martes, 22 de enero de 2013

TRES FILÓSOFOS MISÓGINOS: EL DISCURSO DE LA MISOGINIA ROMÁNTICA (2ª PARTE)

Tenemos el placer de reproducir la segunda entrega (de las tres previstas) dedicadas al fenómeno de la misoginia por parte del profesor y amigo Tomás Moreno, esta vez centrada en el período del romanticismo, y todo esto para nuestra sección de Microensayos en el blog Ancile. Recomendamos su lectura por ser temática de grande interés  y actualidad. De hecho, la primera entrega ha sido visitada de manera masiva debido a su evidente atractivo y propicia circunstancia en los agitados  tiempos de cambio (necesario en muchos casos) que nos ha tocado en suerte vivir.


TRES FILÓSOFOS MISÓGINOS: EL DISCURSO DE
LA MISOGINIA ROMÁNTICA (2ª PARTE)         




II. Ha sido, sobre todo, Celia Amorós quien ha caracterizado el discurso de la misoginia romántica como un discurso filosófico fuertemente esencialista, ontologizador y normativo sobre las mujeres como género, y reactivo con respecto a las posibilidades de cuestionamiento de la legitimación patriarcal que el proceso de la Ilustración, aun en medio de sus sinuosidades y sus incoherencias, parecía haber abierto para ellas. Y señala que hay que leerlo en clave política, porque sólo así “se explica la recurrencia y el juego de variantes de su tópica, lo enfático de su retórica”.
Tres filósofos misóginos: Schpoenhauer, 2, La misoginia romántica, Ancile
Celia Amorós
            Pero, en su opinión, no se suele sin embargo leer en esta clave, porque ese discurso misógino romántico se cuida muy especialmente, como ya lo hiciera Rousseau, de ocultar sus referentes polémicos, y de presentar los arquetipos de feminidad que elabora como una pura e inocente emanación de la imaginería romántica: ya asuman la figura de la femme fatale (Lessing) o de la exótica oriental del harén (Schopenhauer y Delacroix), ya la imagen de la sombra fantasmagórica de “la cueva de la mora” (Bécquer) o la representación de la “princesa” kierkegaardiana de Temor y Temblor[1].
                En efecto, dos son los registros, considera Celia Amorós, desde los que se conceptualiza a la mujer en esta corriente: o idealizándola, en una nueva versión o reelaboración simbólica del amor cortés de los trovadores medievales, o denigrándola, describiendo a la mujer en los términos naturalistas más peyorativos, como aparece en boca del traficante de modas, uno de los comensales de In vino Veritas de Kierkegaard o en el discurso de Schopenhauer de su Ensayo sobre las mujeres[2]. De este modo, ora por idealización de la mujer -que no es sino una forma de neutralizarla-, ora por su denigración, la misoginia se vuelve, en nuestros románticos gnósticos, un expediente soteriológico por excelencia.
Tres filósofos misóginos: Schpoenhauer, 2, La misoginia romántica, Ancile
Soren Kierkegaard
            En coincidencia con Celia Amorós, tanto Amelia Valcárcel como Alicia H. Puleo subrayarán  también esa doble figuración o representación de la mujer en las últimas décadas del XIX y a principios del XX. Si para Amelia Valcárcel las figuras femeninas, que el romanticismo acuñó, oscilan discontinuamente entre las inocentes doncellas procedentes de la novela gótica del siglo anterior, en su primera fase, hasta la construcción literaria de la mujer fatal, en su segunda fase[3]; para Alicia H. Puleo, la multiplicación, tanto en el arte como en la literatura, de representaciones simbólicas de la perversidad de la mujer, revelan cómo una sexualidad femenina amenazante se insinúa tanto en la pintura y la escultura, como en la novela y la poesía de ese tiempo finisecular:
Las flores del mal baudelaireanas se abren y proliferan en la cultura de la época. Las Ménades y Salomé pueblan las fantasías de los artistas, los intelectuales y su público. La Mujer es representada una y mil veces como fuerza ciega de la Naturaleza, realidad seductora, pero indiferenciada, ninfa insaciable, virgen equívoca, prostituta que vampiriza a los hombres, belleza reptiliana, primitiva y fatal[4].

