viernes, 16 de mayo de 2014

CAOS Y FRACTURA, POR CARLOS IPIÉNS

 Tenemos el placer de presentar en esta nueva entrada para la sección de Ciencia del blog Ancile, el trabajo Caos y Fractura, publicado en su momento en la revista científica Spin cero, en su 2º número, y que hoy traemos remozado por su autor, Carlos Ipiéns, Catedrático de Matemáticas y Profesor Asociado en el Departamento de Matemáticas Aplicadas de la Universidad de Málaga, autor también de algunos libros de poemas, daremos cuenta de todo ello en una breve reseña biobibliográfica al inicio de este trabajo. Se trata de una de las primeras aproximaciones y síntesis llevadas a cabo en España en torno a la Ciencia del Caos.
  
Nota Biobibliográfica. 


Carlos Rodríguez Ipiéns (23 Noviembre de 1952, Málaga). Catedrático de Matemáticas y Profesor Asociado en el Departamento de Matemática Aplicada de la Universidad de Málaga. Amante (Siempre aprendiz) de la Literatura (Poesía), y el Arte en todas sus manifestaciones. Amante también de las Ciencias y de su historia en general y matemático en la rama de puras, de profesión. Defensor activo de la indisoluble relación entre el mundo de las ciencias y las humanidades. Y siempre amante concienciado de África y los mares en general. Bibliografía: “Analisis vectorial y ecuaciones diferenciales”, Ágora Universidad. UMA. (1996) Coautor con Manuel Laza Zerón del Poemario “Leda Tristura” (1996): Edición Imprenta Montes, Carminidades”, Artículos en la revista de Ciencias Spin Cero (Junta de Andalucía). “El área y la Integral”. “Caos y Fractura”. “La estupidez y el Caos”. Otros artículos, conferencias y poemarios no editados.


Caos y fractura, por Carlos Ipiéns, Ancile




CAOS Y FRACTURA




Caos y fractura, por Carlos Ipiéns, Ancile


«...mientras que las máquinas se encuentran
inquietantemente vivas, el ser humano
permanece preocupantemente inerte..."

D. Haraway



Aleatoriedad y azar.

Hasta hace muy poco tiempo, se hacía uso del término CAOS para designar la aleatoriedad. Sin embargo, ya en 1903, el matemático francés Henri Poincaré (1854-1912), postulaba acerca de lo aleatorio y del azar en los siguientes términos: "El azar no es más que la  medida de la ignorancia del hombre", reconociendo a la vez la existencia de innumerables fenómenos que no eran completamente aleatorios --que simplemente no  respondían a una dinámica lineal--, aquellos a los que pequeños cambios en las  condiciones iniciales conducían a enormes cambios en el resultado. Se establece así lo que más tarde Edward N. Lorenz llamará "dependencia sensible".
Podemos considerar esta observación de Henri Poincaré como el embrión de un nuevo  paradigma científico: la creación de una nueva Ciencia como reconoce James Gleick en  el título de uno de los libros iniciáticos de la teoría y más ilustrativo: "Caos la creación de una ciencia".
Caos y fractura, por Carlos Ipiéns, AncileDe este modo, podemos anunciar esta Teoría como el primer intento desde la Ciencia Oficial en la búsqueda de las leyes que gobiernan los innumerables fenómenos tan desconocidos en su dinámica y tan naturales y cotidianos a la vez --el clima, el movimiento de las nubes, el aire que se desplaza sobre el ala de un avión, la sangre cuando fluye a través del corazón y todo su sistema dinámico (el infarto como la transición de un estado de regularidad a un estado caótico), las turbulencias en general, las formaciones geológicas, la manera en que las flores silvestres aparecen en un campo, la bandera que ondea, el humo de un cigarrillo, el movimiento de una hoja al caer, las epidemias, los conflictos bélicos, los atascos de tráfico, elcomportamiento de la bolsa...-- que no son susceptibles de control con las herramientas calculistas de las que nos provee la Matemática y la Física actual.
La Ciencia ha tenido tendencia a confundir --no se sabe si por ignorancia como nos adelantaba H. Poincaré-- el contenido determinista o de azar asociado a un fenómeno atendiendo a su predicibilidad o no. Así, una gran cantidad de fenómenos --generalmente naturales-- no predecibles se incorporaban sutilmente al mundo de lo azaroso, quedando así aparcados sin ser sometidos a tratamiento alguno.

¿Son los fenómenos enunciados anteriormente fenómenos de azar?. La respuesta es no. Así, los fenómenos de azar (completamente de azar) --lanzar un dado legal-- no son deterministas, pues no podemos predecir de antemano su resultado, pero ésta no es una condición suficiente para que un fenómeno pueda ser considerado como completamente azaroso, es decir, existen fenómenos de los que no podemos predecir su comportamiento y no son de azar. Es ésta una primera característica, según Edward N. Lorenz, de los fenómenos caóticos.
Así, Lorenz utiliza el término CAOS para referirse a un conjunto de procesos o fenómenos que "parecen" comportarse de acuerdo con el azar aunque, de hecho, su desarrollo esté determinado por leyes bien precisas.

Dependencia Sensible

"Por perder un clavo, el caballo perdió la herradura, el jinete perdió al caballo, el jinete no combatió, la batalla se perdió, y con ella perdimos el reino." "El aleteo de una mariposa en Pekín puede provocar un tornado en Texas." La pérdida de un reino y el efecto mariposa no son más que típicos ejemplos de cómo lo "pequeño" puede provocar (originar) lo "grande". Siguiendo en términos de una exposición no rigurosa, hablemos de los sistemas dinámicos. Un Sistema Dinámico podemos considerarlo como una colección de partes que interactúan entre sí y se modifican unas a otras a través del tiempo.
El movimiento regular de los objetos, planetas en órbita, péndulos, resortes, bolas que ruedan..., son fenómenos que se sitúan en lo que llamamos una dinámica lineal, sus comportamientos se describen mediante ecuaciones lineales y las Matemáticas resuelven este tipo de ecuaciones fácilmente. Un Sistema Dinámico decimos que es lineal, cuando pequeños cambios en las condiciones iniciales del sistema no originan grandes cambios en el proceso y resultado final del mismo.
Cuando, por el contrario, la dependencia interactiva entre las partes que configuran el sistema es muy sensible --pequeñas variaciones en las condiciones iniciales provocan cambios substanciales en el resultado final (efecto mariposa)-- decimos que la dinámica que rige el sistema es no lineal, o que el sistema está sujeto a una dinámica caótica.
Una consecuencia inmediata de la dependencia sensible en cualquier sistema es la imposibilidad de realizar predicciones perfectas, ni siquiera mediocres.
Es esta dependencia sensible otra característica que incorporar en la descripción de los fenómenos caóticos; así, podemos decir que un fenómeno es caótico cuando, pareciendo comportarse como un fenómeno de azar, no lo es, las partes que los conforman sufren dependencia sensible o son sensiblemente dependientes.

