición china y japonesa.
            Y es que en ningún lugar del mundo han estado tan relacionadas la pintura (o la imagen representada plásticamente) y la poesía como en las culturas china y japonesa. Si Aristóteles, y después Horacio, entendían que la palabra poética copia o "pinta" lo real  -recordemos la clásica locución latina ut pictura poesis ("como la pintura así la poesía")-, debido a la utilización que hace de la mímesis de la Naturaleza, nosotros podemos decir que las bellísimas imágenes fotográficas de Francisco Fernández, que acompañan a los no menos fascinantes haikús  de Francisco Acuyo, nos ofrecen el entorno mágico
La Alhambra en Haikus, Ancile
y poético en el que éstos adquieren su climax poemático y su más pleno sentido.
            Desgraciadamente, nosotros no estamos acostumbrados a leer imágenes sino tan sólo términos, palabras, sintagmas, frases, enunciados. Diferenciamos ambos ámbitos hasta el punto de que son dos funciones las que activamos frente a ellos: "leemos" la escritura y "contemplamos" la pintura/fotografía.
            Para leer un poema chino o japonés deberíamos lograr  unificar ambas cosas (algo que Mallarmé intentó decirnos, a su manera)[4]. Pues bien, Francisco Fernández y Francisco Acuyo han sabido hacerlo con una admirable compenetración, hasta el punto en que leemos sus fotografías como poemas y contemplamos sus versos (haikús) como representaciones pictóricas. Han logrado, en fin, fundir -con una alquimia virtuosista- la poesía de la palabra y la poesía de la imagen en una única e integral obra de arte.  
            La obra se inicia con una sabia y documentadísima Introducción del autor en la que nos informa de la poética que ha inspirado esta obra, de su afinidad con la poesía china y japonesa tradicional, así como de los criterios desde los que ha utilizado libre y heterodoxamente la forma poética de los haikús. Y continúa con las dos partes fundamentales de las que consta: 1ª, los Haikús de los Cármenes y 2ª los Haikús de la Alhambra.
            Les confieso que siempre he sentido una gran admiración por la cultura oriental, singularmente por el budismo, en su orientación zen. Siempre me ha fascinado la poesía clásica china y especialmente la tradición japonesa de los haikús.
            Es cierto que los japoneses no se han preocupado nunca por elaborar grandes sistemas teóricos. Si tuviéramos que elegir las notas más características de la cultura japonesa tendríamos que aludir en primer lugar a su capacidad de mimetización, adaptación y asimilación de lo extraño y de lo foráneo que utilizan como materia prima para absorberlo y transformarlo en algo propio y original: es decir para copiarlo o imitarlo, elaborarlo, conservarlo, estilizarlo y difuminarlo, haciéndolos suyos.
            Pasó con los sistemas culturales, religiosos y metafísicos orientales (logrando un perfecto sincretismo al enlazar el budismo indio, el taoísmo chino y el confucianismo septentrional); pasó con la jardinería -transformando el naturalismo chino en arte floral-, pasó  con la preparación del té convirtiéndolo en todo un rito o una representación litúrgica; también pasó con la escritura, la pintura y la poesía chinas dándoles un sesgo distinto: propio y original. Así como pasó, en fin, con la artesanía de
La Alhambra en Haikus, Ancile
guerra mogol, convirtiéndola en un bello arte ritual del combate y de la lucha, en el pasado; y en el presente, ha pasado igualmente con la tecnología occidental más sofisticada.
            Los japoneses han sabido, en definitiva, llevar al extremo el viejo principio taoísta de que la victoria no se consigue afirmándose sino cediendo, no resistiéndose  sino posponiéndose, plegándose como el junco frente al viento o el huracán. Esto es: debilitándose, desvalorizándose, rebajándose, sometiéndose, aunque sólo sea de manera aparente ("Tao Te King", I, 7. b).
            En el comercio -como en el jiu-jitzu- no se vence imponiendo el propio valor o fuerza, sino absorbiendo la fuerza del contrario. Como el Tao, la cultura japonesa “mantiene todas las cosas pero no se adueña de ellas; actúa sobre ellas pero no se apropia de su voluntad; las informa pero no las domina” ("Tao", II, 73, c).
            Pero, la nota idiosincrásica que, a mi parecer, destaca sobre todas, la que nos parece más simbólica y enigmática del Japón, es su capacidad, su sensibilidad para naturalizar lo artificial, para objetivar lo subjetivo, para la irrupción de lo natural en un entorno geométrico y ordenado, que se hace patente tanto en el jardín, como en la miniatura o el haiku[5].
