miércoles, 24 de abril de 2013

ELOGIO DE LA DECEPCIÓN DE FRANCISCO ACUYO, POR EL PROFESOR TOMÁS MORENO

Tengo el placer de reproducir para los interesados, la presentación llevada a cabo por el catedrático y profesor Tomás Moreno, colaborador habitual del blog Ancile, en forma de enjundiosa y magnífica exposición,  la cual llevó a cabo en la presentación de Elogio de la decepción en la Feria del libro de Granada, libro recientemente publicado en Jizo Ediciones, en la que considero una bella edición, por todo lo cual me siento feliz y al tiempo abrumado, sobre todo por la extraordinaria declaración que hizo en torno a esta flamante y humilde publicación mía. La ofrezco íntegramente para la consideración de aquellos que estén interesados en el arte de la interpretación lectora y, sobre todo, atendiendo la petición de amigos ausentes en el acto de dicha presentación (también por los presentes, que querían volver a deleitarse con tan exquisita disertación).



Elogio de la decepción de Francisco Acuyo, por el profesor Tomás Moreno, Ancile




ELOGIO DE LA DECEPCIÓN 
DE FRANCISCO ACUYO



Elogio de la decepción de Francisco Acuyo, por el profesor Tomás Moreno, Ancile
Tomás Moreno (a la derecha) y Fº Acuyo


Elogio de la decepción de Francisco Acuyo, por el profesor Tomás Moreno, Ancile
Tomás Moreno (a la derecha) y Fº Acuyo


Elogio de la decepción de Francisco Acuyo[1]