Fractalidad y Atractores Extraños

Será la Fractalidad, como vemos enseguida, otra cualidad inherente a los procesos caóticos. Desde los comienzos de la creación de la ciencia en Grecia, como cuerpo de doctrina que pretenderá explicar el ser y el comportamiento de nuestro universo, la cultura occidental se ha visto prisionera de la Geometría Euclídea para la explicación de los fenómenos que acaecen, acarreando con ello una cultura heredada de la idea de que los puntos, las líneas, los círculos, los cubos..., son de alguna manera "más naturales" que la propia naturaleza. El mundo platónico, el mundo de las ideas, era el universo en donde estas formas euclídeas, formas perfectas, permanecieran como ideales. Para el mismo Platón, el universo de lo humano se caracterizaba precisamente por lo contrario, la imperfección; el universo humano era una imagen imperfecta del universo utópico basado en las formas de la geometría que Euclides postulaba.
Es de esta manera como hasta nuestros días la cultura y la forma de hacer del hombre siguen intentando presas de la idea platónica y siguen intentando cambiar lo que la naturaleza nos da en sus formas por otras "ideales"; así, el hombre es arquitecto de formas generalmente cúbicas, las ruedas han de ser redondas, los jardines rectangulares o a lo más circulares... Puede que sea esta cultura euclídea de nuestro universo lo que nos lleve a la destrucción de las formas naturales, fomentando el impulso por la creación de ciudades cada
Caos y fractura, por Carlos Ipiéns, Ancile
vez más cuadriculadas tanto en el plano como en el espacio, en todo caso ¿más humanas?
Lo cáustico de esta situación es el uso de la Geometría Euclídea para modelar la naturaleza, de manera que, cuando el modelo no se ajusta a ser explicado con dicha geometría, la ciencia oficial pone en entredicho a la propia naturaleza en vez de a la geometría que utiliza.
Puede decirse que es Benôit Mandelbrot el creador de la geometría fractal, también conocida como geometría de la naturaleza. Después de un periplo profesional bastante largo y variado, Mandelbrot ingresa en la Êcole Normale (París), en el periodo "histórico" en el que nace y se desarrolla en Francia y se exporta a las matemáticas de todo el mundo el fenómeno "Bourbaki". Su dominio en la Êcole Normale fue tan absoluto, e insoportable para Mandelbrot, que huyó de aquella escuela y, diez años después, por la misma razón, de Francia.
Mandelbrot, con su huida, nos suministra una herramienta imprescindible para el estudio del Caos, el objeto fractal, la dimensión fractal, la fractalidad.
Una meta inicial de la nueva geometría fractal es la de descubrir, desde fuera, la forma de diversos objetos, para posteriormente estudiar una de las características principales de cualquier objeto fractal, su dimensión, que no será más que un índice del grado de irregularidad e interrupción que posee. Así, al contrario de las dimensiones habituales (enteras) a las que nos tiene sometidos la Geometría Euclídea, la dimensión de un objeto puede ser muy bien una fracción simple como 1/2 o 5/3 e incluso un número irracional. No obstante, existen objetos fractales, irregulares o interrumpidos, que satisfacen dimensiones enteras 1, 2 y sin embargo no se parecen en nada ni a rectas ni a planos. El término "fractal" nace del adjetivo latino "fractus", que significa interrumpido o irregular.
La geometría elemental no enseña que un punto aislado o un número finito de puntos, constituyen una figura de dimensión 0: que una recta, así como cualquier curva estándar, constituyen figuras de dimensión 1; que un plano o cualquier superficie ordinaria, son figuras de dimensión 2; que un cubo, o una esfera, posee dimensión 3. En la nueva geometría fractal, existen curvas planas muy irregulares para las que su dimensión se encontrará entre 1 y 2, podrá hablarse también en esta geometría de ciertas superficies muy hojaldradas de dimensión intermedia entre 2 y 3, o podremos definir polvos sobre la recta que generan objetos de dimensión comprendida entre 0 y 1.
Como hemos dicho, la dimensión fractal de un objeto es la medida de su grado de irregularidad, considerada a todas las escalas, y puede ser algo mayor que la dimensión geométrica euclídea de un objeto. La dimensión fractal es afín a lo rápido que la medición estimada del objeto aumenta según disminuye el tamaño del instrumento de medida. Una dimensión fractal mayor quiere decir que el fractal es más irregular y que la medición estimada aumenta con mayor rapidez. Para objetos de la Geometría Euclídea (líneas, curvas,...) la dimensión del objeto y su dimensión fractal coinciden.

Caos y fractura, por Carlos Ipiéns, AncileEl espacio de Fase nace como una herramienta en la Física actual, considerado como un espacio hipotético que posee tantas dimensiones como el número de variables necesarias para especificar un estado de un sistema dinámico dado. Las coordenadas de un punto en el espacio de Fase son un conjunto de valores simultáneos de las variables. De esta manera, cualquier estado del sistema parado durante un instante vendrá representado como un punto en el espacio de Fase. Cuando el sistema cambia, el punto se moverá a otra posición del espacio de Fase, y si el sistema se modifica sin tregua de tiempo (con continuidad), el puntodeterminará una trayectoria a la que denominamos órbita. Un ejemplo sencillo para ilustrar este concepto de espacio de Fase, lo constituye un péndulo que oscila sin fricción. Una variable sería la posición y otra la velocidad; las dos cambian continuamente; podemos considerar como espacio de Fase un sistema cartesiano en el que cada eje representa a cada una de las variables. La gráfica que obtendríamos será de una curva más o menos cerrada, la cual se repite una y otra vez siempre.
Para el caso de que el péndulo esté expuesto a fricción, no son necesarias las ecuaciones del movimiento para conocer el resultado final: el péndulo perderá constantemente energía a causa de la fricción, y las trayectorias (órbitas) que describen los puntos del espacio de Fase decrecerán en espiral hacia un punto interior, que representa el estado estable, en este caso, el de la inmovilidad absoluta. Este punto final es el ejemplo de atractor más sencillo posible; lo podemos imaginar como un imán del tamaño de la cabeza de un alfiler. Podemos considerar un atractor en un sistema disipativo como un conjunto límite (puede ser un punto como el de este ejemplo) del cual no emanan órbitas.
Pues bien, la conexión entre la Geometría Fractal y la caología nace de la siguiente situación: cuando representamos en un espacio de Fase el estado de un sistema caótico, las órbitas y losatractores asociados a dicho sistema son objetos de dimensión fractal, este es, son fractales. Son estos atractores de dimensión fractal los que se denominan atractores extraños.

Caos y fractura, por Carlos Ipiéns, Ancile
Atractor de Lorenz
Fue E. N. Lorenz quien en 1963 logró computar el primer atractor extraño, y el primero en descubrir la dimensión fractal de dicho atractor. Este atractor, llamado de Lorenz (véase figura), se caracterizaba por ser estable, de pocas dimensiones y no periódico. Así lo caracteriza J. Gleick, sus órbitas no se cortaban entre sí, sus lazos y espirales eran infinitamente hondos; jamás de juntaban y jamás se intersecaban. Sin embargo, permanecían dentro de un espacio finito, confinados en una casilla. ¿Cómo acontecía aquello? ¿Cómo cabían en un espacio finito innumerables, infinitas órbitas? Esto es la fractalidad.

Podemos concluir la caracterización de los sistemas o fenómenos caóticos, por tanto, como aquellos que, aparentando ser fenómenos de azar, no lo son, presentan una dinámica no lineal (dependencia sensible) y su comportamiento llevado al espacio de Fases se caracteriza por la existencia de atractores extraños, atractores de dimensión fractal.

Presentados los sistemas caóticos y, así, la caología como ciencia que se ocupa de su estudio, podemos, dentro de la caología, presentar dos enfoques básicos generales. En el primero, el Caos se considera como precursor y socio del orden y no como su opuesto. Figura central en esta dirección de investigación del Caos es Ilya Prigogine, Premio Nobel por su trabajo en termodinámica irreversible. El título del libro del que es coautor con Isabelle Stengers, Order out of Caos (Orden a partir del Caos) representa básicamente este enfoque.
El segundo enfoque del que podemos elegir como representantes a E. N. Lorenz, Mitchell Feigenbaum, Benoit Mandelbrot, Robert Shaw... destaca el orden oculto que existe dentro de los sistemas caóticos.
El enfoque de los "atractores extraños" difiere del "orden a partir del Caos" por la atención que presta a los sistemas que siguen siendo caóticos, esto es, los sistemas que no generan orden. Mientras Prigogine considera que la línea del orden a partir del caos (línea filosófica) reside en su capacidad para resolver el problema metafísico de reconciliación entre el ser y el devenir, los defensores de la línea de los atractores extraños destacan la capacidad de los sistemas caóticos para generar información. El orden no sería más que una manifestación del desorden, una anécdota.
De cualquier forma, no podemos dejar pasar cómo "sutilmente" existe un nexo entre ambas direcciones. La herramienta indispensable que utilizan ambas para un tratamiento efectivo del Caos y la Geometría Fractal: el ordenador. Sólo con las nuevas tecnología de la Computación es posible una investigación positiva en estos campos y en cualquiera de las líneas de trabajo aludidas anteriormente. El propio Mandelbrot ha señalado que la Geometría Fractal depende de los ordenadores como ninguna otra geometría dependió antes de un objeto mecanizado; los ordenadores han permitido practicar la Matemática como una "ciencia experimental". Así, los fractales generados por ordenador se desenvuelven en una interacción continua y fluida entre ser
Caos y fractura, por Carlos Ipiéns, Ancile
Ejemplo de estructura fractal
humano y la "inteligencia" de la máquina, resultado que inscribe fuertemente al Caos y la Geometría Fractal como un nuevo paradigma en el seno de lo que hoy día llamamos posmodernismo.
Asistimos con el posmodernismo a un proceso de desnaturalización de todos los contextos que rodean al ser humano y a la vez al propio ser humano. De este modo, los grandes centros de poder de este planeta codician el control de la tecnología de la computación, tecnología que será la herramienta indispensable para controlar lo que ya, no a tan largo plazo, será nuestro nuevo hábitat: el ciberespacio. Frente a esta realidad tan incierta, la figura del hombre se hace cada vez más confusa, se encuentra en parte desterrado en un mundo cada vez más fluctuante y fragmentado.
El individuo se diluye así, bajo el efecto del byte, mientras que el tratamiento informático lo reduce a la existencia estadística para constituir un efectivo, un mercado, un público, un electorado, o simplemente una muestra en un sondeo.
Nos encontramos en el instante de la historia donde se dibuja un horizonte, en el que la creación y la curiosidad dan paso al aburrimiento, la educación a la programación de los individuos; un mundo donde la cultura se atrofia mientras que la ciencia y sus aplicaciones se hipertrofian en todo caso mucha ciencia y poca conciencia.
¿Qué ocurrirá cuando el ser humano quede desnaturalizado y considerado una construcción, un artificio, como cualquier otra cosa? ¿Ese será el momento de la fractura?