            Y es que: “Ni antes ni ahora –como escribió Octavio Paz en su ensayo sobre "La tradición del haikú", de Los signos en rotación- el Japón ha sido para nosotros una escuela de doctrinas, sistemas o filosofías, sino una sensibilidad. Lo contrario de la India: no nos ha enseñado a pensar sino a sentir”[6].
            A la reducción a escala visual del jardín o a la depuración del Ikebana (arte decorativo de arreglar las flores) corresponde la depuración y reducción verbal de la poesía japonesa. Los haikús nos aparecen al pronto como una descripción impresionista de sensaciones cotidianas: “Hojas / caídas sobre una roca; / bajo el agua (Jösò); de acontecimientos sin valor, insignificantes: “Enciendo una vela / con otra vela; / una tarde de otoño” (Buson);
o de un significado que se revela a la mirada y que el poema no hace sino inventariar: “¿Una flor caída / volviendo a la rama? / Era una mariposa” (Moritake); o este otro: “La tormenta ha pasado; / la concha vacía / de un caracol (Söshi).
            ¿Cuál es - nos preguntamos- el mecanismo por el que el haiku, lacónico conceptista y económico, alcanza a producir un efecto tan sensible? De igual modo como en el jardín japonés la reducción de la Naturaleza permitía la visión holística no analítica de su sentido, es aquí el simple desdoblamiento verbal de la experiencia la que dota de figura al sentimiento y posibilita su experiencia como imagen.
            Ajenos, tanto los haikus como sus poetas artífices, a nuestros hábitos del silogismo o del simbolismo abstracto, una serie de recursos formales utilizados en ellos -tanto la reducción como el desdoblamiento- les permiten comparecer ante la realidad sin necesidad de comprenderla intelectivamente, es decir, sin hacerla a su/nuestra imagen y semejanza. Con sus tres versos de 5-7-5 pies -señala C. Roy-, sus diecisiete sílabas, su sabia parsimonia de adjetivos, de verbos y adverbios, y su horror de la metáfora, de la “imagen”, el haikú es el camino más corto entre una emoción y su
La Alhambra en Haikus, Ancile
preciso contagio.
            Carente, pues, de todo ardid retórico que enfatice la naturaleza de los hechos mismos, el poema se limita a enunciar con la mayor concisión, precisión y austeridad, a reproducir literalmente, el propio acontecimiento psicológico: no hay en él ni una gota más de literatura de cuanta no contenga de suyo la propia psique humana.
            Pues bien, Francisco Acuyo parece haber aprendido a la perfección todos estos recursos y artificios formales. Se muestra en sus haikús como un consumado conocedor de la técnica formal y del espíritu de los mismos, aunque, a veces, se muestre también heterodoxo respecto a ellos.
            Veamos, si no, algunos paradigmáticos ejemplos o muestras de ello: Concretamente en los que seguidamente vamos a leer, se observará y apreciará ya, que el poeta busca la contemplación pura de las cosas sin retóricas que la mediaticen y desvirtúen. Sus haikús, por ello, parecen un simple marco para encuadrar un suceso; no son tanto una confidencia del poeta, cuanto un dedo índice que dice ¡Mira!: “El Pino duerme/sobre la brisa un dulce/ sueño celeste” (I); o estos otros: “Del cielo, peces, / por el mar estelar / navegan los cipreses” (I); “Guardián del alma, / por el agua bogando, / el cisne pasa” (I).
            A veces se contenta con abrir los ojos y dejarse iluminar por el destello surrealista de la realidad: “Arde en la siesta / el jardín monacal: / la cigarra en su prédica (I); o bien estos otros: “Se oye en la acequia / el rumor amarillo / de la arboleda (I); “Ígnea magnolia / ilumina la tarde / entre la sombra (I).
            Otras, el poeta -franciscanamente- transfigura la realidad contemplada fundiendo vida y entorno:“La primavera, / pavo real, un arco/ iris despliega” (I); “El petirrojo / la tarde porta sobre/ su pecho docto” (I).
            En ocasiones, la iluminación que sobreviene al poeta ya no es sólo estética o naturalista/panteísta sino sutilmente mística y nos hace evocar el mismo espíritu de San Juan de la Cruz, que paseó por estos lugares y contempló sus noches y atardeceres, envuelto en la música callada y acompañado de la soledad sonora de estos maravillosos parajes:“En el jardín/ de la dicha se quema/ el alhelí” (I); “En el estanque, / la eternidad se mueve / por un instante” (I); “Fuente del alma / que en el silencio ofreces / la música del agua” (I).
            Y la mayoría de las veces, se presiente en sus haikús, la Norma de la Naturaleza (el camino del Tao) en la humildad, sencillez y pureza de lo que simplemente sucede sin darnos cuenta, sin forzar nada, dejando que las cosas sean y se desplieguen naturalmente y que el poeta también sin pretender nada, sin obligarnos a nada, nos transmite a través de su precisa descripción/impresión: “Se pinta el pez / en el estanque / con rojo pincel (I) ; “Sobre el peral / el sol muestra amarillo / verde beldad (I). 
