viernes, 26 de julio de 2019

ÉTIENNE CABET Y LAS COLONIAS ICARIANAS


Cerramos el ciclo sobre las utopías con el título: Étienne Cabet y las colonias icarianas, del profesor y filósofo Tomás Moreno, para la sección, Microensayos, del blog Ancile.
Étienne Cabet y las colonias icarianas, Tomás Moreno


ÉTIENNE CABET Y LAS COLONIAS ICARIANAS
 

Étienne Cabet y las colonias icarianas, Tomás Moreno

Étienne Cabet nace en París en 1788, hijo de un tonelero, pudo  abrirse camino como abogado y como político, diputado electo desde 1831, gracias a la Revolución Francesa. Muy pronto se enrola en las actividades conspirativas de las sociedades secretas que tanto proliferan en este período. Su lealtad a los principios revolucionarios lo convirtió en una persona extremadamente incómoda tanto para la restauración borbónica como para Luis Felipe. Destinado a los cargos más apartados, perseguido por su oposición dentro de la Cámara y colocado finalmente en la alternativa de elegir entre la cárcel o el exilio, se vio empujado cada vez más hacia la extrema izquierda, representada todavía por el viejo Michelangelo Buonarrotti, antiguo compañero de armas de Babeuf.           
            Como Babeuf, Cabet piensa que no son las pasiones humanas sino las instituciones sociales las que han impedido que los hombres alcanzasen la felicidad común: la propiedad privada ha engendrado la desigualdad. La comunidad deberá abolir por lo tanto esta última y establecer la posesión colectiva de la tierra y de los medios de producción lo que desembocará en una igualdad tan estricta entre los individuos que incluirá los vestidos, la vivienda y las diversiones, que serán las mismas para todos.
            Sostuvo que la organización política debía ser democrática, basada en el sufragio universal y en el carácter electivo de todos los cargos, incluso defiende la revocación eventual de todos los cargos cuando la gestión gubernativa no fuese satisfactoria. La democracia, pues, será elevada a su más alto grado de perfeccionamiento, desde la representación municipal hasta la representación nacional. Pero lo curioso y contradictorio con este esquema “democrático”, es el hecho de que en su sociedad ideal se establecen la censura de prensa y la limitación en los periódicos para preservar la estabilidad política.
Étienne Cabet y las colonias icarianas, Tomás Moreno


            La religión, fundada en el Evangelio (naturalmente bien entendido), inspirará a todos la humana fraternidad. Pero como la comunidad se instaurará no por la fuerza, sino por la divulgación de ejemplos concretos, será necesario un período de transición bajo la dirección de un dictador que goce de la confianza del pueblo. Este comunismo no es revolucionario y la comunidad no se extiende sino a los bienes económicos, pues Cabet pretende conservar el matrimonio y la familia, influido en cierta foram por al tradición cistiana. Hay que resaltar a este respecto que en Cabet, como también en Owen y Saint-Simon, existe una dimensión  religiosa, mesiánico-milenarista en algunos, secularizada y filantrópica en otros. Darrin M. McMahon ha subrayado precisamente esta característica como esencial en el Socialismo utópico desde Owen hasta el propio Fourier (que se autocalificaba de “Mesías de la Razón”) pues ambos trataron de establecer el reino de Dios en la Tierra, de hacer realidad el “paraíso terrestre”, construir el Cielo en la Tierra. Saint-Simon pensaba que su propia doctrina era un cristianismo renovado y mejorado, reduciendo su doctrina a un solo precepto o regla dorada: el sublime mandamiento de tratar a los semejantes como hermanos y “mejorar las condiciones de vida de la clase más pobre”. Sus discípulos dirigidos por Prosper Enfantin, desde su monasterio-iglesia en el retiro de Ménilmontant, en las afueras de París, oficiaban sus ritos y ceremonias religiosas y enviaban legaciones a Oriente (Egipto, sobre todo) para recabar informaciones sobre el próximo y anhelado advenimiento de la Mujer-Mesías.

            Étienne Cabet, por su parte, pasó los últimos quince años de su vida tratando de demostrar que los Evangelios daban pruebas fehacientes de que “toda la filosofía, toda la doctrina social de Jesucristo y del cristianismo constituían en esencia una comunidad” (una forma de vida semejante a la preconizada en su utopía). Cristo era, según el creador de Icaria, un revolucionario que había predicado “la abolición de la esclavitud, la igualdad y fraternidad de los hombres y del pueblo, la liberación de la mujer, la abolición de la opulencia y la miseria, la destrucción del poder clerical y, fianalmente, la comunidad de bienes”. El verdadero “comunismo era lo mismo que el cristianismo en la pureza de su origen”, nos recordará seis años más tarde, en 1846 en su escrito “El verdadero cristianismo”[1].