Tres filósofos misóginos: Schpoenhauer, 2, La misoginia romántica, Ancile
Jean Jacques Rousseau
            Bram Dijkstra, en un apasionante y documentado estudio sobre el arte de fin de siglo, se muestra convencido de que todo ello respondía a una auténtica “guerra contra la mujer” por parte del hombre, suscitada por la imposibilidad de que ésta se plegara completamente al ideal de “ángel del hogar”[5] prevaleciente en el imaginario colectivo de la primera mitad del XIX. Además de constituir una fuente de excitación y placer masculinos, estas imágenes de perversión femenina serían un aviso -nos recuerda Alicia H. Puleo- de los peligros que, supuestamente, amenazaban al varón decimonónico occidental: las “mujeres” (juntamente con las  “razas” y las “clases sociales”) serán percibidas, en consecuencia, como naturaleza primitiva capaz de destruir la civilización[6].
            Las tres pensadoras españolas, antes aludidas, sostienen además que con esta serie de figuraciones de lo femenino se inicia un proceso de fabricación de “la mujer” caracterizada como un ser carente del principio de individuación. Celia Amorós señala a este respecto:
La hipertrofia esencializadora del género femenino que caracteriza el discurso de la misoginia romántica lleva hasta el límite la anulación de toda diferencia individual entre las mujeres, la negación más radical en ellas del principio de individuación. Ciertamente, las mujeres han sido siempre las idénticas (subsumidas en la indiscernibilidad de lo genérico)[7].
Tres filósofos misóginos: Schpoenhauer, 2, La misoginia romántica, Ancile
Alicia H. Puleo
                Y Amelia Valcárcel recuerda, al efecto, que Schopenhauer las denominará igualmente las idénticas[8] como un genérico colectivo que las hace a todas iguales: “todas las mujeres son ‘la mujer’ y lo que se afirme de ese de ‘la mujer’ es válido sin fisuras para todas y cada una de ellas se adapten éstas al caso o no”[9].
            Se diría que las mujeres, singulares universales, son ontológicamente la antítesis más cumplida y perfecta de los ángeles del catolicismo: todas ellas constituyen una sola y única especie mientras que los ángeles, en cuanto universales singulares, constituyen cada uno en sí mismo una especie completa. Kierkegaard lo dejó asimismo meridianamente establecido: “La mujer es una criatura infinita y, en consecuencia, un ser colectivo: la mujer encierra en sí a todas las mujeres”[10]. Nietzsche también la unificará específicamente, identificándola genéricamente con el mero disfraz, la máscara y la apariencia más vacía y epidérmica: “Se considera profunda a la mujer – ¿por qué?  Porque en ella jamás se llega al fondo. La mujer no es ni siquiera superficial”[11].
            Weininger, finalmente, llegará más lejos si cabe al negar no sólo la individualidad -“la mujer genuina, únicamente vive en la especie, no como individualidad”[12]- sino la propia entidad y el alma a la mujer:
En un ser como la mujer, que carece de fenómenos lógicos y éticos falta también la razón para atribuirle un alma. La feminidad perfecta no conoce el imperativo lógico ni el moral, y la palabra ley, la palabra deber, es la palabra que suena en sus oídos del modo más extraño. Está pues, completamente justificada la conclusión de que también falta la personalidad trascendental. La mujer absoluta no tiene Yo[13].
            Y si no tiene ego: es pura apariencia, nada. La mujer queda, pues, extrañada, enajenada de la comunidad humana, estigmatizada y heterodesignada por el hombre o como “lo absolutamente otro”, enigma, “misterio insondable” -en expresión de A. Valcárcel- o como encarnación paradigmática de la “Otredad”[14] con respecto a lo “humano, simplemente humano” que es usurpado por el varón, y que remite, en último término, al “ideologema misógino de la mujer como simulacro”, como afirma C. Amorós.
Tres filósofos misóginos: Schpoenhauer, 2, La misoginia romántica, Ancile
            En efecto, la asociación de lo femenino con el simulacro, el señuelo, la inanidad ontológica -que se dobla de apariencia seductora y de trampas- se hace manifiesta, como veremos en los tres filósofos que vamos  a tratar y, como señala Celia Amorós, es tan vieja como el mito hesiódico de Pandora: la misoginia romántica no lo inventa, pero explota su rendimiento simbólico hasta el paroxismo. Si la mujer no es semejante al varón, sino que sólo tiene con respecto a él una apariencia de semejanza, falsa imagen o simulacro platónico, concluye nuestra filósofa que evidentemente:
 Cualquier reivindicación de igualdad oscilará entre la impostura y el ridículo. Ella sólo tiene la entidad que el varón le otorga […]. Con lo que la ontologización de lo femenino llegará a su colmo: ella es el ser del no-ser, a la vez impostura –ontológica- e impostora –ética-; pues, falsa conciencia de una entidad falsa, no puede sino engañarse y engañar. Lo cual justifica, claro, que sea engañada, objeto de seducción por parte del que sabe de su inconsistencia[15].
                                                                                                    Tomás Moreno