            Frecuentemente, como es preceptivo y habitual en muchos haikús clásicos, nuestro poeta utiliza lo que los japoneses designan con el nombre de Kireji (palabra cortante), mediante la cual se enfatiza una suerte de corte, cambio o fricción entre dos realidades antitéticas, que nada tienen que ver. Se produce entonces el “choque” entre dos realidades, como entre pedernales, que hará brotar una chispa, una iluminación súbita e inesperada (el satori): Áspera higuera / en la noche espectral, / peripatética”;
“Sobre la dalia / un instante medita, / quieta, la rana” (I); “El boj, compacto, / con prieta geometría / ordena el caos” (I); “Casta la juncia, / estremece una brisa / del talle, lúbrica" (I).
            Se caracterizan estos Haikús de la 1º Parte, Haikús de los Cármenes (Cármen de los Mártires y Cármen de la Fundación Rodríguez Acosta), que hasta ahora hemos evocado, por sus explícitas  referencias a la naturaleza, a los seres vivos Vegetales (pinos, cipreses, juncias, helechos, arboledas, magnolias, bambúes, washintonias, rosas, alhelíes, adelfas, claveles, lirios, tulipanes, perales, tomillo, higueras) y Animales (ánades, cigarras, libélulas, cisnes, pavos reales, lagartos, petirrojos, peces, ranas)[7].
            Así como por la presencia de los cuatro elementos o raíces primordiales: el Agua (mediante sus reiteraas alusiones y referencias a albercas, estanques, acequias, lagos, fuentes); el Aire (a través de expresiones como "aromas de azahar", "el aire efímero", "gélidas brisas" o "brisas que estremecen"; el Fuego (representado por "ígneas magnolias", o imágenes como "arde en el agua"; y la Tierra como
La Alhambra en Haikus, Ancile
"fértil jardín" omnipresente, sostén nutricio de todos ellos).
            Sería interesante, si tuviéramos tiempo y sabiduría para ello, analizar todos esos símbolos e imágenes que Francisco Acuyo va desplegando a lo largo del libro, a la luz de las categorías hermenéuticas elaboradas por Gastón Bachelard[8], en libros como Psicoanálisis del fuego, La poética del espacio  o El aire y los sueños, o por Gilbert Durand en su magna obra Estructuras Antropológicas de lo Imaginario[9].
            Bástenos, por ahora, con indicar que nuestro poeta combina con destreza y oportunidad símbolos luminosos o purificadores (como el fuego, el sol, el aire, el agua, el azul, el dorado o el blanco) con otros símbolos cthónico-lunares (cigarra, ranas, lagartos), en la terminología acuñada por Gilbert Durand; o con símbolos e imágenes impregnadas, en expresión de Bachelard, de un psiquismo ascensional y vertical (árboles, pájaros, ángeles, alas). Dejémoslo para otra ocasión.  
            En los poemas o haikús de la segunda parte, por el contrario, nos encontramos ante el puro artificio de una cultura mágica, que diría Spengler[10], como la islámica, en la que -en ausencia de referentes vivos, de mímesis o imitación figurativa de la naturaleza o de la vida animal o humana- en su lugar dominan los referentes geométrico-arquitectónicos (muros, arrocabes, arcos, columnas, frisos, lobulados rosetones, mocárabes, atauriques, cenefas, trenzados capiteles, aleros, cúpulas, arquerías etc.) y elementos decorativos vegetales: “Trenzados y ápices / dialogan entre signos / y vegetales” (II); "El ajimez / en dos mundos proyecta, / un solo ser" (II)
            E incluso toda una poética pétrea y simétrica incrustada en sus muros: “Áulicos versos / en el patio su canto/ trazan simétricos” (II); “Versos del trono / en colores inscritos / pintan el cosmos” (II).
            Pero se trata de una escenografía iconográfica vegetal y arquitectónica animada y vivificada por el poeta, mediante imágenes asombrosas y sugestivas, en la que "las fuentes murmuran versos", "los arcos fingen", "los mirtos colorean sus corolas", "hablan las estrellas", "las luces y las sombras susurran", "el silencio se escucha", "el horizonte pregunta", "las fuentes responden", "arde el crepúsculo", y en la que las estancias de la Alhambra aparecen como un microcosmos que refleja el macrocosmos de la bóveda estrellada celeste: “Con ocho puntas/ se inscribe el universo/ sobre la cúpula” (II); “Sobre la cúpula / arde el agua estelar / arquitectura” (II).
            Y todo ello presidido, más allá del tiempo, de las sombras, de los silencios, por una oración de alabanza al Único Dios: “En los cimacios: / loor a dios. Al silencio / murmura el diablo (II). Mientras enigmáticos ángeles "que diseñan tabernáculos" en el "rectángulo del patio" y otros ángeles silentes: "ángeles de la aurora" y "ángeles de la tarde" baten sus alas doradas sobre las salas del fascinante palacio nazarí.