            Pues bien, todas esas ideas van a plasmarse con detalle, diáfana y pormenorizadamente, en la utopía Voyage en Icarie (1840)[2] que escribirá durante su exilio en Inglaterra, bajo el reinado de Luis Felipe, y en contacto con la realidad social creada por el desarrollo capitalista industrial. Inspirada especialmente por la Utopía de T. Moro y por el comunismo utópico de Babeuf[3], el título  evoca aquel personaje mitológico, Ícaro, que intentó volar hasta el sol con unas alas de cera que el calor derritió. En  ella, Cabet evoca y describe la existencia feliz de una isla comunista, situada en un país remoto y desconocido, basada en la comunidad de bienes y ausencia de moneda, en la democracia electiva en la que se ha prescrito la abolición del derecho de herencia y ordenado la exigencia de un impuesto progresivo sobre la renta y de una reglamentación estatal de los salarios. Existen talleres nacionales, una educación pública –desde los cinco años-, complementada con 12 años de instrucción moral y cívica más tres de ejercicios militares en la Guardia Nacional; un rígido control eugenésico del matrimonio, como en la utopía de Campanella y, sorprendentemente dado su democratismo, un solo periódico controlado por el gobierno y censura.

            Lo que más choca o sorprende a mentalidades más individualistas es el extremo igualitarismo, y no sólo económico, impuesto en Icaria: todo el mundo debe vivir en el mismo tipo de casa, cumplir
Étienne Cabet y las colonias icarianas, Tomás Moreno
el mismo horario, comer la misma comida o menú en los comedores comunitarios, repartirles porciones idénticas de alimentos, trabajar el mismo número de horas cada día (siete), llevar un uniforme igual todos los de un mismo sexo, edad, profesión o situación (sólo el color puede ser variado)[4]. La novela y el  manifiesto “Allons en Icarie”, publicado por Cabet tras su edición, suscitaron gran expectación y entusiasmo en el público francés. Tras su publicación, y a su imitación, proliferaron sociedades icarianas que aspiraban a hacer realidad el mundo fantástico que se describía en la obra. El efecto de esta utopía novelada sobre la clase trabajadora francesa fue muy grande, tanto que hacia 1847 Cabet contaba con un número de partidarios que se estimaba entre doscientos mil y cuatrocientos mil, muchos de ellos ansiosos de poner en práctica el icarianismo y sus colonias.

            Pero su autor estaba convencido de que Icaria tenía que ser buscada en América, para lo cual firmó un contrato con una compañía americana para la compra de un millón de acres. Por recomendación de Robert Owen trató de fundar una coloniaicariana” en Texas, reciente en la Unión y de escasa población, y otra, en Nauvoo (Illinois), abandonada recientemente por los mormones. Ambas tuvieron una vida efímera y nunca pudieron desarrollar plenamente el ideal comunitario diseñado por Cabet. Cuenta  Edmund Wilson que cuando los primeros sesenta y nueve icarianos firmaron en el muelle del Havre, momentos antes de embarcar, los “contratos sociales” por los cuales se obligaban a mantener un régimen comunista, Cabet declaró que “ante tales hombres de vanguardia” no podía “dudar de la regeneración de la raza humana”. Pero cuando los icarianos llegaron a Nueva Orleans, en marzo de 1848, descubrieron que habían sido estafados por los americanos: las tierras, en lugar de encontrarse a orillas del río Rojo, se hallaban a cuatrocientos cincuenta kilómetros de sus márgenes, hacia el interior del país, en medio de estar concentrados en un solo lote. Llegaron, sin embargo, a su destino en carros de bueyes. Todos cayeron enfermos de paludismo, y el médico se volvió loco. Cabet y otros emigrantes se les unieron más tarde[5].

            Edmund Wilson en su lúcido relato de los avatares icarianos en los Estados Unidos –que seguimos en apretada síntesis- nos informa de que, aunque los icarianos no se disolvieron hasta casi finales de siglo, sus etapas de prosperidad fueron modestas y escasas. A pesar de todos sus esfuerzos nunca lograron salir adelante; dependían del dinero que recibían de Francia, pues no producían lo suficiente para cubrir sus necesidades. La consecuencia fue que los icarianos contrajeron grandes deudas que nunca pudieron pagar. Se dice que tardaron decenios en aprender el inglés. Celebraban continuamente reuniones políticas, donde solían pronunciarse interminables discursos en francés y se mostraban desunidos y desgarrados por disensiones frecuentes (secuelas del conflicto entre los instintos del pionero americano y los principios del doctrinario francés). Influyó también en su fracaso el hecho de  carecer Cabet, en tanto que líder, de la superioridad espiritual  de un Robert Owen o de un John Humphrey Noyes.
Étienne Cabet y las colonias icarianas, Tomás Moreno


            Fue el más burgués de los dirigentes comunistas y el menos carismático. No tenía verdadera imaginación para adivinar las posibilidades de la agricultura o de la industria; y, reduciendo siempre la comunidad a las más cautas dimensiones de la pequeña economía francesa, prohibió el tabaco y el whisky, se dedicó a supervisar los asuntos privados, minando así la moral de los miembros y provocando que se espiaran entre sí. Finalmente, llegó a comportarse de forma tan tiránica o dictatorial que los icarianos cantaron la Marsellesa bajo sus ventanas y le desafiaron abiertamente: “¿Hemos recorrido tres mil millas para no ser libres?”. En 1856 Étienne Cabet fue destituido y expulsado por la mayoría de la comunidad, muriendo poco después en San Luis de una congestión cerebral. “Cabet dejaba el recuerdo de su inalterable entusiasmo, de su encanto persuasivo y también de su autoritarismo difícil de soportar”[6].

