domingo, 12 de abril de 2015

EL CENTRO COMBA EL EXTREMO, Y OTROS POEMAS, DE COSAS FRUGALES, SEGUNDA ENTREGA

Otro puñado de  breves poemas del libro Vegetal contra mosaico, 1991, para  la sección de Poema semanal, del blog Ancile, de la serie que lleva por título: Cosas frugales.


El centro comba el extremo, Francisco Acuyo, Ancile



EL CENTRO COMBA EL EXTREMO, 
Y OTROS POEMAS, DE COSAS FRUGALES, 
SEGUNDA ENTREGA



El centro comba el extremo, Francisco Acuyo, Ancile






EL centro comba el extremo,
estira el tiempo el venablo,
se sostiene firme y tenso
azar seguro en el arco.


*


DUERME en su lecho
premonitorio
la poma un sueño
de terso rostro.


*


Al fulgor de las «mariposas»
de un día de difuntos
EN un momento,
la imagen del jinete
lleva las almas
con galope silente.

EL tiempo cae
despacio, la serpiente
del agua sueña
la espiral del aceite.


*


LUZ y conciencia,
de sí un abismo.
Espejo-imagen.
Nada en sí mismo.


*


EN la vida ya se adorna
con cariz de flor etérea
espíritu de la forma
el alma de la materia.


*


EL rostro y la noche.
El cielo tocado
de luna en los ojos
y estrellas los labios.


ENDRINO o camuesa,
cermeño o la fresa.
Espacio robado
y en luz infinito,
el gozo pasado,
el tiempo concito.



Francisco Acuyo, de Vegetal contra mosaico, 1991.




El centro comba el extremo, Francisco Acuyo, Ancile





sábado, 11 de abril de 2015

COMPROMISO CON EL MUNDO Y EL VALOR DE LA ORACIÓN: EL PADRE NUESTRO, QUINTA Y ÚLTIMA ENTREGA DE EL LEGADO DE TERESA DE JESÚS

Ofrecemos para la sección de Microensayos del blog Ancile, la quinta y última entrega del trabajo del profesor y filósofo Tomás Moreno, titulado Compromiso con el mundo y el valor de la oración: El padrenuestro, de El legado de Teresa de Jesús. Su proyección y vigencia en la espiritualidad de nuestro tiempo.


Compromiso con el mundo y el valor de la oración: El padrenuestro, Tomás Moreno, Ancile


COMPROMISO CON EL MUNDO 
Y EL VALOR DE LA ORACIÓN: EL PADRE NUESTRO



Compromiso con el mundo y el valor de la oración: El padrenuestro, Tomás Moreno, Ancile

EL LEGADO DE TERESA DE JESÚS. SU PROYECCIÓN Y VIGENCIA EN LA ESPIRITUALIDAD DE NUESTRO TIEMPO (y Vª)

