A vueltas con el infinito traemos una nueva entrada para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, que lleva por título: La vida invisible del infinito en poesía.
LA VIDA INVISIBLE DEL
INFINITO EN POESÍA
Cuando el poeta intuye, aun
anclado en la realidad de lo visible a la realidad invisible (tan
juanramoniana, por cierto)[1]
está acaso describiendo ese mundo de lo indeterminado capaz de abarcar
totalmente lo decible e indecible que en tantas ocasiones sugiere lo infinito.
Encontrar analogía entre lo fable y lo discreto matemático o físico, es muy
propio de poeta, no en vano el que suscribe estas líneas aventuradas e
inseguras intenta serlo, seguro de que su amor a la poesía, no ofrece ninguna
duda (como extraña vocación que se manifiesta pertinaz e incomprensible);
decíamos pues que lo discreto es lo fable, pues separado del todo del mundo que
conforma, se presenta como algo acabado, cerrado, inamovible. Lo inefable, sin
embargo, es una suerte de continuidad inabarcable que, al no tener “bordes”
sobre los que asirse, compromete al entendimiento con su inefable (inabarcable)
densidad.
Si
en matemáticas el número natural es susceptible de enmarcar entidades numéricas
discretas (y aplicadas posteriormente a la ordinaria realidad): 1, 2, 3, 4, …, los números fraccionarios encaran, sin
embargo, una realidad continua que no tienen ni advierten los naturales, y es
que todos sabemos que entre el 2 y el 3 no hay más entidades numéricas, sus
cantidades discretas, acabadas, únicas, son evidentes. No sucede así con la
fracción, cuya singularidad radica en que entre una y otra cantidad hay
infinitos números. Esta continuidad del número fraccionario racional le inviste
de un grado especial de inefabilidad contable que le relaciona con el infinito.
Así
las cosas, a fuer de divagar en lo inabarcable, como buen poeta, encuentro un
parentesco muy sugerente entre el texto literario, cerrado, abarcable,
determinable en virtud de su aristotélica fórmula fabulística (un principio, un
nudo y un fin en desenlace) y siempre sujeto a la norma lingüística común, como
sustancial evidencia discreta del lenguaje que, como número natural, no deja
margen a otra visión que la de su círculo perfecto y acabado, no hay nada entre
este y otro discurso perfectamente acabado. No es así la poesía (verdadera)
que, siempre abierta, está interaccionando con el mundo de lo material
(corporal) y con el mundo de la conciencia (emociones, aspiraciones inmanentes
y trascendentes), su supuesta unidad (discreta) lingüística está en continua
interpretación y en perpetua lucha con las partes discretas que conforman su
entidad literaria y lingüística, mas no solo eso, se diría ir y venir de lo continuo
(indefinido, infinito) a lo discreto que crea.
Las
unidades fonéticas, lingüísticas, métricas, gramaticales, lógicas… muestran el
ámbito discreto de la poesía. Su potencia como energía creadora nos sitúa en el
dominio inevitable de la paradoja, de la ambigüedad esencial, en la
indeterminación de lo que es infinito. La visión parmenidea justificada por el gran Zenón de Elea a
través de sus paradojas (insistimos en que la poesía es la ciencia de la
paradoja[2]),
nos compromete a una revisión de las partes como conformidad de un todo, y es
que en el ejercicio creador las partes tienden a sumar más que el todo que
supuestamente las compone. La poesía (si es en verdad poiesis) es mucho más que una magnitud diferenciada (gramatical,
métrica, lógicamente…), es la realidad del continuo que vive y se embaraza en
la totalidad indivisible, inefable e infinita de la fuerza que genera todas la
cosas. En cierto modo, la poesía tiene una vinculación metodológica con la reductio ad absurdum, en tanto que es
acaso la forma proverbial de conciencia que va en contra del sentido y del
pensamiento común (puede constatarse perfectamente desde la óptica de la misma
argumentación lingüística de la palabra poética),[3]
manifestando, no obstante, una lógica –poética- impecable.
Desde
una óptica lógico matemática, el infinito poético es una muestra en verdad de
la superación del denominado infinito potencial (abstracto, mental ajeno a la
actualidad) en favor de un infinito en acción, plenamente actual. Seguiremos
esta línea de argumentación en próximas entradas de esta sección del blog Ancile.
Francisco Acuyo
[1] Jiménez,
J.R.: El trabajo gustoso, Aguilar, Madrid, 1961, p. 58.
[2] Acuyo,
F.: Fisiología de un espejismo, Artecitta ediciones (Fundación Internacional Artecitta), Granada, 2010.
[3] Acuyo, F.: Ancile: Roman Jakobson: Sobre Lingüística y poética: http://franciscoacuyo.blogspot.com.es/2010/10/roman-jakobson-sobre-linguistica-y.html
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