Es para mi un auténtico placer acompañar en este acto a Francisco Acuyo en la presentación de su nueva obra. Y aunque presumo que todos los que habéis venido conocéis, sin duda, su perfil humano y literario, así como su ya extensa producción poética y ensayística, me parece necesario esbozar brevemente -al hilo de su currículo- algunos datos de su polifacética personalidad:
            Doctor en Teoría de la literatura y Literatura comparada, poeta reconocido y admirado (ha sido traducido a varios idiomas -inglés, francés, polaco, portugués- e incluido en importantes antologías), Francisco Acuyo es también ensayista, conferenciante, lector siempre curioso y atento a lo mejor que se publica, además de editor de la Revista Jizo de Humanidades y gestor de la editorial del mismo nombre.
            Fue director, durante varios años de la revista Extramuros, y tiene todavía tiempo y arrojo para mantener en la red un blog literario (Ancile) de gran éxito y de cientos de miles de seguidores. Un blog abierto generosamente -doy fe de ello- a todo tipo de colaboraciones poéticas y ensayístico-literarias. Además de todo esto: los que le conocemos, sabemos de sus intereses por todos los aspectos imaginables del mundo de la cultura, de las artes, de las ciencias y de las humanidades.
            Evidentemente, no existen para él las dos culturas separadas o divorciadas que denunciara en su día C. P. Snow, en su famoso libro Las dos culturas (1959). Sus intereses e inquietudes culturales van desde la
Elogio de la decepción de Francisco Acuyo, por el profesor Tomás Moreno, Ancile
C. P. Snow
astronomía o la electrónica al budismo zen; desde la métrica poética y la preceptiva literaria hasta el teatro; desde las más novedosas teorías matemáticas hasta la mística castellana.
            Es de destacar, también, su encomiable curiosidad por el cine de vanguardia o por la física cuántica; por el arte de todos los tiempos, así como por los más complejos y profundos ensayos filosóficos. Cultiva, con excelencia, además de la poesía, la semiótica y el diseño artístico (prueba de ello es el exquisito gusto con el que maqueta e ilustra todas las entradas de su bello blog). Sin olvidar su afición -confesa- a la música estremada de las celestes esferas del maestro Salinas (que tan bellamente evocara fray Luis de León) y a la soledad sonora sanjuanista, embriagado por la mística contemplación de la naturaleza.
            No voy a seguir con su semblanza, pues nos impediría ocuparnos del asunto al que hemos sido convocados, que no es otro que la presentación de su último libro: que es lo que ahora nos interesa.  
            Pero, antes de meternos a fondo en el contenido del mismo, quiero detenerme, aunque sea muy someramente, en subrayar y enfatizar la significación de este acto al que estamos asistiendo -y más en unos tiempos como los que ahora vivimos de penuria y pesimismo, en los que, además, por si fuera poco, la incuria, el utilitarismo materialista más soez y el filisteísmo más vulgar campan por sus respetos por doquier.
            Sabemos, por experiencia, que la incomprensión, el olvido, la soledad o el simple desprecio es la única respuesta que van a obtener todos aquellos que se dedican por libre a estas actividades tan inútiles del espíritu o del intelecto.
            Quiero detenerme, insisto, en ello, inquiriendo por el sentido profundo y verdadero que tiene (que debe tener) la presentación de un libro, de una obra de cultura como la que hoy presentamos aquí.
            Todo libro (vale decir toda obra de arte o de pensamiento) es el resultado feliz de un acto de amor,
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de un gestación más o menos larga, de una concepción -en el sentido más originario y prístino del término- por la que se alumbra o se da a luz un nuevo ser, una nueva entidad, inexistente hasta ese mismo momento.
            Es por ello, por lo que no está de más, cuando ello ocurre, asistir con el debido respeto, reconocimiento y admiración, no ya a su alumbramiento -que es íntimo e inaccesible-, sino a su epifanía o revelación. Esto es, a su pública manifestación.
            El acto de presentación de un nuevo libro no es por tanto algo banal, baladí, trivial, ocioso y prescindible. No es un acto social más. Una vez concebida y nacida, toda obra artística y cultural, requiere de un rito, de una necesaria liturgia que la presente y la de a conocer, para festejar la alegría de su natalidad. Es merecedora, pues, de una celebración explícita y feliz.
            Y es que en todo libro -en toda obra de arte- se cifra, mágicamente, la complejidad misma de lo real. En él (el libro) o en ella (la obra de arte) ella convergen dimensiones, vertientes de esa realidad veladas, inadvertidas o insospechadas, si no nos detenemos a analizarlas con sosiego, pero esencialmente imbricadas entre sí. Como son:
1.  En primer lugar una vertiente/ dimensión físico-material, ya que el libro es un "artefacto", está constituido por una miríada de átomos materiales, pertenecientes al mundo de la Física, al Mundo I, según la terminología felizmente acuñada por Karl Popper, en su teoría de los tres mundos.
2. En segundo lugar, una vertiente o dimensión psíquico-espiritual, constituida por toda una serie de experiencias, reflexiones, ideas, sentimientos, vivencias intelectuales y espirituales contenidas en la obra, que remiten a una subjetividad o interioridad humana, personal y creadora -la de su autor- que la ha gestado a lo largo de todo un proceso temporal y biográfico. Es el mundo del Psiquismo, de los procesos psicomentales o anímicos: el Mundo 2, de Popper.
3. Finalmente, en tercer lugar, -y dado que la poiesis (la actividad creadora) del artista no es un acto solipsista, que quede clauso o encerrado en la intimidad de su ser -pues en tal caso no habría arte ni cultura- todas esas vivencias, impresiones, ideas y reflexiones han debido ser expresadas y proyectadas desde la interioridad más íntima del autor hacia el exterior en forma objetiva, a través de la escritura (o de la partitura o de la plástica), para poder ser comunicadas a los otros, los lectores o espectadores, y compartidas así por ellos en un mundo distinto y exterior: es el Mundo 3 popperiano. El mundo de la Cultura. Un mundo emergente, con entidad propia, autónomo, irreductible a los dos anteriores -el físico y el psíquico- que lo fundamentan y lo hacen posible no obstante.
            Y es de esta tercera dimensión, (la de su significación cultural) de la que sus lectores, a quienes está dirigida, podemos hablar y sobre la que podemos dialogar.    
            La lectura de este ensayo de Francisco Acuyo, poeta y escritor, como decíamos, de ya larga andadura, y de granada y exquisita obra poética, me ha traído a la memoria unas palabras de Heidegger, concretamente de su célebre Carta sobre el humanismo (enviada a su traductor al francés, Jean Beaufret, al principio de los años cuarenta), en donde el filósofo germano, escribe las siguientes palabras de inmarcesible actualidad y permanencia:
El lenguaje es la casa del ser. En su vivienda mora el hombre. Los pensadores y los poetas son los vigilantes de esta vivienda. Su vigilar es el producir la patencia del ser por el que éstos la conducen por su decir al lenguaje y en el lenguaje la guardan.
            La razón de nuestra evocación de este texto heideggeriano, se debe sin duda al carácter poetizante y a la vez reflexivo y meditativo del ensayo que hoy presentamos. En él asistimos -fascinados- al despliegue de un pensamiento que concita, sin solución de continuidad, el pensar poetizante o el poetizar pensante.
            Se trata de un pensar poético-cordial (nachdenken), de una meditación reflexivo-filosófica (besinnung), que pretende entrar en el sentido profundo (sinn) del objeto, esto es, del ser o de la esencia
Elogio de la decepción de Francisco Acuyo, por el profesor Tomás Moreno, Ancile
Martin Heidegger
examinada o analizada y que está -podríamos decir- a una distancia infinita del otro modo de pensar -desgraciadamente hegemónico y dominante en nuestras sociedades técnicas, hiperindustrializadas y pragmáticas-. Me refiero al pensar calculador, al saber de dominación ciéntifico-técnica, al que Heidegger denomina: herrwissenschaft.
