domingo, 4 de diciembre de 2016

IDENTIDAD Y ALTERIDAD DE LA ESPERANZA

Para la secciones, Pensamiento, y, Poesía, del blog Ancile, respectivamente, he querido incluir dos post dedicados a la memoria de Alfonso Alcalá, amigo y director que fue del Patronato Federico García Lorca, quien tan inesperadamente nos dejó en el mes de noviembre de este año 2016. El primero es una suerte de humilde reflexión ante lo que estos tristísimos acontecimientos me procuran, y que lleva por título, Identidad y alteridad de la esperanza; el segundo, un poema que evoca tiempo y espacio compartidos que se titula, Jardín de invierno.
También dedicado a Alfonso Alcalá: Jardín de invierno y Abandonado.


Identidad y alteridad de la esperanza, Francisco Acuyo
De Óscar Domínguez



IDENTIDAD Y ALTERIDAD DE LA ESPERANZA

A la memoria de Alfonso Alcalá

Identidad y alteridad de la esperanza, Francisco Acuyo

Que momentos hay en los que se vienen a creer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de nuestra disposición vital en los mejores momentos, en una visión del mundo y de nuestra existencia gratos, felices, esperanzados, es sin duda un hecho acaso constatable casi por todos. Pero también que, todo ello juntamente se va por tierra de manera violenta ante la brutal colisión con la realidad transitoria (y si cabe inexplicable) de nuestras vidas. Así sucede ante la pérdida del amigo –del ser querido- que abandona –nos abandona- inesperada y asombrosamente y nos impide su contacto material, emocional -y espiritual, si vemos lo más profundo de los lazos que conectan nuestras vidas psíquicas con el ausente- ante nuestra estupefacta y todavía no muy consciente realidad de su ausencia. Aquel otro yo mismo ya no está y nuestra identidad se hace confusa ante la privación de aquella alteridad que nos motivaba a ver algo más de bondad, de inteligencia, de entrega, si así nos regalaba tantas veces la vida el ausente muy querido.
Desde que John Duns Scotus,[1] en Le príncipe d’individuation hasta nuestros días, es innegable la seria controversia entre la realidad incuestionable de las aspiraciones y personalidad del individuo frente al homo aequalis, la mente planetaria –de internet- o al ciudadano igualado de las sociedades democráticas (también, no lo olvidemos, al igualitarismo  impuesto por la tiranía jacobina, marxista o nacional socialista verificable a lo largo de nuestra historia), y esto expone una situación verdaderamente compleja a la hora de establecer los valores de conciencia preeminentes entre nuestra sociedad y nuestras personalidades.
Identidad y alteridad de la esperanza, Francisco Acuyo                  Hubo un tiempo en  que el alma que habitaba en el cuerpo de todo individuo marcaba diferencias notables entre unos y otros mortales, y todo en virtud de su acción terrenal y del balance a cuenta de inventario de su alma inmortal; filósofos eminentes[2] debatían la cuestión de la individuación como una realidad incontestable. El hombre era persona individual, única, irrepetible en virtud siempre de su alma imperecedera, teniendo esta personalidad su valor indiscutible en la disparitate (desigualdad) de su espíritu, aun unida a unos huesos y a una carne (Aquino y sobre todo Scoto),  y reconociendo que sólo existe una subordinación del individuo a la universitas de una humanidad esperanzada, así como de todos los seres en armonía con el mundo.
                  Pero un día, cuando Dios hubo muerto[3], y con él el alma inmortal ya puesta en certera y muy insegura comparescencia, quedó resolutamente clara la angustiosa soledad del hombre ante la sórdida, inevitable y muy sólida presencia de la muerte. Somos un simple (y, no obstante, todavía inexplicable) producto de la evolución; la razón petrificadora, de la que hablaba Novalis se ha impuesto a hierro y fuego en la conciencia  (nihilista, inevitablemente) de la estirpe de los hombres -modernos-. Somos, si acaso, artefactos más o menos complejos, curiosos de toda suerte de estudio no menos mecanicista que nos relega a objeto, sí, a cosa digna de entendimiento y sobre todo de análisis. Así pues, el individuo no es más que un conjunto (combinación efímera)[4] de genes, a lo más un sistema químico autónomo capaz de autopropagarse[5], o un  integrón[6], más complejo que una célula pero menos que la sociedad.[7]
                  La extrema cosificación de la persona me hace meditar profundamente ante la ausencia del que se fue y, no obstante, deja una profunda e indeleble huella. Esta marca imborrable del personaje amado es, sin embargo, el signo, el estigma, el vestigio incuestionable del ser. El individuum, si en verdad no puede ser dividido, es lo que marca sobre cada cual lo mejor de los otros. Si, según Leibniz, todo lo que no es auténticamente un ser, tampoco es auténticamente un ser[8], parece claro que aquella marca del ser que fue y en nosotros y los que vendrán queda siendo ser, es el signo del ser imperecedero. Esta unidad, más allá y más acá del material constructo, en sus iniciales y más primigenias consistencias o semina rerum – quarks, leptones, gluones, fotones…-  de nuestro mundo, da cuenta del origen de nuestro universo, que es decir de nosotros mismos. El entendimiento de esto es caer en la cuenta de que hay una relación insoslayable con aquello que los teólogos denominaban la jerarquía de las perfecciones y que se manifiestan en la dinamicidad del universo y en la transición de lo inanimado a lo animado vivo, orgánico e imprevisible en tantas ocasiones, y, sin duda, en la potencia consciente y creativa de sus criaturas.
                  Pudiera parecer que en la  humilde profesión de mi modesto ejercicio, tan poca cosa: poeta y lector -de poesía- no debiera entrar en disquisiciones que sin duda superan mis limitadas capacidades, y que solo alcance a balbucir sin demasiado orden argumentos inconexos sobre la razón de ser o el sentido (no sé si oculto) de nuestras vidas. En cualquier caso no puedo bajo ningún concepto relegar el ímpetu de mi vida, de mi corazón siempre abierto al gozo de la amistad y del amor verdadero, ese impulso vocacional a navegar sobre el instinto singular -en mis poemas y mis divagaciones más o menos afortunados- que supone, al fin, creación, si es que  alguna vez me fue vez me fue dada, pero que reconozco en el arte, la literatura, la poesía, la ciencia misma y, sobre todo, en el calor del amigo, de la amada, del ser querido que empuja siempre hacia el vivir sin perder nunca la esperanza.
                  Más allá del yo soy (que en realidad es casi siempre muy poca cosa), mi individuación siempre ha estado bien sujeta a la alteridad de la bondad, de la inteligencia, de
Identidad y alteridad de la esperanza, Francisco Acuyo
la creatividad, del amor del otro que, además, se manifiesta también tan diversamente en el tránsito existencial de cualquier ser humano, digo, insisto, en la belleza de las artes, de la naturaleza, de la ciencia, de lo más subido del sentir ético del ser consciente. Es la individualidad en verdad un organismo tal que, ubique interioribus organica est[9], aunque su consistencia más auténtica y garante de su autosuficiencia habrá de forjarse en la asunción de la alteridad de lo mejor y más sublime de los otros que acabará por perpetuarse en ese movimiento de admisión, de exaltación y de elevación del ser que se admira y se ama para que todos lo compartan, y es que acaso estaremos participando nada menos que en el orden que estructura toda creación y se ofrece conservadora de lo indestructible, y qué es esto, si no el alma misma (investida o no de la visión creyente o escéptica de lo religioso o de la ciencia), pues aquel organismo individual es medio y fin de un alma que se revela en la esperanza como manifestación de vida que nos alienta  perpetuamente con el eco: Pues lo que es, será eternamente[10].