            Una segunda revolución icariana emprendió el camino opuesto. Los miembros más jóvenes, estimulados por la creación de la Internacional obrera y la Comuna de París de 1871, se alzaron contra los más veteranos, convertidos en pragmáticos agricultores americanos. Reclamaron igualdad de derechos políticos para la mujer y la puesta en común de los huertos privados, una de las principales gratificaciones para la parca existencia de los viejos. Otra escisión provocó la marcha de algunos a California, donde fueron desapareciendo poco a poco[7]. Hacia 1898, prácticamente ya habían desaparecido.

            Los icarianos también se expandieron por toda Europa, concretamente en España hubo algunas comunidades icarianas y seguidores de Cabet. Antonio Elorza en su investigación sobre el socialismo utópico español nos informó acerca de los utópicos españoles –sansimonianos, fourieristas e icarianos o cabetianos- durante los años iniciales de la Regencia de María Cristina, necesarios precedentes para el nacimiento del anarquismo y del socialismo marxista en España. Concretamente en su antología recoge  el grupo de catalanes que se agruparon en torno a Narciso Monturiol, el inventor del submarino “Ictinio” y de José Anselmo Calvé, fundador de las sociedades corales, también fueron cabetianos. El primero fundó un periódico de esta tendencia, “La Fraternidad” (1847-48), la que siguió “El padre de familia” (1848-49)[8].

TOMÁS MORENO



[1] Una historia de la felicidad, Taurus, Madrid, 2006, pp. 380-384.
[2] El libro había aparecido en 1839 con el título Voyages et aventures de lord William Carisdall en Icarie, “obra de Francis Adam traducida del inglés por Th. Dufruit, profesor de lenguas”. En 1840 aparece la nueva edición ya a su nombre y con el título de Voyage en Icarie. El epígrafe decía: “Primer drecho: vivir. A cada uno según sius necesidades y de cada uno según sus fuerzas” (D. Desanti, op. cit., p. 374)..
[3] Según Morton, ya conocía además  la obra de Owen y de Harrington. Los constructores de Icaria parecen haber imitado a los arquitectos de Amauroto y el fundador de Icaria, Icar paree descender en línea directa de Utopus, el héroe de Tomás Moro; el mismo geometrismo: Icaria está dividida en  100 provincias y cada una en diez distritos municipales; sus calles amplias rodeadas de jardines, cada manzana tiene 15 casas iguales; las aceras están cubiertas por tejadillos de cristal, para proteger de la lluvia, y unas máquinas eliminan la “polución” de las calles.
[4] A. L. Morton, Las utopías socialistas, Ediciones Martínez Roca, Barcelona, 1970, pp. 134-135.
[5] Edmund Wilson, Hacia la estación de Finlandia, Alianza, Madrid, 1972, pp. 131-138.
[6] Dominique Desanti, Los socialistas utópicos, Editorial Anagrama, Barcelona, 1973, pp. 369-397.
[7] Edward Wilson, Hacia la Estación de Finlandia, op. cit. pp. 132-134.
[8] Socialismo Utópico español, Selección de Antonio Elorza, Alianza Editorial, Madrid, 1970, pp. 100-141.




Étienne Cabet y las colonias icarianas, Tomás Moreno


martes, 23 de julio de 2019

LA IRREALIDAD DEL MUNDO REAL


Para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, traemos una nueva entrada que lleva por título: La irrealidad del mundo real.

La irrealidad del mundo real.Francisco Acuyo


LA IRREALIDAD DEL MUNDO REAL





 Cuando Niels  Bohr afirmaba que: todo lo que llamamos real está hecho de cosas que no podemos considerar reales, ponía en cuestión no solo la convención clásica de la materialidad del mundo, también los fundamentos mismos de la materia, la cual, en sus cimientos mismos (corpusculares) iba a fiar toda su estructura no tanto a la experimentación directa -de los componentes ínfimos de la materia- como en la deducción matemática, no en vano está configurada la realidad cuántica en virtud de sus cálculos e inferencias probabilísticas.

                Que el mundo de lo material -que interesa a la física- esté integrado en las matemáticas y que esto sea un hecho, nos hace parecer  normal la reflexión sobre lo que entendemos por realidad, sobre todo si estimamos que la manera primordial de reconocer el mundo está en la percepción y en la experimentación derivada de ella. La filosofía de Platón alcanza en nuestros días una increíble revitalización, habida cuenta de que las estructuras básicas de la realidad material, es decir la partículas que la componen, no son objetos físicos en el sentido usual del término; son formas, ideas que pueden expresarse  sin ambigüedad  solamente en el lenguaje matemático[1] (Heisenberg), y que acaso harán replantearnos nuestra misma concepción de lo que la realidad sea.
               