            En efecto, este modo de pensar cogitativo, reflexivo -una especie de rumiar el pensamiento, de pensar a fondo acerca de cualesquiera temas u objetos- comporta una intención de marchar “en pos del sentido”, con una actitud de "Serenidad ante las cosas" (Gelassenheit zu den Dingen, diría Heidegger), que las respeta, sin violentarlas. Dejando que lo ocultado en ellas se manifieste de una manera no forzada sino permitiendo que su verdad se desoculte, autorrevele, y se manifieste en y desde su propio ser. Recordemos que el término alétheia, procede del griego "a" (sin) y del verbo “lassen” (velar, ocultar) y significa, en consecuencia, "des-velar", "des-ocultar", “dejar mostrarse al ser”. Un concepto ontológico de verdad no gnoseológico: la verdad es una propiedad de las cosas, de lo real.
            El pensar, en este ensayo de F. Acuyo, tiene, como en Heidegger, un doble acceso a la verdad. En primer lugar, la actitud de serenidad (Gelassenheit)y la forma de suavidad (Milde), con las que se aproxima al tema de su meditación y, en segundo término, la del rigor (Strenge), con que acomete la tarea de su búsqueda. La verdad final será el resultado de este suave rigor o de esta rigurosa suavidad.
            El libro de Francisco Acuyo, tiene como título Elogio de la decepción y otras aproximaciones  al dolor y la belleza.  Y está dividido en dos partes bien diferenciadas: El "Elogio de la decepción", que es la Primera Parte,  y el titulado  "De las cuatro nobles verdades y la inferencia de una Quinta y Santa Verdad", que constituye la Segunda parte del libro. Cada una de las cuales se subdivide a su vez en distintos apartados, capítulos o reflexiones.
            Les confieso que, dada la complejidad del mismo, voy a referirme en este acto básicamente al primer ensayo, aunque, lógicamente, les informe también de la temática tratada en segundo lugar.
            Desde el mismo Pórtico del ensayo nos admira ya la feliz elección de su título (algo, por otra parte, a lo que el poeta nos tiene acostumbrados: recordemos sólo algunos títulos tan sugerentes como No la flor para la guerra, La Transfiguración de la lira, Cuadernos del Ángelus o Vegetal contra mosaico, por citar sólo unos pocos). Si, de entrada, nos extraña la expresión utilizada de elogio de la decepción -aparentemente contradictoria pues parece un oxímoron-, al aprehender sus reflexiones al respecto, caemos en la cuenta de su idoneidad y pertinencia: pues la decepción será entendida entonces, no a la manera estoica de una resignación desengañada ante un evento infortunado y frustrante, como el desamor o el silencio de Dios, y generadora -en consecuencia- de un sentimiento paralizante y resentido, sino como la constatación de que el amor se afirma y fortalece, aún a pesar de esa primera vivencia decepcionante, desilusionante o dolorosa.
            Es más, desde esa primigenia decepción, es como el poeta-ensayista logra saltar a un nivel ambital distinto, diferente, en el que la decepción se ha convertido en punto de partida, en umbral iniciático de un nuevo Stimmung (estado de ánimo) que nada tiene que ver ya con aquella.
            Nos recuerda -y permítanme este inciso o excurso- la misma situación de los entrañables protagonistas de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry: el anónimo piloto de aviación y el pequeño niño que mágicamente le sale al encuentro. El piloto en un principio confiesa estar decepcionado o defraudado de las personas mayores por su falta de imaginación.
            Cuando se halla reparando el motor de su avión en pleno desierto, advierte la presencia de un pequeño -de noble porte- que muestra interés en que le dibuje un cordero y le hace diversas preguntas sobre temas al parecer anodinos. El piloto, acosado por la necesidad urgente de resolver el problema mecánico de su avión, responde con cierta acritud. El pequeño, disgustado, rompe a llorar, y el piloto,
Elogio de la decepción de Francisco Acuyo, por el profesor Tomás Moreno, Ancile
Antoine de Saint-Exupéry
entonces, conmovido, adopta frente a él una actitud más acogedora.
            Confiado, el niño le cuenta que viene de un asteroide muy pequeño y que visitó diversos planetas en busca de amigos, a fin de mitigar la decepción que le había producido la vanidosa flor de su asteroide. Pero todos ellos -con la excepción tal vez del farolero- carecían de la creatividad necesaria para encontrar en común un nuevo ámbito de existencia más creativo y fundar así una auténtica relación de encuentro.
            El tema básico del ensayo primero, el que da título esta obra  de Francisco Acuyo, consiste en subrayar la importancia que encierra el encontrarnos rigurosamente con las personas que constituyen nuestras raíces, nuestro entorno vital primario, más allá de las decepciones que nos pudieran haber causado.
            Cuando todo parece haber fracasado, una voz interior -“el principito que llevamos dentro”- nos advierte que tenemos todavía -a pesar de la ausencia, a pesar de la incomprensión, a pesar de los malentendidos y reproches, de la frustración o de la decepción- una airosa salida: dar el salto a un nivel superior de realización personal, a un nivel de relación dialógica (Yo-Tu) y de creatividad.
            De esta manera, dos personas decepcionadas, por distintos motivos, y abandonadas en el grado cero de la creatividad, en un desierto existencial hostil -en una aparente falta absoluta de nuevas posibilidades para hacer de sus vidas un juego creador-, se unen en la búsqueda de una tabla de salvación que será la amistad. Y  una vez que la descubren a través de su trato mutuo, pueden ya felizmente reanudar la relación perdida.
            Es la misma situación, repito, a la que F. Acuyo se refiere a lo largo y ancho de su ensayo.
            Debemos reparar, antes de nada, en que la Decepción -eje del discurso de Acuyo en este ensayo- pertenece al mundo de las emociones. A lo largo de la historia de los estados de ánimo y de los sentimientos y pasiones humanas, las emociones no han tenido buena acogida (buena prensa).
            Se las entendía como energías, impulsos de índole animal, casi instintivo, algo de carácter irracional, sin conexión ninguna con nuestros pensamientos, figuraciones o valoraciones conscientes, que imprimían a nuestras vidas un carácter irregular e incierto y proclive a los vaivenes más bruscos y/o violentos.
            Muy recientemente, sin embargo, en el ámbito de la neurofisiología, de la psicología y de la ética, ha cambiado radicalmente esa percepción de las emociones. Y ha sido, concretamente Martha C. Nussbaum, -la gran filósofa estadounidense y Premio Príncipe de Asturias para la Comunicación y  las Ciencias sociales (2012)- quien, en su libro Paisajes del Pensamiento. La inteligencia de las emociones, con un admirable y
Elogio de la decepción de Francisco Acuyo, por el profesor Tomás Moreno, Ancile
Martha Nussbaum
encomiable bagaje categorial y metodológico, ha sabido considerar las emociones no como fuerzas extrañas, misteriosas, irracionales e incontrolables de la naturaleza humana, sino como respuestas inteligentes y adaptativas, que nos permiten ayudar a discriminar lo que es valioso e importante para nosotros, para decidir nuestras elecciones éticas en cada momento o circunstancia de nuestra vida.
            Tienen, pues, un gran valor cognitivo y de discernimiento en el sistema de nuestro razonamiento ético y son indispensables para nuestro autoconocimiento. Y en consecuencia, no cabe duda de que deben ser atendidas y tenidas en cuenta a la hora de entender o de dirigir nuestra vida axiológico-moral, como guías fiables de nuestra existencia personal.
            Descubrir, en el aparentemente confuso material de la aflicción y del amor, de la decepción y de la ira, del odio y del temor -es decir: de las emociones y sentimientos en general- el papel cognitivo esencial que éstas nos ofrecen para nuestra vida moral y personal, ha sido el objetivo nuclear de su investigación.