 Carlos Rodríguez Ipiens
Artículo remozado de la Revista de Ciencias "Spin Cero" nº 2.



Bibliografía:

Gleick, J. Caos: La creación de una ciencia. Seix Barral.
Mandelbrot, B.(1993): Los objetos fractales. Metatemas 13. Tusquets.
Lorenz, E. N. : La esencia del caos. Debate/Pensamiento.
V.I. Arnold (1987): Teoría de Catástrofes. Alianza Universidad.
A. Kulakov, A. Rumiantsev. (1990). Editorial MIR Moscú.
Prigogine, I. (199): Las leyes del Caos. Crítica (Biblioteca de bolsillo).
Prigogine, I. (1988): ¿Tan solo una ilusión? Una exploración del caos al orden, Barcelona, Tusquets.
Prigogine, I. , Stengers Isabelle (1997): La nueva alianza. Metamorfosis de la ciencia. Alianza Universidad.
Prigogine, I. (1997): El fin de las certidumbres. Taurus.
Prigogine, I. (1997): ¿Tan sólo una ilusión?, una explicación del Caos al Orden. Metatemas.
Prigogine, I. (1998): El nacimiento del tiempo. Metatemas.
Cohn, N. (1995): El Cosmos, el Caos y el mundo venidero. (Las letras de Drakontos). Crítica.
Hayles, N. K. (1993): La evolución del caos: El orden dentro del desorden en las ciencias contemporáneas, Barcelona, Gedisa.
Escohotado, A. (1999): Caos y Orden. Ensayo y Pensamiento. Espasa.
Atlan, H. (1990): Entre el cristal y el humo: Ensayo sobre la organización de lo vivo, Madrid, Debate.
Balandier, G. (1989): El desorden. La teoría del caos y las ciencias sociales. Elogio de la fecundidad del movimiento, Barcelona, Gedisa.
Canetti, E. (1994): Masa y poder, Barcelona, Muchnik Editores.
Kosko, B. (1995): Pensamiento borroso: La nueva ciencia de la lógica borrosa, Barcelona, Grijalbo/Mondadori.





Caos y fractura, por Carlos Ipiéns, Ancile


jueves, 15 de mayo de 2014

MÍMESIS Y POESÍA: TERCERA ENTREGA. MÍMESIS, METÁFORA Y POESÍA.

En relación a la temática de la mímesis en la poesía, entregamos el tercer post sobre dicha temática, esta vez intitulado Mímesis, metáfora y poesía.



Mímesis, metáfora y poesía, Francisco Acuyo, Ancile





MÍMESIS, METÁFORA Y POESÍA









«nam quod attinet ad poesim, magis eligendum est 
appositum ad persuadendum, quod fieri non potest,
 quam non appositum ad persuadendum quod fieri potest 33

Aristóteles: De Poética:  (1461a)


CUANDO ARISTÓTELES manifestaba respecto a la verosimilitud o la necesidad, que no era oficio de poeta contar las cosas como sucedieron, sino como debieron o pudieron haber sucedido, cabría pensarse sin demasiados planteamientos de rigor para un potencial contraste con otros razonamientos, que semejante aseveración vendría a situarnos ante un concepto (y acaso una perspectiva) de la mímesis, a todas señas diferente al apriori ideado por cierto, de forma tan sugerente como poco sistemática) por su entrañable y viejo maestro ateniense. 

La poesía como imitación de caracteres, de emociones, de la intimidad, en fin, del poeta, se vendría a manifestar, a juicio de Aristóteles como actividad mimética, mas, en todo caso, como imitación de lo espiritual y universal; ahora, eso sí, a través de los actos (que nacen de lo singular)34 cuya funcionalidad no puede y no debe deslindarse de la individualidad de los personajes; más bien al contrario: presentando los esenciales del modelo.35 Pero estos modelos deben observar una ejemplaridad siempre fiel al ideal de aquellos sujetos esenciales, referidos atentamente por Aristóteles en su Poética; mas de suerte tal que, bien mirado, pueda sugerirnos un procedimiento que conlleve una búsqueda de referentes en aquellas estructuras esenciales tan selectos como acaso idealizados. Los ecos entre maestro y discípulo pueden resonar con más vigor de lo que, por otra parte, con rara frecuencia reconocemos, y aun estaríamos dispuestos a rechazar, si no fuese porque el criterio eidético no surge del mundo suprasensible, sino de la íntima conexión establecida por Aristóteles con el mundo de lo real, y todo bajo el auspicio y total complicidad del imperio ineludible de los sentidos, pues estos son la fuente primordial de conocimiento (y reconocimiento) de la realidad misma.

No podemos en este instante, aun nada más que comenzar este otro negociado de nuestra apresurada disertación, dejar de plantear nuevas preguntas a interrogantes nuevas, mas siempre con el fin lógico de encontrar otras respuestas aún más flamantes, aunque afecten incluso a viejos planteamientos y vetustas problemáticas que de forma general interesen a la poética; y aunque así mismo nos centremos y busquemos correspondencia sólo con aquello que, tan puntualmente, en el objeto de nuestra exégesis, nos afecta; es decir: el elemento de mímesis aplicado o aplicable a la poesía. 

Podemos, al albur de muy diversas contingencias, indagaciones, conjeturas e hipótesis caer en la cuenta de que nos encontramos ante una situación singular, la cual nos expone a una no menos paradójica (y no muy cómoda) contemplación: la de una sistemática primordial de la literatura que no da cuenta de una pieza que, a nuestro entender, sería clave para la comprensión y encaje no sólo de todas las piezas del puzzle de la mímesis, también de la poética como monumento sistemático de acercamiento al fenómeno literario general y al poético particularmente. Así las cosas, no hay noticia siquiera de la existencia no ya de algún opúsculo
Mímesis, metáfora y poesía, Francisco Acuyo, Ancile
motivo de estudio, ni acaso de algún planteamiento al respecto (aunque hay quien no lo pone en duda) en la poética de Aristóteles sobre lo que, a nuestro juicio, hubiese sido capital: la lírica.

