miércoles, 7 de junio de 2017

CUANDO LA REALIDAD ES BELLEZA, Y LA BELLEZA REALIDAD

Para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, traemos la entrada que lleva por título: Cuando la realidad es belleza, y la belleza realidad.


Cuando la realidad es belleza, y la belleza realidad. Francisco Acuyo



CUANDO LA REALIDAD ES BELLEZA, 

Y LA BELLEZA REALIDAD





En los parámetros de la divina proporción (proporción áurea) se nos describe medidas cuya correspondencia y disposición muestran un equilibrio grato no sólo a los sentidos, también en conformidad con principios de armonía lógico matemática que ponen en evidencia la ponderación de su extensión, cantidad y providencia de su estructura y disposición. Es el ojo (sensorial e interno) el que pone dicha realidad proporcionada como algo bello susceptible de ser perturbado por la misma observación (en cuanto que estará sujeta a múltiples interpretaciones, según quien lo mire. Acaso lo más extraordinario es que la conciencia de lo bello no sólo cambia las proporciones en otras que aspiran a la misma belleza, sino que son capaces de producirla ex nihilo.

            Como buen soñador (acaso muy ingenuo) visionaba yo un cierto paralelismo entre la percepción, reconocimiento  o creación de lo bello con la manifestación de la realidad en lo más íntimo de la materia. Hablamos del experimento cuántico arquetípico[1] mediante el que se dice que las observaciones no sólo perturban lo que se mide, sino que lo producen[2].

            La atención a lo bello (y su búsqueda y su entendimiento) nos depara una forma acaso más completa por integradora e imaginativa del mundo. La exigencia de lo bello en el mundo manifiesta una realidad propia de un universo que en modo alguno se explica mediante los resortes de relojería justificado por lo razonable de su mecánica clásica a la hora de interpretar el mundo. Que el poeta (el artista) y su observador intérprete (lector) sea capaz de recrear o crear el mundo de lo bello es perfectamente aceptado cuando esto es referido a los paraísos artificiales o de ficción que pudieran obtenerse en su ejercicio. Cuestión más difícil de aceptar sería que esas ficciones pudiesen ser integrantes de nuestra realidad (no literaria), sino de nuestras vidas y de lo que estas puedan influir en la realidad material del mundo.

Cuando la realidad es belleza, y la belleza realidad. Francisco Acuyo            Que la ética y la estética sean concebidas como meras estructuras de valor carentes de realidad objetiva por parte de la ciencia, acaso se están mostrando en la actualidad como nunca antes, el prejuicio sobre su realidad. Aquello que emane de la subjetividad individual no es digno de atención científica, sólo aquellos preceptos, leyes y principios que sean susceptibles de ser independientes de nuestra propia naturaleza merecen crédito, aunque en verdad traten de hechos objetivamente reconocibles (conductas, emociones,  sensibilidades… ciertas), despreciando algo que incluso en una de las ciencias positivas más rigurosas y austeras de subjetividades como es la física, empieza a tener una valor sustancial: la conciencia, ya que ella no sólo nos ayuda a la distinción de preferencias e ideales transitorios de aquellos que son comparativamente permanentes y universales[3], también nos habla de la propia sustancialidad de la materia y de su necesidad para conformarla.

            Se desprecia soberanamente que el objeto de manifestación de belleza puede abarcar principios universales que pueden acabar conformándose en la riquísima significación –consciente e inconsciente- de los símbolos. Si una vez la belleza fue considerada una singular manifestación de la divinidad a los sentidos y a la inteligencia, y esto por mor de la idea de perfección y elevación que nos suscita. En verdad que la vivencia de lo bello en lo ideal que puede mostrarnos el arte, la poesía o la misma naturaleza encierra un potencial inspirador y creativo de una importancia que acaso no puede compararse ninguna otra forma de conocimiento y expresión científica, sobre todo si queremos extraer de la misma ciencia las potenciales verdades de belleza que pueden encerrar aunque no se puedan constatar empíricamente, y es que la belleza acabará por ser la conciencia moral de cualquier actividad que aspire a lo sublime que la verdad encierra.