La irrealidad del mundo real.Francisco Acuyo
La cuestión se reviste de mayor complejidad (y perplejidad) cuando hay que reconocer que para el progreso en la ciencia es imprescindible preservar la incertidumbre como parte fundamental de nuestra naturaleza íntima (R. Feynman). El determinismo clásico de la ciencia sufre un auténtico cataclismo tras los descubrimientos de Heisenberg, Borh, Schrödinger, Einstein,… Una muestra de lo que hablamos es la paradoja sobre la naturaleza de la luz: ¿es onda o es partícula? La idea misma de que tengamos que desechar que el electrón está localizado en un lugar concreto mientras no sea observado, da una idea (de la estupefacción y) de la extrañeza del lugar y tiempo en donde de manera habitual configuramos nuestras convenciones para vivir en el mundo.Véase, en fin, que es un hecho que el aspecto ondulante de la luz no es algo físico, sino una función matemática de la que podemos colegir información.

                Para aprehender algo de la realidad de nuestro mundo todo parece indicar que nuestro conocimiento va a  depender de la observación del mismo y de nuestra capacidad de medición, aunque sabemos que no podemos medir sino probabilísticamente, es decir, conocer la realidad matemáticamente, entonces, nos parece pertinente la siguiente interrogante: ¿Podemos conocer algo más de lo que podemos medir?[2]

                Si la estructura de la realidad está basada en las interacciones del universo cuántico, y si este universo llama a la perplejidad, e incluso a la incomprensión (véase Feyneman) ¿qué podemos saber de esa supuesta realidad a la que aspiramos a conocer? Veremos en próximas entradas algunas cuestiones en relación a este asunto.

Francisco Acuyo



[1] Véase como ejemplo la teoría matemática de la simetría como fundamento y explicación para la comprensión del orden de las partículas en física, y que dan lugar formas triangulares y hexagonales.
[2] Du Sautoy, M.: Lo que no podemos saber: Acantilado, Barcelona, 2018, p. 198.




La irrealidad del mundo real.Francisco Acuyo

viernes, 19 de julio de 2019

ROBERT OWEN Y LA UTOPÍA NEW ARMONY

Para la sección, Microensayos, del blog Ancile, y bajo el título de: Robert Owen y la utopía New Armony, del profesor y filósofo Tomás Moreno.
Robert Owen y la utopía New Armony, Tomás Moreno