[1] Celia Amorós: Tiempo de feminismo. Sobre feminismo, proyecto ilustrado y postmodernidad, op. cit., Cátedra, Madrid, 2000,  p. 208  (las cursivas son nuestras). En el epígrafe Figuras de la ironía romántica de esta misma obra (p. 243), alude a  la afirmación de Alicia Puleo, de que esa nueva Eva en versión laicizada, y, en esa misma medida, mujer fatal, es una tentación irresistible para el hombre schopenhaueriano, seducido por la voluntad de vivir, expresada paradigmáticamente en el instinto sexual. La iconología de la femme fatale, ligada a la misoginia romántica tiene, en consecuencia, una clara raíz en el pesimismo schopenhaueriano, si bien tendrá otras derivas. Por su parte Maria José Villaverde al analizar la conversión de esa nueva Eva en el arquetipo de la femme fatale  rastrea sus huellas, no ya en el XVIII como hace Amorós, sino   en la pintura, el teatro, la novela y la poesía de comienzos del XIX, para concluir que su fuerza sexual demoníaca y su poder tentador aparecen, en efecto, “reflejados en las telas de Klimt, Egon Schiele o Kokoschka, en los personajes de Wedekind o de Hofmannsthal, en las historias de Musil, o de Arthur Schnitzler así como en los escritos de autores no germánicos como Poe, Flaubert o Zola, en las poesías de Swinburne y D’Annunzio..
[2] Celia Amorós: Tiempo de feminismo, op. cit. pp. 205-206.
[3] Amelia Valcárcel: Misoginia romántica: Hegel, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, en Alicia H. Puleo (coord.), La filosofía contemporánea desde una perspectiva no androcéntrica, op. cit, p. 15. También Weininger participará, como veremos, de esta escisión de lo femenino en dos figuras contrapuestas: en su caso, los polos del vivir femenino serán la madre y la prostituta, vid. Weininger, Sexo y carácter, op. cit.
[4] Alicia H. Puleo, Mujer, Sexualidad y Mal en la filosofía contemporánea, Cátedra de estudios de género, Universidad de Valladolid (una primera versión fue publicada en Daimon. Revista de Filosofía de la Universidad de Murcia nº 14, enero-julio 1997). Para el estereotipo de la femme fatale véase: Erika Bornay, Las hijas de Lilith, Madrid, Cátedra, 1995, para quien el mito de la mujer depredadora se remonta a Lilith, diablesa hebraica  y esposa rebelde de Adán, anterior a Eva. Sobre la presencia de la mujer fatal en la literatura: el libro de Hans Mayer, Historia maldita de la literatura, y en el cine el de José Jiménez, La vida como azar. Complejidad de lo moderno, cap. V, La “mujer fatal”, Mondadori, Madrid, 1989,  pp. 113-125. Sobre su presencia en el arte del XIX véanse: Bram Dijkstra, Ídolos de perversidad. La imagen de la mujer en la cultura de fin de siglo, Debate, Madrid, 1994 y  Pilar Pedraza: La bella, enigma y pesadilla. (Esfinge, Medusa, Pantera…), Tusquets, Barcelona, 1991
[5] Según Bram Dijkstra se trata de una de las “imágenes de autosacrificio”, con las que la puritana sociedad victoriana trataba de negar el cuerpo de las mujeres, cubriéndolo con mantos y velos, adhiriéndose así a la idea de una mujer frágil, débil, delgada, sin impulso sexual o asexuada, eternamente infantil, salvadora del alma del varón en claro contraste con la “otra imagen” emergente en la sociedad finisecular, de un tipo de  mujer sexuada, independiente, amenazante y devoradora de los hombres. Djkstra muestra en su obra cómo esas “mujeres diabólicas con la luz del infierno destelleando en sus ojos acechaban a los hombres por todas partes en el arte de finales del XIX”. Cf. B. Dijkstra,  Ídolos de perversidad. La imagen de la mujer en la cultura de fin de siglo, op. cit, pp. 35-36.