Desde la concepción artística aristotélica y su abandono (aparente) de la belleza (ideal o platónica) centrada en aspectos puntualmente artísticos podemos, sosegadamente, no sólo deducir, también constatar que, si bien su concepto de arte en absoluto es original, sí formula un concepto propio y representativo ya indagado y detallado minuciosa, seria y reflexivamente en esa obra cumbre del pensamiento humano de cualquiera lugar y tiempo como es la Metafísica;36 pero el arte como conocimiento (obviamente incluyendo la literatura y la poesía como tales) no va a ser presentado ya como aquel producto eidético de la inspiración, sino de una consciencia (valga la redundancia) consciente, meditativa y conceptual. La mímesis artística  es tecné y en consecuencia también será ciencia singular. Esta concepción dinámica (y orgánica) del arte y la poesía es fundamental para la comprensión de la naturaleza y concepción de la mímesis, así como de su influjo tantas veces esencial y reconocible en todas las artes de creación o poéticas hasta nuestros días.

Será, por tanto, la mímesis a través del mecanismo del lenguaje (arte verbal) y sus medios peculiares (el ritmo, el uso particular del lenguaje, la armonía...) la que centrará la atención de quienes con toda modestia suscriben estas líneas, y que de ningún modo con toda diligencia  ocultan que miran el asunto con perspectiva tal vez viciada y acaso parcial, y que tiene necesariamente que mostrar en su exposición los prejuicios propios del poeta. Es así que, si bien no pretenden hacer alarde de lo que puede entenderse, si se mira con detenimiento, como virtual defecto, tampoco ocultan el entusiasmo y la certera intuición que tantas veces cuenta sus intervenciones en raros y exclusivos aciertos, y es que la poesía es competente a tantas interrogantes difíciles con sus extraordinarios y singulares mecanismos, para ser fuente peculiar de reveladoras y sugestivas respuestas.

Perfectamente conscientes de las circunstancias personales y de lo incompleto de sus opiniones, quisimos comenzar, por no ser en exceso arbitrarios, por la distinción que afanaba a Aristóteles para la poesía, la cual nos toca también y de forma inevitable en lo personal cuando dice: que será posible aquella (la poesía) no porque esté escrita en verso, sino en tanto que sea mímesis. Manifestación que no se debe tener relegada al olvido por supuestamente superada (incluso en nuestros días) o no debe relajarse en su entendimiento por tan diversos intérpretes como fuera posible: filósofos, artistas, literatos, críticos o poetas. En realidad expresa una preocupación que entendemos debería ser muy actual; y es que a través de su queja se manifiesta la confusión general entre verso y poesía. Cuestión esta, a nuestro juicio, nada baladí, y muy digna de hacerse motivo de reflexión y discusión, como decimos, no sólo para el momento histórico y filosófico de la influencia aristotélica que fue en especial dilatada en el tiempo, sino perfectamente asumible en las asandereadas jornadas que ajetrean y aun azotan nuestro pensamiento actual, acaso no menos confuso en este puntual extremo de nuestras elucubraciones, mas todo ello forzado por lo extraordinario y complejo del devenir literario, pues se ha mostrado confuso al albur de las luces y las sombras de la  época de modernidad y postmodernidad  que nos ha tocado por vivir, y tantas veces para desencuentro de muchos.

Por todo lo cual, nos parece muy oportuno recordar y reconsiderar también al amparo nada desdeñable de su pensamiento filosófico, la clasificación que ofrece de las ciencias aristotélicas, y en lo que afectan estas a las artes de creación, si bien, como de todos es sabido, recogidas selectivamente dentro de las poéticas, las cuales, a su vez, vendrán a servirnos de guía más que considerada (y considerable) con la que, en no pocos momentos ofrecer una muy digna referencia para el establecimiento, cuando menos, de algunos criterios orientativos que serán verdaderamente útiles, pues las más de las veces su lógica aplicada al mundo de lo sensible, será instrumento preliminar y excelente para toda ciencia. 
También nos serviría para la constatación esencial que demuestra que la estructura de la poética viene a sustentarse en el pensamiento filosófico y crítico de una extraordinaria metafísica que, curiosamente, indagará en torno al recuerdo de las ideas, aunque, después, fuesen hábilmente sustituidas por esencias y sustancias inherentes a seres animados e inanimados, y cuya característica fundamental es que presentarán una carta de
Mímesis, metáfora y poesía, Francisco Acuyo, Ancile
naturaleza que, desde luego, no nos resultará a estas alturas en absoluto extraña, por el contrario, del todo familiar: pues manifiestan ser intemporales e inmutables.

Parece del todo inevitable traer a colación aquella frase, convertida ya en máxima (y, por recurrente, tal vez  ineludible) de Alfred North Whitehead,37 que venía a decir que, buena parte (si no toda) de la filosofía occidental viene a ser una serie de notas al pie del pensamiento platónico. En este trance de nuestra exposición no podemos sino recordar el influjo del maestro (Platón), y hacer especial incidencia en lo que nos ocupa, para decir que el posible parentesco de la mímesis platónica (en la denominada de primer grado fundamentalmente) con la aristotélica, resuena como un eco singular e insistente, y así, en él, el mundo ideal, aunque sujeto, eso sí, a los cambios y accidentes provocados por sus respectivas causas (lógica casuística). Para después, y a través de aquellas (causas), contrastar lo que acontece en la realidad natural, habida cuenta también de aquellos cuyos principios y metodología habrían de ser aplicables igualmente al fenómeno literario (y poético). Y con esta determinación racional y lógica, podemos interrogarnos sobre si la poesis (y no sólo en su manifestación lírica) estaría siempre sujeta a tales principios casuísticos, habida cuenta de la evidente determinación (irracional en tantas ocasiones, sobre todo en poesía) 38 de ser en la belleza 39 con la que de forma continuada la verdadera literatura y poesía se manifiesta.

Si Aristóteles insiste en que la poesía no la hace el verso sino la mímesis 40 (pues hay obras escritas en prosa que claramente no son poesía, véanse: los diálogos socráticos) y otras que, aun estando en verso no serían en absoluto poesía, al faltarles el elemento de toque aristotélico para serlo, cual es la mímesis (De rerum natura, de Lucrecio, por ejemplo), cabe hacerse de todo lo cual  una sugestiva conjetura: ¿dónde habría situado Aristóteles a la lírica?, y sobre todo ¿con qué argumentos? Desde luego que no habría encontrado grandes problemas para adecuarla a su teoría mimética y a los principios de causalidad que la sustentan, máxime teniendo en cuenta que la literatura en manifestaciones tales como la tragedia, la epopeya o la comedia eran fácilmente situadas dentro de la fenómenología mímética, pues imitan (sobre todo a los ojos del interesado de la época y de los que mantenían en sintonía con la frecuencia aristotélica) todas ellas las acciones y entidades (probables) del mundo empírico.

Mas ¿sería suficiente el concepto de verosimilitud (como universal) para describir el fenómeno poético-lírico, o no puede parecer dicho concepto del todo improcedente al caso que nos ocupa? De hecho, la poesía, según la vertiente aristotélica, como arte verbal regido por la mímesis, lleva a incluir incluso a la novela. Pero, como decíamos, el propio Aristóteles advertía que el verso desde luego no tiene por qué hacer la poesía, sino que será la mímesis el elemento coyuntural que la define y estructura como tal; mas, también, si hay obras miméticas que no están escritas en verso, y reconocemos otras que estándolo no son poesía, pues falta la mímesis: ¿como consideraríamos la poesía (lírica), con todas sus extraordinarias y extravagantes peculiaridades, a la luz de la mímesis aristotélica? 

¡Cuántas veces hemos visto palidecer lo racional y violarse la lógica de lo probable en poesía! Se nos antoja que Aristóteles (para quien el talento del poeta radica en su capacidad innata) no debía ser del todo ignaro a los caprichos entusiastas que tanto gustaba su maestro de hacer corresponder con la enajenada (e involuntaria) conducta del poeta, totalmente poseso por la locura de la divinidad. Cuando menos, no dejaría de percibir con estupefacción aquellas posibilidades preocupantes que la literatura (más agudizadas acaso en episteme) como de ser en si, 41 es decir: dueña del singular valor de lo ontológico.
Mímesis, metáfora y poesía, Francisco Acuyo, Ancile

Somos libres de fantasear viendo en nuestra imaginación cómo una duda disfrazada de inquietud extraña debió anidar en el espíritu del gran filósofo de Estagira. El interés que trasluce (como decíamos, quizá no fuese motivado tanto porque afectase a la ética didáctica de sus principios poéticos, ni siquiera por una flagrante violación de la mesura primordial en el estilo) por el aspecto metafórico genérico, y por el enigma particularmente no sabemos con certeza a qué responde. Hoy conjeturamos respecto a las afirmaciones de hecho que el propio filósofo hizo sobre el asunto: habla de lo que a su juicio acontece con la metáfora, mas siempre solícita aquella a situaciones lingüísticas concretas, en apariencia, referentes al estilo, mas no de una forma expresa a que pudiese verterse como una conculcación de las leyes de la lógica causal (y no es una trasgresión cualquiera, pues llega a ocurrir dentro y fuera de la obra poética) en virtud de la borrosidad referencial que puede propiciar la metáfora y del ámbito enigmático que puede generar. No nos inclinamos en principio a creer que llegara a plantearse el hecho de que en la poesía no tienen por qué regir las leyes de la causa y el efecto, y menos aún que dicho ámbito poético no necesariamente tuviese que ser explicado para tener entidad autónoma.