ROBERT OWEN  Y LA UTOPÍA  NEW ARMONY

 
Robert Owen y la utopía New Armony, Tomás Moreno

Robert Owen (1771-1858) los ingleses le reconocen la paternidad del ideario socialista y del movimiento cooperativo. Si en Saint-Simón su socialismo apenas se percibe y sus alegatos en pro de la llamada clase industriosa lo caracterizan como un pensador básicamente industrialista, y en Fourier su falansterio puede interpretarse como un simple cooperativismo, en Owen aparece –por el contrario- con más definido perfil un esbozo del ideario socialista. Nace en Newtown, Montgomeryshire en 1771. Hijo de un ferretero, a los 19 años era ya patrono de 500 obreros. Salido de la nada, en los tumultuosos años de la revolución industrial se convirtió en dirigente de fábricas textiles y desde 1799 en copropietario de las hilanderías de New Lanark (Escocia), donde puso en práctica las ideas filantrópicas y reformistas expresadas en Una nueva concepción de la sociedad (1813) y en Relación del condado de Lanark (1821)[1].
            Esencialmente optimista, Owen  considera que todos los hombres nacieron buenos y creados esencialmente para apreciarse y ayudarse mutuamente, pero las inhumanas condiciones de la sociedad de su tiempo -en plena emergencia de la sociedad industrial y maquinista- les ha inducido a odiarse y pelearse. Ha llegado el tiempo  en el que mediante un método racional de organización social, una forma de educación adecuada, así como a través de un crecimiento indefinido de la riqueza –dado el inmenso poder productor que las máquinas y el desarrollo de las fuerzas productivas brindaban a los hombres-  la abundancia para todos  y el advenimiento de una sociedad mejor será una realidad más que posible, alcanzable. “Ningún obstáculo existe en este momento, a no ser la ignorancia”, escribe en 1816.
Robert Owen y la utopía New Armony, Tomás Moreno
            Fue ante todo un pragmático, y en muchos casos puso en práctica sus principios antes de llegar a teorizarlos.             Owen pondrá en práctica su primer experimento social como gerente de una fábrica textil en New Lanark (Escocia) hacia 1800. Sus  innovaciones habrían de alterar el estilo de vida de una población de 2500 trabajadores, transformando su fábrica en una especie de asociación comunitaria, en la que existían bibliotecas, salas de reuniones de los trabajadores, conferencias. Allí fue donde también ensayó sus planes de educación y reforma de las costumbres con verdadero éxito, llegando a suprimir, por ejemplo, el alcoholismo entre sus obreros. Robert Owen trató de mejorar las condiciones de vida de las clases trabajadoras, humanizando las condiciones de trabajo a las que estaban sometidos los obreros industriales en la Inglaterra de la revolución industrial: mediante la limitación de beneficios y el aumento de salarios, la reducción del horario de trabajo y la organización de servicios sociales. Recordemos que el régimen regular de trabajo era de 14 0 15 horas diarias, que se contrataba a niños menores de diez años, procedentes de los hospicios y que trabajaban en condiciones infrahumanas. Consiguió en su fábrica reducir a diez horas y media la jornada laboral, proscribió el empleo de niños en los telares e introdujo un sistema de seguro por enfermedad para los obreros, desconocido hasta ese momento.
            El resultado de sus experiencias en New Lanark fue  su proyecto de creación  de “pueblos”, “aldeas” o “comunidades cooperativas”, ideados en principio para solucionar el problema del paro, pero al no recibir apoyo alguno de las autoridades, Owen se propuso realizarlos por su cuenta. Su idea de la organización cooperativa pasó de ser una simple forma de lucha contra la miseria, la explotación y la injusticia, frente a un sistema productivo injusto, a convertirse en un proyecto alternativo de sistema político y económico de organización permanente de la sociedad, una nueva forma social estable que superaría y destruiría las formas capitalistas de producción y la rivalidad que el afán de lucro y la competencia comercial traía aparejadas.
            Las “aldeas”, en las que la industria y la agricultura debían combinarse, se basarían en el principio del trabajo en común, el consumo común, la propiedad común y la igualdad de privilegios para todos. Serían autónomas, unidades económicas independientes, que combinarían ejemplarmente las ventajas de la ciudad y del campo; no estarían aisladas, sino que la unión de ellas en unidades federadas podrían dar lugar a la formación de “círculos de diez, cientos y miles, hasta que llegaran a comprender el mundo entero”. Y,  naturalmente, los Estados actuales serían inútiles y acabarían por desaparecer. La pobreza, la injustica y la explotación serían desconocidas y todos trabajarían en espíritu de fraternidad y cooperación.
            Basadas en un sistema comunista de la propiedad tendrían de mil a mil quinientos acres de terreno y estarían habitadas por una población de quinientas a dos mil, dedicadas a la agricultura y a la manufactura. Vivirían en casas espaciosas cuadrangulares –las jocosamente denominadas “paralelogramos de Owen- situadas en el centro de cada comunidad y que contendrían dormitorios, comedores, salas de lectura y escuelas en común. Jardines, campos de juego y recreo se constituirían dentro y fuera del cuadrilátero y detrás de los jardines exteriores se construirían fábricas y casas de labranza. Cada familia tendría una vivienda separada y los padres cuidarían de los hijos hasta que tuvieran tres años, edad en la que serían entregados a la comunidad para ser educados. A los padres se les permitiría ver a sus hijos en las horas de comer y en otros momentos convenientes.
Robert Owen y la utopía New Armony, Tomás Moreno