                                                                                       Tomás Moreno



[1] Sobre la mística sufí, véase: Martin Lings, "¿Qué es el sufismo?", Taurus ediciones, Madrid, 1981; sobre Abenarabi y las relaciones entre la mística islámica y cristiana, la clásica obra de Miguel Asín Palacios, "El Islam cristianizado", Libros Hiperión, Madrid, 1982.
[2] Al respecto véase: Luce López-Baralt, "Adiós a lo indecible. San Juan de la Cruz canta al éxtasis transformante", Trotta, Madrid, 1998.  
[3] Sobre los rasgos característicos de la mística oriental en general véanse: J. López-Gay, "La mística del Budismo", B. A. C., Madrid, 1974; Ana María Shlüter Rodés y José Ignacio González Faus, "Mística oriental y mística cristiana", Cuadernos FyS, Sal Terrae, Cantabria, 1998; José Ignacio González Faus, "Unicidad de Dios, pluralidad de místicas", Cuadernos CJ, Barcelona, 2012.
[4] Cfr. Francois Cheng, "La Escritura Poética China", Pre-Textos, Valencia, 2007. Así como la bella y  lúcida reseña de esta obra por Chantal Maillard, "Pintar el Poema", El País, 20 de octubre de 2007.
[5] Cfr. X. Rubert de Ventós, "De  la Modernidad. Ensayo de Filosofía Crítica", Península, Barcelona, 1980, pp. 271-283.
[6] Octavio Paz, "Los signos en rotación y otros ensayos", Alianza Editorial, Madrid, 1971, pp. 235-250. Con el gran poeta y eminente humanista mexicano, Octavio Paz, coincide la gran antropóloga cultural  Ruth Benedict, autora de uno de los libros más célebres sobre la tradición cultural nipona, "El Crisantemo y la Espada. Patrones de la cultura japonesa", en el que el culto simultáneo de la estética (el crisantemo) y de la guerra (la espada) constituiría antitética o paradójicamente el estilo tradicional de vida japonés. Pero ámbos, sin embargo, participarían de una especial sensibilidad artística, ya que también la guerra, la lucha o el combate tendrían en esa cultura una evidente connotación estética. Sobre el pensamiento japonés en general véase, Hitoshi Oshima, "La estructura del pensamiento japonés", UA ediciones, Madrid, 2006.
[7] Curiosamente vegetales (flores, árboles, bambúes) y pájaros también dominan el género pictórico japonés tradicional (Kwachó). La estética taoísta y la pintura japonesa -que tanto influyeran por otra parte en la pintura finisecular europea del XIX y sobre todo en el pintor holandés Vincent Van Gogh- se reflejan así también en el libro de Francisco Acuyo y Francisco Fernández.
[8] Vid. Gaston Bachelard, "La Poética del Espacio", Breviario F. C. E., México, 1965; "El aire y los sueños", Breviario F. C. E. México, 1980 y Psicoanálisis del Fuego, Alianza Editorial, Madrid, 1966.
[9] Vid. Gilbert Durand, "Las Estructuras Antropológicas de lo Imaginario", Taurus, Madrid, 1981.
[10] Cfr. Oswald Spengler, "La Decadencia de Occidente" Espasa-Calpe, Madrid, 1976.