            La cuestión capital radica en que en el momento que lo más íntimo de la materia (átomos) se considere casi entidad fantasmagórica, la incuestionable solidez sobre los que se construye y estructura como entidades materiales lo ordinario de aquella: montañas, casas, valles, nosotros mismos… sean a su vez aceptados como realidades tan tangibles como incuestionables; mucho tiene que decir sobre esto la idea de lo bello y sus imperativos de valor para nuestra conciencia de la belleza y lo que esta supone en la constatación de la realidad.
            Sugerentes posibilidades nos abre la no menos incuestionable realidad de la belleza sobre la propia naturaleza de la realidad, de ello trataremos en nuevas entradas de este blog.


Francisco Acuyo




[1] Nos referimos al experimento de la doble rendija, realizado por el físico Thomas Young en 1801, mediante la que se postula la realidad dual de onda corpúsculo de la luz, y que a la sazón, será característica fundamental para la teoría de la mecánica cuántica.
[2] Rosenblum, B. y Kutner, F.: El enigma cuántico, Tusquet, Barcelona, 2010, p. 97.
[3] Santayana, G.: El sentido de la belleza, Tecnos, Madrid, 1999, p. 30.


Cuando la realidad es belleza, y la belleza realidad. Francisco Acuyo

martes, 6 de junio de 2017

REVISTA ENTORNO LITERARIO, NÚMERO 2-3

Sale a la venta el número 2-3 de la revista Entorno Literario. Aprovechamos la ocasión para ofrecer en la sección, Noticias, del blog Ancile, una brevísima aportación del número (doble) que anunciamos estará ya en las librerías. Mostramos el manuscrito del poeta Pedro Lastra y el poema que lleva por título, Para hablar con los árboles, y ya transcrito en la sección de la revista que lleva el encabezamiento, Especial Poesía, y que acompaña otro poema de Antonio Carvajal. Con sus habituales secciones, Poesía, en la que se muestran poemas varios y reseñas de libros de versos, Narrativa, La caja de Pandora, De negro y oro (suplemento de bibliofilia y artes del libro), todo ello aderezado con espléndidas fotos de Alfredo Torrescalles. Se presentará este jueves, en La Empírica, espacio de creación (adjuntamos abajo la invitación), por lo que aprovechamos desde aquí,  para quienes tengan ocasión de asistir, ofrecerles la oportunidad de tener de primera mano un ejemplar de este número especial de Entorno Literario.







REVISTA ENTORNO LITERARIO, NÚMERO 2-3




















sábado, 3 de junio de 2017

DE LA BELLEZA: HYPOTHESES NON FINGO

Siguiendo con las argumentaciones anteriores sobre la cuestión de la belleza y sus posibles conexiones con la verdad y la realidad, traemos para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, el post que lleva por título: De la belleza: hypotheses non fingo.



De la belleza: hypotheses non fingo.Francisco Acuyo
De Oleg Dou



DE LA BELLEZA: HYPOTHESES NON FINGO







SIEMPRE me ha parecido que intentar hablar de la realidad, supone que aquello que entendemos como existencia objetiva del mundo físico, acababa por resbalarse entre los peculiarmente susceptibles dedos de la conciencia, no obstante, de que sea verdad o no que esta sea el resultado de un conjunto de propiedades electroquímicas que acontezcan en el reducto material (neurológico) de nuestro cerebro. Acaso esto se hacía más patente a la hora de intentar entender el muy singular fenómeno de la belleza (en realidad, los muy singulares fenómenos del dolor y la belleza)[1]. Una postura en cierto modo antirreduccionista me impulsa a intuir una disposición holística, integral, totalizadora en relación a mi conciencia y el entorno material, este último supuestamente indiscutible en su individualidad y objetividad, mas susceptible de reflejar o conllevar en muchas ocasiones el aporte tantas veces sorprendente de la belleza. Incluso me llegó a parecer que todo aquello perfectamente perceptible, y que pudiese o no concitar al valor de la  belleza (también el sufrimiento expreso en muchos de ellos), no tendría mucha consistencia sin la ley que impone el sujeto consciente, intérprete de su presunta realidad, solidez o sustancialidad.