            Pues bien, Francisco Acuyo, parece coincidir con Martha Nussbaum al analizar y utilizar esta misma orientación metodológica, a la hora de diseccionar sus emociones. Y muy concretamente, la emoción de la Decepción, que es manejada por él como un instrumento cognitivo y heurístico -a la manera de un fino estilete o bisturí- para penetrar en el interior de los estados de ánimo con los que se encuentra, y para tratar mediante ella de desvelarlos y encontrarles sentido y significación.
            Aplica este procedimiento metodológico, sirviéndose de esta emoción a tres clases o grados del amor: el amor de Philía (del amigo o la amistad), que se trata en Pórtico; el amor de Eros (de la amada) en su sentido griego: ascensional y fusivo, que se desarrolla en el segundo apartado, titulado  Del amor, y el amor de Agápe (el amor de Dios, demandado y buscado a pesar de su silencio), sobre el que versa la tercera parte.
            En todos ellos, la Decepción se nos muestra como una emoción especialmente compleja, curiosa, enigmática. El diccionario la define como: "pesar causado por un desengaño", y como vocablo sinónimo de desengaño, desencanto, desilusión. Algo, pues, que afecta, que nos ha afectado a todos nosotros alguna vez en nuestra vida. Desde ella, podemos desembocar en una aflicción momentánea, en un sentimiento puntual de engaño por haber sido defraudados por alguien o por algo. Tomamos nota, aprendemos de la experiencia. Luego, pasa. Es un estado pasajero.
            Otras veces, se transforma en algo más serio y duradero que puede llegar hasta el rencor, el odio, el deseo de venganza o el resentimiento. Entonces calará muy negativamente en el fondo de nuestra
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personalidad.
            En el caso de nuestro ensayista, el efecto más grave de la misma, no llega a ser nunca una afección anímica negativa, en todo caso una cierta misantropía melancólica, que no enturbia el deseo de amar y de comunicar con el otro: el amigo, la amada, Dios. Para Francisco Acuyo, de la decepción podemos sacar cosas buenas, cosas positivas y enriquecedoras. De ahí lo del elogio de la misma.
            La Segunda Parte de la obra, es el ensayo, De las cuatro Nobles verdades y la inferencia de una quinta y santa verdad, el cual se subdivide a su vez en VII apartados  o reflexiones que se inician con un Introito (I), en el que su autor desarrolla lo que podríamos llamar su itinerarium mentis, su autobiografía espiritual e intelectual, en el que después de introducirse en el pensamiento filosófico de la existencia (Kierkegaard, Schopenhauer, primero; Sartre, Camus y Heidegger, después) se adentrará en los caminos del pensamiento oriental (hinduísmo, taoísmo) para recalar, al fin, en el Budismo zen. Y encontrar, más adelante, en el Arte y en la Poesía el camino definitivo de su trayectoria vital  e intelectual.
            El segundo se titula: La Virtud del camino medio: la Poesía, la Belleza, en él prosigue su reflexión en torno a su búsqueda personal de justificación existencial, afrontando el tema del sufrimiento y del dolor, para llegar al convencimiento de que es posible una alternativa singular, distinta a la "(mítica) religiosa, filosófica y científica, para acometer la cuestión de lo que la realidad sea" en sí misma y encuentra en la estética, en la búsqueda de la belleza, en la poesía ese camino medio que nos conduzca si no a la superación del sufrimiento, si a su asunción más madura y serena.
            El tercero, Apunte sobre las cuatro nobles verdades, nos invita a reflexionar en profundidad sobre el budismo y sobre sus cuatro nobles verdades, como otro de los caminos posibles y transitados por él mismo en su aventura existencial, en su empeño o "aspiración de entender el mundo y lo que la Realidad (Última) sea".
            El cuarto, ¿Ciencia versus entendimiento del espacio y el tiempo budistas?, nos lleva a reflexionar sobre la superación del Paradigma científico mecanicista newtoniano para adentrarnos en una serie de interesantes consideraciones, acerca de la convergencia entre las concepciones orientales sobre la realidad y las propuestas del nuevo Paradigma físico cuántico de Niels Bohr y Werner Heisenberg (Escuela de Copenhague), mostrándonos sus similitudes y afinidades sorprendentes.
            El quinto, Un acercamiento a la dimensión cosmológica, continúa su meditación, esta vez guiado por las doctrinas cosmogónicas budistas clásicas y por las cosmologías científicas modernas, poniendo de manifiesto, y profundizando aún más de nuevo, en sus analogías o coincidencias.
            El sexto, La Quinta noble verdad en la belleza, incide en un análisis multidisciplinar acerca de lo que sea la belleza, y sobre su presencia, no ya sólo en el arte sino en esas concepciones orientales y fisicomatemáticas. Analizando asimismo, los rasgos extra-artísticos que la belleza expresa en esos otros ámbitos del conocimiento: armonía, euritmia, elegancia, paz, unidad, ser, verdad, etc.
            Para terminar, finalmente, con el apartado séptimo, La Belleza. Sensación y Fascinación de lo Abstracto, en el que el autor se adentra ya específicamente y con patente conocimiento, en el aparentemente abstruso mundo de la Matemática, para tratar de apreciar en él, la belleza en la simetría de lo abstracto, en la armonía de los números y figuras, presente en todas sus variedades y disciplinas: desde la geometría de fractales de Benoit Mandelbrot hasta la lógica matemática de Bertrand Russell, desde  el Teorema de la Incompletitud  de Kurt Gödel hasta la Teoría sobre los tipos o grados de infinito de George Cantor.
            Y el común denominador de todos ellos es, sin duda, -además de la pasión por el conocimiento-, la búsqueda incondicionada de la Belleza. Se diría que como el Sócrates platónico del Banquete, instruido en
Elogio de la decepción de Francisco Acuyo, por el profesor Tomás Moreno, Ancile
Platón, de Rafael
las cuestiones del amor y del saber por una enigmática mujer, Diotima de Mantinea, nuestro autor -el poeta Francisco Acuyo- también se ha sentido poseído por esa fuerza irresistible que emana de la Belleza, al ser solamente atisbada por un fugaz momento: "En ese instante de la vida, querido Sócrates -dijo la extranjera de Mantinea-, más que en ningún otro, vale la pena el vivir del hombre: cuando contempla la belleza en sí" (El Banquete, 211 d). Desde esa privilegiada experiencia podemos entender que la búsqueda de ella mediante el arte o la poesía dan sentido, orientación y finalidad a una vida humana.
            Por eso, más allá de la riqueza de su contenido intelectual y de sus logros conceptuales, lo que más sorprende en esta gavilla de ensayos, es que a veces, el ensayista se metamorfosea -tal vez sin proponérselo- en poeta, en buscador de belleza. La escritura prosaica se transmuta entonces en texto poético.
            El discurso abandona la fría contundencia de su lógica argumentativa y adquiere matices que cada vez más sugieren que estamos ante un texto poético en sentido estricto. La escritura asume un tono y un ritmo particular, una musicalidad antes ausente, impremeditada tal vez, pero que impregna el texto de connotaciones poemáticas.
            Recordemos que la música nació de la poesía y es una abstracción de ella. En poesía la música se une al sentido de las palabras para formar una impresión única. Por eso, escrita en verso o en prosa, se diferenciará de la otra escritura (la sentimental-prosaica) precisamente por su musicalidad. Según Paul Valery:
El universo de la poesía es análogo al universo de los sonidos, dentro del cual el pensamiento musical nace y muere. El universo poético nace de un número, o mejor dicho, de la densidad de imágenes, figuras, consonancias, disonancias, por la unión de palabra y ritmo.
            Que ello es así, puede comprobarse y verificarse si tomamos y leemos obras tan indiscutiblemente poéticas como Espacio de Juan Ramón Jiménez u Ocnos de Luis Cernuda, aun a pesar de estar escritas en prosa no versificada. Puede haber poemas amétricos, pero no poemas arrítmicos.
            Quiero terminar, recordando de nuevo a Heidegger, con quien comenzamos, cuando afirmaba -en unas conocidas páginas de ¿Qué es metafísica?- que "Pensadores y Poetas habitan vecinos en cumbres distantes", Francisco Acuyo con este ensayo ha conseguido aproximar o acercar ambas cumbres en un ejercicio de autentico virtuoso del poetizar pensante o del pensar poetizante.