V. Compromiso con el mundo y el valor de la oración: El Padrenuestro
Vaciarse ante Dios, desprenderse progresivamente de uno mismo y permitir que Él actúe en nosotros, ese es el programa a realizar que nos prescribía Santa Teresa y la kénosis carmelitana. Y eso nada tiene que ver con el disfrute autocomplaciente de determinados sentimientos religiosos, ni tampoco con una cerrazón del alma ante las contrariedades del mundo. Todo lo contrario. Las personas que renuncian a llevar adelante sus propios planes y se entregan plenamente a Dios, se hacen libres para realizar la obra de Dios y para transformar el mundo. Su compromiso con el mundo se concreta en su opción por los pobres, desvalidos y oprimidos. Las dos grandes místicas cristianas del siglo XX así como la mística judía, han recogido el  teresiano legado encarnándolo en sus vidas y en sus escritos, actualizándolo en el mundo que les tocó vivir. Las tres, como Teresa de Jesús, llevaron una intensa vida de oración: el diálogo solitario con Dios, esto es, la oración, fue el centro de sus vidas.
Pero hay una oración, una sola, -a la que Teresa de Jesús dedicará una profunda reflexión hermenéutica o exégesis en la segunda parte de su Camino de Perfección –desde el capítulo 27
Compromiso con el mundo y el valor de la oración: El padrenuestro, Tomás Moreno, Ancile
(Padre nuestro que estás…) al 42 (más líbranos del mal, amén), tratando de descubrir a sus monjitas el misterio y  el profundo significado de esa oración
Esta es precisamente la oración mediante la cual dos de nuestras místicas (Edith y Simone), significativa y sorprendentemente, articularon y vivenciaron su experiencia religiosa más profunda, su vida contemplativa y su relación con Dios. Y de haberla conocido es seguro que la tercera, Etty, también habría privilegiado esa misma oración entre todas las demás. Es la oración que Jesús nos enseñó a todos: el Padrenuestro. Oración central de la vida cristiana que es todo un programa de vida y conducta para el cristiano y uno de los ejes en torno al cual va a girar la conversión de dos de ellas, como vimos, así como su vida religiosa cotidiana.
Para Edith Stein el conocimiento del Paternoster, ya lo señalábamos al comienzo, la impresionó vivamente. Lo leyó por primera vez en versión gótica (alemán antiguo) ya en su temprana época de sus estudios germanísticos. Pero fue con ocasión de  haber asistido casualmente a su rezo en común un amanecer en el campo, en la Selva Negra, lo que representó un inolvidable y profundo impacto espiritual:
“La grandeza interna de esta oración”, escribe López Quintás, “su carácter trascendente e íntimo a la par, el clima comunitario que instaura impresionaron fuertemente a la joven estudiante. Tal impresión se incrementó una mañana en la cual, tras haber pernoctado con una amiga en una granja de montaña, pudo contemplar cómo el granjero, católico practicante, rezaba con sus trabajadores y los saludaba cordialmente antes de comenzar la jornada”[1].
Por su parte, Simone Weil sintió cuando la conoció una fuerte conmoción interior. Lo cuenta en A la espera de Dios: “Había leído palabra por palabra el Pater en griego… la dulzura infinita de aquel texto griego me apresó de tal modo que por algunos días no podía sino recitarlo continuamente[2]. En esa obra Simone lleva a cabo -en apenas cinco páginas- uno de los comentarios más profundos, emocionantes y plenos de sentido jamás escritos sobre la oración cristiana por antonomasia: El Padrenuestro (coincidiendo en esto curiosamente con Teresa de Jesús que -lo hemos dicho antes- también dedica en Camino de Perfección una larga exégesis y reflexión al
Compromiso con el mundo y el valor de la oración: El padrenuestro, Tomás Moreno, Ancile
Etty Hillesum
Padrenuestro, comentando versículo por versículo -como Simone- las siete peticiones o ruegos que al Padre dirigimos en ella).
            La mística francesa lo inicia comentando el primer versículo de la oración, Padrenuestro, que estás en los cielos, con estas palabras:

Es nuestro padre; nada real hay en nosotros que no proceda de él. Somos suyos. Nos ama puesto que se ama y nosotros le pertenecemos”. Y concluye glosando su final: “la palabra Padre ha comenzado la plegaria, la palabra “mal” la termina. Hay que ir de la confianza al temor. Sólo la confianza da la fuerza suficiente para que el temor no sea causa de la caída”.
           
            Esa conmoción volvió a sentirla, sin duda, cuando en su Plegaria al Padre escrita en sus “Cuadernos de América” de 1942, un año antes de encontrarse “cara a cara con Él”, expresa su irrefrenable deseo: “Que éste amor sea una llama absolutamente devoradora de amor a Dios para Dios. Que todo esto me sea arrancado, devorado por Dios, transformado en sustancia de Cristo y dado a conocer a los desgraciados cuyo cuerpo y alma no tienen alimento”.
            Y Etty, de haberla conocido, no nos cabe duda la habría distinguido con su devoción especial. No olvidemos que incluso presintió su profundo significado dialógico y paterno-filial: diecinueve días antes de ser trasladada con su familia a Auschwitz, escribe desde Westerbork, esta su Oración al Dios Padre:

Dios mío, Tú que me has enriquecido tanto, permíteme también dar a manos llenas. Mi vida se ha convertido en un diálogo ininterrumpido contigo, Dios mío, un largo diálogo. Cuando me encuentro en un rincón del campo, con los pies plantados en la tierra y los ojos elevados hacia tu cielo, el rostro se nos inunda a menudo en lágrimas, único exutorio de mi emoción interior y de mi gratitud. También por la noche, cuando acostada en mi litera me recojo en Ti, Dios mío, lágrimas de gratitud inundan a veces mi rostro, y eso es mi oración[3].