                La dualidad mente materia siempre traía a mi memoria la singular característica de una de las manifestaciones de aquella (de la materia, digo)  y de la energía más estudiadas y, sin embargo, (¿misteriosamente?) especial, me refiero a la de la luz. La visión newtoniana de la luz como la proyección de un haz de partículas, dejaba, no obstante, la duda del patrón de interferencia[2] que nos decía que en realidad la luz era un fenómeno ondulatorio o electromagnético. Pero, ¿cuál es la realidad sustancial de la luz, onda o partícula?

                La energía lumínica acaso no sea más que una manifestación energética entre otras que conocemos (y que también que desconocemos, véase la denominada energía oscura[3]) y cuya naturaleza material se plantea como indiscutible. Nunca entré yo en cuestionamiento sobre estos principios científicamente aceptados, pero no dejaba tampoco de pensar en cómo la belleza (como [4] no sería sino una muestra manifiesta de otra energía que perteneciese a la mente, a la psique, a la conciencia, en fin. Divagaciones en un principio que acabarían por tornarse en una suerte de intuición que, para mi asombro, coincidía con la visión de algunos célebres e insignes científicos de las matemáticas y de la física, es el caso que la afirmación de James Jeans, cuando decía: el universo comienza a parecerse más a un gran pensamiento que a una gran máquina, parecía dar pábulo a una idea que fuera del dominio de la propia ciencia, no fuese sino una conjetura que tenía poco de reflexiva y mucho de peregrina.

De la belleza: hypotheses non fingo.Francisco Acuyo
                Volviendo a la fascinante y enigmática cuestión de la naturaleza de luz, Max Planck daría el golpe de gracia a todas las convicciones clásicas sobre su realidad material: los electrones que componen la luz se radian en forma de paquetes (cuantos),[5] denominados fotones, de manera que, un electrón puede vibrar durante un tiempo sin perder energía en forma de radiación y, de forma ¿aleatoria, sin causa, sin ninguna fuerza?, expresan algunos, aplicada, radiaría un pulso de luz; advertimos que este comportamiento viola las leyes de electromagnetismo y la ley universal del movimiento. Estos saltos (cuánticos) ponían de manifiesto la naturaleza paradójica de la luz (aun cuando algunos, entre ellos el propio Einstein, seguían aferrados a aquellas leyes mencionadas), y también la necesidad de aceptar dos proposiciones sobre la luz que son contradictorias. Mas, ¿es susceptible esta misma y extraña apreciación sobre la materia? ¿La realidad física de un objeto tiene dependencia del modo en el que lo observemos?

                El valor de lo bello no deja de ser un hecho inevitable para la conciencia, e incluso es exigencia para la constatación de la realidad de determinadas cosas es indiscutible (no solo en el mundo de las relaciones matemáticas, artísticas y poéticas). La materia y la luz se manifiestan como ondas y partículas (o mejor como paquetes de ellas –cuantos-), y todo parece indicar que la incidencia de la observación en su realidad última está amparada en una nueva ecuación del movimiento que, a la sazón sería la de Schrödinger y que habría de dar una nueva perspectiva a la función de onda que vendría a afirmar la rara realidad de esta función que puede ser compacta (es decir, como partícula) y extensa (como onda) y que, finalmente, vendría a decirnos que la ondulatoriedad es la probabilidad de hallar ese objeto en esa región de movimiento. Esta extraña naturaleza de lo real en lo más íntimo de la materia trae de nuevo a mi imaginación la idea de lo bello que diríase (según mi inquieta, limitada y acaso calenturienta imaginación) ser el valor de lo hermoso conseguido, mas no como probabilidad clásica subjetiva, sino como probabilidad real y última ¿objetiva, y reconocible para cualquier conciencia apropiadamente sensible?