Francisco Acuyo
                 

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[1] Juan Duns Scoto –Doctor sutil-  (1266-1308), teólogo escolástico y fraile franciscano, en contradicción con el  intelectualismo agustiniano, es célebre por su voluntas ordinata para conocer a Dios.
[2] Platón, Plotino, Avicena,…primero, después Tomás de Aquino, Scoto, Leibnizt e incluso Schopenhauer.
[3] Reconocida por Hegel en su Fenomenología del espíritu, o por Dostoievski en Los hermanos Kamarazov, pero célebre por La gaya de ciencia de Niezstche.
[4] Así lo establece E. O. Wilson en su Sobre la naturaleza humana, y apostillado con El gen egoísta de Richard Dawkins.
[5] En Alberts, Bray y Lewis: Biología de la célula, Omega, Barcelona, 1996.
[6] Jacob, F.: La lógica de lo viviente: una historia de la herencia, Tusquet, Barcelona, 1999.
[7] Recogido por Laura Bossi en su Historia Natural del alma, La isla de la Medusa, Madrid, 2008, p.311.
[8] Leibniz en, De Disputatio metaphysica de principio individui.
[9] El interior está organizado en todas sus partes (así lo entendía Leibniz en su Monadología)
[10] Hermes Trimegisto, Enseñanzas secretas, Mundo clásico, Barcelona, 1996.




Identidad y alteridad de la esperanza, Francisco Acuyo

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