                                                                                                        Tomás Moreno



[1] Francisco Acuyo, "Elogio de la decepción y otras aproximaciones a los fenómenos del Dolor y la Belleza", Jizo ediciones, Granada, 2013.

Elogio de la decepción de Francisco Acuyo, por el profesor Tomás Moreno, Ancile

lunes, 22 de abril de 2013

EL DISCURSO A LOS CABREROS O LA UTOPÍA DE LA EDAD DORADA EN DON QUIJOTE (2ª).


Segunda entrada sobre el Quijote en la sección de Microensayos del blog Ancile, titulada El discurso a los cabreros o la utopia de la Edad Dorada en D. Quijote, por el profesor Tomás Moreno. Interesantísismas reflexiones en torno a la obra universal D. Quijote de la Mancha.


La utopía de la edad dorada en Don Quijote 2, El discurso a los cabreros, Ancile




EL DISCURSO A LOS CABREROS O LA UTOPÍA 
DE LA  EDAD DORADA EN DON QUIJOTE  (2ª).




La utopía de la edad dorada en Don Quijote 2, El discurso a los cabreros, Ancile

II. Descripción de la Distopía: crítica del topos existente
Pues bien, frente a este mundo idílico y feliz del pasado áureo evocado por Don Quijote en su Discurso, surge un presente convulso y tenebroso que representa la exacta inversión del mismo, su más perfecta antítesis: la utopía del pasado aúreo ha devenido distopía o cacotopía del presente real y existente, de “lo que es”. Un tiempo de penuria y escasez, una Edad de Hierro que, incluso, ha degradado y pervertido axiológica y moralmente a sus moradores.
            En efecto, lo  primero que aparece, si retomamos el pasaje cervantino, es la tensión entre esas dos antitéticas épocas -“aquella santa edad” y “agora”-, esto es, entre la edad dorada añorada y evocada del pretérito y la edad de hierro vivida en el presente, entre el ideal del pasado y la realidad en que viven tanto el autor como el protagonista del relato: la España de finales del siglo XVI y principios del XVII, el período de la declinación del imperio español, que el viejo Cervantes, nacido cuando todavía reinaba Carlos V, recordaba con una cierta desilusionada añoranza y que ya, en las primeras décadas del siglo XVII, casi había declinado.
            Una España en crisis y decadencia, provocadas por proyectos y empresas utópicas emprendidas en el inmediato pasado, que debilitaron sus fuerzas, arruinaron su economía y dieron al traste con su moral. En un libro de la época, del licenciado Martín González de Cellorigo, el conocido “Memorial de la política necesaria y útil restauracion de la república en España” (Valladolid, 1600), se nos retrata la sociedad española de ese tiempo como sumida en un alucinado sueño utópico del que aun no se había podido despertar: “No parece sino que se ha querido reducir estos reynos a una república de hombres encantados que viven fuera del orden natural”[1].
            Pues bien, en el discurso de Don Quijote se enfatiza ese contraste entre un ucrónico y fantasioso pasado feliz y un presente hundido en la miseria. Pero esa tensión es percibida y vivenciada en el mismo de una manera plástica y candorosamente ingenua e interpretada en clave nostálgica y desencantada:
La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había que juzgar, ni que fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, sola y señora, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propia voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta (DQ, I, XI).
      Antes, primaba la justicia; ahora, abunda el desorden jurídico[2], moral y económico. En los tiempos pasados la honestidad imperaba; en la actualidad, las doncellas han perdido su inocencia y libertad hasta el punto de que no está segura ninguna “porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste” (DQ, I,
La utopía de la edad dorada en Don Quijote 2, El discurso a los cabreros, Ancile
XI).
      A lo largo de toda la obra, Don Quijote -imbuido de una concepción degenerativa de la historia- va a lamentarse de tener que vivir en tan nefasta y detestable época: “Y así [...] estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es ésta en que ahora vivimos” (DQ, I, XXXVIII). Se ha producido una verdadera, una auténtica inversión de los valores y de las virtudes: “Mas agora ya triunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el vicio de la virtud, la arrogancia de la valentía y la teórica de la práctica de las armas, que sólo vivieron y resplandecieron en las edades de oro y en los andantes caballeros” (DQ, II, I). La naturaleza humana se ha degradado y depravado, como declarará más adelante don Quijote a Sancho gobernador de Barataria: “Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra” (DQ, II, XLII).
            Y considera necesario, en consecuencia, restaurar esa sociedad idílica de la aetas áurea. Sólo Don Quijote, en un tiempo que ya se muestra escéptico, escarmentado y desilusionado de tantos proyectos utópicos fracasados, pretende hacerla valer como diana que orienta el curso entero de la flecha de su vida, como aquello por cuya restauración ha de empeñar todas las energías de su invencible ánimo. Para ello Don Quijote ha debido descubrir las razones que daban la felicidad entonces y que, ahora, producen infelicidad y toda una larga serie de desgracias y sufrimientos:
Porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de “tuyo” y “mío”. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario para alcanzar  su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas (DQ, I, XI).
            Bastaría con sólo estas dos razones para explicar la tensión entre lo que fue y lo que es la sociedad: la injusticia no ha desaparecido, pues todavía existe la ley del encaje y la división del “mío” y “tuyo”, y esa es, en última instancia, la clave de todos los males del presente. En esa tensión va implícito -explica Torres Antoñanzas- un tema de claro contenido socio-político, que trasciende el motivo edénico que impregna la totalidad del discurso: el del comunismo de bienes, es decir: el del  rechazo de la  propiedad privada.
      Desde esta perspectiva, para Don Quijote en realidad los gigantes a los que combatir y someter no son esos molinos de viento que encuentra en los campos de la Mancha (DQ, I, VIII), ni los ejércitos a derrotar ese rebaño de ovejas y carneros confundidos por la distancia y la polvareda, al caminar por el páramo castellano (DQ, I, XVIII), ni los miedos a neutralizar los suscitados por esos terroríficos crujidos “de hierros y cadenas”, producidos por los batanes al golpear incesantes sobre los paños (DQ, I, XX); sino
La utopía de la edad dorada en Don Quijote 2, El discurso a los cabreros, Ancile
que los verdaderos y muy temibles enemigos que enfrentar son esas nuevas formas de organización política y económica de la modernidad y del capitalismo incipientes (es decir, la institución Estatal) que la época de Cervantes trae consigo, y que se basaban fundamentalmente en tres pilares indisolublemente ligados entre sí: la economía dineraria, la existencia de un ejército organizado y poseedor de armas de fuego  y una administración por expertos, es decir, una compleja burocracia.
        Es frente a este espíritu calculador y racional de los nuevos tiempos -sostiene J. A. Maravall[3]- y todo lo que significa este nuevo modo de vida -representado por la ciudad moderna preburguesa y de economía dineraria desarrollada, esto es, por la modernidad- contra el que se eleva el sentido íntegro, total, de la(s)  aventura(s) de Don Quijote. La postura que ante esas realidades inquietantes toma el caballero de la Mancha y a la que se da expresión en la obra  de Cervantes es de inequívoca repulsa[4].
            Sin duda, el nuevo hecho económico es decisivo en el tiempo del Quijote. En efecto, según el planteamiento quijotesco, los nuevos usos dinerarios y la pasión por el dinero, son algo sumamente nefasto, pues atacan en conjunto a la virtud. La “aurea fames”, la pasión por el lucro -que sería la gran pasión del Renacimiento- indicaba que ya se estaba incubando en ese tiempo el espíritu del capitalismo. No olvidemos que el ataque a esas formas precapitalistas o protocapitalistas de organización social y económica, movidas por el puro afán de lucro, estaban ya presentes en la Utopía de Tomás Moro y en la Ciudad del Sol de Campanella, que también abominaban de los nuevos usos dinerarios -el primero condenando a la plata y al oro a usos viles o aborrecibles; el segundo, mostrándonos cómo los solarianos emplean el dinero únicamente cuando viajan por tierras extrañas-, y también aparece en numerosos episodios del Quijote.
            Desde que el dinero interviene, ha cambiado efectivamente la moral del combatiente, del caballero. El ejército y las guerras son el instrumento para obtener dinero y saquear o robar lo que se pueda. Para Don Quijote, por el contrario, la conquista del botín en la lucha no es el aliciente que le lleve a combatir por los campos: por eso, en varias ocasiones, lo deja generosamente en manos de su escudero. En el mundo de relaciones de Don Quijote, el dinero tiene muy corto radio:
¿Qué caballero andante pagó pecho, alcabala, chapín de la reina, moneda forera, portazgo ni barca? ¿Qué sastre le llevó hechura de vestido que le hiciese? ¿Qué castellano le acogió en su castillo que le hiciese pagar el escote? (DQ, I, XLV).
            Don Quijote se mueve en este aspecto, dentro de la vieja concepción estamental que distinguía tres partes en la sociedad orgánicamente establecida: los que oran, los que pelean y los que trabajan (oradores, defensores, labradores, según don Juan Manuel). Y esa es la forma de vida que Don Quijote trata de resucitar y restablecer: una forma de vida en la que generosamente unos ayudan a otros, nadie hace suyo más que lo que necesita y todo aquello que posee está dispuesto a compartirlo con el prójimo. La voluntaria limitación a lo “necesario” es un presupuesto habitual de todos los planteamientos utópicos, desde el siglo XVI al XIX. 
            Por eso, los cabreros le sustentan sin pedirle nada, y los rústicos que viven apartados entre los riscos de Sierra Morena socorren a los necesitados, y los campesinos acogen al caballero y a su acompañante, en sus fiestas y en sus casas, sean o no hidalgos, con la más dadivosa inclinación. Todos ellos son gentes próximas al estado de la edad dorada, y en la que, por vivirse felizmente en el seno de la naturaleza, no se conocían las detestables formas de la economía monetaria. El pastoreo y la agricultura eran, en la visión del mundo quijotesca, las fuentes de riqueza únicamente lícitas, como también lo eran en las utopías imaginadas por Thomas Moro y Campanella, que prescribían esas mismas ocupaciones productivas a los habitantes de sus ciudades ideales[5]. Nos hallamos, pues, ante una doctrina -la sustentada[6].
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por el ideal quijotesco de la edad dorada- formada por la sublimación de una sociedad de economía agraria tradicional, de base predominantemente rural, que es la que siempre da por supuesta, en su organización de la vida, Don Quijote
            Nuestro caballero de La Mancha reacciona, en tercer lugar, contra un Estado moderno tal como quedó iniciada su traza por los Reyes Católicos, que suponía una administración en la cual un cuerpo organizado de hombres -con una técnica y unos conocimientos adecuados a la práctica de los negocios públicos- pudiera aplicar un ordenamiento jurídico extendido teóricamente a la generalidad y disponer de una fuerza coactiva para hacerlo cumplir.
            La nueva forma de organización política, el Estado, pretende que no haya más poder que el suyo, ni más ley ni más justicia que las suyas. Impone una homogeneidad en la obediencia, aunque no sea de la misma manera a todos -una armonía geométrica, que diría J. Bodin-, y procura eliminar paso a paso todos los privilegios y exenciones, esforzándose por prohibir toda acción particular en el orden de sus funciones.
            En el siglo XVI, en el ámbito del absolutismo monárquico que se va imponiendo, y en general en el pensamiento político de la época, desaparece todo vestigio de la doctrina medieval del derecho de resistencia. Y esto es lo que no acaba de concebir don Quijote.:
¿Quién fue el mentecato, vuelvo a decir, que no sabe que no hay secutoria de hidalgo con tantas preeminencias ni exenciones como la que adquiere un caballero andante el día en que se arma caballero y se entrega al duro ejercicio de la caballería? (DQ, I, XLV).
            Pues bien, ese a quien llama mentecato don Quijote es el Estado moderno y sus representantes (la Santa Hermandad, organización represiva esencial del Estado, etc.). Sancho le advierte, en el episodio de los Galeotes, condenados por la justicia pública: “Advierta vuestra merced –dijo Sancho- que la justicia, que es el mismo Rey, no hace fuerza ni agravio a semejante gente, sino que lo castiga en pena de sus delitos” (DQ, I, XXII)[7].
            Terminado el discurso y puesta de manifiesto la diferencia entre las dos edades, Don Quijote se postula como el adalid de la justicia y de la transformación social, el mensajero de esos ideales caballerescos ausentes en su tiempo. En el caballero que quiere restaurar la justicia, la libertad, la igualdad y la paz en todas las relaciones humanas, una vez se hayan eliminado, las causas y raíces de tamaña degeneración y corrupción.            Es la ambición y el deseo malvado del lucro el que ha conducido la historia a su Edad de Hierro, a la posesión desmesurada y al “mío” y “tuyo”. Don Quijote está convencido de que si ese ideal (de la caballería) se practicase, la edad de oro tornaría y el mundo sería feliz.
            Se trata, pues, de un programa de retorno, de restauración, no olvidemos que su discurso se integra en el marco de una concepción de la historia de carácter degenerativo, cíclico, en el que la perfección se encuentra siempre en los orígenes, en un pasado anhelado, idealizado y mitificado. “Tengamos en cuenta –escribe Maravall- que si Don Quijote ha definido su misión como restauración de la edad dorada –un modo de vida de la sociedad-, también ha dicho que su empeño es restaurar la caballería andante –un modo social de vida del individuo-. Entre ambos tiene que haber un lazo. Entiendo que en la concepción quijotesca, el segundo es camino para el primero”[8].
      El mundo se ha convertido ciertamente en esta Edad de Hierro, en una cacotopía, en el lugar del mal (kakos) y de la infelicidad, pero no todo está perdido, es posible la recuperación del nivel idílico perdido. En un momento determinado don Quijote toma unas bellotas (símbolo natural) que -como en el caso de la madalena de Proust-  le trujeron a la memoria la edad dorada (DQ, I, XI), transportándole vivencialmente al pasado perdido, a la aetas aurea anhelada y añorada, modelo ideal de  su utópico proyecto, al  que aspirar y que realizar. No todo está degradado, no todo está perdido, aun existe la  esperanza de restablecer esa edad Dorada. Mediante ella, Don Quijote pretende clarificar y salvar el mundo confiriéndole un nuevo sentido (Continuará).