                ¿Belleza y verdad, belleza y realidad, belleza y conciencia última y primera del mundo? Sobre esta extravagante concepción de lo bello indagaremos con más dilación y detalle en próximas entradas.

Francisco Acuyo



[1], Acuyo, F.: Elogio de la decepción, y otras aproximaciones a los fenómenos del dolor y la belleza, Jizo Ediciones, Granada, 2013
[2]  Recordamos el experimento famoso que hiciera ThomasYoug de las rendijas por donde hacía pasar un rayo de luz y que al proyectarse en la pared producía un patrón de bandas que se reconoce como de interferencia, el cual nos hablaba claramente de que nos encontramos ante un fenómeno ondulatorio, ya que si fuesen partículas este patrón no podría llegar a producirse. James Clarke Maxwel, a través de sus famosas ecuaciones, demostró matemáticamente la luz es una onda electromagnética.
[3] Dícese que esta energía es la responsable de que el universo, en lugar de ir deteniéndose en su expansión, es la responsable de su veloz aceleración.
[5] Dichos cuantos o paquetes emitirían una energía igual al número h de su fórmula multiplicado por la frecuencia de vibración del electrón.



De la belleza: hypotheses non fingo.Francisco Acuyo

jueves, 1 de junio de 2017

DE LA BELLEZA Y EL NEXO TRASCENDENTE CON LO SUBLIME

Para nuestra (vuestra) sección, Pensamiento, del blog Ancile, traemos una nueva entrada que lleva por título: De la belleza y el nexo trascendente con lo sublime.



De la belleza y el nexo trascendente con lo sublime. Francisco Acuyo


DE LA BELLEZA Y EL NEXO 

TRASCENDENTE CON LO SUBLIME






SI para el matemático la belleza es la señal de que en el mundo no hay lugar  para las matemáticas feas[1] (acaso para el poeta sucede algo muy similar con la poesía), nos parece muy clara la invitación a reflexionar, un paso más allá de las aportaciones utilitarias reflejas en su estructuras –simetrías, patrones varios, coherencias lógicas…-, sobre los significados de lo bello. El orden (filosófico platónico) manifestó es una de las vertientes que pueden llamar la atención sobre la belleza, pero también el trágico –el doloroso, manifiestamente expuesto en el sufrimiento[2]- o el poético al que aludiría Nietzsche, y que se caracterizará por su naturaleza paradójica y su irreductible ambigüedad[3].

                En cualquier caso, lo bello trasciende necesariamente lo artístico, si es que en verdad nos habla de armonía, de euritmia, elegancia, verdad, paz, unidad, ser…. es así que cualquier ley física verdadera debe contener belleza matemática,[4] o la proporcionalidad universal del número que encontramos manifiesta en la misma naturaleza.
De la belleza y el nexo trascendente con lo sublime. Francisco Acuyo                Y aunque la belleza puede manifestar un principio terrible (que nos puede abocar al sufrimiento, a la angustia, al pánico incluso, así lo creían Rilke o Pascal, o bien visto en aquella temible y hermosa simetría del tigre por William Blake) no puede reducirse a una mera percepción sensorial,[5] si es que la armonía, el ser, la verdad, son interiormente reconocibles, por lo que será preciso poner en reconocimiento las relaciones entre belleza y razón, belleza y emoción y, desde luego, belleza y crecimiento espiritual.

                Pero, hagamos un esfuerzo más de entendimiento y preguntémonos si esa intuición de la belleza que no sabemos bien de donde viene deriva de un abstracto anterior a ella[6], o por el contrario, la belleza no contiene verdad alguna, si ella es subjetiva,[7] y se ofrece como mero juego de las facultades, y será necesario distinguir entre lo bello y lo sublime, o ¿no puede ser lo sublime deducido de lo bello? Son estas cuestiones las que nos hacen barruntar que la realidad de lo bello puedan ser contestadas desde una óptica netamente esteticista.