Puede ser en verdad incómodo buscar un razonamiento acorde a los principios regidos por la causa y el efecto, y sobre todo para el concepto de mímesis explicar una lógica (o una ciencia de la paradoja) 42 como la que rige en la poesía, porque la verdad que contiene va más allá de la letra, es decir, más allá de la estructura de la realidad que constituyen los hechos con los cuales hacer sus copias y respectivas mímesis; y es que el concepto de verosimilitud poético no tiene que acogerse a la lógica causal, y es que de la poesía parece querer surgir un concepto de universal esencial no definido (y acaso indefinible) que no tiene por qué (hoy lo sabemos) reproducir ninguna realidad empírica. Insistimos, tal vez espoleados por el entusiasmo y la fascinación de una temática nunca del todo resuelta: ¿acaso no era consciente Aristóteles de la singularidad de la poesía (lírica) al mostrar sus reticencias en la manifestación reiterada de la metáfora cuando
Mímesis, metáfora y poesía, Francisco Acuyo, Ancile
excesivamente compleja, capaz de verterse como auténtico enigma transgresor de algo más que de la claridad y la mesura?
Lo irracional es posible para Aristóteles porque puede ser explicado, mas eso será así según una serie de condiciones que pueden marchar: siguiendo las razones y la lógica del propio texto poético, las de un ideal de comportamiento o, mejor todavía, las de la opinión común. 43 Desde luego será preferible lo imposible convincente a lo posible increíble.44 Tener clara conciencia de que lo inverosímil es posible no resuelve lo que a los ojos del lector atento tantas veces no se escapa (sobre todo los reflejos en los  textos más entusiastas): y es que la lógica causal autónoma (poética), aun frente a la lógica de lo sensible, no rige con los mismos principios que deberían ser acordes al fundamento poético de Aristóteles, a saber: la fábula. No siempre se sigue la mímesis de un proceso, ni como adelantábamos una lógica causal, y con frecuencia la temporalidad lineal, armónica a una lógica causal autónoma y verosímil (aplicados con gran éxito a la tragedia) muchas veces se resiste a seguir la integración de las partes (principio, medio y fin) en poesía.
Se nos antoja (creemos que no caprichosamente) que la poesía (lírica) ponía (y pone) en seria duda la estructura fundamental de la fábula, y con ella, la de la mímesis (si ambas dos indisociables) como fórmula explicativa de lo que la poesía fuese, pues violaría en múltiples ocasiones el proceso mimético de acción individual, de la lógica causal, así como la temporalidad lineal y su correspondiente estructuración de los hechos acorde a una lógica causal autónoma y verosímil.

Con no poca prevención y recato Platón se manifestaba respecto a la alegoría (precisamente como alternativa poética donde las interpretaciones llevadas a cabo pudieran ser ciertas) pero según sus indagaciones imponían una complejidad tan extremada que sólo será viable para sabios o iniciados, cuya esmerada formación permitiera un grado aceptable de comprensión de la misma.

Si observamos los mecanismos reconocidos por Aristóteles para la construcción de la metáfora (y su posterior y lógica incidencia en los medios exegéticos de comprensión de la misma)  veremos que habría de girar en torno a su naturaleza lingüística singular y a su función de enlace semántico (y de la cual, posteriormente, habrían de derivarse tropos y figuras). Además,  aun partiendo de la posibilidad del nombre originario (o propio) en el lenguaje general (y en el poético particularmente) y aun reconociendo también, entonces, su relación con la realidad, no dejará de provocar serias dudas para su adecuación al concepto de la mímesis. El propio Platón (en el Cratilo), 45 al establecer serias dudas a la posibilidad de una relación acorde entre lenguaje y realidad, proponía un marco de incertidumbre  basado en el hecho de que el poeta, en su intento de expresar bellamente, quisiera separarse de lo normal 46 (y de la realidad sensible y racional muchas veces) para elevar el uso del lenguaje.

Así pues, si la mímesis y la fábula son indisociables y ambas, a su vez, se ofrecen perfectamente unidas a la realidad visible, nos encontramos con una seria contradicción que, se diría en primera instancia, explica la prevención de Aristóteles respecto al uso de determinadas metáforas. Nos parece de veras apasionante esta posibilidad, máxime si reparamos en el tratamiento tan moderno que hace Aristóteles del lenguaje, pues parte en su definición y posterior estructuración del esquema de diferencias y semejanzas, que tanto lo emparentan a la lingüística moderna.

No es casualidad que en su clasificación de los nombres, Aristóteles, coloque al mismo nivel el nombre raro, el inventado y la metáfora. No entraremos en este punto en detalle, ni sobre la metáfora como fórmula esencial con la que rellenar los huecos semánticos (catacresis) y toda su extraordinaria complejidad, estudiada tan admirablemente en nuestra actual historia de la teoría del lenguaje literario, por Ortega y 47  no obstante, queremos trascender la vía de lo puramente estético o didáctico en Aristóteles, para considerar la posibilidad, desde su misma sistemática, de trascender la funcionalidad ornamental y apreciar que el límite establecido por la claridad y la mesura respecto a la metáfora y el enigma, no es sólo una frontera de estilo, pues de la presunta oscuridad de la metáfora no solamente surge la imposibilidad de una comunicación clara, además, resulta imposible la mímesis porque no hay conexión de semejanzas. El reconocimiento de las cualidades innatas para la realización de una metáfora idónea hacen pensar, por su situación excéntrica, en la lógica metafísica aristotélica, mas en una suerte de conexión con la que, la poesía, mantiene la posibilidad de entenderse también trascendiendo la elocutio y la mera consecución de lo bello, 48 para hacer una apreciación de la aquella, de la poesía, con un carácter ontológico que sobrepasa la mímesis para ser en la verdad. 49
Mímesis, metáfora y poesía, Francisco Acuyo, Ancile

Hoy no nos parece en absoluto extraño que la metáfora poética resuelva toda su complejidad trascendiendo la cuestión de la posibilidad o imposibilidad del nombre originario (o propio), pues se mueve sobrepasando  los límites del propio discurso, del propio enunciado literario y lingüístico, para situarse como vínculo esencial entre la realidad del continuo fluir o devenir de las cosas en el mundo, y la realidad del ser en cada cosa, y será precisamente en este ámbito poético donde los elementos de mímesis necesarios se diluyan para ser en poesía.
¿Hasta qué punto tiene necesariamente la poesía porqué reproducir o imitar o representar lo que verosimilmente pueda acaecer (ta genomena)? ¿Acaso puede resultar esta una interrogante excesivamente moderna para ser aplicada al momento y concepción aristotélica, tanto aplicada  a la mímesis como a la propia poesía? No debiéramos entenderlo así, habida cuenta de la extraordinaria influencia hasta prácticamente nuestros días de un pensamiento y una sistemática verdaderamente poderosos. No obstante, veremos que tal apreciación puede sernos de gran utilidad para desgranar (entre otros)  algunos aspectos más o menos complicados como los que tan apresuradamente cotejamos de la imitación aristotélica.