[6] Alicia H. Puleo, Mujer, Sexualidad y mal en la filosofía contemporánea, op. cit.
[7] Celia Amorós, Tiempo de feminismo, op. cit, p. 211. En esto los misóginos románticos coinciden con Freud para quien, según  la citada filósofa, la negación a “lo femenino”, fuertemente esencializado, del principio de individuación encuentra su pendant en la célebre formulación de la pregunta freudiana “¿qué quiere una mujer?” Citemos sus propias palabras: “A lo largo de la historia, la gente ha golpeado sus cabezas contra el enigma de la naturaleza de la feminidad… Tampoco vosotros habréis logrado escapar de ese problema –quienes de entre vosotros sean hombres, esto no se aplica a quienes sean mujeres- vosotras mismas sois el problema” (citado en C. Amorós (editora), Feminismo y filosofía, Síntesis, Madrid, 2000, p.83).
[8] Ibid,  p. 211.
[9] Amelia Valcárcel, Misoginia romántica, op. cit., p.15.
[10] S. Kierkegaard. Diario del Seductor, trad. de A. Gregori, Buenos Aires, Santiago Rueda editor, págs. 114-115.
[11] F. Nietzsche, Crepúsculo de los ídolos, (CI, § 27, p. 36)
[12] Sexo y Carácter, op. cit., p. 306.
[13] Ídem, p. 183. Precisamente por ello, por no mostrar, la mujer, rasgos de individualidad ni de voluntad Weininger sacará la conclusión, en diversos pasajes de su obra, de que: “las mujeres no tiene existencia ni esencia; no existen, no son nada… la significación de la mujer estriba en carecer de sentido. Representa la negación, el polo opuesto de la naturaleza divina, la otra posibilidad de la humanidad”. Ernesto Sábato  (Hombres y engranajes. Heterodoxia. Alianza editorial., Madrid, 1973, p. 104) apostilla al respecto: “Pero ¿tiene alma la Mujer? Para el joven Weininger es clarísimo: No. Para él, como para Aristóteles, el principio masculino es activo y formador, el “logos”, mientras que el principio femenino constituye la “materia pasiva”; el alma es “forma”, “entelequia”, y, por lo tanto, “está ausente en la mujer”. En términos filosóficos: la mujer es una especie de viscoso protoplasma que adopta cualquier forma porque no tiene ninguna. De donde su notoria capacidad para el teatro y la simulación. De donde que sus opiniones sean las de su marido o amante (cfr. ”Two three Graces”, de Huxley). En consecuencia, cuando se trata de mujeres, cherchez l’homme”.
[14] Celia Amorós, Tiempo de feminismo. Sobre feminismo, proyecto ilustrado y postmodernidad, op. cit., pp. 208-210.  En Feminismo y filosofía, op. cit. p. 83, aclara ese concepto de “otredad”: “Ciertamente los “Otros/Otras” siempre son enigmáticos por definición: enigmáticos son los chinos para los occidentales. Pero los chinos están todavía lejos y las mujeres, en cambio, conviven con los varones en la mayor de las proximidades. Por otra parte, los discursos masculinos, filosóficos o no filosóficos, están plagados de retahílas de afirmaciones acerca de lo que la mujer es-debe ser. Ellos saben muy bien lo que quieren decir –y lo que quieren- cuando afirman querer “a una mujer-mujer”. Lo saben, obviamente, en la medida en que responde a su propia heterodesignación. Pero como, a pesar de todo las mujeres empíricas no se ajustan del todo a “la mujer” por ellos heterodesignada, he aquí que se les antoja un enigma”. Para el tema de la otredad de la mujer véanse: Christian Delacampagne, Racismo y occidente, Argos Vergara, Barcelona 1983, pp. 206-207 y Amelle Le Bras, El zoo de los filósofos, Taurus, Madrid, 2003, pp. 227-259.
[15] Celia Amorós, Íbíd,  pp. 209-210.