                                                                                                      Tomas Moreno




[1] En el referido libro, su autor, critica ya el irrealismo de creer que los problemas españoles fuesen a resolverse mediante las riquezas procedentes de la colonización americana: “Y ansí el no haber dinero, oro ni plata en España, es por averlo, y el no ser rica es por serlo; haziendo dos contradictorias verdades en nuestra España y de un mismo subjecto.” En la España del momento hay demasiada deuda pública basada en los metales preciosos de las Indias, demasiada inflación, a la vez que se incrementan los gastos en las fuerzas armadas que ha de mantener fuera de su territorio. Para los españoles de aquel tiempo “Don Quijote” seguramente fue un texto más crítico y realista de lo que hoy nos parece. Cervantes trató de denunciar o de ridiculizar, vía irónico-paródica de los libros de caballería o pastoriles, los sueños utópicos de sus contemporáneos encarnándolos en la figura de su protagonista, un idealista y utopísta abstracto tan pertinaz y voluntarioso como Don Quijote, y ejemplificando los perniciosos efectos  de sus hazañas y desvaríos en el fracaso de cuantas aventuras emprendía. Su lema debería haber sido el mismo que apenas dos siglos después eligió el inmortal Goya para su Capricho 43: El sueño de la razón produce monstruos. Por eso fue un best-seller en su tiempo, porque los lectores inteligentes y desengañados de aquel tiempo pudieron interpretar fácilmente las alegorías cervantinas: había muchos más hombres “encantados” por los sueños utópicos que los que salían en las páginas de la inmortal novela.
[2] La ley del encaje: la arbitrariedad de los jueces
[3] Cf. el capítulo segundo de J. A. Maravall Crítica de la situación presente de “Utopía y contrautopía en El Quijote”, op. cit. pp. 35-76.
[4] Ibíd, p. 37.
[5]  Ibíd, p. 43. Frente al nuevo espíritu capitalista, los humanistas, tal es el caso de Moro o de Campanella, a quienes mueve ante todo un afán moralizador -aspecto que de ordinario ha sido descuidado al hablársenos de ellos- intentan utópicamente, pero también, regresiva y reactivamente, retornar a un régimen colectivista medieval, correspondiente a un ya fenecido modo de producción feudal, en el cual el dinero era visto con la más desfavorable prevención.
[6] Ibíd, p. 44.
[7] Ibíd, p. 53.
[8] Ibíd, p. 104.