Explicar el fenómeno estrictamente poético a través de la mímesis estaría sujeto a múltiples contradicciones, las cuales serían no solamente reseñables bajo la óptica de una sistemática estético-filosófica moderna (Kant, Hegel...),50 pues creemos que desde los mismos presupuestos aristotélico-platónicos cabía señalar una perspectiva más sutil y coincidente con la naturaleza del fenómeno poético y que, desde luego, no pretende resolver la cuestión de por qué un sistema tan refinado e influyente de pensamiento como el Aristotélico no afina lo suficiente el concepto de mímesis y de Poesía como para acercarlo a la redescripción (creación artística) de una nueva realidad, ya tan plenamente moderna. No digamos, por parte de Platón, cuya concepción de la literatura, tan desdeñada como fuente de saber no es admitida y ni mucho menos como recreación metafísica de la realidad al mismo nivel y reconocimiento que la filosofía, 

Que la mímesis aristotélica sea propuesta como antagonista de la platónica nos parece, cuando menos, una exagerada convención no tanto filosófica como literaria. A modo de conclusión, preguntaría hasta que punto la poesía (lírica) recibe o necesita para su fundamento del proceso mimético, si verdadera poesía ¿No será porque la poesía está alejada, por su propia naturaleza, de aquel proceso de ajuste y de modificación mimética que se supone debe adaptarla a la realidad? ¿O no será sólo por ser ella misma una incómoda realidad ideal autónoma? ¿O, también, porque aspira a la integridad, a la plenitud desde donde se comparte lo externo y lo interno, mas no como un reflejo susceptible de ser asumido e imitado, sino en virtud de su capacidad de percepción inmediata del ser?

Y es que en poesía, los bien advertidos saben que no consiste el premio tanto en ser primero en tiempo y sociedad, como en aquella eminencia de ser en la belleza, donde tan generosamente sí habita la poesía.



                                                                                      Francisco Acuyo

Notas


33 «En orden a la poesía es preferible lo imposible convincente a lo posible increíble»  Aristóteles: «Ars Poética». Ob. cit. nota 5
34 Hugo Montes: ob.cit. nota 25.
35 Aristóteles: Ver nota 31.
36 Aristóteles: Metafísica, Gredos, Madrid 2000.
37 Whitehead, A. N.: por I.M. Bochenski: Filosofía del ser, La filosofía actual, Fondos de Cultura Económica, México, 1981.
38 Se anuncia la sublimidad emotiva de Longino. Longino: Sobre lo sublime, Gredos, Madrid, 1998.
39 Francisco Acuyo: Ob. cit. notas 2, 22 y 37.
40 Aristóteles: Ob cit. nota 12
41 Heidegger, M.: Arte y Poesía, Fondo de Cultura Económica, México, 1985.
42 Francisco Acuyo: ob. cit. notas 2, 22 y 37.
43 Aristóteles: ob. cit. notas 12 y 42.
44 Aristóteles: ob. cit. notas 12, 42 y 45.
45 Platón: Cratilo, Gredos, Madrid, 2000.
46 Antecedente claro de la concepción sublime del estilo en la poesía. Ob. cit. nota 40.
47 Paul Ricoeur, de Sultana Wahnón: El significado de las metáforas: sobre una teoría de de Paul Ricoeur, Philológica, Universidad de Extremadura, 1996
48 Aunque parece aproximarse a Longino, esta apreciación en realidad lo trasciende, pues se acerca a una visión más que sublime, ontológica de la poesía. 
49 Heidegger, M.: Ob. cit. nota 43.
50 Hegel: Lecciones de estética. De lo bello y sus formas, Espasa calpe, Austral, Madrid ,1958. Kant, E.: Observaciones acerca de lo bello y de lo sublime, Alianza Editorial, Madrid, 1990.

Mímesis, metáfora y poesía, Francisco Acuyo, Ancile


martes, 13 de mayo de 2014

KANT Y LA MUJER, PRIMERA ENTREGA, POR EL PROFESOR TOMÁS MORENO

Nos complace muy gratamente ofrecer nuestra sección de microensayos del blog Ancile con una entrada del profesor y filósofo Tomás Moreno, bajo el título Kant y la mujer, en su primera entrega, donde nos ofrece el peculiar concepto del filósofo de Königsberg sobre la mujer.

Kant y la mujer 1, Ancile, Tomás Moreno, Ancile



KANT Y LA MUJER, PRIMERA ENTREGA, 
POR EL PROFESOR TOMÁS MORENO



Kant y la mujer 1, Ancile, Tomás Moreno, Ancile


KANT Y LA MUJER (1ª Parte).

I. Immanuel Kant. Perfil psico-biográfico de un filósofo solterón
Nacido en Königsberg[1] en 1724, de humilde extracción social y lejanos orígenes escoceses. Su padre, Johann Georg, era guarnicionero-talabartero; su madre, de profunda religiosidad luterana pietista. De sus ocho hermanos y hermanas, sólo cuatro llegaron a la edad adulta. Immanuel no se relacionó con ninguno de ellos, ni siquiera con su hermano Johann Heinrich, pastor luterano. Inteligente y dotado para el estudio, pero de escasos medios económicos, pudo estudiar en el Collegium Fridericianum (entre 1732 y 1734) gracias a la comunidad luterana de su ciudad natal. Su educación escolar estuvo, pues, marcada por un estricto protestantismo pietista.
            Aunque se han escrito diversas y autorizadas biografías del filósofo[2], los obstáculos para el conocimiento de su vida son grandes: “No existe un diario; los detalles sobre su vida son escasos; hay que buscarlos entre lo que por casualidad dejó caer y entre los recuerdos de quienes estuvieron más cercanos a M. Kuhen, uno de sus biógrafos más recientes[3].
Kant y la mujer 1, Ancile, Tomás Moreno, Ancile