Tres filósofos misóginos: Schpoenhauer, 2, La misoginia romántica, Ancile

domingo, 20 de enero de 2013

"CANTAR DE CANTARES", EN LA VERSIÓN DE FRAY LUIS DE LEÓN, EN AMOR Y POESÍA II

Recogemos los restantes versos del Cantar de cantares (versión extraordinaria de Fray Luis de León) en esta segunda entrada de Amor y poesía del blog Ancile, para completar el poema; composición paradigmática de la temática amorosa de la poesía universal que no podía faltar en esta sección tan apropósito en nuestro blog.




Cantar de cantares, en la versión de Fray Luis de León, Ancile




"CANTAR DE CANTARES", EN LA VERSIÓN  DE FRAY LUIS DE LEÓN, EN AMOR Y POESÍA II




Cantar de cantares, en la versión de Fray Luis de León, Ancile






ESPOSO

Vine yo al mi huerto, hermana Esposa,
y ya cogí mi mirra, y mis olores,
comí el panal, y la miel sabrosa,
bebí mi vino, y leche, y mis licores:
venid, mis compañeros, que no es cosa,
que dejéis de gustar tales dulzores:
bebed hasta embriagaros, que es suave
mi vino: el que más bebe, más le sabe.

ESPOSA

Yo duermo, al parecer, muy sin cuidado,
mas el mi corazón está velando:
la voz de mi querido me ha llamado.

ESPOSO

Ábreme, amiga mía, que esperando
está la tu paloma este tu amado:
ábreme, que está el cielo lloviznando:
mi cabello, mi cabeza está mojada
de gotas de la noche, y rociada.

ESPOSA

Todas mis vestiduras me he quitado,
¿cómo me vestiré, que temo el frio?
y habiéndome también los pies lavado,
¿cómo me ensuciaré yo, amado mío?
Con su mano mi Esposo había probado
abrirme la mi puerta con gran brío,
por entre los resquicios la ha metido,
el corazón en mí ha estremecido. 

Levantéme yo a abrirle muy ligera,
de mis manos la mirra destilaba,
la mirra, que de mis manos cayera,
mojó la cerradura, y el aldaba:
abríle; mas mi amor ya ido era,
que el alma, cuando abría, me lo daba:
busquéle, mas hallarle no he podido;
llaméle, mas jamás me ha respondido.
Halláronme las guardas, que en lo obscuro
de la noche velaban con cuidado:
hiriéronme también los que en el muro
velaban, y aun el manto me han quitado.
O hijas de Sion, aquí os conjuro,
digáis, si acaso viéredes mi amado,
cuán enferma me tienen sus amores,
cuán triste, y cuán amarga, y con dolores.

COMPAÑERAS

¿Qué tal es ese, que tú tanto amaste,
ó hermosa sobre todas las mujeres,
aquel por quien así nos conjuraste?
Dinos las señas de él, si las supieres,
que aquel que con tal pena tú buscaste,
hermoso debe ser, pues tú le quieres.

ESPOSA

Mi amado es blanco, hermoso, y colorado:
bandera entre millares ha llevado. 

La su cabeza de oro es acendrado,
son crespos y muy negros sus cabellos,
los ojos de paloma á mi amado,
grandes, claros, graciosos, y muy bellos,
de paloma que en leche se ha bañado,
tan lindos que basta a herir con ellos,
en lo lleno del rostro están fijados,
del todo son hermosos, y acabados.

Son como eras de plantas olorosas
de confección suave sus mejillas,
sus labios son violetas muy hermosas,
que estilan mirra, y otras maravillas,
rehiletes de oro muy preciosas
sus manos, cuando él quiere descubrillas:
su vientre blanco de marfil labrado,
de zafiros muy ricos adornado. 