La Alhambra en Haikus, Ancile

jueves, 2 de mayo de 2013

AMISTAD Y POESÍA, CON JENIFFER MOORE

Inauguramos una nueva sección del blog Ancile intitulada Amistad y Poesía, y lo hacemos con un poema de la poeta argentina y afincada en Miami, Jeniffer Moore, quien tuvo la deferencia de regalarme el poema que a continuación les ofrezco como prueba de su gratísima amistad. Como digo, la idea surgió al recibir el poema que reproduzco y que su autora tuvo a bien obsequiarme. Pude recordar que la amistad y la poesía han sido una constante en mi vida, no en vano los mejores amigos encontrados en mi trajinado devenir existencial son poetas, y que esta constante habría de verse repetida en la vida de tantos otros autores que muy bien puede considerarse como una singular manera de inspiración del verso. Para todos vosotros sea, pues, también este poema que me dedica mi querida amiga Jeniffer Moore.



Amistad y poesía, con Jeniffer Moore, Ancile


AMISTAD Y POESÍA, CON JENIFFER MOORE




“…Qué gran bien, querido amigo, nos hace la visión de la verdad a través de la decepción, si nos muestra el engaño.”
Elogio de la Decepción. Francisco Acuyo. Blog Ancile. Granada.2012




DECEPTIO



A Francisco Acuyo, verdadero amigo.




¡Deceptio, Oh, deceptio!
En las columnas de las catedrales  
es el paisaje de la soledad, tu nido.
Lloras tu oscuridad en letanías
por la bitácora del tiempo.
¡Cómo podrás tan sola,  tan sola
ganar mi corazón que sube
en la  liviana majestad del aire!
Gacela soy, veloz contra la boca de la ira,
su ardor no pudo quemar mi cabellera.
Volé como las águilas que buscan
alimento temprano.

¡Deceptio, oh, deceptio!
Mi corazón deseas como casa
con estos débiles huesos en la mesa.
Están los pájaros cantando una canción celeste
sobre las hojas mustias y anhelantes.
Veo en sus picos el destello del tigre,
el engañoso arco de su lomo.
En cada nota veo el beso de la altura
y otras aves cantan.

¡Deceptio, oh deceptio!
La confusión es hábil compañera
y refunda aldeas desoladas. El mundo gime
por la inocencia del pan y la ceniza.
Sobre su lecho,  el río no cesa de alejarse.
¡Qué indescifrable el vaivén de sus corrientes
para la lengua febril de los heridos!.

Deceptio, oh, deceptio!
 ¡Qué vacua la esperanza del pobre que confía
su buena voluntad a los sinsontes!


Ha descendido el sol en su cenit un tramo
sobre esta pena llora.
Lloro con él,  como si fuera niño
de una cuna sin madre.


¡Deceptio, oh, deceptio!
Huyeron como peces aterrados
los contornos del alba. Nada oigo
que se parezca al canto celeste de las aves.
Pacientemente me rodea  la noche
con su aleteo ingrávido.


¡Deceptio, oh, deceptio!
Suena en mi oído turbio, canto de lluvia.
¡El amor ha venido a rescatarme
con su violín de cuerdas amarillas!
Y una bandada de pájaros al viento
desde el altar de la verdad se elevan
surcando el infinito.



Jeniffer Moore




Amistad y poesía, con Jeniffer Moore, Ancile

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