            Tras la muerte de su padre en 1746  y una vez terminados sus estudios formales en la universidad, en 1748, el “maestrito”, como lo llamaba su colega Haman[4], pasó varias décadas como preceptor privado en casas de familias ricas, en particular en casa del conde de Keyserling. La mayoría de los filósofos e intelectuales de la época harán lo mismo, viviendo con esas familias burguesas o aristócratas como una especie de criados más o menos distinguidos. Según su biógrafo M. Kuhen, durante sus primeros años de preceptor y docente, sus ingresos fueron tan escasos que hasta tuvo que vender algunos de sus libros para obtener míseras cantidades con las que subsistir. En una ocasión, sus amigos hicieron una colecta para comprarle un abrigo nuevo, pues el que llevaba se le caía a pedazos
            Su situación cambió radicalmente en cuanto lo contrataron como profesor en la Universidad de Königsberg. Entonces Kant transformó su apariencia y se convirtió en un “elegante magister” al que se recibía en las mejores casas. Para preparar sus variadas clases, tenía un método sencillo y eficaz: leer los periódicos y relatos de viajeros. Además de sus retribuciones de profesor recibía un pequeño sueldo de la autoridad real como segundo bibliotecario.
            La celebridad le llegó al filósofo algo tarde, a partir de los 57 años cuando publicó “Crítica de la razón pura”. Desde entonces, ya catedrático, su fama como profesor se haría proverbial; sus clases eran tan interesantes que los alumnos acudían con una hora de antelación para coger sitio en el aula. Como tenía que Martin Lampe para que lo despertara, pues él sólo hubiera sido incapaz de hacerlo. Su fiel criado le ayudó a seguir una vida disciplinada. Impartió sus clases hasta los setenta y cinco años, habiéndose dedicado a la tarea educativa durante unos cuarenta y cinco años.
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levantarse muy temprano para impartir sus lecciones, contrató a su fiel criado
            Hasta esas fechas su economía había sido también bastante modesta y su alimentación, como su vida, muy austera (solía frecuentar modestos bares o restaurantes en los que servían comidas para solteros y militares). No tuvo casa en propiedad hasta el 30 de diciembre de 1783, a la edad de 59 años, momento en el que, Kant se decidió a comprar su residencia definitiva. Al parecer este hecho cambió radicalmente sus hábitos y costumbres sociales. Pero, en realidad, la causa de este cambio brusco de sus costumbres no fue la adquisición de esa nueva residencia sino la muerte el 27 de junio de 1786, de su íntimo y gran amigo Green[5] -comerciante inglés soltero y excéntrico, al que solía visitar por la tarde casi todos los días de la semana-, acontecimiento que trastocó su vida hasta el punto de prescindir de sus acostumbradas salidas nocturnas. Desde entonces y hasta el momento de su propia muerte, acaecida dieciocho años después, Kant estuvo mucho más solo y desamparado.
            E. Wasianski, íntimo colaborador de Kant en la etapa final de su vida, fue quien levantó acta de las horas finales del filósofo. El 8 de octubre de 1803 su estado de salud empeoró drásticamente. El 12 de febrero de 1804, a las once de la mañana, Kant moría, en su ciudad natal, cuando le faltaban escasamente dos meses para cumplir los ochenta años, ya muy disminuido, víctima de una demencia senil[6]. El cortejo fúnebre estuvo encabezado por veinticuatro amigos.
            Veintitrés años después de la muerte del filósofo y llevado por una mezcla de admiración y morbo, Thomas de Quincey el heterodoxo y singular escritor inglés escribió Los últimos días de Emmanuel Kant, un opúsculo que inspirado en el relato de Wasianski, donde nos ofrece un retrato del filósofo como un hombre perfecto, o mejor, como un cadáver perfecto, porque el hagiógrafo se recrea en la decadencia física y mental de una de las mentes más influyentes de la historia[7]. Vivió ochenta años en una época en que lo normal era morir a los sesenta: la vida metódica, extremada en sus últimos años, fue también una estrategia para conservarse sano.
            Kant vivió siempre en su Königsberg natal, cabeza de puente alemana en tierra eslava y ocupada por los rusos entre 1758 y 1762. Mientras que sus contemporáneos, los filósofos ilustrados -Diderot, Hume, Helvetius y Holbach etc.- viajaban incansablemente por Europa, Immanuel fue el prototipo del filósofo noHeinrich Heine retrató en 1834 a nuestro filósofo más que como a un hombre de carne y hueso como a una cabeza pensante sin más actividad que la de su raciocinio, llegando a escribir : "La historia de Immanuel Kant es difícil de describir. No tuvo ni vida, ni historia. Vivió una vida mecánicamente ordenada, casi abstracta de solterón".
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            Esta imagen de Kant popularizada por Heine era la acuñada por sus primeros biógrafos: Jachmann, Wasianski y Boronwski, artífices del retrato acartonado de su admirado maestro. Los tres lo conocieron y fueron sus amigos, pero el retrato que presentaron al mundo es el de un hombre anciano, célebre como pensador riguroso gracias a sus geniales obras, las tres “Críticas” (de la razón pura, de la razón práctica y de la facultad de juzgar), escritas entre los sesenta y los setenta años.
            Dada su ordenada vida, su existencia cotidiana era previsible en extremo además de anodina. Sus horarios eran una especie de mecanismo de precisión, inflexible: levantarse, desayunar, escribir, dar clase, comer, pasear, leer y dormir; su puntualidad era tan exquisita que sus conciudadanos podían estar seguros de que eran justo las 3.30 cuando el sabio y digno soltero salía a dar su paseo diario. Este paseo de rigor, diluviase o quemara el sol, sólo lo suspendió Kant en una ocasión: una tarde en la que, entusiasmado con la lectura del “Emilio” de Rousseau -su gran maestro junto a Hume-, se olvidó por completo de su periplo cotidiano[8]. Una de sus aficiones o diversiones era jugar al billar y apostar en las partidas del juego.  
            Kant, hombre de baja estatura (de apenas un metro cincuenta), delgado, gran cabeza, espalda deformada, con el hombro derecho más alto que el izquierdo, tenía una permanente obsesión: llegar a viejo y, por lo tanto, no malgastar sus fuerzas: "Yo creo que, a causa de mi pecho plano y estrecho, que deja poco sitio para los movimientos del corazón y el pulmón, tengo una disposición natural a la hipocondría que tiempo atrás incluso provocaba repugnancia de vivir", escribirá en La disputa de las Facultades.
            Eso explica sus horarios y su régimen de vida, orientados a no derrochar su energía vital. En verano caminaba muy despacio para evitar la transpiración. Vestir un traje ligero le permitía moverse con agilidad al aire libre[9]. Desde este punto de vista, Kant es un hombre de su siglo, cercano a los higienistas del estilo del médico suizo Tissot. Sexualidad, alimentación, conversación, paseo, estudio, escritura: todo debería estar regulado para vivir a fuego lento, como un pequeño ahorrador.
            Era una persona muy sociable y amable, de talante jovial e incluso ingenioso y aunque de temperamento melancólico, sujeto a insomnios, ensoñaciones y angustias nunca llegó a padecer neurosis, ni ataques de soledad, nada tampoco de megalomanía. Le encantaba invitar a comer a su casa a ciudadanos eminentes de la ciudad: altos funcionarios gubernamentales, predicadores, aristócratas, damas nobles y paseo digestivo). Sus conversaciones versaban sobre ciencias y sobre personas conocidas de la ciudad, además de chismorreos o temas gastronómicos medicinales de la vida cotidiana (como el placer de fumar en pipa, beber vino, aspirar rape o sobre las propiedades del te) y de los asuntos políticos.
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comerciantes, y, habitualmente, la sobremesa y tertulia se alargaba hasta las siete o las ocho de la tarde (de ahí el famoso
            Amante de la buena comida, fue un excelente gourmet: la elección de los platos era un momento esperado por Kant tanto cuando solía comer fuera de casa[10] como cuando ejercía de anfitrión en la suya. Le gustaba, pues, el trato de la gente, la vida social, asistir al teatro -Kant iba regularmente al teatro con sus amigos, Goeschen, Jacobi y Hippel, a un palco que alquilaban a tal efecto.
            En lo referente a su concepción de la sexualidad y del matrimonio tal vez sean sus Principios metafísicos del derecho, de 1796, la obra que mejor pueda orientarnos al respecto. Su tesis la expone en el apartado dedicado al “Derecho conyugal” en donde habla del llamado “comercio sexual”, que, entendido de forma muy amplia, se define como la utilización recíproca de los órganos y atributos sexuales de un individuo de sexo diferente. El fin del matrimonio es desde luego procrear y educar a los hijos. Pero, si la procreación es un fin que la naturaleza persigue y anhela para su propia regeneración, no lo es de manera exclusiva de la unión de los esposos: el goce sexual mutuo basta para fundamentar la unión sexual. Un planteamiento que lo hace extrañamente avanzado para su tiempo y que legitima la unión matrimonial en el ámbito de la razón, pero también de la naturaleza, como expresión del mutuo amor o del mero apetito o instinto sexual humano.
                A pesar de las ventajas que encuentra en el matrimonio Kant también plantea sus inconvenientes. En este sentido afirma que los hombres que permanecen célibes mantienen un aspecto juvenil durante más tiempo a causa de este menor gasto espermático (¡). Tan peregrina idea pudo serle sugerida por las ideas higienistas de Tissot, muy en boga en su tiempo, quien muy riguroso en relación a las prácticas sexuales sostenía que la práctica del onanismo amenazaba al macho de muerte por la pérdida de su sustancia viril. Su rechazo de tales prácticas autoeróticas será contundente: “Antes una prostituta que la práctica onanista”, solía recomendar Kant a los jóvenes. No hay nada, en fin, como la abstinencia ya que, como decía el médico del siglo XVII Francois-Mercure Van Helmot: “Si la simiente no es emitida, se transforma en una fuerza natural”.
            Muy dotado para las relaciones sociales y los cumplidos, y muy elocuente, desde joven Kant era bienvenido en los salones. Pese a su no muy agraciado aspecto físico, al parecer gustaba a las damas por su vivacidad y atractiva personalidad. Su interés por las mujeres es visible en sus  [11], que escribió a la edad de 40 años y en sus escritos antropológicos: Antropología Práctica (de 1785)[12], luego ampliada en Antropología en sentido pragmático (de 1798)[13]. En las Observaciones distingue entre las mujeres agradables y las encantadoras, habla de las risueñas miradas que perturban a un hombre. Incluso en su ancianidad, refiere Ben-Ami Schfarstein[14], conservaba su sentido de la belleza y del encanto femeninoWinckelmann, y también a no dudar por su propia inclinación natural. Kant escribirá en sus notas que la belleza femenina es sólo relativa, la masculina absoluta. Por eso es por lo que "los animales machos son bellos a nuestros ojos, porque tienen relativamente poco encanto para nuestros sentidos".
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aunque tal vez influido, por
            Lo cierto es que, con todo, Kant fue reacio al matrimonio, y permaneció célibe toda su vida. No obstante, al parecer Kant tuvo la tentación o intención de casarse en dos ocasiones: en una de ellas con una simpática y hermosa viuda; pero comenzó a calcular los ingresos y los gastos, y aplazó su decisión de un día para otro hasta que ella le abandonó para casarse con otro. Cuenta Josep Muñoz Redón[15] que se conserva una carta que recibió a la edad de treinta y ocho años, fechada en 1762, donde una joven dama casada del círculo intelectual que frecuentaba -María Charlotte Jacobi- le hizo una insinuación o proposición de cita amorosa en toda regla (que volvería a repetir en 1766), sin éxito.
            Luego hubo una bella muchacha de Westfalia cuya compañía le complacía; pero era dama de compañía en los viajes de una mujer, y cuando él se decidió a visitarla resultó que estaba ausente. También se le relacionó con otras damas ocasionalmente. Según un amigo íntimo, su máxima era: “Uno no debe casarse”. Cuando ya tenía 70 años, la prometida del hijo de su amigo Motherby le gustó tanto que siempre le pedía que se sentara en la mesa donde él pudiera verla. Tal vez su menesterosa economía inicial pudo tener que ver con su soltería. Ya de viejo, se cuenta que dijo Kant: "Cuando necesité a las mujeres, no me las podía permitir económicamente, y cuando me las pude permitir, ya no las necesitaba".
            El celibato de Kant –ni esposa, ni novia, ni amante, ni visitas al prostíbulo- se entiende mejor desde la perspectiva higienista de Tissot y de Van Helmot que Kant seguía y a la que ya aludimos antes. Otros lo achacan a su fijación con la figura materna, una idea de importancia en Freud, para quien la imagen de la madre queda como el modelo que todas las figuras femeninas deberán en el futuro más o menos seguir o imitar. Los juicios reticentes de Kant sobre las mujeres sorprenden cuando se los compara con los indefectiblemente favorables que formulaba sobre su madre Regina Reuter -fallecida cuando él tenía sólo 13 años- que formó su carácter y cuya educación pietista tanto marcó a su hijo, inspirándole el rigor moral que caracteriza su ética. 