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viernes, 19 de abril de 2013

POESÍA: SEGURO AZAR

He aquí algunas nuevas reflexiones en torno al fenómeno poético y sus extraordinarias proyecciones sobre el aporte especial de entendimiento que propone (cuestión que ha sido, y sigue siendo, motivo de sugerentes alternativas de interpretación, no sólo para la fenomenología literaria, y su influencia también como vía singular de interpretación del mundo), y todo para la sección de Pensamiento del blog Ancile.


Poesía: seguro azar, Francisco Acuyo, Ancile




POESÍA: SEGURO AZAR



Poesía: seguro azar, Francisco Acuyo, Ancile



            Trazar un signo  y  atisbar con éste un seguimiento de los senderos inefables de la poesía, insisto, no sólo no es fácil, tal vez sea del todo imposible. Habría que nutrir cualquier concepto explicativo del vigor que colman las aguas del poema, cuyo excelso manantial además alimenta el prodigio eterno de la poesía.
            Esta redacción vagabunda e irregular no quisiera extenderse de forma innecesaria bajo la inclinación de la pesadumbre y el fastidio; acaso desearía que fuesen los poemas la guía y el precepto para aclarar las dudas ineluctables entorno al misterio que encierra siempre la poesía. No obstante, es bueno adelantar que la insondable dificultad que ofrece el verdadero poema surge, porque los versos, una vez escritos, dejaron con su espíritu sublime, la constancia de una luz intransferible. Por eso no sea siquiera parecido escribir e interpretar el verso. El rigor que requiere transcripción semejante, si aspira a ser fiel a aquel subido espíritu, necesita en su traslado, si no la dignidad del poema (que decíamos intransferible), al menos sí la serenidad que únicamente puede dar la discreción propia del que sospecha lo imposible de su empeño. Puede que este intérprete, aunque poeta, haya sido despojado del derecho de transcribir el poema si no es a través del impulso extraordinario por el que tuvo origen.
            El entramado aparentemente aleatorio de la poesía está, no obstante, henchido de aliento vital y razón de vida. Y es que la poesía, con el universo y sus formas vivas goza y se sustenta en una base azarosa pero no accidental. Las interacciones que acontecen del azar y de lo no azaroso se mantienen entre sí complementariamente. El nexo casual en estas relaciones (tenidas en cuenta por la ciencia, entre sus diversas disciplinas,  y por el propio saber filosófico) se le ha denominado entropía: el agente del caos que tiende a confundir lo que está claro y a destruir el significado. Al margen de la visión clásica que establece a la entropía como la regla dinámica de explicación en los procesos físico-químicos, en poesía, por su ineludible contenido informático, es tan natural el orden como aquélla, la entropía.
            Es evidente que la poesía (entre otras esencias ) es portadora indiscutible de hechos, ideas, emociones, y  por lo tanto se adquiere y se transmite como conocimiento. Y por esto fundamentalmente es un agente activo, y por lo tanto informa al mundo material, acaso como el código genético (ADN) informa a la maquinaria de la célula para construir y reconstituir un organismo. ¿Y por qué no considerar la poesía como un código de símbolos de cuya información deducida cabe también una interpretación universal? ¿Por qué la poesía puede
Poesía: seguro azar, Francisco Acuyo, Ancile
decirnos que existe algo en vez de nada?¿Tiene la poesía carácter cibernético, en tanto que es capaz de aunar varios conjuntos complementarios de ideas (y emociones), y por tanto capaz de mantener orden en un sistema, cual es el del lenguaje en general y el poético en particular, en relación con el mundo?
            El rumbo que marcará dicho timonel (cibernético: del griego, timonel), marcará  así mismo la regularidad, estabilidad, correcto y constante funcionamiento de cualquier viaje. Así como todas las cosas tienen tendencia a la entropía, al desorden, la corrección de todas las desviaciones fortuitas son responsabilidad de dicho timonel, es decir de la cibernética; en el caso de la poesía y su carácter cibernético integrador, y esto en virtud de un principio universal de control y organización.
            Parece más que probable que la distinción entre lo que poéticamente es inteligible de aquello que no lo es, esté sujeto a extrañas leyes (del caos), que bien pueden parecernos un tanto crípticas, ya que pueden estar sujetas a vínculos estadísticos, lo que los matemáticos llaman series estocásticas (stokos, adivinar). Así pues, matemáticamente, sólo conocemos de forma aproximada el rumbo del timonel entrópico de la poesía. Pero en verdad un científico no puede conocer una parte del universo  en un determinado momento mientras lo observa, si no es aproximándose a través de la incertidumbre, y siempre considerando una gama de diferentes contingencias, y asignando una probabilidad apropiada a cada una. ¿Qué diremos del que intenta interpretar un poema, por muy sencillo que este sea,  y de aquello que (la poesía) pretende?
            Parece pues que el rumbo de un poema en su entrópico viaje, no sigue un camino, sino muchos. No en vano el concepto de entropía ( así lo entendió también Oswald Spengler ) es el más típico de la caída de la ciencia moderna desde su pureza y certidumbre clásicas, y que tiene mucho más que ver con las cosas vivas y la historia. La entropía por tanto es también la medida que el receptor del poema recibe del mensaje y que no conocía de éste.
            Lo interesante de lo que, modestamente, venimos a señalar, radica en que sólo parte de nuestra experiencia es en verdad experiencia; quizá lo novedoso esté en que es el poema el que va a añadir una imagen mental que no es mera experiencia, es la imagen que no sólo representa una variedad de experiencias sino algo que aún no se experimenta.
            Acaso en el aparente error de dicción, o peculiar manejo del lenguaje, e incluso en las transgresiones intencionadas del mismo (sintácticas, por ejemplo) no deben ser consideradas (académicamente) aberrantes, sino como parte esencial de la lógica de cualquier sistema complejo, como lo es sin duda la poesía, y es que en ella la variedad y la precisión coexisten.
            Pero hay más. La poesía (con el universo) genera su propia novedad conforme avanza. Similar a una ley, pero impredecible. Siempre hay en ella más información de la que había antes.
            La poesía hace suya la propiedad del lenguaje por la que, a través de sus símbolos, puede afectar al mundo real de la sustancia, aunque no necesite ser empleada con tal fin. El poema, aunque no comporte hecho alguno, puede llegar a serlo, pero lo que interesa es que los símbolos que aparecen en el verso pueden manejarse con más libertad que la sustancia, por lo que el lenguaje (poético) es extremadamente rico y evidentemente creador (Noam Chomsky), y por lo que depende mucho menos de lo que cabría pensar del azar y del accidente. Su complejidad es autorreguladora,  propia de los sistemas abiertos capaces de generar, de surgir de forma naciente, que gustaba decir a T.S.Eliot, como algo nuevo más allá de cualquier explicación de causa y efecto, aun cuando se conozca toda la información acerca de sus causas. Precisamente esta complejidad revierte como una propiedad decisiva en la interpretación poética. No sé si estaremos en condiciones de decir que, si bien no podemos explicar todas las imágenes, figuras, posibilidades del mundo poético, lo estaremos, no obstante, de describir las reglas que las generan; me refiero a las preceptivas métricas, estilísticas, gramaticales... Quiero decir que podemos describir todas las reglas, pero no forzosamente el producto de cada una de ellas.