VI. A la espera del Reino
El Padrenuestro es la Oración que resume en sólo Dos Palabras: Abbá y Reino, el núcleo mismo, la esencia del mensaje cristiano. Esta primera pareja de palabras es la más conocida de todas las que Jesús pronunció, con garantía histórica. Con ellas se verifica una doble corrección en la visión religiosa de Dios: antes que Juez o Poder, Dios es fuente de vida, de confianza, de dignidad humana y de libertad. Eso es lo que sugiere la alusión metafórica a la paternidad de Dios y, además, con una
Compromiso con el mundo y el valor de la oración: El padrenuestro, Tomás Moreno, Ancile
palabra aramea que no era nada habitual para dirigirse a Él: Abbá[4].
El tema de la Paternidad de Dios ha ocupado mucho espacio en la reciente teología feminista, para evitar que se le travistiera en masculinidad de Dios, dando pie a toda la teología patriarcal que hemos tanto sufrido durante siglos. Pero Dios no es padre ni madre en el sentido genérico de masculino o femenino. La “parentalidad” de Dios significa lo mismo que dice el Nuevo Testamento en uno de sus escritos finales: que Dios es Amor (1ª Epístola de San Juan, 4,8-16). El Amor es casi lo contrario del poder. Y por eso, la definición significa que Dios (el “omnipotente”), no tiene más poder que el del amor. Desgraciadamente en la historia de la Iglesia la definición de Dios como poder ha oscurecido la revelación de Dios a través de Jesús[5].
Esta noticia de la Paternidad divina es la que nuestras místicas -empezando por Teresa y acabando con Etty-  intuyeron con sorprendente profundidad teológica, como núcleo esencial de nuestra confianza en Dios y de nuestra esperanza en el Reino, “como programa para acercar el Reino a enfermos (ciegos, cojos, sordos, paralíticos, leprosos) y marginados sociales de la más baja clase o condición social (prostitutas, recaudadores, mujeres, viudas, niños, perseguidos  y pobres)”, en palabras de J. L. González Faus. A esa tarea, a esa esperanza en el Reino del Padre y en su advenimiento (como se pide en el Padrenuestro)  Simone, Etty y Edith - y, antes que ellas, Teresa-, entregaron su vida –la inmolaron- hasta el final de sus días.
Santa Teresa de Jesús, culminó definitivamente su esfuerzo a los 67 años, después de varios meses de estancia en Burgos donde concluye su última fundación, encontrándose de viaje y en plena actividad en 1582. El 20 de septiembre llega enferma y exhausta de fuerzas a Alba de Tormes, donde muere el 4 de octubre de 1582, tras una vida de extenuantes viajes, esfuerzos y sacrificios.
Santa Edith Stein, con 51 años: una vez que los nazis invadieran Holanda. Tras la famosa carta pastoral de los obispos holandeses en protesta por las deportaciones de los judíos y la expulsión de los niños judíos de las escuelas católicas, los nazis arrestaron a todos los católicos de origen hebreo. Edith y su hermana fueron tomadas prisioneras el 2 de agosto de 1942 en el Carmelo de Echt y trasladadas a Auschwitz. Allí murió el 2 de agosto de 1942. Poco antes de morir –cuenta un prisionero superviviente- se la vio en el campo sentada en el barracón, desolada y con una serena tristeza en sus ojos, como una Pietá sin el Cristo[6].
Simone Weil a los 34 años, el 24 de agosto  de 1943 a las diez y treinta, después de una vida inmolada a los pobres, a los obreros, a los campesinos y, al final de su vida, a los combatientes patriotas como una auténtica mártir de la solidaridad y de la caridad. Desde que se iniciara la guerra había decidido dormir en el suelo y no comer más de la ración asignada a un soldado en el frente;
Compromiso con el mundo y el valor de la oración: El padrenuestro, Tomás Moreno, Ancile
desde su estancia en Londres, alimentarse con las mismas raciones que sus compatriotas prisioneros de los campos de concentración. La debilidad y la tuberculosis se adueñaron de su salud hasta morir en el Sanatorio de Ashford, donde había solicitado ingresar. Fue enterrada el día 30 en el New Cemetery de Ashford en la zona reservada a los católicos. El sacerdote que esperaban para celebrar los oficios religiosos no llegó a tiempo.
De los últimos momentos de Etty, la menor, la más joven, poco sabemos con certeza. Sabemos que encontró la muerte llena de vida y alegría, con 29 años. El 7 de septiembre de 1943, partía junto a su familia (sus padres y su hermano Mischa) desde el campo de Westerbork (campo de tránsito no de exterminio) en el convoy que le llevaría a la muerte anónima en las cámaras de gas de Auschwitz. Según la Cruz Roja ello sucedió el 30 de  noviembre de ese mismo 1943.
            A pesar del aparente final trágico, infausto, absurdo y truncado de sus vidas, a pesar del desprendimiento y de la autonegación de sí mismas -entregadas u ofrendadas en sacrificio por amor a Cristo y a los demás- en absoluto las vidas de estas mujeres fueron vidas malogradas o sinsentido, sino plenamente logradas, máximamente realizadas. Su ejemplo, nos ayuda a amar la vida todavía más y a valorar con más intensidad la presencia del misterio, de la solidaridad y de la belleza en el mundo, a pesar de todas sus maldades, de todos sus horrores e injusticias. De ellas -y por supuesto de la inmolación de Teresa de Jesús a la obra del Carmelo- podemos decir lo que Susan Sontag dijo y escribió al comentar la vida pasión y muerte de la joven filósofa y mística francesa Simone Weil: “Algunas negaciones de la vida permiten la verdad, crean salud y embellecen la vida”.