                                                                                                           Tomás Moreno



[1] Prusia Oriental, a orillas del Pregel, después se cambió su nombre por el de Kaliningrado.
[2] Hasta hoy, la biografía más documentada con la que contábamos era la de Karl Vorländer: Immanuel Kant. Der Mann und das Werk, F. Meiner, 1924. Las más recientes son las de Stefen Dietzsch, Immanuel Kant, editorial Reclam, 2003, Manfred Geier, El mundo de Kant, Rowohlt, 2003 y Manfred Kuhen, Kanttrad. de Carmen García-Trevijano Forte, Acento, Madrid, 2003. Los tres biógrafos –todos ellos reconocidos especialistas en la obra de Kant- se han concentrado en la vida intelectual del filósofo, en su carrera académica, y cómo ésta se vio marcada por los grandes debates del siglo XVIII. Sus ideas -señala Manfred Kuhen- fueron reacciones al clima cultural de su tiempo. Incluso acontecimientos relativamente lejanos como las revoluciones americana y francesa tuvieron un claro impacto sobre él, y, por consiguiente, sobre su obra.
[3] Manfred Kuhen, Kant, op. cit.
[4] Johann Georg Haman (1730-1788), llamado el Mago del Norte, defensor de un pensamiento místico que influyó en Goethe.
[5] Josep Muñoz Redón, Las razones del corazón. Los filósofos y el amor, Ariel, Barcelona, 2008, pp. 54 y 55. Según Muñoz Redón no se sabe con seguridad la fecha de su primer encuentro, lo que sí se sabe es que a partir de ella se vieron cada día durante el resto de sus vidas. Debía ser poco antes de 1766. Hay otra fundamental afinidad: su vida estaba regida por el reloj y el calendario, y de qué manera. Corría el rumor, por aquella época, que Von Hippel se había inspirado en él para crear el personaje principal de su comedia "El hombre del reloj". Green comerciaba en granos, arenques, carbón y productos manufacturados. Pero, estaba menos pendiente de esta parte profesional de su vida que de sus aficiones: nuevas ideas, descubrimientos, ciencia. La relación llegó a ser tan estrecha que Kant le cedía sus pocos o muchos ahorros para que éste los invirtiera. Antes de conocerle Kant jugaba a cartas, iba al teatro, a conciertos, frecuentaba las tabernas. Todo esto se terminó para complacer a su nuevo amigo..
[6] Véase: Francisco Mora, Genios, locos  y perversos, Alianza, Madrid, 2009, pp. 119-12. Según el neurocientífico español, cumplidos los 71 años, en 1796, se iniciaría la enfermedad mental de Kant -tal vez el mal de Alzheimer- con algunos leves síntomas de pérdida de memoria, incapacidad de concentración etc., que se agravaron dos años después, en 1799. Entre 1802 y 1803  aparecieron serias alteraciones en su personalidad y episodios de desorientación espacial, incapacidad de expresarse y conductas estereotipadas y sin sentido, que se acentuaron progresivamente hasta su muerte el 12 de febrero de 1804.
[7] E. Wasianski y T. de Quincey, Vida íntima de Kant, trad. de José María Borrás, Renacimiento, Sevilla, 2003.
[8] Su sirviente (entre 1762 y 1802) Martin Lampe -que se encargaba de todos los asuntos prácticos de su casa, limpieza, orden, recados-  lo despertaba cinco minutos antes de las cinco, a fin de que estuviera sentado a la mesa a las cinco en punto. Después de haberse tomado su taza de té y fumado su pipa, preparaba sus clases hasta las 7; daba clases hasta la una menos cuarto, para inmediatamente después pasar a la mesa. A continuación, a las cuatro en punto, daba un paseo digestivo hasta la fortaleza de Friedrichsburg. De regreso en su gabinete, tiempo de meditación, lectura y escribir cartas. Al sonar la sexta campanada, se pone de nuevo a trabajar en su estudio. A las diez menos cuarto, acaba su jornada de trabajo. A las diez se acuesta.
[9] Kant tiene la manía de respirar manteniendo los labios cerrados. En La disputa de las Facultades señala que una ventaja accesoria de esta costumbre, cuando se está sólo y no se está departiendo con alguien, es la siguiente: la saliva, que es constantemente segregada, humedece el gaznate, actúa al mismo tiempo como método digestivo estomacal y también se puede tragar como laxativo, si se está lo suficientemente decidido a no desperdiciarla como consecuencia de la mala costumbre de escupir.
[10] Sobre todas estas anécdotas biográficas, vid. también: Josep Muñoz Redón, La cocina del pensamiento,  RBA, Barcelona, 2005, pp. 13-131.
[11] Immanuel Kant, Observaciones acerca del sentimiento de lo bello y de lo sublime, introducción, traducción y notas de Luis Jiménez Moreno, Alianza editorial, Madrid, 2008. En adelante citamos por las siglas: O B S (las numeraciones al margen corresponden a la paginación generalizada en la edición de la Academia de Berlín, separando cada página por/).
[12]Antropología práctica (Según el manuscrito inédito de C. C. Mrongovius, fechado en 1785), edición preparada por Roberto Rodríguez Aramayo, Tecnos,  Madrid, 2007. En adelante citamos como A P (con el añadido de la numeración del original transcrito por W. Stark).
[13] Antropología en sentido pragmático, versión cast. de J. Gaos, Madrid, Alianza Editorial, 1991. En adelante: A S P.
[14] Ben-Ami Schfarstein, Los Filósofos y sus Vidas. Para una historia psicológica de la filosofía, Cátedra, Madrid, 1984, pp. 221- 242.
[15] Las razones del corazón. Los filósofos y el Amor, op. cit. pp. 47-55.  



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