            Casi el resto de su vida consistió en tratar de establecerlas, en muchas ocasiones infructuosamente. En 1824 Owen, sin ayudas estatales, trató de poner en práctica sus ideales sociales en Estados Unidos: compró a los “rappites” o rappistas -secta religiosa alemana que vivía bajo principios cooperativos- unas tierras en el estado de Indiana y fundó allí una colonia cooperativa bajo el luminoso título de New Harmony. Convocó a quienes deseasen incorporarse al proyecto de construir una comunidad basada sobre nuevos principios morales y fundada en el trabajo y el consumo cooperativo. Pronto, al cabo de tres años, surgieron rivalidades y discordias, especialmente en lo relativo a la “forma de gobierno” que se adoptaría. Desalentado de sus seguidores, aunque no de la “idea” que trató de llevar adelante, Owen dejó a sus hijos, en 1829, la colonia, donde había invertido gran parte de su fortuna, y retornó a Inglaterra.
            Tras el regreso, Owen dirigió su interés hacia el movimiento sindical y las organizaciones obreras (Trade Unions) existentes difundiendo sus ideas comunitarias y cooperativistas. Considerando que el trabajo es el único patrón de medida del valor (idea, vista antes por Adam Smith y por David Ricardo y que después también recogerá el socialismo marxista, según la cual el valor de los objetos-mercancías está determinado por el tiempo de trabajo que se emplee en producirlos) trata por medio de un efímero banco de intercambio de trabajo, la llamada "Bolsa de Cambios del Trabajo", de establecer relaciones directas entre productores. Su nuevo proyecto consistía en que los obreros llevaban los artículos elaborados y eran valorados conforme a las horas de trabajo empleadas en producirlos y se entregaban al trabajador bonos que le permitían adquirir otros objetos tasados igualmente según las horas empleadas en su fabricación. Se perseguía, con ello, abatir el beneficio. El propósito naufragó víctima de la mala fe: los almacenes de la Bolsa se llenaron de artículos no deseados en invendibles.     
            Tuvo una pléyade de discípulos que jugaron un importante papel en movimientos sociales de la época como el “cartismo”. Uno de sus continuadores más sobresalientes sería John Goodwin Barmby que fundó en 1841 la “sociedad de propaganda Comunista, llamada más tarde “Asociación Comunitaria Universal” influyo por Cabet, el utópico francés, cuyas comunidades icarianas fueron el modelo de lo que Barmby llamaba “comunismo”. Otro de sus seguidores fue Thomas Frost, que fundó con Barmby  un semanario, “La Crónica comunista”, en el que apareció en forma de folletón su novela utópica (desaparecida) “El libro de Platonópolis”, cuyo contenido según el resumen de su propio autor consistía en “una visión del futuro, un sueño de rehabilitación del mundo y de la humanidad. Monasterios comunistas en mármol y pórfido, donde los comunistas comían en vajilla de oro y plata, en comedores adornados con las más exquisitas obras maestras de la pintura y de la escultura, a los acordes de la más deliciosa música. Donde carrozas a vapor estaban preparados para servir en los desplazamientos, o bien, si se deseaba otro medio de locomoción, globo, aeronaves podían realizar el mismo servicio. Donde, en resumen, todo lo imaginado por Platón, Moro y Campanella se reproducía y asociaba a todo lo que la ciencia moderna ha descubierto para aliviar las penas de los hombres y hacer la vida más feliz” (sic)[2].  
Robert Owen y la utopía New Armony, Tomás Moreno            En la doctrina teórica de Robert Owen –cuya contribución fundamental en el paso del socialismo utópico al socialismo científico fue, según A. L. Morton, engarzar ambas concepciones en estrecho contacto con el movimiento obrero, en los últimos años de su vida[3]- son de destacar las ideas expresadas en sus Ensayos sobre la formación del carácter, en torno a la educación de la juventud: como el medio social determina la conducta humana y la “formación del carácter” depende de “circunstancias exteriores”,  y no de las voluntades individuales, éste sólo podrá transformarse en un sentido “racional” -que es el único conforme a la naturaleza y capaz de llevar al hombre a la felicidad- mediante la educación, que desempeña un papel fundamental en el acceso al “nuevo mundo moral”, por el propugnado. Este es el objetivo hacia el que orientará su obra y su existencia.
            Hostil a cualquier tipo de revolución, a la lucha entre clases sociales e incluso a las huelgas, Owen creyó en la colaboración entre las clases y fue fundamentalmente un “buen patrono”, pero pronto, el industrial filantrópico y generoso se transformará en enemigo del sistema capitalista: la propiedad privada va a ser considerada, desde entonces, como la causa de todos los males morales y materiales que agobian a la humanidadLa moral laica y utilitaria que da forma a su plan educativo para la formación del carácter, la polémica racionalista contra la educación religiosa, y los intentos de desarrollar una amplia federación de comunidades socialistas le enajenaron las iniciales simpatías de las clases dominantes inglesas. Owen dejó una obra escrita apreciable aunque quedó opacada por la gran dimensión de su extraordinaria actividad organizadora, de ella merece citarse, en especial, su obra de madurez El libro del nuevo mundo moral (1836-1844), en el que –pese a calificarse de librepensador- no disimula sus afinidades con el lenguaje bíblico del cristianismo protestante ni tampoco sus alusiones a una cierta “religión de la caridad” o nueva religión profana atenta al advenimiento de un venidero “paraíso terreste[4]”. Otros muchos escritos quedaron dispersos en folletos, informes y artículos para periódicos. En el Anti-Dühring, Engels –a pesar de su inquina o aversión al Socialismo utópico- aseguró de forma terminante: “Todos los movimientos sociales, todos los progresos efectivos que se han realizado en Inglaterra en beneficio de los trabajadores, van unidos al nombre de Owen”[5]. Tal elogio no pudo o no quiso atribuirlo el colaborador de Marx a ningún otro socialista pre-marxista.