                                                                                                                       Tomás Moreno.





[1] A. López Quintás, Cuatro filósofos en busca de Dios, op. cit., capítulo II, Edith Stein y su ascenso a la plenitud de lo real, pp. 139-140. Es sorprendente que una experiencia similar a la de Edith en la granja de la Selva Negra, le aconteció a Simone Weil.
[2] Véase también L. Boella, op. cit, p. 48.
[3] Paul Lebeau, Etty Hillesum. Amsterdam1941-Auschwitz 1943, Sal Terrae, Santander, 2003.
[4] Seguimos aquí el emocionante y bellísimo comentario de J. L. González Faus al respecto en Miedo a Jesús, Cuadernos CJ, nº 163, Barcelona, 2009, pp. 5-7.
[5] Para Etty Hillesum “el problema es que el hombre busca espontáneamente a su Dios en la línea del poder”.
[6] Christian Feldmann, Edith Stein. Judía, filósofa y carmelita, op. cit., p. 138.




Compromiso con el mundo y el valor de la oración: El padrenuestro, Tomás Moreno, Ancile

jueves, 9 de abril de 2015

EN LA FERIA DEL LIBRO DE GRANADA, ENTORNO LITERARIO, LA REVISTA.

En la XXXIV Feria del libro de Granada, que se celebrará del 17 y al 26 de abril de este año 2015, presentaremos la Revista Entorno Literario, en su número 1 inaugural. En la presentación de dicho número estarán, José Antonio Rodríguez y Francisco Acuyo, directores de la revista, los poetas Manuel García y Virgilio Cara, integrantes del Consejo de Redacción. En el edificio Zaida de Caja Rural, en Acera del Darro, 1, en pleno centro de la Feria. Será un número que incorporará gratas sorpresas. Aquí ofrecemos una breve muestra con lo que podrán deleitarse en unos pocos días: Un fragmento de un poema de Carlos German Belli y un poema de en francés de Manuel Machado, en posterior traducción del poeta Manuel García, así como alguna de las fotos de Lola López-Cózar que se integran en este número. Podrán visitar, ojear y adquirir si así lo desean, este número en la caseta nº 61, de Entorno Gráfico y Ediciones, sita en la Carrera de la Virgen.