Columnas son de un mármol bien fundadas
en basas de oro fino muy polido,
sus piernas, fuertes, recias, y agraciadas;
y el su semblante grave, y muy erguido
como plantas de cedro, que plantadas
en el Líbano están, me ha parecido;
su paladar manando está dulzura,
y todo él es deseo, y hermosura. 

Tal es el mi querido, tal mi amado,
tales son sus riquezas, sus haberes,
por este tal os he yo conjurado,
porque en él solo están los mis placeres.

COMPAÑERAS

¿Dó fue ese amado tuyo tan preciado,
ó hermosa sobre todas las mujeres?
dinos, ¿dó fue? que todas nos iremos
juntas contigo, y te le buscaremos.



Capítulo VI



ESPOSA

Mi amado al huerto suyo ha descendido,
á las eras de plantas olorosas:
su ganado en mi huerto le ha metido,
á apacentarlo allí, y coger rosas,
á solo aquel mi amado he yo querido,
y el también a mí sola entre sus cosas:
el mi querido es solo entre pastores,
que el ganado apacienta entre mil flores

ESPOSO

Como Thirsa, mi amada, eres hermosa,
y como Jerusalén polida y bella,
como escuadrón de gente eres vistosa,
y fuerte, mil banderas hay en ella:
vuelve de mí tus ojos, dulce Esposa,
tu vista me hace fuerza solo en vella:
tu cabello parece a las manadas
de cabras, que de Galaad salen pintadas. 

Una manada, linda mía, de ovejas,
me han tus hermosos dientes parecido,
que trasquiladas ya las lanas viejas,
del rio de bañarse han subido,
tan blancas, tan lucientes, tan parejas,
cada cual dos corderos ha parido:
tus mejillas un casco de granada
entre esos tus copetes asentada. 

Sesenta reinas todas coronadas,
y ochenta concubinas me servían,
las doncellas no pueden ser contadas,
que número, ni cuento no tenían;
mas una es mi paloma, y humilladas
todas á mí perfecta obedecían:
y única á su madre aquesta fuera,
esta es sola, que otra no pariera. 

Las hijas que la vieron, la llamaron
la bienaventurada, y la dichosa,
reinas, y concubinas la loaron
entre todas por bella, y graciosa:
todos los que la vieron, se admiraron,
diciendo, ¿quién es esta tan hermosa,
que como el alba muestra su frescura,
y como luna clara su hermosura? 

Como el sol entre todas se ha escogido,
fuerte como escuadrón muy bien armado.
Al huerto del nogal he descendido,
por ver sí daba el fruto muy preciado,
mirando si la viña ha florecido,
y el granado me daba el fruto amado.

ESPOSA

No sé cómo me pude ir tan ligera,
que mí alma allá en un punto me pusiera.
Carros de Aminadab muy presurosos
los mis ligeros pasos parecían,
y los que me miraban deseosos
de verme, o Sunamita, me decían,
vuelve, vuelve esos ojos tan graciosos,
ten tus ligeros pies, que así corrían:
decían, Sunamita, ¿qué miraste,
que como un escuadrón os adornaste.


Capítulo VII



COMPAÑERAS

Cuán bellos son tus pasos, y el de tu andar,
los tus graciosos píes, y ese calzado,
los muslos una aljorca por collar,
de mano de maestro bien labrado:
tu ombligo es una taza circular 
llena de un licor dulce muy preciado,
montón de trigo es tu vientre hermoso,
cercado de violetas, y oloroso. 

Tus pechos son belleza y ternura,
dos cabritos mellizos y graciosos;
y torre de marfil de gran blancura
tu cuello, y los tus ojos tan hermosos
estanques de Esebón de agua pura,
que en puerta Batabim están vistosos:
tu nariz una torre muy preciada,
del Líbano a Damasco está encarada.

Tu cabeza al Carmelo, levantado
sobre todos los montes, parecía:
y el tu cabello rojo, y encrespado,
color de fina púrpura tenía:
el Rey en sus regueras está atado,
que desasirse de ahí ya no podía:
¡o cuán hermosa eres, y agraciada,
amiga, y en deleites muy preciada! 