TOMÁS MORENO






[1] Para todo este ensayo nos han sido fundamentales las obras de A. L. Morton, Vida e Ideas de Robert Owen, editorial Ciencia Nueva, Madrid, 1968 y A. L. Morton, Las utopías  socialistas, Ediciones Martínez Roca, Barcelona, 1970, pp 129-139.
[2] Citado en A. L. Morton, Las utopías socialistas, op. cit., p. 137.
[3] A. L. Morton, Vida e ideas de Robert Owen, op. cit.
[4] Darrin M. MaMahon, Historia de la felicidad, op. cit., p. 380.
[5]Cf. F. Engels,  Anti-Düring, tr. José Verdes Montenegro, Editorial Ciencia Nueva Madrid, 1968.



Robert Owen y la utopía New Armony, Tomás Moreno

martes, 16 de julio de 2019

LA ESCUELA SANSIMONIANA. EL PADRE: PROSPER ENFANTIN

 Abundando en la temática de las corrientes utópicas traemos una nueva entrada para la sección, Microensayos, del blog Ancile, con el título: La escuela Sansimoniana: El padre: Prosper Enfantin, del filósofo Tomás Moreno.




LA ESCUELA SANSIMONIANA. 

EL PADRE: PROSPER ENFANTIN  



La escuela Sansimoniana: El padre: Prosper Enfantin, Tomás Moreno







El gran historiador de la Escuela de Saint-Simon, Sébastien Charlety, inicia su relato histórico con estas certeras palabras: “Poco menos que desconocido durante su vida, pese haber pensado y escrito mucho, se hizo mundialmente famoso después de su muerte, cuando  un grupo de hombres recabó el honor  de tenerle por maestro único y revelador de verdades ignoradas, considerándole como un mesías. En su nombre, formularon y difundieron doctrinas políticas y sociales e incluso una nueva religión. Para ellos no sólo su vida fue un ejemplo y sus escritos una enseñanza, sino que su pensamiento les pareció una revelación divina y sus actos tuvieron un valor simbólico cuya interpretación era de suma importancia para la humanidad”[1].

            En efecto, inmediatamente después de la muerte de Saint-Simón, sus fieles amigos decidieron realizar el proyecto que había formulado durante a lo largo de su vida y “predicación”: para ello se dispusieron a crear una publicación destinada a dar a conocer las nuevas teorías y doctrinas del desaparecido Maestro. En torno a una revista, “Le Producteur”, y luego en torno al diario “Le Globe”, se reunieron todos los futuros fundadores de la escuela sansimoniana (o saint-simoniana), convertida enseguida  en “Secta” o “Iglesia”. P.Enfantin (1796-1864) y A. Bazard (1791-1832), autor de La doctrina saint-simoniana (1828-1832) manifiesto de la Escuela, fueron sus primeros guías o dirigentes y un grupo de economistas y de científicos, procedentes de la “Ecole Polythechnique” en su mayoría, entre los que se hallaban Auguste Comte, Adolphe Blanqui, Philippe Buchez, Michel Chevalier, los hermanos Rodrigues, Prosper Enfantin, sus primeros miembros o seguidores.
La escuela Sansimoniana: El padre: Prosper Enfantin, Tomás Moreno


            A historiar la formación y vicisitudes de la Escuela sansimoniana dedicó Sebastian Charléty –rector de la Universidad de París de 1927 a 1939 y discípulo de Langlois y  Seignobos- una apasionante Histoire du Saint-Simonisme[2], en la que además de pergeñar el perfil, la figura y personalidad del Precursor de la Escuela, dedica cuatro libros y más de una docena de capítulos a relatar el origen, desarrollo y características de la Escuela, así como a exponer sus múltiples avatares, la esencia de la doctrina y su transformación en Iglesia o Secta, con unos sacerdotes, un orden jerárquico, una dogmática, un culto, unos rituales y ceremonias, además de uniformes, divisas, himnos e incluso una especie de sacramentos  (iniciáticos, funerarios, matrimoniales).  La Escuela Sansimoniana se fundó en 1828-1829 con el objetivo de difundir sus  tesis y doctrinas no sólo en Francia, sino fuera de ella hasta aproximadamente 1870. Sus miembros, dirigidos por “El Padre”, Prosper Enfantin, y por A. Bazard, asumieron actitudes sectarias, espectaculares y extravagantes que les restaron arraigo popular y simpatía social: promovieron numerosos viajes al Oriente, establecieron una liturgia y unas ceremonias  pintorescas (inspiradas en los ritos masónicos y carbonarios). Adoptaron, como distintivo del grupo una especie de llamativo uniforme (chaqueta azul clara, pantalón blanco, chaleco blanco abotonado por la espalda, que implicaba la necesidad de contar con la “colaboración de los demás hombres”). En el chaleco escribían sus nombres con letras rojas, con el fin de establecer que cada individuo era responsable de sus actos.

            La figura más estrafalaria, excéntrica y atractiva de la Escuela-Secta fue, sin duda, El Padre, el Pontífice-Máximo,  Prosper Enfantin, un joven discípulo de Saint-Simon “de  frente despejada, negra barba, cabello largo y mirada magnética”, como nos lo describe Dominique Desanti[3]. Procedente de la Escuela Politécnica, puede considerársele una especie de partidario de la  no violencia, “precursor del “flower power” y de los hippies que aproximadamente 130 años más tarde se extenderán por las orillas del Pacífico, en la región más opulenta de Estados Unidos. Organizador del Colegio-Escuela, fue partidario decidido del valor del esfuerzo y del trabajo, que permiten el progreso y la comunicación entre los hombres y opuesto a cualquier forma de ociosidad. Impulsó, como antes señalábamos, numerosas empresas filantrópicas y altruistas por Oriente y el norte de Africa   para hacer progresar a la Humanidad,  fomentando el amor, la paz, la comprensión y  comunicación entre los pueblos, sin estar financiados por gobierno alguno (como las ONG actuales). El movimiento sasimonista fue, en consecuencia, pródigo en mártires. La lista de víctimas del cólera entre sus miembros fue espantosa: cuatro médicos, once ingenieros o técnicos, todos competentes y muy conocidos.