Enlace al blog de la Revista Entorno Literario




Entorno Literario, Ancile





ENTORNO LITERARIO, LA REVISTA. 
EN LA FERIA DEL LIBRO DE GRANADA 









Entorno Literario, Ancile




EL POETA BARROCO
NO ES COMPRENDIDO POR QUIEN LO ESCUCHA






Entorno Literario, Ancile



Esas palabras de barroco estilo
cuando elevadas vuelan por los aires,
dichas de viva voz a plenitud
suelen asumir una cara extraña
ante el oyente a quien van dirigidas,
y de improviso allí paralizadas,
lejos del par de oídos
perennemente atentos todo el día,
y del excelso seso acto seguido,
cuán lejos de uno y otro,
que las ricas palabras se transforman
en inasibles cosas extraviadas
en el éter sin límite por siempre.
Y sorprendido allí el ansioso oyente
sin poder captar siquiera algún
átomo del poema retumbante,
que aunque sonoro nadie lo comprende,
y el tema yace dentro de sí mismo,
yendo raudo en volandas por el aire,
no agua ni fuego, no,
y en dirección opuesta a los oídos
que ansiosamente aguardan verso a verso,
aquí a los cuatro vientos
leídos en un acto muy solemne,
aunque sin llegar nunca a su destino,
por el lenguaje a cada rato oscuro.


Carlos German Belli (fragmento del poema)



LA VIE...





Ni vice ni vertu dans ma course incertaine.
Ma vie est un regret de ne rien regretter
Et, promenant l’horreur de ma peine sans peine,
je vais maudit du Ciel ainsí que de l’Enfer.

Des’ébauches d’amour, de la haine pour rire…
des biens, des maux, sans trop démêler la saveur,
de plaisirs aigre doux, des lyriques martyres…
Car j’ai peur de la joie comme de la doleur.

Je me suis arrêté à toutes les frontières
et je n’ai pas goûté la paix d’un seul pays,
la terre qui délasse ni l’eau qui désaltère.

A attendre le soleil il s’est fané mon lys.
J’arrive où l’on ne sait… Et, sur la fin, je vois
qu’il faudrait parcourir la route une autre fois.


Manuel Machado



LA VIDA




Ni vicio ni virtud, en mi carrera incierta
de no lamentar nada mi vida es un lamento,
y, paseando el horror de mi pena sin pena,
ni me bendice el cielo ni me quiere el infierno.

No desdeño la risa ni el amor lo adivino...
ni de bienes ni males... no me ocupa el sabor
de juergas agridulces ni líricos martirios...
Me asusta la alegría tanto como el dolor.

Yo, que me he detenido en todas las fronteras,
la paz no he disfrutado de ni un solo país,
la tierra que descansa o el agua que consuela.

Por esperar el sol se marchitó mi lis.
Yo no sé dónde voy. Y al final sólo sé
que habrá que recorrer el camino otra vez.


versión de Manuel García





Entorno Literario, Ancile


miércoles, 8 de abril de 2015

LA KÉNOSIS CARMELITANA, CUARTA ENTREGA SOBRE LA PROYECCIÓN DE TERESA DE JESÚS EN LA ESPIRITUALIDAD DE NUESTRO TIEMPO

En la cuarta entrega sobre el legado de Teresa de Jesús en la espiritualidad de nuestro, para la sección de Microensayos del blog Ancile, por el profesor y filósofo Tomás Moreno, esta vez sobre La kénosis carmelitiana.