                Lo raro y lo bello pueden establecer conexiones clarificadoras en su manifestación en la naturaleza, véanse los fractales, por ejemplo, o en los esfuerzos de abstracción más pura aplicables a la realidad matemática (que en muchas ocasiones no tienen nada que ver con la realidad de lo cotidiano) como es el concepto –monstruoso- del infinito llevado a cabo por Cantor en 1899.

                La vivencia de lo bello es o puede ser también, paradójicamente, la superación de lo empírico, si este atado tantas veces a la convención falsaria de la realidad, pues aspira a través de su impulso creativo a lo nuevo que aspira el espíritu atento.

                El impulso creativo y la percepción de lo bello diríanse estar estrechamente vinculadas a la totalidad a la que aspira todo arte (y saber) verdadero(s), en tanto que son, ante todo, fuerzas liberadoras del espíritu, si es que en verdad es superación de toda contradicción y sufrimiento la belleza.


Francisco Acuyo






[1] Hardy, G. H.: Apología de un matemático, Episteme, Madrid, 1999, p. 85.
[3] Acuyo, F.: Elogio de la decepción, y otras aproximaciones a los fenómenos del dolor y la belleza, Jizo Ediciones, Granada, 2013, p. 105.
[4] Paul Dirac reflexionaba en términos muy parecidos.
[5] Acuyo, F.: p. 106
[6] Vico, G.: Ciencia Nueva, Folio, Barcelona, 2002.
[7] Kant, E.: Crítica de la razón pura, Alfaguara, Madrid, 1988.



De la belleza y el nexo trascendente con lo sublime. Francisco Acuyo

viernes, 26 de mayo de 2017

LA PASIÓN DEL DOLOR Y LA BELLEZA

Traemos nuevo post para la sección, Pensamiento, del blog Ancile, esta vez bajo el título de: La pasión del dolor y la belleza.


La pasión del dolor y la belleza, Francisco Acuyo




LA PASIÓN DEL DOLOR Y LA BELLEZA







Si sentir la belleza es cosa mejor que entender cómo […] la sentimos,[1] esto es poner en evidencia la realidad vital, orgánica y creativa de la misma, y que el estudio de lo bello (si la belleza es, como adelantábamos, viva creación), puede resultar esclerotizante, sino imposible, cualquier disección válida para su descripción, aun en el ejercicio de su (necesario) análisis. No obstante, esta diferencia inferible entre lo representado y lo sentido, nos habla de la belleza como un valor, sin embargo, muy singular. Y esto es así porque aun cuando aceptemos que el valor no forma parte del mundo[2] (en el caso de la belleza), dicho valor sí que tendría valor, a diferencia del argumento wittginsteniano, y es que estos tipos valores son capaces de cambiar el mundo, y esto porque su potencia no es solo orientativa de verdad, lo es sobre todo de vívida creatividad.

            Al margen de los argumentos cognitivos (y no cognitivos) y conativos que puedan desarrollarse en el ámbito de la belleza, debatiéndose con la inversión spinoziana de que lo deseado no se anhela porque es bueno, sino que es bueno porque es deseado, lo bello no es un mero espejo que refleja lo que hay en el exterior, y es que la vida (y la misma muerte) y todas sus consecuencias son las que marcan la necesidad de indagación y de relación de lo vivido y del hallazgo de la belleza en lo que de verdad se manifiesta en esa indagación vital del mundo que, al fin y a la postre constituye nuestra existencia.

La pasión del dolor y la belleza, Francisco Acuyo            En cualquier caso, el valor de la belleza, al llevarlo a la objetivación de un mero placer (estético), se nos antoja insuficiente por incompleto en su razonamiento, se colige fácilmente de lo anterior e inmediatamente  expuesto: la belleza cambia y crea en el mundo y al estar estrechamente vinculada al propio dinamismo vital, no sería extraño que pudiera despertar aquel … je l’ai trouvée amére // et je l’ai injuriée[3], al que se refería Rimbaud. La pasión de lo hermoso (conseguido, que diría Juan Ramón), no está exenta de dolor.