Una muy bella palma, y muy crecida
parece tu presencia tan preciada,
de unos racimos dulces muy ceñida,
que son tus lindos pechos, desposada.
Dije, yo subiré en la palma erguida,
asiré los racimos de la amada,
racimos de la vid dulces, y hermosos
serán tus pechos lindos, y graciosos. 

Un olor de manzanas parecía
el huelgo de tu boca tan graciosa,
y como el suave vino bien olía:
tu lindo paladar, ó linda Esposa,
cual vino que al amado bien sabia,
y á las derechas era dulce cosa,
que despierta los labios ya caídos,
y gobierna la lengua y los sentidos.

ESPOSA

Yo soy enteramente de mi Esposo,
y él en mí sus deseos ha empleado:
ven pues, amado dulce, y muy gracioso,
salgamos por el campo, y por el prado,
moremos en las granjas, que es sabroso
lugar para gozar muy sin cuidado,
muy de mañana nos levantaremos,
y juntos por las viñas nos iremos. 

Veremos, si la vid ya florecía,
y al granado nos muestra ya sus flores,
si el dulce fruto ya se descubría:
allí te daré yo los mis amores,
la mandrágora allí su olor envía,
y allí las frutas tienen sus dulzores;
que yo todas las frutas, dulce amado,
allá en mi casa te las he guardado.



Capítulo VIII

Petit incarnationem



ESPOSA

¿Quién como hermano mío te me diese,
que el pecho de mi madre hayas mamado?
do quiera que yo hallarte pudiese,
mil besos, mil abrazos te habría dado,
sin que me despreciase el que me viese,
sabiendo que en un vientre hemos andado:
en casa de mi madre te entraría
y allá tu dulce amor me enseñaría. 

Del vino que adobado yo tenía,
haría que bebieses que es preciado,
y el mosto de granadas te daría;
la su mano siniestra del mi amado
bajo la mi cabeza la ponía,
y con la su derecha me ha abrazado.
O hijas de Sion, no hagáis ruido,
porque mi dulce amor está dormido.

COMPAÑERAS

¿Quién es esta, que sube recostada
del desierto, y echada la su mano
sobre su amado tiene, y delicada?

ESPOSA

Allí te desperté so aquel manzano,
adonde te parió tu madre amada;
allí sintió el dolor, que no fue vano.

ESPOSO

Sobre tu corazón me pon por sello,
amada, y sobre el brazo, y en tu cuello. 

Así como la muerte es el amor,
duros como el infierno son los celos,
las sus brasas son fuego abrasador,
que son brasas de Dios, y de sus cielos,
muchas aguas no pueden tal ardor
apagar los ríos con sus hielos;
el que este amor alcanza, ha despreciado
cuanto haber este mundo le ha enviado.

ESPOSA

Pequeña es nuestra hermana, aún no tenia
pechos; mientras le nascen ¿qué haremos,
cuando se hablare de ella, vida mía?

ESPOSO

Una pared muy fuerte labraremos,
y un palacio de plata yo le haría;
y las puertas de cedro le pondremos;
y dentro del palacio ella encerrada,
estará muy segura, y muy guardada.

ESPOSA

Yo soy bien fuerte muro, Esposo amado,
y mis pechos son torre bien fundada.

ESPOSO

Bien segura estará puesta á mi lado.

ESPOSA

No hay donde pueda estar mejor guardada:
que luego que á tus ojos he agradado,
quedé yo en paz, temida, y aceptada;
y así con tal Esposo estoy segura,
que no me enojará de hoy mas criatura. 

En Bal-hamon su gran viña tenia
Salomón, entregada a los renteros,
cada cual por los frutos que cogía,
de plata le traía mil dineros;
mas me rentará á mí la viña mía,
que me la labraré con mis obreros:
mil dan a Salomón, y ellos ganaban
doscientos, de los frutos que sacaban.

ESPOSO

Estando tú en el huerto, amada Esposa
y nuestros compañeros escuchando,
haz que oiga yo tu voz graciosa,
que al tu querido Esposo está llamando.

ESPOSA

Ven presto, amigo mío, que tu Esposa
te espera, ven corriendo, ven saltando,
como cabras, o corzos corredores,

sobre los montes altos y de olores.


Cantar de cantares, en la versión de Fray Luis de León, Ancile