La kenosis carmelitana, Tomás Moreno, Ancile




LA KÉNOSIS CARMELITANA 




La kenosis carmelitana, Tomás Moreno, Ancile


IV. La kénosis carmelitana
En los tres casos nos encontramos, además del cristocentrismo, con una misma actitud kenótica[1] y teresiana de desapego del yo, de renuncia a todo egoísmo o interés personal. Para Simone Weil sólo mediante la abdicación de sí misma en favor de Dios podemos adquirir potencia. La muerte del yo produce potencia de palabra y de acción. La potencia se vincula con la anulación del yo, el desapego, la descreación.
            Es necesario desencarnarse para volver a encarnarse “en lo que se es” (a la manera del “vivo sin vivir en mí” de Teresa). Que, incluso, la misma potencia divina se vincula con el retraerse o contraerse lo intuyó Simone muy pronto: en un texto escrito en sus años de bachillerato muestra que ya era consciente de ello: “Dios mismo hizo sensible su potencia retrayéndose, dejando que el mundo
La kenosis carmelitana, Tomás Moreno, Ancile
Simone Weil
fuera”. Y en su madurez lo volvió a reiterar: “No es el poder de Dios el que se desborda en la creación sino su amor y este desbordamiento es una auténtica disminución” (El conocimiento sobrenatural[2]).
Para nosotras, viene a decir Simone, también el único modo de adquirir potencia consiste en retraerse –disminuirnos- hasta hacer morir lo que en nosotros dice “yo” (nuestro egoísmo). Hemos de someter nuestra imaginación principal sustento de nuestro ilusorio yo, de nuestra voluntad de expandir el yo, de engrandecerlo. Sólo la renuncia al yo restituye el mundo, hace emerger esa parte divina e impersonal nuestra, esa chispa, que compartimos con Dios[3].
A esta consecuencia última  de la descreación, S. Weil no llega de golpe. En el itinerario que la lleva a encontrar la verdad del mundo tiene sin duda un papel importante su experiencia personal. Y es a través de la experiencia de la deshumanización, de la radical enajenación o esclavización en el trabajo brutal de la fábrica como Simone encuentra su verdad. Su experiencia mística se enfrenta con el infierno de la fábrica y da sentido a la muerte del yo que en ella -en el trabajo sin pausa, sin sentido, mecánico y alienante- se padece brutalmente, y que es impuesto desde el exterior.
La kenosis carmelitana, Tomás Moreno, AncilePero la muerte del yo va a encontrar sentido y verdad gracias a la Cruz (otra forma de descreación). Sólo la Cruz hace justicia a la experiencia de quien está clavado en el mundo, crucificado. Es cierto que Simone Weil, abrazando la Cruz, abraza el Dios impotente pero, paradójicamente, este encuentro con Dios impotente produce potencia en ella: potencia de palabra oral y de palabra escrita hasta lo virtuoso; potencia de praxis al servicio de los oprimidos y de los esclavos de la tierra, hasta la extenuación misma.
            Edith Stein, por su parte, también tiene necesidad de hacerse completamente pobre y ofrecer su vacío ante Dios, su Kénosis o inmolación personal, para permitir que el Señor llene -con el tesoro de su presencia- el alma que se ha vaciado de todas las seguridades humanas y de todos los símbolos de poder del mundo. Se trata de derribar todas las barreras -empujados por la plena confianza en Dios- a fin de que la luz de Dios irradie soberana en los hombres. Antes de su ingreso en la orden carmelitana[4], Edith Stein había parafraseado esos objetivos en una conferencia:

Entregarse por completo a Dios en un amor que se olvida de sí mismo, hacer que termine la vida propia a fin de dejar sitio en uno mismo para la vida de Dios es motivo, principio y objetivo de la vida monástica[5].

Este ideal nada tiene que ver con una ascesis sombría, como tampoco con una vida contemplativa que huye de los problemas y cae en una introversión narcisista. La expresión “unida al Señor hasta que seas omnipresente como él”, le dio que pensar a Edith Stein: “Puedes ayudar no sólo aquí o allí,-escribe- como un médico, una enfermera o el sacerdote, sino que tú puedes ser la fuerza de la cruz en todos los frentes, en todos los lugares donde el lamento ha hecho su presencia”.
Y para ello, como en el caso de Simone, es también necesario el olvido del yo, la renuncia al egoísmo. Hay que “retroceder a un segundo plano por consideración a otro, pues un recipiente aumenta su capacidad en la medida en que se vacía a sí mismo.  Sólo el vaciamiento de sí, permite que la verdad irrumpa en la persona con toda su potencia. La actitud de fe de la orden carmelitana es
La kenosis carmelitana, Tomás Moreno, Ancile
la de Vaciarse para Dios, para que Dios actúe en nosotros, nos moldee y haga de nosotros lo que él tenga a bien.
Esa es la sorprendente espiritualidad del Carmelo “renunciar por completo a nuestra propia voluntad, entregarnos totalmente a la voluntad de Dios”. Actitud ésta que requiere una confianza en Él sin límites, como la de un niño ante sus padres. En una carta Edith recomendaba, precisamente eso mismo a una amiga:

Hacerse como niño y poner en las manos del Padre la vida con todo el afán investigador y con todas las cavilaciones. Y, si no somos capaces de conseguir esto, orar, pedir al Dios desconocido y puesto en duda para que Él ayude a alcanzar esa actitud de niño. Míreme bien a mí y observe que no me avergüenzo de proponer a usted una sabiduría tan simple como la del niño. Es sabiduría porque es sencilla y todos los secretos se esconden en ella[6].
           