            La disposición estética, no sólo del artista, también del matemático, del científico… es un condicionante extraordinariamente importante en aquellas entidades vivas con voluntad consciente. Si, sin saber por qué[4] somos capaces de reconocer figuras geométricas, simetrías en objetos y espacios, armonías en determinados sonidos, proporciones majestuosas, estas llegan a emocionarnos, elevarnos, inspirarnos creativamente, será porque nos hablan de una potencia innata de nuestra consciencia y nos concita para su reconocimiento y vivencia creativa.

            Por todo esto es natural reconocer que la belleza sea una presencia viviente o una ausencia doliente[5]. Es un ámbito fascinante el de la naturaleza de lo bello y la propensión de nuestra conciencia hacia su descubrimiento y el ejercicio de su creación. Esto último debería apreciarse en lo que merece, sobre todo al albur de los estudios sobre la conciencia y, además, sobre la incidencia de esta sobre la propia realidad –física   - del mundo[6].

            La realidad del dolor y el sufrimiento en el mundo es incuestionable. En cualquier caso acontece, pareja a esta incontestable sustantividad del dolor, una suerte de coherencia universal de la que se dice que es placentera en su percepción y entendimiento, y que cala profundamente en todo aquello que concebimos que debe ser verdadero[7], es sin duda la belleza. Pero no nos parece en modo alguno que deba obviarse, en virtud de ese ánimo sensorial y deleitoso que embarga la percepción y entendimiento de lo bello, aquella otra faceta que, amparada en su virtud creativa, conlleva no solo a la captación sensorial e inmanentemente bello, también a la intuición de lo trascendente. De esto último seguiremos hablando en entradas próximas.



Francisco Acuyo







[1] Santayana, G.: El sentido de la belleza, Tecnos, Madrid, 1999.
[2] Wittgenstein, L.: Tractatus Logico-Philosophicus, Alianza editorial, Madrid, 1999.
[3] El hecho de encontrar amarga la belleza, y de desear injuriarla.
[4] Ficino, M.: Il comento sopra il Conuito di Platone…, Softcover, 2016.
[5] Santayana, G.: Cartas, pp-238-239.
[6] Véanse en este punto algunas reflexiones recogidas en Ancile: La poesía y los fantasmas de la materia: http://franciscoacuyo.blogspot.com.es/2017/05/la-poesia-y-los-fantasmas-de-la-materia.html , De la realidad: el átomo, la vida y la conciencia: http://franciscoacuyo.blogspot.com.es/2017/05/de-la-realidad-el-atomo-la-vida-y-la.html ; El sueño de la materia produce monstruos: http://franciscoacuyo.blogspot.com.es/2017/05/el-sueno-de-la-materia-produce-monstruos.html
[7] Acuyo, F.: Elogio de la decepción, y otras aproximaciones a los fenómenos del dolor y la belleza, Jizo, Granada, 2013, pp. 82


La pasión del dolor y la belleza, Francisco Acuyo

domingo, 21 de mayo de 2017

BELLEZA, TIEMPO Y TRASCENDENCIA

Para la sección del blog Ancile, Pensamiento, traemos la entrada que lleva por título: Belleza, tiempo y trascendencia.

Belleza, tiempo y trascendencia, Francisco Acuyo




BELLEZA, TIEMPO Y TRASCENDENCIA






En anteriores momentos de reflexión –sobre la realidad y sus conceptos[1]-  hacíamos incidencia en la noción y supuesta realidad física del tiempo, sobre todo para establecer los límites y el origen de la materia. El universo (afirman no pocos científicos actuales) solo tiene relevancia desde el origen mismo del tiempo (el Big Bang es la singular referencia de ese origen). Antes de éste, cualquiera conjetura es irrelevante para el estudioso de la física del cosmos. La nada -o el algo- que hubiere o no para el nacimiento del mundo no importa, pues está fuera de los parámetros de las cuatro dimensiones físicas reconocidas (espacial(es) y temporal). Cualquier indagación que se llevase a cabo sería meramente especulativa y sin fundamento científico. Es así que la óptica material positiva del mundo resuelve cualquier tipo de conjetura más allá del propio tiempo.