            Coexistió en la doctrina o ideología sansimoniana una mezcla de ciencia y de fantasía, de predicción científica y de profetismo mesiánico e iluminado: los sansimonianos alternaron experiencias utópicas y monacales con iniciativas empresariales y actividades políticas; alentaron ideales humanitarios y reivindicativos, como la emancipación de la mujer, que según Enfantin se encontraba
La escuela Sansimoniana: El padre: Prosper Enfantin, Tomás Moreno
por aquel tiempo “en una situación de inferioridad intelectual, moral y física”; y, sobre todo, emprendieron proyectos y empresas “científico-técnicas” de gran  calado y ambición como la Fundación de la “Societé d'Etudes du Canal de Suez” (1840), la colonización de Argelia (1840-42), o la construcción de ferrocarriles, canales, carreteras  por Europa y Oriente (El Cairo y el Alto Egipto). Intentaron, a la vez crea/fundar una nueva Religión (mediante la transformación de la Escuela o Colegio  sansimoniano originario en una auténtica Iglesia), anunciando incluso la llegada de la Mujer-Mesías (tal vez influencia del culto comtiano a la mujer como “Prêtesse spontanée de l’Humanité”). En muy poco tiempo se difundieron por doce circunscripciones obreras en París, cinco Iglesias en Francia; Bélgica y Argelia e Inglaterra, también las tendrán. A partir de la segunda mitad del XIX las ideas de Saint-Simón y de la Secta sansimonista eran ya conocidas y comentadas en Alemania, en los países del Mediterráneo, Italia, Suecia y en América del sur (Brasil), Las Antillas. Su influencia llegó hasta Rusia.

            Miembros notables de la Iglesia fueron los banqueros Rodrigues (Olinde y Eugène) y los Pereire, el poeta  León Halévy, el político Hippolyte Lazare-Carnot el periodista Michel Chevalier, el industrial Armand Bazard, el matemático y Politécnico Abel Transon, el músico Felicien David autor del himno de los Industriales y del de la secta (en Menilmontant), el abogado Duveyrier, el banquero Arlés Dufour y numerosos ingenieros, científicos, empresarios, financieros etc. También pertenecieron a la Escuela y luego a la Secta-Iglesia mujeres –fascinadas por el Padre- desde Claire Bazard, Cecile Fournel, Aglaé Saint-Hilaire  o Jeanne Deroin, hasta Pauline Roland, Eugénie Niboyet y Suzanne Voilquin.
            La unidad y cohesión de grupo empezó a resquebrajarse en el seno del Consejo Supremo (Enfantin-Bazar-Rodrigues y Claire Bazard) a partir de 1831 como consecuencia de profundas discrepancias doctrinales relativas a la moral sexual y prácticas relacionadas con escándalos o aventuras amorosas en el seno del Colegio, protagonizadas preferentemente por “El Padre” Enfantin. Claire Bazar y su esposo Armand abandonaban definitivamente a causa  de ello la Iglesia. Entre finales d 1831 y principios de 1832, los discípulos más notorios abandonaron ruidosamente al Maestro.    
     
Se les abrió un proceso judicial y Enfantin, Chevalier y Duveyrier fueron condenados a un año de prisión, Olinde Rodrigues y Barrault sólo fueron multados. Los restantes miembros del grupo perdieron su cohesión interior y se dispersaron.

            Dominique Desanti concluye su evaluación de la influencia de la Secta/Iglesia y su legado y proyección histórica con estas palabras: “En consecuencia, Saint-Simon tuvo una doble posteridad, por una parte, desde los financieros y consejeros del Imperio a los “neo-radicales” de 1970; por otra (aunque estos discípulos constantemente llevaron a cabo una síntesis entre Saint-Simon y Fourier) desde la familia y el Colegio a los matrimonios colectivos de Escandinavia y las comunidades no-violentas de california. Aunque unos y otros con el tiempo han sufrido la influencia de los cooperativistas anarquistas, de Proudhon y de los comunistas que enlazan con Babeuf, Buonarroti y Cabet. Toda esta abigarrada y múltiple descendencia, desde finales del siglo XIX hasta la segunda mitad del siglo XX, fue contrarrestada por al descendencia de Marx”[4].
           
TOMÁS MORENO
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[1] Sèbastien Charléty, Historia del Sansimonismo, Alianza Editorial, Madrid, 1969, p. 9.
[2] Ibid.,
[3] Dominique Desanti, Los socialistas utópicos, op. cit., p. 123.
[4] Dominique Desanti, Los socialistas utópicos, op. cit., p. 124-125.




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