            En este “vaciarse de sí misma”, coinciden Teresa de Jesús, Simone Weil y con ellas Edith. Y también Etty Hillesum la joven judía holandesa. Aunque en su caso concreto, su experiencia de Dios remite, no ya explícitamente a la tradición cristiana, dado que no la conoce directa ni profundamente, sino al Dios de la revelación judaica.
            Tan sólo en sus escritos de Westerbork, hay alguna referencia al Evangelio de Mateo (el 8 de abril de 1942) y en su Diario una alusión al pasaje de Pablo (1 Cor.13) sobre el amor: “¿De qué sirve la ciencia si no tengo amor?” Pero, en su caso, se trata de un Dios tan entrañable, tan débil y humanizado que presagia la obra redentora de Cristo y que solamente un Nuevo Testamento nos revelaría.
            El teólogo jesuita José Ignacio González Faus[7] ha señalado que la actitud optimista, alegre y amorosa de Etty en el infierno del campo, su modo de aceptar el sufrimiento, su identificación del amor a Dios con el amor a los hombres, y sus palabras más reiteradas utilizadas en sus escritos (escuchar, amar, aceptar, renacer, dolor lleno de vida etc.). Sus sentimientos de perdón y de caridad para todos incluso para sus enemigos, tienen resonancias enormemente jesuánicas o cristológicas y coinciden con las enseñanzas del Nuevo Testamento.
            Por otra parte, sus referencias textuales a lo que Elie Wiesel considera “el grandioso pensamiento de la tradición judía”-esto es: “que los hombres somos responsables los unos de los otros y somos responsables también de Dios”- hace que la posición de Etty Hillesum coincida con
La kenosis carmelitana, Tomás Moreno, Ancile
Edith Stein
una nueva Teodicea -la del silencio de Dios y la del Dios débil y sufriente- que anticipa los rasgos de la corriente denominada Teología después de Auschwitz[8].
Una Teología centrada en el intento de dar respuesta a las preguntas cruciales -“¿cómo hablar de Dios después de Auschwitz?” y “¿dónde estaba Dios en aquel momento?”- que se hicieron, con diferentes matices, algunos pensadores y teólogos judíos, protestantes o católicos -como Eliezer Berkovits, Irving Greenberg, Hans Jonas, Melissa Raphael, Dietrich Bonhoeffer, Jürgen Moltmann, Johan Baptiste Metz, Hans Küng o el propio Josep Ratzinger (en su último viaje a Polonia)[9]- ante el horror del Holocausto y que desembocará en un cierto cuestionamiento del poder de Dios o en la negación del atributo divino de la omnipotencia.
Teología que hunde sus raíces en la más antigua tradición judía y que tiene importantes precedentes en la noción de Zimzum o Tsimtsum[10] de la Kábala judía y del hadidismo y difundida Isaak Luria en el XVI y Gershom Scholem en el XX. En esa idea se expresa la soledad y limitación de un dios necesitado de ayuda y compadecimiento. Ya que tras la creación Dios ha quedado sólo y débil. La creación no ha sido un autodespliegue o autoexpansión del ser de Dios sino una especie de autonegación, vaciamiento o autodespojamiento del mismo. Con ella, con la creación del mundo, Dios se ha replegado, contraído, autolimitado a sí mismo para permitir y otorgar existencia autónoma al mundo creado. Un dios limitado, no omnipotente, sufriente, que nos necesita[11].
La respuesta de Etty a esos mismos interrogantes se sitúa -como la que dio la propia Simone Weil ante semejantes preguntas (recordemos que su respuesta fue: “No es el poder de Dios el que se desborda en la creación sino su amor y este desbordamiento es una auténtica disminución”) en la
La kenosis carmelitana, Tomás Moreno, Ancile
misma línea de esos pensadores y teólogos antes citados. Dios es impotente porque su presencia en el mundo depende exclusivamente de los hombres: el súmmum de la omnipotencia encubre una paradójica impotencia, dirá, por su parte, el teólogo Oscar Clement.
Etty, dirigiéndose a ese Dios débil, necesitado de nosotros, justificará su posición al respecto con esta fuerza:

Yo no inculpo a tu responsabilidad; más tarde serás tú el que nos declares responsables a nosotros. Y casi a cada latido de mi corazón crece mi certeza: tu no puedes ayudarme, sino que nos corresponde a nosotros ayudarte a ti, defender hasta el fin tu casa dentro de nosotros […] Si Dios cesa de ayudarme, seré yo quien tenga que ayudar a Dios. Poco a poco, toda la superficie de la tierra no será más que un inmenso campo de concentración, y nadie, o casi nadie, podrá quedar fuera de él […]. Adoptaré como principio ‘ayudar a Dios’ tanto como sea posible, y si lo consigo entonces estaré ahí también para los demás[12].

La debilidad de Dios nos hace a nosotros responsables del mal, del sufrimiento y de la injusticia en el mundo. No se puede privar al que sufre ni de la esperanza, ni del derecho a la justicia -nos recuerda Reyes Mate- pero es el hombre el que tiene que hacerse cargo de esa injusticia pues él ha experimentado el silencio, la ausencia o la debilidad de Dios. (Continuará).

                                                                                                            Tomás Moreno





[1] Por Kénosis podemos entender el desasimiento o vaciamiento de la voluntad personal a fin de propiciar que nuestro ser personal se vuelva totalmente receptivo a la voluntad de Dios.
[2] El conocimiento sobrenatural, Trotta, Madrid, 2003.
[3] Cfr. La gravedad y la gracia, Trotta, Madrid, 1994. Aquí encontramos una antiquísima huella o reminiscencia de la gnosis: hay en nosotros una chispa divina, una parte no creada, impersonal, que es, literalmente, nuestro rasgo común con Dios. Dejando al desnudo este fragmento divino en nosotros, adquirimos la máxima potencia, mientras que cultivando los sueños de grandeza del yo, alimentando su autonomía, no hacemos mas que alejarnos del origen divino y desperdigar nuestras fuerzas en servicio de dioses falsos. Sobre su orientación hacia el gnosticismo véanse: P. Danon, À propos du catharisme, CSW, t. XII, nº 2, junio 1989, p. 177; Maura A. Dalyin, Simone Weil gnostique? CSW, t. XI, nº 3, septiembre de 1988; A. Biron, Simone Weil et le catharisme CSW, t. VI, nº 4, diciembre 1983.

[4] Fundada en Israel en los siglos V/VI, en el monte Carmelo (jardín) encima de Haifa, de ascendencia judía por su vinculación con la tradición eremítica primitiva y su veneración del profeta Elías. 
[5] Christian Feldmann, Edith Stein, op. cit., pp. 96-97
[6] Ibid.
[7] José Ignacio González Faus, Etty Hillesum. Una vida que interpela, Sal Terrae, Santander, 2008.
[8] A. Neher, El exilio de la palabra. Del silencio bíblico al silencio de Auschwitz, Riopiedras, Barcelona, 1997.
[9] A todos ellos habría que añadir los nombres de Richard Rubenstein, Amos Funkenstein, Emil Fackenheim, Arthur A. Cohen que han abordado la cuestión desde posturas diferenciadas.
[10] M. A. Ouaknin, Tsimsoum. Introduction à la méditation hébraïque, Albin Michel, París, 1992.
[11] Sobre este interesantísimo tema véanse: Antonio Torres Queiruga, Un Dios para hoy, Aquí y Ahora, nº 33, Cantabria, 1997, Sal Terrae, pp. 8-15; Johann Baptiste Metz, Dios y Tiempo. Nueva Teología política, Trotta, Madrid 2002; Hans Küng, El Judaísmo. Pasado, Presente, Futuro, Trotta, Madrid, 1993, pp. 550-571; Peter Watson, La Edad de la Nada. El mundo después de la Muerte de Dios, Crítica, Barcelona, 2014, pp. 503-521.
[12] Cit. en J.L. González Faus, Etty Hillesum. Una vida que interpela, op. cit.




La kenosis carmelitana, Tomás Moreno, Ancile