            En la interpretación de la poesía, sin embargo, deberemos tener más en cuenta si cabe que en el estudio de cualquier otra disciplina la inconclusión de cualquier sistema gobernado por axiomas o reglas, pues es en la labor interpretativa de la poesía se evidencian las inevitables limitaciones del conocimiento humano.
            Podemos decir, no solo en matemáticas, sino también en poesía, que habrá afirmaciones ciertas que no podrán afirmarse que son ciertas o inciertas dentro del propio sistema interpretativo, utilizando precisamente sus mismas reglas (a saber, estilisticas, semánticas, métricas, gramaticales, lingüísticas...) Podremos salirnos del sistema y buscar respuestas en otros sistemas, por ejemplo el lógico o filosófico, añadiendo nuevas reglas y axiomas nuevos para que aparezcan en este nuevo metasistema otros planteamientos que no podrán
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demostrarse ad infinitum, pues la poesía siempre será capaz de sorprender tanto al lector como a aquel que interpreta el verso, incluso al mismo que lo escribe. Es así que el mapa de este viaje nunca podrá ser trazado por estar implícito en un hemisferio infinito.
            Cuando Eliot se revela por las críticas llevadas a cabo sobre Wordswort, en las que se establecía el cambio poético de dicho poeta ateniéndose a razones externas, como el amorío del poeta con Anette Vallon, decía: ...en toda gran Poesía hay algo que debe permanecer inexplicable, por muy completo que sea nuestro conocimiento del poeta, y esto es lo que más importa. Una vez hecho el poema, ha ocurrido algo nuevo, algo que no es posible explicar completamente por nada de lo que ocurrió antes. Esto es algo que, presuntos poetas y aprendices de intérpretes, al amparo de la construcción anglosajona del verso, se aplican y explican del fenómeno poético al albur único de la experiencia, lo cual no deja de ser una paradoja, por no decir un verdadero disparate.
            Pretendo finalmente, mostrar que una de las razones de ser de la poesía está en que es intrínsecamente inabordable, al margen mismo de la voluntad del poeta, pues ella misma abarca la totalidad - tiene carácter ontológico- y no es únicamente privativa del que escribe el verso (solamente), ni del que interpreta, ni del que lee este o aquel poema; sino del mundo que no puede ser trascendido más que de forma incompleta.
            Hoy, reconocemos las reglas linguísticas como poderosos instrumentos que sin estar sometidos a mecanismos de causa efecto estrictos, establecen las reglas que definen - ya que forman parte de la estructura gramatical universal- el lenguaje. Sin embargo, y sobre todo la poesía, es un sistema abierto e incompleto generador de novedad. Dichas reglas no son sólo aplicables a la estructura gramatical, sino que están esencial e intrínsecamente unidas a otros y diversos aspectos, como por ejemplo, los de preceptiva métrica o epítomes de versificación.
            Razonando, aunque sea apresuradamente, el lenguaje poético nos hará reconocer además de esta dimensión gramatical y sintáctica donde se construyen los más complejos entresijos, una dimensión mucho más amplia e intrincada, siendo uno de los aspectos más singulares el del proceso rítmico en el lenguaje poético, sustentado por aquella preceptiva métrica que, a mi juicio, goza del mismo grado transformacional del lenguaje en aquellos procesos ya señalados de generación gramatical.
            El lenguaje en general ( y el poético en particular) tiene aspecto y comportamiento de auténtico algoritmo; por analogía es realmente similar al lenguaje genético codificado (ADN), y también a la gramática, la sintaxis, y a la misma métrica.
            En matemáticas, el algoritmo, igualmente es un proceso singular de manipulación de símbolos, siendo especialmente interesante aquel que sucede una vez y otra de un solo preceder básico. Así se conforman ciertas cantidades en otras, utilizando un número de reglas finitas de transformación.
            Parece ser que cualquier cambio debe contener reglas sintácticamente legales respecto a las reglas de la estructura. No obstante, es de gran importancia saber que esta gramática, aunque estable, obviamente puede también cambiar.
            Es aquí donde el lenguaje poético se convierte en paradigma, pues cualquiera que se ocupe de su apariencia superficial, no tiene esperanzas de comprender sus propiedades esenciales. Parafraseando a Chomsky (y entendiendo esto especialmente para la poesía): «Lo que se puede decir es de mucho más interés que lo que se dice».
            Murray Eden, insigne ingeniero informático, describe una simulación evolutiva en una computadora, y deduce que no hubo tiempo material suficiente, utilizando las reglas de la selección natural, interactuando al azar sobre mutaciones de genes, para poner en escena a los seres humanos. Llega a la sorprendente
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conclusión de que los algoritmos imponen frenos a las mutaciones aleatorias en los mensajes del ADN. Parece ser que ningún lenguaje, incluido el genético, admite cambios al azar. Así también, en el lenguaje general, las secuencias de letras al azar en una frase acabaría con el significado.
            Muy lejos del estructuralismo (imposibilitado para explicar la propiedad más asombrosa del lenguaje, su ilimitado potencial para expresar pensamientos e ideas), nos movemos más allá de aquellos algoritmos lingüísticos que planifican la base abstracta de una frase ( y no digamos de un verso ). Hablamos de la estructura profunda chomskyana.
            En poesía especialmente, la sintaxis, el estilo, los tropos, la métrica... es decir la sola estructura en un verso contiene mucha más información de lo que cabría pensarse.
            Podía ser mucho más fácil de entender la información que puede generar no ya un hablante, sino un poeta, entendiendo que es mucho más rica en esencia, si no fuese por la visión decimonónica fuertemente y con falsedad arraigada, de un cierto positivismo trasnochado que abarca no solo la ciencia, pues también las denominadas disciplinas humanísticas.
            Me refiero concretamente al conocimiento que se adquiere a través de la experiencia, denostando, por otra parte, con infundada ignorancia la propia filosofía kantiana, de donde pretenden sustentar sus fundamentos epistemológicos. Se olvidan, adrede o por simple desconocimiento, de que una parte de lo que conocemos es apriori, y viene antes de la experiencia por una facultad mental no vinculada a aquella. Con un apoyo básico en el mismo Kant podemos afirmar que tanto el conocimiento del lenguaje y de otras formas de conocimiento, son incomparablemente más vivos, extensos y sistemáticos que el aducto de la experiencia.
            Así, si la materia es transformable en energía, diremos: E=mc2. Es un saber apartado de forma universal y necesaria en virtud de este conocimiento apriori.
            Acaso si queremos explicar el fenómeno poético, aunque sea vagamente, sería necesario establecer una serie de principios independientes del propio mundo poético. Ya se hizo en Biología por Lila Gatlim en el estudio de una teoría de los organismos, independiente de los mismos; o en física, cuyos resultados son verdaderamente ilustrativos, procediendo a través de conceptos sumamente abstractos: Espacios imaginarios, números complejos, álgebras especiales...
            Así ¿por qué no sufrir con Einstein por la superación de la Realidad de la Experiencia y la Realidad del Ser? Acaso esto sólo sea posible a través del tantas veces insondable mundo de la poesía. 



                                                                                                                 Francisco Acuyo




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