                  Aunque siendo un profundo y enamorado apasionado de la ciencia (sobre todo de la física y la cosmología), hay algo que me impide aceptar esta abrupta ruptura con aquellas inquietudes (quizá, o sobre todo, porque soy poeta) que me inclinan a la indagación de factores e incidencias manifiestas en la psique (o alma, o espíritu… o como quiera denominársele) que, a mi juicio, son tan reales y eficientes como la materia misma. Una de ellas es la belleza y su concepción –y percepción- universal de toda criatura que tiene o aspira a tener conciencia, una conciencia que no sólo es pensamiento, conocimiento, experiencia o convención, sobre todo espíritu creativo.

Belleza, tiempo y trascendencia, Francisco Acuyo                  La intuición de una belleza ontológica, una belleza que es y es cierta y que, en realidad, no puede poseerse porque existe al margen de cualquiera conocimiento y experiencia y que, muchas veces, aparece de forma inopinada, y de la que tomamos cuenta sin elección, sin juicios o prejuicios previos y que, cuando aparece en la palabra (si es poética) exige una comprensión más allá de la palabra misma, de su significado normativo aceptado, porque es más que conocimiento, y porque es, de manera total, global, holística y expone su verdad en la belleza. El caer en la cuenta del hecho creativo –poético-, será ante todo una percepción total de lo que es, al menos un segundo, donde la belleza muestra su plenitud de verdad.

                  Este hallazgo de lo bello no se obtiene mediante ninguna labor o trabajoso esfuerzo de búsqueda, no hay introspección, solo reconocimiento de los límites de nuestro pensamiento expuesto e impuesto en el conocimiento acumulado durante años y que, una vez liberado nuestro espíritu de su rémora, se ofrece sin alternativa. Este hallazgo es libre porque no implica cambiar nada de nosotros mismos, es simplemente la captación de lo que hay sin la intervención del yo –manido- que tantas veces nos ofusca con sus condicionamientos y prejuicios, donde el objeto y el sujeto que observa son uno en esa percepción única y total de la belleza, solo la vivencia de lo bello es real, al margen de quién y cómo lo mire.

                  En la vivencia de lo bello está la verdad de que no existe frontera entre lo visto y quien lo ve, desasido de todo centro, y esa espontaneidad que trae la belleza es la que en verdad está más allá del tiempo. Lo auténticamente creativo radica en el desasimiento de lo sabido para dejar abierto el camino a lo que no puede pensarse porque aspira a lo nuevo, a lo que no ha sido visto o mencionado, y esto es posible porque de este singular vacío que supone olvidarse –silenciarse- de todo lo conocido, es de donde surge la verdad de la belleza y de la creatividad genuina.

                  Ese vacío no es muy distinto al que rechaza o ignora la ciencia (el de los orígenes antes del mismo tiempo) que busca sus fundamentos en el tiempo y en la conciencia que de este surge, y de la que, en definitiva, surge la materia misma. Aquel vacío, aquella nada, es la que propicia las verdades y bellezas que algunas veces percibimos totales e infinitas un instante.


Francisco Acuyo




[1] En el blog Ancile: Sujeto y objeto: realidad de lo impracticable, http://franciscoacuyo.blogspot.com.es/2017/05/sujeto-y-objeto-realidad-de-lo.html ó , De la realidad: el átomo, la vida y la conciencia, http://franciscoacuyo.blogspot.com.es/2017/05/de-la-realidad-el-atomo-la-vida-y-la.html


Belleza, tiempo y trascendencia, Francisco Acuyo